Descargo de propiedad: Hetalia le pertenece a Himaruya.
Advertencia: Escenas sexuales leves.
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Vincent Van Dick = Holanda
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JUEGOS DE SEDUCCIÓN
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CAP VII: La pareja perfecta
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Francis se había esmerado en conseguirles un hermoso hotel, eso fue lo que pensó Gilbert mientras cruzaba el enorme recibidor, sus zapatos golpeteaban el brillante piso de listones de madera a cada paso, generando un ruido seco que parecía amplificarse en la magnitud del espacio. Alzó su muñeca a la altura de sus hombros y revisó la hora en su reloj de pulsera. Una sonrisa socarrona creció en las esquinas de su boca como decidió cambiar su rumbo y tomar el camino a las escaleras.
Subió al segundo piso y buscó por el corredor la suite número doscientos diez. Suavemente sujetó la perilla y la giró sin hacer ningún sonido. Su sonrisa creció, supuso que la puerta estaría desbloqueada y no se había equivocado. Entró despacio, cuidando de no hacerse notar. Afortunadamente, la figura que lo recibió permanecía de espaldas a la puerta.
Silbó, y pudo ver como la silueta pegó un respingo, los músculos de la espalda perfectamente tensos por la sorpresa. Rió, rió largo y tendido. La persona relajó los hombros al reconocer su risa y volteó a mirarle, azul océano libre del reflejo molesto de los anteojos.
Gilbert le observó de pies a cabeza, deteniéndose más tiempo del necesario sobre ciertos puntos de interés, sin preocuparse por disimular su atrevido escrutinio. Sonrió de medio lado y dejó conocer su opinión en una contenta perorata: —Nada mal Jones… nada mal. ¡Mi ropa es fantástica!
—¿Entonces, me veo bien? —tanteó, inseguro del significado implícito de aquellas palabras. Llevaba puesto el conjunto que Gilbert había elegido para él, con excepción de la corbata que aún colgaba de su hombro. Había sido incómodo tener a una persona escogiéndole la ropa —considerando que era un adulto—, pero Prusia era increíblemente insistente. Y también increíblemente bueno en el juego de piedra, papel o tijeras.
—Más que bien. ¡Asombroso! —exclamó, orgulloso del resultado de su arduo trabajo. Gilbert avanzó hacia el estadounidense y cuando estuvieron a un palmo de distancia corrió sus dedos largos entre el cabello rubio, despejando la frente de los mechones rebeldes que resentían el cambio de peinado. La mirada miope del americano se encontró con la suya por unos segundos, y le bastó ese instante para comprobar que su hipótesis era cierta: Alfred lucía mejor sin lentes. Sus ojos eran espectaculares. De un azul intenso que se volvía turquesa conforme se acercaba a la pupila—. Inglaterra lamentará sus estúpidas represiones moralistas, créeme —agregó, sonriente.
Alfred agradeció su comentario devolviéndole una sonrisa radiante.
—Y Alemania tendrá que demostrar que te quiere en serio, sino no pienso dejarte ir —canturreó en su alegría. Prusia no quiso prestar importancia a lo posesivo de la frase, sabía que Los Estados Unidos tenía una manera de pensar diferente a la suya, probablemente el muchacho nunca habría aprobado el tipo de relación que estuvo manteniendo por tanto tiempo con su hermano, puesto que su imagen del amor estaba más ligada a una idea de compromisos y lealtades. Por consiguiente, las actitudes de Ludwig debían parecerle inaceptables…
Rió entre dientes, ocultando la maraña de sentimientos que tan simple frase había despertado en su interior, e hizo lo mismo que hacía ante toda emoción desagradable: Ignorarla. Después de un breve silencio alborotó los cabellos rubios de Alfred, optando por el lenguaje corporal a falta de respuestas ingeniosas y agudeza de pensamiento.
—Deja que te ayudo con eso. —Señaló el hombro derecho de Alfred con un movimiento de cabeza, apuntando a la olvidada corbata. Tomó la prenda entre sus manos y la pasó alrededor del cuello del norteamericano, anudándola con destreza.
—¡Vaya! Eres realmente bueno haciendo nudos —chilló, alucinado por la facilidad y rapidez con que Gilbert había atado la corbata.
—Solía hacer esto para Ludwig todo el tiempo y además… —Su sonrisa se anchó y le hizo una seña con el índice, pidiéndole que se acercara. Alfred obedientemente inclinó su cuerpo hacia adelante y entonces Gilbert susurró en su oreja—: Soy bueno en todo lo que hago.
El germano restableció la distancia entre ambos y rió ante la expresión decepcionada que halló en el rostro estadounidense. El muchacho gruñó algunas frases inentendibles —que muy probablemente eran insultos dirigidos a su maravillosa persona— y le miró con el entrecejo fruncido.
—Epa, no es mi culpa que seas un cotilla —acotó, desembarazándose de cualquier responsabilidad.
