¡Hola!
Les dije que actualizaría hoy y lo hice. Estoy en proceso de aprender a cumplir mis promesas.
En fin, aquí les traigo el capi. Me gustó bastante escribirlo (así como el resto del fic DUH). El miércoles me volví a ver Race to the Edge, porque estoy tratando de hacer a los personajes (de ambas épocas) lo más IN CHARACTER posible. Sí, puede que la mitad de mis personajes vengan del siglo XXI, pero siguen siendo del universo de HTTYD.
A propósito, creo que nunca lo dije, pero el Hiccup del siglo XXI se ve como el Hiccup de Race to the Edge. Así, igualito, a excepción de la ropa. Sólo para que lo sepan.
Por penúltimo: se habrán dado cuentas que hay muchas "líneas de escena" (ya saben, las líneas que separan cada escena), eso es porque en este fic (y en HTTYD en general) hay tantos personajes que lo mejor es hacer constantes cambios de escena para cubrirlos a todos. TAMBIÉN, verán a veces las típicas líneas, y a veces este coso raro: *. Este coso raro es para cuando hay cambios de escena, pero el cambio no es completo. Ehhh... saben qué, a veces hay líneas y a veces hay cosos raros (*).
Por último, pero no menos importante, quiero recomendarles algo: lean con atención. Se los recomiendo bastante. Lean con atención los capis pasados y los capis por venir.
Sin más, ¡LOS DEJO CON EL FIC!
¡DISFRUTEN!
Tuffnut estaba pasando la resaca en la costa de Berk.
Normalmente en un día de resaca se habría quedado roncando bajo sus sábanas, pero la mujer de su yo mayor era un espécimen femenino particular, de aquellos que eran trabajadores y lograban meter a todo el mundo en cintura lo quisieran o no.
El chico no entendía qué demonios había visto su yo mayor en aquella mujer que, si no recordaba mal, se llamaba Aslaug.
—Como si el nombrecito no fuera suficiente… —murmuró Tuff para sí, pateando una roca.
¡Demonios! La cabeza le dolía como nunca. No soportaba la luz (¡soy un vampiro!). Necesitaba dormir. Necesitaba comer. Necesitaba muchas cosas, entre ellas algo de cerveza para pasar la resaca. Y sobre todo, necesitaba recordar qué demonios había hecho la noche pasada en el festín de bodas para acabar así de mal. Sabía de buena fuente que la tonta de su hermana tampoco recordaba nada, lo que no hacía sino acrecentar su insana curiosidad.
Continuó su camino por la playa, cuando notó algo extraño enterrado a medias entre la arena. Curioso como era, se acercó a dicho objeto y al poderlo bien por fin, se echó a reír.
—¡Un monstruo de algas! —exclamó, divertido con su nuevo hallazgo.
Se acuclilló para inspeccionar más a fondo a su 'monstruo de algas', y estuvo a punto de sacarle la arena de lo que creyó era la cabeza de no ser porque algo más llamó su atención.
La tierra junto al monstruo de algas estaba teñida de rojo.
Hm, será saliva de monstruo de algas.
Se encogió de hombros y le quitó la arena de la cara para verlo mejor.
Al ver lo que en realidad era aquel monstruo de algas, Tuff cayó de culo hacia atrás hecho una bola de espanto, y su casi (bastante) afeminado grito de pavor atravesó los cielos de Berk.
A diferencia de su amigo Thorston, Hiccup no conocía el significado de la palabra resaca.
Cierto era que a lo largo de sus cortos casi dieciocho años había bebido cantidades, sólo para experimentar los diferentes sabores del alcohol y lo rápido que tardaba en embriagarse con cada uno de ellos, pero jamás había sufrido lo que se llamaba una «resaca». No sabía si era por la edad o porque simplemente era un bicho raro, pero igual lo agradecía.
Así que bajó hacia la primera planta silbando una alegre canción vikinga, y se encontró con que el único bien sobre sus dos piernas (o mejor dicho, una) era su versión mayor. Astrid la joven tenía una épica cara de malas pulgas, e incluso Toothless y Woodiepie se veían enfermos de la cantidad de pescado que habían comido la noche pasada.
—Buenos días. —silbó Hiccup al llegar a destino.
Astrid gruñó una respuesta antes de estrellar su cara contra su plato de gachas. Hiccup saltó preocupado y le preguntó si se encontraba bien. Le llegó una respuesta llena de gachas.
—Buenos días. —saludó Hiccup, llegando a la mesa con dos platos de gachas y dos platos de sopa de hueso de pescado, unos para él y otros para su versión menor. Le lanzó una mirada rara a su mini-yo, que el susodicho casi pudo interpretar como de preocupación e impresión juntas. —¿Estás bien?
—Claro. ¿Por qué no habría de estarlo? —repuso él con una sonrisa. Hiccup desvió la mirada entre carraspeos sin saber qué más decir, y aunque Hiccup pilló al vuelo que el mayor se moría de las ganas por decirle algo, lo dejó pasar.
—Veo que tú tampoco sufres del mal común. —bromeó luego el Jefe, fresco como una lechuga.
—Nah. —bromeó él también antes de atacar su desayuno. —¿Dónde están Astrid y mamá? —porque sí, ya le decía mamá a Valka. La mujer le dio tanto la lata con el tema que lo único que le quedó fue claudicar.
—Dormidas. La fiesta les dio una buena excusa para descansar hasta tarde. —dijo él como toda respuesta, sin quitarle los ojos de encima.
Y ahí estaba de nuevo. Aquella mirada rara. Nervioso, Hiccup no pudo sino preguntarse si acaso le habría salido algo en la cara.
Luego de terminada la amena comida, en la que Astrid había desayunado expresamente por pedido de ambos Hiccup (y ninguno de los dos creyó ver nunca algo tan divertido como Astrid llena de gachas), los hombres caminaron hacia la parte de atrás de la casa para acicalarse antes de empezar el día.
Hiccup se quitó la camisa para echarse encima un cuenco lleno de agua, y en esas estaba cuando de pronto cientos de cubitos de hielo le cayeron encima. Brincó cuatro pies en el aire del susto.
—¿Qué dem…?
—¡Pfff! —se volvió y vio a Hiccup desternillándose de la risa a costillas suyas. —¡Deberías haber visto tu cara! —y siguió burlándose de él.
Gustav Larson corrió como loco hacia la casa Haddock y no se detuvo ni siquiera después de haber entrado sin tocar, lo que rara vez hacía porque la última vez que aquello había sucedido, Hiccup estuvo a sólo medio paso de comérselo vivo.
Llegó y encontró la casa vacía a excepción de una figura pseudo-humana de pelo amarillo y cabeza de gachas.
—¿Hiccup…? —tanteó, y la extraña figura extendió su brazo izquierdo como toda respuesta, para indicar el jardín trasero de la casa. Gustav se encogió de hombros. —Okay.
