Disclaimer: Los personajes de Full Metal Alchemist no me pertenecen.

7/12 (Epílogo incluído)

¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que muy bien. Sinceramente tenía intenciones de subir este capítulo a la aproximada hora que venía subiendo todos (salvo excepciones) pero este terminó convirtiéndose en una excepción también y no puedo decir que me moleste realmente. Como dije, no me gusta faltar a mi palabra ni romper una promesa y honestamente hoy no iba a tener la posibilidad de subirlo correctamente a menos que lo hiciera tarde y no me pareció justo para con ustedes así que decidí subirlo considerablemente más temprano. Espero que éste capítulo les guste =D, así como espero que la historia les haya ido gustando hasta el momento aunque me contento con que le hayan dado aunque fuera una oportunidad. Gracias, a todos los lectores. Y sé que suena reiterativo y parece perder sentido cuando lo digo tan seguido e incluso puede sonar condescendiente y muy formal pero realmente quiero decir lo que digo cuando digo gracias a todos/as por tomarse la molestia de hacerme llegar su opinión (por extensa o breve que sea, no importa) y correcciones y sus ánimos los cuales me alientan a seguir escribiendo. De hecho, la recepción de su parte de este fic y su amabilidad me dio el impulso que necesitaba para escribir la siguiente y ahora estoy intentando terminarla lo más pronto posible para poder comenzar a subirla. Por supuesto, Royai. Así que eso, gracias a todos/as y especialmente a: Anne21, Halldora' Ballohw (no se me había ocurrido la comparación pero creo que tienes razón, respecto a ambos =D), Maii. Hawkeye, fandita-eromena, okashira janet, HoneyHawkeye, Alexandra-Ayanami, Sangito, Lucia991, inowe y Noriko X.

Pd: Perdón por la extensión de mis notas de autor y por aburrirlos con ellas. Los dejo para que lean... Espero disfruten éste capítulo, como yo difruté escribiéndolo... ¡Nos vemos y besitos!


En el último lugar del mundo


VII

"Terminaciones nerviosas enervadas"


Era medianoche cuando regresó, túnica al hombro –a pesar del frío- y completamente drenado. Sus músculos se encontraban agarrotados, como generalmente lo estaban, y su nuca ardía a causa del sol que había recibido constantemente durante todo el día. Decir que a duras penas podía moverse era poco y si había logrado alcanzar el campamento era simplemente porque había estado moviéndose por inercia hasta allí. Hacia delante, arrastrando sus botas por la arena –a veces pateando algún arma perdida que habría quedado allí tras la muerte de su portador (fuera del bando que fuera)- hasta dar con la concentración de soldados de la que había partido aquella mañana.

Kimblee había perdido la cabeza, decían. Lo había oído de varios soldados y había visto una luz roja inusual alzarse en determinada zona de Ishbal tras una trasmutación del alquimista Carmesí pero no había podido detenerse en ello. Estaban en guerra, después de todo y así fuera una masacre indiscriminada y unilateral, hombres aún morían. Él aún podía morir si se distraía así que su atención estaba constantemente fijada en el campo de batalla. No era una sorpresa para él, de todas formas, que Kimblee hubiera perdido la cabeza. El alquimista estatal era un perro rabioso y finalmente le habían soltado la correa para que hiciera y deshiciera a antojo y Kimblee parecía tener una preferencia por deshacer y destruir. Él tampoco era mejor, de todas formas. Salvo el hecho de que no disfrutaba haciéndolo. Pero todo lo que hacía era destruir. Comprender... descomponer... recomponer... Esos eran los tres pasos de la alquimia, lo primero que había leído en el primer libro de Berthold Hawkeye le había dado y era irónico que de las tres solo aplicara al momento una sola. Así hubiera aprendido a recomponer alguna vez, a crear, Roy ya lo había olvidado. No había demasiado que reparar allí, en Ishbal, tampoco. Todo estaba más allá del reparo.