—¡Los héroes no somos cotillas, somos curiosos! —se defendió. O pretendió hacerlo—. Y va siendo hora de irnos, ¿no? Llegaremos tarde a la conferencia y la idea era estar ahí temprano —refunfuñó.
—Bien —accedió en un suspiro—. Pero antes debo arreglar un detalle pequeñito contigo. —Sonrió con malicia y avanzó un paso, plantándose frente al muchacho.
—Esa sonrisita tuya no me gusta —manifestó, retrocediendo lo que el otro había avanzado.
—¡Tonterías! Es mi sonrisa de siempre.
—No —refutó—, esta es más macabra.
Gilbert le dedicó una mirada pícara y detuvo al hombre por los hombros. La chispa de diversión en los ojos carmín avecinaba un futuro desalentador para el norteamericano.
—No te muevas —le ordenó, ladeando levemente su rostro.
Alfred pegó un respingo apenas sintió la humedad de la lengua de Gilbert hacer contacto con la piel sensible de su cuello. Las manos en sus hombros ejercieron mayor presión, reteniéndolo en su lugar en tanto el hombre continuaba succionando. Estados Unidos empezaba a sentir pequeñas descargas eléctricas correr por la punta de sus dedos, calor agolparse directamente en sus mejillas.
—G-Gil… —suspiró y enseguida cerró la boca, lamentando lo urgido que había sonado.
Prusia liberó a su presa y rió ante la extrema docilidad del muchacho, y mientras observaba su rostro coloreado en rojo no pudo evitar preguntarse cómo sería en la cama. Parecía bastante receptivo para tratarse de un casi-heterosexual. Con una sonrisita traviesa bajó su vista al cuello y admiró su obra: La marca era perfectamente visible. La reacción de Inglaterra al notar la señal roja manchando la bonita piel bronceada de su protegido sería algo digno de verse.
—Ahora sí estamos listos. En marcha —decretó alegremente. Tomó a Alfred del brazo y lo arrastró a la salida, evitándose cualquier reproche.
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El antiguo reloj de pared marcaba veinte minutos para las diecisiete horas en el momento que Prusia y Los Estados Unidos de América ingresaron al salón de conferencias, conversando animadamente. Y como si su llegada fuese el conjuro que rompió un hechizo, inmediatamente la habitación se llenó de cuchicheos mal encubiertos, bien porque habían escuchado el chisme que circulaba sobre ellos o por lo extraño que era ver al hiperactivo estadounidense acompañado de la ex nación. Eso sin mencionar el aparente cambio de imagen del joven americano.
Los ojos carmín de Gilbert escanearon el lugar rápidamente: un aproximado del setenta por ciento de los países invitados estaba presente, de los cuales un noventa por ciento dirigía la mirada hacia ellos. Eso implicaba una cantidad significativa de espectadores. Muy convenientemente, Gilbert amaba ser el centro de la atención.
Sonriente, se detuvo y colocó una mano sobre el hombro de Alfred, instándolo a detenerse también, se acercó a su oreja y relamió sus labios antes de susurrar en ella, todo mientras mantenía su mirada enfocada sobre Alemania —quien fiel a su costumbre había sido de los primeros en llegar. Jones rió bajito y ladeó la cabeza para contestarle, creando el ambiente de confianza que él estaba buscando. Penosamente su escena novelesca no perduró demasiado porque Francia, qué ve tú a saber cuándo jodidos apareció, tiró de él en un abrazo, separándolo bruscamente del estadounidense.
Francis estrechó a Gilbert entre sus brazos como si no le hubiese visto en años. Sus manos resbalaron por la espalda hasta alcanzar su parte favorita de la trabajada anatomía prusiana, donde se frenaron para darle un apretón.
—Los traseros alemanes son lo mejor —exclamó contento.
—Francis —gruñó en advertencia. Nunca había compartido y menos disfrutado la peculiar manía que tenía su amigo por tocar más de lo que debe, y sin pedir permiso. Afortunadamente no necesitó decir una palabra más para conseguir su libertad. Alfred había observado la escena completa y se encargó de empujarlo fuera del abrazo, lanzándole una mirada reprobatoria a Francis en el camino.
—¡Tío, en serio eres un pervertido! No puedes ir por ahí tocando a la gente… Es incorrecto.
Prusia rió francamente, encantado y hastiado en idéntica proporción del discurso americano. Francia por su parte, más taimado, esbozó su típica sonrisa marrullera y miró a la joven nación. Un choque de distintos matices de azul tuvo lugar al cruzarse las miradas.
—Y hablando de perversiones, al parecer alguien ha pasado una noche bárbara —soltó, apuntando con el dedo índice la marca en el cuello del muchacho—. ¿No es así mi pequeño Alfred?
—No, yo… No —masculló, abandonando su pose defensiva para sumergirse en su propia vergüenza. Su mano subió instintivamente a cubrir el chupón que Gilbert había dejado en su cuello.
