CAPÍTULO 7

-Teniente, los Condes Everdeen desean ver al Capitán Seneca -le informó el Cabo de Guardia a Finnick, que ya caminaba hacia el patio al haber escuchado que alguien llamaba.

-Que pasen inmediatamente -le ordenó. Debía ser algo importante para que se personasen a esas horas de la noche en el Fuerte. -Conde Marvel, Condesa Clove -se cuadró ante ellos en cuanto estuvo a su altura. -¿Ha ocurrido algo? -le preguntó a Marvel, indicándoles con la mano que le siguieran.

-El Gavilán ha secuestrado a mi hermana, Teniente -le informó con desasosiego.

-Ha sido una verdadera emboscada estudiada al detalle -le narraba Clove a Seneca ya en su despacho.

-De repente apareció El Gavilán, tomó a mi hermana y, rápidamente, desaparecieron en la noche -añadió Marvel. -Y también se han llevado a mi capataz.

-¿A Cinna? -preguntó Finnick tratando de ocultar la alarma de su voz ¿El hermano de Annie?

-Sí, a él -le confirmó. -Lo han mantenido a punta de pistola mientras cogían a Katniss y lo han obligado a ir con ellos.

-¿Qué sabes sobre ese Cinna, Teniente Finnick? -lo miró Seneca con cierto recelo.

-Nada, Capitán -se apresuró a responder. -Simplemente lo he conocido en Vilastagno.

-Está conmigo desde hace muchos años -le aclaró Marvel.

-Capitán ha sido terrible -recalcaba Clove. -Sólo con pensar en lo que podría sucederle a la pobre Katniss -suspiraba con fingida preocupación.

-No temáis, Condesa -la tranquilizó Seneca. -La encontraremos antes de que puedan hacerle daño.

-Debemos empezar a buscarla enseguida -lo apremió Marvel.

-¿En el bosque y en la oscuridad? -dijo con cierta sorna. -Lo siento Señor Conde pero debemos esperar a que se haga de día.

-Pero...

-Teniente Finnick, quiero que vayas a Vilastagno -hizo Seneca caso omiso a su petición. -Haz registrar las habitaciones de la servidumbre e interrogad a los criados, a todos, que ninguno quede excluido.

-Sí, Capitán -respondió, aunque con cierto malestar en su rostro que trató de disimular.

-Capitán ¿qué significa esto? -inquirió Marvel airado. -Mis siervos no tienen nada que ver con la banda de El Gavilán y respondo personalmente por ellos.

-Señor Conde -alzó Seneca su barbilla con aire seguro en sus facciones. -Vos sabéis bien que los hombres de El Gavilán se esconden tras vuestros campesinos. ¿Por qué no tras vuestra servidumbre? -aventuró. -¿Habéis olvidado el desagradable episodio del bicornio?

-Pero yo tengo plena confianza en todos ellos -argumentó Marvel.

-Sin embargo, yo no me fío de nadie y jamás he tenido que arrepentirme de ello -apostilló con gran suficiencia.

-El Capitán tiene razón -intervino Clove. -¿Qué sabemos nosotros de los actos de esa gente?

-Si se va a hacer un registro en mi casa exijo que éste se haga en mi presencia -le advirtió Marvel a Seneca desafiante, desoyendo las palabras de su esposa. -Y al igual que yo he de aguardar a mañana, vos también aguardaréis -aseveró con firmeza. -Espero que, por vuestro bien, en tan absurda espera no le suceda nada a Katniss.

-Tenemos que limitar su incomodidad cuanto sea posible -le daba Peeta indicaciones a Cato. -Ya la hemos asustado bastante.

-¿Y eso por qué? -refunfuñó él. -A la Condesita le importa un comino los campesinos y vos no me podéis pedir que la trate con suavidad. -Resopló con disgusto. -Nos hemos equivocado al cogerla a ella, deberíamos haber cogido al Conde.

-Marvel Everdeen sabrá negociar con Seneca -le contradijo Peeta. -La Condesita jamás podría haberlo hecho.

La mirada de Cato dejaba bien claro que no estaba muy de acuerdo con aquella decisión.

-Sólo porque vos la amáis no...

-Escucha, Cato, harás lo que te digo -lo cortó Peeta con brusquedad antes de que pudiera continuar con su insolente alegato. -Serás amable con los prisioneros y esto es una orden. No hay nada más que discutir.

Cato lanzó una mueca disconforme y dio media vuelta, alejándose. Haymitch, que observaba la escena desde lejos, aprovechó ese momento para acercarse a él.

