Capítulo 6
Nunca digas no tener solución a un problema, si no has buscado en el origen de este.
Los días pasan, se convierten en semanas y estos en meses…
Sentada con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en el Durazno Sagrado, Tigresa aparta la vista durante unos segundos del pergamino que descansa abierto sobre su regazo y la dirige hacia el paisaje que la vista nocturna del valle le ofrece, con todas las pequeñas luces de los faroles. El paisaje es alegre y por unos segundos, le hace sonreír. Suspira y se permite cerrar los ojos unos segundos, cansada, para apoyar la cabeza en el grueso tronco.
A tientas, sujeta los extremos del pergamino entre sus manos y lo vuelve a cerrar. Eso es exasperante. Día tras día buscando algo acerca de aquel espejo, aunque fuera una referencia, pero no encuentra nada útil. Apenas si menciones sin sentido. Se siente inútil y la frustración de ello comienza a afectarle el humor.
Escucha pasos acercándose y rápidamente esconde aquel pergamino tras de ella, colocándolo entre su espalda y el tronco del árbol.
—¿Tigresa?
Po llega, jadeando un poco, junto a ella y Tigresa esboza su mejor sonrisa, ocultando aquel cansancio que la situación le provoca. Realmente quiere ayudar, pero no sabe bien como.
—Hola —Murmura— ¿Creí que meditabas?
Ella se hace a un lado, asegurándose de que el oso no vea aquel pergamino, y le deja sitio a Po para que se siente junto a ella. Él sonríe ante el gesto, pero en vez de sentarse, se recuesta en el suelo, con su cabeza sobre el regazo de la felina, que arquea una ceja con ciertos aires bufones.
—Así es más cómodo —Sonríe y sus mejillas se tiñen de un suave rosa— Y si, estaba meditando.
—Pero…
La mano de Tigresa baja hacia su cabeza, acariciando con mimo el entrecejo arrugado del panda.
—Pero realmente no es lo mío —Cierra los ojos ante el contacto de ella— No puedo concentrarme.
Tigresa tan solo asiente y el silencio le prosigue. Un silencio un tanto incómodo para ella, pero no dice nada. Po se ve tranquilo. Sus ojos cerrados y su semblante relajado, de alguna manera, logran tranquilizar a Tigresa. Pero ella no deja de preguntarse cómo la estará pasando. Él se niega a hablar de ello, dice que mientras menos piense en ello, menos le afectará. Sin embargo, Tigresa sabe que está preocupado, sabe que no lo pasa bien. Puede verlo en sus ojos o en la manera en que su entrecejo se arruga cuando él cree que nadie le ve. No quiere hablarlo, pero ella sabe que guardarlo para sí mismo le afecta peor.
Exhala un suspiro, resignada, y apoya la espalda contra el tronco del árbol, mientras sus dedos trazan distraídamente cada rasgo en el rostro del panda. Sus pómulos, su frente, sus ojos, su nariz, su mandíbula. Llega hasta la comisura de sus labios y se detiene al sentirlos curvarse. Ella también sonríe, pero no baja la mirada, cuando se aventura en trazar los delgados labios del panda. Son suaves y cálidos.
Po lleva una mano hacia la de ella y se la sujeta, deteniendo aquella suave caricia, para besar suavemente la yema de los dedos de ella, rosándolos con sus dientes.
—Y tu ¿Qué hiciste hoy? —Pregunta Po, con la mano de ella aún entre las suyas.
Investigar.
—Estudiar —Responde— Estuve repasando algunos rollos.
—¿Sobre…?
Tigresa se muerde el labio inferior y baja la mirada hacia los ojos del panda, que la observan, expectantes.
—El espejo.
—Oh.
—Estoy segura que algo debe haber en los pergaminos, es decir, es una reliquia, pero… —Guarda silencio unos segundos— Pero aún no encuentro nada.
