DISCLAIMER: Los personajes son de Stephanie Meyer. La historia es completamente mía.

Gracias a las que habéis sacado un momento para dejar un comentario, aunque este sea solo un me gusta. Se agradece mucho.

Gracias a las Templarias por seguir creando hogar.

Advierto que es un capitulo cortito pero es improrrogable. Así que volveré a subir nueva actu antes de que termine la semana.

Capitulo 7. Victoria.

Boston, Massachusetts.

Siete meses atrás.

El silencio era sepulcral en aquella habitación de hospital, aquellas dos personas se mantenían calladas con sus ojos entrelazados como si con sólo mirarse se lo dijeran todo. A pesar de estar llena de detalles, y regalos para hacerla más agradable no dejaba de ser una fría estancia dónde la muerte acechaba por momentos a la mujer que ocupaba la cama. Una mujer que tan sólo unos meses atrás era exuberante y hermosa ahora su piel se volvía translúcida aunque él la seguía viendo bella.

- Edward- murmuró.

- Pssss, no hables- casi suplicó él sin perder vista del monitor.

- ¿Le dirás a mis padres que les quiero?

- Victoria- su voz queda escondía un tono de reproche.

- Me duele demasiado- hizo saber con voz trémula.

El se levantó, no eran necesarias más palabras, minutos, horas, cuestión de tiempo. Respiró con profundidad antes de asomarse, a escasos metros de la habitación se encontraba el control de enfermería, allí pudo ver a su padre, esperando, con gesto cansado y demacrado. Hizo un ligero asentimiento con la cabeza y volvió a entrar. Ambos, médicos entendían que probablemente ella no volviera a despertar si se le administraba más morfina para el dolor. Ella también lo sabía.

Desde la cama, agotada, débil y carcomida por la enfermedad miró con ojos tiernos a su marido y a su suegro. Supo que Carlisle era el mayor apoyo que Edward podría encontrar cuándo ella ya no estuviera. Respiro pesada y dificultosamente. Sus manos estaban trémulas y sintió como Edward aferraba una de ellas. No se le escapó el gestó contrito de Carlisle, siempre la había tratado bien, como una hija más. Apoyándola en los malos momentos, proporcionándole con su sabiduría otro punto de vista a los tantos temas sobre los que debatían a menudo.

Victoria era consciente de lo que opinaba su suegro de ella, él mismo se lo había dicho en más de una ocasión, incluso el día de su boda tres años antes le había preguntado sobre qué era lo que le proporcionaba a Edward para que este hubiera sentado la cabeza a su lado. Ella alegre sólo había respondido "Darle todo lo que ninguna otra le dio antes, Carlisle", y sólo ella y su ya marido entendían la connotación real de esas palabras. Todo era absolutamente todo.

En ocasiones creía que Carlisle solía hacerse el loco, por la vida de Edward anterior a ella habían pasado muchas mujeres, pero ella sabía muy bien que ninguna consiguió nunca calmar su sed. Bajo su aspecto duro y frío, su cabeza dominante se encontraba la persona más tierna que hubiera conocido nunca. Junto a ellas le faltaba el amor, la persona en la que apoyarse, con la que compartir sus penas y alegrías.

Un amor que ella, y ninguna otra le había regalado desde el primer día, desde el primer día que le conociera en aquel bar, negro y oscuro. Por aquel entonces Edward tenía una relación estrictamente de dominación – sumisión con su amiga Tanya. Entonces se alegró de que Tanya fuera incapaz de sentir más allá, ella ya estaba hechizada bajo el influjo de aquellos ojos color esmeralda.

Poco después descubriría que Tanya y él hacía tiempo que ya no estaban juntos, fue entonces cuándo ella y Edward comenzaron a conocerse y sin darse cuenta los sentimientos afloraron de forma natural, simplemente se dejaron llevar por ellos. Arrastrándose por la maravillosa posibilidad de compartir absolutamente todo en la vida. Creciendo juntos, forjándose el uno al otro a base de paciencia y comprensión.

Ahora el cáncer decidía ganarles la batalla, la lucha se terminaba, el fin del trayecto llegaba, tan sólo esperaba que Edward que ahora aguardaba paciente al lado de su cama encontrara a alguien capaz de devolverle la vida que ella sentía que se le escapaba en cada suspiro. Entornó los ojos y observó como Carlisle cargaba el gotero con otra dosis de morfina. Pronto, muy pronto dejaría de doler.

- Edward- el entornó la mira y la miró a los ojos- Quiero que me escuches- dijo con un hilo de voz.

- ¿Qué quieres?- clavó su mirada en ella y la congoja ocupó su corazón.

- Es hora de marcharse- asumió consumida, agotada.

- No digas eso- murmuró Edward tragándose las lágrimas que luchaban por aflorar, no quería que ella lo viera llorar. No quería ofrecerle esa visión.

- Tienes que ser valiente. Reharás tu vida- casi exigió.

- Mi vida está contigo Vicky- dijo en tono cálido- Tú me enseñaste a vivir. Me descubriste que el mundo era un lugar maravilloso dónde estar.

- Y lo seguirá siendo Ed, aunque yo no esté- ella necesitaba hacerle ver aquello. No quería condenar de nuevo a Edward a una vida vacía. Nadie mejor que ella, tal vez Emmett conocían las carencias de Edward, lo que fue su pasado.

