CAPITULO 7: CICATRIZANDO HERIDAS

Las gotas de lluvia golpeaban con rítmica cadencia los amplios ventanales formando riachuelos inconexos que terminaban muriendo en multitud de diminutos charcos esparcidos por la grava. Clap... clap... clap... clap... El monótono gorgoteo era como un bálsamo para el melancólico estado de ánimo de un inmóvil observador cuya mirada se perdía ausente, cautivo de abismales pensamientos. El joven, que aquella mañana vestía de estricto negro, contemplaba absorto el maravilloso espectáculo que la Naturaleza había desplegado ante sus ojos. De pie, junto a la ventana de la terraza del acogedor estudio, sostenía entre sus manos una taza de café ya fría, perdido hacía tiempo su humeante aspecto víctima irrevocable del olvido.

Pese al profundo dolor que todavía laceraba su espíritu, había logrado hallar una luz allí donde sólo había creído estar rodeado de sombras. A despecho de la cantidad de exóticos y atrayentes lugares que había conocido en sus múltiples viajes alrededor del mundo, nada le conmovía tanto como regresar a Lakewood en Primavera: el especial matiz verde-esmeralda tiñendo las hojas de sus castaños, los primorosos y delicados capullos a punto de florecer adornando el Portal de las Rosas, las cristalinas aguas del bullicioso río truchero atravesando turbulentas la propiedad, la especial cualidad del aire, tan puro y refrescante... Su alma se sentía vivificada y renovada al retornar. Lakewood era su retiro privado, un santuario construido con el fin de ensalzar las maravillas de la Naturaleza, acercando al hombre a la Divinidad y sus extraordinarias criaturas. Albert siempre lo había considerado un bálsamo para su espíritu; no había ningún otro lugar donde se sintiera tan en paz consigo mismo, tan cerca de la felicidad más completa.

Desde que había llegado, apenas había hecho otra cosa que reflexionar y disfrutar de los hermosos paisajes de la propiedad. La última noche pasada en Chicago había agotado las pocas reservas de autocontrol que aún le quedaban. El rechazo sufrido había abierto una profunda herida en su alma que sólo se sentía capaz de superar en soledad, alejado de Candy, de la familiaridad de su vida en común y los constantes recuerdos; recluido en total aislamiento en su particular remanso de paz... Conocerla desde su infancia había provocado que su amor hacia ella echara profundas raíces en su corazón. Olvidarla se le hacía tan doloroso como amputar una parte esencial de sí mismo. La había querido desde siempre, desde que podía recordar... Aun podía evocar a aquella niña ingeniosa e inocente, con el rostro atestado de graciosas pecas, que lloraba angustiada en la Colina Cartright, a la que ella, ingenuamente, había bautizado como "su" Colina de Pony...

Albert cerró los ojos, intentando bloquear los recuerdos que continuaban hiriéndole. Pero era tan difícil... Necesitaba tiempo, y no disponía del suficiente... Cuando los abrió de nuevo, fijó su atención en la primera línea de setos que circundaba el inmueble, esforzándose por encontrar un pensamiento agradable que lo alejara de la insoportable agonía que lo perseguía desde hacía tres días, de la realidad que finalmente había decidido aceptar y que tantos años llevaba soslayando... Súbitamente evocó un balancín y un chiquillo feliz subido a él, riendo desinhibido...

... Años atrás, cuando él aún era un niño, había habido en ese lugar un columpio desde el que podía impulsarse hasta casi alcanzar el cielo con sus manos. Cuando él era aún un niño...

Con la taza fría aún entre sus dedos, absorto en las imágenes que su mente evocaba, dejó que sus pensamientos vagaran libres, como pétalos al viento, persiguiendo un pasado distante en el que había sido dichoso...

... Pauna y yo siempre pasábamos los veranos aquí. Ella adoraba cuidar personalmente de sus rosales, aún cuando su enfermedad más lo desaconsejaba, y solía venir periódicamente a lo largo de todo el año. Yo tenia que aguardar, impaciente, las vacaciones de verano para reunirme con ella. Siempre pensé que Lakewood era una especie de Paraíso en la Tierra, el paraíso de un niño ciertamente...

