VII
Sara se corporeizó en un corral, provocando una estampida de gallinas que llenaron el aire de plumas y cloqueos. La vaca, sin embargo, ni levantó la cabeza y siguió mascando paja. Ya estaba acostumbrada. Salió al exterior no sin antes echar una ojeada para comprobar que ningún vecino la veía. Sería demasiado chocante encontrarse en la aldea así, de pronto, una chica vestida de ciudad. "Bueno, en realidad llamar a las cuatro casas aldea en el Lugo profundo era demasiado".- pensó mientras se deslizaba con presteza hasta una puerta lateral. Una vez allí, golpeó con un llamador en forma de mano que asía un pomo. La mano mágica soltó el pomo y le hizo un gesto con el índice para que pasara.
- Gracias.- contestó. No estaba muy segura de por qué razón siempre le daba las gracias a la mano, pero tenía la vaga sensación de que detrás del invento no estaba Santiago, sino probablemente su padre, así que prefería ser educada, por si las moscas. Si conseguía recordarlo, se lo preguntaría. Empujó la puerta y se encontró en una sala inmensa cuyas paredes estaban llenas de armarios y estanterías repletos de objetos mágicos de lo más variopinto. Un brazo masculino la asió por la cintura firmemente mientras el otro brazo la rodeaba por la espalda y unos ojos azules la miraron sonrientes un segundo antes de que la besara. Aun se desplazaron un poco por la habitación, intercambiando besos, hasta que Sara quedó apoyada contra una mesa de roble, grande y con la superficie desgastada casi tapada por planos, que recibía directamente la luz de un ventanal.
- ¿Qué ha ocurrido? Te esperaba hace un cuarto de hora.
- Meléndez me ha retenido un poco más de la cuenta. ¿Nos vamos?
- En cuanto coja mi chaqueta.- El chico cogió la prenda del respaldo de una silla.- Vamos, te voy a llevar a un sitio estupendo.- Cogidos de la mano, salieron al exterior y, fuera de la vista de propios y extraños, se desaparecieron.
Un rato después, Santi y Sara cenaban en un restaurante de magos. La apariencia externa era bastante cutre, pero era todo una fachada para espantar a algún despistado ingenuo, que era como ellos denominaban a los no mágicos. En aquel momento, Santi le cogía una mano y la miraba fijamente con sus ojos azules.
- ¿Te acuerdas de la bolita de luz?.- dijo sonriendo
- ¿La esfera de polvo de hada?.- Sara recordó un objeto luminoso y flotante que Santi había creado para proporcionar una luz tenue en una habitación oscura. Muy útil, según él, para dormitorios de niños, sobre todo en caso de que padecieran terrores nocturnos, porque proporcionaba, sin molestar, suficiente claridad para espantar una pesadilla. Ella había pensado que era una chorrada, pero claro, no estaba acostumbrada a convivir con pequeñajos, mientras que su novio era el mayor de cinco hermanos. Por supuesto, no se lo había dicho.
- Esa misma. Pues tengo buenas noticias. He firmado un contrato por cinco años renovables con un mayorista. La van a vender en América.
Sara alzó las cejas sorprendida.- ¡Vaya! No me esperaba que la colocaras en un mercado tan pronto.- En realidad, no había esperado que la vendiera en absoluto.
- Y lo mejor de todo son las condiciones económicas. El mayorista compra.
- ¿Y cuánto compra?
- Ahí está lo bueno. Cincuenta mil unidades al año.
- Eso es mucho dinero.- dijo muy sorprendida.
- Suficiente para montar mi propio taller e independizarme de mi padre.
- ¡Es estupendo!. Así podrás desarrollar esos otros proyectos que siempre tienen que esperar.- Santi siempre estaba ideando cosillas, pero normalmente tenía poco tiempo para dedicarse a sus inventos porque el trabajo del estudio de ingeniería mágica de su padre requería de casi toda su atención. Al fin y al cabo, construir, por ejemplo, una estación del 3M (o Metro Mágico de Madrid) era laborioso y requería mucha concentración. Mientras que lo de las bolitas...
- Si…er...no será necesario invertir todo en el taller de magia, porque ya tengo una buena parte del equipo mío, así que sobraría para otras cosas. Por ejemplo para alquilar una casa para vivir.
- ¿También te vas a independizar de tu madre?.- Sara estaba a punto de reirse.- Perdona, ya se que no la conozco mucho, pero me parece que es del tipo gallinita, ya sabes, que le gusta tener a sus pollitos alrededor.
- Muy graciosa. No te metas con tu suegra.
- Primero, no me meto con ella. Simplemente digo que le gusta tener a sus hijos cerca.
- Eso depende...
- Y segundo, no es mi suegra.
-De momento...
- ¿Van a tomar postre?.- les interrumpió el camarero, dejando a Sara con la réplica en la boca. Lo que Santi no supo es que se había ahorrado escucharla decir muy convencida "Por mucho, mucho tiempo".
- ¿Quieres algo?.
- Si, quiero tarta de chocolate.