Gustav echó a correr de nuevo, y cuando se hubo acercado lo suficiente, llamó el nombre del Jefe a pleno pulmón: —¡HICCUP!
—¿Qué?
—¿Qué?
Gustav se detuvo en seco al tener frente a él a los dos Hiccup, ambos mirándolo con los ojos bien abiertos en espera de una respuesta. Los dos tenían la camisa fuera y estaban empapados en agua; uno de ellos estaba cepillándose los dientes con una rama de sauce mientras que el otro estaba haciendo gárgaras con agua de canela.
—¿Y bien, Gustav? —preguntó uno de ellos, el chico no supo cuál, porque los dos Haddock lucían tan idénticos que diferenciarlos era imposible.
—Eh… —los miró de hito en hito.
¡¿Cuál es cuál?!
—Gustav… —advirtió el Jefe. El adolescente pareció salir por fin de su trance.
—¡Tuffnut dice que tienes que ir a la cabaña de Gothi ahora! —el mensaje salió más ambiguo de lo que le hubiera gustado.
—¿Cuál de los dos? —preguntó Hiccup, queriendo saber tanto a cuál Tuff se refería como a cuál de ellos debía ir, y para qué: el pobre Gustav parecía al borde de una apoplejía.
—Eh… eh… —los volvió a mirar. —¡No lo sé, sólo vengan los dos!
Fue el turno de ambos Hiccup de intercambiar miradas.
Tenía que ser algo muy grave para que precisamente Tuffnut (cuál de los dos eso no lo sabían, pero daba igual) los llamara a la cabaña de Gothi.
—Por favor que no haya matado a nadie… —pidió el Jefe antes de ponerse la camisa y seguir a Gustav.
—Por favor que no se haya matado él mismo… —rezó Hiccup junto al Jefe.
—Oh por todos los…—Hiccup no supo qué más decir al ver el cuerpo vendado e inerte del mercader Johann, ardiendo en fiebre y tendido sobre un catre.
Pero Hiccup sí que supo qué decir. —Mierda. —se movió alrededor de la minúscula habitación rascándose la nuca, y tan concentrado estuvo pensando a qué se debía aquel misterio que no alcanzó a notar la mirada rara con la que Gothi no dejaba de verlo.
Tuffnut el joven estaba temblando en posición fetal en una esquina de la cabaña.
—Lo encontré en la playa… ¡así medio muerto…! Oh gran Virgen, puedes llevarme ahora a tu reino del terror… —siguió desvariando.
—¿Qué le sucedió, Gothi? —preguntó el Jefe a la anciana, quien empezó a mover su báculo frenéticamente sobre la tierra.
"Alguien trató de matarlo".
—¿Matarlo? ¿Cómo? —intervino Hiccup, alterado. La anciana, por algún motivo inentendible, lo contempló impresionada antes de responder.
"La puñalada falló. Creo que el objetivo era su corazón, pero en su lugar le alcanzó el hombro".
Ambos Hiccup tragaron en seco. —Mierda.
Gothi siguió escribiendo.
"Está en coma. Lo más probable es que haya sido la mezcla de frío con la pérdida de sangre. No sé si vuelva a despertar".
—Doble mierda.
"De momento le estoy tratando la fiebre con jengibre y hielo, pero no le doy muchas esperanzas".
Hiccup dio media vuelta y se puso una mano en la cadera y otra en la frente. La situación era muy confusa.
—¿Pero y cómo llegó hasta aquí? —Hiccup estuvo pendiente de la respuesta de Gothi.
"Lo más probable era que haya nadado unas buenas dos millas antes de llegar. Y antes de eso, no lo sé".
—¿Nadó hasta acá? ¿Y herido de muerte? —por Dios, si lo que decía Gothi era cierto, el mercader Johann estaba hecho todo un Wolverine.
"Sí. Y alguno de ustedes saque por favor a ese insoportable Thorston de mi cabaña AHORA", añadió la anciana.
La noticia de que el mercader Johann había sido encontrado medio muerto en la playa, víctima de un casi asesinato, se extendió en Berk como la pólvora.
Resultaba casi una broma de mal gusto que después de una velada tan alegre como lo fue la boda de Eret, apareciera al día siguiente la prueba de que no todo estaba tan bien como aparentaba.
De momento, Hiccup estaba enfrentando una furiosísima turba dentro del Gran Salón, porque ningún vikingo se lo pensaba dos veces antes de protestar y/o entrar en pánico. Y con una resaca colectiva encima, todo era muchísimo peor.
—¡¿Y qué dijo el mercader Johann?!
—¡¿Nos atacan?!
—¡¿Qué vendrá ahora?!
Todos hablaban tan rápido y al mismo tiempo que lo único que Hiccup pudo hacer fue golpearse la frente con el dorso de su mano.
—Gente, por favor…
—¡¿Cómo que por favor?!
—¡Sabía que algo raro estaba pasando!
Aquel último comentario cabreó soberanamente al Jefe.
—No, Brunthair, no lo sabías, porque ayer estabas tan ebrio que no podías ni sostenerte sobre tus dos pies.
—…Cierto.
Si los vikingos estaban frenéticos, los dragones lo estaban aún más.
"¡Viene otra guerra!"
"¡Tenemos que llevarnos a nuestros bebés!"
Toothless se cubrió las orejas con ambas patas justo como hacía cada vez que a Gobber o al No-tan-mudo Sven les entraban ganas de cantar. ¡Eran tantas quejas al mismo tiempo que lo estaban volviendo loco!
"Gente, por favor…", pidió Stormfly, pero nadie le hizo caso.
El apocalipsis continuó en el Gran Salón tanto para humanos como dragones hasta que Woodiepie, cuyos oídos eran muy sensibles, rugió para acallar a los aldeanos. Cuando todos hubieron cerrado la boca, la dragona resopló justo como Toothless hacía, satisfecha consigo misma.
—Bien hecho, chica. —la felicitó Hiccup mientras le rascaba el mentón. Ambos permanecían en el rincón más alejado del Gran Salón, evaluando la situación desde la distancia.
Misteriosamente, Hiccup era objetivo de toda clase de miradas raras por parte de los aldeanos por allí donde caminara desde que había salido de casa. Algunos lo veían impresionados, otros divertidos, e incluso unos pocos muchos llegaban a felicitarlo en caso de que se los hubiera topado caminando. Hiccup, nervioso hasta la médula, había preguntado a Astrid si de verdad tenía algo en la cara, pero no, todo estaba normal con él. Al menos físicamente. Entonces, si no había nada malo con él al nivel físico, ¿a qué se deberían todas aquellas miradas raras de la noche a la mañana?
