Capítulo 7 – Eximiendo culpas, pidiendo perdón

El sábado por la mañana Pansy salió de compras por la ciudad y volvió a casa cargada de bolsas de ropa. Era una debilidad típica femenina, pero no podía evitarla: cuando tenía demasiados problemas y comenzaba a sentirse alterada y nerviosa, se agasajaba a sí misma con ropa femenina de diversos colores para entretenerse y pasar el rato lejos de sus pensamientos. Esa mañana se había despertado con la firme convicción de alejar de su mente al rubio de ojos grises que la tenía tan atontada, de modo que partió al centro y visitó todos los locales de ropa informal para abastecerse de unos cuantos vestidos y pantalones y distraerse de su único pensamiento. Los sucesos del día anterior le habían dado varios motivos para sentarse a reflexionar y comenzar a plantearse qué tan amplio era su sentimiento para con Malfoy. Ya no se trataba de una atracción física únicamente, y eso estaba claro. Se había sentido tan inmensamente cómoda en sus brazos mientras lloraba de dolor físico y espiritual por el golpe de Blaise, que encontraba difícil volver a sentir algo así con otra persona que no fuera él. Además la figura esbelta y delgada del joven comenzaba a aparecer en sus sueños y sus fantasías, ya no más disfrazado bajo el personaje de alguna novela romántica sino vestido de sí mismo, abrazándola y besándola con pasión y exagerada ternura. ¿Acaso estaba enamorándose? Eso podía suceder, pero ella no quería permitírselo. Hubiera sido un desliz que tendría que pagar caro. Ya sabía que no tenía ninguna posibilidad de conquistarlo y tenerlo para ella, de esa forma posesiva y celosa que sólo habita en la imaginación de las mujeres enamoradas. Sabía que Draco no era un hombre de sentimientos y comprendía su personalidad porque ella misma usaba una máscara semejante para el trato con los demás. Pero su fortaleza se estaba resquebrajando y en cualquier momento caería a sus pies, entonces no podría contener el torrente de emociones que surgirían ante el más mínimo roce. Deseaba tocarlo, cuidarlo y quererlo, protegerlo de sus propios tormentos como una leona, y hubiera estado dispuesta a todo eso y quizá mucho más de no ser por ese ocurrente instinto femenino, que le dictaba que no recibiría más que una mirada fría del otro lado por mucho que se esforzara en quererlo. Tenía que solucionar ese asunto, arrancarlo de su mente de una vez por todas, idealizar la imposibilidad del amor con su Slytherin. Acostumbrarse a la desafortunada realidad y comprender que su destino estaba trazado y su deseo de compañerismo se limitaría a encuentros vagos y miradas de recelo, tal y como siempre había sido hasta el día de hoy. El mundo daba vueltas demasiado rápido para ella, dándole la sensación de constante mareo y haciéndole perder el equilibrio. Había cambiado tanto... y no es que ese cambio fuera malo, sino que simplemente no concordaba con el ámbito en el que se manejaba. Quizá Zabini tuviera razón al decirle que se había convertido en una sentimental. ¿Y qué importaba? Le gustaba serlo, aunque lamentara que sus sentimientos fueran dirigidos por ese camino tan abrupto y lleno de obstáculos. No iba a intentarlo, de antemano sabía que iba a fracasar.

Pero su determinación de no pensarlo fue vana, porque todo le recordaba a él. Esa misma noche tenía cita con los tres personajes más importantes de su "caso Malfoy", de modo que se acercaba cada vez más a la línea invisible de un límite peligroso que estaba a punto de cruzar. Sabía perfectamente que iba a tener problemas, pero estaba dispuesta a enfrentarlos, aunque no tuviera armas con las que defenderse. Tenía que intentarlo, no podía perder sin dar pelea.

