Coincidence? I don't think so
En los dedos de Regina la fotografía de Emma parecía tener vida propia. Mientras rozaba con su dedo índice el rostro de la mujer, se acordó de la clara perturbación sentida por ella en la cena. Muchas cosas pasaron por su cabeza cada vez que Emma la miraba con aquella desconfianza severa y rencorosa, el fruncir de su ceño y el tono irónico en sus palabras. Definitivamente, era muy pronto para que se quedaran a solas de esa manera, aunque fuera la décima vez que lo hacían desde que se habían reencontrado. En cuanto volvió a casa, necesitó un rato con sus recuerdos del pasado. Duele mucho entender, de una vez por todas, que se había equivocado, y al final lo hizo, trayéndole también algunos dolores de cabeza.
Volvió a meter la foto en el álbum, en medio de las otras cosas que guardaba, y sacó del cajón el cuaderno-diario de aquellos tiempos de noviazgo. No consiguió contener una bobalicona sonrisa al tocarlo y leer los poemas y versos que en él estaban escritos. Leyó hasta donde pudo. Su boca tembló sin control, sus ojos ardieron, movió su cabeza en señal de negación y volvió a guardarlo donde nadie pudiese encontrarlo.
Se estaba enjugando las lágrimas cuando alguien en el pasillo la llamó. Reconocía aquella voz, era la de su prima Zelena.
Zelena, la única prima que tenía. Hija de la hermana de su madre, la hermosa mujer de ojos claros y cabellos ensortijados y anaranjados; tenía una amistad un tanto peculiar con la ingeniera. Debido a las actuales circunstancias, se veían esporádicamente, sin embargo, cuando se veían conversaban mucho. Eran confidentes desde jóvenes.
A llegar a la puerta, la prima tocó en la madera antes de asomar la cabeza.
«La tía me ha dicho que estabas aquí, ¿no has ido a trabajar hoy?» preguntó Zelena
«Ahora voy. Como jefa, puedo llegar un poco más tarde» terminó de secarse los ojos, y se sentó en la cama
«Hum…Ya. Vi en el periódico que Robert y la hija del gobernador volverán esta semana» dijo Zelena mientras entraba en el cuarto que conocía bien. No solo el cuarto, sino el apartamento entero. Siempre que podía, visitaba a su tía y prima en el apartamento por la cercanía de este edificio a la consulta médica donde trabajaba. La madre de Zelena había muerto cuando era todavía pequeña, y quizás por esa razón, la pelirroja se había apegado a Cora, que, por algún tiempo, la acogió, hasta que su padre se la llevó a Minnesota «¿Cómo te va liderando la empresa?» se sentó en un sillón cercano.
«Están bien. Las obras del hotel ya han comenzado»
«¿Has tenido noticias de Graham?»
Regina miró de repente a la prima
«No. Y él no ha hecho falta»
La pelirroja sonrió mostrando todos los dientes.
«Pensé que dirías lo contrario»
«Al principio sí, pero ahora, con todo lo que está pasando, ya realmente no me importa eso»
Regina se refería al breve affaire que tuvo con el arquitecto de la empresa, y que por un tonto desacuerdo de intereses, acabó.
Su prima no solía ser discreta cuando conversaban. Conocía toda su vida, su pasado y mucho más. No dudaría en preguntarle después de lo apática que la veía.
«Te veo muy abatida. ¿Qué ha pasado?»
Mills se rascaba la nuca insistentemente. Miró hacia otra dirección, suspiró. No quería hablar de eso.
«Nada. Asunto mío»
«¿Estás segura? Regina, te conozco. No sirve de nada esconderlo»
Zelena cruzó las piernas, parecía una terapeuta, lista para escuchar los problemas de un paciente.
Al ver que no tenía como escapar de la insistencia que sabía esgrimir la prima, Regina decidió hablar.
«¿Te acuerdas de Emma? ¿Emma Swan? Está trabajando con nosotros, en la empresa, en el lugar de Graham, bajo mis órdenes, todos los días»
«¿Te refieres a Emma, tu ex novia?» preguntó la prima, viendo a Regina asintiendo
«Ella misma. Ha regresado»
De ese tema, Zel-como era llamada-se acordaba poco, pero se acordaba. Había recién llegado de Boston cuando Regina les confesó a los padres haber comenzado a salir con una chica. Vio de cerca alguna de las efusivas discusiones entre Henry Mills y la hija. Hoy, más madura e independiente, veía la relación de las dos como algo natural. Pero por lo visto todavía conmocionaba a Regina.
