CAPÍTULO SIETE.

La desesperación corría por su cuerpo.

El niño había desaparecido.

No había podido dormir en toda la noche y cuando fue una hora prudente, se deslizó por el pasillo hasta su habitación para asegurarse de que todo estuviera en orden.

Pequeña sorpresa al encontrarse con la cama revuelta sin el niño.

Corrió hacia la habitación de Isabella y encontró la puerta sin cerrar. La abrió de golpe y el grito de "despierta, pedimos al niño" se atascó en su garganta. Soltó el picaporte y su quijada se ablandó.

En una maraña de mantas y piernas, Bella dormía junto a Ethan en la enorme cama de la habitación de invitados. La perfecta cobija de punto que había traído de África hacía algún tiempo estaba tendida en el suelo sin cuidado.

Su respiración se alivió unos tres cuartos y analizó la imagen.

El niño estaba tendido de espaldas, muy cerca del cuerpo de Bella, quién dormía de costado tranquilamente. Ella respiraba superficialmente, su pequeño short le dio un panorama general de sus esbeltas piernas y la camiseta se había subido enseñando parte de la piel de su abdomen. Tenía el cabello enmarañado y desplegado por toda la almohada.

Simplemente sonrió y volvió a cerrar la puerta.

Se dejó caer en el sofá de la galería trasera mientras bebía un oscuro café.

-Pareces no haber pegado un ojo en toda la noche.

El asiento se hundió a su lado. No tenía idea de cuánto tiempo había pasado mirando el vacío patio, el cielo estaba aclarándose con el sol de la mañana y las nubes estaban desapareciendo. Sería un día fenomenal si no fuera por el pequeño detalle de que su vida estaba dando un giro vertiginoso.

Se giró hacia Isabella. Llevaba un largo pantalón de deporte, como si fuera masculino, escondía sus piernas astutamente. Con una camiseta de manga corta de su talla con la estampa "Hard Rock". Al fin podía apreciar su fina cintura. Su cabello estaba ordenado en una trenza desprolija y llevaba una sonrisa matutina, para nada contagiosa.

-No lo hice y casi muero de un infarto cuando encontré la cama del niño vacía.

Ella se mantuvo en silencio en un entretejido de pensamientos.

-Le teme a la oscuridad.

Susurró. ¿Acaso Edward estaba experimentando sentido de pertenencia con el niño?

-Se que no es fácil, pero al menos podrías comenzar a llamarlo Ethan.

Edward clavó su mirada feroz en ella.

-Haré el desayuno ¿Quieres algo más… sustentable?

Se puso de pie y notó que estaba descalza. Él también adoraba hacer lo mismo y prácticamente lucía como ella al despertarse. Hasta hacía un día atrás.

-¿Por qué no?

Gruñó apartando la taza vacía de café. Había terminado por despertar.

-Buenos días.

El particular sonido de su voz de niño le picó el cerebro y sonrió a medias en un monumental esfuerzo.

-Buenos días, Ethan.

Bella sonrió mientras él tomaba asiento frente a ella. Ambos chicos no apartaban la mirada del cuerpo femenino que se movía con soltura en la cocina, como si hubiera pertenecido allí desde siempre.

Ethan admiraba con devoción a esa mujer que lo había despertado con una sonrisa y un beso en su mejilla. Su madre jamás se había interesado por él de esa forma.

Edward admiraba con pasión contenida la forma en la que ella sonreía con facilidad, sabía qué decir y qué hacer en el momento adecuado. Parecía que hubiera nacido para tener una familia y sobrellevarla de aquella forma.

Zumo de naranja, tostadas con mermelada y queso derretido, y finalmente leche tibia con frutas. Ethan tomó unos cereales adicionales y Edward llenó su taza de café de nuevo. Pero ninguno podía evitar sentirse sobre cuidado con aquellas atenciones.

-Gracias, Bella, estuvo delicioso ¿Puedo ir afuera?