El semblante de Po se ha endurecido. Se ve molesto y Tigresa, por unos segundos, cree que es con ella. Pero no, no está enfadado con ella, sino consigo mismo.
—Te dije que no te molestaras en ello.
—Quiero ayudarte.
—Tigresa… —Sus ojos la observan, casi con súplica— ¿Sabes? Meditar ayuda bastante. Tal vez, con ella pueda controlarlo.
—Pero la idea es eliminarlo.
—Pero eso es imposible —Replica Po. Comienza a exasperarse— No puedes eliminarlo, porque simplemente es parte de mi. Siempre estará allí, solo hay que controlarlo.
Tigresa lo mira, pero no responde. No quiere discutir. Exhala un suspiro, resignada, y cruza sus brazos sobre el pecho. Tampoco quiere ver al panda, así que mantiene su mirada en el valle. No entiende esa manía del panda por dejarlo todo de lado, por dejar que eso "simplemente esté ahí". No comprende por qué Po se niega siquiera a hablarlo aunque fuera con Shifu.
Pero mientras ella se pierde en sus pensamientos, Po está demasiado absorto en los propios. Teme hacer algo que, en vez de ayudarle, tal solo ayude a que aquella parte suya adquiera aún más control. Sabe que puede sobrepasarlo cuando él quiera, que en cualquier pequeño descuido, aquel ser oscuro podría simplemente tomar el cuerpo como propio y hacer lo que le plazca, incluso encerrarlo a él dentro de su propia mente, manteniéndolo bajo cadenas por el resto de sus días. La idea le aterra. No por él, sino por Tigresa y todos los demás.
Aquel ser solo quiere causar daño y no se detendría ante nadie para ello. Po teme de lo que podría ser capaz, porque ni siquiera puede imaginarlo. Teme hacer algo y accidentalmente, fortalecer aquella parte de él que tanto se empeña por mantener oculto. No puedo eliminarlo, eso ya lo ha aceptado desde un principio, pero sabe que puede controlarlo. Con paciencia y algo de meditación ha logrado mantenerlo en su lugar durante todo este tiempo, o eso cree, pues no lo ha vuelto a escuchar más. Ni siquiera siente su presencia.
—¿Po? ¿Tigresa? —La voz de Víbora llama su atención— Oh, aquí están.
Sonriente, la serpiente repta hasta quedar frente a ellos. Tigresa se sonroja por la pícara mirada que le dirige su amiga y Po tan solo ensancha la sonrisa, sin molestarse en levantarse.
—¿Que sucede?
—Bajaremos al valle. ¿Vienen?
Po y Tigresa se miran entre sí, casi consultando al otro, para luego volver la mirada a la reptil. Tigresa va a contestar que "Si", pero antes de poder emitir sonido alguno, la tranquila voz del panda la sorprende con un "No". Víbora arquea una ceja, un tanto sorprendida.
—¿Seguros? —Inquiere mirando a Tigresa.
La felina no sabe qué contestar, pero un ligero beso a su dedo pulgar, que ha quedado sobre el labio inferior del panda le convence.
—Sí, seguros.
Víbora alterna escépticas miradas entre ambos, antes que una pícara sonrisa curve sus labios.
—Bien. Como quieran —Murmura, mientras comienza a alejarse— Que lo disfruten.
Para ninguno pasa desapercibido el doble sentido en las palabras de la reptil, pero no dice algo al respecto. En silencio, entre cómplices miradas, esperan a que ella se aleje, con cierto brillo pícaro en sus ojos, hasta que las risillas simplemente escapan de sus labios, llenando el momentáneo silencio en que pareció sumirse el lugar.
Po se endereza y ni lerdo ni perezoso, planta de lleno sus labios sobre los de Tigresa. Realmente no recuerda la última vez que la ha besado y la extraña. Coloca sus manos a cada lado del rostro de ella, sosteniéndolo, y ladea el suyo para tomar más de sus labios y profundizar el beso. La sensación es embriagante, lo aturde. Sonríe al sentir las manos de ella temblar sobre su pecho y todo él se estremece cuando le sujeta del pelaje, jalando suavemente de este.