—Gracias, Woodiepie. —dijo Hiccup antes de volverse hacia su pueblo. —La explicación es sencilla, gente: el mercader Johan está en coma, y no podrá decirnos de qué va todo esto hasta que despierte (en caso de que lo haga). Sin embargo —continuó, al ver que Berk había vuelto con el escándalo—, hasta que esto no se resuelva, que sé que lo hará —se aclaró la garganta y alzó la voz—, todo vuelo que no sea de la patrulla está terminantemente prohibido luego de las cinco de la tarde.
El pueblo volvió a protestar, esta vez por un motivo totalmente diferente. Hiccup no se dejó amilanar.
—Todos los niños y adolescentes tienen prohibido volar a menos que un adulto los esté acompañando —más quejas—, y se doblarán los turnos en la patrulla a partir de este mismo momento. Eret, espero que tú y tu equipo hagan lo mejor. —añadió en dirección al recién casado, quien se hallaba unos cuantos metros a su izquierda.
—Claro. —él acató la orden y con él se fueron todos los patrulleros en camino a cumplir con su deber.
Luego de un par de quejas más, la multitud se dispersó y los Haddock se quedaron solos en el Gran Salón por fin.
Hiccup se aproximó a su versión mayor con un enorme cubo de hielo en las manos. —Creo que me siento mal por Eret.
Pero en realidad, se sentía mal por él mismo. Sabía que debía decirle a Hiccup cómo se había hecho la cicatriz en su mejilla, que ya estaba curada, pero simplemente no se atrevía porque tenía miedo de que si se lo decía lo riñera y lo echara de Berk, y también porque si no se lo decía terminara haciendo lo mismo.
—¿«Crees»? ¿Y eso por qué? —preguntó el Jefe antes de estamparse el hielo contra la frente.
—Porque apenas tiene un día de recién casado y ya hay problemas…
—Nah. —Hiccup le restó importancia meneando una mano en el aire. —Si acaso estará emocionado.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque esta clase de cosas indican que su matrimonio será emocionante. La gente nunca se preocupa de verdad a menos que tenga hijos.
Hiccup se quedó a cuadros con la explicación.
—Okay…
Esa misma tarde, la pandilla joven permaneció de pie frente a un muy analítico Eret.
—¿Así que quieren hacer parte de mi patrulla? —preguntó el hombre.
—Sí señor. —respondieron todos al unísono, sin rastros ya de resaca en sus cuerpos.
A mediodía, Valka había preparado una sopa trifásica levantamuertos que aunque sabía a rayos, le quitó a todos la resaca en menos de lo que canta un gallo.
—Es una receta familiar —había dicho.
Aquella había sido la receta familiar más horrible que habían probado en sus vidas, pero sin duda era muchísimo más efectiva que diez Bloody Marys juntos.
Eret los siguió analizando y ellos, sintiéndose de nuevo en presencia de su temible profesor de biología, cuadraron talones y sacaron pecho. Porque sucedía, para más colofón, que Eret además de su profesor de biología era su profesor de gimnasia.
Una combinación escalofriante para todo alumno.
—Bien. Los dejaré entrar. —dijo al cabo de un rato. Se sentó en la silla de su torre de vigilancia y los miró cruzado de brazos. —¿Edad?
—¿Perdón? —preguntó Fishlegs, inseguro sobre lo que significaba aquella pregunta.
—He dicho que cuál es su edad. —repitió Eret con hastío, señalándolos a todos.
Mierda.
Se les había olvidado que para entrar a la patrulla había que tener como mínimo dieciocho años.
—Eh… diecisiete. —respondió Hiccup por todos, a sabiendas de que si mentían, Eret tarde o temprano terminaría descubriendo la verdad. —Casi dieciocho. —se apresuró a añadir.
El Comandante guardó silencio por varios segundos y los adolescentes sudaron la gota gorda.
¡Nos va a echar a patadas!
—Heh. Me sirve. —dijo entonces, y los chicos soltaron sendos suspiros de alivio. Eret se levantó entonces y abrió un cajón del que sacó seis trozos de tela roja, pintada con el símbolo de Berk, que lanzó a cada uno. —Su turno empieza a las siete, ni un minuto más ni un minuto menos. —los miró mal. —Si no llegan a tiempo, yo mismo iré a rebanarles el pescuezo.
Sip, era idéntico a su profesor.
—Por último, algo de protocolo —dijo Eret, alzando una copia del Libro de Dragones entre los chicos—. ¿Juran todos y cada uno de ustedes servir a la Guardia bajo mis órdenes, para proteger a Berk y a sus dragones hasta que sean dados de baja?
—Sí…
—No los oigo…
—¡Sí, señor! —gritaron rápidamente los chicos, posando sus manos impulsivamente sobre el libro como si estuvieran jurando sobre la Biblia en un juicio.
—Así me gusta. Ahora largo. —exclamó, y todos salieron en tropel de la torre de vigilancia, alcanzando a escuchar las últimas palabras de su nuevo Comandante antes de montar el vuelo sobre sus dragones. —¡Y espero que esto no tenga nada que ver con la prohibición de vuelo de esta mañana!
—¿Cómo dices? ¡Pero claro que tiene que…! —Ruff le pegó un puñetazo a su gemelo para callarlo.
—Idiota. —bufó Snotlout antes de despegar junto a los demás.
A las siete menos quince, Hiccup y Astrid ya lo tenían todo listo para tomar el turno.
Era curioso ver cómo las tres semanas anteriores se sucedieron con pacífica lentitud y ahora todo parecía ir a millón como los trenes bala.
La trágica llegada del mercader Johann había catapultado al guerrero interior que todo vikingo en Berk llevaba dentro, y las gentes que antes estaban tranquilas ahora se hallaban con los pelos de punta y la guardia arriba, preparados para cualquier catástrofe, en cualquier momento.
Astrid se aproximó a los dos jóvenes y les arregló las bandas que los identificaban como patrulleros oficiales mientras les sonreía cariñosamente.
—Me encantaría ir con ustedes. —suspiró. —Eret y yo siempre nos compartimos la comandancia de la Guardia, pero ahora es imposible. —rio. —Bueno, igual yo siempre tengo la última palabra en lo que a decisiones se refiere.
Acarició las mejillas de los chicos y le entregó a su doppelgänger un envuelto para que lo llevara en la alforja de Fireclaw.
—Es pan de sorgo con encurtido de pimientos y calabaza, en caso de que les dé hambre. —explicó, y luego les frunció ceño. —No tienen por qué poner esa cara. Los encurtidos y las papillas me quedan muy comestibles. Si no me creen pregúntenle a Hiccup.
—N-no… sí te creemos, Astrid. —repuso Hiccup, nervioso.
—No puedo esperar para probarlo. —añadió la rubia menor, guardando el paquete dentro de la alforja tal y como le había sido dicho. —Nos vemos, Astrid.