Ella rodó su vista hacía Edward.

-Creo que deberías preguntarle a Edward.

-¿Puedo ir afuera, Edward?

Él la miró de regreso. Había esperado que ella le dijera que si, después de todo el niño parecía alabar las órdenes de su asistente.

Como si algún hombre pudiera decirle que no.

-Seguro, puedes ir.

-¡Gracias!

Bella no podía apartar la vista del niño. Revisaba las flores, admiraba las sombras y recogía pequeñas maderas del suelo.

-¿Cómo voy a hacerlo?

La mujer frente a él sonrió como solo ella solía hacerlo, dándole fuerza y aliento.

-Nunca me han gustado los niños. ¿Cómo podré manejar a uno? Trabajo todo el tiempo y durante la semana completa estoy en el apartamento de la ciudad. No pienso llevarlo allí.

-Edward, tienes que comenzar a hacer las cosas diferentes. Ponte un horario de trabajo fijo, regresa a casa y pasa tiempo con él. Conócelo. Solo tienes que guiarte por lo que necesita.

-Te pasas de la raya, es demasiado.

Dejó que su cabeza se escondiera en sus manos y ella rió mientras se ponía de pie para ir a su lado. Lentamente deslizó sus manos por sus hombros en un masaje profundo.

Gimió de placer.

-Hacía tiempo que alguien no hacía eso.

Murmuró con los ojos cerrados.

-Estás nervioso, necesitas dormir y mantener la cabeza clara. Ya no eres tú, ahora se trata de Ethan también.

Edward se dejó masajear los nudos de la espalda, las manos de su asistente eran celestiales.

-¿Puedes quedarte al menos hasta mañana? Prometo que te daré un aumento.

Bella dejó escapar una carcajada y lo soltó. Edward giró rápidamente en su lugar y la retuvo de la cintura, su rostro estaba a la altura de su abdomen. Un escalofrío le recorrió el cuerpo violentamente. En un rápido movimiento para evitar caerse se sostuvo de sus hombros, esos poderosos músculos que se burlaban de ella tras esa fina camiseta. Fijaron sus miradas intensamente.

-Por favor…

Suspiró despacio, controlando cada respiración. Edward tenía una mirada suplicante, algo que hacía mella en ella.

-¡Mira lo que encontré!

Un torbellino de niño la obligó a separarse de Edward, se acercó a su altura y tomó lo que Ethan le ofrecía.

-Es hermoso…

-Es una roca paleozoica, en la que predominan las rocas ígneas y metamórficas pero también se conservan algunas rocas sedimentarias de colores oscuros, diferentes a esta.

-¿Dónde aprendiste eso? Esto parece… un cuarzo.

-En un libro de la biblioteca de la ciudad donde vivía.

Se encogió de hombros y tomó la piedra de regreso.

-Eres un genio.

Edward no tenía nada para agregar, Bella parecía tener todas las palabras.

-Gracias, te la obsequio. Si Edward no le molesta, ya que la encontré en su patio…

El niño miró en su dirección y él sonrió.

-Claro que no… Ey, genio… ¿Quieres que…Bella nos acompañe hasta mañana?

Los ojos de Ethan brillaron.

-¡Seguro, sería genial!

Edward sonrió maliciosamente en dirección de su asistente la cual sonreía de forma asesina. Si las miradas matasen, él ya estaría muerto.

-¿Lo oíste? Será genial. ¿Por qué no vas en búsqueda de otra igual para ti ahora? Si encontraste una roca cristalina, de seguro hay otra.

Y estaba seguro de que la hallaría. Había decorado su estanque con un pequeños adornos de cuarzo hacía tiempo, pero el temporal de verano del año anterior y las fuertes tormentas los habían hecho añicos desparramándolos por todo el territorio.

Cuando desapareció tras la puerta de vidrio de la cocina y ella acompañó sus movimientos con la mirada, se volvió hacia Edward.

