Alohaaaaaaaa minna-san! El séptimo capítulo :B en la recta final e.e

Disclaimer: Hetalia y sus personajes, ocupados en este fic, le pertenecen al mangaka japonés Himaruya Hidekaz...

Advertencias: Bueno, supongo que no fue tan así como pongo yo las cosas aquí, puesto que en la realidad fue peor y más duradero, pero bueno. Ya saben, me fijé en este fic más en el desarrollo de mi imaginación, y la historia debía ir de acorde a eso; no mi imaginación acorde a la historia e.e .

Idea 7: Disolución de Yugoslavia (Sitio de Sarajevo). (La idea original, las Guerras Napoleónicas, me las dio mi papá, y lo aprecio mucho, pero no sabía cómo hacerlas, por eso llegué a los balcanes y su trágica historia).


"El dolor de la separación no es nada comparado con la alegría de reunirse de nuevo" — Charles Dickens

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Muchas veces la muerte no es como la imaginamos. Deseamos que nos pille de viejos, dormidos y felices, una vida plena, con hijos y nietos y bisnietos. Otros, solteros, o casados, sin descendencia, felices con el éxito logrado, el cariño obtenido. Otras veces la muerte visita a bebés recién nacidos, no los hace vivir en dolor para morir, sino llega al primer llamado, y se los llevan. Pero las más dolorosas son aquellas repentinas, las lentas y tortuosas. Las que te dejan desangrando, o tienes clavadas miles de cosas en el pecho.

Pues a mi amor verdadero, a quien ni siquiera le pude declarar que la amaba antes del accidente, le pasó algo parecido.

Salíamos del edificio en el cual nos hospedábamos. Salimos juntos, obviamente, si nos conocíamos desde hace unos 12 años. Además, el sentimiento de protección mutuo. Muchas veces, Manon me preguntaba si tenía tendencias homosexuales, porque nunca me vio irme a una habitación con una chica en los 12 años que llevamos juntos como amigos. Claro está, los primeros dos años ella no sabía la cantidad de mujeres que podían pasar a mi habitación por día. Pero pasados esos dos años, ya no hubo más "sexo clandestino", me había enamorado de mi mejor amiga. Y lo mantuve oculto por 10 años.

En fin, al salir del edificio, hacíamos el mismo recorrido todos los días, visitar refugiados, ir a nuestro trabajo, nunca mirar hacia arriba. Podrías ver, accidentalmente, la cara de un francotirador, y ya te dabas por muerto. Los días eran duros, yo no entendía el idioma, muchas veces Manon tuvo que dormir en mi cama, no me quejo, porque el edificio y las habitaciones se llenaban de civiles sin hogar.

Cómo poder describir a Manon. Única, gentil, hermosa e inteligente. Rubia y de ojos verdes, alta pero no de mi altura. Usaba vestidos elegantes y coqueteaba de tal forma que sabías que te había encantado luego de que estaban en la tercera cita. Pero siempre denotaba, por encima de todo, lo simpática que era, tenía buen humor, sabía hacer bromas livianas.

Ella era la mujer modelo de mejor amiga, confidente y novia. Al menos para mí.

Entonces, fue en uno de esos días en el trabajo en Francia donde a Manon se le ocurre ir a Yugoslavia, y si no es al país balcánico, a alguna nación del Medio Oriente. Si no es allí, a países vulnerables de Asia o Centroamérica. Pero siempre quería ir con la gente, incluso cuando su trabajo de diplomacia no era tan importante para que el país la tomara en cuenta en ideales como esos.

—No seas marica. —me decía a veces, frente a los rumbos que ella tomaba y que yo, siendo su fiel seguidor de tonos cliché, me oponía, pero seguía yendo con ella. —Tú deberías tener puestos los pantalones en esta relación de "best buddies". —me recriminaba. —Inclusive, yo tengo vestido y soy el macho alfa. Aunque, ya sabes, lo digo porque hembra alfa no me suena. —y bien lo sé, con sus discursos de igualdad.

Sí, sus discursos son raros. Dice que la violencia intrafamiliar es un delito extremadamente grave, que el hombre no le puede pegar a la mujer, ni la mujer al hombre. Si es así, la mujer le puede pegar al hombre con total libertad, y viceversa, en un mundo donde reina el caos por la violencia.

Así con sus pensamientos de visitar todo el mundo sin siquiera un buen sueldo, y con esas ideologías donde tiene razón pero son contradictorias en sí. Vaya a saber Dios qué le pasa a la mente de la loca de Manon.

—No me digas loca, el único loco aquí es el que no sabe cuándo habla y cuándo piensa. —me dijo, sacándome de mi trance. —Me corrijo, tú nunca piensas. —

Pero eso es una mentira, porque nos llamaron del trabajo para ir al parlamento, lugar codiciado tanto por Manon como por los rebeldes. Es cuando pienso, por todo el tiempo que llevamos caminando, que deseo proponerme.

—Manon. —le dije. —Hoy en la noche..., debemos ir a cenar juntos. —

Me miró extrañada, y levanta una ceja. Con una voz muy tierna e inquisitiva, pregunta: —¿Por qué? —

—Quiero que sea nuestra primera cita. —le digo, conteniendo la oración que quería decir después.

Parpadea, se sonroja y sonríe. —Tardaste 12 años en invitarme a cenar, justo en una ciudad como Sarajevo. —

—Tardé 10 años, Manon, no me tomes como un estúpido. —

Se largó a reír, mientras llegábamos al parlamento.

Cuando sentimos el temblor, estructuras quebrarse e incendios, era demasiado tarde. Manon estaba atrapada entre dos pilares, sus piernas aplastadas, y sus brazos, temblorosos, aferrándome. Ella me había empujado, me había protegido, cuando sintió el temblor, incluso antes de que impactara tal objeto de los rebeldes.

Grité y fue lo peor. Manon lloraba, sabía que era su hora, me lo dijo, pero aun así me pedía consuelo.

—Toni, Toni, —me tomaba las mejillas, llenas de polvo y lágrimas. —mírame, la cena de ambos tardará en ser. Solo..., esperaré. —

—Manon, —le lloraba, le acariciaba los cabellos, la besaba, la limpiaba. —te amo. Te amo, Manon. Desde hace 10 años que te amo, que te amo, que te amo. Te amo, Manon, te amo. Te amo. —

—Toni. —Manon seguía llorando, la cara más fría, la voz más apagada. —Eres un estúpido..., te demoraste 10 años en decírmelo... —me recrimina, riendo y llorando, y no puedo hacer más que sentirme culpable. —Pero así eres tú..., al menos me lo dijiste. Toni, yo también te amo, desearía repetir todas las veces que me dijiste eso..., pero no me quedan las fuerzas. —

Paso todos los días, mirando a mis hijos y nietos y bisnietos y a mi recién nacido tataranieto, y les cuento la historia del amor de mi vida. Me preguntan por mi esposa, con la que tuve a mis hijos. Ella nunca me amó, tampoco, ambos fuimos víctimas de la perdida del amor, y nos ayudamos, sin culpa, a recordar a nuestros amores.

Y Manon sigue esperándome para nuestra cita.


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