Día posterior a la boda, los invitados venidos de fuera comenzaron a regresar a sus hogares. Las primeras en hacerlo fueron las primas Mandy y Brandy, que con los ojos enturbiados por las lágrimas se despidieron de sus dos fornidos guerreros Him.

Por su parte, Kaoru y Momoko se quedaron en los alrededores de su casa. Doloridas física y moralmente por el golpe recibido con la caída, se desesperaron cuando apareció Danny con un nuevo ramo de flores y una disculpa por sus actos en la boda.

Kaoru le escuchó con paciencia pero, tras negarse más de veinte veces a dar un paseo con él, lo echó con cajas destempladas, haciendo reír a su abuelo y a Marco. Ya los ancianos le habían dicho a Danny en varias ocasiones que Kaoru no estaba interesada en él porque la muchacha necesitaba un purasangre como ella, que la pudiera controlar.

En el castillo, Butch se sentía como un perro encerrado. Ofuscado, se marchó a visitar a su amigo Klein McLellan sin poder quitarse de la cabeza a la muchacha del pelo negro-azulado. A su vuelta, se desvió de su camino para pasar por la casa de las muchachas y no se sorprendió al ver el caballo de Brick allí.

—¿Cómo tú por aquí? —se mofó Butch de su amigo desmontando con una media sonrisa.

—Necesitaba que Antonio mirara mi caballo, parecía que cojeaba —disimuló encogiéndose de hombros—. ¿Y tú?

Antonio y Marco se miraron con una sonrisa espectacular. ¡San Ninian y san Fergus habían escuchado sus plegarias!

—Quizá necesite lo mismo, ¿verdad, laird Him? —sonrió Marco masticando un palo—. ¡Muy gratas vuestras visitas!

—Las muchachas no están aquí —les informó Antonio.

—¿Dónde están? —preguntó Butch, extrañado.

—Paseando —indicó Marco—. ¡Vamos! Tomemos algo mientras hablamos.

Pasado un rato, Brick y Butch seguían sentados con aquellos dos viejos bebiendo cerveza.

—¿Creéis que regresarán pronto de su paseo? —preguntó Brick, inquieto.

Los ancianos se miraron con expresión de zorros.

—¿Para qué queréis que regresen pronto? —se divirtió Marco.

—Veamos —señaló Antonio mirándoles a los ojos—. Seamos claros. ¿Qué queréis de mis nietas? Son dos muchachas humildes y decentes, y ambos sois lo bastante poderosos para tener a la mujer que os plazca. ¿Por qué ellas?

Butch y Brick se miraron sorprendidos por aquella pregunta.

—¿A qué os referís, Antonio? —murmuró Butch entendiéndole perfectamente.

—Soy viejo, pero no tonto, laird, y he visto la forma como las miráis. Mis nietas son unas mujeres muy valiosas para mí, y no permitiré que nadie las utilice, ni se ría de ellas. Ya han sufrido bastante.

—Blaze nos contó sobre ellas. ¿A qué teméis? —señaló Brick viendo cómo Marco y Antonio se miraban.

—Tememos a todo; deben tener mucho cuidado.

—¿Cuidado? —se interesó Butch—. ¿De qué?

Antonio, con gesto de pesar, tras dejar su jarra de cerveza sobre la mesa dijo:

—Ciertas personas las buscan.

—¿Quiénes? —preguntó Brick.

—¿Con qué finalidad las están buscando? —exclamó Butch mientras Antonio y Marco se miraban con complicidad.

¡Definitivamente sus santos les habían escuchado!

—Las buscan unos jodidos ingleses para matarlas —contestó Marco.

Escuchar aquello hizo que los highlanders les prestaran más atención y fruncieran el ceño.

—¡Marco! —Protestó sin mucha convicción Antonio—. ¡Calla esa boca sin dientes que tienes! Cuanta menos gente sepa lo que pasa mejor.

—Me da igual lo que digas, viejo cabezón —repuso Marco—. Empieza a ver claro que nos estamos haciendo mayores. Ellas necesitarán a alguien más fuerte y rápido que nosotros para que las proteja.

—Un momento —interrumpió Butch—. ¿Queréis decir que están amenazadas y en peligro de muerte, y en este momento se encuentran solas en cualquier lugar, expuestas a todos los peligros que conlleva el bosque?

Los ancianos, con una pícara sonrisa, asintieron, pero fue el abuelo quien habló.

