Más allá de los sueños,
me descubro de pie,
saludando al mañana.
Un cálido viento
acaricia mi rostro
y mis brazos se abren,
dispuestos a atrapar
la felicidad.

La tarde del sábado Portia miró sus pies, calzados con sandalias suaves de suelas blandas y se dijo, con filosofía, que al menos podía intentarlo.

─¡Auch! ─exclamó Albert, dirigiéndole una mirada resentida al tiempo que encogía la pierna en un acto reflejo─. Eso dolió.

─Me alegro, señor Col ─replicó Portia, haciendo un mohín y poniendo los brazos en jarras. Estaba en el proceso de respirar profundo para soltarle de corrido unas cuantas recriminaciones, cuando se percató de lo que acababa de decir.

─Así que era una col ─respondió Albert, con los ojos chispeantes de diversión─. Me preguntaba cuál vegetal habías escogido. La mayoría son desagradables, así que no intenté adivinar.

─¿Lo sabías? ─Portia formuló la pregunta sin siquera preocuparse por sus orejas: lo más probable es que para esos momentos ya estuvieran como la grana y su cara también.

─Bueno, es que arrugaste la nariz en una forma que sólo una verdura puede ser la culpable ─dijo Albert, encogiéndose de hombros en un gesto cargado de arrogancia, pero tan distinguido al mismo tiempo que Portia recordó inmediatamente a Sarah Legan. Eso la hizo sonreír. De alguna forma era una confirmación más de que no estaba soñando. A pesar de haber pasado casi tres horas en aquella mansión fabulosa, comiendo deliciosas hamburguesas y siendo presentada a tantas personas y mascotas que ni siquiera los nombres podía recordar, todavía no se acababa de creer que en verdad Albert fuera el mismo hombre cuyo rostro había aparecido por la mañana en todos los noticieros concediendo la primera conferencia de prensa de su gestión.

De haber sabido que la col poseía un título nobiliario, habría elegido mejor una alcachofa. Sabían horrible, pero al menos tenían un aspecto distinguido.

Sir alcachofa.

─¿En que piensas, señorita San Juan? ─la voz de Albert llegó acompañada de una ráfaga de brisa, y se convirtió en una caricia sutil que provocó un escalofrío en Portia. En ese momento los dos caminaban por sobre el puente que cruzaba el lago del Hollenbeck, en dirección opuesta a Llorón. Estaba atardeciendo y el viento marino había comenzado a soplar desde la costa.

─No puedo negar que pienso en ti ─replicó Portia, encogiendo los hombros─. ¿Cómo es que, después de tantas cosas que ocurrieron entre la tarde de ayer y la mañana de hoy, tuviste la presencia de ánimo suficiente para cocinar hamburguesas para más de un ciento de personas? Eso es un don.

─Más que un don es tener claras las cosas que son importantes. Eso decía mi padre ─respondió Albert y Portia tuvo la sensación, al verlo detenerse y reclinarse sobre el barandal del puente, que de repente se encontraba a miles de kilómetros de ahí.

─¿Y siempre va a ser así? Quiero decir...

─¿Siempre estaré solo? ¿Aislado en una mansión fortificada, a una milla de distancia de mi vecino más cercano? ¿Obligado a cocinar hamburguesas después de un duro día de trabajo y de pasar una noche en vela resolviendo vía telefónica una crisis en Grecia y otra en Brasil para evitar que las acciones de diez empresas se desplomen? ─preguntó Albert, mirando a Portia de una manera intensa, perturbadora.

─No. No iba a decir eso; pero también es una buena pregunta.

─Esa es mi vida Portia ─dijo Albert con naturalidad─, y la vida tienes que vivirla como viene, sin hacer demasiadas preguntas y tratando de encontrar un equilibrio entre lo que realmente deseas hacer y lo que debes hacer aunque no quieras.

─¿Por eso has andado perdido estos días en el lado Este? ¿Intentabas encontrar ese equilibrio? ─preguntó Portia, intrigada por la expresión de Albert.

Albert permaneció en silencio por un par de minutos, contemplando el agua, evidentemente reflexionando en la respuesta que daría y mientras tanto, Portia lo miró con detenimiento, quizás por primera vez desde que se habían encontrado y reconoció en aquellos rasgos relajados el mismo poder y determinación que había visto en el hombre de la fotografía.

Millonario o corredor, amante de los patos o accionista mayoritario de una prestigiada corporación, vestido con traje deportivo Nike o con un elegante traje casual, Albert era Albert.

Siempre.