-¿Preocupado? -palmeó la espalda de Peeta amistosamente.

-Mucho -reconoció con cierto abatimiento en su rostro.

-¿Crees que no recuperaremos el grano? -lo miró Haymitch inseguro.

-Pienso en el precio que habremos de pagar por él -le respondió dirigiendo su mirada hacia la cabaña donde habían ocultado a Katniss y Cinna. Sentados en el suelo, atados a un poste situado en mitad de la única estancia que abarcaba aquella construcción, se hallaban los dos jóvenes.

-¿Qué nos harán? -le preguntó Katniss al muchacho, sin ánimo de ocultar su inquietud.

-No os preocupéis, Condesita -trató él de alentarla. -Estoy seguro de que El Gavilán no os hará daño. Apoyaos en mi hombro y tratad de descansar. Mañana sabremos que quieren de nosotros.

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* ~ § ~ *

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Tal y como le había ordenado el Capitán Seneca, a la mañana siguiente Finnick se presentó en el palacio de los Everdeen para empezar con el registro de las habitaciones de la servidumbre. Todos ellos se habían agolpado en el patio delantero que daba a los cuartos sin entender muy bien porqué estaban allí los soldados franceses.

-¿Qué querrán ahora de nosotros? -inquirió Effie molesta. -Estos franceses no dejan en paz a nadie.

-Ten cuidado con lo que dices -le susurró Octavia por lo bajo. -¿Quieres que te arresten? ¿No te basta con que El Gavilán haya cogido a la Condesita Katniss y a Cinna?

-Effie, ¿qué le harán a Cinna? -le preguntó Annie angustiada. -¿Y a la pobre Condesita? Quién sabe cómo la estarán tratando.

-Verás como ambos están bien -le dijo ella infundiéndole ánimos, sabiendo que no mentía con tal afirmación.

-¡Empezad con el registro! -le ordenó Chaff al resto de soldados.

-¡No! -exclamó Finnick alzando su mano, indicando a sus hombres que se detuvieran. -Debemos esperar al Conde -les informó, lanzándole una mirada de advertencia a Chaff.

-Sí, Teniente -accedió a regañadientes. Mas no tuvieron que esperar mucho pues Marvel ya accedía al Patio.

-Buenos días, Conde -se cuadró Finnick.

-Buenos días, Teniente -le respondió con gesto serio. -Permítame que les diga unas palabras antes.

-Por supuesto -asintió él.

-Queridos amigos de Vilastagno. Por orden del Capitán Seneca se procederá al registro de vuestras dependencias en busca de cualquier indicio que pueda llevar al paradero de El Gavilán.

Como era de esperar, el murmullo de desaprobación por parte de la servidumbre no se hizo esperar.

-Por favor -alzó Marvel las manos con gesto conciliador. -Os pido que colaboréis. Ya podéis empezar, Teniente -se dirigió ahora a Finnick.

-Adelante -Finnick les indicó con un movimiento de cabeza a los soldados, que se apresuraron a obedecer.

Antes de que Annie pudiera dirigirse a su cuarto y acompañar a algún soldado hasta él, Finnick se adelantó y la detuvo, tomándola ligeramente por el brazo, aunque a Annie, aquel simple y leve contacto la hizo temblar, al igual que aquella profundidad azul de sus ojos que la invitaba a perderse en ellos.

-Annie, ¿dónde está la habitación de tu hermano? -le preguntó con suavidad inclinándose sobre ella.

-Por aquí -respondió turbada.

Empezó a caminar, incitándolo a seguirla, pero cuando llegaron allí ya había un soldado en su interior, revolviendo todo a su paso, sin importarle en absoluto el caos en el que estaba dejando la habitación.

-¡Soldado! La orden es la de hacer un registro, no la de hacerse odiar -le increpó duramente. -Fuera de aquí, ¡ahora!

-Sí, Teniente -se cuadró el soldado con expresión de disculpa.

-Menudo desastre -masculló entre dientes Annie con claro malestar, cogiendo algunas cosas que había por el suelo, tratando de ordenar aquel alboroto. -No sé qué esperaba encontrar -continuó, incluso más indignada que antes. -Mi hermano no tiene nada que ver. Se supone que es una víctima.

Entonces Finnick se acercó colocándose frente a ella y posó con delicadeza su mano en el hombro de la joven, gesto que la sobresaltó, aunque esta vez, lejos de sentir esa agitación que la había invadido momentos antes, notó con su tacto como un halo de sosiego y calma se adueñaba de ella.

