Ep. 7:

Ino salió corriendo a toda velocidad hasta llegar a casa, y no se detuvo sino hasta su cuarto. Se quedó jadeando de pie contra la puerta cerrada, los ojos apretados y el cuerpo aún tembloroso debido a lo sucedido. Finalmente, soltó un quejido apenas perceptible.

Él tenía razón, tanta razón... una vez más se había comportado como una descarada. Desde el momento en que notó que estaba semidesnudo debió haber cerrado los ojos. Pero en cambio se dejó deslumbrar por ese físico espectacular e hizo lo impensable una vez más: contemplarlo, comerlo con los ojos, como tan crudamente describió él. Pero esa clasificación no pudo haber sido más acertada, pues eso era lo que ella había hecho, sin importarle que el joven se diera cuenta de que le miraba. Con razón se había ofrecido a quitarse los pantalones frente a ella. ¿Cómo podía culparle, si sus ojos se habían detenido más tiempo precisamente en esa parte de su cuerpo?

Todo lo que Gaara había hecho era leerle la mente, pues ella quiso ver lo que había debajo de esos pantalones. Su apéndice procreador le había parecido tan prominente, y más tarde lo sintió también, a pesar del espesor de sus faldas, justo contra la unión de los muslos. La sensación que experimentó entonces fue de temor, sí, pero también la más estimulante de todas sus vivencias. Comenzaba en el punto mismo donde Gaara la tocaba y se extendía, a toda prisa, burbujeante, hasta las extremidades inferiores de su cuerpo. Ojalá no hubiera descubierto esa sensación, ni ésa ni la que sintió en el vientre la segunda vez que la besó.

Volvió a gemir y se alejó de la puerta para caminar de aquí para allá, tratando de calmar su agitación. Nada de eso debió haber sucedido. Lo único que pretendía era hacer buenas migas con el semental para poder montarlo. No fue su intención encontrarse con Gaara Ichibi, sino todo lo contrario. Por eso había ido bien temprano al establo, mucho antes de lo que solía ir, para que no hubiera nadie levantado que pudiera verla.

El plan era bueno, pero se echó a perder por una maldita cerradura que no funcionaba bien... y por alguien con sueño muy ligero. Kami-sama, había estado hablando al caballo en voz muy baja. Su murmullo no pudo haber despertado a Gaara, aunque su puerta estuviera entreabierta. Pero él dijo que despertó por su voz y también que se había ido a acostar pensando en ella. ¿Sería cierto? Probablemente no. Después de todo, había dicho tantas barbaridades que la mitad de ellas serían mentiras para impresionar a Ino, pues ese hombre sí adoraba impresionarla.

Dejó de caminar y aun contra su voluntad, se apoyó contra la ventana que daba al patio lateral... y al establo. Estaba ubicado bien alejado de la casa, pero hacia un lado, de modo que la rubia podía observar claramente la entrada y a cualquier persona que entrase o saliera. Escuchó un relincho y esperaba ver llegar a Timmy, el cuidador de la caballeriza, en su viejo caballo que todos los días le traía a su lugar de trabajo. En cambio, el semental negro salió al galope del establo, con Gaara como jinete.

Ino deseó que se marchase para siempre, pero sabía que no sería así. Ni siquiera había ensillado al animal, y tampoco se había puesto las botas. Sólo llevaba una camisa blanca, como la que tenía el día anterior. Entonces deseó que él perdiera el equilibrio, pero tampoco ese deseo se le cumplió. Tanto el hombre como el caballo cabalgaban como si hubieran sido uno solo. Momentos después desaparecieron de su vista, aunque no de su mente.

¡Maldito! Si no fuera tan endemoniadamente atractivo, ella no quedaría en ridículo a cada instante. Nunca había conocido a nadie como él, capaz de hacerla perder el control hasta ese extremo. Había sido una imperdonable grosería el mirarle de ese modo otra vez, pero el pelirrojo había sido muy tosco con ese comentario de quitarse los pantalones, ¡no tenía derecho a decir eso! Tampoco tenía necesidad de ser vulgar cada vez que abría la boca, pero aparentemente no podía evitarlo, y tampoco tenía por qué atacarla. Ino no asumiría culpabilidad alguna en ese aspecto... aunque quizá debiera hacerlo.

¿Gaara no le había dicho que mirarle así era lo mismo que tocarlo? ¡No! La chica no estaba dispuesta a creer que ella le había provocado. Tampoco que volvería a besarla si la sorprendía mirándole así otra vez. No se atrevería... ¿o sí? ¿Un individuo tan bajo y despreciable como él? Claro que sí. Jamás habría pensado que sería capaz de hacerlo la primera vez y sin embargo lo hizo. ¿Y por qué no podía dejar de pensar en eso?

Si al menos no la hubiera besado esa segunda vez, tan distinta de la primera, tan increíblemente agradable. Ino se había sentido mareada. Su estómago había sido un torbellino de sensaciones. Para su vergüenza, deseó que no se detuviera, pero Gaara no cumplió su deseo. Más aún, él dijo sin miramientos que no sabía besar. Frunció el ceño al recordar ese detalle, era cierto que era inexperta al respecto. El único que la había besado antes fue uno de sus pretendientes locales, y más que un beso, fue un mero contacto de bocas tan breve que terminó mucho antes que ella pudiera decidir si le había gustado o no.

Pero pronto se casaría. ¿No tendría que practicar un poco antes de que tuviera que besar a su kage? No quería resultarle tan ingenua como al apuesto Ichibi. Ahora que había determinado con quién se casaría, no era justo que permitiera a otros pretendientes que la besaran, de modo que así perdería su oportunidad de aprender cómo hacerlo. Y ni siquiera había prestado atención a lo que Gaara le había hecho. Había estado demasiado atrapada en todas aquellas sensaciones que experimentaba por primera vez, que ni se dio cuenta de qué era exactamente lo que él le hacía para hacerla sentir de ese modo. Pero no le permitiría que la besara otra vez, estaba fuera de cuestión. ¡Un criador de caballos! Que se había atrevido...

Ino aún estaba de pie junto a la ventana cuando Gaara reapareció poco después, con el cabello mojado y la camisa pegada al pecho, también mojado. ¿Se habría ido a nadar? Ojalá que no a la laguna de ella. La sola idea de imaginarlo nadando en su sitio privado la enfureció. Ya era bastante desgracia para ella que estuviera instalado en su establo.

Se puso a refunfuñar de nuevo ante la audacia de aquel hombre, cuando se dio cuenta de que él la había visto. Había detenido al semental poco antes de llegar al establo, justo debajo de su ventana y la miraba. A pesar de sus amenazas, Ino también le miró, deliberadamente, desafiante, consciente de que allí en la seguridad de su cuarto ni él ni sus promesas de revancha podrían alcanzarla. Hasta esbozó una sonrisa de satisfacción. Sin embargo, Gaara siguió mirándola. Incluso cuando bajó del caballo y avanzó hacia su cabeza. La rubia llegó a pensar que estaba dispuesto a hacer una especie de contienda con ese juego de miradas. De pronto, se quitó la camisa.

Ino quedó boquiabierta y de inmediato cerró las cortinas de su ventana, aunque igual alcanzó a oír las sensuales carcajadas de Gaara, que fueron mucho peores que sus silbidos del día anterior... Otro indicio de que él había ganado el segundo asalto, algo absolutamente intolerable. ¡Él era absolutamente intolerable! Tendría que hablar con su padre, alguien tenía que ponerlo en su lugar.