Después de almorzar una ensalada liviana de verduras frescas recién compradas, se dedicó a adelantar algo de trabajo para estirar el tiempo hasta que llegara la hora de irse. Y en eso estaba cuando recibió una carta de su madre invitándola a pasar con ella las navidades. Entonces volvió a pensar en Draco. ¿Con quién estaría él cuando llegara la noche buena? Seguramente iba a estar solo, porque no tenía más familia que sus padres, encerrados en Azkaban. Tal vez fuera a visitarlos por la tarde, pero no podía esperar las doce de la noche con ellos. ¿Estaría solo en su casa, vagando por las habitaciones vacías, añorando épocas más felices y festivas? De solo pensarlo se le puso la piel de gallina y se le inundaron los ojos en lágrimas. Tuvo la loca idea de invitarlo a pasar las navidades juntos, y entonces una escena romántica a la luz de las velas debajo de un muérdago apareció como una película en su retina, pero la descartó de inmediato. No podía rechazar la invitación de su madre, y tampoco podía atreverse a tener ese gesto con él. Pero no dejó de pensarlo, acongojada.

A las siete de la tarde se vistió con uno de sus pantalones nuevos y una vieja camisa blanca, sencilla. Se recogió el largo pelo en una coleta y tomó sus cosas para partir hacia la dirección que llevaba anotada en un papelito en la cartera, aunque la sabía de memoria. Había decidido llegar a la casa caminando para pasear otro poco y continuar con su desesperado intento de despejar su cabeza y preparar un discurso convincente que no se alejara demasiado de la verdad. Cuando fue a tomar su varita mágica, que había dejado sobre la chimenea, vio la otra vara de madera reposando sin dueño junto a la suya y se la quedó mirando con una media sonrisa, un tanto maliciosa. Antes de echar a andar calle abajo por la ciudad hacia su destino, arrojó la varita de Blaise en un contenedor de basura y respiró, encantada con ese sentimiento de libertad que le producía el acto que acababa de llevar a cabo. Definitivamente habían quedado huellas de su antigua maldad a pesar de aquel gran cambio en su persona, pero estaban completamente justificadas. Se lo merece, pensó, dándose la vuelta por completo y sin mirar atrás.

Harry salió de la casa de los Longbottom a media tarde, desesperanzado. Se había acercado hasta allí con intenciones de hablar con la abuela de su amigo Neville, pensando que tal vez ella supiera algo de su paradero. Pero no sólo la anciana no sabía nada de él, sino que además tuvo un sobresalto importante al enterarse de que su único nieto parecía haber sido tragado por la tierra, porque no daba señales de vida desde hacía dos días. El auror lamentó haber dejado escapar esa información, pero no tenía más alternativa que decirle la verdad, porque hubiera parecido muy sospechoso interrogarla sin confesarle el motivo por el cual lo estaba buscando. Le aseguró que se encargaría de buscarlo por cielo y tierra hasta dar con él, y tras servirle un té de su propia pequeña cocina a la mujer, descompuesta de llanto, desapareció rumbo al ministerio. Allí habló con unos cuantos aurores que habían estado ayudándolo en la búsqueda, pero no obtuvo mejores noticias. Y ya se le estaban agotando las alternativas: había visitado el Callejón Knocturn y otros cercanos a éste, se había acercado a Hogsmeade preguntando por él e incluso fue al Caldero Chorreante, pero en ninguna parte había señales de su paso por allí. Su temor mayor comenzaba a hacerse cada vez más evidente y sólo había una explicación posible para su repentino abandono de Hogwarts: lo tenían secuestrado los mortífagos. Aunque quisiera convencerse de lo contrario, no encontraba otra alternativa. Y esperaba estar equivocado.

Sin tener idea de cómo o dónde continuar buscando, se dirigió a la Madriguera. Allí estaban los señores Weasley y George con Andrómeda y Teddy Lupin, que correteaba por los jardines persiguiendo a las gallinas mientras su abuela lo espiaba por la ventana del salón. Sus visitas a la casa de los Weasley se habían hecho muy frecuentes, de alguna forma ella y su nieto también formaban parte de aquella numerosa familia. El vínculo de padrinazgo que existía entre Harry y el niño había unido a la madura mujer y al joven a través de un cariño semejante al que tenía con sus suegros, que, por saberla sola, desde la muerte de Ted Tonks, su hija y su yerno la habían adaptado a la familia como si hubiera formado parte de ella desde siempre, tal y como habían hecho con él desde un principio. Andrómeda y Molly lo saludaron con afecto y salieron a buscar al pequeño para que saludara a su padrino. Harry aprovechó ese momento de distracción de las dos mujeres y reunió en la pequeña cocina a Arthur y George Weasley.