¿Había niños de mi edad en los alrededores? Creo que no. Esos veranos eran temporadas solitarias. De hecho, creo que nunca tuve tiempo de aburrirme... Ya a tierna edad me fascinaba la contemplación de los insectos: la paciente araña tejiendo su mortal tela, las civilizadas hormigas recogiendo alimento para el invierno, el seductor baile nupcial de las efímeras mariposas. Observaba maravillado el resurgir de la vida animal cada mañana: el piar madrugador de las aves y sus sincronizadas danzas en el firmamento, las juguetonas y traviesas ardillas recorriendo el bosque de la finca de rama en rama, la vibrante vitalidad de los ciervos en constante estado de alerta, la fuerza desbordante de los salmones surcando los remolinos del río en su camino hacia el desove.

Casi todas las tardes salía a montar a caballo. Aún lo recuerdo tan nítidamente como si no hubiera pasado el tiempo… Mi potro se llamaba Ruano. Mi cuñado me lo había regalado cuando apenas empezaba a practicar equitación en el Colegio. Robert lo compró en uno de sus viajes a España, cuando su fragata hubo de anclar en el puerto de Cádiz. Era un pura sangre de casta andaluza, espíritu ardiente y fuerte temperamento. Me enamoraré del renegrido animal a primera vista y, pese a que no fue fácil domesticarlo debido a su fogosidad, poco a poco terminé capturando el indomable alma de la bestia. Llegó a ser raro vernos separados, pasábamos juntos incontables horas. Ruano se convirtió en mi mejor amigo de la infancia. Su muerte fue mi primer gran dolor. Me convenció de que mi amor hacia los animales no bastaba, de que debía aprender a aliviar su dolor. Resulta gracioso que sólo gracias a su pérdida descubriera mi verdadera vocación... Pero para qué quejarse, la vida es una amante casquivana que nos somete a sus constantes caprichos, queramos o no... Mi mejor amigo se había marchado para siempre, y yo volvía a encontrarme solo.

Decidí buscar la compañía de otros niños. No quería otra mascota cuya pérdida me hiciera sufrir. Me parecía la única manera de poder aliviar mi dolor. Después de compartir tantas jornadas junto a Ruano, la soledad ya no me era tan soportable como antes. La salud de Pauna estaba bastante deteriorada y no podía dedicarme demasiado tiempo; por su parte, el pequeño Anthony, que entonces tendría unos siete años, nunca se separaba de su madre, así que empecé a vagar por Lakewood y sus alrededores. Fue en uno de esos paseos sin rumbo cuando descubrí por casualidad el Hogar de Pony. Inmediatamente me sentí atraído por los niños que vivían allí, hermanado con ellos, ya que eran huérfanos como yo. Desde entonces me dediqué a espiar sus juegos siempre que podía, temeroso de darme a conocer y disfrutando de sus ingeniosas travesuras como si fueran mías.

Así conocí a Candy. Parece curioso, pero aunque pensar en ella como mujer sólo me provoca dolor, recordarla de niña me llena de ternura. Apenas tendría seis años entonces, pero ya era el alma de todos los juegos; su vivacidad y valentía, su picardía e ingenio hacían las delicias de todos los niños, pero también le granjeaban continuas regañinas de sus madres custodias. Era la primera vez en mi vida que me sentía tan atraído por otro ser humano, la primera vez que realmente deseaba lograr la amistad de otra persona. Tenía amigos en el Colegio, pero con ella era diferente. Como si fuera un reflejo de mí mismo, como si escuchara un eco de mi alma en la suya. A lo largo de mi vida, he tenido a veces ese tipo de sensación al conocer a ciertas personas, una especie de sexto sentido que lee directamente en el interior de los demás, sabedor de la existencia de un nexo indeleble entre nosotros... Aquella fue la primera vez que tuve consciencia real de ello. No conocía a aquella niña, pero me sentía profundamente unido a ella. No sabía nada de su vida y al mismo tiempo era como si lo supiera todo.

Recuerdo que me estrujé el cerebro tratando de encontrar la manera más apropiada de presentarme. Miles de veces había imaginado cómo sería jugar con ella, reír con sus bromas, trepar a los árboles que tan bien conocía. Deseaba enseñarle Lakewood, presentarle a Pauna y al pequeño Anthony, mostrarle la belleza del bosque de nuestra propiedad y los fascinantes animales que allí vivían... Sin embargo no me atrevía a dar el primer paso... Fue una tarde de principios de septiembre cuando el destino me brindó la oportunidad que tanto había estado anhelando.

