Disclaimer: Este fic es una adaptación de un libro llamado " Tristan e Isolda" de Joseph Bedier
VII
EL ENANO KABUTO
El rey Hashirama ha hecho las paces con Minato . Le ha dado permiso para volver al castillo y, como antes, Minato se acuesta en la cámara del rey entre los validos y los fieles. Puede entrar y salir a su gusto; el rey no recela ya de él. Pero, ¿quién puede mantener por mucho tiempo secretos sus amores? ¡Ay! El amor no puede permanecer oculto.
Hashirama había perdonado a los felones, y como el senescal Tobirama encontrara un día, en el bosque al jorobado enano, errante y miserable, le llevó otra vez al rey, quien se apiadó de él y le perdonó su mala acción.
Pero su bondad no hizo más que excitar el odio de los barones que habiendo sorprendido nuevamente a Minato y a la reina, se coligaron con este juramento: o el rey arrojaba a su sobrino fuera del país, o se retiraban a sus fortalezas para hacerle la guerra. Convocaron al rey a parlamento:
—Señor, ámanos o aborrécenos, a tu elección; pero queremos que expulses a Minato , porque ama a la reina, y todo el mundo lo ve; pero nosotros no lo soportaremos más.
El rey les oye, suspira, inclina la frente y calla.
—No, rey, no lo soportaremos más, porque sabemos que esta nueva, extraña un tiempo, para ti, no puede ya sorprenderte, y que tú consientes su crimen. Por otra parte, si no alejas a tu sobrino para siempre de tu lado, nos retiraremos a nuestros dominios y arrastraremos también a nuestros vecinos fuera de tu corte, pues no podemos soportar que permanezcan en ella. Tal es la elección que te ofrecemos: escoge, pues.
—Señores; una sola vez he creído en las feas palabras que decíais de Minato, y he tenido que arrepentirme. Pero vosotros sois mis leales y no quiero perder el servicio de mis hombres. Aconsejadme, pues. A vosotros lo demando, ya que me debéis consejo. Pero sabed que rechazo todo orgullo y todo descomedimiento.
—Señor, mandad venir aquí al enano Kabuto. Desconfiáis de él por la aventura del jardín. Sin embargo, ¿no había leído en las estrellas que la reina acudiría aquella noche bajo el pino? Sabe muchas cosas; escuchad su consejo.
Corrió hacía ellos el jorobado maldito, y Hisashi le abrazó. Escuchad qué traición aconsejó al rey:
—Señor, ordena a tu sobrino que mañana, al rayar el alba, al galope, cabalgue hacia Honshū para llevar al rey Jimmu un mensaje sobre pergamino, bien sellado con cera. Rey, Minato se acuesta cerca de tu cama. Sal de tu cuarto a la hora del primer sueño y yo te juro por Dios y por la ley que si ama a Kushina con loco amor, querrá venir a hablarle antes de su partida; pero si viene sin que yo lo sepa y sin que tú lo veas, entonces mátame. Por lo demás, déjame guiar la aventura a mi antojo y guárdate solamente de hablar a Minato de este mensaje antes de la hora de acostarse.
—¡Bien —respondió Hashirama—, sea hecho así!
Entonces el enano urdió una cruel felonía. Entró en casa de un panadero y compró cuatro dineros de flor de harina que ocultó en el faldón de su traje, ¡Ah! ¿Quién se hubiera enterado jamás de tamaña traición? Llegada la noche, cuando el rey hubo cenado y sus hombres dormían en la vasta sala contigua a su cámara, Minato se encaminó, como tenía por costumbre, al lecho del rey Hashirama.
—Buen sobrino, haced mi voluntad: cabalgaréis hacia el rey Jimmu hasta Honshū y le haréis desplegar este mensaje. Saludadle en mi nombre y no permanezcáis más que un día con él.
—Rey, se lo llevaré mañana.
—Sí, mañana, antes de rayar el alba.
He aquí a Minato intensamente emocionado. De su cama a la de Hashirama había seguramente la longitud de una lanza. Sintió un deseo furioso de hablar a la reina, y se prometió en su corazón que, hacia el amanecer, si Hashirama dormía, se acercaría a ella. ¡Ah! ¡Señor! ¡Qué loco intento!
