- Irene A. -

Aquel hombre seguía siendo tan brillante y estúpido como la primera vez que le vio. E igualmente seductor. Lo que le hacía tan irresistible era que, a pesar del exagerado ego que tenía, realmente no tenía la menor idea del efecto que causaba en la gente de su alrededor. Alardeaba de su asombrosa inteligencia, pero no se daba cuenta de que su aspecto físico era igualmente extraordinario: ojos de un color indescriptible, piel de porcelana, pómulos tan afilados que podrían dañar solo con tocarlos… Y no hacía falta tener demasiada imaginación para suponer lo que se escondía bajo sus ajustadas camisas y sus apretados pantalones. Aquel cuerpo delgado, pero esbelto y fibroso era una fruta prohibida, lo que lo hacía muchísimo más tentador. Puede que solo ella lo expresase abiertamente, pero la mitad de la población femenina del país seguramente daría lo que fuese por una noche bajo sus sábanas. Y una parte de la masculina también.

Siempre había sentido envidia por John Watson. Era el único que había tenido permitido estar cerca de él, conocerle de verdad, saber lo que era ser querido por Sherlock Holmes. Ella había sido rechazada duramente, utilizada y abandonada a su suerte. Cierto que le había salvado la vida, pero la forma en que desechó sus sentimientos frente al mayor de los Holmes fue devastadora para ella. Quería cobrarse una venganza. Por ello, por llevarse su seguro, por rechazar la única proposición sincera que había hecho en toda su vida.

Pero aquello no era lo único que la había llevado a participar en aquella sucia jugarreta contra el detective. Estaba atada a ello sin ni siquiera saberlo. Sólo con haber contado una vez con los servicios de Moriarty había pasado a formar parte de su red, lo que la vinculaba necesariamente a todo lo que a él se refería y si la requería no tenía escapatoria. Cuando se enteró de su muerte pensó que finalmente se había liberado, que ya no rendiría cuentas a nadie, pero un día año y medio atrás Sebastian Moran la encontró y le presentó aquel trato, uno que no podía rechazar si quería seguir con vida. A cambio le era ofrecida protección y, por supuesto, el volver a ver a Sherlock, aquella espina que aún tenía clavada.

Aún sin esas garantías tendría que haber aceptado, pero la verdad aquello compensaba lo que debía hacer. Era su pago por formar parte de un juego que odiaba, por ser una simple y reemplazable pieza de ajedrez. Eso lo tenía muy claro, por eso tenía extremado cuidado en cada uno de sus movimientos, cada una de sus acciones. Sabía que un paso en falso podía lanzarla directamente al abismo, pero tenía permitido jugar hasta cierto punto, y eso es lo que haría.

Por eso esquivaba las preguntas que le hacía, por eso jugaba a acercarse a él, a seducirle. Puede que Sherlock hubiese acabado con ella años atrás, pero Irene no se había ido con las manos vacías: tenía información. Sabía que el detective no era completamente inmune a sus encantos y podía entretenerse un poco con ello, además de que quizás más adelante pudiese sacar provecho de ello…

Así que siguió con su pequeño juego, zafandose del agarre del menor de los Holmes para desabrochar lentamente la cremallera de su zafia sudadera, sin apartar sus ojos de los de él. Eran hipnóticos y a la vez reveladores, en ellos se escondía todo el peligro y toda la verdad.

- Oh sabes muy bien donde está… Pero de momento tú estás conmigo. Así que disfrutemos.

Esta vez él no hizo movimiento alguno, simplemente la observó mientras ella terminaba con la poca favorecedora prenda y se tomaba un instante para observar su camiseta, una sencilla camiseta de algodón blanco, ajustada, de manga corta y cuello pico. Irene no pudo evitar morderse el labio inferior al verla: su cuerpo no había cambiado, era tal y como lo recordaba. Igual que la magulladura en la cara. Sabía que John había vuelto a golpearle y de nuevo había evitado los ojos y la boca. Seguía queriéndole pero, ¿Sherlock lo sabría? ¿Y el mismo John?

- Dime una cosa… ¿Te has decidido ya a cenar conmigo?

Esta vez si consiguió una reacción: una carcajada. La verdad era lo que se había esperado, en el fondo era realmente predecible… Un niño de 12 años encerrado en el cuerpo de un majestuoso adulto. Estaba desperdiciado, pero no sabría decir bien en qué sentido.

Irene decidió tomarselo con un poco de humor, después de todo tendría mucho tiempo para jugar con él. Todos sabían que aquello no terminaría esa noche, aún quedaban muchos escenarios, muchos cuentos que narrar. Pues eso decía Moriarty en su carta, que el cuento debía seguir, aunque el villano ya no estuviese para disfrutar del gran final. Pero Sebastian quería darle ese gran final y ella debía hacerlo. Debía suceder.

