"En cuanto pueda, te enviaré un mensaje"

Ésas habían sido las últimas palabras de Wolf Edmunds. Esas siete palabras.

En una amalgama extraña de sueño y realidad, Amelia despertó pensando en aquel largo pasillo de color blanco. El día de la despedida de Edmunds. La sensación de pérdida (similar a cuando un niño deja ir un globo, que vuela lejos, repleto de color, de memorias, de presencia). ¿Había sido así? Aún guardaba el recuerdo de aquel viernes, donde le acompañó por aquel largo pasillo blanco, hasta la puerta de la escotilla que lo dejaría frente a la nave Lázaro, la última misión. No estaban solos, por supuesto: la Dra. Miller guardaba silencio esperando el ascensor, mientras el Dr. Mann continuaba dando indicaciones.

Con los segundos a cuestas, Amelia miró a Edmunds, quien se acomodaba el traje espacial y miraba las puertas del ascensor. Obviamente, ella calló. Nadie jamás la había preparado para algo así. Nadie. Entonces, el ascensor abrió sus puertas, listo para recibir a la tripulación que, por milésima vez, intentaría salvar a la humanidad. Con los ojos llenos de lágrimas, le abrazó, hundiendo su rostro en el pecho del hombre, quien acarició sus cabellos, sin siquiera respirar. Quédate, pensó. No te vayas, por favor. Él, por su parte, susurró a su oído: En cuanto pueda, te enviaré un mensaje.

De vuelta a la oscuridad de Edmunds, Amelia tomó una bocanada de aire, tratando de mover su cuerpo, sin éxito. Sólo ahí, en pleno silencio, acompañada por sus jadeos intermitentes, tomó consciencia de su propio cuerpo, repasando hechos que vinieron a su mente: la antena. El cable. Un temblor. Debí haber caído. La sensación era similar a aquellos sueños donde tu consciencia despierta antes que tu cuerpo y la claustrofobia comienza a repletar los sentidos. Pese a esto, la mujer no sintió miedo alguno. Aún estaba lo suficientemente aturdida para creer que esto era la realidad, que todo acabaría así.

En paralelo a su cuerpo estático, su corazón comenzó a hablar, por supuesto. Así, su cabeza hiló momentos desperdigados, como un puzzle que aún no se ha comenzado a armar:

El desanclaje de Endurance.

Para avanzar, hay que dejar algo atrás.

El viaje con la posibilidad de reencuentro.

El planeta Edmunds,

el último planeta por recorrer.

La esperanza de la humanidad.

Edmunds, su novio.

Ahora que lo pensaba, Edmunds había sido siempre la decisión correcta. Ambos se habían conocido en la universidad. Él, un renombrado físico de partículas y ella, dedicada a la biotecnología. Fue cosa de tiempo que su padre y el Dr. Mann lo reclutaran en el proyecto Lázaro, lo cual permitió que continuaran su trabajo juntos en NASA. Luego, la amistad, luego, el cariño. Después de todas esas noches reunidos y todos los proyectos llevado a cabo, fue inevitable que el aprecio surgiera entre ambos, el amor.

Aún recordaba el día en que él la había besado por primera vez. Horas después de terminar una presentación que tenía como objetivo recaudar fondos gubernamentales, Edmunds la fue a dejar a su casa (por esos días, aún no se trasladaban en una estación secreta, en medio de la nada). Ahí, en el dintel de la puerta, él se había despedido con un beso. Posteriormente, su relación completó cada una de las etapas posibles: la primera vez que hicieron el amor, conocer a los padres, conversar sobre el futuro y, por supuesto, el posible compromiso. Todo había resultado bien, tal como el 2 precede al 3 y el 3 precede al 4, porque, el amor es así, ¿verdad?

Brand sintió a lo lejos un nuevo sonido subterráneo. Por segunda vez, no tuvo miedo. Aún su cabeza seguía proyectando una película en paralelo a los hechos actuales, particularmente el año completo que vino después del mensaje del Dr. Mann. Esta vez, según su padre, deberían replantear la estrategia abrazando nuevas posibilidades que habían sido dejadas de lado, haciendo estricta referencia a la búsqueda de la resolución de la ecuación de gravedad. Amelia recordó perfectamente cómo la audiencia del proyecto Endurance reaccionó ante tal declaración: la idea resultaba idéntica a la búsqueda del capitán Ahab por Moby Dick.

Esa misma tarde, Amelia había ido a la oficina de su padre, con el objetivo de profundizar más en aquella idea que lucía sacada de una película de ciencia ficción. Tal vez, para personas alejadas de la ciencia, la resolución de una simple ecuación podría resultar posible, tal como resolver un problema de álgebra en la universidad. Sin embargo, para todo el equipo la propuesta rayaba dentro de la búsqueda de un santo grial.

"Lo que quiero saber es qué pretendes ahora", Amelia le encaró. De inmediato, la biotecnóloga enunció los riesgos de poner la misión en manos de dicha proeza, de depender directamente de una ecuación imposible. Asimismo, explicó cómo otro viaje interestelar involucraría más tiempo, dinero, planes… personas de carne y hueso. Su progenitor, luego de escucharla de espaldas. Giró, más serio que nunca, alzando la voz y golpeando la mesa:

"Es hora que confíes en mí, Amelia, ¿puedes?".