Los adolescentes se inclinaron para despedirse de los niños que los veían con aprensión, tristones por la inminente ausencia de sus hermanos mayores. Hiccup les sacudió el cabello y Astrid les besó la mejilla.
—Regresamos más tarde.
Como una concernida hermana mayor, Astrid besó la frente a ambos y los miró partir junto a Erik y Gunne.
Faltaban diez minutos para el anochecer y todos los patrulleros ya estaban volando reunidos en torno al hangar, frente a Eret y Valka, quienes sucedían ser los comandantes en tanto que Astrid sobrellevaba su embarazo.
Cientos de vikingos de las cuatro islas, más que todo adolescentes y adultos jóvenes de ambos géneros y con dragones de todos tipos, se mantuvieron en el aire a la espera de sus órdenes.
Fuesen vikingos berkianos, sureños, norteños, de otras etnias o sajones o islandeses, todos hacían parte de la guardia que protegía su pueblo y lo hacían con orgullo.
Eret se aclaró la garganta antes de hablar.
—Agradezco a todos aquellos que se inscribieron a lo largo del día. —entrecerró los ojos y miró a todos los patrulleros con sospecha. —Y repito, espero que este exceso de inscripciones de la noche a la mañana no haya tenido nada que ver con el decreto de vuelo del Jefe…
Más de la mitad de los jinetes se removieron incómodos en sus sillas, incluidos los chicos del futuro.
Eret continuó. —Todos seguirán las órdenes de sus líderes de grupo en todo momento, y bajo ninguna circunstancia los desobedecerán, ¿me hice entender? —y en aquel mismo momento vio a Hiccup como quien no quiere la cosa. Él y Woodiepie evadieron su acusadora mirada con visible incomodidad.
—¡Sí, señor! —gritaron todos los patrulleros al tiempo.
—No quiero ningún tipo de estupideces tampoco, ¿está claro? —fijó su mirada en todos los Thorston presentes y por último, en Gustav.
—¿Por qué siempre me miras a mí cuando dices eso? —se quejó el aludido, indignado hasta la luna y devuelta.
—Me pregunto por qué será, Gustav. —Eret se cruzó de brazos. El chico agachó la cabeza.
—Ya. Lo tengo.
Un segundo pasó, y de repente Eret soltó un grito tan fuerte que Fishlegs casi se cayó de su montura.
—¡Ahora escuchen! ¡Grupos 1 a 10, los quiero volando sobre las otras tres islas, incluidos los puentes y las playas! ¡Sus líderes de grupo decidirán los turnos en las torres de vigilancia!
—¡Sí, señor! —los grupos del 1 al 10 partieron. Eret volvió a la carga.
—¡Grupo 11, los quiero en la cima del Gran Salón y con telescopios de aquí hasta la una de la mañana! ¡Aquel que se duerma su líder de grupo me lo reportará a MÍ y yo mismo seré el que los rebané en dos! ¿Quedó claro?
—¡Sí, señor! —y el grupo 11 se fue.
—¡Grupos 12 a 14, irán a vigilar el pueblo! ¡Grupos restantes, estarán alrededor de la isla principal! ¡Se rotarán los puestos de aquí a que el turno termine! ¡Y no quiero el bosque desprotegido! ¡De nuevo, aquel que se duerma me será reportado y a la mañana siguiente su cadáver arderá en la chimenea del Gran Salón! ¡¿Entendido?!
—¡Sí, señor!
Los adolescentes temblaban de pavor a medida que los otros grupos se alejaban.
¡Ese tipo era aún más sádico que su profesor de biología!
Valka se aproximó a los jóvenes en compañía de Fishlegs, Heather, Tuff y su esposa, Aslaug. Los hijos de los últimos pasarían la noche en casa de sus abuelos paternos mientras ellos patrullaban.
—Yo soy su líder de grupo. —dijo la viuda de Stoick con una sonrisa maternal. —Iremos al bosque primero y luego tomaremos el perímetro de la torre de vigilancia en la playa. ¿Les parece bien?
—Sí…
—Me suena bien…
Al menos Valka era una líder más pasiva (y menos sangrienta) que Eret.
—¿Ves algo? —preguntó Tuff a su versión mayor, aburrido a más no poder.
Ahí él esperando que la patrulla fuera emocionante y que pudiera luchar contra una flota de malvados maniáticos asesinos de comerciantes…
—Sí… —Todos se levantaron para prestarle atención. —Pero es sólo una manada de Thunderdrums. —todos se volvieron a echar, decepcionados.
Estaban haciendo guardia desde uno de los acantilados del bosque de Berk. Al principio todos los niños habían estado emocionados, por supuesto, pero luego de la primera hora todos estaban más aburridos que un par de ostras.
—No pagué por esta decepción. —se quejó Snotlout. Astrid puso los ojos en blanco.
—Y no pagaste, Snotface.
De vez en cuando patrulleros de otros grupos pasaban junto a ellos y se quedaban a charlar por un par de minutos, pero esa era toda la diversión que los chicos podían tener.
Heather se carcajeó.
—¿Pues y qué esperaban? No tienen idea de lo agradecidos que deben estar porque no esté sucediendo nada.
—A mí no me mires. —dijo Hiccup de pronto. Él y Woodipie se la habían pasado jugando y divirtiéndose desde que empezó la guardia. De momento, el chico le estaba rascando la panza a su dragona. —Yo estoy a gusto aquí donde me ves.
—Y yo. —secundó Astrid, quien al igual que Hiccup, estaba aprovechando el momento para pasar un buen rato junto a Fireclaw.
Si bien la patrulla no era algo muy significativo para ninguno de los adolescentes, para Hiccup sí que lo era. Por primera vez en su vida se encontraba en un grupo de amigos para pasar la noche y divertirse junto a ellos. Se sentía incluido, acompañado.
Se sentía fenomenal.
Como si la borrachera que los seis tuvieron la noche pasada no hubiera sido suficiente.
Borrachera de la cual, a propósito, ninguno recordaba nada. ¿Por qué sería?
Minutos después la novia de Gustav, que con su grupo estaba apostada en el sur, apareció en la distancia sobre su Gronkle. Todos se enderezaron, pensando que algo había sucedido.
—Viene una helada primaveral desde el sur, quizás con granizo. —advirtió al estar lo suficientemente cerca. —Está permitido encender fogatas. Pasen la voz. —y así como vino, se fue.
Los chicos se quedaron a dos velas. ¡Sólo en un lugar como Berk podía granizar en plena primavera!
—Por fin una fogata. —dijo Fishlegs antes de enviar a un Terrible Terror con la noticia hacia el grupo siguiente.
Windshear, la Razorwhip de Heather, encendió una fogata y todos los humanos se reunieron en torno a ella tras decirle a Tuffnut el menor que era su turno de usar el telescopio.
—Esto es ridículo. —protestó Snotlout. Ruff le dio un puñetazo.
