Capítulo 1.6:

Acepto.


El funeral fue más sencillo de lo que le hubiese gustado presumir. Tampoco es como si hubiese demasiados invitados (Francis sabía lo tímida que fue), sólo familiares cercanos y si es que acaso, amigos de confianza de Francis.

—Hola Fran —saludó un albino. El galo dejó de conversar con su hermana al ver que ésta se escabullía al encontrarse con él. Gilbert, para nada acostumbrado a que la menor le escabullese ni muchísimo menos, arqueó una ceja—. ¿Le hablaste mal de mí de nuevo? Parece aquella tía tímida que conocí al terminar la preparatoria. Ya sabes, las que van a mitad de secundaria.

—Créeme que yo no tengo nada que ver con eso. —opinó antes de que volviese a meter palabras en su boca—. Además, tampoco es algo que tenga que ver demasiado contigo.

— ¿Entonces por qué se alejó de mí? Se supone que soy su novio después de todo.

—Gracias por recordarme que sales con mi hermana menor, eso hace que nuestra amistad crezca como no tienes idea. —y claro, el instinto de hermano mayor sobreprotector no puede faltar en ninguno, sobretodo en pervertido-… en Francis.

— ¡Cómo crees! —Francis quiso palmearse el rostro.

—Como sea, no es el punto de la reunión aquí. —volvió a observar a la Cátedra. Gilbert le siguió la vista.

—Lo lamento. —no encontraba otras palabras para describirlo. Francis tampoco las necesitaba. Aunque bueno, tampoco es como si ambos supiesen hablar de sentimientos con ellos mismos.

—Ya casi comienza el padre con las palabras.

— ¿En verdad es obligatorio escucharle?

—No quiero desobedecer sus deseos. La misa ya terminó pero quería que alguien hablase en su funeral y sabía que si yo estaba presente no tendría la garganta para hacerlo.

—Vale. Lo haré sólo porque somos amigos, sino créeme que ni siquiera atendería el lugar.

—Es mi prometida de quien hablamos. Entérate. —odiaba hablar en pasado, era hastiante.

Gilbert se encogió de hombros.

—Ya lo sabía, ¿quién fue la persona a la que recurriste por consejo cuando querías proponerte?

—Antonio. —sobre todo fue vergonzosa la respuesta por el hecho de que no dudo en sus palabras.

—Tch… ¿pero quién fue el que te dio consejo?

—Tú y Antonio, pero el tuyo era enviarla a un parque de diversiones y proponerme en la montaña rusa. ¿Tienes idea de las posibilidades que tenía de que el anillo se me cayera? Era una estupidez. Y lo del postre fue idea de Tony, que nada mal quedaba y además era muy romántico.

—Lo que sea. Verás cómo vienes rogando a mi cuanto necesites consejo sobre la vida del asombroso yo.

—Ajá, lo dice quién tiene a su novia huyendo de él.

— ¡Cállate!

Silencio, después, era el albino observando extrañado algo que Francis no entendía.

—Espera, ¿qué hace él aquí? —dijo señalando al rubio que estaba transportando el ataúd de Madeleine. Francis se volvió a verle y después arqueó una ceja.

—Oh, Arthur Kirkland. ¿Qué hay de malo con él?

Gilbert arqueó una ceja.

— ¿Qué hay de malo con él? ¿Acaso no recuerdas quién era él?

— ¿El hombre que preparó el cuerpo de Madd? —Preguntó como si fuese lo más obvio del mundo.

—Permíteme refrescar tu memoria, Estúpida Rana.

Durante el par de segundos en los que Francis tardó en comprender del todo la frase, su expresión facial sufrió todo tipo de mutación antes de llegar a una estupefacción digna de fotografía. Finalmente, terminó con unos ojos del tamaño de pelotas de tenis y la boca abierta en una enorme O.

—Dime que no es cierto. —pidió. Gilbert negó con la cabeza lentamente, en señal de que no le ayudaría a mentirse.

—Lo habremos visto en el parvulario pero no olvido rostros. Por mucho que cambien, y eso que el suyo casi no ha cambiado. —posicionó una mano en su barbilla al tiempo que inspeccionaba al inglés, mientras que Francis seguía negándolo, pidiendo que no fuese él.

De todas las personas no él, por favor.