─No sé porqué vine aquí ─respondió Albert en ese momento─. Al menos hasta ayer no lo sabía. Sólo sabía que deseaba dejar de ver mansiones fortificadas por un rato. Aunque amo a mi hermana y a mi hermanastra estaba un poco harto de recorrer todos los días el mismo camino para llegar a la corporación. Hace ya mucho tiempo, una tarde especialmente pesada, le concedí un rato libre a mi chofer y salí a conducir por la ciudad. El GPS se descompuso y me perdí, así que tuve que hacer muchas preguntas para poder encontrar el camino. Iba cruzando sobre el puente del freeway cuando vi este parque, que me recordó el sitio donde viví de niño. Bajé del freeway en la siguiente salida y conduje hasta aquí para pasear un rato. Mientras caminaba por el sendero, llegué a la parte bajo el puente y entonces ocurrió algo que me hizo pensar que un cambio no estaría mal, después de todo nadie sabía quién era yo. Podía vivir cerca de aquí y tomar el metro los días que fueran necesarios para ir y venir hasta la corporación. Aún así tardé varios meses en resolver lo necesario para mudarme, pero cuando lo hice fue más sencillo de lo que creía: me tomó un par de clicks encontrar un departamento de alquiler recién remodelado en la calle dos. Pagué el contrato por un año y traje cambios completos para una semana más dos de repuesto. Luego, avisé a George y Sarah sobre mis planes y casi les provoco una apoplejía. George se tranquilizó cuando acepté tener un custodio y Sarah cuando le prometí solemnemente nunca comprar ropa en rebajas.

─¿Y Rose? ─preguntó Portia, fascinada con lo que Albert estaba contándole y a punto de echarse a reír al escuchar lo que casi había pasado con George y Sarah.

─Rose me dio su bendición, una enorme caja de plástico llena de productos de limpieza y una lista de medidas higiénicas; incluso me compró uno de esos botiquines portátiles. Y la primera vez que Anthony y Bola de Pelos vinieron a dormir conmigo envió un equipo de mucamas a desinfectar cada rincón del departamento.

Bola de Pelos era un travieso san Bernardo que Portia acababa de conocer durante la comida. El perro era la mascota de Anthony, el hijo de Rosemary. Albert le había explicado a Portia que su nombre original había sido Igor, pero como Rosemary siempre le decía Bola de Pelos, Igor y el resto de personas que lo conocían, habían acabado por creer que así se llamaba.

─¿Y las deportivas Nike? ─preguntó Portia, inevitablemente.

─Eso fue idea de Sarah ─respondió Albert, sonriendo─. Dijo que podía soportar cualquier cosa, incluso que viajara en metro; pero que no toleraría verme vestido con ropa de los bazares. Así que adquirió para mí lo que ella consideró un guardarropa decente y barato.

Portia se echó a reír.

─¡Perdón, señor Albert! Es sólo que imagino perfectamente la cara que debe haber puesto Sarah cuando les dijiste que te mudarías de rumbo.

─La cara de Sarah nunca cambia ─dijo Albert con ligera indiferencia, y de nuevo guardó silencio, permaneciendo pensativo.

─Equilibrio ─dijo Portia, recordando de pronto lo que deseaba preguntar a Albert─. ¿Sabes sir William? Hace rato, en el jardín de tu hermana, mientras estaba colocando catsup a los hot-dogs, de pronto tuve la sensación de que todas esas personas te consideraban responsable de sus destinos. Te tratan como si fueras un venerable anciano de ochenta años o más que tuviera la respuesta para todos los problemas que los aquejan. Es sorprendente la forma en que confían en ti y lo que quería saber era si siempre había sido de esa manera y cómo te hace sentir eso.

─Respuesta difícil ─replicó Albert y Portia pudo notar que su pregunta había tocado una o varias fibras sensibles, porque los rasgos de Albert se tornaron duros como el granito y su expresión se ensombreció.

─No tienes qué contestar si no lo deseas, sir Albert, después de todo es simple curiosidad ─dijo Portia, reclinándose de espaldas contra el barandal al lado de Albert, e inclinándose hacia un lado para encontrar aquella mirada azul, que en esos momentos lucía un tono extremadamente oscuro.

─Cuando yo nací mi madre murió ─comenzó a relatar Albert en un tono profundo y lento que a Portia le pareció muy solemne─. A pesar del dolor que ese suceso trajo a la familia, yo crecí sabiendo que mi nacimiento había sido considerado una gran bendición por un gran número de personas, muchas de las cuales aún hoy día no conozco en persona. Me educaron con el conocimiento de que mi vida estaría destinada a una gran responsabilidad. Me formaron en la conciencia de que cada decisión mía era importante, de que elegir jamón en vez de pollo para el desayuno podía desencadenar una debacle a nivel macroeconómico ─dijo, repitiendo las mismas palabras que Portia dijera días atrás─. Pero, la lección más importante que me tocó aprender en la vida, es que todas esas cosas son secundarias a la luz de lo único que verdaderamente importa.