—No, no lo es.
—¡¿Es que no tienes suficiente con burlarte de mí todos los días desde las tres?!
—…No.
—Acepta que te lo mereces. —intervino Fishlegs desde el otro lado de la fogata.
Todos se echaron a reír por el intercambio y pronto los ánimos del grupo subieron considerablemente.
Dos horas y media después, la helada advertida había venido con la fuerza de mil hierros, pero ninguno de los vikingos se dejó apocar por ella.
Como era el turno de Snotlout para usar el telescopio, el pobre estaba acurrucado junto a Bloodspeaker, su dragón, por fuera del grupo que habían formado los demás. Sus manos estaban envueltas en una frondosa capa de piel, el telescopio le temblaba entre los dedos y sus labios tiritaban de lo azules. Los demás, por otro lado, habían hecho un corro con sus dragones, quienes estaban sentados con las alas extendidas para proteger a sus jinetes, con la fogata en medio.
El sonido del granizo al estrellarse contra las alas de los dragones llenaba la noche.
—Y entonces, Napoleón…
—El bastardo enano de Napoleón. —corrigió Tuff.
—Sí, como sea, el bastardo enano de Napoleón conquistó todo el continente y se coronó a sí mismo emperador, sometiendo a todos bajo su terrible mandato… —Fishlegs era un profesional narrando historias. Incluso Hiccup, a quien la historia le traía sin cuidado, estaba interesado.
—¿Pero y cómo se dejaron dominar tan fácilmente? —preguntó Aslaug, la mujer de Tuff, impresionada con la historia hasta decir no más.
—Nadie podía hacerle frente a su ejército. Era invencible. Eso, hasta la Batalla de Waterloo. —los vikingos abrieron la boca sorprendidos y se echaron hacia atrás. Hiccup y Astrid se sonrieron divertidos.
Valka empezó a repartir la merienda.
Aparte del pan y los encurtidos de Astrid, Heather había traído dos botas llenas de aguamiel para compartir y Aslaug había hecho otro tanto con un montón de tortillas de huevo rellenas de carne de yak, además de las canastas de pescado de rigor para los dragones. Todos se repartieron los aperitivos sin dejar de escuchar a Fishlegs un solo segundo.
Era cómico ver a ese montón de vikingos, con los ojos abiertos de lo absortos, escuchar a un estudiante de secundaria hablar sobre las Guerras Napoleónicas.
—Aquí tienes, querido. —sonrió Valka hacia su hijo de otra madre, pasándole algo de comida.
Con Astrid a un lado y su madre al otro, y con la fogata delante y Woodiepie detrás, mientras escuchaba hablar a su mejor amigo, Hiccup no pudo recordar un momento en el que se sintiera más en paz consigo mismo que aquel.
Fishlegs terminó su historia y los vikingos se quedaron rumiando al respecto.
—Pero entonces, si era tan invencible, ¿cómo cayó tan fácil? —se preguntó Tuff.
—Por la sed de poder. Es obvio. —respondió Fishlegs.
Hiccup por poco largó una carcajada. ¡Y ahora estaban discutiendo a Napoleón!
Hay que ver cómo es el mundo…
—Hey, Fishlegs. ¿Por qué no les echas un cuento sobre Hitler, huh? —dijo a su amigo, con una sonrisa sardónica en labios que le dio a Astrid un vuelco al corazón.
—Pero claro, ¿cómo es que todavía no he hablado sobre él…? —y empezó de nuevo.
Como Valka ya había escuchado la historia de los nazis durante aquel encierro que trajo la tormenta primaveral de hacía unas semanas, decidió en cambio entablar una conversación con su hijo y futura nuera.
—Y díganme, queridos, ¿qué tienen pensado hacer con sus vidas una vez que regresen?
—Yo tenía pensado enlistarme en la Flyvevåbnet. —Hiccup se atragantó con las palabras de Astrid, tanto que ni siquiera notó que el verbo «tener» había sido conjugado en pasado. La miró con los ojos bien abiertos.
¡¿Qué?!
—Perdona, no entendí. —dijo Valka.
—Es la Real Fuerza Aérea de nuestro país. Algo similar a la Guardia de Berk, pero es apenas una rama de nuestro ejército y es con aviones en vez de dragones. —explicó ella. Hiccup la contempló incrédulo.
¡Sí, no necesito que lo expliques!
Valka ya había oído también el tema de los aviones. No le parecían muy interesantes. Le sonrió a Astrid.
—Ah. Guerrera tanto en el pasado como en el futuro, ¿no es así? —comentó, a todas luces orgullosa de ella. La chica se sonrojó por el cumplido.
—Supongo.
—¿Y tú, hijo? —le preguntó, y Hiccup sacudió la cabeza para aclararse los pensamientos.
Astrid en la Flyvevåbnet… ¿por qué no me lo imaginé?
—Pues… no lo sé. —porque sí, ahora que alguien se lo había preguntado, en realidad no lo sabía. La idea de sacarse el doctorado ahora le parecía tan lejana…—Rechacé una beca de la Universidad de Copenhague cuando estaba en mi último de escuela media… —Astrid tosió fuertemente.
¡¿Que qué?!
—Y tengo este proyecto con esa misma universidad… si lo termino bien, podré iniciar la universidad directo a tercer semestre… —Hiccup le dio palmaditas a Astrid en la espalda antes de continuar, aún con la mirada ida. —Pero no sé qué estudiar, o si realmente quiero pasar el resto de mi vida en una universidad. Digo, mi padre ha dedicado toda su vida a su universidad (creo haberte dicho que es profesor de historia), pero yo no estoy seguro de querer hacer lo mismo.
Valka pilló al vuelo que el chico estaba hablando más para sí mismo que para ella, y le apretó una mano para infundirle ánimos.
—¿Y por qué rechazaste esa… beca? —no tenía idea de qué era aquello, pero desde que Astrid había empezado a toser nada más escucharlo, debía ser importante.
—Porque sería un fenómeno. —murmuró Hiccup. Astrid dejó de toser para mirarlo preocupada. —Nunca he aceptado que me suban de grado en la escuela por la misma razón por la que dije que no a la beca: si me suben de grado, en mi nueva clase sólo seré el bicho raro que es menor y muy listo, al que todos pueden molestar por ser mayores; y si acepto la beca, en la universidad sólo seré el crío insoportable que los profesores adoran y que le baja la media al curso. —dijo, cabizbajo.
Se sonrojó como nunca al sentir los brazos de ambas mujeres a su alrededor.
—No importa qué, hijo, para mí jamás serás un fenómeno. —dijo Valka a su oído, conmocionada por todo el sufrimiento en la voz de su hijo.
—Tampoco para mí. —reconoció Astrid, sintiéndose terriblemente culpable consigo misma.