Parece que fue ayer. Las imágenes están grabadas a fuego en mi memoria…Aquel día le había pedido a George, que me conducía en coche a una fiesta a la que acudía en representación de mi hermana, que se detuviera un momento cerca de la colina Cartright. Deseaba espiar brevemente a la encantadora familia de huérfanos, ya que no tendría ocasión de volver a hacerlo hasta el año siguiente. Retornaba a Chicago para continuar con mis estudios. Para mayor fastidio, esa tarde vestía con el traje de gala familiar y los pliegues del kilt se me enredaban entre las piernas dificultando mis movimientos. Tardé una eternidad en ascender la colina. Mi cornamusa pesaba entre mis brazos, pero ansiaba poder interpretar una melodía de despedida en aquel lugar que tanto había llegado a amar y que me había brindado tan gratos momentos. Cuando la vi allí sola, llorando, mi corazón se encogió de tristeza. Mi primera intención fue ocultarme pero, una fuerza superior a mí me impulsó a consolarla, vencida cualquier timidez. Cuando ella me vio y sonrió extrañada ante mi indumentaria, llamándome "extraterrestre", supe que había merecido la pena soportar el calor que el pesado traje me causaba. A medida que hablábamos, ella se iba serenando y su hermosa sonrisa no tardó en iluminar su rostro. Con el rabillo del ojo veía cómo George me hacía señas y cuando ella salió corriendo detrás de la carta que el viento le había arrebatado, encontré la ocasión de desaparecer. Nunca hubiera adivinado que atesoraría mi recuerdo tan profundamente en su corazón ni que, desde aquel momento, sería para ella su "Príncipe de la Colina"...

Albert acercó la taza de café a sus labios y bebió largamente. Apenas notó su sabor frío y desagradable. Evocar el pasado había llenado su interior de calidez. Si cerraba los ojos, podía ver colores brillantes desterrando la negrura que hasta esa mañana parecía estar cubriéndolo todo.

No volví a verla durante muchos años. Mi hermana murió al año siguiente y Monty decidió enviarme al Colegio St Paul. Los británicos, con su particular flema y cinismo, empezaron por resultarme antipáticos, además de que la rabia y la tristeza me agobiaban; sin embargo, poco a poco, comencé a superar la desazón y a habituarme a mi nuevo entorno. George fue mi único vínculo con Estados Unidos durante los cinco años que permanecí aislado en Inglaterra. Deseaba volver a Lakewood, pero al mismo tiempo, pensar en ese lugar sin la presencia de Pauna, vivir allí sin ella, se me hacía intolerable. La pequeña familia que habíamos formado a su alrededor había terminado destruyéndose cuando ella nos dejó: Robert, agobiado por la pena, había regresado al mar, y el pequeño Anthony permanecía custodiado por la tía-abuela Elroy. No me quedaba ningún hogar al que volver. Nadie que me aguardara. Estaba solo.

¡Qué curioso es el destino! Sólo me permití regresar cuando cumplí dieciocho años. Me sentía fuerte y pensaba que había superado el pasado. Había decidido mantener oculta mi identidad a toda la familia. Deseaba ser libre, vivir mi vida sin restricciones, sin tener que depender de un apellido, de una posición... Valerme por mí mismo. Lakewood se había mantenido intacto a pesar del tiempo. Sólo Monty y George sabían de mi presencia en la casita de leñadores y yo, por mi parte, me las ingenié para ocultarme con éxito de los vigilantes de la propiedad. Había llegado a conocer este lugar como la palma de mi mano.

Durante el primer año que pasé aquí, el destino quiso que volviera a reencontrarme con Candy. Era exactamente igual de encantadora que cuando era niña, incluso más, generosa, paciente, adorable... Pero su infelicidad me hirió en lo más profundo. Los maltratos de los Legan, el exceso de trabajo, los constantes insultos, las vejaciones, las envidias que debió soportar habían borrado la sonrisa de su rostro. Yo había cambiado mucho por entonces. Debí disfrazarme para no llamar la atención, ya que mi aspecto es inconfundiblemente Andrew: casi idéntico al de mi padre y probablemente similar al del pequeño Anthony si éste hubiera alcanzado la mayoría de edad. Me teñí el pelo de un tono castaño oscuro, bastante poco favorecedor por cierto, y me dejé crecer bigote y barba. En suma, a pesar de tener apenas veinte años, cuando volví a verla aparentaba más de cuarenta. Aún me río cuando recuerdo su rostro aterrorizado al despertar en mis brazos tras su accidente en la cascada. Debió pensar que era un vagabundo asesino, un malhechor o un pirata...