-Tranquilízate -musitó Finnick mientras deslizaba muy lentamente su mano por su brazo, hasta llegar a la mano de Annie, tomándosela.

-Lo encontrareis ¿verdad? -le pidió ella anhelante, casi hechizada por el dulce calor que le transmitía el roce de su piel.

-Lo encontraremos -le aseguró él con voz grave.

-Gracias, Teniente -sonrió ella con candidez.

-Finnick -le susurró él con clara invitación, presionando levemente sus dedos entre los suyos.

-Finnick -dijo ella con un hilo de voz, cautivada por aquella mirada azul que penetraba en la suya, como si quisiera leer su alma. Él le respondió con otra sonrisa, resplandeciente, producida por aquel sonido que endulzaba sus oídos.

-He de marcharme -le anunció él soltando, muy a su pesar, su mano.

Annie asintió y se limitó a caminar a su lado, como si un lazo invisible la mantuviera atada a él y, dejándose llevar, lo acompañó hasta su caballo.

-Ya hemos terminado -le informó en ese momento Chaff.

-¿Habéis hallado algo? -quiso saber.

Chaff negó con la cabeza, con cierto disgusto.

-Muy bien, entonces volvamos al Fuerte -le ordenó.

Antes de montar, se volteó a mirar a Annie y permaneció así sin decir palabra alguna, sólo observándola, durante unos segundos, segundos que a Annie se le antojaron eternos y únicos, sin que nada más existiera, sólo la intensidad del mar de esos ojos.

-Hasta pronto -dijo al fin Finnick

-Hasta pronto -sonrió Annie con timidez.

Finnick entonces, con gran agilidad, montó el corcel y, dedicándole una última mirada, tensó las riendas del caballo y se alejó de allí. Annie quedó estática contemplándolo. La desgracia del secuestro de Cinna le concedía esa pequeña retribución, la de poder deleitarse en el garbo y la gallardía de su impecable figura sin temor a que su hermano pudiera descubrirla y reprenderla.

Quien sí se percató de la escena fue Effie que observaba con aflicción a la muchacha. Adoraba a Annie, como si fuera una hija y le apenaba sobremanera que hubiera decidido posar sus ojos en aquel oficial francés. Ya no era desconfianza hacia el joven, por su mirada no era difícil entender que el mismo sentimiento había nacido en él pero, dada la situación, aquello iba a traer la desdicha a los dos. Aquel teniente formaba parte de las líneas enemigas, ella misma estaba luchando contra ellos y, aunque Effie siempre había sido de la firme opinión de que el amor puede salvar cualquier obstáculo, en cuanto a ese en concreto ya no estaba tan segura. Quizás ella debería aconsejarle o tratar de disuadirla, más bien sabía que si el amor ya había sembrado su semilla en ella, no serviría de mucho. Sólo le quedaba confiar en que ese brote creciera fuerte entre los dos y les ayudara a sobrellevar lo que pudiera venir cosa que, muy a su pesar, ella misma estaba colaborando a desencadenar. Sacudió la cabeza tratando de alejar los malos pensamientos que trataban de asaltarla y buscó a Marvel con la mirada, hacia el que se encaminó.

-Señor Conde -lo saludó ella.

-Dime Effie, ¿estás bien? -se interesó él en vista de su expresión abatida.

-Disculpadme, sé que no es un buen momento dada la situación que se vive en el palacio hoy -se excusó ella bajando el rostro, -pero he recibido una nota de una amiga muy querida que está muy enferma y reclama mi presencia.

-Llévate el carro si lo necesitas -posó Marvel su mano en su hombro de forma cariñosa, sonriéndole.

-Gracias, Señor Conde, pero no es necesario -respondió ella. -Puedo ir a caballo.

-Vete y no te preocupes -le reiteró.

Effie se inclinó agradecida y corrió a las caballerizas, emprendiendo rumbo hacia la guarida del bosque. Le desagradaba tener que mentir así, aunque había empezado a acostumbrarse con tal de justificar sus ausencias para encontrarse con Peeta y sus hombres y, normalmente resultaba sencillo pues era por un par de horas a lo sumo. Sin embargo, teniendo retenidos a Katniss y a Cinna, podrían necesitar de su ayuda y prefería permanecer allí con ellos el tiempo que fuera necesario.

Cuando llegó al refugio, comprobó que todos los hombres estaban allí, a excepción de Peeta. El asombro de Haymitch fue más que evidente al verla llegar.

