Cap VIII
Más allá de la realidad
—¡Bella! Hija ¡Despierta! —sentí entre sueños que Reneé me hablaba con dulzura.
—¿Qué pasa? —respondí somnolienta.
—Te quedaste dormida sobre la cama hija. Ponte pijama y acuéstate en las sábanas —agregó tiernamente, en tanto, intentaba cogerme por el brazo para sentarme.
De repente espabilé y me di cuenta que ¡todo había sido un sueño! Ansiosamente retrocedí lo acontecido —en mi mente— y pregunté aún grogui.
—Mamá ¿A qué hora llegué?
—Pasado las tres ¿Por qué? —parecía curiosa.
—¿No volví a salir después de eso cierto? —estaba volviendo de a poco a la realidad.
—No. Almorzaste, me dijiste que vendrías a estudiar y no apareciste más, hasta ahora, que te vine a ver y estabas abrazada a Morfeo —rió.
—¿Qué hora es? —pregunté ya decepcionada.
—Las 9.25 de la noche —miré el cielo y efectivamente estaba negrísimo y muy estrellado.
¡Qué pena! Había sido un sueño, ¡Uf! Qué decepción…
Mi madre salió de la habitación y yo me quedé mirando el techo. Di media vuelta y tomé el móvil desde la mesita de noche. Conclusión: tres llamadas perdidas de Alice que jamás oí. Las seleccioné y presioné el botón para llamar. Tuut, tuut, tuut, tuut ¡Nada! Reintenté, tuuut, tuuuut, tuuut. Una voz de hombre, varonil y aterciopelada se oyó al otro lado del móvil.
—¿Aló? —dijo muy amablemente.
—Hola, soy Bella. Le estoy devolviendo el llamado a Alice —agregué muy apresuradamente, tanto que mis palabras se atropellaban unas con otras.
—¡Hola Bella! Soy Edward ¿Cómo estás?
Su tono era animoso y me puse aún más tartamuda, después del febril sueño que acaba de tener con él ¡Por Dios! Me había parecido tan real. Mi estómago se contrajo y tuve que tragar saliva para seguir hablando.
—Eeeeh, bien ¿y tú? —contuve el aire sin querer.
—Bien —pareció sonreír a través del teléfono.
—Espera un momento, aquí viene Alice… ¡Qué estés bien!
—Tú también —dije embobada.
Se hizo una pausa debido al cambio de los interlocutores.
—Bella ¡Hola! —resonó el campanilleo de la voz melódica de mi amiga.
—Hola ¿Cómo estás? —dije aún con el corazón en la boca por mi breve conversación con Edward.
—Bien —continuó algo apresurada— ¿Qué estás haciendo ahora? —sonaba entusiasmada.
—Me acabo de poner pijama —sonreí desganada, probablemente me perdería una invitación.
—¡Buuuuuuu! Quería que vinieras a nuestro "salón de eventos" —soltó una carcajada.
—Feliz, pero estoy acostada —tiene que haber notado mi desgano.
—Si quieres te voy a buscar —intentaba persuadirme, en verdad, no tenía para que insistir tanto, yo moría por ir.
—Pero ¿Estará…? —no terminé la oración.
—No, no estará ni cerca. Se fue el fin de semana de viaje —noté su voz algo tensa.
—Bueno, si es así, iré —le devolví la sonrisa— no es que odie a tu hermano ni nada por el estilo, pero sería extraño verlo —agregué para que no pensara que era una loca.
—Don´t worry —parecía sonreír nuevamente— en 20 minutos estoy allá.
—Nos vemos —corté el móvil.
Corrí al baño en tres tiempos. Me di una ducha rápida, busqué unos jeans y una polera más de "noche", maquillé mis labios con gloss y puse algo de rimel en las pestañas. Miré el reloj y aún faltaban cinco minutos ¡Qué rápido hice todo! Ni yo lo creía Tomé un morral y fui a la habitación de mis padres.
Charlie estaba acostado viendo béisbol y mi madre salió del baño con una gran bata rosada. En cuanto me asomé a la habitación mi padre, aún con el control remoto en la mano, se sentó.
—¿Y tú dónde vas? —abrió los ojos de par en par.
—Donde Alice —fui enfática.
—Creí que no saldrías —agregó Reneé sorprendida.
—Es que recién hablé con ella. En realidad me había estado llamando durante la tarde y no oí el móvil, así que cuando desperté le devolví el llamado y me invitó a su casa —hablé más rápido de lo habitual, debía salir lo antes posible.
—Mmmm no me gusta nada que salgas así de improviso —insistió mi padre, aún medio huraño.
—¡Uf! Pero papito —me acerqué a él y le supliqué —porfis, porfis —mordí mi labio inferior de tanta ansiedad.
—¡Está bien! —soltó de una vez y no del todo convencido— pero que no se repita esto de salir de repente.
—¡Gracias! —di un saltito de alegría.