Fueron sus sufrimientos, las súplicas de mis sobrinos, y mi propia intuición los que me hicieron ver que la única manera de garantizar su felicidad era dándole nuestro apellido, adoptándola dentro del seno familiar. Me convertí en su tutor de facto, en ese Tio William idealizado que ella siempre ha adorado agradecida pero cuya verdadera identidad tardó tanto en descubrir. Prefería ser para ella el Señor Albert, el amigo que siempre aparecía para consolarla y ayudarla en los momentos más difíciles, que el Tío William, el tutor respetado y distante. No deseaba su gratitud, deseaba su confianza, quería verla feliz. Sin embargo, luego llegó la muerte de Anthony, el idilio con Terry, la separación...

Aunque intenté hacer todo lo posible para procurarle la felicidad, no pude evitar que ella se hiriese con algunas espinas... Y finalmente yo, también he terminado causándole dolor por no haber sabido ocultarle mis sentimientos... ¡Si tan sólo no hubiera perdido la memoria! ¡Si tan sólo ella no me hubiera cuidado en aquel hospital! Mi infatuación infantil había desaparecido cuando la volví a ver en Lakewood. Para entonces sólo deseaba ser su amigo, su confidente, su tutor... Pero convivir con ella aquel ultimo año, desconocedor de mi vida anterior, de los lazos que me unían a ella... Aprendí a verla no como a un niña desvalida sino como a una mujer de exquisita belleza, luchadora, cariñosa, generosa, gentil... Yo tenia veintitrés años, y ella acababa de cumplir los diecisiete. Supongo que fue inevitable que mis sentimientos evolucionaran… El destino quiso gastarme una broma pesada cuando me permitió seguir con vida tras el accidente de tren para enfrentarme a esta penitencia.

Sus labios se curvaron en una amarga sonrisa. Suspiró y se concentró en la tranquilidad que percibía del exterior. El frenético ritmo de la metrópolis había quedado atrás: las multitudes, los agobios, el frenesí urbano... Hacía tanto tiempo que no se paraba a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida cotidiana: un amanecer, una tormenta, el trino de un pájaro, un grupo de hojas mecidas por el viento, un café a media tarde...

Dio la espalda a la balconada y tomó asiento en una mesa cercana sobre la que aparecían desplegados un bloc de notas, un libro de rutas y varios tratados de zoología africana. Su obsesión por olvidar sus recientes miserias había convertido en imperiosa la necesidad de emprender el ansiado viaje al Zaire. Concentraba la mayor parte de su energía y tiempo en estudiar el proyecto. La atención que imprimía en su trabajo era tan intensa que perdía frecuentemente la noción del tiempo. Tan sólo gracias a la vigilancia que los miembros del servicio mantenían sobre él, no había descuidado el orden en su aseo ni en las comidas, que de otro modo habrían caído en el olvido.

De nuevo enfrascado en la lectura de los monográficos desplegados en su estudio, Albert no advirtió que una forma silenciosa se introducía en el cuarto y tomaba asiento cerca del ventanal. De mediana estatura, fornido y de piel ligeramente cetrina, un análisis exhaustivo de sus rasgos hubiera revelado una clara ascendencia hindú. En su tez bronceada destacaban unos profundos y vívidos ojos negros a los que el paso de los años no habían restado ni un ápice de intensidad y que, al mismo tiempo, semejaban pozos repletos de ternura.

El visitante supo confundir su presencia con la del entorno logrando pasar completamente desapercibido para el joven. Ni siquiera los esfuerzos de un observador más atento hubieran tenido más éxito. Era una habilidad que había conseguido perfeccionar a lo largo de los años, desde su infancia como ladronzuelo en las calles de Londres, y que aún ponía en práctica, por diversión o cuando los intereses de la familia Andrew se veían comprometidos por cualquier circunstancia.

Contempló al joven en silencio, su mirada grave y preocupada. Desde que Albert había regresado a Lakewood, y pese a sus esfuerzos por ocultarlo, había sido testigo de su profunda amargura. Aún no había logrado averiguar el motivo de su extraño comportamiento. Habitualmente tranquilo, sereno y jovial, el joven nunca le había parecido tan desesperado. Hacía años, le había prometido a su padre que sería un buen consejero para él, que lo protegería y guiaría en todo momento, sin embargo presentía que, en esta ocasión, conseguir la cicatrización de sus heridas dependía exclusivamente de él mismo. Desgraciadamente, ya no era un niño fácil de consolar sino un hombre plenamente consciente de sus posibilidades.