─¿Y qué es lo importante? ─fue la obvia pregunta de Portia.

Por un minuto, Albert guardó silencio, todavía perdido en sus reflexiones. Después, se irguió y en un movimiento se acercó a Portia, atrapándola entre el barandal y su cuerpo.

─Lo importante, es esto ─dijo. Y la besó.

El beso fue inesperado e intenso, como el rayo que cae cobijado por un fuerte viento desde un cielo nublado antes de que comience una tormenta, y se prolongó por interminables momentos durante los cuales, para Portia, no existió más universo que los fuertes brazos que la mantenían cautiva. Los labios de Albert, cálidos y dulces, obraron magia en su corazón, encendiendo una flama que fue creciendo con cada roce, hasta convertirse en una hoguera que, Portia supo, no se extinguiría mientras viviese.

Amaba a ese hombre, ahora lo sabía.

Amaba a una alcachofa con título nobiliario que hablaba con los patos y tenía talento para improvisar servicios de mensajería. Amaba a un loco que traía a cuestas veinte docenas de parientes, tan inútiles que ni siquiera sabían cocinar hamburguesas. Amaba a un hombre tan ocupado como el mismísimo presidente de los Estados Unidos pero que tenía tiempo para encontrar la forma de ir de pic-nic a una isleta en medio de un parque.

Lo amaba.

¡Lo amaba!

─Portia... -murmuró Albert tras finalizar aquel beso, cuando pudo volver a respirar con normalidad─. Portia yo...¡Auch! ─exclamó, al sentir un fino pellizco en la piel de su antebrazo derecho.

─Eso fue por dejar de besarme ─replicó Portia.

─Te amo, señorita San Juan ─dijo Albert con voz ligeramente ronca, al tiempo que acariciaba su rostro con una mano─. Creo que te amé desde la primera vez que te ví debajo del puente.

─¿Qué? ─preguntó Portia, sintiendo que se había perdido una parte importante de la historia.

─Que te amo ─replicó Albert, dándole un tierno beso en la frente.

─No, eso no, lo otro ─respondió Portia, concentrada en recordar el pasado─. ¿Cómo que me viste debajo del puente?

Albert se echó a reír, al tiempo que alzaba en brazos a Portia y giraba con ella un par de veces. Luego, conservándola en sus brazos, hizo un gesto en dirección al puente del freeway.

─El día en que vine por primera vez al Hollenbeck caminé por el sendero en dirección al puente y tu cruzaste delante mío. Vestías un traje sastre negro y traías un enorme bolso del mismo color; pensé que serías alguna ejecutiva que vivía por el rumbo. Me llamaste la atención porque al verte pasar noté que llorabas. Fue por eso que decidí seguirte, sin embargo, no encontré la manera de hablarte. Al llegar a la parte del sendero que cruza por debajo te detuviste de improviso, cerraste los ojos por un buen rato y después los abriste y comenzaste a caminar, muy despacio y mirando todo el tiempo hacia arriba. Luego, cuando terminaste de cruzar la parte techada, reanudaste la marcha normalmente, sin mirar atrás. Ibas sonriendo y la luz que te había rodeado mientras cruzabas, parecía haberse quedado contigo.

─El baño de estrellas ─respondió Portia, recordando el día exacto en que eso había ocurrido.

─¿Así lo llamas? ─preguntó Albert, genuinamente interesado.

─Mis padres murieron al mismo tiempo en un accidente, cuando se dirigían de emergencia al hospital. Aquel día mamá estaba sufriendo una amenaza de aborto, tenía seis meses de embarazo y esa era la primera vez, después de tenerme a mí, que había logrado concebir un bebé. Podría decirse que los perdí a ellos y a mi hermano el mismo día. Luego, nuestra casa fue vendida para pagar los gastos que no contemplaba el seguro y yo fui a Dallas a vivir con una hermana de mi padre; después, conseguí una beca que me trajo aquí a estudiar la universidad. Me gradué, conseguí un trabajo y la vida siguió su curso, hasta que un día especialmente difícil, en que creía que todo estaba perdido, llegué por casualidad hasta este parque. Nunca lo había visto antes porque no visitaba seguido el rumbo; sin embargo, tal como tú lo hiciste decidí recorrerlo y comencé a caminar, y mientras caminaba pensaba y mientras pensaba lloraba. Debí verme patética, pero no me importó; sólo quería que la tristeza me consumiera. Así, llegué hasta aquella parte sin fuerzas para continuar y me detuve sin saber muy bien qué hacer. Entonces me dí cuenta de que estaba rodeada de luz, los reflejos en el agua eran muy intensos a esa hora y se proyectaban también sobre la parte superior del puente. Pensé que era una de las imágenes más mágicas que había visto en mi vida. Aquel día se cumplían diez años de la muerte de mis padres y sentí que era como si Mamá y Papá me estuvieran tratando de decir que siempre estarían conmigo.