—Deja de molestar al niño Francis —dictaminó, interponiéndose entre ambos hombres—. Su mente no está podrida como la tuya, así que tus intentos de conseguir una historia porno son inútiles. ¡Ah! Y pierdes tiempo con el doble sentido, dudo que haya captado tu indirecta.
El galo rió entre dientes, sabiendo de antemano que cualquier burla frontal despertaría a la bestia. En cambio sonrió condescendiente, evitando por todos los medios soltar algún comentario relacionado a su comportamiento sobreprotector. Tomó entre sus dedos un mechón de cabello rubio platinado y lo acomodó atrás de la oreja de Gilbert, mirando sus ojos a través de los lentes de marco grueso rojo que utilizaba para leer.
—Pues permíteme decirte, mi amigo, que si continua pasando el tiempo con un zorro viejo como tú es cuestión de unas semanas para que la manzana se caiga de madura.
—¡En qué mal concepto me tienes! —Le sonrió travieso.
Francis correspondió la sonrisa, y después de unos segundos se dirigió a ambas representaciones: —Bueno mis queridos muchachos, es hora de arreglar mis notas. Tengo una conferencia que liderar.
—¡Discúlpeme usted por distraerlo de sus responsabilidades, señor organizador!
—Está usted disculpado —le contestó en tono burlón—. Y por cierto, ni creas que te has librado de explicarme a qué se debe tu repentina empatía hacia Los Estados Unidos. Bélgica me contó algunas cosas ejem… curiosas sobre la relación entre ustedes —completó en voz baja, esperando que Jones no escuche.
Gilbert marcó distancias, riendo alegremente mientras se alejaba. Levantó las manos a la altura de su pecho, mostrándole las palmas al francés, en señal de inocencia.
—No sé de qué me estás hablando —desconoció.
Bonnefoy elevó una de sus delineadas cejas rubias, y tras dedicarle una última sonrisa de despedida a la pareja, caminó al primer asiento de la mesa. Tomando su lugar como conductor de la reunión.
—Ustedes son muy buenos amigos, ¿no es así?
—Uhm. —Prusia despertó de su ensueño y giró buscando la voz del estadounidense, encontrándose con una sonrisa que no supo descifrar—. No tanto como parece —respondió sin hesitación.
La sonrisa de Alfred se relajó, y por primera vez desde que entrara en el gran salón de reunión prestó real atención a las naciones que estaban a su alrededor. Sintió pánico al saberse objeto del escrutinio popular, aunque de una u otra manera Gilbert le había anticipado que eso sucedería. Se sentó en uno de los asientos desocupados y alzó la mirada, demandando contacto con los ojos carmín.
—¿Por qué no te sientas a mi lado? —le pidió.
—Claro, lo que desee la superpotencia mundial —aceptó a medias, siempre jugando con el título del habían acordado que sentarse juntos sería estímulo suficiente para desencadenar una polvareda, la amable proposición, sin embargo, fue en su totalidad una improvisación americana. Gilbert se ubicó entonces en el asiento contiguo al de Los Estados Unidos, y enseguida se apresuró a echarle un vistazo a la carpeta de información que encontró esperándolo sobre la mesa. A ver si con esa distracción dejaba de lanzar miradas discretas en dirección a Alemania y Bélgica.
—Oye —Alfred inclinó su cuerpo hacia su derecha, donde Gilbert estaba sentado, descansó su codo en la mesa y cubrió parcialmente su boca con una mano para conversarle libremente—: Arthur está intentando matarte con la mirada —comentó sonriente.
—Pobre, en un futuro le explicaré que las pistolas son más efectivas —resopló.
Alfred intentó aguantar la risa, pero pronto empezó a toser y luego a reír entrecortado. Al final, todo terminó siendo el doble de escandaloso.
—¡A veces eres tan divertido! —Logró decir entre jadeos risueños.
Prusia dejó a un lado los documentos, entendiendo que su ruidoso compañero no lo dejaría leer nada de nada hasta que el conversatorio diera inicio y Francia pusiera algo de orden. Cuánta diferencia con Alemania.
Suspiró y volteó a encararlo, su semblante serio.
—Recuerda que para nosotros es sencillo encandilar a las almas jóvenes, eres tú quién tiene el reto de conquistar a un anciano. Conseguir una atracción que vaya más allá del físico es complicado.
—¿Intentas decirme que debo esforzarme más si quiero conquistarte? —probó, usando un tono que pretendía ser seductor. Alfred levantó una ceja y entrecerró los ojos, esperando su respuesta.
Y fue de esa forma como Los Estados Unidos tiró el consejo sincero de Gilbert por la borda.
—Eso es muy halagador Jones —expuso, recuperando su sonrisa insolente—. Pero al decir 'anciano' estaba refiriéndome a Inglaterra… O será que al fin te diste cuenta que yo soy un mejor partido.
