Terminado el capítulo siete, comienzo a tener las cosas más claras en cuanto al argumento. Ya van apareciendo las primeras nociones de historia sobre estos personajes. Como era de esperar, mis guiones se rompen con intervenciones fortuitas e ideas descabelladas…

Supongo que es lo que tiene estar motivado, (de forma relativa, por supuesto) gracias a vosotros, lectoras/es. ¡Gracias!

Capítulo VII: Fruto del ánimo

Un ánfora plateada que relucía con el brillo de las estrellas estaba entre las manos de Atreus. El desconcierto de éste era tal, que palideció. Se dio cuenta de que el agua le llegaba por encima de las piernas.

-¿Qué es esto? ¿Un ánfora?- Las vibraciones de un poderoso cosmos le incitaron a romper aquel sello a pesar de lo reacio que se mostraba a hacerlo. Por desgracia, como culmen, una explosión destrozó el delirio en que se encontraba sumido sin que tuviera tiempo de retirarlo.

La lluvia seguía cayendo… las olas rompían en las rocas con violencia de tempestad. El aprendiz de cabello lacio levantó del suelo para ver a su compañera Lyone tendida en el frío y manchado suelo.

-¡Lyone!- Tras su grito, no pudo aguardar ir a socorrerla. -¡Dime que estás bien! ¡Sólo ha sido una ilusión!

La chica tenía una herida en la frente causada con seguridad por la caída. Aunque le costó trabajo, Atreus la apoyó contra una columna. Tras unos segundos, ella abrió los ojos.

-¡Lyone!- Un murmullo soñoliento quitó parte del susto a su compañero.

-¿Qué ha sido eso?- toda la ropa de la chica estaba mojada y el contorno de sus curvas se grababa en ella como si fuera parte de la misma pilastra en que se apoyaba. -¿Atreus?

-¡Tranquila! ¡No fue nada!

De nuevo, un cosmos se manifestó ante ellos dando la espalda al vasto mar. La luz esmeralda tomó apariencia humana, formándose en su cabeza cabellos, y sobre sus extremidades una armadura.

-¿Nada? ¿Mi poder es nada?- aquella voz era tan familiar que no supuso amenaza alguna en primera instancia.

-¡Esa venda en los ojos…!- exclamó. -¡Eres aquella mujer! ¡Leila!

El cuerpo de la bella Leila vestía un ropaje de tan ligera protección que dejaba casi las partes más privadas de su anatomía a un hilo de la entelequia. Las curvas de la guerrera eran tan exuberantes que habrían distraído a un demonio furibundo.

-¿Nunca te dijeron que no debías confiar en los extraños?- preguntó con cierto aire de ironía.

-¿Eres una caballero… de bronce?

-¿Rangos? ¡Qué demonios! ¡Yo soy Leila de Mellusion!

El grisáceo tono del peto-armadura daba un aire de perversidad a su dueña que, con una sonrisa maliciosa dio un paso al frente.

-¡No te acerques!

-¿Me lo vas a impedir, mocoso? ¿Vas a pelear con una caballero con ese ínfimo poder de soldado?

-¡¿Por qué haces esto?!- inquirió el joven fuera de sus casillas.

-Órdenes… Son órdenes. Prácticamente sois míos ya. Ella aterrada y tú con ese ridículo cosmos. He tenido buena idea al traeros a este sitio en que nunca hay nadie. ¡No sé cómo os habría matado en la ciudad! Supongo que me valdré de las leyendas…

Atreus alzó su guardia. El miedo le hacía temblar sobremanera, pero sabía que esta vez no había forma de eludir el enfrentamiento. Casi con lágrimas en sus ojos, pidió ayuda al cielo y sin pensárselo, saltó a atacar a la hostil mujer, golpeando entre sus pechos con éxito negado.

-¿Eso es todo? ¡Desaparece!- El resplandor verdoso de Leila empujó al niño contra los restos de uno de los templos empotrándole violentamente contra una pared todavía erigida. Tras el golpe, cayó de boca y comenzó a sangrar por la frente. Un mareo indescriptible movía todo lo que había a su alrededor.