- ¿Y el señor?.- Santiago pidió unas natillas y se quedó mirándola fijamente.
- ¿Te pasa algo?
- ¿A mí? ¿Por qué?
- Porque has pedido tarta de chocolate.
- ¿Y? Me gusta el chocolate.
- Pues….- estaba un tanto azorado .- que sueles hacerlo rondando siempre las mismas fechas...
- ¿Quéee?
.- Que creo que debe ser porque coincide con... pero ahora no toca...en fin ¿te pasa algo?.
Sara estaba sorprendidísima.
- ¿Me estás diciendo que pido tarta de chocolate cuando tengo la regla?.- soltó de sopetón.
Él estaba colorado y no sabía muy bien para dónde mirar.- ¿Me vas a contar qué pasa?.- dijo mirándola de reojo.
Sara no estaba muy segura sobre si debía indignarse o reír. Al final, optó por lo último. Quería dar por concluido el cupo de mal cuerpo por ese día. Se había enfadado con Meléndez y con Pizarro, y la había tomado con la madre de Santiago.- No tenía ni idea…de ahora en adelante prestaré atención.- dijo con una risilla.- Pero sí, he tenido un mal día. Debe ser por eso..- añadió seria.
- ¿Qué te ha ocurrido?
- Mi director de Disertatio ha enviado a hacer gárgaras todas mis nuevas páginas. Veinte en total. El trabajo del último mes y medio. Y con bronca incluida, por supuesto.
- ¿Y por qué ha hecho eso? Estabas muy satisfecha.
- Pues porque dice que es todo una recopilación teórica de cosas que otros han escrito antes. Y que falta trabajo de campo. Y que no presto le dedico el tiempo debido... Y que pierde el tiempo conmigo...Y yo qué se por qué…"
- Vaya. Pues no te puedo aconsejar, porque no entiendo nada de antropología mágica, pero puedes llorar en mi hombro, si te sirve de consuelo.
- Es una opción. La verdad, no lo descarto.
- Se me ocurre algo ¿Te gustaría dar un paseo por la playa? Conozco un lugar que…
- ¡Pero si son las once y media! Tengo que irme. Ya sabes que es cuarto creciente y tenemos pedidos.
- Y ¿Me dejas? ¿así? ¿para irte a guisar?
- Hacer preparados para pociones no es guisar. Te dejo por un caldero, mi amor.- dijo riéndose.- además, ya sabes que la mayor parte de mi trabajo como bruja lo hago de noche.- añadió guiñando un ojo.
Sara se fue totalmente convencida de que la expresión chafada de Santi era una pose.
Un rato después, Sara y su amiga del alma Katalintxe estaban enfrascadas en la producción de un encargo. Se trataba de un producto previo para fabricar una complicada poción que puntualmente encargaba un brujo de Daimiel para tratar una extraña enfermedad mágica crónica, que producía el curioso efecto de hacer desaparecer las puntas de los dedos de las manos y los pies.
-...beleño machado...dos vueltas con el cucharón en el sentido de las agujas del reloj...ahora añadir la zanahoria muscaria...- recitaba Katalintxe. Era tan alta como Sara, con unos ojos grises brillantes y el pelo, también corto, negro como la noche. Almudena reconoció inmediatamente a su otra abuela.
Sara echó dentro del caldero unas rodajas de un vegetal de color púrpura brillante que parecían palpitar, como si fueran glóbulos rojos gigantescos.
- ...dejar hervir a fuego lento durante veinte minutos con el caldero tapado... Katalintxe colocó una tapadera, bajó el fuego y miró el reloj.- bueno, de momento, podemos desentendernos de éste.
La sala era amplia y varios calderos borboteaban. Algunos magos y brujas iban de acá para allá revisando cocciones. Otros, como Sara y Katalintxe, se concentraban en algún preparado. Cerca de la puerta, los envasadores se encargaban de embotellar las dosis exactas y de etiquetarlas debidamente, mientras los almaceneros iban transportando cajas al almacén desde el que, a la mañana siguiente, iniciarían la distribución. De todos era sabido que algunos productos mágicos debían realizarse bajo la luz de la luna en determinadas fases para obtener la máxima calidad. Otras empresas ofrecían productos más baratos, pero sin duda, nadie alcanzaba la potencialidad mágica como Moltó, S.L., Productos para Pociones. Se trataba de la nave principal de fabricación de preparados para pociones de la familia de la madre de Sara. Estaban, por tanto, en la albufera de Valencia.
Las dos brujas se quitaron los guantes y observaron un momento.
- Oye, me parece que esto no cuece como debiera.- dijo Katalintxe.
Sara enganchó un cucharón y lo metió en el caldero. Extrajo un par de rodajas de zanahoria muscaria, tan palpitantes como cuando las echaron en el caldero.
- No deberían temblar ya...
- No. Esto no es propio de...
- ¿Ocurre algo? .- Amparo, la madre de Sara, y directora general de la empresa, estaba metiendo la nariz en el caldero.