Olvidaba fácilmente. Quizá por eso es que no tenía demasiados amigos y hubo un año o dos (antes de Madeleine) que salía con una chica por semana. Obviamente, no se metía tan a fondo en las relaciones con ellas, algo más allá de un par de besos y las olvidaba. Gilbert y Antonio habían sido los únicos que conocía desde los pañales. A Madeleine la había conocido por medio del albino, su hermano era un amigo del hermano de Madd (a quien, para su mala suerte había conocido antes de ella).

Y había olvidado por completo a Arthur Kirkland. Recordaba a cada rato insinuársele en los últimos dos años de la primaria (y hacer bromas respecto a lo gracioso que sonaba al continuar utilizando su acento británico) y después de eso sólo estaba la secundaria, Gil y Tony, Alfred, Madeleine y de eso ha sido su vida.

Hasta ahora. Hasta hace una semana y media, si somos más exactos.

Además, aquellas habían sido bromas inocentes, tal vez no tanto, pero si lo suficiente como para no ser tan malintencionadas. Igual, algo para el final le serviría de algo.

Ahora se encontraba preguntándose cómo es que, ni siquiera su nombre recordaba. Nope. No al menos hasta que su amigo albino lo mencionó. Ahora, todo cuadraba, lo que sea que dijese aquella definición. Si es que el mundo iba de cuadros, su vida no tendría sentido.

— ¡Asombrosa Tierra llamando a Francis! —sólo faltaba auto adjudicarse el cargo y tendríamos otro pronombre personal para Tierra. Entiéndase, Gilbert.

El franco tardó un par de segundos en reaccionar, inclusive a pesar de que los dedos del albino estaban rompiéndose los huesos para que le prestase atención al Ore-sama.

—Lo lamento… me quedé pensando, intentando ligarlo con el chico que había olvidado. —ahora que lo notaba, observó que el otro había sido muy comprensivo con él, la mayor parte del tiempo. No mencionaba nada sobre ella y tampoco nada sobre el pasado entre ellos. Probablemente, al igual que él lo hubiese olvidado. Aunque, recordando una de las bromas, se le hacía poco posible, dado que él mismo le había sugerido en una de esas bromas (intentando ser sincero por vez primera e intentando ser amigos) que se hiciese forense.

Claro, eso fue hace años.

—Iré a hablar con Alfred —se excusó, en realidad, tenía deseos de hablar con Arthur. Aquella frase que dijo Gilbert fue una revelación para él. El albino no le respondió nada por lo que dio por terminada la conversación. Cuando Arthur, Alfred, Carlos y el padre de Madeleine hubiesen ayudado a transportar el ataúd de la canadiense (Arthur y Carlos le insistieron que no trabajase, no al menos en el funeral de ella, siendo tan pesado para él; no le sorprendía de Carlos, ni de Arthur pero se sentía fuera de lugar) se acercó y fingió hablar un par de minutos con Alfred.

El otro poco le escuchaba. Se encontraba observando el cajón. Por lo que se despidió de él con un Te veré en los asientos que, probablemente no escuchó el otro. Buscando a Arthur lo encontró en una situación parecida a la que había sufrido el hermano de Maddie.

— ¿Observando el ataúd? —dijo para romper el hielo y conversar. Arthur se volvió a él sorprendido, después de comprender que le hablaba a él y no a otra persona tardó un par de minutos para responder.

—Algo así. Me siento raro, —admitió— he estado en un sinfín de funerales pero en ninguno me he sentido… de esta manera.

—Al parecer si seguiste mi consejo de volverte forense, según veo —los ojos de Arthur destilaron sorpresa. Después de abrir los ojos como nunca creyó que podría sonrió y sus ojos volvieron a su tamaño original.

—Así que si lo recuerdas. Pensé que sólo era una sombra en tu vida, algo que no volvería a existir.

Francis se encogió de hombros, metió sus manos en los bolsillos del pantalón.

—No lo habría hecho de no ser por Gilbert.

— ¿El asombroso yo? —el franco asintió—. Ya veo; en resumen, no hubieses visto al niño que fui de no ser por el albino engreído. ¿Me equivoco?

—No del todo. —sorprendido, Arthur volteó a observarle, a lo que volvió a encoger los hombros— Eventualmente, si me hubieses vuelto a decir estúpida Rana te hubiese recordado. Pero si actuabas como si nada era como encontrar una aguja en un pajar sin buscarla. Probabilidades casi nulas.

Ambos observaron el ataúd un par de minutos en silencio.

—Madeleine es… una persona singular. —admitió el inglés intrigando a Francis.

— ¿A qué te refieres con eso? —quiso saber. Arthur se encogió de hombros.