-Creo que voy a disfrutar de esto. Hace tiempo que no mato a nadie.

-¡De… detente!

La pequeña Lyone sonó tajante. Parecía haberse recuperado del shock en que estaba. Por el contrario a su compañero, el cosmos de ella irradiaba tanto que repelía el agua que del cielo era fluyente.

-Vaya. Tú posees un cosmos interesante, aunque no deja de ser insignificante. ¿De dónde crees que sales?

Leila dio dos largas zancadas quedando a menos de un metro de su presa, a la que cogió del pelo y la arrojó al aire. Aprovechando el impulso, hundió su puño en el estómago de la muchacha haciéndola caer de bruces junto a su compañero.

-Se acabó.- suspiró la guerrera de armadura gris. –Tan sólo tengo que matarles…

-¿Matar?- preguntó una ajena voz masculina. -¿Quién eres tú para matar?

-¿Una guerrera con un surplice de Bronce?- añadió otro hombre.

Cecil y Vladimir surgieron de entre las tinieblas como enviados del cielo. Ambos llevaban sus vestimentas de plata, que nada más ser reconocidas por la mujer, le hicieron temblar.

-¡Dos caballeros de plata!

-Así es. ¡Cecil de Orión!

-… No es momento de presentarse, Cecil.- replicó Vlad. –debemos acabar con ella rápido.

-¿Cómo? ¿Pretendéis enfrentaros a mí?

-En absoluto.- contestó el de pelo enmarañado bajando los puños de su compañero de la Ballena. -¡Levanta, perezoso!

Vlad quedó ensimismado al ver que su compañero pretendía que el inexperto Atreus abatiera a una guerrera como ella. A pesar de todo, el niño levantó sin rechistar mirando a su maestro con una sonrisa en su faz.

-Gracias…- dijo con voz quebrada. –Gracias por venir y confiar en mí.

Aprovechando el momento, el yugoslavo de pelo negro corrió a donde su querida alumna yacía, comprobando que su corazón seguía latiendo ante la sorpresiva mirada de Cecil, que no reaccionaba a lo que acababa de ver.

-¿Qué le has tocado, viejo?

-Todavía tiene pulso. ¿Crees que Atreus podrá?

-¡Claro! Y si no pudiera… ¡¡le tocaré yo también los pechos!!- toda situación tensa quedó rota ante la estupidez. Se notaba a la legua que el caballero de plata estaba algo más contento de la cuenta: había tomado alguna copa. -¡Adelante Atreus! ¡Confío en ti!-

La sonrisa del joven llegó a más al escuchar las palabras que sólo oía una vez cada mucho tiempo. Aquel día ya habían sido dos las veces en que se le había dicho.

La mujer de exuberantes curvas extendió el brazo derecho haciendo aparecer en su mano un látigo esmeralda considerablemente largo y elástico. El ruido que hizo al colisionar contra el suelo intimidó a su joven contendiente.

-¡Es ridículo que este desperdicio humano intente hacerme cara!

-Sin embargo, ante nosotros no tienes elección. ¡Combátele o seré yo quien sí te borre de la faz del planeta!- Cecil albergaba esperanzas en su alumno, motivado como nunca.

El aprendiz alzó los brazos para cubrirse de cualquier posible ataque. Con su creciente cosmos, el cabello le comenzó a ondear de forma leve. Los rasgos afables e infantiles que caracterizaban a Atreus tornaron más afilados y agresivos.

Sin perder un segundo, el niño corrió con su puño cerrado. Su segundo puñetazo no golpeó en el pecho, sino en plena cara causando más efecto que antes. Leila, casi sin inmutarse y con el puño ejerciendo presión en sus carrillos, giró la cara para mirar a su enemigo de frente. A pesar de la mejoría del golpe, fue nulo.

Mellusion aprovechó lo patidifuso del joven para golpear en sus espinillas y hacer que cayese al suelo. Aunque podía ganar de tan sólo un ataque, parecía haber tomado la determinación de divertirse un rato, al menos ante los ojos de los presentes.

Todavía en el suelo, Atreus giró sobre sí mismo para esquivar un envite del travieso látigo. Aunque los ataques podían ser rápidos, no lo eran. De un salto tremendamente ágil, el animado caballero se colocó tras la mujer.