-Tengo muy malas noticias y me parece que es momento de alertar a la Orden para que se manejen con muchísimo cuidado. Ginny me ha advertido anoche que Neville Longbottom lleva dos días desaparecido del colegio. Desde esta mañana he estado buscándolo, pero no hay rastros suyos por ninguna parte.

Los dos pelirrojos lo miraron con expresión severa.

-¿Qué crees que haya sucedido? –preguntó George después de un momento de silencio.

-No quiero creerlo, pero sospecho que lo han capturado los mortífagos. –respondió apesadumbrado, echando un vistazo a la puerta por si se acercaban las dos mujeres con el pequeño.

-Si es así, entonces vamos a tener que poner sobre aviso a la Orden, Harry. No podemos permitir que nos tomen desprevenidos. –espetó el señor Weasley seriamente, a lo que Harry asintió. -¿Por qué crees que querrían a Neville?

-No tengo ni la menor idea. Y la verdad es que prefiero ni pensarlo. –reconoció el moreno encogiéndose de hombros, y un minuto después vio entrar a su ahijado corriendo torpemente por entre las sillas para saludarlo. Dirigió una mirada significativa a los dos hombres que lo acompañaban en la cocina en el instante previo a la entrada de las dos mujeres que seguían al niño conversando animadamente entre ellas; luego cambió su expresión por una ancha sonrisa, se puso en cuclillas y abrió los brazos para recibir a Teddy, que estaba loco de contento. Hacía varias semanas que no le regalaba uno de sus cálidos abrazos, y el contacto con el niño lo hizo sentir un poco mejor, pero no lo alivió por completo. Pasó el resto de la tarde allí en buena compañía, haciendo tiempo hasta que llegara la hora de la cena para ir a casa de sus amigos. Cerca de las siete y media de la noche saludó a todos y la señora Weasley pidió a su hijo que lo acompañara hasta los límites de la cerca del jardín, donde podría desaparecerse. George lo siguió por el sendero de tierra hablando rápido y por lo bajo, sin sonreír. Un gesto que no era habitual en él, pero que cada tanto se hacía presente como una sombra siempre dispuesta a aparecer en el rictus de quien había perdido a su hermano gemelo.

-¿Podrían los mortífagos estar planeando una redada a los integrantes de la Orden del Fénix? –preguntó dubitativo mientras caminaban despacio hacia la cerca de alambre.

-No lo sé, George, pero si así fuera no encuentro el motivo de retener a uno de los nuestros. Es evidente que lo que tienen en mente está fuera de nuestro alcance. Lo que no entiendo es por qué Neville…

-Tampoco lo entenderías si fuera cualquiera de nosotros. –interrumpió el pelirrojo tocándose inconscientemente el lugar donde debería haber estado su oreja. Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, agregó: -Todavía conservo las ganas de vengarme por esto. Un trozo de Yaxley no estaría mal para redecorar mi habitación. Tal vez una pierna, o un ojo.

-Mientras puedas mantener a salvo lo que te queda en la cabeza, quédate con el pedazo que quieras. –bromeó Harry en un intento de ver a su cuñado volver a sonreír. Pero el otro no le hizo caso.

-Me preocupa más Neville.

-Él es un hueso duro de roer, créelo. Si ellos lo tienen, ignoro para qué. Pero estoy seguro de que les va a costar trabajo doblegarlo. Asegúrate de poner sobre aviso a toda la familia y a los demás integrantes de la Orden esta noche.

-Así lo haré. –asintió el otro sellando su afirmación con un apretón de manos. Luego Harry cruzó la cerca y desapareció.