-No es justo que utilices a un niño como extorsión.

-Lo siento, de verdad. Pero no quiero hacer esto solo. No me siento preparado.

-Eso comienza a sonar como una excusa.

Comenzó a juntar los trastos rápidamente y los dejó en el lavabo para ponerse manos a la obra. Detestaba que la presionaran para acceder a un capricho de los demás. Ella siempre quería tener su voto de voz y que fuera definitivo. Pero si ya se lo había prometido a un niño, a una criatura que apenas tenía conciencia de su vida y de lo que pasaba a su alrededor, sentía la necesidad de hacerlo. De ceder a quedarse, al menos hasta el domingo.

-Ve por tu agenda, tenemos trabajo que hacer.

Le dio la espalda y fue por su teléfono.

Diez llamadas perdidas y doce mensajes de texto era algo que no le preocupaba. Jacob le debería de haber dicho a su abuela la razón por la cual no habría asistido.

-Mery… no tienes idea de cuánto lo siento.

-Descuida, cariño. Después de todo fue una estúpida fiesta más.

Suspiró hondo, su abuela estaba enfadada y nada la haría calmarse. No por ahora.

-Al menos agradezco que llames temprano, me imaginaba que tu jefe te mantendría ocupada por lo menos unas horas más.

Ahogó un grito y empequeñeció los ojos.

Maldito Jacob Black…

-Te veré el jueves, Mery ¿De acuerdo?

Edward la esperaba en la mesa de la cocina con su agenda y una lapicera. Ella llevaba los lentes puestos y lucía enfadada.

-Comencemos por el lunes.

-De acuerdo…

Ella sopesó las actividades, golpeando su mentón con la punta de la tinta.

-... estás de suerte. No tienes nada que hacer hasta las diez de la mañana. Irán al laboratorio. Hacer pruebas de ADN, hoy en día, es solo un trámite. Demasiado sencillo.

-Pero iba a utilizar ese tiempo para analizar el proyecto comunicacional de Wireless.

-Olvídalo, esa estupidez puede esperar.

Bella rápidamente cambió los horarios de las actividades. Edward no sabía que ella opinaba de esa forma.

-No entiendo tu punto. Ese proyecto es una mina de oro.

-Por favor, mina de oro enterrada bajo treinta mil capas de carbón. Ese proyecto no asegura nada y si falla, será más perdida que ganancia.

Estaba atónito.

-¿Por qué nunca supe que opinabas eso hasta que ya está casi terminado y solo tengo que mandarlo a hacer?

Bella levantó su vista del papel.

-Nunca preguntaste. Es tu trabajo, se supone que sabes lo que haces pero eso no prohíbe que forme mis propias opiniones al respecto.

Ella llevaba toda la razón. Pocas veces le pedía opinión acerca de algo y cuando lo hacía no era especialmente de trabajo. Ahora terminaba por darse cuenta que su asistente era mucho más eficiente de lo que pensaba.

-Regresemos al lunes. ¿Quién va a cuidar de Ethan mientras estas en el trabajo?

-Estamos...

-Es tú responsabilidad, yo no tengo que modificar mis horarios.

-Estamos juntos en esto ¿Recuerdas?

Ella clavó su intensa mirada en él. Edward parecía querer convencerla de que el niño era también su tarea, y ella gustosa lo aceptaría, pero las consecuencias serían catastróficas si ese resultado salía mal.

-De acuerdo. Tiene ocho años y estamos en verano...

-¿Qué suelen hacer los niños de su edad?

-¡Deportes!

-Fútbol.

-De acuerdo, buscaré un instituto donde pueda pasar el resto de las mañanas.

-¿Qué hay de mí? Te necesito en la reunión electoral.

-Horarios de corrido, dalos por terminados. Terminarás antes de medio día, vendrás a comer con tu hijo y luego nos veremos para la reunión electoral. ¿De acuerdo?