—Saben defenderse —rio Antonio rascándose la cabeza—. Además, no están solas, están acompañadas por los mismos tres gigantes que el día de la boda las trajeron a casa.

—¿Qué gigantes? —preguntó Brick.

—Rukichi, Dai y Ernie. Eso me tranquiliza. Con ellos estarán protegidas —indicó Butch, confundido. ¿Qué hacían aquellos guerreros con las muchachas?

—Ellos también estarán protegidos —confirmó Marco moviendo la cabeza.

—¿Por qué las buscan? —quiso saber Butch.

—Sus familiares ingleses necesitan verlas muertas para poder asegurarse de que nadie reclamará las tierras de Tokyo, el padre de las muchachas —respondió Antonio mirando a la lejanía—. Por lo visto, sus tíos, dos codiciosos sinvergüenzas, intentaron casarlas con dos hombres que las odiaban para hacerlas desaparecer después de la boda. Nunca le agradeceré lo suficiente a Gilbert lo que hizo por mis nietos. Me da igual que sea inglés. A mí me ha demostrado que es una buena persona y siempre estaré en deuda con él.

—Es comprensible —reconoció Butch—. Tiene que ser un hombre con mucho valor y honor.

—Hace unos dos años —continuó Marco—, unos hombres enviados por esos familiares cogieron a Shou y se lo llevaron. Pero las dos chicas, antes de que pudiéramos avisar a nadie, consiguieron traerle de vuelta.

—¿Ellas solas? —preguntó asombrado Brick para ver que los ancianos asentían con orgullo y una sonrisa en la boca.

—Las muchachas son dos yeguas purasangres —apuntó Marco—, a pesar de que la gente se empeñe en recordarles su sangre inglesa. Son valientes y decididas. ¡Ojalá yo tuviera menos años para poder seguir protegiéndolas!

Antonio, con gesto serio, miró a los dos fornidos guerreros y explicó:

—Mis nietos están en peligro y cada día que pasa tengo más miedo de dejarlos solos. Me hago más viejo, más torpe y...

—Y ¿cuál es la solución para vuestro problema? —preguntó Butch, conmovido por las palabras de los ancianos—. ¿Qué podemos hacer para ayudaros?

Los viejos se miraron y, tras felicitarse por su más que sobresaliente actuación teatral, uno remató.

—Encontrar a dos valientes que quieran casarse con ellas —soltó Marco.

Al escuchar aquello, a Brick casi se le atraganta la cerveza, mientras Butch, perplejo por lo que había escuchado, buscaba algo que decir.

—No creo que tengáis problemas para encontrar hombres para ellas. Son dos bellezas —susurró Butch sintiendo que aquello de casarse no era para él.

—¿Sabéis una cosa, laird Him? —señaló Antonio cerrando un ojo—. Nadie se atreve a casarse con unas muchachas a las que muchos llaman despectivamente sassenachs.

Al escuchar aquello, Brick entendió el puñetazo que Momoko le había propinado el día de la boda.

—Disculpad la pregunta que os voy a hacer: vos, laird Him, o vos, laird Himura, ¿estaríais dispuestos a casaros con alguna de ellas? —preguntó Marco, impaciente, dejándoles tan sorprendidos que no podían ni hablar.

—¡Por san Ninian, Marco! —rio Antonio al escuchar a su amigo—. Si alguna de ellas se entera de lo que acabas de decir... ¡eres hombre muerto!

—¿Casarnos? —gritó Brick levantándose del tronco donde estaba sentado.

—No entra en mis planes contraer matrimonio —comunicó Butch—. Mi vida es la guerra y la lucha.

—Somos guerreros —consiguió decir Brick tras escuchar a su amigo—, no hombres nacidos para casarse y tener una familia.

—¿Estáis seguros de que no queréis nada con mis nietas? —preguntó con picardía Antonio rascándose la cabeza.

—Acabamos de responderos —replicó Butch—. Nuestra prioridad es el campo de batalla.

—Entonces —se carcajeó Marco dándose un golpe en la pierna—, estos hombres no necesitan que les aclaremos nada sobre nuestras muchachas.

Aquello llamó la atención de los guerreros.

—¿Aclarar algo sobre ellas? —susurró Brick cada vez más confundido.

—Sí, ya sabéis —continuó Marco sirviéndose más cerveza—. Las mujeres son muy raras y, a veces, viene bien conocer ciertas cosas o manías sobre ellas.