El americano cayó en la cuenta de sus palabras y su rostro inmediatamente se encendió, sus pómulos rojos de vergüenza. Maldijo su falta de atención y su mala costumbre de hablar sin analizar antes sus palabras. Gilbert le dio un par de golpes amistosos en el hombro mientras seguía carcajeándose a sus anchas, y sobre todo, a su costa.
—Tranquilo, solo estoy jugando un poco contigo —Prusia jadeó, tratando de contener su ataque de risa. Levantó la vista para mirar al hombre y rápidamente supo que aquella había sido una mala idea. El rostro colorado, sumado al ceño fruncido y al puchero ofendido se le antojó hilarante—. ¡Tú cara! Oh no, dios, me rindo, no puedo parar kesesese.
—Gilbert.
Una voz fuerte y bronca, autoritaria, le llamó desde atrás, callando su risa. El corazón de Gilbert saltó en el interior de su pecho, demasiado sorprendido para evadir el latigazo de esperanza que lo atrapó desprevenido, sin embargo la sensación se disipó apenas sus ojos hicieron contacto con los azules de Ludwig, quien no había abandonado su posición. Intrigado, giró en su asiento para conocer al dueño de la misteriosa voz.
La sonrisa de Gilbert se volvió gatuna, casi predadora.
—¡Vincent qué sorpresa! —exclamó complacido, el hermano de la zorra roba novios de Emma era un pedazo de carne caliente. Lo mejor: era un pedazo de carne caliente que no le era indiferente.
—La única sorpresa es que no estés pegado a Alemania —dijo con su rigidez característica, se inclinó sobre el respaldar de la silla y completó en un susurro—: Pero esa es una sorpresa agradable.
Un dedo corrió suave por su mejilla, produciéndole escalofríos. Gilbert se preguntó por qué no había ido con Holanda después de la pelea con Ludwig. No sería la primera vez que lo hacía, y seguramente tampoco sería la última…
—¡Oye, oye, respeta su espacio personal!
"Oh cierto, el motivo es Jones" pensó, desencantado.
El enorme rubio se enderezó en toda su altura y miró a Los Estados Unidos desde arriba, sus intensos ojos verdes se achicaron, prometiéndole una muerte dolorosa al mínimo movimiento. América, como era su feliz costumbre, se mantuvo ignorante del peligro.
—Hablamos luego Gilbert —se despidió, Vincent le ofreció una última mirada y caminó al puesto que ocupaba junto a su hermana.
Gilbert volteó hacia Jones y le sonrió de medio lado.
—Holanda debería darle unas clases de miradas intimidantes a Inglaterra —apuntó mientras seguía el recorrido del hombre hasta el otro extremo de la mesa—. ¿No te parece Jones?
—¿Qué? ¿Por qué lo dices?
—Nada, nada, olvídalo muchacho. —Negó con la cabeza. A Prusia le causaba gracia la incompetencia de Los Estados Unidos para percibir el ambiente, o los sentimientos que provocaba en los demás. De cierto modo le recordaba a Antonio.
El reloj hizo un sonido potente al marcar las diecisiete horas.
—Atención al frente. —Francia tomó la palabra—. Antes de iniciar con mi exposición quisiera saber si tienen alguna queja o duda sobre el programa, o la información estadística de las carpetas.
Inglaterra levantó la mano y automáticamente la atención general recayó sobre su persona.
—Adelante, por favor. —Bonnefoy animó a que su vecino compartiera su cuestión.
—Creo que ha habido una suerte de confusión con las ubicaciones, las naciones no están agrupadas como deberían. Ludwig y Gilbert son prácticamente un mismo país, y están separados. Cómo es eso posible. —A Inglaterra realmente le importaba muy poco la disposición de las representaciones en la mesa y el aparente distanciamiento entre los hermanos alemanes, sin embargo la situación cambiaba cuando Alfred terminaba en medio del problema familiar… ¡Y sentado al lado de Prusia!
—O sea, en serio, qué hace Prusia sentado al lado de los Estados Unidos. Es como que extrañísimo.
Polonia fue el primero en hablar, y después los comentarios se extendieron como fuego en polvorín.
A Gilbert empezó a dolerle la cabeza. Él sabía. Lo sabía. Lo escuchaba en los murmullos y burlas. Para las naciones él no era más que 'el acompañante de Alemania', o en palabras más sinceras: La persona que le tomaba las notas durante las conferencias y reuniones. No poseía ningún poder, y por lo tanto no le tenían ningún respeto. Y ahora, los muy hijos de puta, juraban que Gilbert se moría por meterse en los pantalones de Jones, que daría lo que fuera por un pedazo de su poder. Já.
Pues bien, se podían ir todititos a la mierda.
—No entiendo el alboroto. —La voz de Gilbert se escuchó fuerte sobre el barullo—. Que yo sepa las sillas no vienen con el nombre bordado. Además América estaba buscando una secretaria hermosa y eficiente que le ayude con el papeleo, ¡y miren qué coincidencia!… Yo justo acababa de renunciar a mi empleo anterior porque mi queridísimo hermano aprendió a tomar apuntes por sí solo.
