Capítulo 6

Señorita libertad

Estoy alagada por la oferta de mi hermana pero tengo que declinar su regalo. Ella y mi cuñado han trabajado duramente para juntar esa cantidad de dinero y yo no puedo quitárselas solo porque sí.

Así que me he propuesto cambiar de estándares y cambiar mi rutina de vida. No más el mismo trabajo, no más lo mismos pasatiempos ni las cosas que suelo hacer siempre. Tampoco voy a estar preocupada por el asunto de tener pareja o tener bebés. Ya no más, si los tendré algún día vendrán y si no… ¡A vivir como si fuese el último día!

El viernes por la mañana me dirijo directamente a la oficina de mi jefe con toda la actitud por renunciar.

Toco la puerta y me siento nerviosa.

Apenas me puse los calzones esta mañana estaba decidida — e incluso tenía un discurso de como presentar mi renuncia—, pero ahora soy una tremenda gelatina que no para de temblar.

El señor Pace me indica que pase y yo como siempre me tropiezo con la silla.

Oculta una amago se sonrisa tras su mano y me sonríe.

—¿En qué puedo ayudarte, Isabella?

Tomo mi gorro entre mis manos y lo aprieto.

—Señor Pace— carraspeo— vengo a hablar con usted.

—Te escucho— me mira atentamente.

—Yo…

¡Agárrate un ovario, Isabella! ¡Dilo!, me reta mi subconsciente.

Paso un enorme trago de saliva.

—Verá… Es sobre el trabajo.

—¿Todo bien?

Asiento nerviosamente.

—Lo que pasa es que… Vengo a renunciar.

Su rostro es sorpresa pura.

—¿No te parece tu salario? ¿Alguien te está molestando?

Yo niego rápidamente.

—No es eso, señor Pace. Lo que pasa es que creo que es momento de crecer profesionalmente y aquí ya di mi más. Quiero otras oportunidades.

A mí no me engañas, zorra. Quieres volver a ver al señor culo suculento, me repito internamente. Pongo los ojos en blanco porque en parte es verdad.

El señor Pace se cruza de manos y suspira.

—¿Puedo hacer algo para que te quedes?

Frunzo los labios.

—Me temo que no— suspiro.

—Bueno, en todo caso… Pues gracias por ser honesta conmigo— jadea—. Será difícil reemplazarte. Sabes que aquí tienes las puertas abiertas y aquí tienes a tu familia. Espero que puedas crecer como tanto lo deseas — me da la mano.

El señor Pace es el mejor jefe que alguien pudiese tener.

x.x.x

Al final de esa semana, yo estoy desocupada y dispuesta a todo.

Miro mi guardarropa fijamente mientras coloco un dedo sobre mi barbilla.

—Hoy haré algo que no he hecho desde que tenía veinte: iré a un pub.

Elijo un vestido sin tirantes, de lentejuelas plateadas que me llega por encima de las rodillas. Me hace bonita figura y mi trasero luce bastante. Me gusta. Escojo zapatillas negras y me suelto el cabello para dejármelo en suaves ondas playeras, maquillaje de noche y accesorios discretos.

Tomo mi auto sin pensarlo demasiado— ya que si lo hago podré arrepentirme— y conduzco hasta el centro de la ciudad. Hay una larga de fila de hombres y mujeres esperando fuera del Koctail Green. Me muerdo los labios, esto será más difícil de lo que pensé.

Estaciono a una cuadra lejos de la entrada. Cuando bajo del auto me siento muy expuesta— como si estuviese prácticamente desnuda—. Quizá no debí traer ese vestido, quizá no es para alguien de mi edad.

¿De tu edad? ¿Quién mierdas te va a preguntar tu edad?, pienso.

Camino hacia la fila y pongo mis manos enfrente como si estuviese viendo los aparadores de una veterinaria, como quien no quiere la cosa. Hay un guardia enorme en la entrada, es calvo, afroamericano y muy gordo. Es intimidante.

Trae lentes oscuros, lo cual es raro porque es de noche y tiene la misma pose un guarura matón: brazos cruzados, gesto serio, sin hablar.

—Holi— saludo como puberta.

Me mira y rápidamente me ignora.

Carraspeo y toso para llamar su atención.

—¿Puedo pasar?

—No— habla por fin y me vuelve a ignorar.

—¿Por qué? — pregunto algo ofendida.

Me mira apenas y suspira.

—Hay mucha gente dentro— responde—, tienes que esperar que alguien salga para ocupar su lugar.

Y entonces, deja entrar a un grupo de cuatro personas entre los cuales, reconozco a Riley.

—¡Qué hay de nuevo, Joe! — saluda al enorme hombre y este le sonríe chocándole las palmas, luego de eso, vuelve a su gesto habitual de serio encabronado.

—¡Oye! ¡Los dejaste pasar!

Joe, me mira.

—Es amigo.

Yo me tambaleo sobre mi talón y jugueteo.

—Vamos, Joe— codeo su enorme barriga—. Tú y yo somos amigos entrañables— y veo como se quita los lentes y me mira feo, yo me alejo—. ¿Recuerdas cuando íbamos juntos al kínder garden? Una vez te presté mi plastilina— le sonrío.