Así que simplemente se deslizó al interior de la tienda, mano en la solapa de la entrada para mantenerla abierta, y se removió las botas lentamente. Luego la chaqueta, la cual colgó sobre uno de los caños que hacían de estructura a la carpa y se volteó a verla, pues sabía que estaba allí. Siempre estaba allí. Alzando la vista, Riza le devolvió la misma mirada, un vestigio de sonrisa calma apareciendo en sus resecos labios, y eso fue todo lo que se necesitó para que resignara todo intento de mantenerse en pie y cayera al suelo como había hecho la primera vez que la había visto en aquel endemoniado lugar. Acomodándose, se sentó a su lado. Cabeza colgando entre las rodillas, codos descansando lánguidamente sobre las mismas.

La voz calma de ella, porque aún entonces parecía lo suficientemente compuesta –o más que él, al menos- lo sacó de su estado de cansancio. O quizá era la monotonía propia que sus voces habían adquirido allí, junto con las miradas opacas resultantes de los horrores que tenían que ver todos los días —¿Día largo, mayor?

Roy sonrió amargamente —¿No lo son todos, soldado? —masculló, hundiendo su cabeza aún más entre sus hombros. Ella lo observó de reojo, sentada en una posición similar solo que menos encorvada y con la cabeza erguida.

—Eso supongo. Si, señor... —replicó, dejando su rifle cuidadosamente a su lado.

Él observó brevemente el arma y volvió la vista al suelo. A la arena bajo ellos —Ah... Si. Me pregunto cuándo terminará.

Riza permaneció un instante en silencio, ponderando sobre las palabras de él, para finalmente decir —No creo que lo haga, señor —al menos para ella probablemente no lo haría. No terminaría nunca la guerra. Así dejaran atrás aquel nefasto lugar.

Él pareció comprender el peso de sus palabras porque no dijo nada. No supo qué decir tampoco y dudaba que hubiera palabras adecuadas para replicar al respecto. No lo negaría, él también había considerado la posibilidad. Seriamente considerado la posibilidad y sabía que era más que sólo eso. No, el daño estaba hecho allí y tanto ellos como los Ishbalitas sobrevivientes –si es que quedaba alguno después de la campaña- no volverían a ser los mismos. Él ya no era el mismo que había llegado allí. El mismo joven idealista que se había enlistado en el ejército para proteger a las personas de su país. No, aquel era el asesino que había matado sus ideales junto con un número de personas que ya no podía contar y la sola idea le aterraba. Había llegado joven, y había envejecido siglos allí y eso empezaba a verse también en su aspecto y el de todos los demás que aún quedaran vivos entre ellos.

Ella, a su lado, lucía demasiado más avejentada de lo que realmente debería. Con sus ojos sin brillo y el abismo que se extendía bajo su –una vez, lúcida- mirada caoba y su cabello quebradizo y rubio que ya no lucía tan brillante como una vez lo había hecho. Manos ásperas y tierra bajo las uñas y aún cuando Riza nunca había sido como las demás mujeres que había encontrado en su vida, preocupándose por cosas tan triviales, tampoco podía decir que continuara siendo –del todo- la misma que había conocido en aquella casa. No, estaban vacíos. Rotos. Y sin rumbo. Estaban perdidos y Roy lo sabía. El camino que había trazado para sí mismo se había borroneado con el comienzo de aquella guerra y ella se había perdido en la senda con él. Pero estaba con él –como Hughes-, y eso era todo lo que contaba.

E inclinándose, sin previo aviso alguno y tomándola desprevenida en el proceso, la besó. Como había querido hacer todos esos años atrás. Todos esos años durante su aprendizaje. La besó porque simplemente no hacerlo parecía una terrible idea al momento y considerando que mañana podría estar muerta, o él podría estarlo, y ya había acumulado demasiados arrepentimientos allí en Ishbal para añadir otro a la lista. Y si, podría ser un error, o inapropiado o todas las categorías que estaba seguro ella encontraría después para categorizar aquello pero ya estaban condenados de todas formas. Y una brecha, una grieta, en el protocolo no podía ser peor que asesinar a miles de inocentes. Peor que romper su juramento de proteger a su gente matándola con sus propias manos. No, nada podía ser peor. Y al momento, nada podía ser mejor que lo que estaba haciendo.