—En pocas palabras, Estados Unidos ha recogido el paquete que Alemania no quiere tener —Rusia añadió, una sonrisa infantil impresa en su rostro.
—El paquete que te mueres por tener rusito.
Rojo y violeta se encontraron a través del salón, y sucedió lo que sucedía cada vez que sus miradas se cruzaban: las personas ajenas a ellos desaparecían como por arte de magia.
—Suficiente de paralizaciones. —Bonnefoy interrumpió oportunamente el peligroso intercambio de palabras, retomando el control de la conferencia mundial—. Si nadie tiene una pregunta relacionada al tema de exposición, entonces empezaré…
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Francia concluyó su presentación sobre la repercusión de la crisis del euro en la economía mundial, y apenas mencionó que el resto del programa se trataría en la reunión del día siguiente Gilbert tomó la mano de Los Estados Unidos, y sin desperdiciar un segundo, lo arrastró fuera de la habitación. Arthur los vio marcharse apresuradamente y maldijo en voz baja. Tendría que posponer su conversación con Alfred, pero afortunadamente aún quedaba una persona en el salón con quien deseaba intercambiar un par de palabras.
Ordenó prolijo sus apuntes y documentos y los metió dentro del fólder que Francis había repartido a los invitados, después guardó todo en su maletín negro y lo cerró. Kirkland dejó sus cosas listas sobre su asiento y caminó despacio hasta el lugar de Alemania.
—Necesito hablarte —exigió.
El rubio alemán levantó la mirada para toparse con los ojos verdes de Arthur, rápidamente regresó su atención a su trabajo y mientras escribía unas últimas observaciones en su libreta, contestó: —Yo no tengo nada de qué hablar contigo Inglaterra.
Arthur aprovechó que Alemania estaba sumergido en sus notas para rodar los ojos con total libertad.
—Me disculpo por cómo te hablé la última vez que nos vimos, prometo que no volverá a pasar —se excusó a regañadientes, y sin embargo reconoció que su comportamiento en aquella ocasión no fue el apropiado—. Por favor, solo voy a quitarte unos minutos —insistió.
Ludwig soltó un suspiro de fastidio.
—Está bien Inglaterra. Cinco minutos —accedió finalmente.
—Perfecto. Entonces esperemos unos momentos a que las representaciones terminen de retirarse. Esta conversación, como bien te imaginarás, tiene un tinte más bien personal.
Bélgica—que estaba sentada al lado de su novio, acompañándolo— frunció levemente el entrecejo, sintiéndose aludida. Es más. Emma presentía que las palabras del inglés estaban dirigidas únicamente a su persona, aunque no fuera así.
—¿Debo esperarte afuera, querido? —preguntó, posando su mano suavemente sobre el hombro de Ludwig. Emma intercambió una mirada con el hombre, obsequiándole también una sonrisa cariñosa.
—Sí, por favor. Puedes ir avanzando al hotel, yo pasaré por ti para cenar juntos.
—Muy bien. —Ocultando su decepción Emma le dio un beso de despedida. Recogió su cartera y se la colgó al hombro, para enseguida caminar a la salida del salón.
Kirkland vio con una sonrisa desdeñosa como la mujer se alejaba. Tomó asiento en una silla cercana y cruzó las piernas, esperando que las pocas naciones que quedaban abandonaran el recinto.
Tres minutos más tarde, Grecia era el último en salir.
—Ninguno de los dos está contento con que nuestros hermanos pasen el tiempo juntos, y no gastes tu saliva intentando negarlo. Las mentiras no funcionan conmigo. —Inglaterra empezó a hablar solo después de cerciorarse que la habitación estaba completamente desierta—. Necesito que me ayudes a separarlos.
—¿Por qué haría tal cosa? —La expresión seria de Ludwig no había cambiado. No parecía interesado en absoluto, pero vaya que sí lo estaba.
—Si estás cómodo con la situación entonces hazlo como un favor personal. Yo te lo pido —solicitó. Arthur odiaba pedir favores, sin embargo debía admitir que él solo no podría contra Prusia. El hijo de perra era inteligente, un manipulador brillante. No quería siquiera imaginar la clase de trucos baratos que había utilizado para acercarse a Los Estados Unidos—. Prusia no lo ama, lo lastimará.
"Dos pueden jugar al mismo juego" parafraseó en su cabeza, sonriendo. Él también era inteligente, y creía firmemente que si conseguía tener a Alemania de su parte, Gilbert estaría a su merced.
—¿Y tú cómo sabes?
Inglaterra bufó. Comenzaba a irritarse.
—¡¿Qué cómo lo sé?! Tú deberías entenderlo mejor que nadie…, tú eres la única nación que importa para Prusia. Siempre ha sido así.
—Somos hermanos, Inglaterra. ¿Lo recuerdas?
—¡Pues su afecto no es de hermanos! —estalló.