-¿Qué hacéis aquí? -le preguntó mientras ella ataba su caballo con los demás.

-Hoy mi lugar está aquí -le aclaró Effie con seguridad.

-Creo que os arriesgáis demasiado -le reprochó él. -No quiero ni pensar en las posibles consecuencias si os descubrieran.

-Nuestra causa bien lo vale -afirmó ella sin apenas mirarlo.

Haymitch de repente tomó su mano, haciendo que levantara la vista, fundiendo él su mirada en la de ella.

-Eso nunca -aseveró él con clara desazón reflejada en su voz y en sus ojos.

-¿Hay alguien ahí fuera? -el grito de Katniss los interrumpió. -¿Dónde está el famoso Gavilán, ese bandido que sólo es capaz de raptar a una mujer?

-¡Se acabó! -bramó Cato tomando un pañuelo y dirigiéndose a la cabaña, cubriéndose el rostro con el suyo.

Effie no pudo evitar reírse del arrebato del muchacho y Haymitch la acompañó.

-La Condesa no ha parado de reclamar desde que amaneció -le aclaró Haymitch así el comportamiento del joven.

-¡No sois más que un atajo de cobardes! -continuaba Katniss.

-Dejad de gritar, Condesita -le pidió Cinna. -Os repito que no nos harán nada. No tengáis miedo.

-Yo no tengo miedo -espetó ella, justo en el instante en que Cato irrumpía en la cabaña. -Yo no tengo miedo ni de vos ni de nadie ¿habéis entendido? -le gritó Katniss al verlo entrar.

-Ahora os hago callar yo -farfulló él desafiante yendo hacia ella.

-No oséis tocarme -alcanzó a decir, antes de que Cato tapara su boca con el pañuelo y lo atara.

-No le hagáis daño -intercedió Cinna por su patrona. -Sólo quiere saber ¿por qué estamos aquí?

-Tú, cállate -le advirtió, tras lo que se apresuró a salir de la cabaña.

Justo en ese instante llegaba Peeta al refugio.

-¿Todo bien? -le preguntó a Haymitch que acudía a su encuentro.

-Sí, aparte de los gritos -le sonrió él con malicia, señalando con la cabeza a Cato, que venía saliendo de la cabaña con aire furibundo.

-¿Gritos? -se extrañó. Peeta tomó el morral de la montura de su caballo y caminó hacia la cabaña poniéndose su máscara, cruzándose con Cato.

-¿Has amordazado a la Condesa? -le interrogó Peeta.

-Sí -respondió sin prestar atención al disgusto de su expresión.

Peeta entró en la casa y, sin vacilar, se arrodilló tras ella y le quitó la mordaza de la boca.

-¿Qué queréis de nosotros? -le inquirió rápidamente Katniss en cuanto se vio liberada.

El muchacho no contestó. Sacó una manta del morral y la colocó sobre ella, cubriéndola.

-¿Por qué tanta amabilidad? -preguntó desconfiada. -¿Qué queréis de mí? Tened al menos el valor de responderme.

Peeta hizo todo el esfuerzo para no reír. Le maravillaba la naturaleza de su amada. Era lo suficientemente frágil y delicada como para sonrojarse con una de sus miradas pero era capaz de sacar el arrojo y aplomo suficientes como para desafiar a un bandolero sin importarle que su vida pudiera depender de él.

-¿Entonces? -insistió ella airada por su indiferencia viendo que aquel truhan estaba abandonando la cabaña haciendo oídos sordos a sus cuestiones. -¿Me oís? Respondedme.

-Cato -lo llamó Peeta estando ya fuera de la cabaña. -Ve y trae al muchacho -le pidió. -Vosotros seguidme el juego -les indicó a los demás.

El joven obedeció y entró a la cabaña, liberando a Cinna.

-¿Y yo? -preguntó Katniss al ver que las intenciones del muchacho eran dejarla allí.

-Él te lo ha quitado pero yo te lo puedo volver a poner, así que calladita -le advirtió amenazante. Katniss hizo una mueca pero accedió.

Cuando hubieron salido de la cabaña, Cato llevó a Cinna ante el resto de sus compañeros, colocándolo frente a Peeta.

-Al fin nos miramos a los ojos, Gavilán -masculló el capataz en cuanto estuvo ante él.

-Vete, eres libre -le dijo Peeta sin embargo, provocando un gran asombro en el muchacho. -Te he dicho que te vayas -insistió Peeta.