-¡Impulso Celeste!- El viento pareció ondear alrededor del muchacho, que sonriente, repitió el mismo puñetazo que las otras veces. En esta ocasión consiguió arrojar al suelo a su contendiente, sorprendida en todo sentido.

A pesar del éxito del ataque, las ráfagas de viento habían causado también heridas en su emisor. Tanto él como ella, dejaban que la sangre cayera al suelo para diluirse con el agua fluvial.

-¡Cómo es posible que me hayas herido! Si eres… ¡¡un soldado!!- Al oír aquello, Cecil hizo una mueca dubitativa al aire afirmando a la mujer que no le gustaba perder el tiempo con un alumno inútil. La acusó de equivocarse en su concluyente premisa.

Atreus no se dejó asustar por sus heridas. Con un grito ensordecedor, convocó al poder del viento de nuevo. Aunque éste se agolpaba a sus órdenes sobre el brazo derecho, le hacía cortes; pequeños cortes que comenzaban a sangrar al instante. Sin liberar el poder acumulado, recordó el combate de aquella mañana y se limitó a golpear a Leila en plena coraza. Ante el supuesto triunfo que ella creía ver, comenzó a sentir un impulso en el cuerpo. El Impulso Celeste la arrojó al cielo, empotrándola en su caída contra una destrozada columna de uno de los circundantes templos en ruinas.

-¡Ese es mi poder, Leila!- exclamó con la voz algo más turbia de lo habitual.

-¡¡Bien!!- El caballero de Orión estaba tan excitado que por primera vez en años, recobró la esperanza en algo. -¡Perfecto, Atreus!

Mellusion levantó iracunda. El brutal golpe sólo la aturdió en la caída y ahora sus pupilas rezumaban fuego. Ella sabía que de acabar con el muchacho, los caballeros de plata pondrían fin a su existencia en segundos, por lo que no le podía matar sin más. La portadora del surplice estaba entre la espada y la pared pudiendo en el mejor de los casos, retardar su muerte.

-Al menos… haré todo el daño que pueda.- pensó. -¡Espiral de Látigo!

En un segundo, la elástica cuerda de la mujer envolvió a Atreus como si fuera un pez apresado por los brazos del hambriento pulpo. Sin explicarse cómo, el arma comenzó a expulsar un líquido más bituminoso que el agua.

Trazando media luna, Leila deslió a su enemigo, al que dejó dando vueltas por el aire rumbo al muro de piedra del templo que había a poca distancia de ellos. Reaccionando a tiempo, la presa del látigo usó el dominio que tenía sobre el viento para recobrar el equilibrio. Aunque cayera al suelo de pie, un corte del hombro izquierdo a la mejilla se abrió. El color rojo que brotaba de la herida era tan intenso que rompía los propios umbrales de la penumbra.

-¿Y sin embargo, podrás salvarte de esto?- Cecil se percató del truco al oír a la guerrera. Con los ojos abiertos, no tuvo más remedio que arrojarse sin pensar sobre Atreus en una fracción de segundo mientras gritaba de frustración.

-¡Espiral de Truenos!

Tras otro movimiento del látigo, varias decenas de rayos avanzaron furiosos, como atraídos por algo, hacia el cuerpo del aprendiz. El caballero de Orión se interpuso llevándose todo el horrible impacto. El bramido de dolor que exhaló fue tamaño. Inmediatamente, Vladimir corrió hacia su camarada.

Leila tuvo un segundo para pensar. Era el momento y lo vio todo claro. Junto al romper de la última ola con las rocas desapareció sin dejar rastro. Lyone no pudo reaccionar de lo rápido que sucedió todo: el combate había terminado.

-¡Maestro! ¿Está bien?- el herido Atreus se veía tan preocupado que hasta el propio Cecil se asustó.

-Tranquilo… Mi vestimenta de Orión ha impedido que me hieran.- respondió desde el suelo, ladeado tras suspirar. –El fluido del que te impregnó era magnético. Atraía los rayos, que eran la segunda fase del ataque.