Ludwig Beilschmidt aguantó la respiración. Su corazón pulsaba a mil por hora, tan rápido, que por un segundo pensó que moriría de taquicardia. Su rostro se puso muy pálido y sus ojos celestes revelaron un ápice de terror ante la aparente realización de su peor pesadilla. Alemania apretó sus puños e hizo su mejor esfuerzo por relajarse. Aquello debía de ser una grandísima equivocación. Era imposible que Inglaterra haya descubierto su romance clandestino, imposible.
—Explícate —le ordenó suavemente. Trató que su voz sonara lo menos distorsionada posible.
—Yo también tengo hermanos Alemania, conozco el sentimiento —articuló con seguridad—. Y para comenzar te puedo asegurar que los lazos no son tan fuertes.
El germano sintió el alma volverle al cuerpo. Ese había sido un buen susto. Afortunadamente la teoría de Kirkland no pasaba de corazonadas y presentimientos.
—No estoy de acuerdo —rechazó la opinión.
—¡Por Dios, qué terco! Un hermano no hace lo que Prusia hizo por ti. Yo no lo habría hecho.
—Eso es porque no amas lo suficiente —arguyó. Ludwig se plantó en sus trece, dispuesto a inventar una pantalla, ocultando los verdaderos sentimientos de su hermano bajo un manto de inmenso amor fraternal. Amor que existía y que con el tiempo había mutado en algo más profundo: Maravilloso.
Inglaterra gruñó. Ahora estaba oficialmente cabreado y observar la cara sin emoción de Alemania no ayudaba a mejorarle el humor.
—¿Estás burlándote de mí? No importa cuánto ames, los sentimientos recaen en un segundo plano. Cada nación tiene una población que proteger y ese es su principal objetivo —se defendió. Demoró unos segundos en tranquilizarse y después de la pausa completó—: Y Prusia ignoró el pedido de su pueblo por ti… Ninguna nación hace eso. Hermano o no.
—Esta conversación no está llegando a ningún lado. —Ludwig anunció en un suspiro.
El británico se levantó de un salto y apoyó sus palmas sobre la mesa, golpeando la madera barnizada con fuerza. El sonido produjo un eco que se oyó a todo lo largo de la habitación vacía.
—¡No eres más que un ciego, y encima ingrato! Lo mínimo que puedes hacer por Prusia es otorgarle el grado que le corresponde dentro del gobierno alemán. No estoy pidiéndote que correspondas su amor en idéntica intensidad, simplemente pido que seas considerado, porque si Prusia se refugia en Alfred es única y exclusivamente culpa tuya. —Usó su último recurso.
—Si debes utilizar temas sensibles para convencer, entonces tu discurso no está funcionando —dijo con convicción—. Me voy a descansar Inglaterra, que tengas una buena tarde.
Ludwig se paró de su asiento, levantó sus cosas y caminó rápidamente. Sin ganas de escuchar más.
Arthur se tumbó en una silla, molesto y agotado. Alemania lo ayudaría. Sus palabras tendrían efecto en él tarde o temprano, se sentiría culpable y dejaría al italiano baboso y a su novia insoportable para recuperar la vieja relación con su hermano. Volverían a ser inseparables y Alfred quedaría fuera de la ecuación nuevamente. Así debía ser y así sería.
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—Hola Alfred. —Arthur saludó al muchacho con una sonrisa. América le había abierto la puerta de su suite, sus vivarachos ojos cerúleos, sin nada que los opaque encima, se mostraron muy sorprendidos por su visita.
—¡Eh Arthy! ¿En qué andas? —berreó enérgico—. No te esperaba…
—Pues estaba paseando por el hotel y pensé que tal vez podríamos comer juntos, ¿qué me dices?
—¡Vaya! Uhn yo no sé-
Gilbert apareció por atrás y echó sus brazos alrededor del cuello de Jones.
—¿Necesitas algo de mi novio, británico? —Prácticamente escupió la última palabra. Le dio un besito en la mejilla a Alfred, divirtiéndose con todo aquel teatrillo mucho más de lo que había imaginado en un comienzo.
Inglaterra endureció su visaje, para gran entretenimiento del prusiano.
—Sí, de hecho estaba invitándolo a cenar —contestó, provocador.
—No puede. Estamos ocupados.
—Me gustaría que me respondiera él, si fueras tan amable. Gracias.
—¿Acaso quieres que te haga una demostración gráfica con plátanos y manzanas? Esperaba mayor rapidez mental de tu parte Inglaterra, pero creo que decirte esto es indispensable: tu hermanito es mi cena. Y ahora, si nos permites… —Le cerró la puerta en la cara.
—Joder, soy asombroso…
Alfred le sonrió en complicidad.
—Fuiste un poco rudo —agregó. Una parte de Los Estados Unidos se sentía terriblemente culpable, y la otra, mucho más sincera y vengativa, disfrutó rechazar por una maldita vez a Inglaterra. Aunque literalmente él no había sido quién lo hizo. El punto es que al fin Arthur estaba probando un poco de su propia medicina.