—Pero, en vuestro caso, no es necesario —rio Antonio mirando a Marco por aquella maléfica respuesta—. Aunque creo, señores, que mis nietas en el fondo os hubieran agradado y sorprendido. Son algo más que unas simples mujercitas criadas para tener hijos.

—¿Por qué decís eso? —preguntó Butch al ver a los dos viejos sonreír y mirarse de aquella manera.

—Porque los dos sois los purasangres que llevamos esperando toda la vida —asintió Antonio clavándoles la mirada—. Conozco a mis nietas y, a pesar de que a veces son un poco indisciplinadas, estoy seguro de que os hubieran hecho muy felices.

—¡Eso es mucho asegurar! —afirmó Butch—. ¿No creéis anciano?

—No —respondió Antonio sorprendiéndole por su seguridad—. Sois dos fuertes y valientes guerreros, y como tales estoy seguro de que valoráis la fuerza y la valentía. ¿Acaso eso en una mujer no debe tenerse en cuenta? —Desconcertándoles preguntó—: ¿O debo pensar que cuando decidáis tener hijos os casaréis con dos jovencitas plácidas que se pasen el día cosiendo y bordando?

—¡Dios no lo quiera! —resopló Brick.

—Entiendo vuestras posturas, señores —prosiguió Angus mientras Marco miraba al horizonte—. Por ello no os voy a poner en ningún aprieto más. Aunque ¿me dais vuestra palabra de highlander para pediros un favor?

—¡Por supuesto! —asintió Butch.

—Nuestra palabra ya la tenéis —afirmó Brick.

—Si alguna vez nos pasara algo, ¡que Dios no lo quiera! —comenzó el anciano—, ¿querríais encargaros de encontrar unos buenos maridos para las muchachas?

—Es importante —prosiguió Marco sin darles tiempo a pensar— que los hombres que elijáis las cuiden, las valoren, las quieran y, sobre todo, no las peguen. Nunca me han gustado los hombres que se valen de su fuerza bruta para doblegar a una mujer.

—Y, por supuesto, que las protejan, eso es indispensable —añadió Antonio, y clavándoles la mirada preguntó—: Entonces, ¿podemos confiar en la palabra de highlander que nos habéis dado?

Butch y Brick se miraron espantados por la jugada que aquellos dos ancianos les acababan de hacer. La palabra de un highlander era su ley. Si un highlander prometía algo, lo hacía hasta sus últimas consecuencias. Y, a menos que se casaran con ellas, nunca estarían seguros de que todo aquello se cumpliera. Se miraron, sorprendidos por haberse dejado liar por esos viejos que bajo su apariencia de corderos ocultaban a dos lobos en toda regla. Sonriendo por su torpeza, miraron a los ancianos.

—Sois unos viejos zorros —indicó Butch—. Tenéis mi palabra de highlander.

—Muy... muy zorros —asintió Brick—. Por supuesto, mi palabra de highlander también, aunque ya os la habíamos dado antes de escuchar lo que queríais.

—¡La edad es un grado, muchacho! —asintió Marco haciéndoles reír y, mirando a Angus, sacó de debajo de la mesa una gran jarra y cuatro vasos—. ¡Esto se merece un brindis!

—Esta es la mejor agua de vida que encontraréis por esta zona —señaló Antonio mientras les llenaban los vasos—. La destilamos nosotros con una receta antigua del abuelo de mi mujer. —Levantando el vaso dijo—: Brindemos porque nos queden muchos años de vida y por la felicidad de las muchachas. ¡Slainte!

—¡Slainte! —gritaron al unísono los otros tres, en gaélico escocés «salud».

—¡Por todos los santos! Ya vienen —indicó Marco y, mirando a Butch y Brick, dijo—: Guardad el secreto de lo que aquí se ha hablado. Si la impaciente o la mandona se enteran de esta conversación... ¡esta noche nos entierran vivos! —rio entrecerrando los ojos—. Además, no creo que a las muchachas les agrade saber que habéis denegado la oferta de casaros con ellas.

Tras observar a los viejos reír, Brick y Butch se miraron confundidos. ¿Se habrían vuelto locos aquellos ancianos? Callados, observaron caminar a las muchachas hacia ellos y fueron testigos de su cara de sorpresa al verlos allí. Tras llegar a su altura y saludarles con una inclinación de cabeza, se escabulleron dentro de la casa dejándoles a todos con la boca abierta.

—¿Qué mosca las ha picado? —susurró Marco—. ¿Ha ocurrido algo que yo no sé?

