Advertencia: Muerte de personaje/suicidio.


Tino contempló a Berwald. Ambos estaban llegando a sus límites Habían conseguido escapar de sus perseguidores pero por muy poco. El muchacho apenas podía continuar caminando. Sabía que debía seguir pero el cuerpo apenas le respondía. Tras pensarlo un par de minutos, decidió hablar a su pareja.

—Ber, necesito descansar. Necesitamos descansar —le dijo con dificultad mientras que intentaba recuperar el aliento. Él más quien nadie entendía la prisa de Berwald, pero aquel ritmo era imposible de llevar.

Berwald miró de reojo a su pareja y asintió. Temía que hubiera gente todavía detrás de ellos. Sin embargo, tampoco podía forzar a Tino a caminar en ese estado. Así que se detuvo y se sentó a su lado.

—Tendremos que pasar la noche en una posada —Berwald le adviritió. Éste hubiera deseado quedarse en el bosque, pero hacía semanas que habían emprendido el viaje y se habían quedado sin provisiones.

Tino no respondió. Estaba agotado. Nunca había caminado tanto en su vida. Hubiera deseado llevarse a su caballo en el viaje pero cuando habían escapado, Berwald le mencionó que no tenían mucho tiempo para ello.

—¿Crees que podríamos comprar un par de caballos al amanecer? —Tino le preguntó.

—En el siguiente pueblo, tal vez —Berwald trataba de ser lo más cauteloso posible. Estaba seguro que el padre de Tino les estaba buscando implacablemente y no había persona que no accediera a servirle, a cambio de una generosa bolsa de dinero.

Tino estaba decepcionado. Sin embargo, no le quedaba otra más que aceptar la decisión de su pareja.

—Ponte tu capucha —Berwald le pidió antes de ponerse de pie. Faltaba muy poco para que anocheriera y quería ocupar una habitación antes de que otros viajeros se le adelantaran.

Tino se levantó con dificultad. Se preguntaba si Berwald se arrepentía de haberse escapado con él. A veces, podía ver cierta tristeza en sus ojos. ¿Acaso estaba buscando alguna manera de deshacerse de él? Tal vez estaba arrepentido de haber cambiado su vida por él. Sin embargo, no se animaba a preguntárselo por temor a escuchar una respuesta que realmente no le gustaba.

Se colocó la capucha encima.

—¿Está muy lejos la posada? —Tino estaba preocupado por el hecho de derrumbarse en el transcurso. Aquello podía llamar la atención y eso era lo último que deseaba.

Berwald negó con la cabeza.

—Sólo un poco más, Tino, te prometo —Berwald le prometió antes de darle un suave beso en los labios. Podía ver en los ojos del muchacho que estaba preocupado, pero ahora no era el momento de conversar. El tiempo era demasiado valioso.

Al cabo de unos veinte minutos, llegaron al pueblo. Estaba lleno de guardias imperiales. Sin embargo, Berwald optó por continuar. No había otra opción. De vez en cuando, miraba a Tino. Estaba rengueando. Le hubiese gustado tomarle de la mano pero no podía despertar la curiosidad de nadie.

Entraron a la posada. Tino se mantuvo siempre cerca de Berwald. Temía encontrarse con alguien conocido.

Tras conseguir un dormitorio y algo de comida, los dos se dirigieron a la habitación. Estarían seguros por al menos unas doce horas. No era mucho pero era mejor que estar en la interperie.

Una vez que Berwald cerró la puerta y le puso la traba, Tino se quitó la capucha con la capa y se arrojó a la cama. No podía recordar con exactitud la última vez que había conseguido dormir cómodamente.

Berwald se sacó las botas y se sentó al borde de la cama. Tras mucho pensarlo, decidió que era el momento de hablar seriamente sobre su futuro.

—Tino… —Berwald se mordió los labios. No quería aceptar la dura realidad, pero era mejor estar preparados:—Es probable que ésta sea nuestra última noche —anunció el hombre.

Tino abrió los ojos ampliamente y se acercó a Berwald.

—¿Qué dices? —Al parecer, había tenido razón. Su pareja buscaba la manera de deshacerse de él. Quizás la responsabilidad era demasiado para él.

—Hay demasiados guardias en este pueblo, Tino. Estoy seguro de que tu padre tiene espías aquí y no tardarán en venir por nosotros —Berwald le explicó:—De hecho, estoy seguro de que nuestros perseguidores se han quedado a una distancia prudencial. Están esperando para el golpe de gracia —explicó.

Tino estaba demasiado asombrado como para decir algo al respecto. ¿Acaso aquello había sido una pérdida de tiempo? Estaban tan cerca de la frontera como para que ahora todos sus sueños se vinieran abajo.

—No, Berwald, no… —Tino le tomó de la mano:—Dime qué sólo me estás queriendo asustar —le suplicó. La idea de separarse de él le resultaba insufrible.

—Necesito que me prometas algo —Berwald ya estaba determinado a hacer lo que fuera por el bien de Tino, por más doloroso que le pareciera. Tino era su prioridad, incluso sobre su propia vida.

Tino negó con la cabeza.

—¡No me pidas que te abandone! —Tino dedujo de que se trataba de eso. Las lágrimas caían por sus mejillas:—No… No me pidas eso —repitió varias veces.