—Es canadiense, tiene un hermano americano (de alguna extraña manera es un completo americano), un novio francés, un ex cubano, y un enterrador inglés. ¿Qué le faltaba? ¿Un primo alemán?

—Existe Ludwig, que es el jefe de su hermano. No creo que sea lo mismo.

—Es parecido, funciona. —ambos suspiraron al mismo tiempo. Observaron nuevamente al ataúd.

— ¿Por qué siempre te apareces en todos los funerales de las personas que tratas?

Arthur se encogió de hombros.

—Siento que necesito apoyarlos. No lo entenderías si te lo explicase. —observó sus botas y sacó un poco de tierra con ellas— no es sólo preparar el cuerpo para su último encuentro con sus parientes más queridos, sino prepararlo para la eternidad y el descanso eterno. Además, tengo la creencia de que la conciencia es lo último en morir. No es necesario estar vivos como para creer que seguimos vivos si sigue habiendo conciencia.

—Es una teoría… competente. Más relativa que muchas que he visto… y sin embargo, tiene algo de sentido.

—Lo sé. Fue lo primero que me planteé al iniciar como forense. —al no encontrar ningún otro tema para hablar, ambos se sumieron en sus pensamientos; el sajón en una cosa y el franco en otra. Mientras Arthur reflexionaba divagaciones suyas observando el descanso de Madeleine Francis resumía al tiempo que le observaba que, después de todo, no era el niño tímido, enojón y cejón (bueno, aquella última lógica era medianamente rebatible) que había conocido en la primaria.

Muchas personas lloraron por ella. Intentó no alterarse, sabiendo lo que Arthur le había recomendado, pero era impresionante ver cómo fue imposible. Más que imposible, era culpa de su corazón sensible y la forma tan sencilla que era para ella influenciarse por los sentimientos de las personas a su alrededor.

Era difícil. Eso era lo principal. Era difícil fingir que nadie había a su alrededor. Cuando las personas se habían acercado a su ataúd fue difícil responderles sólo pensando, por no olvidarnos de evitar que moviese sus labios al responderles.

Lo peor vino cuando apareció Carlos y después de él, Francis.

El moreno, le acarició de forma leve el hombro. Madeleine no podía observarle el rostro, pero sabía de previo la sonrisa que adornaría los labios del cubano. Siempre, con su imborrable sonrisa gentil, cariñosa y adulante en sus labios.

—Hey Madd, ¿recuerdas la primera ocasión en la que estuviste en el hospital por jugar con Alfred? ¿Recuerdas que fui a visitarte todos los días? Fue la primera ocasión que tuvimos para conversar verdaderamente sin la presencia de tu hermano. Cuando tenías ocho años. Después de eso, recuerdo que no querías separarte de mí. —se detuvo un momento y Madeleine agradecía el gesto, de lo contrario, no se hubiese contenido y hubiese llorado—. También cuando comenzamos a salir, a pesar de que fueron sólo tres años, sabía que era demasiado temprano para ti, catorce años… no sé qué más decir, me alegré verdaderamente cuando me mencionaste que te casarías, al ver que te amaba demasiado.

Besó su frente.

—Adiós Madd, nos vemos en el más allá.

Se alejó y le dio un par de palmadas en los hombros a Francis, quien se acercaba.

Si hubiera podido, Madeleine habría contenido la respiración. Hacia sólo tres días que él no la veía y a pesar de eso sentía su pecho oprimirle. Escuchó como se arrodillaba a su lado y sintió el cálido aliento que salía de él. No pasó más de tres segundos antes de que sintiera que tomaba su mano.

—En la salud y en la enfermedad; en la riqueza y la pobreza; en la vida y en la muerte; por favor, Madeleine, sé mi esposa. —al tiempo que en el mismo dedo en el que salía el diamante a relucir, posicionaba otro anillo, en esta ocasión hecho de puro oro.

La canadiense hubiese querido responder. Francis le besó dulcemente en los labios antes de que pudiese responder, de igual forma, no podía hacerlo.

—Descansa, mon amour —dijo antes de alejarse. Para finalizar, llegó Arthur y acercó sus labios a su oído.

—Tranquila, Madeleine, verás que ya todo terminará. Sólo quédate quieta, nadie debe verte mover un músculo. —le decía suave. Aquello la relajó sólo un poco. El resto de ella seguía tensa— Ya casi es hora del entierro. ¿Crees poder aguantar hasta ese tiempo?