Así que simplemente se inclinó un poco más y volvió a besarla, sintiéndola tensarse inicialmente, atrapando entre sus labios el labio superior de ella y oprimiéndolo suavemente, para luego deslizarse a hacer lo mismo con el inferior sin arrancar –en ningún momento- su boca de la de ella. Presionándose una y otra vez contra sus labios, una y otra vez, con besos suaves y cada vez más urgentes. Cada vez más seguidos, disminuyendo la posibilidad de atrapar una bocanada de aire entre uno y otro. Precipitando mutuamente sus respiraciones a cortos y secos jadeos. El aire entre sus bocas condensándose a causa del frío nocturno.

Era el peor lugar para estar haciendo aquello, y el peor momento, y aún con todo la lógica fallaba para encontrar razones lo suficientemente fuertes para no hacerlo de todas formas. No, no era ideal, no era como las cosas se suponían que fueran –pero habían aprendido que rara vez lo eran- y podían enumerar un sinfín de motivos más para arrancarse allí y ahora el uno del otro y seguir su camino. Pero aún entonces no podía obligarse a sí mismo a hacerlo, y ella tampoco. Ella lo mantenía vivo y él era la razón por la que ella estaba allí en primer lugar, poniendo su vida en la línea como lo estaba haciendo, y él quería –si tan solo por un instante- mostrarle lo mucho que su mera presencia había hecho por él para que pudiera seguir avanzando hacia delante. A pesar de no saber hacia adónde estaba avanzando actualmente.

Así que simplemente continuó besándola, labios agrietados y secos y besos de desierto y puntas de los dedos frías contra nucas encendidas. Allí donde su piel ardía, los dedos de ella se sentían aún más nítidos que nunca. Fríos. Y ásperos, y ahora sus labios estaban ásperos también y nada de todo aquello podría importarles menos. Estaban cansados, a penas sobreviviendo y aferrándose el uno al otro para no desmoronarse. Estaban vivos, a pesar de que ya no lo parecían, y por primera vez en días sintiendo que lo estaban. Sintiendo algo, fuera lo que fuera que estuvieran sintiendo, y ninguno de los dos podía resignarse a la mera impresión de sentir, de hecho, algo. No, no querían resignarse tampoco. No quería dejarla ir, no esa noche. No el día siguiente. No quería verla morir como basura al costado del camino. Ella merecía más, mucho más, que besos trémulos y polvorientos y arena sucia contra su espalda pero eso era todo con lo que tendrían que conformarse de momento. Y todo lo que quizá tendrían también. Así que no se apartó. Ni siquiera movió un músculo o se arrancó lo suficiente cuando la vio desabotonarse el primer botón de su chaqueta militar con sus propias manos. Sus dedos firmes, sin temblar. A diferencia de aquella vez. Pero sus dedos ahora no temblaban, no vacilaban, no después de tanto jalar el gatillo. Una y otra, y otra vez. No después de dar tantas veces en el blanco. Ya no lo hacían más.

Esa vez, por otro lado, lo habían hecho. No... pienso que es un sueño maravilloso... —Mustang-san... Ese sueño... ¿Puedo confiarle mi espalda a ello? ¿Está bien creer en un futuro donde todos puedan ser felices...?

Si, lo recordaba perfectamente, porque simplemente no había sabido qué decir a ello. Qué responder a su pregunta. Ahora, por otro lado, sabía la respuesta perfectamente pero ya era demasiado tarde para que importara. No, ya no importaba. Ya todo había sido dicho y hecho y no quedaba más que hablar del tema. La respuesta habría sido no, sin duda alguna –y el olor a podredumbre y cuerpos quemados en el aire era prueba irrefutable de aquello- si tan solo la hubiera tenido al momento. Si tan solo lo hubiera sabido a tiempo. Pero había sido ingenuo, e inocente e incluso algo ambicioso y se había dejado llevar por ese entusiasmo que había tenido de joven y que había perdido tan solo tres años después en la guerra. Y se había dejado guiar, por ella, a un pequeño cuarto de la casa y la había observado detenerse en seco. Dándole la espalda. Al momento, tampoco había comprendido.

Pero ella solo había caminado hasta la ventana, silenciosa, y había cerrado suavemente las cortinas. Y luego había permanecido unos segundos más, sumida en sí, hasta que había susurrado en voz baja una única petición —Por favor, Mustang-san... cierre la puerta —sus hombros temblando ligeramente.