Años y años viviendo junto a un amable genio como él… y había sido lo suficientemente tonta como para no darse cuenta, limitándose a sacarlo de los botes de basura y a quitarle de encima cualquier cosa que sus demás compañeros le hubieran lanzado a la hora del almuerzo, sin hablarle o acompañarlo como se lo merecía él, un chico solitario que sólo buscaba la aceptación de los demás.
Soy una persona horrible.
Eran las siete y cuarto de la mañana y los grupos del día anterior ya estaban volviendo.
Eret se encontraba gritando a un hatajo de mínimo quince patrulleros, aquellos que probablemente se habían dormido la noche anterior, y antes de que ninguno de ellos pudiera decir nada el Comandante los envió a recorrer la isla entera veinticinco veces y a luego hacer doscientas de pecho y trescientos abdominales.
Los lamentos de los pobres dormilones se escucharon a lo largo de la isla por lo que quedó de día.
Mientras tanto, a medida que los que ya habían cumplido regresaban, aquellos a los que les llegó la hora ya estaban despegando.
Pese a todo, la isla bullía de actividad. El puerto estaba en su mejor momento ya, las clases en la Academia habían dado inicio, y una turba furiosa estaba pisándole los talones al Jefe. Como todos los días.
Todos aquellos que habían patrullado por primera vez anoche, incluyendo a los chicos del futuro, tenían enormes ojeras de mapache y apenas podían mantenerse en pie del cansancio. Se habían rotado el telescopio con todo y granizo, y aunque en algún momento de la noche todos terminaron sufriendo lo mismo que Snotlout, los adultos se notaban más frescos que unas buenas lechugas con limón.
Ellos porque ya estaban acostumbrados, pero para los adolescentes era algo muy diferente el estar sentado frente a una computadora de sol a sol, jugando y perdiendo el tiempo, que hacer guardia nocturna bajo una inclemente granizada durante doce horas (doce horas con diez minutos y tres segundos exactos, para ser más precisos).
—Ya se acostumbrarán, chicos. —dijo Fishlegs con una risita. Les palmeó el hombro a todos y él, Heather y Fishlegs el joven se marcharon a casa con la intención de echar una buena siesta antes de ir a trabajar, al igual que sus dragones.
—No creo poder acostumbrarme a eso nunca. —gimió Snotlout antes de emprender camino junto a Ruff hacia la casa de los Jorgenson. No obstante, de un momento para otro la Thorston no pudo más y cayó cual saco de papas a tierra. Snotlout se la llevó en brazos en lo que quedó de camino sobre el lomo de Bloodspeaker.
Tuff se marchó junto a sus guardianes y dragones sin decir nada (tenía toda la pinta de estar caminando dormido), y los Haddock y Astrid caminaron hacia la casa de Hiccup, todos hechos polvo menos Valka.
Una vez llegaron, la mujer se despidió cariñosamente de ambos y los dejó en la puerta antes de ir ella misma hacia su trabajo en la Academia. El Cloudjumper mismo preguntó a Woodiepie y Fireclaw si se encontraban bien.
"Sí… Sólo estoy algo cansada…", respondió la Deadly Nadder. Los párpados le pesaban.
"Ya sabes, por el granizo y por mantener a Hiccup caliente toda la noche…", completó Woodiepie, con un enorme bostezo draconiano que prendió en llamas la casa de al lado.
Ajenos a la conversación de los dragones, los dos jinetes arrastraron los pies dentro de la casa, encorvados ambos y con una cara de cansancio que sólo podría rivalizar a la de Hiccup al llegar a casa cada noche.
¡PAF!
Las dos dragonas se apresuraron a ver qué había sido aquel ruido y no supieron qué pensar al ver a sus humanos desplomados bajo el umbral, roncando a piso limpio y contando ovejas.
En el tercer día de patrulla desde la prohibición de vuelo, los chicos parecían estar llevándolo un poco mejor.
Resultó que en la cultura vikinga la palabra 'descanso' no existía, así que gracias a Astrid, Valka y todos los mayores, los chicos apenas podían echar una siestecita de hora y media antes de que se vieran levantados a la fuerza (y de formas aterradoras) por sus guardianes para que empezasen el día como todos los demás.
"¡Y ser del futuro no cuenta!"
No se decía de los vikingos que eran rudos por nada, oh no.
Hiccup estaba ayudando a Gobber en la fragua, Astrid se encontraba ayudando a reparar una torre de vigilancia, Snotlout seguía intentando pintar la casa de los Jorgenson, Ruffnut ejercía como la asistente de Gothi (la vieja se encargaba todos los días de ponerle los pies en tierra); Tuffnut, aunque seguía consagrado a Loki, era uno de los ayudantes en la Academia; y las lecciones de anatomía de Fishlegs ahora incluían a medio pueblo.
—Creo que he adelgazado mínimo ocho kilos desde que llegué aquí. —había dicho Fishlegs un día a la hora del almuerzo, aunque más que feliz se escuchaba apesadumbrado.
—Si tú has adelgazado ocho kilos entonces yo estoy a punto de desaparecer. —Hiccup había arrastrado las palabras con hastío.
Lenta pero seguramente, los chicos fueron acostumbrándose al trabajo duro que venía acompañado de la palabra 'vikingo'.
Al cuarto día de patrulla, algo terrible pasó entre las tres y las cinco y media de la tarde.
Hiccup estaba en su habitual silla en el Gran Salón, escuchando las quejas que todos los aldeanos tenían para presentarle, cuando de pronto las puertas se abrieron de par en par de un golpe, exaltando a todos en el proceso. Hiccup se irguió.
Qué bien. Ya me estaba durmiendo.
Pero segundos después se dio cuenta que no era nada bueno, pues Mildew se acercaba hacia él hecho un furioso huracán, con los ojos rojos y batiendo su bastón en el aire. Estaba colérico. Pero Hiccup ya estaba acostumbrado a esa clase de arranques por parte del viejo.
—¿Y ahora qué es, Mildew? —suspiró.
—¡Mi Fungus! —sollozó el anciano, y todos pudieron ver por fin que sostenía a su fiel oveja entre sus brazos como si fuera un bebé recién nacido. —¡Mi Fungus!
—Tu Fungus, ¿qué? —repuso el Jefe.
—¡Muerta! ¡Está muerta! —chilló Mildew, y miró en derredor para ver si alguien entendía su sufrimiento. Todos, incluido el Jefe, lo vieron poco impresionados. —¡La encontré muerta esta mañana, así nada más!
Hiccup se masajeó las sienes.
—Sin ofender, Mildew, pero ya era hora de que Fungus pasara a mejor vida, ¿no crees? Digo, era vieja como la sal. —los demás aldeanos le dieron la razón.
—¡Pero…! ¡Pero…!