Tigresa emite un bajo ruidito con su garganta y Po parece encantado con ello. No sabe por qué, pero quiere que vuelva a hacerlo. Sujeta el labio inferior de ella entre los suyos y presiona suavemente, jalando un poco. Y otra vez, ahí está aquel ruidito que a él parece volverlo loco.
—Po… —Llama Tigresa entre besos— Po… Yo…
Pero él no la escucha. Las últimas semanas ha intentado minimizar el contacto físico con ella. Sabe que es eso lo que le hace perder el control, sabe que es Tigresa quien provoca ciertos sentimientos en él que alimentan a aquella parte que vive dentro suyo. Pero incluso él necesita de ella, incluso él necesita sus besos, sus caricias, su cercanía. La extraña y demasiado.
Le sujeta de la cintura y de un ligero movimiento, que incluso a él le sorprende, ella queda a horcajadas sobre sus piernas. Ambos ríen. Las manos de Tigresa se deslizan por el cuello de él, acariciándole con ternura, mientras que las de él suben y bajan por la espalda de ella. Entonces, Po encuentra el borde del chaleco, mal acomodado y sobresaliendo de las vendas que hacen de cinturón, y logra colar una mano por debajo de este.
Por unos segundos, Tigresa corta con el beso y exhala un vago suspiro. Su espalda se arquea levemente bajo la caricia del panda. Él sabe que está perdiendo el control, él sabe que no debe dejarse llevar, pero ya no puede detenerse… Por eso, es Tigresa quien lo detiene. Sus manos sujetan las muñecas del panda y al ver que él parece ignorarla, presiona ligeramente las garras en su piel, llamando su atención.
—Po —Pronuncia, con voz firme, aunque jadeante— Entremos, hace frío.
Po, aturdido y con las mejillas rojas, tan solo puede asentir. Tigresa no lo mira. Con la mirada gacha, se levanta y simplemente se aleja caminando, sin molestarse en esperar a Po. Aquella actitud lo extraña un poco, por no decir que le molesta, pero igualmente toma aire y se obliga a mantener la calma. ¿Qué le sucede a la felina?
Es entonces, que su mano se topa con algo en el suelo; un pergamino. Lo sujeta y está a punto de llamar a Tigresa, para preguntarle si es suyo, hasta que algo llama su atención: el símbolo del Yin y el Yang. Con cierta curiosidad, abre el rollo. Primero ve los dibujos en él, parecen algo antiguos y dibujados a la ligera, pero lo que capta toda su atención luego, es la información.
Por unos segundos, los ojos del panda se posan más allá del horizonte, mirando a un punto incierto, y todos sus músculos parecen tensarse. Parece ido, parado junto a aquel árbol, mirando sin ver a un punto incierto.
—¿Po? —La voz de Tigresa suena algo lejana y difusa.
Entonces parpadea y el sentido parece volver a él.
—¡Voy!
Sonríe y vuelve a enrollar el pergamino, para luego seguir a la felina hasta la cocina. Ha encontrado la solución a aquel problema… Y todo gracias a un pequeño descuido de aquella felina. Su sonrisa se ensancha al pensarlo. Sabía que ella sería de gran ayuda. Tal vez la recompense por la inconsciente ayuda, tal vez. Al parecer, aquella hembra le iba a servir de algo más que para calentar la cama.
Entra a la cocina y sonríe al verla de espaldas a él. Sigilosamente se acerca, dejando antes el pergamino sobre la mesa, y le rodea por la cintura con sus brazos. Acaricia el hombro de ella con la nariz y rosa sus labios en su cuello. La escucha reír, pues la caricia le produce cosquillas, pero cuando ve que ella va a voltear, él sujeta el borde de la mesada y la presiona contra este, acorralándola e imposibilitándole cualquier escape.