Di un beso en la mejilla a ambos, bajé las escaleras y salí disparada al primer piso. Apreté el botón para abrir el portón automático y me fui. Miré hacia todos lados y no encontré el auto de Alice. Tomé el móvil para llamarla y comencé a sentir el tuuut característico que significaba que estaba marcando, cuando oí un auto estacionar y una voz perfecta me llamó.
—¡Bella! —alcancé a vislumbrar a Edward que cruzaba la calle para venir por mí.
¡Oh, no! ¡Mi sueño! Ahora se acercaba con paso gracil y elegante hacia mí. Mi corazón se aceleró en un segundo, hasta alcanzar niveles insospechados de latidos por minuto. Un flash back me invadió y recordé todo lo que había soñado esta tarde, e inmediatamente sentí como mi cara se sonrojaba. Aún no contestaba.
—¡Bella! —repitió él con una sonrisa en los labios. Recién desperté de mi catarsis.
—Edward… —exclamé casi en un suspiro.
—¿Cómo estás? —besó mi mejilla y creó que me ruboricé más.
—Bien y ¿Alice? —pregunté nerviosa.
—No pudo venir así que me mandó por ti —sonrió y luego medio desilusionado agregó— ¡Pareces decepcionada!
—No, en absoluto… —tartamudeé, en tanto no podía despegar mis ojos de los suyos— es sólo que no lo esperaba —intenté retomar la compostura.
—¡Menos mal! —me indicó el camino hacia su automóvil y resopló con una bella sonrisa torcida.
Abrió mi puerta, esperó que yo me sentara y abrochara el cinturón de seguridad para pronto pasar a su lado del coche. Sonrió antes de partir y puso el pie en el acelerador a todo lo que daba el Volvo.
Camino hacia el casino personal de juegos Cullen, no pude evitar preguntarle.
—Y ¿tu novia? —titubeé nerviosa.
Él sonrió.
—Hoy no pudo venir —fue cortante y sentí que había preguntado algo que no me atañía.
—¡Ap! —fue todo mi comentario.
No podía evitar mirarlo de reojo, era muy cautivador, bello y sexy, era casi imposible evitar deslumbrarse con su hermosura poco usual. En una de esas miraditas poco disimuladas, me pilló "in fraganti".
—¿Has estado bien? Con bueno, tú sabes… —ahora estaba serio.
—¿Por lo de Emmett dices tú? —asintió— he sobrevivido —reí.
—Fabuloso —inspiró profundo y contuvo una sonrisa.
La noche era tibia y aromática. Las olas del océano rugían a un costado de la carretera y yo, yo estaba feliz junto a Edward, no sé, a veces tenía la impresión de que me había hechizado… En vez de sentirme angustiada por lo de Emmettt, me sentía feliz de estar con Edward ¡Vaya cabeza la mía!
Aparcó en uno de los estacionamientos playeros del salón de juegos y yo, en tanto, tenía el estómago repleto de mariposas danzarinas. Se bajó del auto y casi corrió a mi lado, pero de un modo cautivador no torpe como lo solía hacer yo. Abrió la puerta y me extendió su mano para que la cogiera y pudiera bajar. Aunque no era en absoluto necesario, esa parte tan señoril, era una de sus facetas más seductoras.
Unas cuantas luces se avistaban dentro de ese círculo de vidrio, pero no podía distinguir a más personas. Caminamos el trecho que nos separaba del estacionamiento y él abrió la puerta de par en par.
Llegamos y Alice dio un saltito a nuestro lado, con esa picardía en los ojos que ya se estaba haciendo habitual en ella, y acompañada de una gran sonrisa.
—¿Se portó bien mi hermano en el camino? —rompió a reír mientras le echaba un vistazo a Edward. Él negaba con una sonrisa en los labios.
—¡Alice! —dije completamente ruborizada.
—¡No seas desubicada Alice! —murmulló Jasper, quien apareció detrás del bar.
—¿Quieres tomar algo? —ofreció Edward.
—Mmmm, no bebo mucho, pero…
—¡Vodka naranja! —gritó Alice.
—¿Tú crees que me guste? —pregunté extrañada.
—Te encantará —me guiñó un ojo.
—¿Y los demás? —exclamé intrigada— pensé que habría más gente —Jasper rompió a reír.
—No te preocupes, ya vendrán —rió divertido Edward.
Noté que se miraron entre ellos y por lo mismo, me sentí algo incómoda como fuera de lugar, pero pronto se me pasó.
Jasper comenzó a barajar las cartas, mientras Alice encendía un cigarrillo.
—¿Quieres? —ofreció cortésmente.
—No gracias, no fumo —respondí orgullosa.
—¡Qué bueno que no fumes! —exclamó Edward— son pocas las que no lo hacen, creo que a estas alturas es un virtud… —dijo dulcemente sin despegarme esos ojazos de miel derretida.
—¡Uyyyyyyy! —rió Alice sarcástica— creo que a alguien le gusta Bella —soltó una carcajada que hizo eco.
—¡Alice! —la fulminé con la mirada.
Alice y Jasper se miraron y volvieron a reír ¿Qué les causaba tanta risa? ¡Qué rabia! Me sentía como una tonta.