- ¿Le habéis echado otras zanahorias distintas de las habituales?
- No. Aquí está la bolsa. Las que el cliente nos remite todos los meses.
- Pues aquí pasa algo raro.
- Son sus zanahorias, si esto no sale bien la culpa es suya.
- No es esa la filosofía del negocio, Sara. Se trata de dar la mejor calidad, y desde luego con este engrudo no la seguimos precisamente.
- Pero...
- No hay peros que valgan. Tendré que visitarle mañana para explicarle lo sucedido. En fin, dejadlo hervir cinco minutos más de la cuenta, y después coladlo por un chino. Es lo más que se puede hacer para mejorar esto. Y después, creo que vosotras dos os podéis ir a dormir.
Sara y Katalintxe hicieron como les había dicho Amparo, y cuando terminaron se quitaron guantes y delantales y se marcharon de allí. Una vez en el exterior, Sara contempló el cielo. El cuarto creciente se reflejaba en la acequia cercana, dejando destellos de plata y se oía el croar de alguna rana..Sara respiró hondo, cerró los ojos y escuchó los sonidos. La albufera de Valencia nunca dormía y siempre estaba llena de vida. Miró en dirección al mar, aunque no lo veía. A veces, entre las montañas de su abuela, echaba de menos el mar. Suspiró.
- No le des más vueltas. Mejor haríamos durmiendo.- dijo Katalintxe, que solía ser bastante pragmática.
Sara suspiró. Asintió con la cabeza y, simultáneamente, ambas se desaparecieron.
-¡Riiiiiing!... ¡riiiiiiing!
Sara ni se acordaba de haberse puesto el camisón y haberse metido en la cama, de lo cansada que había llegado al caserío. Al principio, le vino a la cabeza que estaba soñando con un timbre.
- ¡Riiiiiiing! ¡Riiiiiing!
¡Qué sueño más molesto! A este paso, iba a acabar por despertarse...
- ¡Riiiiing! ¡Riiiiiing!
¡Un momento! ¡No era un sueño! Un idiota en una bicicleta se aproximaba por el camino haciendo sonar el timbre a todo trapo, sin la menor consideración por los habitantes del caserío. Aunque, claro, ¡qué iba a saber de las actividades nocturnas de algunos!
- ¡Ramontxu de Urroz! ¡Te traje al mundo, a ti y a tus cuatro hermanos!.- bramó Graciana desde el piso de abajo. Acto seguido, Sara enganchó su almohada y se la echó por encima de la cabeza.
- ¡Buenos días, señora Graciana!.- contestó el cartero a grito pelado. Sara empezaba a enfadarse.
- ¡Correo! ¡Traigo el correo!
Sara sintió deseos de enganchar su varita y convertirlo en rana. Ramontxu le caía bien. Era un tipo grande y simpaticote, y buenazo como un trozo de pan. Pero todo eso se podía dejar a un lado cuando una se ha acostado a las cinco de la mañana. Sara sacó la cabeza de debajo de la almohada y miró el reloj que tenía sobre la mesilla. Las ocho y media. ¡Qué horror! ¡Había dormido poquísimo!
- ¡Pasa y desayuna!.- la voz de Graciana volvió a oirse. Y Sara también la maldijo para sus adentros. Desesperada, se levantó, se puso una bata y salió de su cuarto camino del baño. En el pasillo, se encontró a una Katalintxe, ataviada igualmente con un camisón, el pelo despeinado y expresión somnolienta.
- ¿Por qué chillan tanto?.- preguntó bostezando
- Probablemente porque Ramontxu no sube mucho por aquí.
- Es para la señorita Sara...- se oía decir a Ramontxu. Katalintxe le dirigió una risita.
- ¡Huy! ¿Desde cuando te trata con tanta cortesía? ¿No me has contado algo?
- Pues ahora debe andar muy ocupada. Yo se la daré. Se oyó a Graciana contestar.
- Debe estar poniendo cara de desilusión.- murmuró Katalintxe y le largó un codazo..
- Y la señorita Katalintxe? ¿no está? Me gustaría mucho saludarla. Hace mucho que no baja al pueblo. Esperaba verla en la verbena el sábado pasado...¿se encuentra bien?
Ahora, el codazo fue para su amiga.- ¿No serás tu quien no me ha contado algo?.- A Sara empezaba a entrarle una risa floja. Sabía de sobra que Ramontxu no era el tipo de su amiga.
- Bueno, y este tío ¿de qué cree que va?
- No te pongas así. Está intentando sacar partido a la más mínima oportunidad. De todas formas, si quieres espantarle del todo, plántate un sombrero de bruja sobre esos pelos, hazte crecer una verruga mientras bajas por la escalera y salúdale efusivamente. Cuando salga corriendo puedes seguirle unos metros en tu escoba diciendo ¡huuuuu!
- ¿Sabes que te digo?.- dijo Katalintxe.- Que me tengo que ir al baño.- Se dio media vuelta y se largó.
Sara se rió y volvió a su habitación. ¡A ver si podía dormirse otra vez!