—Mildew, te prometo que trataremos el asunto de Fungus más tarde. Ahora, si me disculpas, estoy ocupado. ¡Siguiente!
Lo terrible antes mencionado no fue la muerte de Fungus (que de hecho más de medio pueblo agradeció), sino algo mucho peor.
Eran las cuatro con quince minutos cuando Hiccup fue llamado de repente a la granja del No-tan-mudo Sven por un asunto urgente.
Cuál no fue la sorpresa de Hiccup al encontrarse al calvo granjero llorando a lágrima viva junto a la cerca de su granja, hecho un ovillo y repitiendo el nombre de todas sus ovejas a la vez. Shockven estaba acurrucado al lado de su humano sin saber qué hacer. Aquella clase de tristeza descarnada era nueva para él.
—¿Sven…? —tanteó Hiccup. El granjero se levantó de un salto y zarandeó al Jefe con toda la fuerza de la que fue capaz. Parecía enloquecido.
—¡Mis preciosas…! —rompió a llorar. Hiccup le dio un par de minutos para que se recuperara. —¡Todas mis preciosas… muertas!
Eso sí que llamó la atención del Jefe.
—¿Qué? —espetó, incrédulo. Sven se hizo a un lado para que Hiccup pudiera ver los quince cadáveres ovinos desperdigados por todo el cercado. —¿Qué pasó aquí? —preguntó, pálido como el papel.
—¡Así como oyes, Hiccup! ¡Muertas, muertas todas! —volvió a llorar.
Hiccup empezó a cabrearse. Necesitaba explicaciones, no llanto.
El granjero siguió con su pena y el Jefe tuvo que darle una pequeña bofetada para que reaccionara.
—Explícamelo todo, Sven. Y no te olvides nada.
—Y-yo me levanté esta mañana listo para empezar el día, como siempre…
—Perdón, olvídate los detalles. Al punto, Sven.
—¡Cuando regresé de tomar el almuerzo en el Gran Salón las hallé así, Hiccup! Muertas todas mis pobres…
—¿Pero por qué?
—Fue ese maldito de Fiske, el bastardo… —siseó las palabras con extremo odio y Hiccup temió por un instante que Sven le rebanara la garganta.
—Espera, espera. ¿Cómo sabes que fue Fiske?
—¡Porque encontré esto junto a mi Agga! La pobre debe estar con Odín ahora… —y volvió a llorar.
Pero Hiccup estaba más concentrado en ver el hacha de Fiske el Flatulento que pendiente del llanto de Sven.
—No tengo idea de qué está pasando aquí. —admitió el Jefe aquella noche a la hora de la cena.
Trastornado, había terminado el día de trabajo no sin antes decirle a Fiske que trancara bien puertas y ventanas en caso de que a Sven le entraran deseos asesinos.
—Tiene que haber una explicación lógica para todo esto. —intentó tranquilizarlo Astrid.
Los chicos estaban demasiado ocupados engullendo la comida y preparándose para la patrulla como para prestarles atención. Y Erik y Gunne estaban prendidos de las piernas de ambos, como para obligarlos a quedarse en casa y evitar que fueran a hacer la guardia.
—Lo sé. Pero no se me ocurre ninguna. —Hiccup enterró su cabeza entre ambas manos.
Esa repentina masacre ovina le daba muy mala espina.
—¡Nos vamos! —avisó Hiccup, corriendo con Astrid y Woodiepie hacia la salida. La puerta se cerró tras ellos con fuerza. Los ojitos verdes de Gunne se llenaron de lágrimas y antes de que nadie pudiera detenerla ya estaba llorando, a su extraña manera silenciosa, pero lo hacía. Erik estaba de brazos cruzados y con sus ojos azules fijos en la puerta, enfurruñado hasta el Valhala.
Los adultos parpadearon en dirección al lugar ahora vacío que habían dejado ambos adolescentes.
—Y ahora no hay quien los soporte a ellos, además. —se quejó el Jefe antes de volver a su cena, cavilaciones incluidas.
Otra noche de patrulla precedió al día siguiente.
Lo primero que recibió a Hiccup al comenzar sus labores fueron Sven y Fiske el Flatulento dándose latigazos en la cara con anguilas ahumadas.
Se golpeó la frente.
Esto no puede ponerse peor…
Pero en ese mismo instante Sven y Fiske pasaron de las anguilas a las mazas y las hachas.
Para qué hablé.
El recién cabreado Jefe se aprestó a detener a los dos combatientes, moviendo ambas manos en el aire para llamar su atención.
—¡Whoa, whoa! —los trató como yeguas. —¿Y esto qué significa?
—¡Él mató a mis ovejas! —protestó Sven, señalando a Fiske.
—¡Él rompió todas mis redes de pesca y quemó mis anzuelos! —se quejó Fiske, señalando a Sven.
Hiccup se masajeó la nuca.
Necesito algo de hielo…
Ese mismo día, a las tres con diecisiete minutos, otra catástrofe sucedió.
Hiccup estaba ayudando tanto a Sven como a Fiske a reponerse de las tragedias (aunque ambos hombres todavía estaban que se mataban), cuando en esas le llegó la noticia de que debía ir al molino de Phlegma la Fiera cuanto antes.
—Y ahora qué será… —se dijo el Jefe antes de entrar.
Se quedó a dos velas al verse cara a cara con la familia de Phlegma la Fiera, los Ragnarsson, quienes discutían a voz en cuello con la familia de Orvald el Medio-bueno, los Sturlusson.
—¡Arruinaste mi molino! —gritó Phlegma a Orvald.
—¡Yo no he arruinado ningún molino! —repuso él. —¡Tú más bien te robaste todos mis bacalaos!
—¡Yo no me he robado nada!
Hiccup decidió intervenir al ver salir las hachas y los martillos.
—¡Whoa, whoa! —ahora tenía once yeguas más. —¿Qué está pasando aquí?
Los Ragnarsson y los Sturlusson se apuntaron entre sí con las filosas armas, muertos de la ira todos.
—¡Él saboteó mi molino!
—¡Ella se robó mis pescados!
—Ay, dioses…
Nada tenía sentido.
De un momento para otro, las más pacíficas parejas de vecinos en Berk estaban saltándose a la yugular los unos a los otros, sin ningún motivo lo suficientemente lógico que acompañara sus falaces argumentos.
Hiccup estaba a sólo medio paso de infartarse.
Gobber, Eret y su madre estaban haciendo todo lo posible por mantener a los damnificados a raya, pero uno de los problemas con los vikingos era que nunca se sabía. Nunca se sabía qué podría pasar o quién podría amanecer con un brazo amputado a la mañana siguiente.
—¿Y por qué culpa Phlegma a Orvald por lo del molino? —preguntó Astrid a su marido aquella noche.
—Supuestamente —Hiccup se encargó de imbuir la palabra con sarcasmo del bueno, aquel que nadie soportaba —, sabe que fue él porque todo su molino olía a bacalao.