─¿Por eso vienes tan seguido? ─preguntó Albert, estrechándola con fuerza contra él.

─Me mudé por el rumbo hace unos meses ─respondió Portia─. Decidí que valía la pena cruzar media ciudad todos los días si podía visitar el parque en mis escasos ratos libres. Así, en mis peores momentos, siempre podía venir y tomar un baño de estrellas para animarme.

─Lo que hiciste me intrigó ─comenzó a decir Albert y, por su tono de voz, Portia presintió que lo que iba a escuchar era importante─. Así que resolví hacer lo mismo. Como tú, caminé hasta donde comenzaba la sombra y cerré los ojos alzando la cabeza para poder mirar hacia arriba, los abrí y entonces supe porqué lo hacías y también porqué caminabas muy despacio. Esas estrellas llenaron mi corazón de esperanza.

─La luz te atrapa ¿verdad? ─dijo Portia, sonriendo.

─Vine aquí porque deseaba verte de nuevo, Portia ─declaró Albert de pronto, cambiando el tema y regresando a la pregunta que ella le hiciera sobre el equilibrio─. Desde aquel día las estrellas te señalaron como mi camino, pero hasta ayer no lo había comprendido. No lo supe hasta anoche, cuando sonó el timbre del conmutador y escuché tu voz, diciendo esos disparates sobre Patomensajería Express y sobre si me interesaba una espada afilada para cortar cabezas.

─Lo siento ─se disculpó Portia─. Pero no quería que pensaras que estaba enfadada contigo, así que te llamé. No sabía qué decir ¿Ves? Fui sincera cuando dije que en realidad no me interesaba entrevistarte: no habría sabido qué preguntar. Lamento mucho lo de la fotografía; parece que hará las cosas más difíciles para tí a partir de ahora.

─No lo creo ─dijo Albert y su tono sonó tan sincero que Portia se quedó observándolo, intrigada─. Portia, mi amor, te puedo asegurar que nada de lo que he enfrentado en la vida ha sido tan difícil como las horas que pasaron desde que la fotografía salió publicada hasta el momento en que tu voz salió de ese bendito conmutador. Fue como regresar de la muerte a la vida.

─¿De verdad? ─preguntó Portia, ligeramente asombrada.

─Ayer fui a San Francisco ─comenzó a explicar Albert─, a solucionar una crisis con los trabajadores de un par de industrias. En general no me ocupo yo de casos así, pero George insistió en que, esta vez, debía acompañarlo. Cuando terminamos con todos los asuntos comprendí que, si me apuraba, podía regresar a tiempo de darte el recado personalmente. Lo malo de todo esto fue que abordé el helicóptero equivocado: el que tiene el emblema es el que utilizan George y Sarah. El piloto intentó advertirme, pero yo no venía de muy buen humor y le contesté que se limitara a traerme a Los Ángeles a toda velocidad... ─Albert hizo una pausa y Portia pudo ver que en su hermoso rostro se dibujaba una mueca irónica.

─¡No es cierto! ─exclamó Portia, sin poder creer lo que estaba escuchando.

─El helicóptero de George tiene un plan de vuelo distinto del mío y es costumbre de él y Sarah aterrizar en el aeropuerto en vez de hacerlo en el helipuerto del edificio de la corporación; cuestiones de la oficina de imagen y comunicación. Cuando me di cuenta era demasiado tarde para hacer nada, los reporteros estaban esperando para entrevistar a quien fuera. Ni siquiera me acerqué a ellos, pero la fotografía ya había sido tomada y el diario se apresuró a publicarla en un tiraje extraordinario que sumó a la edición vespertina. En el tiempo que me tomó llegar desde el aeropuerto a mi oficina en el penthouse todos se volvieron locos, así que no me quedó otro remedio que atrincherarme en mi pequeño despacho privado. Estaba furioso.

─Sarah dijo que lo estarías ─comentó Portia─. Dijo que no te tomabas a la ligera los cambios de planes, ni las fugas de información.