Asintiendo, a pesar de que ella estaba de espaldas a él y no podía verlo realmente, había hecho caso a su petición sin siquiera cuestionar sus motivos. Aún cuando la sola acción le hubiera parecido inútil, fútil, y lo había hecho, dado que no había nadie más allí en la casa con ellos. No, Berthold Hawkeye había muerto, ese mismo día había sido su entierro, y nadie más habitaría allí salvo ella. Si es que ella optaba por quedarse allí de todas formas. No lo sabía, por supuesto, pero suponía que el lugar no guardaba tantos buenos recuerdos como para que Riza le tuviera estima alguna a la vieja y desvencijada casa que amenazaba con desmoronarse en cualquier momento. Así hubiera nacido allí, y habitado –porque vivido no era la palabra- en ella por un largo período de tiempo, Roy sabía que ella no era ni nunca había sido del tipo particularmente sentimental con ese tipo de cosas. Por lo que su suposición había sido que no, y aparentemente había estado en lo cierto. Riza Hawkeye se había marchado poco después.

—La investigación de mi padre... —había susurrado finalmente, bajando la mirada, perfilando la cabeza hacia el suelo y aún cuando no había visto sus manos al principio Roy podría jurar que éstas estaban temblando también— él pensó que sería un problema si la investigación de su vida desapareciera o fuera tomada por un forastero... Si... un problema... —había repetido con ironía. Y los ojos negros de él se habían abierto ligeramente al verla deslizarse lentamente el abrigo negro, que había llevado hasta el momento, por sus hombros y hacia abajo. Haciendo resbalar cuidadosamente la tela contra su tersa piel desnuda, y hasta dejarla caer al suelo y tras sus pies con un sonido sordo. Conteniendo un jadeo de sorpresa, y probablemente de algo más que al momento había decidido ignorar por completo, había observado las marcas perfectamente tatuadas en su espalda.

No, había permanecido inmóvil, completamente inmóvil y de pie en medio de la pequeña habitación tenuemente iluminada con sus orbes del color del carbón clavados en la nuca de ella, al principio. Observando la forma en que los cabellos cortos dorados se enroscaban suave y delicadamente contra su cuello, contra su piel. Brillando sutilmente a causa de la claridad del sol que se filtraba aún a través de la cortina cerrada, mientras que en medio comenzaba a descender su columna trazando una línea vertical imaginaria que atravesaba todos los trazos perfectamente delineados sobre la espalda de ella y hasta perderse bajo la cintura de la falda negra que había usado para el funeral.

Dando un paso hacia ella, y extendiendo sus dedos, había descansado las yemas de éstos por un instante en la más baja de sus vértebras cervicales, sintiendo la pequeña protuberancia ósea bajo la piel y sintiéndola a Riza tensarse en el instante en que sus dedos habían entrado en contacto con ella. Sus codos presionados contra sus costados, firmemente, antebrazos cubriendo su modestia. Y aún con todo, aún con la ligera curvatura de la espalda de ella hacia delante y aún con el esfuerzo de cubrirse por completo la ligera curva que nacía con el nacimiento de sus pechos a ambos costados –bajo los brazos- había quedado expuesta a los ojos de él. Sin embargo, había intentado no detenerse demasiado en el hecho. Así como había intentado no observar su curvilínea silueta o la forma de su espalda o las líneas que sus omóplatos trazaban sobre ésta. Así como había obviado el hecho de que su cintura era considerablemente más pequeña de lo que él mismo había logrado concluir mediante observaciones cotidianas.

Y ella había permanecido inmóvil también, y temblando ligeramente cuando sus dedos habían comenzado a trazar las líneas de su espalda desnuda. Dibujando el círculo de trasmutación que su padre había forzado sobre su piel con tinta y alquimia mientras lo oía murmurar cosas para sí mismo. Sus dedos deteniéndose aquí y allá para enfatizar alguna idea que estuviera teniendo o conocimiento que estuviera intentando absorber de todo aquello. Riza lo había visto también, el círculo y la caligrafía de su padre y las serpientes entrelazadas y la salamandra pero había sido incapaz de verlo completamente y memorizarlo para él. Así que simplemente había decidido entregarle la información de la investigación de su padre tal como le había sido "transmitida" a ella, para que él la evaluara e hiciera buen uso de ella. El uso que él había dicho que haría, de tenerla en posesión.