«Pero, ¿cómo es que ha vuelto así de la nada? ¿Está trabajando en la empresa contigo en lugar de él? Explícame»
«Uno de nuestros inversores trabajaba con ella en Michigan y la trajo con él, ya que tiene intereses en las obras de la isla, y pidió que la contratáramos como arquitecta principal para que las obras continuasen. Solo sé que cuando llegó, me volví loca. No podía imaginar que eso podría pasar. Lo peor de todo fue verla en la boda de Gold»
«¿Estaba en la boda de Gold?»
«Sí. ¿Adivina de quién es la mejor amiga?»
«No sé»
«De Belle»
Zelena se quedó boquiabierta.
«¡Válgame Dios, Regina!»
«No te asombres. Sabes que me pidieron que fuera dama de honor, ¿verdad? Pues bien, Emma lo fue»
La prima se levantó de donde estaba para sentarse en la cama al lado de Regina.
«¿Y qué hiciste?» preguntó ella, aún sorprendida
«Me quedé mirándola de lejos. No acepté ser dama de honor porque no me gustan esas cosas. Por un momento, me arrepentí»
Zel se quedó un momento mirándola y pudo ver su estado de abatimiento. Movió negativamente la cabeza.
«¡Qué cosa extraña! ¡Es mucha coincidencia, Regina! No puede ser verdad»
«Pero te lo digo de verdad, Zelena. Mi madre tampoco se lo creyó, y tengo motivos de sobra para creer que no le gustó saberlo»
«¿Y tú, Gina? ¿Cómo lo estás llevando?» preguntó Zel
Regina tomó aire para responder
«Cada día más loca…de amor»
Durante la conversación, Regina no le contó más detalles o los momentos pasados con Emma. Lo quiso hacer, pero no se lo contó. A pesar de que Zelena era una buena confidente, al menos eso pensaba, la ingeniera se esforzó para que sus sentimientos, renacidos de las cenizas, se quedaran siendo solo asunto de ella.
El jueves, Robin y Roland ya estaban de regreso a Boston. Regina había marcado un almuerzo con su ex marido e hijo en un modesto restaurante, a dos manzanas del edificio donde trabajaba.
Ya estaba ahí, resoplando de rabia por el retraso de Robin con el niño, cuando aparecieron. Roland corrió hacia los brazos de la madre nada más verla, siendo recibido con una sonrisa y un achuchón de Regina que se puso de pie para abrazarlo.
«¡Mi vida!»
«¡Mamá!» Roland parecía muy contento
«¡Te he echado tanto de menos!» Regina apretó tanto al niño que casi lo dejó sin aire.
Robin caminó hacia ella y asintió en forma de saludo. Regina respondió.
«¿Cómo estás Robin? ¿Mi hijo te dio trabajo?»
«Bien. Nuestro hijo, Regina» enfatizó él «No dio trabajo ninguno, es muy tranquilo» sonrió el hombre, después de hablar con ese fuerte acento británico que tenía.
La mujer dejó a su hijo en el suelo, y señaló los asientos en la mesa para que se sentaran.
«Sentaos, por favor» dijo ella, extendiendo la mano para señalarles los sitios. Estaban en la parte interior del restaurante, donde había aire acondicionado, en las mesas cabían cuatro personas, y desde la gran ventana se veía las mesas de la parte de afuera, en la acera. Regina se sentó de forma elegante, con su incorregible postura, y cogió el menú «¿Qué va a querer mi príncipe?» le preguntó a Roland
El niño fue categórico
«¡Papas fritas!»
La madre rio
«Vale, y además de papas fritas, ¿qué más?»
Robin decidió hablar por él.
«Creo que deberíamos pedirle el menú infantil, Regina. Hay una buena elección con papas fritas y carne picada»
La morena lo miró por encima del menú, hojeó la carta y le preguntó a Roland.
«¿Quieres eso, mi amor?»
El niño señaló que sí muchas veces.
«Y yo voy a pedir un steak» Robin sonó firme, dejando la carta a un lado.
«Ok. Yo, el salmón» llamó al camarero. Después de confirmar todos los pedidos, Regina esperó a que el trabajador se fuera para mirar a su hijo y a Robin de manera franca. Iban a hablar de un tema que no podía ser retrasado más tiempo «Creo que ahora podemos hablar»
«¿Estás enfadada, mamá?» el niño preguntó con toda inocencia.