-Sin la Condesita no me voy -discrepó Cinna. -No me marcharé dejándola en vuestras manos. Antes me hago matar -sentenció con gran seguridad.

-Bien, si es lo que quieres te complaceremos enseguida -respondió Peeta con apatía en su voz. Entonces levantó su arma y apuntó al joven, haciendo el resto de sus hombres lo mismo.

-Creía que estabais con los campesinos, en contra de los invasores franceses -dijo alzando su barbilla, lejos de amedrentarse. -Ya veo que me equivocaba.

-Sí, te equivocabas -le confirmó Peeta con sorna sin bajar el arma, amartillando el percutor.

-Prefiero morir antes que huir como un cobarde dejando aquí a mi patrona -se envalentonó aún más al escuchar aquel característico sonido metálico, que podía suponer su muerte si alguno de aquellos bandidos que le apuntaban decidía apretar el gatillo. -¡Disparad, estoy listo!

-Por mí es suficiente -bajó Peeta de súbito el arma, sonriendo ampliamente.

Entonces todos los hombres comenzaron a descubrir poco a poco sus rostros bajo la mirada llena de desconcierto y regocijo de Cinna, que reconocía uno por uno a todos ellos.

-¡Cato! ¡Effie! -exclamó atónito.

-Aquí está nuestro héroe -le sonrió Cato con aprobación.

-¡Bravo, Cinna! -le felicitó Effie. -Ya te había dicho que estaba listo -le recordó a Peeta, que aún seguía con el rostro oculto.

-Te lo advierto -se dirigió Peeta al muchacho. -Habrá muchos peligros.

-¿Peligros? -inquirió Cinna con ironía. -Yo sólo conozco uno y se llama Seneca Crane.

Entonces Peeta asintió e, imitando a sus compañeros, se retiró la máscara, dejando al descubierto su identidad.

-¡Vos! -se sorprendió Cinna. -Pero vos sois un noble -puntualizó sin terminar de comprender.

-También entre los nobles hay quien odia la prepotencia y la injusticia -le aclaró.

-Estoy listo para dejarlo todo y vivir en el bosque si es necesario -sentenció Cinna, habiendo despertado las palabras de Peeta su orgullo y mostrando así su deseo de unirse a él.

-Tú eres más útil allí, en Vilastagno -le informó. -Serás tú quien lleve la petición de rescate a tu patrón, el Conde Everdeen.

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* ~ § ~ *

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-Me han dicho que me necesitabais, Señor Conde -se anunció el Padre Mitchell, que aguardaba en el umbral de la puerta de la biblioteca.

-Padre Mitchell -se apresuró a saludarlo Marvel. -Pasad, os agradezco que hayáis venido.

-Decidme, hijo -se interesó el sacerdote.

-Temo que el tiempo corra en mi contra así que iré directo al asunto, Padre -le explicó Marvel. -Sé muy bien que El Gavilán cuenta con el favor de los campesinos y, probablemente, algunos de ellos son de su banda.

El sacerdote no contestó pero lo miró con culpabilidad, reafirmando así las sospechas de Marvel.

-No deseo saber nada, Padre Mitchell -lo tranquilizó, -pero quién mejor que vos para hablar de esto.

-Nadie hará daño a vuestra hermana -le aseguró.

-¿Cómo podéis mantener lo que decís?

-Habéis dicho que El Gavilán goza del favor de los campesinos y ellos son buenos cristianos -puntualizó.

-Eso espero -suspiró pesadamente. -Mire, Padre, sé que Seneca cumplirá con su deber y de más está decirle que espero que sus soldados encuentren a Katniss pero, haré todo lo que esté en mi mano para que Katniss regrese sana y salva.

-Queréis decir...

-Que estoy abierto a cualquier negociación -le confirmó Marvel.

-Haré todo lo posible por hacer llegar vuestro mensaje a su destino -asintió el sacerdote.

-Eso sí -añadió Marvel. -Hacedle saber también que si le sucediese algo a mi hermana, Seneca será el último de sus problemas. Juro que no tendré paz hasta que Katniss sea vengada.

-Señor Conde, venid enseguida -los interrumpió la voz entusiasmada de Annie. -Mi hermano Cinna ha vuelto al palacio.

Marvel apenas se despidió del Padre, corrió tras Annie a la cocina, donde las muchachas estaban atendiendo al capataz.

-Cinna ¿cómo estás? -le preguntó en cuanto lo vio.

-Bien, Señor Conde -le agradeció el interés.