Así que simplemente había inhalado hondo y había aguardado a que él terminara la inspección de su piel, de su espalda, mientras que cerrando los ojos había intentado recordar y almacenar cada toque, cada curva que sus dedos trazaban, cada círculo y triángulo y cada trazo para poder memorizar la mayor parte de él ella también. Para poder memorizar el tatuaje que era parte de ella ahora también y para poder recordarlo a él antes de que volviera de regreso a la milicia. Porque lo sabía, Roy se marcharía tras aquello y las probabilidades de que volviera a verlo serían próximas a nulas. Aún cuando él le hubiera otorgado su tarjeta en caso de emergencias.

Y ella quedaría sola. Otra vez, como había estado antes de que él arribara a su casa y se convirtiera en el aprendiz del cascarón vacío en que se había convertido su padre. Y aún cuando supiera que podría arreglarse perfectamente por su cuenta, como había hecho antes de que él llegara y como continuaría haciendo una vez que se marchara, la idea no resultaba tan atractiva. No, ella no tenía nada allí. Nadie tampoco. Ningún lugar al que avanzar ni motivos por los que hacerlo. Él si, él tenía ambiciones, sueños e ideales. Él tenía una visión del mundo y por un instante había podido imaginarse a ella misma haciendo lo mismo. Siguiendo un camino similar. Deseando tener ideales similares, aunque los que él tenía ella ya los compartía mayoritariamente, siempre lo había hecho. Deseando tener una idea tan clara de hacia adónde avanzar. Deseando poder ser parte de la construcción de ese mundo que él ansiaba crear, de ese país que él ansiaba construir para todo Amestris.

Sus ojos caoba se habían abierto ligeramente cuando el abrigo largo y pesado de Roy le había cubierto los hombros, las manos anchas de él descansando sobre éstos unos instantes —Esto es todo, ¿cierto?

Riza había asentido silenciosamente, aferrando la prenda que él había depositado sobre sus hombros firmemente y cerrándola de forma que cubriera por completo su desnudez —Eso dijo mi padre.

—Él... —su voz estrangulada.

Y al instante comprendió la pregunta que había sido incapaz de formular, dado que sus manos se habían tornado en puños ahora —Sí... ésta es la forma en que dejó su investigación, Mustang-san... Él dijo que ningún alquimista promedio sería capaz de descifrarla...

Asintiendo secamente, había susurrado —Gracias —y ella solo había sonreído cansinamente y hecho un gesto afirmativo con la cabeza también; pero Roy sabía que la palabra no abarcaba ni la mitad de lo que tendría que haber dicho en una ocasión similar. No, no había palabras inventadas que pudieran haberse utilizado en una situación similar y él lo sabía. Lo había sabido entonces y aún lo sabía. Pero algo había debido decir y "gracias" había parecido lo más apropiado y próximo.

Inclinando pesadamente su cabeza hacia delante, depositó un beso suave sobre la más baja de sus vértebras cervicales –la misma sobre la que había posado por primera vez sus dedos aquella vez-, sintiéndola relajarse contra sus brazos desnudos. Su espalda, desnuda una vez más a sus ojos, presionada nuevamente contra su pecho. Solo que ésta vez, ahora en Ishbal, sus ojos no se habían detenido siquiera una vez en el tatuaje. En vez de eso, había intentado memorizar cada curva y ángulo de su cuerpo, cada centímetro de piel sudada y cálida presionada contra la de él y cada respiración entrecortada que escapaba de sus abultados e hinchados labios como si fuera la última cosa que fuera a oír en su vida. No lo descartaba. Pero de momento no podía importarle menos. Así que simplemente cerró sus ojos y besó su hombro derecho, sintiéndola removerse entre sus piernas y entre sus brazos —¿Qué sucede? —si, sabía que la intimidad del momento duraría lo que una bala en su rifle y aún así había deseado que lo hiciera.

