Los días en la academia pasaban tranquilos, sin sobresaltos. De alguna forma notaba como me acercaba más y más al gran objetivo que me había marcado: un gran shinigami a la altura del legendario Akano Kumaru y devolver el honor a mi familia.

Seguía con interés cada clase y cada entrenamiento aunque no podía evitar distraerme en las pesadas clases teóricas. De entre ellas, sólo Historia del Mundo Mortal llamaba mi atención pero, a medida que fue avanzando el curso, iba prestando también atención a la clase de Historia de la Sociedad de Almas, porque sabía que muy pronto llegaría el día en el que el maestro instruiría a sus alumnos con toda la sarta organizada de mentiras que se había forjado alrededor de la figura de mi idolatrado antecesor.

– Bien, – comenzó el profesor Gengorou Oounabara llegado el día – hoy vamos a hablar de algo que pasó en el frío invierno del 3656. ¿Alguien sabría decirme por qué es importante esta fecha?

– Porque el imbécil del último hijo de los Ashartîm renunció a la capitanía de la Sexta División – dije por lo bajo imitando la voz de esas máquinas que me enseñaba Bikutoru y que venían procedentes del mundo mortal.

– ¡Porque el último de los Ashartîm renunció a la capitanía de la Sexta División! – anunció Gaby en voz alta.

– De algo tenían que servir tus quejas – susurró divertido Db.

– Muy bien, señorita – respondió alzando la voz el profesor para imponerse a nuestros murmullos – ¿Pero por qué es especial?

– Porque era la última división hereditaria… ¿Por qué sino? – seguí quejándome sin prestar atención a los comentarios de mis compañeros.

Para mí era contarme algo que ya sabía, que había oído mil veces y que me sabía de memoria, con pelos y señales. Eran las noticias que se habían difundido por todo el Sereitei y los distritos más prestigiosos del Rukongai y que habían acabado por convertir a mi clan, antes respetado, en casi unos parias entre las clases más altas de nuestra sociedad.

"Es descendiente del Gran Traidor, no puede ser nada bueno", decían de mí en la escuela. La misma cantinela, día tras día y año tras año. Pero yo sabía, mi tío me lo había dicho, que aquello no era más que una sarta de mentiras

– ¿Porque a partir de entonces ninguna capitanía fue hereditaria? – preguntó Krunzik.

– Exacto. Con la muerte del Capitán Sadoq Asharte y la renuncia de su hijo menor, la capitanía de la Sexta División dejó de ser hereditaria, como bien ha dicho la señorita...

– Krunzik

– Lo que sea – respondió. –Así que empecemos. En el año 3656, el entonces capitán del Noveno Escuadrón Akano Kumaru dirigió un grupo terrorista altamente especializado junto a su teniente, Nakajima Kyo. Cometieron los famosos atentados que acabaron con los clanes nobles...

– ...Kaimitsu y los Ashartîm... – murmuré resignado. – La misma mentira de siempre.

– Shhhhhhhhh – se quejó Yutaru. – No me dejas atender.

– Si quieres te lo cuento entero me la sé de memoria... Sólo de escucharla tantas veces...

– Sí, claro, si nos cuentas tu versión de los hechos éste nos suspende a todos en masa – afirmó Ichiken.

– En serio. ¿Podéis callaros un ratito? Sólo un rato venga.

– ¿En serio estás atendiendo? – preguntó sorprendida Gaby. – Pero si este calvo es un pesado.

– ¿Atendiendo a ese? No. No me dejáis atender a mis dibujos. Me distraéis – se rió – y luego pierdo las ideas que había tenido. Es frustrante.

– La familia Kaimitsu – continuó impasible el profesor – quedó totalmente aniquilada pero dentro del clan de los Ashartîm sobrevivió una persona, un heredero, Eleazar Asharte. Asociado a su nuevo cargo como jefe, y único miembro, de su desaparecido clan, tenía derecho a reclamar la capitanía del Sexto Escuadrón pero, en una decisión sorprendente, renunció a asumir lo que le correspondía por derecho inmemorial y desapareció.

– ¿Desapareció? – preguntó un chico unas filas más abajo.

– Sí – respondió el profesor. – De hecho, aún hoy nadie sabe nada de lo que ocurrió con Eleazar Asharte.

– ¿Y qué pasó con los traidores? – preguntó Nalya, remarcando la palabra "traidores" sólo para picarme. Al fin y al cabo había que aprovechar mi punto débil.

– Eso, tú dale alas – le contesté cayendo en su juego. – Ya me gustaría a mí verte en mi lugar.

– Fueron arrestados y acusados de alta traición. Las pruebas demostraron su culpabilidad y fueron condenados en consecuencia a morir en el dúo terminal. Sin embargo, la noche anterior a su ejecución intentaron fugarse y resultaron heridos de gravedad. No salieron de la Cuarta División con vida, tal y como muestran los informes de su capitán, Minami Keita.