Hacía media hora que Ron debería haber llegado del Banco, pero Hermione seguía dando vueltas por el pequeño comedor del departamento, sola y en silencio. Había sintonizado la radio pero la había apagado minutos después de encenderla, porque la voz de Celestina Warbeck con sus boleros melancólicos le ponía los pelos de punta. Repasó los platos ya muy limpios con un trapo amarillo y se lavó por tercera vez en media hora los dientes. No comprendía la causa de su nerviosismo, después de todo, era sólo una persona la que venía a cenar a la casa. Pero, claro, seguramente sería una situación tensa. Sabía que Ron había aceptado presenciar la cena sólo por no llevarle la contraria, porque cuando a medianoche se fueron a acostar, se dio la vuelta sobre su hombro y le dio la espalda para quedarse dormido en cuestión de instantes, cuando lo normal era que la abrazara por la cintura y se durmiera con la cabeza apoyada en su hombro después de una larga sesión de besos y una letanía de palabras sentimentales después del sexo. Esa noche ni siquiera la había tocado. Pero por la mañana seguramente había olvidado el motivo de su pequeño enfado, porque la despertó al amanecer acariciándole la espalda con delicadeza y besando su nuca con ternura y pasión contenida hasta que la oyó suspirar, todavía algo dormida. Después de desayunar juntos en la cama su novio había partido muy contento al trabajo, en algún punto Hermione temió que olvidara el asunto de la cena. Y ahora que faltaban tan sólo quince minutos para que sonara en el reloj de pie la hora pactada para el encuentro, le preocupaba que no hubiera aparecido. Espió por la ventana que daba a la calle sin muchas esperanzas y volvió a la habitación para arreglarse otro poco el pelo. Llevaba puesta una túnica negra con detalles en dorado muy sencilla, pero se sentía incómoda. Vagaba por la casa como perdida, y eso le estaba pasando desde el momento en que se habían mudado, de modo que no tenía nada que ver con la visita de Pansy al departamento. En realidad tenía que ver con su miedo, con su parte irracional, que pensaba constantemente en el cambio que su vida estaba sufriendo, en ese viraje brusco que no sabía a dónde la estaba empujando, aunque le daba la sensación de estar cayendo por un pozo ciego interminable. Y sin la presencia de Ron a su lado todo era más difícil, porque no veía sus ojos azules haciendo un guiño cómplice con alegría, no oía el tono de su voz diciéndole mil veces ven con los ojos cerrados y las manos inquietas sobre su cuerpo desnudo, no sentía la protección de sus brazos fuertes abrazándola sin motivo aparente mientras lavaba la vajilla en la cocina. No llegaba a comprender la exagerada dependencia que le surgía cuando estaba lejos de él, y tampoco se explicaba el motivo de querer salir corriendo cuando le hablaba del futuro. El futuro era algo tan incierto y de contornos tan borrosos, que temblaba de sólo imaginarlo. ¿Quién podía asegurarle que sería él su compañero por el resto de sus días? Nadie le había hablado de esas sensaciones tan extrañas, de esa necesidad constante de correr a los brazos de sus padres cada vez que la asaltaba esa duda interminable. Las horas se le hacían largas por las noches intentando dormir viendo la luna a través de la ventana del cuarto, hasta que por la mañana daba un salto para salir de la cama y se encaminaba al hospital, el único lugar donde podía distraerse lo suficiente como para no pensar en nada ni en nadie. Allí era feliz entre niños pequeños y familias completas que ponían sus esperanzas en ella, en la salvación que su magia podía brindarles. Allí se sentía más en casa que junto a su pareja en el departamento recientemente adquirido, y eso la horrorizaba. No podía ser así. Necesitaba hacer algo y no sabía por dónde comenzar.

Se miró al espejo del armario por última vez y éste le devolvió la mirada con una expresión acongojada. Eres una bruja fuerte y has vencido muchas vicisitudes en los últimos años, Mione, puedes lidiar con este tonto miedo, pensó con un suspiro y dedicándose a sí misma una tímida sonrisa, como si se diera ánimos. Y cuando estaba por entrar al baño para volver a lavarse los dientes, escuchó unos golpecitos en la puerta de entrada. Se acercó temblando a la mirilla y observó del otro lado a Pansy Parkinson, que se cubría el cuello levantándose la capa casi hasta los labios y tenía unos copos de nieve en el pelo. Respiró hondo y le abrió la puerta, esbozando la sonrisa más simpática que pudo encontrar en su repertorio.

-Hola Hermione, ¿cómo has estado? –saludó Pansy devolviendo la sonrisa con auténtica alegría. Hermione se hizo a un lado para dejarla pasar.