—Alguien puede venir, esto no... —susurró, señalando sus estados y la obvia conclusión a la que cualquiera arribaría de verlos como podrían hacerlo si ingresaban a la tienda de campaña en ese preciso momento. No estarían equivocados tampoco, pero ella no podía permitir que algo así pudiera perjudicarlo. Por lo que había oído, las probabilidades de una promoción para él eran altas y aquello –fuera lo que hubiera sido- no era algo que ayudaría a su caso.

Aún así, Roy solo se acomodó más cómodamente en un rincón –con ella aún sentada de espaldas a él entre sus piernas y aferrada contra él por sus brazos- y cubrió a ambos con una manta. Descansando su cabeza en uno de los hombros de ella. Estaba cansado, exhausto inclusive, y por primera vez en días –meses quizá- había sentido que sus nervios aún estaban vivos. Que él aún estaba vivo y era capaz de sentir algo del cuello para abajo que no fuera la inercia de sus movimientos. Algo. Pero eso parecía poco y si tuviera que describir las sensaciones no creía que hubiera adjetivos existentes que pudieran proveerle lo suficiente para describirlas. No, pero suponía que podría decir algunas cosas al respecto.

Como el hecho de que sus besos habían sabido a aridez y pólvora y su piel contra la de él había resultado inicialmente dolorosa a causa de la fricción de la arena y aún entonces no había sido capaz de arrancarse de ella. Se había aferrado con todas sus fuerzas, dedos enterrándose entre los granos bajo ella mientras su boca había robado un suspiro tras otro y la había sentido aferrarse firmemente contra él también. Brazos alrededor de su cuello y dedos enredados en su negro cabello mientras su cabeza había caído hacia atrás dándole mejor acceso a su cuello. Y había enterrado su rostro allí, ocultando efectivamente las contorsiones de sus músculos faciales a la par que la había sentido arañar su espalda desesperadamente antes de detenerse y ceder. Terminando efectivamente también con el frenesí. Pero dejando en él la sensación de que cada terminación nerviosa de su cuerpo había sido enervada al mero contacto con ella, por primera vez en lo que parecía siglos. Y cuando Hawkeye lo tocaba, aún podía sentirlo. La sensación de su piel contra la de ella. El ahora más calmo movimiento de su espalda, a causa de la respiración, contra su pecho. El pulso borboteando por sus venas. Su propio pulso, desbordando por las suyas. Cosas que no daría por sentado jamás.

—Mayor...

Roy cerró los ojos, su flequillo negro adhiriéndose a su sudada frente —Soldado —la interrumpió, sabiendo de antemano qué diría. No quería moverse, no aún, aún cuando debieran hacerlo. No quería dejar de sentir. Fuera lo que fuera que aquello fuera porque no se atrevería a decir amor en un lugar como aquel. No, algo así no podía existir en el campo de batalla pero era lo más cercano que probablemente hallarían en un lugar así y estaba bien. Ella tampoco creía que se tratara de algo así, de todas formas. Solo estaban sobreviviendo, resistiendo. Eso era todo— ¿cree en la absolución?

Después de todo, una vez que se levantaran y volvieran a luchar, se convertirían nuevamente en armas. Monstruos, algunos los llamaban –y probablemente con razón-, criaturas desalmadas. Pero aunque no creía realmente que algún día pudieran ser perdonados por lo que estaban haciendo allí, quería creerlo. Aún así, no podía. Y no podía mentirle a él tampoco —No, no lo creo.

—Si... eso supuse —murmuró él a su pesar, besándose su coronilla. Riza cerró los ojos. Estaba cansada de ver, de observar la violencia allí donde fuera. Y estaba cansada de forzarse a sí misma a ver cómo morían las personas que ella asesinaba. Si... estaba cansada y en ese momento solo quería hacer uso de sus otros sentidos. No ver. Simplemente no podía ver la expresión de decepción en los ojos negros de él.

Si, quería creerlo pero sin importar cuánto arrepentimiento hubiera en ellos, nunca sería suficiente. El arrepentimiento no podía revivir a los muertos, la alquimia no podía hacerlo y ningún Dios podía hacerlo tampoco. Los muertos permanecían muertos y la sangre en sus manos nunca desaparecería sin importar cuantas veces lavaran sus manos –figurativa y literalmente- y ella no pretendería que sus acciones allí no tenían consecuencias porque las tenían y las tendrían.