El juego comenzaba y Alice puso las reglas.
—La pareja que pierda se somete a la voluntad a la otra.
—¡Está bien! —asintió Edward.
—Me parece —continuó Jasper.
Sólo asentí con la cabeza.
Partimos nosotros —Edward y yo— y con guiños y pistas falsas les ganamos la primera vuelta. En verdad creo que fue una excusa para mirarlo toda la noche.
—¡Un vaso al seco cada uno! —agregó Edward.
—Es mucho —reclamó Alice.
—Por mí está bien —contestó Jasper.
—Me la pagarás Edward, la próxima la ganaremos nosotros y créeme que te arrepentirás —masculló irritada —él sonrió ante las amenazas de su hermana.
Alice se tragó todo ese líquido naranjo y cuando dejó el vaso en la mesa, vi que sus ojos quedaron inyectados, rojos como venas vivientes, pero continuaba digna. Siguió la segunda ronda de juego y efectivamente nos ganaron.
—Ahora es mi venganza —dijo ya media ebria, porque había continuado con otro vaso.
—Con cuidado duende —le advirtió Edward.
—¡Ja! Seguro —sonrió Alice con malicia.
—¿Y? —continuó Edward.
—Ya sé —Alice nos calló a todos y continuó— llama a la tontona de Tanya y dile que quieres terminar con ella —enarcó una ceja.
Jasper y Edward se miraron y este último indicó.
—Otra penitencia, esa no Alice —ahora Edward se puso serio.
—¡Ay, ay, ay, termina de una vez por todas con ella! —siguió Alice, ya media catete. Todo se tornó tenso.
—Otra —respondió él ignorándola.
—¡Termina! —lo desafiaba Alice.
—¡Para ya Alice! —le dijo Jasper, intentando calmarla.
—Eso no puede ser… —respondió Edward frío.
—¿Por qué? No me dirás que te dio un subidón de amor por ella —siguió mi amiga.
—No es posible Alice, porque ya terminamos… —respondió Edward irritado.
—¿En serio? —los ojos de miel de Alice se iluminaron— ¿Es verdad hermanito? —estaba eufórica.
—Sí, es cierto —aclaró con la voz pausada.
—¡Yuuujuuuu! ¿Por qué no me lo habías dicho? —continuó— ¿Cuándo fue? —seguía emocionada por la noticia. Y por mi parte, el pulso se me alborotó a tal punto que temía sufrir un ataque cardiaco, pero ¿Por qué me había mentido camino para acá cuándo le pregunté por ella? Clavé mis ojos en él esperando su respuesta, también necesitaba una explicación.
—Hace dos semanas… —me miro de reojo y tragó saliva.
—¿Por qué no me lo habías dicho? ¡Exijo una explicación! —siguió Alice.
—No te puedo contar todo lo que hago.
—Eso no es "todo", es algo fundamental hermanito —se lanzó a sus brazos y lo besó en la mejilla.
Miró a Jasper y sonrió.
—Pero independiente de la alegría que me acabas de dar, aún tienes una penitencia pendiente —sus ojos de ocre parecieron destellar chispas y torció una sonrisa maliciosa —¿La cumplirás? —lo miró fijo a los ojos.
—Sí, prometido, cualquier otra cosa… —asintió divertido.
—Dale un beso a Bella —ordenó sin siquiera dudarlo.
Los ojos de Edward casi se salieron de sus órbitas, pero volvió a recuperar la compostura.
—Esta bien —al oír su respuesta mi corazón se aceleró a mil ¿Acaso no me preguntaría nada? Definitivamente mi opinión parecía no contar en esto.
Acercó su rostro pálido y perfecto y delicadamente fue acercando sus labios. Yo sudaba frío, pero tan sólo de ansiedad.
Por fin estuvo tan cerca de mí que pude sentir su aliento tibio y afrodisíaco. Considerando el sueño que había tenido esta tarde con él ¡Uf! Por poco me lanzo a sus brazos sin ayuda de nadie. Lo quedé mirando, hipnotizada por la belleza de sus ojos, y él tocó mi mejilla con sus labios, quedándose así un par de minutos, hasta que inspiró tan fuerte que lo pude oír. Sentí que estaba en otro mundo, uno especial para nosotros dos.
Cuando miré hacia donde estaban nuestros espectadores me di cuenta que no había nadie ¡Se esfumaron sin siquiera darnos cuenta! O al menos yo. Dirigí mi vista hacia él nuevamente, que no dejaba de mirarme. Inclinó su rostro una vez más, pero ahora dio justo en medio de mis labios. La tersura de ellos envolvió los míos con tranquilidad, dejando pasar su lengua húmeda, fina y sabrosa por entre mis labios, hasta llegar a contactarse con la mía, uniéndose y danzando en una sincronía perfecta. Pasó sus manos alrededor de mi cintura, aferrándome hacia su pecho y convirtiéndome en una extensión de su piel…
Después de esta experiencia "religiosa" no podía ni querría alejarme nunca más en la vida de su lado.
