Hola hola que tal vamos? jeje espero que bien

Diclamier: La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer

Capitulo 7

Alice podía sentir cómo se le iban calentando los músculos mientras se estiraba en la barra con el resto de bailarines. El instructor de ballet clásico iba dictando las posiciones: plié, tendu, attitude. Las piernas, los torsos, los brazos respondían en una repetición interminable.

La clase de la mañana era precisamente eso: repetición. Un continuo recordatorio para el cuerpo de que podía efectuar movimientos que le eran antinaturales, y hacerlo de manera continua, hasta interiorizarlos. No era necesario concentrarse demasiado. Alice tenía un cuerpo modelado en la disciplina. Su mente viajaba a otra parte, divagaba, sin por ello dejar de obedecer las órdenes que iba oyendo.

El instructor de ballet clásico iba dictando las posiciones: plié, tendu, attitude. Las piernas, los torsos, los brazos respondían en una repetición interminable.

Grand pilé. Se doblaban las rodillas, su cuerpo descendía lentamente hasta acuclillarse sobre los talones. Los músculos temblaban, hasta aceptar la postura. Se preguntó si Jasper ya estaría en su despacho, aunque faltaba todavía mucho para las nueve. ¿Qué pensaría de ella?

Attitude en avant. Alzó una pierna, manteniéndola en un ángulo de noventa grados. Probablemente Jasper no pensaría nada de ella. Su mente estaría tan ocupada con citas y compromisos que no tendría tiempo ni para dedicarle un simple pensamiento.

Battement fondu. Llevó el otro pie detrás de la pierna sobre la que se apoyaba, doblándose al mismo tiempo. Gradual, lentamente, fue irguiéndose, sintiéndose la resistencia. No, no tendría tiempo para pensar en ella en esos momentos. Más tarde quizá, de camino a su casa. Tal vez mientras descansaba tomando alguna bebida, se acordaría de ella. Sí. Que se acordara de ella.

Terminó la serie y se desplazó al centro de la sala. Los ejercicios que acababa de practicar en la barra serían repetidos de nuevo. A una señal, se colocó en la quinta posición y empezó. Uno, dos, tres, cuatro. Dos, dos, tres, cuatro.

Fuera estaba lloviendo. Podía ver cómo se empañaban los vidrios de las ventanas mientras se inclinaba y estiraba. Una lluvia cálida, pensó. Recordaba que había hecho calor cuando entró en clase aquella mañana. Esperaba que siguiera lloviendo cuando volviera a salir.

De niña, no había tenido demasiado tiempo para pasear bajo la lluvia, para disfrutar de aquella sensación. Aunque no se arrepentía de nada, no dejaba de ser cierto que su familia y ella habían pasado más tiempo en salas de ensayos y estaciones de tren que en parques y columpios. Pero sus padres la habían compensado a ella y a sus hermanas con el regalo de su imaginación, de cuentos y de juegos, de historias maravillosas que, en sí, eran verdaderos tesoros, auténticos universos. Cuando se habían tenidos dos padres irlandeses tan imaginativos, el cielo era el único límite.

Habían aprendido tanto de ellos... La geografía la habían aprendido en la carretera, viajando. Ver el Mississipi había sido mucho mejor que leer sobre él. La gramática, la lengua, la literatura la habían aprendido en los libros y novelas preferidos que ellos les habían ido pasando. La matemática práctica había sido un problema de supervivencia. Su educación había sido tan poco convencional como su manera de disfrutar del ocio, pero aun así Alice se consideraba mejor formada y educada que la mayoría de la gente que conocía.

Alice no había echado de menos los parques, o los columpios. Su infancia había constituido su propio carrusel. Pero ahora, de adulta, rara vez desperdiciaba la oportunidad de pasear bajo la lluvia.

Era seguro que caminar bajo la lluvia no le gustaría a Jasper. De hecho, Alice dudaba incluso de que se le ocurriera hacerlo. Los dos eran como dos mundos separados: por nacimiento, por elección, por inclinaciones. Su pie derecho pasó al movimiento de chassé, hacia atrás, hacia delante, al lado. Repetir. Repetir. Jasper era un hombre lógico, sensato, algo inflexible. De otra manera, no era posible alcanzar tanto éxito en el mundo de los negocios. Pero nadie podría considerar lógico estirar el cuerpo hasta alcanzar posiciones antinaturales día tras día. Y nadie tampoco podría considerar sensato dedicarse en cuerpo y alma al mundo de los musicales y someter su vida a los caprichos del público. En cuanto a la inflexibilidad, quizá no había nada más inflexible que las exigencias que imponía a su propio cuerpo.

¿Pero por qué no podía dejar de pensar en Jasper? No podía dejar de recordar el reflejo del sol del atardecer en su cabello, o la manera en que la había mirado, tan directa, intrigada y cínica. ¿Acaso no era una locura que una optimista como ella se viera tan atraída por un cínico como él? Claro que sí. Pero Alice había cometido más de una locura.

Habían compartido un único beso. Nada más. Jasper ni siquiera la había abrazado. Sus bocas no habían llegado a fundirse con pasión. Y, aun así, Alice había evocado aquel mágico instante una y otra vez. Tenía la sospecha, incluso la seguridad, de que no había sido indiferente a aquel contacto. Se esforzó por revivir aquella mágica sensación, por volver a experimentarla. Y al hacerlo, sintió un calor que nada tenía que ver con el del ejercicio que estaba haciendo. Su pulso, acelerado ya por el esfuerzo físico, incrementó su velocidad.