—Fuera de aquí— sentencia.

Bufo.

—Yo también soy amiga del chico que dejaste pasar— le refuto cruzada de brazos.

Este hombre está lleno de paciencia— gracias a Dios—, podría aplastarme con un dedo. Soy una pulga al lado suyo. Trago saliva.

—¿Cómo se llama? — pregunta interesado.

Sonrío.

—Fácil. Se llama Riley— chasqueo los dedos.

¡Chúpate esa!

—¿Cómo se apellida?

Yo me quedo en blanco y mi sonrisa se borra.

¿No te creías "Bella todos me la chupan McCloide"?, se burla mi subconsciente.

Yo me hago la cerebrito, como si pensase la respuesta de la ubicación de la fuente de la juventud.

—Empieza con "C" — recuerdo.

Joe se burla.

—¿Y cuál es el apellido?

Tallo la punta de mi tacón sobre el piso con las manos en mi espalda, con una sonrisa boba en el rostro.

—Bueno… Pues es obvio— respondo como tonta.

—Pues si quieres pasar, debes decirme el nombre— dictamina.

Yo bufo y pongo los ojos en blanco.

Palmeo el hombro del enorme guardia y me recargo como si fuésemos amigos de años.

—La "C" obviamente es de Riley "Culo-bonito" — me carcajeo como una ebria enardecida y al alzar la vista, el enorme hombre parece de piedra.

—Por favor, señorita… Sí está tan borracha permítame llamarle un taxi… No debería beber más.

Yo me encabrono.

—¡Mierda, Joe! — Le grito—. ¡A eso vine! A ponerme hasta el culo de ebria, ¡Déjame pasar! — le exijo—. Soy una ciudadana norteamericana de veinte… Veinti-… Veintidós años que exige intoxicarse con alcohol y conseguir un buen pene esta noche. Mis antepasados firmaron un acuerdo de libertad— apunto con el dedo—, el honorable presidente Lincoln estaría molesto con tu actitud, Joe. ¿No te das cuenta? ¡Por eso las opresiones! Las guerras… Las mujeres… Podemos embriagarnos hasta vomitar, ¿Me estás negando ese derecho como la ciudadana de Estados Unidos que soy? ¿Quieres que el presidente Washington se retuerza en su tumba por esta opresión hacia mi libertad de ponerme ebria?

El hombre frente a mí niega y esa es la última de la noche.

Varias personas aplauden mi ridículo discurso mientras soy mandada directamente a la mierda por el guardia de seguridad del pub.

x.x.x

Estoy sentada en la banqueta viendo hacia la nada. Ya a esta hora debería estar ebria bailando o tallándome contra varios hombres fuertes y sudados. Chasqueo la lengua. Me debato internamente entre intentarlo de nuevo o irme a casa. Mejor que nadie se entere — sobre todo mi hermana—, se mearía de la risa. Pero se supone que esta debía ser mi noche. Mejor me largo.

Un grupo de gente entra en una fila por la parte trasera del pub. Me llama la atención, parecen ser meseros y entre otros bailarines.

Nadie les dice nada, cargan pequeñas cajas y entran sin supervisión alguna. Me muerdo la lengua y muevo las manos maquiavélicamente por la idea que razono.

—Podría hacerlo…— cavilo—. Pero podrían atraparme.

Mucha gente entra y sale por las dichosas cajas. Nadie cuida la entrada.

—¡Pues lo hago! — me decido.

Tomo rápidamente una de los paquetes de una camioneta donde están descargando. Me trato de mezclar con la gente y camino tan normal como puedo. Me siento feliz, victoriosa y realizada. ¡Lo estoy haciendo!

—¡Oye, tú! — me grita un hombre que me ve a lo lejos—. La del vestido de lentejuelas, ¿A dónde crees que vas?

Yo entro en pánico absoluto y comienzo a andar más deprisa dentro del pub sin soltar la caja.

—¡Hey! ¡Detengan a esa mujer!

Me desespero y acelero el paso aun viendo hacia atrás.

La adrenalina quema en mis pulmones cuando piso el lugar por vez primera y la música inunda mis oídos de golpe.

—¡Detengan a esa mujer! — grita de nuevo.

Yo tiro la caja y comienzo a correr como una loca, volteo repetidas veces hacia atrás para verificar si he perdido al hombre.

Me siento toda una loca, una chica rebelde. Aprieto el paso entre la gente y chillo loca emocionada.

—¡Soy la señorita mamacita libertad! — grito con euforia y entonces un enorme cuerpo es mi freno de golpe.

Topo con un enorme cuerpo que me hace caer de culo y la caída hace que me golpee la cabeza.

Todo se ve borroso, las luces no ayudan mucho, la gente se aglomera.

Dos esmeraldas me miran fijamente con ansiedad, y yo sonrío como una imbécil.

—¿Está bien? — Me pregunta preocupado y se gira—. ¿Alguien podría traer ayuda? Creo que se golpeó la cabeza.

Me quedo mirando su espalda ancha y sus músculos bien torneados bajo su camisa azul y entonces, miro más abajo y me deleito riendo como retrasada.

—¡Wow! ¡Tremendo señor culo! — celebro y caigo en la inconsciencia.