No obstante, Berwald ignoró por completo la petición del otro.

—Cuando los guardias nos rodeen, tienes que entregarte, Tino. Dirás que yo te secuestré —Berwald suspiró. Era la única manera de asegurar de que el amor de su vida sobreviviera:—Sólo hazlo, Tino.

—¿Y tú qué harás? —Tino temía por la respuesta del otro. Sabía que si se entregaba, a Berwald le esperaban torturas de las más horribles. Era posible que nunca más lo volviera a ver.

Berwald dejó escapar un suspiro.

—Trataré de… —Aunque ya estaba mentalizado para ello, era difícil ponerlo en palabras y decirlo en voz alta:—De conseguir una muerte digna —añadió.

Tino se levantó y se arrodilló ante Berwald, lo que sorprendió a éste.

—¡No! ¡No! ¡No! Si tú haces eso, entonces yo también quiero morir. No pienso vivir sin ti, Berwald. De ninguna manera —Aseguró el muchacho:—Déjame estar a tu lado, hasta al final —le rogó. Nunca había sido particularmente valiente pero si Berwald había decidido aquello, entonces iba a acompañarlo.

Berwald le tomó entre sus brazos. El futuro parecía temible pero junto a Tino, todo parecía posible.

—¿Sabes que te amo más que a la vida misma? —Berwald apoyó la frente contra la de Tino. Quería grabar la imagen de su amante en su mente. Fuera lo que fuera a pasar el día siguiente, no tenía ningún arrepentimiento. Había hecho lo que había creído correcto.

Tino acarició las mejillas del otro antes de besarle en los labios. Un beso profundo, como si fuera el último, uno en el que los dos dejaban todo lo que sentían por el otro.

Las ropas cayeron y ambos se entregaron al otro hasta que finalmente tuvieron que rendirse ante del Dios de los Sueños.

Antes del amanecer, Berwald y Tino terminaron de desayunar, para luego emprender la marcha. Compraron algo de comida en una de las tiendas del mercado y comenzaron a caminar.

Alejados ya del pueblo, Berwald se percató de que los estaban siguiendo. Había pensado por un instante que se habían salvado pero se había equivocado. Aquellos hombres habían esperado para no hacer un barullo en el pueblo.

Berwald sacó su espada y se dio la vuelta.

—¿Quién está ahí? —preguntó con su poderosa voz.

Tino se aferró a éste. Tragó saliva al ver al grupo de veinte personas que se les estaban acercando. No había manera de escapar. Habían estado condenados casi desde el principio.

El líder del grupo se acercó a la pareja.

—Entréganos a Tino y me voy a asegurar de decirle al duque de has colaborado. Tal vez tengas una condena menos severa —explicó el hombre.

Berwald se dio la vuelta para contemplar a Tino y éste negó con la cabeza.

—No —Berwald contestó:—Tendrán que matarme primero —murmuró.

Tino sabía que el otro era un hábil espadachín pero incluso veinte personas eran demasiadas para alguien de su talento. El muchacho también sacó su daga. Tal vez no era el mejor, pero haría lo que fuera necesario para proteger a Berwald.

Uno de los guardias se había acercado a Tino por detrás.

—Vamos, señor Väinämöinen. Su padre le está esperando —El soldado intentó aproximarse al mencionado, pero éste le incrustó su daga directamente en el cuello.

El guardia retrocedió un par de paso mientras que la sangre brotaba de la herida. Intentó cubrirse la misma pero pronto cayó al suelo y la vida se le escapó en un abrir y cerrar de ojos.

El líder de aquel grupo envainó su espada, al igual que el resto de los que le seguían.

—Siempre podemos decir que fue un accidente —murmuró el hombre:—Mátenlos —ordenó a sus subordinado.

La lucha tardó más de lo que cualquiera pudiera decir. Sin embargo, al final de la misma, la fortuna abandonó a Berwald y a Tino.

Tino seguía defendiéndose o intentando hacerlo de aquellos hombres, que evidentemente rehúsaban a herirlo mortalmente. Al fin y al cabo, valía más vivo. Los soldados y, sobre todo, el líder no dejaban de pensar en la recompensa. Tino miró de reojo y vio a su pareja caer de rodillas.

—¡No! ¡No! ¡No! —exclamó y corrió para sostenerlo entre sus brazos.

Uno de los soldados había conseguido atravesar la espalda de Berwald mientras que éste peleaba con otro. Tino se percató de que Berwald le observaba atentamente. El moribundo puso una de sus manos sobre una de las mejillas del muchacho antes de dejar de respirar.

—No, Berwald. No… —Tino negó varias veces con la cabeza, olvidándose de la pelea por completo:—No me abandones, por favor —le rogó.

Mientras tanto, uno de los soldados trató de agarrarle pero Tino se rehusó. Éste besó la frente de su amante y lo acostó suavemente sobre el suelo.

—Ya iré pronto junto a ti —le prometió entre susurros antes de ponerse de pie.

Tino se puso de pie y levantó la daga a la altura del cuello. Cerró los ojos. El pulso le temblaba pero sabía que debía hacerlo.

Los soldados intentaron impedirlo pero pronto la sangre manó del cuello del muchacho. Éste esbozó una última sonrisa antes de caer al suelo. Era el momento de descansar finalmente.


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