—Solo soy realista —susurró, encogiéndose aún más contra él—. Sin embargo, creo en hacer algo con las consecuencias de nuestras acciones.

Roy sonrió de lado y depositó un beso sobre su hombro desnudo, luego otro. Cerrando también los ojos y aferrándola aún más contra él —Ah... eso me recuerda... Hughes dijo algo similar...

Riza asintió calmamente, apoyando su mentón sobre uno de los fibrosos antebrazos de él —El capitán Hughes parece ser una persona inteligente —aún cuando lo había visto en pocas ocasiones, podía inferir aquello.

El moreno presionó sus labios en el punto exacto bajo su oreja, tomándose todo su tiempo para despegarlos nuevamente de allí —En ocasiones, demasiado para su propio bien. Algún día toda esa curiosidad y agudeza lo meterán en problemas. Por otro lado, puede ser un hombre considerablemente irritable también, soldado. Se lo advierto... si empieza a hablar de Gracia... huya en la dirección opuesta. Se estará haciendo un favor.

Ella, aún a pesar de todo, no pudo evitar sonreír cansinamente —¿Gracia?

Roy asintió, continuando besándola aquí y allá donde su cuerpo lo permitía y donde estaba al alcance —La mujer que lo aguarda en Central —la sintió tensarse. El semblante de ella ahora oculto de la vista de él.

—¿Y tú?

Desconcertado parpadeó —¿Yo qué?

Riza perfiló su semblante hacia el suelo. No lo había considerado, no hasta el momento pero Roy bien podía tener alguien aguardando su regreso también. Que ella no lo tuviera, no significaba que él no fuera a tener una mujer esperándolo también. No le sorprendería, por otro lado. Aún entonces, estando en su casa y siendo el discípulo de su padre, su interés hacia las mujeres había sido abierto y obvio. E incluso, en ocasiones, lo había visto "obrar" su carisma sobre ellas, cuando alguna se cruzaba en su camino —¿Tienes alguien aguardando?

Él soltó un bufido de indignación —Me conoces ¿Qué clase de hombre crees que soy? —hizo una pausa—. Está bien... —concedió— eso no hace justicia a mi caso. Aún así, no. Nadie me espera, salvo Madame Christmas... supongo... —sonrió arrogantemente—. ¿Celosa, soldado?

Riza frunció el entrecejo. Oh, recordaba esa sonrisa arrogante y egocéntrica que había visto en el pasado solo que hacía demasiado tiempo que había sido capaz de vislumbrarla y aún entonces no era igual. No, la sonrisa no llegaba a los ojos y había algo que no estaba del todo bien con ella pero era un alivio saber que aún quedaba algo de él, algo del niño –porque eso habían sido, niños. Ahora lo sabía- que había llegado a su casa para convertirse en el discípulo de su padre, todos esos años atrás. Aún quedaba algo del hombre de los ideales y aún estaba vivo bajo todo aquello. Se relajó visiblemente, por un tiempo había creído que ese hombre había muerto. Ese había sido su principal temor tras volverlo a ver, allí –en aquella condenada guerra-, que él hubiera perdido su camino de forma que jamás pudiera regresar a él. Pero eso no había sucedido. No... tal no era el caso y el alivio empezaba a mostrarse en su rostro. Había creído que tal vez había cometido un error al seguirlo hasta allí, en sus ambiciones. Ahora sabía que no. No, ahora estaba segura que no.

—No veo motivos para estarlo, Mayor. No. ¿Usted? —sonrió calmamente. Aunque su semblante permanecía mayoritariamente serio.

Ahora el que frunció el entrecejo fue él. La Riza que él recordaba siempre había sido directa y franca, brutalmente inclusive, de ser necesario y podía ver que esas características de ella permanecían intactas. Sin embargo, no recordaba que fuera tan mordaz y menos aún con él. Aunque, por otro lado, las circunstancias habían cambiado y suponía que dada la situación en la que estaban de momento ella podía tomarse el atrevimiento de hacer una refutación de ese estilo. Además, él se lo había buscado. Roy lo sabía —Supongo que no —concedió, sonriendo débilmente y besando su cuello suavemente y hacia la línea de su mandíbula. Cuando ella se volteó, aprovechó la oportunidad para atrapar los labios de ella con los suyos.