- Te quiero princesa- fue incapaz de decir nada más. Ella asintió en silencio. Ambos luchaban por contener las lágrimas.

- Yo también te quiero mi amor- sintió la gélida mano de ella acariciando su mejilla y trató de deshacer el nudo en su garganta. Pero fue incapaz. Con mimo deposito un beso en sus labios.

Victoria tuvo la absoluta certeza de que sería la última vez que viera aquellos magnéticos ojos verdes. Se inundó en ellos antes de cerrar los suyos para siempre. Había podido despedirse y aquello era lo importante. El sopor la inundó a medida que la morfina iba actuando sobre su sistema nervioso. Trató de relajarse y escuchó la voz de Edward tarareando su canción favorita. Aquella que solía cantarle cuándo estaba desanimada o tenía ganas de tirar la toalla. Entonces se abandonó a aquel profundo y eterno sueño.

La maquina emitió un largo y sordo pítido. Las notas de la melodía que estaba tarareando se apapagaron en sus labios al mismo tiempo que la vida se escapaba de ella. Aquel horrible sonido le trajo de vuelta a la realidad. Una realidad de la que ella ya no formaba parte. En un gesto repetido en numerosas ocasiones pero nunca tan doloroso como aquel momento se levantó sin soltar su inerte mano y apagó el monitor de constantes vitales.

El escozor atacó sus ojos enrojecidos ya por la falta de sueño y las lágrimas anteriormente derramadas, por mucho que esperara aquel momento, no estaba preparado para afrontarlo.
Rechazó la ayuda de la enfermera que acudió al escuchar aquel sonido maldito. El desencadenado por el último latido de su frágil corazón.

Con extremada delicadeza retiró de su rostro las gafas nasales y cerró el flujometro. Recorrió cada una de sus facciones, ahora relajadas por la llegada de la parca. Su rostro que meses antes lucía hermoso estaba demacrado. Sus ojos hundidos y sus labios otrora dulces estaban agrietados.

Mientras retiraba pausadamente y con ternura el resto de cosas que llevaba puestas, viendo sus brazos amoratados por los múltiples pinchazos recordó con desolación como la leucemia había interrumpido en sus vidas seis meses atrás. En su variante más agresiva había derruido a su paso un castillo de naipes forjado de ilusiones y esperanzas de futuro. Las lágrimas desbordaban sus ojos mirando a su frágil muñeca de porcelana, que hasta el último momento mantuvo la vivacidad de sus ojos grises.

No se había rendido, solo eligió morir con dignidad, la misma que mantenerla atada a un respirador sin una cura posible le hubiera arrebatado. Él, no pudo negarle aquello, dueño de su vida y su corazón sólo podía aceptar su voluntad. Deslizó la alianza por su dedo hasta apretarla en su puño. Cubrió su cuerpo de nuevo con una sábana limpia hasta sus hombros.

Besó sus marmóreos labios una última vez, ella le había acompañado durante siete años, desde que dos soledades se encontraran en la negrura de aquel bar. Junto a ella creció, se hizo fuerte. Aprendió. Ella le regaló los mejores años de su vida. Y él la acompañaría en alma para realizar su último viaje.

La puerta de la habitación se abrió y no tuvo que mirar para saber que era su padre el que estaba allí. Dispuesto a acompañar a su hijo en aquel trance. En sus brazos lloró como no recordaba hacerlo desde que fuera sólo un niño. Notó como se deshacía en sus brazos y comprendía que en aquel momento no habría consuelo alguno para él. Los sollozos le asaltaban y su rostro reflejaba el dolor inmenso que sentía en aquel momento.

- Has hecho lo correcto hijo, se ha marchado en paz- fueron las únicas palabras que Carlisle pudo articular.

Edward se separó de su padre y volvió a sentarse al lado de la cama. Carlisle prudente decidió salir a ocuparse de los trámites burocráticos y avisar a Esme y Emmett. Consideró que era Edward quien debía hablar con John y Carla, los padres de Victoria que vivían en Inglaterra y con los que apenas tenían relación. Suspiró pesadamente antes de cerrar la habitación tras de él. Tenía que dejar que fuera su hijo quien decidiera como llevar su duelo. Lo había visto en infinidad de ocasiones, y por mucho que hubiera visto a la muerte cara a cara en pacientes, nadie estaba preparado para ver morir a alguien querido o amado.
Pasó el resto de la madrugada llorando a su lado, sólo cuándo el alba comenzó a salir decidió que era el momento de volver a levantarse y enfrentarse a aquello.

No quiso que se celebrara un gran funeral y así se hizo, tan sólo la gente más allegada a la pareja estaba allí. Cuándo regreso aquella tarde a su enorme casa ahora vacía por su ausencia depositó las alianzas en una pequeña caja de madera.

Pidió durante semanas estar sólo, lidiar con aquello sin que le afectara a nadie, se propuso que nunca más volvería a llorar, su corazón quedaba cerrado para siempre. Volvería a ser el Edward duro y frío de antes de conocerla. No dejaría que nadie volviera a ocupar el lugar que ella hubo ocupado durante seis años de su vida. Mantendría las distancias, aquella fue la última determinación antes de cerrar la caja dónde aquellas alianzas descansarían para siempre.

Pues lo dicho. Creo que el sabado volvemos a vernos por aquí. Creo que ahora se puede comprender un poco mejor a Edward.