—No hombre, ¡qué estuve genial!
—Bueno… Tal vez fue divertido —admitió Jones en un susurro.
Gilbert le hizo un guiño y le dio unas palmaditas en la espalda, su sonrisa del millón de dólares intacta y fulgurante.
—Empezamos a entendernos muchacho.
—El problema es que no podremos comer en el restaurante del hotel. ¡Y yo muero de hambre! —se quejó.Estados Unidos se dejó caer sobre el canapé de la pequeña sala de estar e hizo un puchero, su estómago estaba gritándole.
—Yo puedo solucionar eso.
Gilbert se sentó en el sofá vacío y estiró su brazo para coger el teléfono de la suite, discó un anexo de tres números y esperó impacientemente a que lo atendieran.
—Buenas tardes, solicito servicio a la habitación para la suite doscientos diez. —Hubo una pausa—. Quiero dos de sus mejores platos. —Otra pausa, está vez más larga—. Cualquier cosa está bien. ¡Ah, pero no vaya a traerme caracoles! También agregue cerveza, mucha cerveza, vodka y… un bourbon para la señorita. —Se detuvo para escuchar—. Vale. ¡Y que sea rápido francesito!
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Alfred y Gilbert habían pasado las últimas tres horas bebiendo mientras rememoraban sus anécdotas y compartían extractos de su vida el uno con el otro. Estaban frente a frente, ambos sentados sobre la única cama del dormitorio, las botellas de alcohol vacías descansaban sobre la mesita de noche. El americano estaba particularmente alegre, no por todo el bourbon que había tomado, sino por lograr un avance con Gilbert. Al menos ya no sentía que hablaba con una pared. Prusia le había contado mil historias de guerra, e incluso, milagrosamente, le había revelado uno que otro pasaje de su infancia.
Él estaba feliz, por supuesto que lo estaba, pero aún no estaba satisfecho.
Desde que terminara la reunión Prusia había estado inquieto. Disgustado. Frustrado. Ausente. Si bien parecía normal, observándolo con atención descubrirías que no era así. Estados Unidos no era idiota. Sabía que entre ellos existía una barrera, una barrera que Prusia había erigido muchísimos años atrás y la cual nadie conseguía atravesar…, salvo Alemania.
Pensándolo bien, él y Ludwig tenían algo en común: Los dos fueron criados por una nación, y gracias a ello habían conseguido deslizarse a través de sus defensas y sus máscaras sin ningún esfuerzo. Sin siquiera quererlo o intentarlo. Y ahora, que realmente era consciente de lo que quería, no sabía cómo hacerlo, ni el porqué.
—Eres mejor bebedor que tu tutor.
Gilbert le ofreció su copa, despertándolo de su ensueño. Alfred estiró el brazo para recibir el vaso, no era fanático del vodka, pero aceptaría tomarlo a falta de bourbon y cerveza.
—Lo soy —afirmó con una sonrisa divertida. Miró al rostro de Gilbert y al reparar en una marca negra bajo su oreja preguntó—: Oye Gil, ¿cuántos tatuajes tienes?
—Tres.
El europeo bajó de un salto, presentando su cuerpo semidesnudo a los ojos azules. Volteó un poco la cabeza, luciendo el lateral de su blanquísimo y largo cuello.
—Este es un uróboros —presentó. Luego dio la vuelta, exponiendo el enorme tatuaje que adornaba su espalda—. Este es un águila. —Por último levantó su pierna izquierda y la sostuvo con una mano, formando un número cuatro inverso, para mostrarle la parte interior. Ahí, abajo, muy cerca al tobillo, estaba dibujada una cruz—. Y este es una cruz de hierro.
—El águila está muy impresionante.
Gilbert alzó la mirada, sonriente y listo para soltar algún comentario egocéntrico, pero al hacerlo pilló a Jones observando en dirección a su entrepierna. Lejos de incomodarse, su sonrisa se amplió.
—¿Qué miras?
—¿Eres tan grande cómo se dice? —Alfred formuló su pregunta con toda la sinceridad y descaro que proporcionaba el alcohol. Gilbert arqueó una ceja.
—No soy grande. Soy MUY grande —aclaró, poniendo sus brazos en jarras.
Alfred comenzó a carcajearse.
—¿Qué es tan divertido? —Gilbert metió los pulgares bajo el elástico de su ropa interior, jugando con el borde—. Si no me crees puedo demostrártelo.
Los Estados Unidos bajó de la cama a tropezones y sujetó al prusiano por los hombros, evitando que cumpliera su amenaza.
—Te creo, te creo. ¡No te quites eso! —chilló escandalizado. El norteamericano se quedó inmóvil en su posición mientras los rezagos de su risa desaparecían,cruzó su mirada azul con la roja de Gilbert e inmediatamente fue atacado por una fuerza imperiosa que lo empujó a eliminar los centímetros que los separaban. Juntó los labios en una caricia torpe, un tanto brusca.