-¿Dónde está Kat? ¿Está bien? -le inquirió exaltado.

-Está bien, pero aún está en sus manos -se lamentó el joven.

-¿Puedes conducirme hasta ella? -le interrogó con impaciencia.

-No, Señor Conde, siempre me tuvieron vendado. De hecho, he sido liberado para traeros un mensaje de El Gavilán.

-¿Qué quiere para liberarla? -quiso saber.

-Que el grano requisado por el Capitán Seneca sea restituido a los campesinos.

-¿El grano? -exclamó airado Seneca desde su mesa de despacho. -Eso es un vil chantaje.

-Eso es lo que pide El Gavilán a cambio de la libertad de mi hermana -le repitió Marvel.

-No te dijeron nada más -cuestionó al capataz.

-No, señor.

-Nos llevarás a mí y a mis hombres donde El Gavilán te ha tenido prisionero -le pidió.

-Lo haría con mucho gusto pero siempre he estado vendado y atado -le aclaró Peter.

-Entonces nos conducirás al lugar donde te han quitado la venda -lo miró con desconfianza. -Desde allí iniciaremos la búsqueda.

-Capitán, puede ser muy peligroso -le rebatió Marvel. -La banda puede perder el control, sentirse acorralada y dañar a mi hermana. Deberíamos buscar una manera para tratar sus condiciones.

-Y así El Gavilán raptará a alguien cada vez que quiera obtener algo -puntualizó Seneca. -Haremos esto a mi manera. Teniente Finnick, que los hombres se preparen.

-Sí, Capitán.

-Entonces iré con vos -concluyó Marvel.

Sabiendo Seneca que sería inútil negarse, accedió. Los tres hombres se adentraron en el bosque acompañados por Finnick, Chaff y una brigada de soldados.

-Estamos en marcha desde hace horas -aseveró Seneca con suspicacia. -¿Dónde se encuentra el lugar donde has sido liberado?

-Ya estamos cerca -le indicó Cinna.

-Espero por ti que así sea -masculló el Capitán entre dientes.

Tal y como había predicho Cinna, al cabo de unos minutos llegaron al lugar.

-Es aquí -le indicó desmontando.

-Muy bien, capataz. Ahora reconstruye el recorrido que te ha traído hasta aquí -le exigió Seneca con cierto desdén.

-Cinna sabemos que estabas vendado pero trata de recordar algo -le apoyó Marvel.

-Lo intentaré, Señor Conde -asintió el muchacho que comenzó a recorrer el bosque con la vista. -Cuando me quité la venda, estaba mirando en aquella dirección, por lo que debería ser aquel sendero por el que me trajeron hasta aquí -razonó señalando un pequeño camino que serpenteaba entre los árboles.

-Va hacia al Este -estudió Seneca el terreno. -Muy bien, nosotros iremos también al Oeste. Teniente Finnick, forma otro grupo y así los rodearemos.

-Si se sienten atrapados podrían ponerse nerviosos -respondió Marvel. -Además, le repito que confío en la palabra de mi capataz.

-Pues yo no -espetó Seneca con cinismo.

A lo lejos Cato observaba la escena a través del catalejo. El hecho de que el Capitán hubiera decidido hacer dos grupos daba a entender que no había creído en las indicaciones de Cinna y eso acercaba a los franceses peligrosamente al campamento por lo que se apresuró a dar la voz de alarma.

-Los soldados franceses se están acercando, parece que Seneca desconfía de Cinna -les anunció en cuanto llegó al refugio. -Aún están bastante lejos pero debemos prepararnos.

-Muy bien -asintió Peeta. -Vosotros a los puestos de vigilancia -les indicó a algunos hombres, -y vosotros acercaos a los franceses y avisad con las señales de peligro si fuera necesario -le pidió a otro grupo. -Effie, Cato, vosotros llevad atrás los caballos y regresad aquí.

-Los franceses aún están lejos -apuntó Haymitch cuando el resto de hombres había corrido a cumplir con su tarea. -Aún tendríamos el tiempo suficiente para alejarnos de aquí.

-No, no creo -le contradijo Peeta. -Nos arriesgamos a encontrarnos con una patrulla de franceses. Mejor esperar aquí la señal.

-Como quieras -accedió Haymitch.

-Vamos, comprobemos los alrededores -le instó Peeta a seguirle. Durante un momento miró la cabaña donde se encontraba Katniss preguntándose si no sería una imprudencia dejarla allí sola. Sólo será un momento se dijo antes de encaminarse hacia los árboles.