«No, cariño. Mamá marcó este almuerzo, tú, tu padre y yo, porque necesitamos hablar de una cosa contigo» miraba al niño que no asintió ni dijo nada más, solo miró al padre «Creo que ya tienes edad suficiente para entender algunas cosas. Ya hemos hablado sobre esto, pero quiero que lo entiendas de verdad»
Robin se puso nervioso en la silla. Sabía de lo que se trataba.
«Tu madre tiene razón, hijo»
«¿Qué he hecho?» dijo el pequeño con miedo
«¡Nada, amor, nada!» Mills trató de calmarlo «Vamos a hablar sobre tu padre y yo» su voz era más suave, estaba algo inclinada hacia delante para hablar con Roland «Sabes que mamá y papá no viven juntos, ¿verdad?»
«Sí» dijo él
«Hijo, sucede que nosotros dos, tu papá y yo, no vamos a vivir más nunca juntos porque tenemos que separarnos. Es como si tuviéramos que descansar el uno del otro, ¿entiendes?»
«¿Unas vacaciones?»
«Eso»
«¿Pelearon?»
El padre habló
«No. Ni queremos. Por eso ya no vivo en la misma casa que tu madre» miraba para su hijo, a su lado
«Cariño, a veces, los padres necesitan separarse, porque ya no están bien juntos. Tu padre y yo fuimos felices juntos, pero ya no más, y entonces, hoy, ya no funciona. Es como si necesitáramos estar lejos el uno del otro para conseguir vivir feliz»
«¿Ya no se gustan?» preguntó el pequeño, de esa forma dulce que tenía.
«¡Eso no es verdad!» dijo de inmediato Robin «Quiero decir, sí nos gustamos, mucho, pero no como antes, antes de tu nacer, hijo»
La madre del pequeño miró con cautela a su ex marido.
«La verdad, Roland, es que tu padre y yo lo intentamos, y más de una vez, pero no conseguimos estar bien juntos. Así que fue mejor que no separásemos»
«¿Y con quién voy a vivir yo?» era la última pregunta de Roland
«Bien, hijo, conmigo. Vas a seguir viviendo conmigo y la abuela Cora, como siempre. Tu padre te llamará siempre, te visitará, te llevará a pasear, lo mismo»
«Te prometo, hijo, que te voy a llamar todos los días, vendré a buscarte para ir a Nueva York siempre que pueda. No voy a dejar de ser tu padre» fue lo que Robin le dijo al pequeño.
El niño abrió una dulce sonrisa.
Parecía que se habían entendido. Pero la conversación que había acabado no fue del agrado total para el hombre. Aún tenía claras esperanzas de volver con la ex. La propia Regina lo sabía. Sus comentarios, sus actitudes, todo mostraba que tenía intención de proseguir con la reconciliación, pero ahora, estaba un poco afligido. Ella, al final, había tocado el asunto en presencia de Roland, y tuvo que fingir, y no mostrar su verdadera opinión para no enfadarla.
La comida llegó después de que el pequeño hubo recibido una caricia del padre en sus rizos. Regina no tuvo que ayudarlo con su carne, ya que está venía blanda y picada. Robin se puso a comer su bistec, lentamente, como si hubiese perdido su apetito, y Regina disfrutó de su salmón con satisfacción, manejando, eso sí, con educación sus cubiertos.
Minutos después, Regina fue la primera en terminar. Tomó un sorbo de refresco, se limpió la boca con la servilleta y esperó a que los dos terminaran. Fue el tiempo que tuvo para mirar a través del gran ventanal, y encontrarse en una de las mesas a una mujer y un niño haciendo el pedido al camarero colocado a su lado.
Regina estrechó los ojos.
El camarero se marchó, pudo ver bien quiénes eran.
Roland terminó de comer, seguido de Robin.
«Pidan postre, yo no voy a querer. Tengo que ir al baño, no tardo» dijo ella levantándose bruscamente de la silla para caminar en sentido opuesto. Robin se dio cuenta. No fue al baño, sino hacia fuera, y caminó hacia la mesa donde estaban sentados Emma Swan y Henry.
Sonrió al chico, especialmente, al acercarse. Él la reconoció
«¡Regina!»
«¡Henry!» ella se mostró alegre al saludarlo
Emma se llevó un susto. Abrió de par en par sus ojos esmeraldas.