- Quizás debería decirte que solo puedes verle si aceptas cenar conmigo, pero ambos sabemos que te escabullirías de alguna manera, ¿verdad? -sonrió y caminó lejos de él, sabiendo que le seguiría - te dejaré ver a tu chico, pero tienes que portarte bien.

Como un perrito fiel, Sherlock la siguió a lo largo del pasillo y ella se dio cuenta de que cojeaba, aunque intentaba disimularlo. Estaba mucho más magullado de lo que quería aparentar, y no solo físicamente. Él era mucho más lerdo para ver esas cosas que cualquier otro, sobretodo cuando se trataba de si mismo, pero no hacía falta ser un superdotado para comprender que alguien a quien amaba le había herido de alguna manera. Había esperado ver ese dolor en los ojos de John, después de todo su mejor amigo le había abandonado por tres años haciéndole creer que estaba muerto, pero en cambio eran los ojos de Sherlock los que estaban llenos de lágrimas reprimidas. Ella no había visto lo sucedido en Baker Street cuando ambos entraron, pero algo debió pasar para que las tornas cambiasen de esa manera. Quizás fuese más fácil descubrirlo de lo que ella imaginaba.

Le llevó hasta un aula situada a mitad del pasillo. Dedicó una divertida mirada al detective antes de entrar en ella y se sentó sobre una de las mesas a esperarle. No había pensado en hacerlo, simplemente estaba en su naturaleza el colocarse en el sitio donde mejor se la viese, cruzar las piernas de forma que su falda subiese hasta el límite de la decencia, apoyar los codos en sus rodillas, cruzando los brazos para dejar su escote provocativamente más visible, sin llegar a ser excesivo. Era una seductora nata y elegante, de las que ya no quedaban. Y sabía que no había nadie capaz de resistirse a ella.

Pero esa vez Sherlock ni siquiera la miró al entrar. Ignoró por completo su presencia, ni siquiera una mirada de cortesía, ni una carcajada, ni una burla. Simplemente pasó a su lado, dejando tras él a una herida Irene Adler que había comprendido que no tenía nada que hacer y que observaba como el hombre de su vida caminaba por una sala a oscuras hasta la ventana, desde la cual observaba el edificio de enfrente.

Aún dolida, se levantó y caminó hasta quedarse a su lado. Él seguía ignorándola, pero Irene se dio cuenta de que no lo hacía a propósito, no buscaba humillarla como él solía hacer, sino que la simple visión de John Watson le alejaba de todo. Incluso sonreía, de una manera triste y apremiante, pero sonreía de forma sincera. Y el corazón de Irene se encogió frente a esa imagen. Dos personas tan cerca y a la vez tan lejos, con tantos sentimientos por mostrar y tantos problemas que discutir, problemas que perdían importancia cuando estaban el uno con el otro.

Ella deseaba eso. Y lo tendría.

- Sebastian M. -

General Sebastian Moran, mejor tirador del ejército británico y exmilitar condecorado. Una verdadera leyenda viva, con cientos de historias que contar, miles de víctimas a su paso, pero nunca fue suficiente. Tuvo que dejar el servicio al ser herido en batalla, lo cual significó el final para él. Ya no podía seguir luchando, no podía seguir matando. Pero también significó el principio. Un día Jim Moriarty apareció frente a él, ofreciéndole todo lo que podía desear y mucho más. Fue un ángel caído del cielo, aunque quizás debería describir su relación más como un pacto con el diablo. Pero aunque se entregó en cuerpo y alma a aquel villano de cuento, como el mismo se llamaba, no se arrepentía de ellos. Es más, se sentía el hombre más afortunado del mundo y Moriarty confiaba en él más que en nadie. Era su mano derecha, la mano derecha del Rey.

Esa era la razón por la que seguía obedeciéndole ciegamente aunque ya no estaba junto a él. Pero de alguna manera Sebastian sentía que seguía a su lado. El nunca había sido sentimental, había gente que decía que él ni siquiera era humano. No tenía sangre fría, la tenía congelada, por eso era un compañero tan excelente. Eso fue lo que Moriarty le dijo.

Aunque nunca se había dejado llevar por halagos, cuando salían de los labios de Moriarty era distinto. Ahora ya no podría tener más halagos, pero al menos cumpliría con su última voluntad. Finalizaría su juego, dejándole a él como único ganador.

Y ahora el juego estaba en marcha. Tenía a John Watson frente a él, confundido y aterrado, sin escapatoria. Y la señorita Adler tenía a Sherlock Holmes, igualmente atrapado. Sería muy fácil terminarlo todo ahí y ahora, pero eso no era lo que él habría querido. A él le gustaban los juegos largos y las partidas inteligentes. Quería destruirle poco a poco, hacer que saborease lentamente la derrota. Disfrutarlo.