—¡Esta juventud! —sonrió Antonio.

—Nos marchamos —anunció Butch, molesto al ver que Kaoru ni siquiera le había dedicado una mirada—. ¡Gracias por esta encantadora y desconcertante tarde! —se mofó levantándose para dar la mano a los ancianos.

—Mañana partimos hacia nuestras tierras —dijo Brick, sorprendido porque Momoko tampoco le había mirado. ¿Dónde estaba la jovencita que de forma continua y descarada le sonreía?

—Que llevéis buen viaje —deseó Antonio mirando extrañado hacia la cabaña donde sus nietas habían desaparecido. Nunca se habían comportado así ante ningún hombre y eso era buena señal.

—¡Un momento! —gritó Kaoru saliendo de la cabaña seguida por Momoko. Portaban en sus manos unos paquetes y, dirigiéndose hacia Dai, que se quedó asombrado, dijo—: Toma, lleva a Miko, tu mujer, este pedazo de tela. Seguro que sabrá sacarle provecho. Y a tu niña, esta miel. Estoy segura de que le encantará.

—Muchas gracias, lady Kaoru —agradeció con una grata sonrisa mientras aceptaba aquellos presentes—, pero no era necesario que os preocuparais.

—Te he dicho mil veces que no me llames así, sólo soy Kaoru —afirmó la muchacha mirando al gigante. Hacía muchos años que nadie la llamaba lady.

—No puedo, lady Kaoru —afirmó mirando de reojo a Butch, que les observaba muy serio subido a su espectacular caballo negro.

—De acuerdo —asintió dándose por vencida.

—Miko y mi hija os estarán muy agradecidas por vuestro detalle —aseguró Dai guardando el paquete—. Espero que algún día podáis conocerlas.

—Estaría encantada —sonrió Kaoru.

Butch, que la observaba a corta distancia, sintió que las entrañas se le revolvían al darse cuenta de que ella nunca le sonreía a él de ese modo. Y, sin perderla de vista, advirtió que ella se movía y se plantaba ante Ernie tendiéndole un bote.

—Esto es un ungüento que aliviará el dolor y sanará tus cortes. Póntelo dos veces al día sobre la herida hasta que veas que el dolor remite y comienza a cicatrizar.

—Gracias —dijo el guerrero cogiendo aquel presente como algo maravilloso—. Muchas gracias, lady Kaoru. No olvidaré vuestra amabilidad.

—Tomad, llevaos este queso y este pan. Seguro que os viene bien en el trayecto de regreso a vuestra casa —prosiguió Momoko dándoselo a Rukichi.

Brick, enternecido por aquellos presentes, la miraba sintiendo que en todos sus años de guerrero nunca unas muchachas tan humildes se habían preocupado tanto por sus hombres.

—Gracias, lady Momoko. Será maravilloso disfrutar de ello durante nuestro camino.

—¡Rukichi! —llamó Shou—. Recuerda. Tienes que volver para enseñarme a cazar truchas con las manos.

—Volveré, Shou. Te lo prometo —sonrió el grandullón—. Hasta entonces, pórtate bien y no metas a tus hermanas en más líos, ¿vale?—. El niño asintió.

—Espero que tengáis buen viaje —se despidió Kaoru mirando a Brick y a Butch con brevedad.

—No dudes que lo tendremos —afirmó Butch, enfurecido por su frialdad.

—No lo dudo, laird Him —respondió Kaoru. Tras sonreír a todos, regresó a la quietud de la cabaña acompañada por Momoko.

Sin mirar hacia atrás, Butch guio a su caballo y, cuando estaban lo suficientemente lejos de las muchachas y los ancianos, oyó murmurar a Brick:

—¡Malditos zorros!

Aquella noche en el castillo, Boomer comía asado que Hilda, muy amable, le había servido. Desde su asiento, observaba la arcada que llevaba a las escaleras. Sabía que Miyako, en cualquier momento, aparecería por allí. La noche anterior, tras el episodio vivido con Shou y sus hermanas, Boomer, animado por Takashi, se había acercado a ella y, tras invitarla a bailar, estuvieron en danza juntos gran parte de la noche. Fue divertido bailar con Miyako. Era graciosa y simpática. Aunque la cara con que Blaze les miró no lo fue tanto.