-Bien.

Los lunes por lo general era el día menos trabajoso y los que más disfrutaba de perseguir a una nueva trabajadora en la empresa. Sus necesidades seguían intactas.

-Martes.

-De nueve a once treinta, tres actividades y después de medio día hay controles de planta en los departamentos. Fácil, pan comido.

-¿Qué haremos con Ethan por las tardes?

Bella enmudeció.

-¿El ama de llaves no podría quedarse más tiempo?

-Ella vive aquí, Bella.

-Genial. Aumentarás su sueldo y cuidará de un niño. Solucionado, lo único que tiene que hacer es alimentarlo correctamente, hacer que se de un baño y dejarlo jugar. ¡Eso! El niño necesita juguetes. Una pelota, muñecos... lo que se con lo que él se divierta.

-De acuerdo.

-Miércoles.

-Demonios.

-¿Viaje?

Bella puso los ojos en blanco.

-Inversionistas y proveedores japoneses. Están asentados en Tucson, adoran esa zona.

-Ambos tenemos ese viaje. Yo no puedo faltar, tú vienes con migo y...

-Ethan también. No podemos dejarlo fuera. Encontraremos algo que pueda entretenerlo. Es un niño.

-Jueves. Almuerzo con la empresa de plásticos.

Bella se molestó. ¿Almuerzo? Ahora recordaba el motivo. Su jefe nunca utilizaba el almuerzo o la cena en caso de que fuera extrema necesidad. Como en este caso, en el que la directora general de la empresa plástica era una muy ostentosa mujer.

Al menos eso no era una cena.

-¿No podemos cambiar el horario?

-Ni lo sueños, Isabella. Necesito ese contrato.

-Pero no puedo tenerlo ese almuerzo...

Edward se estiró para ver sus horarios.

-¿Por qué nuestros horarios no coinciden? ¿Qué dice ahí...?

Ella cerró sin darle tiempo a terminar de leer.

-Buenas noticias, Edward. Tengo una vida también.

-¿Y eso incluye almorzar justo ese jueves con alguien?

-Exacto.

Edward rodó los ojos.

-Cambia la fecha.

-No puedo, es tradición.

-¿Familiar?

Bella soltó un suspiro de agobio.

-¡Bien! Lo llevaré con migo.

El resto del jueves y la mañana del viernes eran fáciles de acomodar. Excepto la tarde del viernes.

Viernes.

Bella amaba los viernes para dedicarse a acomodar su departamento, sus cosas, visitar a su abuela, pasear a Ruffo, cocinar galletas, leer un libro, escuchar música. Eso y el resto del fin de semana.

-Tengo la muestra de cuadros de...

-Si, de la mujer con testosterona.

Edward soltó una carcajada.

-¿Envidias su exceso de energía?

Ahora le llama energía.

-Ya quisieras.

Bella rió estrepitosamente mientras daba por terminada su sesión de trabajo y ponía de pie. Pero envidiaba la forma en la que ella lo atrapaba. Estar en un espacio cerrado entre su jefe y Senna era respirar sexo salvaje y atracción potente.

No había nada más incómodo que eso.

Se acercó a la puerta.

-¿Ethan, quieres acompañarme al mercado?

El niño corrió hacia ella con rapidez y le enseñó su perfecta dentadura blanca.

-¡Si!

-Vamos.

Le tendió la mano.

-Vamos a quitarnos la ropa de cama.

Se giró hacia Edward.

-Jefe, necesitaré las llaves de su auto.

-Olvídalo, voy a llevarlos.

Bella soltó una carcajada ante su rostro de espanto. Edward jamás sería capaz de prestar un auto, menos el único que tenía en su poder allí mismo. El volvo. Era más una reliquia que un auto para darle un uso.

Después de todo, confiaba tanto en su asistente que sería capaz de darle las llaves.

Solo que ella no lo sabía.