-Pansy, que gusto verte. He estado… muy bien, bastante atareada con esto de la mudanza.

-Es muy bonita. –elogió la Slytherin mirando alrededor con curiosidad. –Tienes buen gusto para la decoración. ¿Dónde conseguiste ese papiro? Los objetos antiguos ya no se consiguen por ninguna parte.

-Lo tengo por herencia. Lo trajo de Egipto mi tátara abuelo, de quien se dice que era un buscador de tesoros. Pero también se dice que las monedas de oro que regalaba a la familia como recuerdo de sus viajes desaparecían en cuestión de horas. Eso me hace sospechar que es de él de quien recibí la sangre mágica.

Pansy rió, encantada con la historia, y dijo: -¡Oro leprechaun! Muy astuto de su parte.

-Digno de un mago que se hace pasar por muggle incluso con su mujer y sus hijos, durante toda su vida. –replicó Hermione con ironía, señalándole el sofá para que se sentase. La chica accedió sin dejar de mirar con interés la posición de los muebles y otras cosas decorativas mientras ella iba a la cocina a por un refresco, para hacer tiempo.

-Gracias. ¿He llegado temprano? –inquirió Pansy mirando el reloj de pie junto a la puerta de entrada.

-No, para nada. ¿Por qué lo dices?

-Porque estás sola en casa. Creí que al menos te encontraría en compañía de Weasley. ¿O se pelearon?

-Ron tuvo que ir a recuperar un día de trabajo y todavía no ha llegado. –contestó con voz débil y escuchó la puerta de entrada sonar por segunda vez. –Quizá sea él. En seguida regreso.

Volvió a abrir la puerta, esta vez sin mirar antes por la mirilla, y se encontró cara a cara con Harry, que le hizo un gesto de saludo pero no le sonrió.

-Tengo malas noticias, Mione. –dijo sin darle una segunda mirada y abriéndose paso hacia el comedor como si caminara por su propia casa. Hermione se quedó un momento más de pie junto a la puerta mirando hacia fuera. Una fina capa de nieve ya comenzaba a cubrir la acera y ella ya se estaba preocupando por la tardanza de su pareja.

-¡Vaya, no te recordaba tan alto y tan guapo, Harry Potter! –escuchó exclamar a Pansy Parkinson en el comedor y con gesto automático se apuró para cerrar la puerta tras de sí y volver junto a los otros dos.

-Hola… Parkinson. –titubeó Harry deteniéndose en seco al verla de pie frente a él. Ella sonreía abiertamente, tal vez su bienvenida fue demasiado efusiva y muy diferente a lo que él esperaba encontrar (a Ron mirando la televisión despatarrado en ese sofá en el que ella estaba sentada instantes antes).

-Puedes llamarme Pansy, y devolverme el cumplido. –reprochó ella con simpatía, sin reparar en que Harry alzaba una ceja sorprendido y Hermione sonreía de medio lado con un gesto algo burlón. –De todos modos, qué bien se te ve. Me ha llegado el rumor de que eres Jefe de Aurores, ¿puedes confirmarlo?

-No, no es cierto. Sólo soy Auror, Hestia Jones es la reemplazante de Kingsley desde que él se convirtió en Ministro. –el joven omitió la parte en la que le ofrecían el puesto y él lo rechazaba, pero por supuesto, Pansy ya estaba enterada también de eso. Se hizo la desentendida sólo por adularlo. Era un plan de acción.

-Y tu viejo amigo Weasley, ¿qué está haciendo ahora? De él sí que no supe nada más.
-Trabaja en la seguridad de Gringotts. –respondió Hermione por él, y luego agregó mirándolo: -¿Tienes noticias suyas? No ha llegado todavía, debería haber estado aquí hace cosa de una hora.

Harry la miró sorprendido y alzó los hombros en señal de respuesta. Una sombra cruzó su rostro y miró a Hermione de una manera tan intensa que la chica se asustó. Le hubiera gustado poder utilizar la legeremancia tal y como lo hacía Snape para poder transmitirle un pensamiento, porque no quería hablar delante de Pansy Parkinson, pero su amiga se le adelantó al preguntarle:

-¿Qué era la mala noticia que traías, Harry?