¡George! - saludó Albert cuando un leve carraspeo llamó su atención.

El hombre fue testigo de cómo el joven se recomponía internamente para mostrarle su mejor semblante. Pese a las ojeras que circundaban sus párpados y su evidente agotamiento emocional, consiguió esbozar una amplia sonrisa.

Estoy sorprendido, muchacho - respondió -. Madrugas tanto o más que yo. Pensaba que estando de vacaciones, alejado de tus más inmediatas responsabilidades, relajarías tu estricta disciplina y te concentrarías en satisfacer tus vicios más inconfesables.

Albert simuló una carcajada.

¿Y precisamente tú me recriminas? No conozco a nadie más responsable que mi viejo George. Bueno, no me mires así. Ya sé que no eres tan viejo, amigo... Básicamente tú me has educado, así que mis virtudes y defectos sólo tienen una fuente - el joven calló un momento mientras enarcaba una ceja -. Por cierto, ¿cuánto tiempo llevas sin tomarte unas vacaciones? Y no me digas que no puedes hacerlo, porque llevo más de cuatro años intentando convencerte de que, ahora que estoy al frente de los negocios de la familia, puedes dejar ciertas responsabilidades en mis manos. A veces creo que no confías en mis capacidades...

George, visiblemente contrariado, frunció el ceño.

No me malinterpretes, Albert. Serías el orgullo de tu padre si aún continuara vivo. Pero aún me queda mucho por hacer si deseo pagar la deuda que contraje con él cuando me recogió del arroyo, me educó, me ofreció una posición y un puesto de confianza en su familia. Le prometí que velaría por tí, que protegería tu bienestar y tus intereses. Considero que mi misión aún no ha concluído.

Albert lo miró con escepticismo.

Eres como un hermano para mí, George. Sé que mi padre te quería como a un hijo aunque no llegara a adoptarte legalmente. De hecho te dejó un importante legado en su testamento, podrías vivir fácilmente de tus rentas... Y hete aquí, trabajando como un vulgar ejecutivo, protegiéndome como si continuara siendo un bebé cuando deberías empezar a disfrutar de tu propia vida. Ya has hecho suficiente por esta familia.

George lo miró fijamente. Lo conocía desde que nació y sentía hacia él el mismo afecto que si fuera su hermano de sangre. Recordó al bebé regordete, dulce y tranquilo que había dado a luz la dama Beatrice, a la que había llegado a amar como si fuera su propia madre. "Cuida de mi hijo, George", había sido la única petición que le había hecho el señor William y sus últimas palabras en su lecho de muerte. Durante meses, su benefactor había sufrido la tortura de una enfermedad degenerativa que le había ido privando del uso de sus facultades hasta conducirle a un coma irreversible del que nunca volvió a recuperarse, impidiéndole conocer a su hijo no nacido. Había sido especialmente duro para él perder a su protector, la única figura paterna que había conocido en su vida.

Desde entonces había dedicado su vida al cumplimiento de esa promesa. Pauna se había hecho cargo de su hermano y Montgomery Weston se había convertido en su tutor y supervisor educativo mientras él quedaba encargado de proteger sus intereses hereditarios. El señor William había dejado encargada la admisión de su protegido en Harvard y sus excelentes calificaciones, junto con las disposiciones testamentarias de su benefactor, le habían permitido tener una participación destacada en la gestión de los negocios de la familia. Esas obligaciones no le habían impedido realizar otras actividades de carácter más trivial, favores personales hacia Albert quien, al término de sus estudios en Inglaterra, había decidido mantener su identidad en el anonimato, viviendo alejado de la familia. La adopción de Candy había sido uno de ellos: salvarla de la esclavitud en México, acompañarla a Londres... y finalmente presentarle al misterioso "tío William", su personal contribución a la relación de ambos jóvenes, destinados a vivir juntos pero extrañamente distantes.

¿Qué me dices, George? ¿Crees que ha llegado ya el momento de que te tomes un descanso?

Las palabras de Albert, lo sacaron de sus reflexiones.

Me temo, muchacho – contestó con ironía- que aunque ya eres un hombre, sigues preocupándome. ¿Cómo podría dejarte solo? Estoy en la flor de la vida y no consiento, mocoso, que me digas lo que he de hacer. Cuando seas un asentado padre de familia y nos des un heredero, veré si ha llegado el momento de tomarme unas vacaciones indefinidas.