—¡Eso es ridículo!
—Y también porque encontró una tira de salar debajo de las muelas. —Hiccup miró a su esposa por el rabillo del ojo. —Lo sé, es peor que ridículo.
—¿Y Orvald por qué la culpa a ella?
—Porque Phlegma lo culpa a él y porque sus bacalaos desaparecieron como por arte de magia. Ah, y porque encontró un cabello rojo sobre sus palos de salar. Según él, la única en Berk que tiene ese color de cabello es Phlegma.
—Este pueblo se está yendo en picada. —exhaló Astrid mientras se levantaba para recoger los platos.
—Deja, ya lo hago yo. —dijo Hiccup. —Mejor ve a leerles un cuento a Erik y Gunne. Ya sabes, ese lleno de peleas que les encanta. Desde que los chicos se fueron a hacer guardia han estado insoportables.
Astrid rio entre dientes. —¿Y cómo no lo iban a estar? Ellos adoran a ese par.
—Sí, no me lo recuerdes. —masculló Hiccup, porque al levantarse la rodilla izquierda le había traqueado. —No sé qué haremos cuando tengan que regresar. —agregó, con la mirada sombría.
Los adolescentes se habían separado por primera vez en esa guardia.
Fishlegs se había ido con un grupo de jóvenes curiosos que querían saberlo todo sobre la anatomía humana, Snotlout con Gustav y su pandilla, y Ruff y Tuff con otro equipo de chicos que también le causaban dolores de cabeza al Jefe, lo que dejaba a Hiccup y Astrid solos dentro de un grupo de jóvenes vikingos poco habladores y muy peleones.
Aunque igual no era como si nadie quisiera hablar en las patrullas hoy en día.
Después de todo, Eret tenía los nervios tan de punta que parecía un gato histérico, y como la idea de desahogarse con su reciente esposa no le terminaba de gustar, lo hacía con ellos: en forma de órdenes y vueltas a la aldea que rozaban lo irracional para todos aquellos que se atrevieran a respirar incluso durante las guardias.
Heather, la líder del grupo, los llamó a medianoche para indicarles que tenían que moverse hacia la torre de vigilancia siguiente.
A lomos de sus dragonas, Hiccup y Astrid la siguieron entre susurros. A pesar de lo que pudiera parecer, ellos escuchaban todas y cada una de las conversaciones de sus versiones mayores sobre el pueblo, y como era entendible, también estaban preocupados.
—Pero no son pruebas suficientes, ¿no es verdad? —murmuró ella a Hiccup.
—Claro que no. Hasta yo sé que hace falta mucha más evidencia para acusar a alguien.
—Lo de la tira de bacalao me mató. —reconoció Astrid, y ambos se echaron a reír por lo bajo. El resto del grupo los miró raro.
—¿Dónde me dejas el cabello rojo? —siguió él. —Pero ya, dejando de lado las bromas, ¿no te parece que es sospechoso?
—¿Exactamente de qué parte estamos hablando?
—De todo. Desde mi…
Pero Woodiepie había abofeteado a Hiccup con una de sus orejas, pues había notado que Heather los estaba escuchando a hurtadillas desde el lomo de Windshear.
Hiccup se inclinó hacia la izquierda para susurrarle a Astrid en el oído. La chica se sonrojó con la hilera de escalofríos que le recorrieron la espalda nada más sentirlo tan cerca.
—Desde mi cicatriz y la emboscada que nos tendieron a los cuatro; hasta la repentina muerte de las ovejas de Sven y el molino y los bacalaos. ¿No crees que es muy extraño? —ella sopesó la idea.
—Más bien conveniente.
Ambos se miraron.
Una terrible idea les había llegado a la mente.
Y… ¡SE TERMINÓ EL CAPI!
A mí me gustó. ¿A ustedes no? A mí sí.
Ahora, a las explicaciones de siempre. Y bien, ¿qué hay que explicar? Pues no tengo idea, además de que se habrán dado cuenta que todo está sucediendo muy rápido. Pues bien, sí, ESTÁ SUCEDIENDO RÁPIDO. No veo el punto en narrar día por día, noche por noche, en un fic, cuando se supone que el paso del tiempo es lo más importante. ADEMÁS, no le veo el punto a EXTENDER la historia INNECESARIAMENTE. He dicho.
Por antepenúltimo, sólo un dato curioso: estoy basando el comportamiento de Woodiepie en mis tres gatas, el perro de mi papá y una tigre hembra. Créanme cuando les digo que el comportamiento de damita educada NO INVENTÉ YO. Además, si han sido CURIOSOS, se habrán enterado que Dreamworks basó a Toothless en GATOS, PERROS Y CABALLOS (de verdad). Yo, lamentablemente, no tengo caballos a la mano. Así que conténtense con lo que hay.
(Okay, no tienes caballos pero sí tigres? WTF?) Es difícil de explicar…
También, para los que se han preguntado cómo se ve Woodiepie en realidad, es fácil. En general tiene un tamaño visiblemente más pequeño que Toothless: su cráneo es más pequeño, su cuello y patas son más finas (en medidas proporcionales a su tamaño), pero sus ojos son más grandes, sus orejas son más largas y sus alas son más grandes. Para que se hagan una idea de qué estoy hablando, la envergadura de Toothless tanto en HTTYD1 como en HTTYD2 es de 1,21m (48") en cada ala, eso es, 2,42m en total. Si quisiéramos saber la diferencia de anchura entre las alas de Toothless y Woodiepie, esto es lo que sigue: (NO ME ABANDONEN LA EXPLICACIÓN POR FAVOR) Si Toothless mide de largo unos 3,9m, y Woodiepie mide 2,75m de largo, haciendo una regla de 3 básica, la envergadura de Woodiepie corresponde a 1,7m (70") en cada ala. Como podrán ver, esa es una diferencia MUY significativa. (...mierda... habré hecho los cálculos bien?)
(YA CASI ACABO, NO SE PREOCUPEN).
Por último, me gustaría DISCULPARME por HABERLA CAGADO en uno de los capis anteriores al decir que Woodiepie pesaba 350 kgs. Lo pensé y lo pensé (y lo pensé) y, si Toothless apenas pesa 306kgs él solo, en proporción macho-hembra Woodiepie DEBE PESAR unos 167kgs. Para que lo sepan, Y PERDÓN.
Si se preguntan de dónde carajos saqué las proporciones macho-hembra, vuelvo a la tigre hembra. Los tigres son de los mamíferos que presentan más diferencias físicas en ambos géneros. Me pareció una buena base de dónde tomar.
Ya, ya acabé. Pueden respirar tranquilos.
¡Nos vemos el PRÓXIMO VIERNES!
(Sí, actualizaré el próximo viernes, SIN FALTA, créanme).