Él carraspeó e iba a inventar cualquier excusa para no contestar con la verdad, porque Pansy los miraba a ambos intrigada, pero en ese momento oyeron la puerta de calle abrirse de par en par y la voz de Ron llamando a su novia.

-¡Hermione! ¡Estoy en casa!

Acto seguido lo vieron llegar al comedor con aspecto agotado y completamente cubierto de nieve, el pelo mojado y frío, la punta de su larga nariz roja y congelada. Los miró a todos sin sorprenderse.

-Veo que la reunión ha comenzado sin mí.

-Aún no, estábamos esperándote para servir la cena. –negó Hermione moviendo la cabeza y alcanzando el aparador para darle una toalla con la que pudiera secarse. Ron asintió y agradeció la toalla con un suave beso en sus labios, acto que logró darle la seguridad que a Hermione le estuvo faltando hasta el momento y durante toda la tarde. Se metió en la cocina sin vacilar.

-Bueno… siéntense. Muero de hambre. –espetó el pelirrojo sentándose a un lado de la mesa y señalando el otro lado con una mano. Pansy se sentó frente a él y Harry quedó frente al puesto que ocuparía Hermione, que apareció momentos después con una fuente grande de pollo asado y otra con papas y guarniciones flotando frente a ella, apuntadas con la varita. Sirvió los platos casi en completo silencio y luego se sentó a comer. Pansy se dio cuenta de que la situación se había puesto tan tensa que podía cortar el aire que respiraban en rebanadas y comerlo de postre, tal y como ella esperaba que sucediera, de modo que comenzó a hablar con voz aparentemente tranquila para poner en acción su plan b.

-Parece que te han demorado en el trabajo, ¿cierto? Hermione parecía preocupada por ti. –preguntó cortésmente a Ron mientras cortaba su pollo sin mirar el plato. El muchacho tardó un momento en contestar.

-Tuve una pequeña discusión con mi hermano. Lo llamaron de Irlanda para trabajar unos meses allí y estuvo a punto de aceptar, de no ser porque yo intervine. –replicó dirigiéndose más a sus amigos que a la persona que había formulado la pregunta; quienes lo miraron poniendo caras severas pero aparentemente de acuerdo con él.

-¿Pensaba irse y dejar a Fleur sola con ese embarazo tan avanzado? –estalló Hermione espantada, mirándolo inquisitivamente.

-Así parece. Es evidente que todavía tiene alma de niño viajero, porque tardó en comprender mi enojo cuando casi acepta la propuesta justo delante de mis narices.

-Si es algo absolutamente necesario… -comenzó a hablar Harry, pero fue interrumpido por su amigo:

-Sí, es absolutamente necesario que alguien vaya. Pero no va a ser él el que se marche y deje a Fleur sola en la casa embarazada de siete meses. Yo tomaré su lugar.

Hermione dejó caer sus cubiertos sobre el plato sin darse cuenta, a pesar del ruido metálico sobre la fina porcelana. Y en ese instante Pansy palideció y pensó que las cosas iban a resultar más complicadas de lo que pensaba.

-Tú no… no puedes irte. No te irás. –susurró con los ojos abiertos como platos. Harry se removió incómodo en la silla mirando de uno a otro, sin acordarse de la Slytherin que tenía sentada a su lado.

-Tengo que hacerlo, Mione. Alguien tiene que reemplazar a Bill, y los demás miembros del comité no están capacitados para el trabajo o están a punto de jubilarse.

-Pero yo… nosotros… ¡vivimos en esta casa hace dos días! –estalló la joven mientras sus ojos se iban llenando lentamente de lágrimas y enrojecía de frustración y miedo. Ron advirtió esto último y miró a los otros dos con expresión de culpabilidad. Luego volvió a mirar a su novia, que hacía un enorme esfuerzo por contener las lágrimas, y tomándole la mano por encima de la mesa le dijo:

-Amor, creo que no es momento para discutir esto. Parkinson vino a decirnos algo importante, ¿lo recuerdas?