«¿Re…Re…Regina?» preguntó la rubia, mirándola perturbada
«¡Hola, Emma! ¿Cómo estáis?» la ingeniera quiso ser simpática
Henry abrió una hermosa sonrisa en respuesta, la madre habló por él…Solo un poco.
«Estamos bien, gracias» respondió Emma, seca
«¿Por qué no te sientas con nosotros, Regina? Vamos a almorzar» la incentivó el muchacho
«Me encantaría, Henry, pero ya he almorzado. Mi ex marido y mi hijo están conmigo. Solo me he acercado a deciros hola. Os vi desde dentro. Pero, ¡muchas gracias por la invitación!»
«¡Qué pena! ¡Si te quedaras, después podríamos tomar un Banana Split que tiene aquí, es muy bueno!»
«Lo sé, conozco este restaurante, es uno de mis favoritos en la ciudad»
«La próxima vez serás mi invitada» los ojos de Henry brillaron de dulzura, suficiente para derretir a Regina.
«¡Henry!» lo reprendió Emma. Miró a Regina de lado y deprisa volvió a mirar a su hijo «Realmente querías decir que "nosotros" la invitaríamos la próxima vez, ¿no?»
«No hay problema» Regina ya se disponía a marcharse «Hecho. Cualquier día de estos, tú, tu madre y yo nos tomamos un Banana Split cada uno. Ahora tengo que volver, mi hijo me está esperando. Buen almuerzo. ¡Hasta luego, Emma!»
«Hasta luego, Regina» Swan sonrió. No fue la mejor sonrisa del mundo, pero por lo menos, era una sonrisa. Henry se despidió de su amiga con un ciao con la mano, viendo cómo desaparecía.
Swan, muy discretamente, la siguió con la mirada, y la vio regresar a su sitio en el interior del restaurante. Por lo visto, ya se estaban marchando. Se levantaron de la mesa, ella, un muchachito y un hombre. Supo que eran su hijo y su ex.
En la escena siguiente, el padre cogió a su hijo en brazos y lo abrazó con fuerza, después lo puso en el suelo para entonces acercarse a Regina Mills e intentar besar su mejilla. La mujer lo empujo levemente, impidiéndoselo.
Emma acompañó todo aquello, percibiendo la insatisfacción en la cara del hombre. Después, centró su atención en el almuerzo que acababa de llegar a la mesa.
Una hora más tarde, Regina miraba cómo Roland jugaba en el tobogán en el parque East Boston. Llevó al hijo hasta allí porque aún tenía algo de tiempo antes de volver al trabajo. Estaba sentada frente al terreno de juego infantil, en un banco de madera, reflexionando sobre la conversación con su pequeño en el almuerzo. Lo veía contento, jugando delante de sus ojos, y se preguntaba si volvería a tener una conversación de ese tipo con él. Tenía que meter en la cabeza del pequeño que su decisión era definitiva.
De repente, se asustó con sonido de risas y palabras, en lo que parecía una discusión para ver quién llegaba primero a los columpios del terreno.
Vio de lejos a dos personas apostando y al niño llegar primero, cogiendo el columpio de la derecha y una mujer rubia el de la izquierda. Cogieron impulso con los pies y se soltaron para que el columpio fuera y viniera, haciendo ruido en los ganchos, cada vez que los dos iban hacia atrás y hacia delante.
Se sonreían el uno al otro, parecían, de hecho, dos niños, aunque solo había uno, y Regina llegó a la conclusión de que aquella mujer al lado del pequeño era, por lo que veía, una excelente madre.
Como en el restaurante, Regina tuvo que estrechar sus ojos para reconocerlos. Emma y Henry otra vez.
Roland se cansó del tobogán y corrió hacia el regazo de la madre. Aquello, de cierta forma, llamó la atención de Henry, llevándole tres segundos para gritar.
«¡Mira allí, mamá, es Regina!» dijo señalando
Emma frunció el ceño
«¿Qué, chico?» giró el rostro, y vio a la ingeniera sentada en el banco de la plaza , a cierta distancia.
Sus zapatos tocaron el suelo para parar el columpio. Acabó saliendo de la silla antes que Henry, y se dio cuenta de que era observada por Regina.
Intercambiaron miradas, desde lejos. Como un rayo, una película pasó por sus ojos. Estaban jugando con sus hijos en el mismo parque donde, hacía mucho tiempo, su noviazgo se había desarrollado.
Emma estaba convencida de que todos aquellos encuentros casuales tenían un propósito, solo que aún no sabía cuál.