—Esa fue una táctica baja —le reprochó, severa, pero con las comisuras de la boca ligeramente curvadas hacia arriba. Sus ojos cerrándose y su boca devolviendo el gesto.

Él sonrió de lado y volvió a besarla —"La milicia debe valorar la prontitud" —recitó de memoria, recordando una frase particular de un libro llamado "El arte de la guerra" que habían debido leer en la academia—, eso significa que en batalla uno debe actuar rápido y terminar con el oponente rápidamente, soldado.

Riza frunció el entrecejo una vez más —Estoy segura que no se referían a esto, Mayor.

Roy fingió parecer sorprendido —¿No? Oh, bueno... Supongo que tiene razón, soldado. De todas formas, ¿no le agrada que mis habilidades puedan ser aplicadas en varios ámbitos? —susurró, besándola una vez más sobre el hombro desnudo. Sus ojos descendiendo por su espalda tatuada. Su expresión relajada tornándose en una mueca. Sus habilidades... ellas habían sido las que habían convertido a Ishbal en un infierno. Y esas habilidades estaban tatuadas en su espalda, y él ni siquiera había sabido cuándo había sucedido pero la expresión que ella había hecho cuando había reparado aquella salamandra en su casa era algo que Roy nunca había olvidado. Una ironía, una terrible ironía.

Riza lo observó por encima de su hombro y soltó un suspiro —Por favor, no se culpe por mis decisiones. Estoy aquí por voluntad propia.

Roy apoyó su frente contra la coronilla de ella, sus dedos trazando el tatuaje a la altura de los omóplatos y descendiendo lenta y progresivamente —Pero esto no fue decisión tuya. Todo esto... —susurró, dibujando la salamandra con su dedo índice— todo lo sucedido aquí.

Calmamente negó con la cabeza —No. No lo fue. Aún así, ésta es la carga que me fue dada por mi padre y es algo con lo que yo debo cargar ahora. Así como el peso de todas las vidas que tomé aquí.

Él asintió —¿Qué harás después de esto?

Sus párpados descendieron parcialmente, su expresión distante y pensativa —No lo sé —pero estaba segura que no podría volver a ser algo por fuera de lo que ya se había convertido. No, no sabía que haría aún pero dejar la milicia ni siquiera parecía una opción al momento. Nunca lo había parecido, aún en los segundos que más había odiado todo aquello—. ¿Tú?

Roy apoyó su mentón en el hombro de ella —Pensé que sería feliz si podía convertirme en un pilar de éste país, proteger a las personas pero ahora veo que quizá deba aspirar a ser algo más que sólo un pilar para lograr mis objetivos. Si... estar donde estoy solo ocasionó dolor y muerte.

Riza asintió silenciosamente, cerrando sus ojos y resintiendo el cansancio que se estaba apoderando de su cuerpo. Él también lo estaba sintiendo, porque simplemente se acomodó más adecuadamente y tiró su cabeza hacia atrás, apoyándola contra uno de los caños de la estructura que sostenía la tienda de campaña mientras que con sus brazos la acomodó a ella contra su pecho. Su cabeza abajo del mentón de él —Descanse, soldado. Esto aún no termina...

Ella volvió a hacer un gesto afirmativo con la cabeza, con pesar —Si, señor —y sin decir más cerró los ojos. No tenían demasiado tiempo, demasiado tiempo para nada y en tan solo una hora deberían prepararse y regresar a sus deberes de soldados. Él se convertiría en el alquimista de la flama y ella en el "ojo de halcón" y ambos retomarían sus deberes en el frente de batalla. Pero, de momento, no quería pensar.

Por primera vez en mucho tiempo, desde que había llegado allí, se había vuelto a sentir viva. Se había vuelto a sentir humana. Más de lo que probablemente jamás se había sentido antes.

Si... ahora comprendía que era únicamente humana, más humana que nunca.