Resultaba asombroso que el recuerdo de una simple sensación pudiera desencadenar un efecto semejante. Sumergiéndose en una serie de pirouettes, se recuperó y procuró concentrarse en su clase.

Con el cabello todavía húmedo por la ducha, Alice se puso un peto de color amarillo, con remiendos de colores. Las duchas de la sala de ensayos estaban llenas de vapor y del aroma a colonia y polvos de talco. Una mujer alta, desnuda de cintura para arriba, estaba sentada en una esquina dándose un masaje en un tobillo.

-Te agradezco de verdad que me recomendaras estas clases -Wanda, resplandeciente con unos vaqueros y un suéter que parecía adaptarse a su cuerpo como una segunda piel, se estaba recogiendo el cabello en un moño-. Son más duras que las otras que estaba recibiendo. Y cinco dólares más baratas.

-La maestra tiene una especial debilidad por los «gitanos» -Alice se hallaba sentada a horcajadas en un banco, secándose la melena.

-Eres un encanto. No todo-el mundo que ha llegado a tu posición es tan amable y generoso con la gente como nosotros.

-Vamos, Wanda...

Wanda se colocó la última horquilla mientras miraba a Alice en el espejo.

-Tú vas en cabeza, y no me niegues que no es nada agradable sentir que los recién llegados te van pisando los talones...

-Me sirve de estímulo. ¿Dónde has conseguido esos pendientes?

Wanda terminó de abrocharse sus largos pendientes de color rojo brillante, que casi le llegaban hasta los hombros.

-En una tienda de la Village. Me costaron cinco setenta y cinco.

Alice se levantó del banco y se acercó a Wanda.

-¿Los tenían en azul?

-Probablemente. ¿Te gustan?

-Me encantan.

-Te los cambio por esa sudadera que te he visto algunos días, toda llena de ojos.

-Trato hecho -aceptó Alice de inmediato-. Te la llevaré al ensayo.

-Genial. ¿Sabes? Pareces feliz.

-Lo soy.

-Quiero decir que pareces feliz… por un hombre.

Arqueando una ceja, Alice se miró en el espejo. Limpia de maquillaje, su cutis brillaba rebosante de salud y frescura. Tenía los labios llenos, delicadamente contorneados sin necesidad de carmín alguno. Era una pena que no tuviera las pestañas tan largas como su hermana Rosalie.

-Feliz por un hombre -repitió Alice, como paladeando la expresión-. La verdad es que he conocido a uno.

-Lo sabía. ¿Es guapo?

-Maravillosamente guapo. Tiene unos ojos grises increíbles. Grises de verdad.

-Hablemos de su cuerpo.

Alice estalló en carcajadas mientras le rodeaba los hombros con un brazo. Pensó que las dos se estaban convirtiendo en buenas amigas. Aceleradamente.

-Esbelto, hombros anchos. Supongo que tiene buenos músculos.

-¿Lo supones?

-No lo he visto desnudo.

-Bueno, cariño, ¿y a qué esperas?

-Solo hemos cenado juntos. Creo que estaba interesado. Discretamente interesado.

-No es un bailarín, ¿verdad?

-No.

-Mejor -Wanda comenzó a quitarse los pendientes-. Los bailarines siempre son unos pésimos maridos. Lo sé por experiencia.

-Bueno, yo no estoy pensando en casarme con él... -pronunció Alice, y de repente abrió mucho los ojos-. ¿Has estado casada con un bailarín?

-Hace cinco años. Estuvimos juntos en el coro de Pippin -le entregó los pendientes-. El problema fue que, antes de que terminara la obra, se había olvidado de sus votos matrimoniales. Y de que llevaba una alianza en el dedo.

-Lo siento, Wanda.

-Bah, fue una lección -repuso, encogiéndose de hombros-. Nunca te apresures a comprometerte con un hombre guapo y seductor. A no ser que esté forrado de dinero. ¿El tuyo está forrado?

-Oh... supongo que sí.

-Entonces no lo dejes escapar. Si la cosa no funciona, siempre podrás compensar el disgusto con una buena tajada.

-¿Sabes? No creo que seas tan cínica como te gusta aparentar -Alice le dio unas palmaditas en el hombro-. ¿Sufriste mucho?

-Bastante -a Wanda le resultaba extraño, pero aquello era algo que jamás antes había reconocido ante nadie que no fuera ella misma-. Digamos que aprendí que ningún matrimonio funciona, a no ser que los dos jueguen bajo las mismas reglas. ¿Y si desayunamos juntas?

-No puedo -bajó la mirada a la planta de su casa, que tenía bajo el banco. Se estaba marchitando-. Tengo que entregar algo.

-¿Te refieres a esa planta? -sonrió Wanda-. Parece que necesita un entierro decente.

-Lo que necesita... -la corrigió Alice mientras se ponía sus nuevos pendientes-... es una dosis equilibrada de cuidados.


Cuentenme que tal les sta pareciendo la historia? jeje nc ustedes pero a mi me encantaaaa jejeje

me meresco reviews cierto?