Esa misma noche, Amelia despertó con un resabio en la boca. Tal parecía que todo el proyecto Endurance se encontraba en un tablero de ajedrez que ha quedado quieto, sin saber qué pieza mover. Por un momento, se preguntó si todo esto consistía en un perfecto uróboro. O si todos los esfuerzos de años tendrían un término real. Tal vez, la humanidad estaba condenada a su extinción y ya era hora de aceptarlo, sin más preguntas. Los pensamientos la repletaron cual nube negra, sin dejarla dormir. Por consiguiente, humedeció sus labios y comenzó a incorporarse lentamente, dejando a un lado el brazo que la cubría.

Como todas las noches en que había llegado a ese lugar, se sentó en la orilla de la cama y comenzó a vestirse en silencio. Cuando tuvo sus pantalones puestos y se dispuso a atarse los zapatos, una voz masculina detuvo sus movimientos.

"¿Entonces esto será así, Amelia?"

La mujer cerró sus ojos, suspirando. Él continuó a sus espaldas.

"Vienes en la noche a conversar, compartimos una cama, ¿y luego te vas?".

Brand giró la cabeza, aludiendo el comentario; sin embargo, no dijo nada y continuó atando sus zapatos. Luego de terminar, apoyó sus codos sobre ambas piernas, sin moverse.

Doyle se deslizó despacio por sobre el cobertor y tomó asiento a su lado, adquiriendo la misma posición de la mujer. Amelia tragó saliva y habló, con voz ronca: "No lo entiendes, Doyle".

Se atrevió a mirarle, entre la oscuridad. Una línea de luz cruzaba su hombro izquierdo. Si bien, estaba oscuro, podía percibir las líneas de su rostro, ahora en silencio. El mantuvo la mirada y, por consiguiente, murmuró:

"Lo que entiendo, es que tenemos que hablar".

"¿De qué?", la mujer retrucó, poniéndose de pie.

Doyle se incorporó y tomó su brazo. Mirándola por segunda vez: "Todo ésto. Nosotros. Edmunds".

Meses habían transcurrido sin que alguien hubiera dicho su nombre en voz alta, en su presencia. El sólo hecho de que Doyle lo hiciera, provocó en ella una sensación eléctrica, que la dejó como erizada, vulnerable. Era como si el hombre hubiese roto un hechizo y, de súbito, la ausencia de Edmunds fuere una realidad cruda y latente. El hombre avanzó para tocar su rostro, pero la mujer retrocedió dos pasos, negando con la cabeza. Después, giró a tomar su bolso, caminando hacia la salida. Su acompañante la adelantó, situándose frente a la puerta.

"Huir no es la forma de solucionar las cosas, Amelia"

"¿Huir?", murmuró la chica, "¿tal como tú huiste de tu novia en Ámsterdam?"

Doyle tragó saliva, empuñando sus manos. Permaneció en silencio por unos minutos y luego dio un paso al costado, dejando el camino libre. No dejó de observarla a los ojos. Amelia, por su parte, miró a un lado y quitó una lágrima huérfana de su mejilla, emprendiendo la partida.

—Lo siento mucho, Doyle.

—¿Por qué?

La mujer tosió dos veces, seco, y giró a verle. Como siempre, ahí estaba el astronauta del atardecer, sentado a su lado, con las manos entrelazadas.

—Fui una egoísta. Lo único que deseabas era acompañarme. Y yo sólo te alejé.

Amelia comenzó a llorar. Mientras las lágrimas rodaban por su piel, recordó como la cotidianidad hace que olvides los peligros latentes: un planeta lejano, desconocido, la soledad, su propia fragilidad. No había que ser un clarividente para saber cómo terminaría esta historia, su propia proeza de valentía. Porque, la verdad, desde que subió a Endurance, siempre supo que esta travesía no tendría regreso. Todo lo que había sucedido después había dilatado las cosas, pero nada se escapaba a la realidad: ella sabía más bien que nadie que, su propia vocación, su propia búsqueda, la llevaría finalmente a la misma perdición, tarde o temprano. Tal como había sucedido con los 12 pilotos anteriores, tal como había sucedido con Edmunds, Miller, Romney...

—Lo siento mucho, Doyle. No sabes cuánto.

La mujer sollozó y trató de rozar su mano, sin poder llevar a cabo ningún movimiento. Doyle, se acercó, sacando un par de rocas, tomando sus dedos.

—Está bien, Amelia... las cosas fueron lo que debían ser. Nadie tuvo la culpa.

Quemando las últimas energías, Brand se sacó el casco, que lucía agrietado y lo dejó rodar lejos. ¿Qué más da? Luego, tomó los guantes de ambas manos, tirándolos a un lado. Por fin, pudo tomar su rostro varonil en sus manos:

—Te deje morir, también. Si hubiera... si yo hubiera —un sollozo la interrumpió— Estarías conmigo hoy, aquí.

Doyle se arrodilló más cerca y la abrazó, permitiendo que Amelia dejara caer su cabeza en su pecho. Ella no dejó de llorar, al mismo tiempo que el hombre frotaba su cabeza, situando un beso sobre su frente.

Cooper tenía razón.

Ella siempre dejaba que sus emociones la arrebataran y la hicieran olvidar el sentido de la razón.