Blaze sobreprotegía a su hermana de una manera increíble. Sus padres, junto a los de Butch y Boomer, habían muerto años atrás a manos de los ingleses. Quedaron huérfanos, pero con la increíble suerte de contar con sus respectivos abuelos. Cuando sus padres murieron, Miyako tenía diez años, y Blaze, veinte. Durante largo tiempo, ella sufrió terroríficas pesadillas. Aquellas pesadillas y el dolor en los ojos de su hermana al despertar le habían roto el corazón más de una vez a Blaze, y no deseaba que sufriera por nada ni por nadie. Por eso, aunque le agradaba la compañía de Boomer en el campo de batalla, no sentía lo mismo al verle tan próximo a Miyako.

—Te cambio un trozo de salmón por tus pensamientos —le ofreció Bell.

—Saldrás perdiendo, no pensaba en nada especial —sonrió Blaze al mirar a su mujer, tan bonita, juiciosa y cariñosa.

—Pues entonces, ¿por qué no le quitas ojo al pobre Boomer? —susurró Bell señalando con el dedo al muchacho, que comía distraído en la mesa de la derecha.

—No creo que Boomer sea la mejor opción para Miyako. Ella sufrirá por él y no quiero.

—¿Tú eras la mejor opción para mí? —preguntó Bell sorprendiéndole.

—Eso tienes que responderlo tú —susurró desconcertado.

Ella sonrió con coquetería.

—¿Sabes? Para mí, siempre has sido mi hombre y te he querido a pesar de que tú no me mirabas, ni me sonreías.

—No te miraba porque me gustabas demasiado —rio tocándole la punta de la nariz—, y no quería que los demás se mofaran de mí.

—Y ¿por qué no puedes pensar que a tu hermana y a Boomer les pasa lo mismo? ¿Acaso no ves cómo Miyako le busca y cómo Boomer la mira? ¿No ves un comportamiento parecido en ellos, como en su tiempo tuvimos nosotros?

—Eso es lo que me da miedo —respondió Blaze señalando hacia la arcada.

En ese momento, Boomer había dejado de comer al entrar Miyako, y una tonta sonrisa se instaló en la cara de los dos.

—Él se marchará mañana para sus tierras —se desesperó Blaze—. ¿Crees que querrá volver a por Miyako? Y si es así, ¿crees que a mí me gustará que ella se marche de mi lado?

Bell le entendió. Blaze adoraba a su hermana, pero debía comprender que ella también había crecido, y ya era una mujer.

—¡Míralos! —sonrió Bell—. ¿Acaso me vas a decir que no ves cómo se miran? En cuanto a Boomer, claro que volverá a por ella. ¿Lo dudas? Y respecto a no querer que ella se marche de tu lado, es muy egoísta por tu parte, Blaze. Ella tiene derecho a ser feliz. Miyako ya no es una niña, es una mujer enamorada de un guerrero tan valiente como su hermano.

—Bell—suspiró mirando a su mujer—. Tengo miedo de que sufra, de no estar yo cerca para ayudarla.

Con cariño miró los ojos de su marido, y tomándole la mano por debajo de la mesa le susurró:

—Ése es el precio que todos pagamos cuando maduramos. Tenemos que aprender a defendernos solos en la vida. Y, por favor, haz caso a Takashi. Es más sabio de lo que tú quieres reconocer y, al igual que tú, sólo busca la felicidad de Miyako.

—Lo pensaré —susurró mirando cómo Miyako se acercaba a Boomer. Volviéndose hacia su mujer, añadió—: Todavía no me has respondido si yo he sido tu mejor opción.

—Eso, mi señor —bromeó Bell levantándose—, te lo contestaré si me acompañas a nuestra habitación.

Dicho esto, Blaze se levantó con una sonrisa lobuna de la mesa. Sin decir nada, se alejó junto a su esposa mientras Miyako se acercaba a Boomer.

—Veo que te gusta nuestro asado de ciervo con manzana.

—Está delicioso —respondió Boomer y, señalando a Blaze, comentó—: Se le ve sonriente hoy. Quizás el matrimonio le siente bien.

—A eso creo que se le llama amor —indicó Miyako mirando la cara de felicidad de su hermano y la sonrisa picaruela de Bell.

—Complicada palabra esa llamada «amor» —se mofó invitándola a sentarse junto a él, mientras veía entrar por la puerta a Butch, Brick, Erwin, Dai y Rukichi.

—Para mí es una bonita palabra —señaló Miyako sonrojándose—, aunque sus resultados a veces son nefastos y malos para el corazón.

—¿Por qué dices eso?