-¿Cómo viste eso, Cecil?- inquirió Vlad, que tendió su mano para ayudar al maestro a ponerse en pie. Aceptando la ayuda, respondió a la pregunta con la simpleza de la lógica: si un ataque no está hecho ni para atacar ni para defender, es que todavía no ha terminado. Cuando Cecil oyó a la mujer gritar "Espiral de Truenos", lo comprendió todo. Aquella vez se habían salvado gracias a la estúpida manía de Leila de apelar a todos sus movimientos.

De madrugada

Ya era tarde cuando se encendieron las velas de la habitación de Cecil. Tras intercambiar algunas palabras, Atreus se sentó sobre la cama de su maestro mientras la joven Lyone comenzó a limpiar sus heridas.

Vlad estaba desde el final del combate algo alterado. No había dejado de suspirar constantemente en todo el paseo de vuelta a casa. ¿Quién era aquella mujer que vestía un Surplice de bronce?

-Los surplices- dijo –fueron obra de los lemurianos. Quizás tuvieses razón al sospechar de Mu.

-no creo que él tenga un vínculo con ellos, al menos con las armaduras. Te recuerdo que se dice que las vestimentas negras fueron creadas por los alquimistas renegados.

Delante de una mesa, Cecil cogió un carboncillo con forma de lápiz y empezó a esbozar tal y como recordaba, la armadura de Leila. Aunque no iba a salirle perfecta, pensaba mostrar el esbozo al Patriarca nada más tuviese la oportunidad.

-Maestro…

-Atreus, descansa mientras Lyone te cura las heridas. Hoy has sufrido más de la cuenta.

-Mientras dibujas podrías comentarles lo del viaje a los niños, ¿no?- replicó el caballero de la Ballena.

-Sí. Lamentándolo mucho, mañana tenemos previsto un viaje.

-¿Qué?- respondió el aprendiz herido mientras se quejaba del escozor de los cortes. -¿Así por las buenas?

-Sí. El Patriarca nos ha encomendado una misión a mí, a ti y a Lyone. Vlad no vendrá.

La chica dejó de limpiar el corte del hombro de su amigo para dirigirse a su maestro con una interrogativa. El motivo de su no-presencia en el futuro viaje no dejaba de inquietarle, pues no le hacía gracia viajar con alguien que apareció medio bebido en el cabo Sunion, o cuyo poder había destrozado medio coliseo aquella mañana. Le veía peligroso, apático y de personalidad con altibajos y, en el fondo, no se equivocaba a pesar del buen corazón que dejaba intuir el guerrero de Orión de vez en cuando.

-Lyone, prepara tu equipaje y ven mañana a las siete de la tarde. Abandonaremos el Santuario para coger un vuelo a Francia.

-¿¡Francia!?- exclamó ella con una sonrisa. Siempre había deseado visitar el país del queso y los poetas.

-Atreus, descansa esta noche en esta habitación. Yo tengo sueño y no quiero esperar a que se marchen Vlad y tu "amiga".- dijo emitiendo una media sonrisa segundos antes de dejar la estancia.

-¿Qué le pasa?- preguntó el otro caballero.

-Es su hora de nostalgia…- Atreus comenzaba a saber cómo su maestro pensaba.

-Lyone, ya que has limpiado las heridas de este valiente chico, debemos marchar. Es muy tarde.

-¡Lyone!- interrumpió el aprendiz. –Ven a las once de la mañana. Así ultimaremos detalles del vieje.

-¿Ultimar?- el tono de la chica era irónico. -¿Querrás decir asimilar, no? ¡No puedo hacerme a la idea de que voy a viajar al extranjero mañana!

Y por fin, quedó la casa de Cecil con sus únicos habitantes, inundada con el silencio de una noche lluviosa. Ahogada con el sonido de las gotas que se estrellaban en la ventana. Era como un susurro que invitaba al descanso, pero al que sin embargo, Atreus decidió resistirse: sabía que Cecil no descansaba. Los dos estaban en el cabo Sunion cuando la alucinación, obrada por algo desconocido, le encendió la chispa de la duda. El presentimiento de que Orión supiese algo era su esperanza.

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