Sin embargo, a Katniss no le pasó inadvertido el silencio que se había hecho de súbito en el campamento. Comenzó a otear por las ventanas y por las grietas, lo que alcanzaba su vista al estar atada, y no vio a nadie. Entonces, sin demora, procedió a forcejear con las cuerdas que la amarraban. Tenía las manos pequeñas y los cabos eran demasiado gruesos, tal vez con un poco de suerte conseguiría soltarse.

Su idea parecía funcionar, notó como se alivianaba levemente el agarre de la cuerda y, aún a riesgo de que sangraran sus muñecas, acrecentó la intensidad de sus movimientos. Al cabo de unos minutos consiguió su objetivo y liberó sus manos, apresurándose a salir de aquella cabaña y asegurándose primero de que, efectivamente, estaba sola. Corrió alejándose de aquel claro y se mezcló entre los árboles, comprendiendo en ese momento que no sabía dónde se hallaba y que podía perderse en aquel bosque. Aun así decidió arriesgarse y continuar.

Caminaba sin rumbo entre los matorrales cuando escuchó el sonido de un torrente de agua y siguió aquel rumor con la esperanza de que fuera aquel arroyo donde solía encontrarse con Peeta, pero al encontrarlo no le resultó familiar, era mucho más violento y caudaloso. Katniss comenzó a desesperarse. Aquella ribera se presentaba agreste, imposible continuar por ella. Era volver hacia atrás, con el posible peligro de toparse con los hombres de El Gavilán o cruzar aquel riachuelo. Avistó el nacimiento de un sendero al otro lado y vio que algunas piedras sobresalientes cruzaban todo el ancho del cauce, así que eso la alentó a seguir. No obstante, no había llegado a la mitad de su recorrido cuando se convenció de que había sido una terrible idea. El agua la empujaba con fuerza haciendo que se tambaleara y, además, ¿cómo había osado a imponerse tal reto cuando era más que consciente de su propia torpeza? Katniss quiso subsanar su error girándose para volver sobre sus pasos y ese fue su gran error. La fuerza del torrente le hizo perder el equilibrio y cayó al agua, viéndose arrastrada por la corriente.

La fortuna quiso que Peeta y Haymitch hubieran vuelto al campamento momentos después de que ella lo hubiera abandonado y al instante, viendo la puerta de la cabaña abierta, se percataron de que la joven no estaba.

-¿Ha escapado? -se asombró Haymitch.

-¡Tenemos que encontrarla! -exclamó Peeta, maldiciéndose por haberla dejado.

Ambos hombres corrieron por el bosque y fue cuando escucharon el sonido de un cuerpo cayendo al agua y unos gritos de mujer. Peeta se dirigió hacia aquella voz y pronto divisó a Katniss luchando contra el agitado curso del río. Sin que ninguno de los dos lo dudara ni un segundo se lanzaron al arroyo tratando de salvarla y, por suerte, pronto la alcanzaron. Peeta la apoyó sobre su pecho y, con la ayuda de Haymitch que se había sujetado a unos salientes, alcanzó la orilla.

-¡Katniss! -exclamó Peeta al notar el cuerpo inerte de su amada entre sus brazos.

-Tranquilo -lo calmó Haymitch. -Sólo está inconsciente. Tal vez se haya golpeado -aventuró. -Llevémosla de vuelta al campamento.

Una vez allí, la tumbaron en un camastro que había en la cabaña y Haymitch comenzó a examinarla bajo la mirada angustiada de Peeta.

-Habría que sacarle esas ropas mojadas -opinó Effie.

-Sí, podría darle una pulmonía -concordó Haymitch.

-Yo aquí tengo una muda -dijo la mujer acercándose a un baúl.

-Pero está...

-Peeta, mejor espera fuera -le ordenó Haymitch. -Por favor -insistió viendo las intenciones de negarse del muchacho.

El joven, a regañadientes aceptó y salió de la casa. Cato y un grupo de hombres regresaban en ese instante así que se acercó a ellos.

-¿Qué hay de los franceses? -les preguntó.

-Se están alejando pero tenemos grupos de hombres apostados en las inmediaciones vigilando -le informó.

-Muy bien -asintió.

-¿Cómo está la Condesa? -se interesó Cato.

-Hay que esperar a que Haymitch termine de revisarla -respondió preocupado.

-Ahí viene con Effie -le indicó con la cabeza.

-¿Qué...?