—Tengo una amiga —comenzó tartamudeando— que está enamorada desde hace años de un guerrero. Pero este guerrero es demasiado tozudo para fijarse en ella y prefiere las guerras al amor.

—¡Qué curioso! —sonrió Boomer levantando una ceja al escucharla—. Tengo un amigo al que le ocurre lo mismo.

Los ojos chispeantes de ella le miraron.

—¿De veras? ¿Y qué ha hecho?

—Todavía nada —respondió mientras tocaba un rizo rubio rebelde de la muchacha—. Este amigo tiene miedo de hacerle daño, por lo que controla sus instintos y se mantiene alejado de ella.

Aquella contestación no gustó a Miyako, que tras hacer un mohín dijo:

—¿Hasta cuándo crees que podrá controlar sus instintos tu amigo?

Boomer, deseoso de tomar aquellos labios tan tentadores, suspiró y contestó:

—Eso está por ver. De momento, la mejor opción que tiene es alejarse de la dama, para así poder aclarar sus ideas y seguir su camino.

En ese momento, Butch y Brick se sentaron junto a ellos, por lo que la conversación se cortó ante la rabia de Miyako, quien entendía con aquello que Boomer no quería nada con ella y por eso se marchaba al día siguiente.

—¿Sabes, Boomer? —dijo sin importarle que ya no estuvieran solos—. Espero que tu amigo, el cobarde, algún día sepa lo que necesita. Yo, por mi parte, animaré a mi amiga a que se olvide de él y se enamore de otro hombre que sepa hacerla feliz.

Tras decir aquello, se dio la vuelta y se marchó, dejando a Boomer con la palabra en la boca.

—¡Vaya! —rio Brick—. Veo que sigues progresando con Miyako.

Boomer no respondió; se limitó a mirar cómo ella, ofuscada, se alejaba.

—¿Por qué no intentas alejarte de ella? Así no tendrás problemas —lo regañó Butch clavando sus ojos en el muchacho que cruzaba el salón. Aquel muchacho era Daniel y no le gustó nada el descaro con que le miró.

—Esa chica tiene un genio de mil demonios —rio Erwin.

—Voy a preparar mi caballo —gruñó Boomer saliendo del salón mientras escuchaba las risotadas de Brick junto a Dai y Rukichi.

Tras pasar una noche en la que más de uno no pudo pegar ojo, Brick y Butch reunieron a sus guerreros en el patio del castillo. Miyako se asomó desconsolada a la ventana de su habitación.

Bell, junto a Blaze, salió a despedirles y no se sorprendió cuando vio a Butch, Brick y Boomer con gestos serios y ofuscados. En sus rostros se leía el desagrado por su partida, cuando debían estar felices por volver a sus tierras.

Boomer, en un momento dado, levantó la vista hacia la ventana de Miyako y, tras mirar y no ver nada, malhumorado, giró su caballo y se marchó.

—Gracias por tu hospitalidad, Blaze—agradeció Butch montado en su caballo.

—¿Cuándo volveremos a veros? —preguntó Bell, entristecida.

—Quizá dentro de unos meses —señaló Brick—. Aunque Blaze ya sabe que, en cuanto nos llame, estaremos aquí.

—Gracias, amigos —correspondió Blaze—. Espero que tengáis un buen viaje y que pronto nuestros destinos vuelvan a unirse.

Y, tras estas palabras, los famosos y temidos guerreros comenzaron su viaje a las tierras altas, mientras Kaoru y Momoko, con el corazón partido y atrincheradas tras unos álamos, les observaron alejarse.

Bueno eso es todo por esta semana lo siento deberán decir está Hinata es una gran mentirosa, pero me desanime mucho porque presente el examen para la facultad pero no lo pase y estuve deprimida un mes, y pues mi mama me metió a otra universidad y la carrera está un poco pesada pero cada vez que tengo tiempo escribo un poco, pero como ya había pasado mucho tiempo dije "no esto no puede seguir así tengo que escribir", pero cuando iba a subir los capítulos el disco duro de mi computadora murió y no se salvó nada y ahí tenia los capítulos terminados y ahora los estoy volviendo a escribir.

Espero les guste el capi y me perdonen por mi ausencia pero ya saben por qué me ausente tanto tiempo prometo ahora si subir más rápido a lo mejor no semanal mente pero ya no me desapareceré todo un año.

Dejen sus Reviews son gratis y nos leemos en e próximo capitulo

Besos Hinata