A George no se le escapó la expresión ausente de Albert, que volvió a enfrascarse en la lectura. Estaba decidido a arriesgarse a encender su enfado si así podía ayudarle. Desde que el joven había llegado a Lakewood apenas habían hablado. Había preferido dejarle unos días en soledad para que rumiara su pena, sin embargo consideraba que ya había llegado el momento de sacarle de su apatía. Le entristecía profundamente verlo en ese lamentable estado.

No me digas que aún no le has echado el ojo a una de esas encantadoras muchachas casaderas que te acechan en Chicago.

El joven exhibió una expresión particularmente feroz y George fingió sonreír divertido. Así que se trata de eso, pensó. Una cuestión amorosa.

Y bien, ¿quién es ella? - inquirió. Pero su pregunta sólo desembocó en un silencio pertinaz por parte de su interlocutor -. No hace falta que me respondas, Albert. Tu reserva es aún más elocuente que cualquier respuesta. Desde el principio sospeché que tu relación con Candy sólo podía terminar en catástrofe.

Sus palabras tuvieron el efecto deseado y el joven abandonó su fingida indiferencia.

Ya que sabes más que yo de mi vida amorosa, George, no sé qué sentido tiene seguir hablando de este tema.

Por lo menos he conseguido que empiece a implicarse y descargue su frustración, pensó George. Se incorporó y por un momento guardó silencio. Podía percibir, con la claridad de la experiencia que da conocer a una persona, que Albert se sentía gravemente herido y, algo más importante, era inmensamente infeliz. Siempre había demostrado ser un joven generoso, quizá demasiado, excesivamente consciente de los sentimientos de los demás. Estaba acostumbrado a lidiar solo con las cargas ajenas, hasta el punto de olvidar sus propias necesidades. Tenía que actuar con tacto si no deseaba herirle aún más de lo que ya estaba.

Intuyo que le has revelado tus sentimientos y la joven te ha rechazado. ¿Me equivoco?

El joven asintió con un gesto. Nunca le había resultado fácil hablar de sus sentimientos con nadie. Ni siquiera con George.

Y yo te pregunto - continuó aquél -. ¿Se acaba el mundo por ello? Si Candy no es capaz de decir adiós a su pasado, no merece la pena que sigas luchando por conquistar su afecto.

La sincera preocupación de su amigo, hizo que Albert abandonara su mutismo.

Llevo más tiempo enamorado de ella del que puedo recordar, George. Me ha envenenado la sangre. ¿Cómo voy a olvidarla? Tenía la esperanza de que una vez en Chicago, viviendo juntos, tras el matrimonio de Grandchester, ella llegaría a corresponderme. Pero me he dado cuenta de que estaba equivocado. Hace tres días abrí un abismo insalvable entre nosotros. Sabía que sólo me veía como a un hermano mayor y siempre traté de ocultarle la intensidad creciente de mis sentimientos; sin embargo la otra noche... No sé, George. Me sentí poseído de un ansia que nubló mis sentidos, quebrando mi autocontrol... La besé. Deberías haber visto su rostro: miedo, incomprensión, quizá hasta cierta repugnancia. Me sentí el más vil de los hombres. Mis pensamientos me parecieron del todo punto inaceptables y pecaminosos. Huí, George, huí de ella intentando calmar mi conciencia, asqueado de la imagen de mí mismo que ella me devolvía, horrorizado de mi comportamiento. Me refugié aquí porque no me sentía capaz de enfrentar su mirada una vez más. Soy un cobarde, George. Nunca, hasta ahora, le había dado motivos para tener que avergonzarse de nuestra relación y, ahora, no puedo perdonarme por lo sucedido.

El hombre se acercó al joven por la espalda. Su amargura despertó recuerdos olvidados en su memoria. Apoyó las manos sobre sus hombros mientras sus ojos se cerraban en una particular evocación de su pasado. Albert percibió la peculiar tensión de sus dedos y supo que estaba a punto de escuchar una confesión de su parte. George siempre había sido reservado e introvertido, poco amante al igual que él de compartir sus sentimientos.

Quizá pueda contarte algo que te ayude a superar tu dolor… Y tú te preguntarás por qué me animo a darte consejos cuando mi vida parece tan vacía, cuando nunca me he casado ni compartido mi vida con ninguna mujer...