Tigresa se queja con un bajo ruidito, pero el panda solo sonríe, mientras sus labios recorren con deleite el cuello de ella. Se siente tan bien tenerla en sus brazos, tan indefensa, tan vulnerable y dispuesta. Un ligero pensamiento le hace reír. Hubo una vez, cuando la veía dormir, la primera vez que ella intentó algo y Po se lo negó, en que aquel pensamiento invadió su mente: No importa cuán fiera sea la bestia, siempre habrá un buen domador que pueda con ella.
Para él, Tigresa era eso. No importaba cuan ruda fuera o que tan arisca se mostrara ante todos, no dejaba de ser una hembra. Solo necesitaba un macho que sacara a flote aquellos instintos. El panda ríe al oír una baja voz en su mente, un susurro, exigiéndole que suelte a la felina, acompañado del sonido de pesadas cadenas.
Que tonto, Po. Mira lo que te pierdes…
Sube con sus labios por el cuello de la felina, mordisqueando suavemente su mandíbula, y se detiene sobre su mejilla. Entonces, sus brazos se cierran alrededor de la estrecha cintura de ella y el agarre se vuelve más suave, más tierno. Sus labios sobre los hombros de ella
—Te tengo una sorpresa.
A Tigresa se le erizan los pelos. Se estremece. La entonación de aquellas palabras le dan qué pensar, sin embargo, también le dan cierto presentimiento que no le agrada. Sus ojos se abren y algo en ella se tensa, manteniéndola alerta.
—¿Qué es? —Pregunta. Su voz suena baja y sumisa.
Las manos del panda le sujetan las caderas y le hacen girar. Quedan de frente y algo en la mirada del oso intriga a Tigresa, pero antes de poder replicar, los labios de él atrapan con ternura los de ella.
—¿Te he dicho hoy que te amo? —Pregunta él. Tigresa sonríe, olvidándose unos segundos de aquello, y niega con la cabeza— Te amo.
—Po…
—Espérame en el cuarto.
—¿Eh?
—Por favor —La besa nuevamente y sonríe— Prometo que voy en unos minutos.
Ella lo observa. Duda, no sabe por qué precisamente, pero duda de la palabra del oso. Sin embargo, sabe que aquellos ojos jamás le mentirían, sabe que Po jamás le daría motivo para dudar de él. Sonríe, ignorando por primera vez en su vida aquel sexto sentido, y deposita un ligero beso en los labios del panda, murmurando un sugerente "no te tardes" antes de salir de la cocina. No se molesta en ver atrás, aunque los nervios le hacen reír al sentir la mirada del oso recorrerla de pies a cabeza.
Po espera a que ella se aleje, a que sus pasos dejen de oírse, para luego tomar el pergamino y simplemente salir por la otra puerta de la cocina.
Silva una casual tonada mientras se dirige hacia aquel salón, donde sabe que está lo que él busca, y la ladina sonrisa no abandona sus labios. Aquella voz, aquel susurro casi inaudible, no deja de repetirse en su mente. No deja de ver el rostro de aquel oso, de Po, mientras este le ruega dejar a Tigresa en paz. Pero el panda lo ignora. Disfruta de verlo luchar inútilmente contra aquellas cadenas. Disfruta de verlo sufrir, aprisionado en el mismo lugar dónde él ha esperado todos estos años.
—¿Creíste que realmente me habías ganado? —Murmura.
—¡Sal de mi cuerpo!
El panda ríe y se detiene frente a aquel armario. Lo abre y frente a él está aquel objeto, cubierto por una vieja y polvorienta sábana blanca… Minutos más tarde, el salón entero se ilumina con una cegadora luz blanca. Una, dos y hasta tres veces, para luego volver a quedar en la oscuridad.
Todo ha terminado… ¿O no?
Continuará…
