CAPÍTULO VI


Alice miró a mamá, que acababa de llegar a aquel cuarto. Estaba muy guapa con su pelo rubio y rizado y aquella elegante falda de talle alto. Mamá siempre fue guapa, elegante, y aquello hacía sentir orgullosa a Alice. Iba maquillada, también, con una delicada línea negra sobre sus párpados y pintura en las pestañas. Los ojos de mamá no eran verdes, sino marrones. Papá era quién los tenía así y por eso mamá decía que tanto Edward como Alice le hacían recordarlo. Alice llegó a pensar que quizá ella y su hermano eran los responsables de que mamá estuviera tan triste pero tampoco era su culpa aquello; ellos no pudieron elegir de qué color eran sus ojos. A Alice no le gustaban los ojos verdes, traían cosas feas. Tristeza; cuando Alice pensaba en el verde estaba la tristeza y la pérdida. El verde era feo; el marrón bonito. Nada superaba al marrón.

Mamá miró a Alice y sonrió de forma tirante. Culpa, quizá se sintiera mal y le pidiera disculpas después, cuando nadie pudiera oírla. Tendría que guardar, entonces, más secretos y sentirse triste. También estaba la rabia; últimamente aquel sentimiento la asaltaba muchas veces. No le gustaba que la gente viera a mamá como alguien maravilloso cuando le había hecho tanto daño. Aquello era mentir y estaba mal. Mentir siempre fue guardar secretos y, por tanto, Alice era una mentirosa. A veces pensaba que mamá la obligaba a ser mala y la ponía triste pero más tarde recordaba cosas bonitas como cuando la llevaba al parque, le compraba helado o la arropaba por las noches. En la cabeza de Alice había una dualidad de amor-odio que no sabía cómo enfrentar y se sentía muy perdida.

—Vámonos, cariño —dijo mamá, y Alice no se alejó de Jasper. Se abrazó a él como si fuera un salvavidas y pensó que quizá a veces era bueno no tener papás. Si los papás eran malos era mejor que no estuvieran, así no hacían daño.

—¿Jasper se viene con nosotros? —inquirió Alice contemplando a su nuevo amigo—. Quiero que sea mi familia, está solo. No quiero que esté solo; es triste estar solo, mamá.

—Cielo, no podemos hacer esto. Jasper tiene que quedarse aquí; las cosas no son tan sencillas como piensas. —Mamá miró con parsimonia a Alice y trató de ser persuasiva. Era una locura a veces lo que decía su hija; necesitaba madurar, aprender cómo funcionaba el mundo. ¿Adoptar a un niño de la nada? Aquello no tenía ni pies ni cabeza.

—Pero mamá, está solo —repitió—. Necesita a una familia.

—Alice, no.

La pequeña se abrazó a Jasper y lloró. Mamá no la entendía; no sabía lo que era sentirse sola o perdida. No sabía lo que era tener familia y no tenerla a la vez; verse sola a medianoche sin nadie que la acompañe al baño o a la cocina a por un vaso de leche caliente. Sin ayuda. Jasper estaba sin ayuda como Alice, y necesitaba ayuda. Jasper no tenía por qué pasar por cosas tristes.

—Mamá, no me entiendes. Yo no quiero verle triste.

—Alice, te repito que no sabes cómo funciona el mundo. Hay veces que estas cosas no se pueden evitar. No puedes ir por ahí acogiendo a todo el mundo como si fueras la Madre Teresa, cielo.

Jasper se alejó de Alice y se sentó en una esquina, solo. No quería ver peleas; no iba a ser una carga. De todas formas estaba acostumbrado a estar solo.


Edward llegó a casa y se la encontró vacía. Aquello era extraño; era la primera vez en mucho tiempo que no había nadie. Se tumbó en el sofá y, antes de empezar a cuestionarse lo que había ocurrido, entró por la puerta mamá con Alice. La pequeña tenía los ojos llorosos y jadeaba.

—Eres mala, mamá. No me quieres, eres mala. ¡No voy a guardar nunca más tus secretos! No, no voy a guardarlos, ¿vale? Yo no quiero ser mala, mamá. Lo dejaste solo.

—¡Te he dicho que te calles, joder! ¡No tienes ni idea de lo que es la vida! ¡Tan solo eres una cría de ocho años! ¿Qué vas a saber del mundo tú, que te lo dan todo hecho?

Edward se incorporó y Alice corrió hacia él. Se inclinó contra ella y la pequeña envolvió sus brazos en el cuello del chico y dio un salto para que la llevara a cuestas. Edward la sostuvo mientras las lágrimas de Alice humedecían la piel de su cuello.

—Ya basta, ¿por qué estáis discutiendo?

—Mamá, es todo culpa de mamá. Yo solo le dije que nos lleváramos a Jasper para que no estuviera triste y sin familia. Ella no me entiende, ¿sabes? Y luego me pide que no te diga cosas, que guarde los secretos. Y yo los guardo, pero no quiero guardarlos.