Entonces Hermione cayó en la cuenta de lo que su novio le decía y retiró la mano de su lugar bruscamente, mirando hacia otro lado. Harry, que conocía perfectamente esa actitud, miró a la pelinegra sentada a su lado, que parecía algo desconcertada, y le hizo un gesto para que comenzara a hablar. La chica se aclaró la garganta.

-Bueno… tal vez ustedes no lo sepan aún, pero yo estoy trabajando en el departamento de Derechos y Legalidades Mágicas del ministerio, y uno de los casos que llegó a mis manos es la defensa de los Malfoy.

-Sí, eso es lo que nos adelantó Hermione. –masculló Ron ante la pausa de la chica, antes de beber un largo sorbo de cerveza de manteca mirando a su novia por encima del vaso, quien tenía los ojos clavados en la mesa y no había vuelto a tomar los cubiertos.

-Bien. Es un caso complicado, porque los señores Malfoy reconocieron ser fieles seguidores del que no debe ser nombrado antes y durante la Primera Guerra, algo que manchaba su nombre y sus declaraciones anteriores, en las que aseguraban ser manipulados a través de una de las maldiciones imperdonables. Pero en uno de los tantos testimonios que mi departamento conserva en sus archivos figuran dos entrevistas que se les hizo por separado, en las cuales ambos aseguran de la misma manera que el segundo ascenso fue encarado de otra forma por toda la familia. Esta vez tenían miedo de Él y no podían negarse a estar a su servicio, únicamente por temor. Los papeles dicen que de haber tenido los recursos disponibles habrían huido del país, e incluso del continente, para no tener que estar bajo sus órdenes. En verdad le temían, y estaban arrepentidos de lo que estaba sucediendo por entonces. Pero no tenían alternativa…

-Claro que la tenían. –discutió Ron con una mirada furibunda. –Todos los que conformaron la Orden del Fénix, tanto la primera como la segunda, eran enemigos de Voldemort abiertamente. Todos ellos arriesgaron sus vidas, y muchos la perdieron en la lucha que les tocó pelear. Ellos son sólo un trío de cobardes infelices que no se atrevieron a reconocer su error en esa estúpida ambición de poder y ahora pretenden que nosotros cooperemos con ellos.

-Relájate, Ron. Déjala terminar de hablar –lo serenó Harry tranquilamente, haciéndole un gesto a Pansy para que continuara hablando.

-No, tiene razón. Ellos fueron cobardes. –concedió ella, para sorpresa de los tres. Hermione entreabrió los labios, anonadada. –Fueron débiles y seguirán siéndolo, porque saben que se equivocaron una vez y que ya no tienen muchas esperanzas para salir de Azkaban. En el presente, las cosas han cambiado mucho en el mundo mágico, sobre todo después del fin de la Segunda Guerra; pero el pasado no puede borrarse. Y aunque estén sinceramente arrepentidos, no hay muchas posibilidades de que la gente los perdone. Yo misma tengo que limpiar las manchas de mi legajo. Soy una Slytherin, después de todo, y he tenido mis diferencias con ustedes. Por eso no debería haberme adelantado a hablar de los Malfoy, y debería haber comenzado pidiéndoles mis más sinceras disculpas por todos los contratiempos que pude haberles causado mientras salvaban al mundo de la desgracia, la desaparición y muerte de gente inocente.