El joven hizo un amago de protestar, pero George lo interrumpió con delicadeza.

Déjame seguir, por favor, Albert. Lo que voy a decir no me resulta fácil, especialmente tratándose de tí.

El hombre tomó aliento, en un intento de darse valor. Sus mandíbulas se atirantaron a la par que un extraño cosquilleo se asentaba en la base de su estómago.

... Cuando tu padre me acogió, yo era un vagabundo, un pilluelo huérfano y sin hogar que malvivía robando. Sin medios económicos, sin educación, no llegué a conocer a mis padres; la única vida que conocía era la de las calles, y la del chamizo de mi tío, un lugar infecto donde los malos tratos y los abusos eran moneda corriente. Agradezco a Dios que aquella tarde de junio escogiera a tu padre como víctima, y más aún que él se apiadara de mí y me trajera a Estados Unidos, decidido a reformarme... Parece que todos los Andrew estáis destinados a acoger bajo vuestra protección a los más desfavorecidos...

Su voz murió momentáneamente y una sonrisa curvó sus bellos y carnosos labios, que ya no aparecían ensombrecidos por la presencia de su antiguo bigote.

Cuando llegué a Chicago, todo me parecía fascinante, moderno, maravilloso. Era como estar viviendo un sueño... pero, por supuesto, estaba decidido a no contárselo a tu padre. Era demasiado orgulloso y maleducado como para darle las gracias, prefería aparecer ante él como una víctima malencarada ya que, de otro modo, no hubiera podido contener las lágrimas... No obstante, no estaba preparado para el mayor de los regalos que me aguardaba en mi nueva vida.

George tragó saliva en un intento por darse fuerzas. Tenía la boca reseca y el corazón latía veloz en su pecho.

El día en que la conocí, toda mi existencia cambió. Yo tenía diez años, ella sólo seis, pero era la niña más bonita, más dulce y encantadora que había conocido nunca. Era como un ángel encarnado. Nada más verla, supe que deseaba convertirme en un hombre capaz de ganar su afecto, en alguien que estuviera a la altura de sus sueños, que la protegiera, que la hiciera sonreír. Desde entonces, mejorar ante sus ojos, lograr despertar en ella el mismo afecto que ella había provocado en mí, se convirtió en mi mayor aspiración… Si había estado convencido de ello siendo un niño, a medida que ambos crecíamos nació en mí la certeza de que ella era la mujer de mi vida. Pauna se convirtió en mi pasión, y mi amor por ella, con el paso de los años, sólo pudo seguir madurando.

Albert permaneció silencioso e inexpresivo bajo la atenta mirada del hombre, cuyos puños se cerraron en un rictus de amargura.

Nunca supe si ella me correspondía Sé que me tenía afecto, que me quería como a un hermano mayor. Me cuidaba, bromeaba conmigo, compartíamos diversiones... Sin embargo, nunca me atreví a confesarle mis verdaderos sentimientos. Cuando naciste tú, ella tenía sólo trece años y yo diecisiete. Eramos demasiado jóvenes para afrontar esa responsabilidad en la ausencia de tu padre. Luego murió la dama Beatrice, una mujer admirable y afectuosa, lo cual acabó por dejarnos en la más completa desolación. Pauna siempre había tenido una salud frágil, y aquello agravó su estado. Hannah se ocupó de vosotros mientras yo estudiaba en Harvard, tal como había dispuesto tu padre. La ilusión por convertirme en un hombre de provecho, bien educado, alejado de la miseria de mi infancia, digno de Pauna, seguía ardiendo en mi corazón, por lo que me apliqué a mis estudios con toda la fuerza de mi ser. Desgraciadamente, en ese período ella conoció a Robert Brown, un joven heredero de una flota de armadores, y ambos se enamoraron. Ella apenas había cumplido los dieciocho años y él tenía veintidós cuando contrajeron matrimonio. Me mantuve en un discreto segundo plano, sufriendo en silencio mi dolor. Me convencí a mí mismo de que me bastaba con estar a su lado, con ser un hermano para ella... pero viví un infierno, Albert. Sobre todo porque Robert estaba continuamente viajando y ella languidecía suspirando por su retorno cada noche. Yo seguía viviendo en la mansión de Chicago, aunque ella se había mudado al hogar de Robert, a unas manzanas de distancia. Imaginarla allí sola, me llenaba de tristeza. A veces venía con vosotros, tan pequeños, a visitarme, y yo casi podía imaginar que nada había cambiado entre nosotros, que ella era aún libre, que mi amor tenía esperanzas. Recuerdo que en ocasiones la ví mirarme de una manera especial, como si adivinara lo que había guardado en mi corazón…

George se separó del joven, mientras su voz enronquecía y su mirada se perdía en la distancia.