—¿Qué dices, Alice? —Edward trató de tranquilizarla y masajeó con suavidad sus hombros para, poco después, acariciarle el pelo. —Relájate, ¿vale? Intenta explicarme las cosas despacio para que pueda entenderlas.

—Mamá toma de las botellas y se vuelve mala, pero no quiere que lo sepas. Luego se vuelve a decirme cosas malas y yo no quiero que me diga cosas feas. Hoy pasó eso, ¿sabes? Y me dijo cosas malas y me fui de casa a pintar un dibujo. Cuando pinto escucho menos a mamá. Pero entonces me vieron sola y me llevaron a un sitio con Jasper, que no tenía familia. Y vino mamá a por mí y no se quería llevar a Jasper para que tuviera una familia. Yo le prometí a Jasper que tú harías de su papá, Edward, y por culpa de mamá he roto la promesa. Entonces mamá se enfada conmigo y me dice que me quejo de nada. Yo estoy triste y guardando secretos; no me quejo de nada, mamá. Pero no me entiendes, mamá. Y Jasper está solo y yo triste y sin mis dibujos.

—¡Ya basta, Alice! —la atajó mamá.


Edward se fue con Alice en brazos. Llegaron hasta sentarse en un parque y le compró un helado. Alice estaba sentada sobre las pantorrillas de su hermano y constantemente le pedía abrazos; como si sintiera que de aquella forma sería posible recomponer las piezas que había dejado mamá de ella. Puzle, Alice se había convertido en un puzle como le había ocurrido a Edward. Era otro eslabón de un rompecabezas de difícil resolución; desde la muerte de papá todo se había roto.

—Lo siento —musitó Edward con suavidad—. He sido egoísta y no sabía nada de lo que estaba pasando. Estaba cansado, Alice, y no te presté la atención que necesitaba. Espero que me perdones.

—Yo te quiero, Edward. Eres mi hermano y me quieres, ¿verdad? —Hizo una pausa. — Yo fui mala al guardar secretos, ¿me perdonas?, ¿me abrazas?

Edward la abrazó de nuevo y pensó dónde podían ir. Ni él ni su hermana tenían fuerzas para regresar a casa después de lo que había pasado y tampoco era que tuvieran muchas opciones. No tenían familiares cercanos y el único amigo que se le venía a la mente era Bella. Le echaba para atrás asustarla con sus conflictos y problemas pero, de cualquier modo, necesitaban un lugar en el que pasar la noche y algún respaldo ante aquellas circunstancias.


Bella abrió la puerta y se encontró con Edward agarrado de la mano de Alice. Sus ojos se entreabrieron, sorprendidos. En efecto, aquella chiquilla era la hermana de Edward. Se reprendió a sí misma por no haberle dicho nada; quizá habría sido más adecuado preguntarle.

—Hola —saludó Edward, inseguro.

—¡Lo sabía! —canturreó Alice, antes de avanzar hacia Bella—. Te dije que íbamos a estar juntas.

Bella, asombrada, sonrió. Se puso a la altura de Alice y le dio dos besos.

—Hice mal al dudar de tus poderes de princesa, ¿cierto? —Alice rio.

—¿De qué estáis hablando? —las increpó Edward, un tanto molesto. Era la segunda vez en aquel día que ocurrían cosas de las que no tenía ni idea.

—Vi a Alice en mi trabajo ayer. Sé que no lo hemos hablado pero soy asistente social. La trajeron a consulta porque la encontraron sola en la calle; querían que la entrevistara para ver si había algo mal en ella. Apunté en los informes que a lo mejor tenía algún tipo de desarreglo familiar pero, dada la escasez de pruebas y que carecía de padre, le quitaron hierro al asunto. La pobre de su madre tenía que encargarse de ella, dijeron, era lógico que hubieran tiranteces.

Edward se quedó mirándolas a ambas estupefacto. Definitivamente aquel día había estado demasiado cargado de información. Siendo sincero consigo mismo desde que había estrechado lazos con Bella todos los días había ocurrido algo nuevo. Aquella relación había empezado a crear mella en su vida y a generar una serie de cambios que, esperaba, fueran para bien.

—Nos hemos ido —musitó Edward, inexpresivo—. No podíamos estar ahí.

Bella se acercó hacia él y le dio un abrazo.


En primer lugar sé que he tardado en actualizar y que el capítulo es insultantemente corto y que probablemente no os guste. Lo siento, he empezado con las clases y eso se nota mucho... :/

Este capítulo era muy necesario en la historia y, bueno, también lamento que no tengáis ninguna escena Edward/Bella; que sé que tanto os gusta. Aún así espero que me perdonéis y me dejéis algún maravilloso review.

¡Gracias a Nelva Robsten, Tata XOXO y Danperjaz por sus maravillos reviews!

Nos leemos~