Él era un sádico, por eso comprendía aquel deseo, por eso lo disfrutaría mientras lo cumplía. Aunque Moriarty y él no habían tenido el mismo tipo de sadismo. Sebastian disfrutaba estando frente a sus víctimas, segando su vida lentamente, con sus propias manos; escuchar sus ruegos, ver el pánico en sus ojos. En cambio Moriarty disfrutaba del dolor psicológico, de desesperar a su víctimas, acorralarlas y, finalmente, darles el golpe de gracia. Mucho más elegante, según él.

- Dígame, Dr. Watson. ¿cómo puede sobrevivir alguien a una caída así?

Él no respondió, en cambio su cuerpo si reaccionó con un pequeño tic nervioso en el ojo derecho. Sebastian sonrió, quizás Moriarty tuviese razón respecto a la tortura psicológica.

- ¿No lo sabe? ¿O no se lo ha dicho?

De nuevo esa pequeña reacción, esta vez bajó un instante la mirada antes de volver a él de nuevo, desafiante.

- No se lo ha dicho porque no confía en usted, Dr. Watson. Por eso le abandonó durante dos años, por eso le hizo creer que estaba muerto. Porque estaba harto de usted - era increíble ver las emociones crecer en su rostro, tanto como la sangre salir lentamente de una herida -, no le soportaba, y buscó la forma más definitiva para alejarse de usted.

- ¿Hasta cuándo vamos a seguir aquí? - estaba desesperado, había empezado a removerse nerviosamente en la silla.

- ¿Pero por qué volvió? - ignoró por completo su pregunta - Si tanto le odiaba, ¿por qué ha vuelto hasta usted? Para deshacerse de usted. Desaparecer no era suficiente, pues el Dr. Watson seguía vivito y coleando mientras él tenía que fingir estar muerto, tenía que vivir escondido. Y eso no estaba bien, no era justo. Tenía que acabar con usted.

- Callese…

- Tenía que terminar con la tortura que había vivido durante tanto tiempo por tener que soportar su presencia en el mismo piso que un insoportable Doctor.

- Callese.

- Por eso ha regresado, para terminar lo que empezó. Para volver a ganarse su confianza y así tenerlo más fácil para destruirle desde dentro. Para disfrutarlo.

- ¡Callese!

John Watson se levantó de golpe, gritando lleno de furia y haciendo que su silla cayese al suelo por el ímpetu de sus movimientos. Golpeó la mesa con las palmas de las manos, pero temblaba. Y Sebastian sonrió, recostándose en su silla, observándole sintiendo que podría acostumbrarse a eso. Herir a alguien mentalmente y después terminar con una tortura física. Sencillamente magnífico.

Y por culpa de todas las emociones que le embargaban el doctor no se dio cuenta de que el General seguía teniendo un arma. Arma que no tardó en empuñar, colocando el cañón sobre su frente. Entonces la expresión de John Watson cambió por completo al pánico. Se había quedado pálido y le miraba con los ojos como platos, como si acabase de despertar de una pesadilla. A cada segundo era mejor.

Todo pasó en menos de un segundo. El ruido de los cristales rotos, el dolor punzante en el hombro, el no poder seguir sosteniendo el arma entre sus dedos. Era una sensacion demasiado conocida para él: el ardor de la herida, la fuerza abandonando los músculos. Una bala. Vio su arma caer al suelo y dejó escapar una carcajada enloquecida. Así que el detective también sabía jugar... No le molestaba que hubiese decidido participar, pero la Señorita Adler se merecía un castigo por haberle permitido irrumpir en la partida de una forma tan explosiva.

Para cuando alzó la vista de nuevo, el Dr. Watson había desaparecido y su arma también. Estaba claro que un exmilitar no iba a dejar a un enemigo con un arma, aunque estuviera herido. Conocía la gravedad del asunto y, a pesar de no estar al cien por cien de sus facultades, su instinto le había mostrado como reaccionar. Eso demostraba que Sherlock no era el único jugador hábil. Sería divertido jugar con ellos dos...

Unos diez minutos mas tarde, la Señorita Adler entró en el aula. No llevaba su fusta y lucía realmente descolocada. Había dejado que el detective se la jugase a pesar de que ella alardeaba de saber como tratarlo. No esperó a que ella se acercase. Caminó hacia ella y apartó la mano de su herida solo para abofetearla antes de seguir su camino.

- Agradece que eres una pieza importante del juego. Sino no seguirías viva.


¡Lo prometido es deuda!

Nuevo capítulo más rápido y más largo :3

La verdad no había pensado escribir nada hoy, pero anoche vi de nuevo Reichenbach Fall y el trailer de la tercera temporada y no lo pude evitar

Cómo veis en este capítulo solo se ve el punto de vista de los "malos", ¿qué os parece? ^^ Me parecía que se merecían un poquito más de protagonismo :P

Para el siguiente capítulo no se si seguiré escribiendo desde Irene y Sebastian o volver a Sherly y John... Ya veré owo

¡Nos vemos en el 8!

¡Y muchas gracias por las review y los favs! De verdad *-*

XOXO