– Eso es mentira. Los asesinaron vilmente – protesté sin darme cuenta que alzaba mi tono de voz hasta hacerlo audible por el profesor.

– ¿Perdón? – preguntó el profesor, haciendo que no me había escuchado.

– Digo que eso es mentira – repetí, resignado a enfrentarme. – Fueron asesinados vilmente por los mismos que les inculparon.

– ¿Les inculparon? – inquirió burlón el profesor mientras se sentaba en su cátedra.

– ¡Sí!¡Les inculparon! – grité al tiempo que me levantaba – ¡Y luego los asesinaron simulando una fuga para acabar con el honor de mi familia definitivamente!

– ¿Su familia? – siguió interrogando mientras su rostro parecía comenzar a mostrar algo de interés mientras rebuscaba entre sus papeles – Entonces usted debe ser este Akano Rido que aparece en mi lista. ¿Es eso correcto?

– Es correcto.

– Muy bien, señor Akano, no sé que clase de mentiras le han contado a usted cuando era niño, pero esta es la pura verdad. Aún así, permítame alabar la voluntad que demuestra por devolver el honor perdido a su familia.

– ¡¿Mentiras?! – exclamé visiblemente enfadado. – ¡Mentira es lo que está contando usted! ¡Mi abuelo no era un traidor! ¿Qué hay de lo que no cuentan? ¿Por qué nadie dice por qué se escapó el pequeño de los Ashertîm? ¿Por qué nadie habla de los rumores que decían que era el Capitán Asharte el culpable de la traición? ¿Por qué?

– ¿Su abuelo? – se preguntaban mientras tanto los compañeros a mi alrededor.

– ¡Sí! ¡Mi abuelo!

Las caras de mis amigos habían pasado de la diversión a la sorpresa. La verdad es que nunca antes había estallado dentro de los muros de la academia. Sólo me pasaba cuando discutía con mi padre y siempre por el mismo tema por el que me había enfrentado al profesor Gengorou.

Además, excepto Nalya, Db y Gaijin, ninguno de ellos sabía que el legendario capitán de la Novena División, aquel mismo que había sido retratado unos minutos antes por el profesor como uno de los mayores traidores de la historia, era mi abuelo. Sólo que algún tipo de relación más o menos cercana, que era un familiar mío pero nada más.

Pero no podía culparles a ellos, no tenían la culpa de nada. Al instante me arrepentí de haberles gritado y me desplomé sobre el asiento. No sabía qué hacer ni como reaccionar. En ese momento hubiera deseado que me tragara la tierra.

– Por favor, señor Akano, compórtese en mi clase si no quiere abandonarla inmediatamente. No sé lo duro que puede ser para alguien cargar con el hecho de que su abuelo sea el mayor traidor de la Sociedad de Almas, pero en este aula no toleraré jamás que se me falte de esa manera al respeto.

Estuve a punto de contestarle pero con un tirón del traje Nalya me advirtió que sería mejor no hacerlo y que me sentara. La reputación de aquel profesor era la de alguien con muy mal genio y por todos era sabido que enfrentarse a él era una malísima idea.

– Perdón chicos – musité unos segundos más tarde.

– No te preocupes, – respondió Db – es un cabrón. No le hagas caso, pero ten cuidado, no vaya a ser que la cagues con él.

A pesar de todo, después de aquello, no me encontraba con ánimos para seguir con la clase. Sin darme cuenta, comenzaron a brotar lágrimas de los ojos así que decidí esperar a que el profesor siguiera con la clase y que todo se calmara para escabullirme hacia el pasillo.

Me apresuré hacia los jardines y me senté a la sombra de un árbol. Nunca había imaginado que acabaría llorando por aquello pero allí estaba yo sin poder contener el llanto sentado bajo un cerezo cuando apareció Nalya.

– Rido…

– ¿Tú no deberías estar en clase?

– Sabes que la clase de Historia de la Sociedad de Almas me importa realmente poco – dijo mientras se sentaba. – Además, sin ti allí quejándote que hablen de tu abuelo es bastante aburrido.

– Aún así, deberías ir. Con que pague el pato yo, ya llega.

– Sí, claro. Como en aquella clase de Kidou – replicó. – ¿Sólo tú puedes hacerte el héroe?

– Como si tú sola pudieras haber recogido todo aquel desperfecto – sonreí entre las lágrimas que aún brotaban de mis ojos.

– ¡Pues sí que podía! – contestó con voz burlona. – Además, ¿qué cojones pintas aquí llorando? ¿No eras tú el gran Akano Rido, el nieto del legendario capitán Kumaru, el guerrero de las sombras que nunca se rendía y no se cuántas parrafadas más que me sueltas cada dos por tres? Perdóname, pero alguien como tú no llora.

– Vete a la mierda.