El enano se acostaba, como tenía por costumbre, en la cámara del rey. Cuando creyó que todos dormían se levantó y esparció entre la cama de Minato y la de la Reina la flor de harina: si uno de los dos amantes iba al encuentro del otro, la harina conservaría la huella de sus pasos. Pero cuando la esparcía, Minato , que permanecía despierto, le vio.
«¿Qué quiere decir esto? El enano no acostumbra a obrar con buen fin: pero quedará engañado; ¡loco sería quien le dejara coger la huella de sus pasos!
A medianoche, el rey se levantó y salió seguido del enano jorobado. La cámara estaba oscura, ni lámpara, ni cirio encendido. Minato se puso en pie sobre su cama. ¡Señor! ¿Por qué tuvo esta idea? Junta los pies, calcula la distancia, da un salto y cae sobre el lecho del rey. ¡Ay! La víspera, en el bosque, el hocico de un enorme jabalí le había llagado la pierna y, para desgracia suya, la herida no estaba vendada. Con el esfuerzo el salto se abre, sangra; pero Minato no ve la sangre que corre y enrojece el lienzo. Fuera, al claro de luna, el enano, por su arte de sortilegio, supo que los amantes estaban reunidos. Tembló de alegría y dijo al rey:
—¡Ve, y ahora, si no los sorprendes juntos, que me lleven preso!
Van, pues, hacia la cámara, el rey, el enano y los cuatro felones. Pero Minato les ha oído; vuelve a levantarse, se tira, alcanza su lecho... ¡Ay! Al pasar, la sangre ha brotado de la herida y ha caído sobre la harina.
He aquí al rey, a los barones y al enano, que lleva una luz. Minato e Kushina fingen dormir; habían quedado solos en la cámara con Haru, que estaba acostado a los pies de Minato y no se movía. Pero el rey vio sobre la cama el lienzo coloreado, y en el suelo la flor de harina, mojada de sangre fresca.
Entonces los cuatro barones, que odian a Minato por su valentía, le sostienen sobre la cama y amenazan a la reina; y la escarnecen, se befan de ella y le prometen hacer justicia. Habían descubierto la herida que sangraba.
—Minato —dice el rey—, ningún mentís valdrá en lo sucesivo; moriréis mañana.
Él exclama:
—¡Concededme gracia, señor! ¡En el nombre del Dios que sufrió la Pasión, pido piedad para nosotros!
—¡Señor, véngate! —responden los felones.
—Buen tío, no es por mí por quien imploro; ¿qué me importa morir? Ciertamente, si no fuera el temor de irritaros vendería cara esta afrenta a los cobardes que sin vuestra salvaguardia no habrían osado tocar mi cuerpo con sus manos; pero por respeto y por amor a vos, me inclino a vuestra merced; obrad conmigo a vuestro antojo. Aquí me tenéis a mí, señor pero tened piedad de la reina.
Y Minato se inclina y se humilla a sus pies:
—Piedad para la reina, porque si hay un hombre en su casa bastante osado para sostener que la he amado con amor culpable, me encontrará en pie y en campo cerrado. ¡Señor, gracia para ella, en nombre de Dios Nuestro Señor!
Pero los tres barones los han atado con cuerdas, ¡Ay! Si hubiera sabido que no le sería dado probar su inocencia en singular combate, hubieran tenido que descuartizarle vivo antes que soportar el ser vilmente atado.
Pero confiaba en Dios y sabía que en la liza nadie osaría blandir un arma contra él.
Y sin duda alguna confiaba en Dios con justicia. Cuando juraba que no había amado jamás a la reina con amor culpable, los felones reían de la insolente impostura. Pero apelo a vosotros, señores, los que sabéis la verdad del filtro bebido en el mar y comprendéis cuanto acontece. ¿Decía mentira? No es el hecho lo que prueba el crimen, sino el juicio. Los hombres ven el hecho, pero Dios ve los corazones y sólo Él es juez verdadero. Él ha establecido, pues, que todo hombre acusado podría sostener su derecho en batalla, y Él mismo combate con el inocente. Por esto Minato reclamaba justicia y batalla y se guardó de faltar en nada al rey Hashirama. Pero si hubiera podido prever lo que sucedió, habría matado a los felones. ¡Ah! ¡Señor! ¿Por qué no los mató?
BYE!