─Creo que no estás entendiendo nada, mi amor ─dijo Albert, con voz risueña─. Mi furia nada tenía que ver con ninguna fuga de información y, más que furia, era un miedo insano a perderte.

Un brillo especial, muy diferente, apareció en la mirada azul profundo de Albert, que permanecía fija sobre Portia.

─Cuando me enteré de que la foto había salido ya a circulación quise venir en seguida para explicártelo todo; pero George me convenció de que la idea no era buena. Las cosas se podían poner peores si algún paparazzi me seguía hasta aquí. Creo que ha sido la conversación telefónica más difícil que ha sostenido conmigo desde que nos conocemos. Si por él fuera habría viajado a través de la línea tan sólo para atarme a la silla y apretarme el cuello con el cable del teléfono.

─¡Con razón vino a hablar conmigo! ─comentó Portia─, y Sarah también.

─Sí, así es ─comentó Albert a su vez─. Aunque te aseguro que yo no se los pedí a ninguno de los dos.

─Cuando estás furioso no hablas con nadie ─dijo Portia, recordando las palabras de Sarah.

─Nunca hubiera imaginado que Sarah fuera tan boquifloja ─fue el comentario medio gruñón de Albert.

─Ella sólo intentó ayudar, supongo ─dijo Portia, pensando en que a pesar de su gesto ceñudo y su arrogancia extrema, Sarah era una buena persona.

─¡Suficiente! ─exclamó Albert, sorprendiendo a Portia al izarla por sobre el barandal del puente y hacer ademán de dejarla caer al agua─. Pasé la tarde más infernal de toda mi vida por culpa suya, señorita San Juan ─declaró Albert con sentimiento─. Y es la hora en que tengo que seguir dándole explicaciones y que usted no me ha dado ninguna esperanza.

─¡Bájame! ─exclamó Portia, asustada, sin atreverse a mirar hacia abajo─. ¡No! Digo ¡Súbeme! O ¡Suéltame! ¡No no me sueltes!... ¡Albeert!

─¿Y bien? ─interrogó Albert.

─¿Y bien qué? ─preguntó a su vez Portia, manteniendo los ojos cerrados con fuerza.

─¿Me amas Portia? ─preguntó Albert.

─S-s-sí ─replicó Portia, con voz insegura.

─Eso no me quedó claro ¿Me amas Portia? ─volvió a preguntar Albert, meciéndola levemente de arriba a abajo. Portia apretó más los ojos sintiendo ya el chapuzón.

─¡Sí! ¡Ya te dije que sí! ─fue la respuesta, dicha con voz alterada.

─¿Estás segura? ─preguntó Albert, volviendo a balancearla.

─¡Sí! ─exclamó Portia y su tono fue claramente desesperado.

─Está bien, si no me dices cuánto me amas, el agua te espera en uno... dos... ─Albert acompañó el conteo con una mecida, como tomando impulso para arrojar a Portia.

─¡Más que a las estrellas! ─gritó Portia y, al sentir otra sacudida volvió a gritar─. ¡Más que al chocolate!

─Respuesta equivocada, señorita San Juan ─replicó Albert, riendo y volvió a hacer ademán de lanzarla.

─¡Más que a mi mac! ─gritó Portia desesperada y, en medio de la angustia y el mareo provocado por el balanceo, la respuesta correcta vino a ella─: ¡Más que a los diarios de circulación nacional! ─declaró a gritos, todavía con los ojos cerrados.

Hubo un largo momento de silencio y luego Portia sintió cómo Albert la colocaba con mucho cuidado en el suelo.

Cuando sus pies estuvieron firmes Portia abrió los ojos, respiró profundo y localizó su objetivo.

─¡Auch! ─se quejó Albert, doblando la pierna a causa del dolor.

─¡Eso fue por asustarme así! ─le dijo, con tono acusador y volvió a la carga.

─¡Auch! ─hubo otro quejido y Albert se sobó las costillas.

─Y eso por arruinar mi fabulosa declaración de amor ─acusó Portia.

─Que por cierto fue bastante mala ─comentó Albert, todavía frotándose el golpe y Portia lo miró con cara de circunstancias.

─Bueno, es difícil declarársele al dueño del mundo ─se defendió.

─Pero apuesto a que hay algo que te resultará muy sencillo, mi amor ─dijo Albert, atrayéndola hacia él para besarla de nuevo.

─¿Qué cosa? ─preguntó Portia, mirando a Albert confundida.

─Casarte con él y hacerlo delirantemente feliz por los próximos ochenta años.

Mientras Portia descubría otra clase distinta de estrellas, pensó que Albert podía ser el dueño del mundo, pero ahora ella era la dueña de su corazón.