-No parece presentar ninguna contusión -lo tranquilizó. -Quizás está inconsciente debido al shock pero no creo que tarde en despertar.

-Gracias -suspiró aliviado el muchacho, tras lo que corrió hacia la cabaña mientras se colocaba la máscara.

Al entrar se dirigió hacia aquel camastro y muy despacio se sentó en él. Alargó su mano hacia uno de sus mechones mojados que caían sobre su mejilla que se mostraba sonrojada. Al menos tenía mejor aspecto que cuando la había sacado del río. Por un segundo creyó que se había ahogado y, durante ese mísero segundo, la desesperación se apoderó de él. El sólo pensar que podría perderla y, además por su culpa... jamás se lo habría podido perdonar. Sabía que arriesgaba demasiado al exponerla para lograr sus propósitos pero nunca imaginó que pudiera ocurrir algo así. Guiado por un impulso se inclinó sobre ella y posó delicadamente sus labios sobre los de ella y su corazón se llenó de gozo al sentirlos tan cálidos.

-Peeta... -la escuchó musitar de repente.

El muchacho se levantó de la cama sobresaltado, creyendo por un instante que la joven se había despertado, pero observó sus ojos y seguían cerrados, mientras un sinfín de sentimientos encontrados se agolpaban en su interior. No podía eludir su regocijo al haberla escuchado susurrar su nombre en sueños, aquello mantenía viva su esperanza de que Marvel no había conseguido borrarlo del corazón de Katniss tratando de contagiarla de su rencor hacia él. Más, ¿cómo respondería Katniss al enterarse de que él era El Gavilán, aquel que parecía estar sembrando el terror en aquellas tierras? Quizás creía en las acusaciones de aquel malnacido de Seneca sobre el asesinato de los soldados en el asalto a la carroza francesa.

Peeta notó entonces como Katniss se removía en el camastro y se alejó un poco más de ella, expectante ante su reacción. La muchacha parpadeó un par de veces desorientada, y, al cabo de unos segundos asimiló donde estaba. Al percatarse de la presencia de El Gavilan se alarmó, cubriéndose hasta la barbilla con la manta y siendo entonces cuando se dio cuenta de que habían cambiado sus ropas.

-¿Quién me ha puesto esta ropa? -preguntó desconfiada.

-La mujer que pertenece a la banda -disipó sus dudas, calmándola.

-¿Y puedo saber por qué me habéis raptado? -se atrevió a cuestionarle.

-Por una causa justa -se defendió él.

-Después de lo que escuché de vos en el pueblo, creí por un momento que erais un buen hombre y, sin embargo, no sois más que un vulgar bandido -le acusó con dureza.

-No es como vos pensáis -le aseguró.

-Entonces, explicádmelo dando la cara -le retó. -Quitaos esa máscara.

Peeta dudó por un instante y la miró, buscando en sus ojos, tratando de hallar la respuesta a cuál debería ser el siguiente paso, pero se mostraban fríos, recelosos incluso escépticos. No, no era el momento de mostrarle la verdad, quizás sus prejuicios hacia El Gavilán eran mucho más poderosos que su amor por él. No podía arriesgarse a su rechazo, no podría soportarlo.

Desvió su mirada con pesadumbre y se encaminó hacia la puerta. Y entonces Katniss lo vio, justo antes de que él apartara sus ojos de ella, aquel destello azulado que reconocería en cualquier parte.

-No es posible -susurró para sus adentros, tratando de acallar aquella verdad que el enloquecido latido de su corazón clamaba a gritos.

Awww acaso no son tiernos Finnick y Annie, poco a poco el amor entre estos dos ira creciendo ya lo veréis.

Bueno creo que ya os he aclarado la duda de porque El Gavilán ha raptado a Katniss.

Creéis que Katniss se haya dado cuenta quien es realmente El Gavilán. Como tomara la noticia Katniss? Lo sabréis en el próximo capitulo

Y eso es todo!

Espero que os haya gustado el capítulo y que me lo hagáis saber (tanto si os ha gustado como si no)

Agradecimientos:

VivisWeasley: La idea era esa daros un poco de suspenso sobre la historia y ya veréis muy pronto lo que traman Enobaria y Clove espero haber despejado tu pregunta de porque Peeta rapto a Katniss además ha sido por una noble causa.

Everllarkglee4ever: Si lo se no se vale que el capi haya quedado así, pero hay que hacer que la historia no solo tenga romance también hay que darle suspenso.

Muchas gracias como siempre a vuestro apoyo!

Un beso :*