Cuando ella murió, la luz desapareció de mi vida y mi alma quedó sepultada junto a la suya. Acababa de cumplir treinta años, ella tan sólo tenía veintiséis. Llevaba media vida adorándola en silencio, y ella había desaparecido para siempre.

Amargas lágrimas pugnaban por derramarse de sus ojos, pero con un supremo esfuerzo de su voluntad, George consiguió dominarlas.

... Te entiendo, Albert - prosiguió -, mejor de lo que quisiera. Al menos, tú te has atrevido a manifestar tus sentimientos a Candy. Yo siempre viviré con la duda. Si estos años me han enseñado algo es que la vida sigue, pese a todo. Y que los corazones cicatrizan incluso de las más mortales heridas. El mundo está lleno de excelentes mujeres capaces de amar con toda la intensidad de su corazón. No puedes, no debes vivir atado al pasado. Has de darte la oportunidad de ser feliz. Y te juro, muchacho, que no eres el único. Yo también lo intento. Lo intento. Con todas mis fuerzas.

En el silencio que siguió, ninguno de ellos habló, concentrados cada uno en sus pensamientos.

George - dijo finalmente Albert-. Habría sido un honor para mí que te convirtieras en mi cuñado. No podría pensar en otro hombre mejor.

Aquél no pudo evitar sonreír, sus ojos colmados de afecto.

Hazme caso, muchacho. Olvida a Candy. No tiene sentido que sigas amargándote por un amor sin esperanzas.

Albert abandonó el asiento, incorporándose. Dirigió su mirada hacia la ventana y se fijó en que había dejado de llover. Los primeros rayos de sol empezaban a atravesar tímidos las obscuras nubes, que empezaban a disiparse.

¿Has visto, George? ¡Qué día tan magnífico tenemos, pese a todo! Dicen que tras el más duro de los inviernos siempre llega una plácida primavera, y es cierto.

George se acercó al joven y contempló el maravilloso despliegue de luz en los jardines. Todas las plantas parecían haber revivido y sus bellos colores refulgían brillantes en la claridad de la mañana.

¿Has decidido ya cuando regresarás a Chicago? – preguntó a Albert.

El joven se desperezó con desenfado.

Pienso permanecer en Lakewood una semana más. He de terminar los preparativos del viaje y hacer las reservas de mi pasaje a Nueva York en el Lady Louisa.

George se giró hacia él, mirándolo directamente.

Entonces ¿cuándo deseas que viaje a Chicago para informar a Candy de las últimas disposiciones que has tomado con respecto a Lakewood?

Albert enarcó ligeramente una ceja.

Te agradecería enormemente, querido amigo, que fueras cuanto antes. Cuando hayamos solucionado ese asunto, nada más me retendrá en Chicago...

El hombre apretó ligeramente el brazo del joven manifestándole su apoyo, antes de abandonar el cuarto. Una vez solo, Albert volvió a ocupar su asiento, intentando enfrascarse en la lectura de los volúmenes que aparecían desperdigados a su alrededor. Tras conversar con George sentía que había liberado su corazón de una carga que le había resultado infinitamente pesada. Gracias a él había terminado de convencerse de que no tenía sentido seguir suspirando por un amor imposible, por una mujer que sólo abrigaba sentimientos fraternales hacia él, y quien, aún en el caso de empezar a amarle, siempre estaría obsesionada por un amor perdido en la adolescencia. ¡Se había esforzado tanto por hacerle olvidar el pasado, por que abriera su alma a la vida, al futuro que tan prometedoramente se abría ante sus ojos...! Pero ya no tenían sentido los reproches. Ni hacia ella ni hacia él mismo. Tenía que darse la oportunidad de comenzar de nuevo, de ser feliz, de empezar una nueva vida en la que nada le anclara al ayer.

Estaba seguro de que podría vencer la nostalgia. Confiaba en sus propias fuerzas para hacer frente al dolor. Ya había comenzado a dominarlo y sabía que con el tiempo, desaparecería... para siempre. Por primera vez en muchos años era capaz de figurarse un nuevo horizonte sin la presencia de Candy.