Sería mentira decir que Gilbert presagió la repentina acción del muchacho, sin embargo correspondió el beso rápidamente y tomó el mando a la misma velocidad, forzando a Alfred a cambiar su ritmo por uno mucho más cadencioso y suave. Su lengua se deslizó despacio sobre el labio inferior y se empujó dentro de la boca ajena, moviéndose en un vaivén constante.
Alfred ladeó el rostro en busca de un ángulo que le otorgara mejor acceso. Jadeó en medio del beso y se colgó al cuello del prusiano, maravillado con la sensación de ahogo que se extendía a lo largo de su garganta.
Cuando el americano se separó sus mejillas estaban rojas, y sus labios todavía más. Su respiración era superficial y su cabeza estaba sumida en un auténtico revoltijo de sentimientos contradictorios: ¿Qué lo había impulsado a actuar así? Estados Unidos disfrutaba de las curvas pronunciadas de las mujeres, de los cuerpos delgados y blandos. Gilbert no era nada similar. Su mirada era afilada y desafiante, sus hombros anchos, sus pectorales sólidos, sus abdominales marcados, y si seguías bajando…
Una de las manos de Gilbert viajó hasta la espalda baja del rubio, atrayéndolo hacia sí.
—Ahhh —suspiró largo y prolongado.
—Eres tan receptivo —ronroneó sobre su oreja y le dejó un besito en la mejilla.
Alfred concluyó en desconectar su cerebro, que no hacía más que darle dolores de cabeza, y volvió a besarlo. Puede que Gilbert no era Arthur. Tampoco era una mujer, ni era sumiso, y menos modesto o sincero o alegre, y poco le importaba. El sabor a cerveza y chocolate amargo persistía en sus labios, y le encantaba. Era adictivo.
Prusia lo agarró por la nuca y profundizó el beso. Iba a arrepentirse al día siguiente. Tenía tanta rabia metida, estaba tan frustrado por la putísima reunión y por la indiferencia de Ludwig, que necesitaba liberar todo esa furia reprimida de alguna u otra manera.
Tomó el borde de la camiseta ancha de Alfred y la levantó un poco, cortó el beso.
—Quítatela —ordenó con su voz ronca.
El norteamericano obedeció y sacó su jersey, dejándolo caer en el suelo. Gilbert sonrió encantado, ya hacía un buen tiempo desde que no era el dominante. Es más. Ya hacía un buen tiempo desde que no tenía sexo en absoluto.
Mordió el labio inferior del menor y fue descendiendo sus besos por el cuello. Recordaba vagamente que era un punto muy sensible, succionó con fuerza, y efectivamente, Alfred dio un respingo y jadeó. Sus manos trazaron el pecho y el vientre, tanteando la piel bronceada sin verla. Gilbert se sentó en el colchón, rebotando levemente, y jaló a Alfred cerca. Le desabotonó el vaquero negro y bajó el cierre, descubriendo gratamente que no traía ropa interior.
Beilschmidt rió entre dientes.
—Uhm empiezas a gustarme Jones… ¿O prefieres que te llame Alfred?
—Alfred. Dime Alfred.
Gilbert sonrió por toda respuesta y besó su estómago, los músculos no estaban muy marcados pero en general le gustaba la apariencia de Alfred. Sus ojos eran una maravilla. Sacó su lengua y la deslizó lentamente, bajando poco a poco, hasta que su mentón rozó los vellos rubios.
—Quieres que continúe Alfred, después de esto no hay retorno —le advirtió. Sus ojos rojos miraron hacia arriba, haciendo contacto con los preciosos ojos turquesa.
—Continúa —suplicó, aferrando entre sus dedos cabello rubio platinado y empujándolo en dirección al sur—. Por favor, continúa.
Y con esas palabras selló su placentera condena.
Tal vez lo habría pensado dos veces si hubiera conocido lo que aquello conllevaría a futuro.
Continuará
.
Notas de la autora:
Bien, en este capítulo han pasado muchas cosas. No me salió lo divertido que yo pensaba, pero espero sinceramente que lo hayan disfrutado. Yo disfruté escribirlo. Pido disculpas por la demora, pero entre mis exámenes y trabajos finales y mi graduación no me quedaba mucho tiempo libre, espero que la longitud de este capítulo (el doble del anterior), sirva para que me odien menos D:
Para el próximo capítulo agradecería si me ayudan a elegir el tema de la conferencia, ¿les parece bien el que se propuso? Necesito meterme un poco en el tema de exposición, así que les consulto a ustedes algún tema de actualidad que consideren importante. También se viene el famoso 'día siguiente', y sabremos un poco más de Ludwig.
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Muchos besos a los que leen, a los que comentan, y a los que siguen esta historia. Ya saben, cualquier comentario y crítica es bien recibida. También les quiero pasar el link de un fan art hecho por una lectora muy talentosa - kikyoyami8:
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Eliminen los espacios. ¡Y si les gusta el dibujito, entonces déjenle comentarios! :)