En ese momento de la conversación se detuvo para mirarlos a los tres a los ojos con una convincente y, sobre todo real, expresión de disculpa. Hacía mucho tiempo que era completamente consciente de todos sus errores. Había cambiado, eso era seguro. Quizá tenía algo de razón Zabini al decirle que se había convertido en una sentimental, pero aquello era un arrepentimiento sincero y honesto, y aunque sabía que no había vuelta atrás, por lo menos intentaba demostrar ese cambio que con el paso del tiempo y la madurez de los años tuvo lugar en ella para convertirla en una persona nueva, totalmente diferente de la que los tres amigos sentados a la mesa conocían desde el colegio. Todos los mortífagos sienten arrepentimiento, eso estaba claro. Ella misma había comprobado la debilidad de los padres de Draco al verlos confinados a la prisión por un tiempo indeterminado y sin tener escapatoria alguna de las fauces de la justicia. Y en el caso de la mayoría de los Slytherin que se convirtieron en algún momento en seguidores de Voldemort, que hicieron daño sin ser completamente conscientes de lo que estaban causando a la comunidad mágica, que aspiraron al poder e intentaron alcanzarlo de la forma más vil y sangrienta, que despreciaron a sus pares, a sus iguales, por algo tan banal como ser hijos de muggles o tener sangre mezclada; el arrepentimiento era aún mayor y dolía como un agujero en medio del alma. Muchas familias habían sido movidas a una u otra posición por el miedo. Ese miedo irracional que surge de ver a los seres queridos en problemas, a sus propias familias en el borde de un abismo identificable en el que siempre se encontraban a punto de caer. Los más valientes leones de Gryffindor sentían miedo en algún momento. Las serpientes Slytherin eran duras por fuera y a primera vista sólo eran bífidos insensibles capaces de comerse a sus presas de un solo bocado con tal de protegerse a sí mismos, mantener inmaculado su nombre, agrandar su honor. Pero también ellos tenían sentimientos, porque eran seres humanos de carne, corazón y huesos, al igual que todos los demás magos y brujas del mundo. Sentían el dolor, la pena, el amor en la misma medida en que lo sentía cualquier otra persona que no cargara con el peso del orgullo verde y plata característico de los que buscaban la gloria personal y acababan transitando senderos oscuros con la dignidad perdida y el alma rasgada por la crudeza y el deshonor. Todos los magos sienten miedo, y ese es uno de los motores que mueve el mundo, en constante ritmo, en permanente cambio.

Todo eso quiso hacerles entender Pansy con esa mirada solícita que les regaló a los tres amigos, cargada de emociones encontradas y sentimientos perdidos en el tiempo. Se miraron entre ellos por primera vez en mucho tiempo sin rencores de por medio, sin querer hechizarse por el puro hábito de hacerse daño. Se vieron a los ojos por primera vez en casi ocho años como iguales, capaces de compartir una cena e incluso un tímido sentimiento de amistad y comprensión. Fue como sellar un pacto o firmar un tratado de paz entre el mundo mágico y una única parte contratante: ella, la primera representante de la casa Slytherin capaz de poner en palabras el sentimiento más profundo e increíble de los pertenecientes a esa raza. Finalmente se sonrieron tímidamente los cuatro al mismo tiempo, y respiraron casi aliviados. Definitivamente las cosas estaban cambiando.

-Estás perdonada, y libre de todo cargo. –concluyó Harry sonriéndole más abiertamente y dirigiéndole una mirada cálida. Era otra persona a la que veía, ya no era la misma. El peso de la culpa la había abandonado al sentirse comprendida y estaba más suelta y flexible, como quien se mueve por un terreno desconocido y lo explora para sentirse a salvo. Ella le devolvió la sonrisa.

-Comprendo que todavía tengan muchos juicios negativos para con el matrimonio Malfoy. Pero créanme que ellos también están arrepentidos de sus errores y faltas, y darían toda su fortuna por encontrar la manera de ser perdonados. Los mortífagos también se arrepienten, y ellos son los que más peso llevan sobre sus brazos, por ser desde un principio tus enemigos declarados. Los carcome la culpa, sólo el perdón podría salvarlos.

Salvarlos… esa palabra resonó en la cabeza de Harry una o dos veces más después de que la chica la dijera. Entonces recordó. Vio su propio error. Reconoció su falta. Y entendió que debía perdonar, dejar que se limpiara la historia del pasado, y eximir de sus cargos al matrimonio que le pusiera trabas y obstáculos a través de su carrera hacia el enfrentamiento con el destino, para finalmente salvarlo en el momento final. Volvió a sentir los labios fríos de Narcisa Malfoy susurrándole en su oído para conocer el paradero de su hijo. Volvió a sentir sus uñas clavándose con desesperación en su pecho al recibir la respuesta afirmativa cuando preguntó si Draco estaba vivo. Y volvió a oír, como un eco lejano en la distancia, su grito terrible y cargado de miedo: ¡Está muerto! Un grito que, increíblemente, le salvó la vida.

Estaba en deuda con ella y había llegado el momento de devolverle el favor.