Una vez más

.

.

Ahí estaba de nuevo, ese horrible dolor, esa asquerosa sensación de vacío, de miedo, de desesperación…de celos.

Te miré a lo lejos, con los ojos ausentes, deseando que voltearas a verme y pudieras ver reflejada en mi rostro esa agonía por la que me hacías pasar. Que vieras mis ojos suplicantes por tu regreso. Que vieras que te extraño, que te necesito y que me enferma verte con otro que no soy yo.

Pero jamás llegó el momento. Te vi marcharte como siempre, ignorando mi presencia, simplemente fingiendo que yo no estaba ahí, quizá fingiendo que no existo. Aunque probablemente sea cierto que no me has visto, estabas más concentrada en él…en él y no me viste a mí. ¿Por qué? ¿Qué fue lo que te hice? Prometí volver por ti, prometí que, bendita Athena, sobreviviría y que regresaría… y tú no me creíste esta vez. ¿Por qué?

Quisiera tener el valor para acercarme y preguntarte que fue lo que pasó…pero tengo miedo, ya no sé cómo reaccionarás. Ya no te conozco.

Esa noche llegué a dormir con una horrible presión en el pecho.

Y ahí estábamos de nuevo, te vi en mis sueños. Tenías la misma cara, emitiendo esos chorros de belleza que siempre llevabas contigo. Caminábamos por un puente y no nos dirigimos la palabra. Pero al llegar al final, se me ocurrió hablarte.

—Y… ¿cómo has estado? ¿Qué tal tu familia?

Sonaba típico, incluso estúpido, nunca antes me había sentido más idiota en tu presencia como en ese momento; pero sólo quería que supieras que seguía interesado en ti y que a lo largo del tiempo me había ido preocupando por tu bienestar. Que sabía que tenías una familia y que yo no formaba parte de ella.

—Hace mucho que no hablamos.

Esa fue tu respuesta. Tu voz sonaba extraña, sentí de pronto que ya la había olvidado.

—¿Cuánto? —pregunté, aunque lo sabía perfectamente. Sí, había contado cada maldito segundo.

Y entonces desperté y me di cuenta que estaba feliz por haberte recuperado. Pero qué pena que sólo fuera un sueño.

Y ahí estaba, de nuevo ese dolor…

.

.