Movió ligeramente una de sus pestañas, no debería ser tan obvia estando todos presentes. Un pestañeó era Sí y dos No, hasta donde su conocimiento era dictado.

—Bien, tranquila.

El entierro no duró mucho más de lo previsto. Como típicamente salía en todos los funerales, llovió. La mayor parte de las personas venían preparadas con su propio paraguas. Pero Francis no. Él quería sentir lo que era la lluvia calarle hasta los huesos. Quería sentir por una vez que todo dentro de él se estremecía con el frío, con la pulmonía que le daría si seguía con la misma ropa y continuaba mojándose, el agua arrastrando sus lágrimas silenciosas.

Estaba recargado en un árbol. Observó cómo Arthur se alejaba de la multitud que le rendía tributo a la canadiense y se acercaba a él. Con el paraguas en la mano, se le enfrentó.

— ¿Te sientes bien? —Francis observó las gotas de lluvia pasar frente a sus ojos, esperando que de ellas saliese la respuesta que el anglosajón esperaba de él.

—No lo sé. Es una palabra muy ambigua y mentirosa. —hace dos semanas todo estaba bien, quiso agregar. Se calló y no pronunció las palabras por miedo a que el viento revelase sus pensamientos.

—No lo sería si de verdad lo sintieses. —Francis se encontró con que no tenía fuerzas suficientes como para observar al otro despectivamente. El foso en el que enterraban su cuerpo arrastraba toda su energía. Era… como si le enterraran a él y no a Madd, vivo, obviamente.

— ¿Para qué preguntas si sabes la respuesta?

—Mera formalidad.

—Estúpido caballerismo inglés.

— ¿Te olvidas de tu ascendencia franca?

—No. Pero al menos no existe la hipocresía.

—No hay necesidad de que seas tan inmaduro. Si quieres apoyo puedo dártelo. —se encogió de hombros. Francis soltó un resoplido y levantó la mirada al cielo. Rio un poco para destensarse.

— ¿Cómo? Hasta donde sé, en aquellos libritos raros que tomabas del librero de tu madre decía de todo tipo de magia negra menos de revivir cuerpos.

—Eran sólo leyendas. Además, decía que quedaba estrictamente prohibido intentar revivir un cuerpo… iba contra toda ley de la naturaleza o…

— ¿Esas cosas se relacionaban con la naturaleza?

—No por ser magia negra quiere decir que sea en contra de lo puro. ¿Alguna vez pensaste que no todo lo blanco podía ser bueno y… que a veces lo negro puede ser en realidad algo más que oscuridad? Como bien lo dijiste, el bien es una palabra ambigua y mentirosa. Por ejemplo: un ángel. No por estar vestido y agraciado con el poder del Dios en el que todo creen, quiere decir que cometer genocidio en nombre de Su Santidad sea lo adecuado.

—Recuerdo que criticabas demasiado eso en aquél entonces. —se había sorprendido de lo listo que era en primaria, hasta llegó a tenerle envidia. Obviamente, disfrazada en sátira y burlas así como otras tonterías.

—No he cambiado mucho mi forma de pensar —tomó una pausa—. Mi punto aquí es… deja a los muertos descansar. No intentes revivirlos. Esa es una lección que duramente se aprende en este negocio.

Francis sonrió. Después de una pausa bajó la mirada, recordando a Kiku quien se encontraba allá cerca de la canadiense. Recordó sus palabras.

— ¿Sabes? Tengo un pupilo.

—Creo recordarlo vagamente. —asintió Arthur. Francis continuó, sabiendo que se arriesgaba.

—Dijo que había visto a Madeleine en tu sala… sosteniendo un cuchillo —comenzó a reírse de eso, como si fuese lo más gracioso que había escuchado en toda su vida, sin haber notado como Arthur empalidecía ligeramente—. Semejante tontería, ¿no crees? ¡Madeleine está ahí! ¡Dentro de aquél ataúd que está siendo cavado!

—Francis…

— ¿Qué?

—Tranquilízate. Estas asustándome. —Por primera vez, se dio cuenta de lo rápidos que eran los latidos de su corazón. Y lo maniaca que se veía su sonrisa. Bajó la mirada en una plegaria de disculpa, sin embargo, sus siguientes palabras no fueron la mejor disculpa que podía ofrecerle. Puso una mano en el pecho del otro, para dejarle más claro que el agua que aquello era una amenaza.

—Hay algo que escondes, Arthur. Algo que mi pupilo fue plenamente consciente de ver. Te aseguro, que también lo encontraré. —y se fue del lugar. Dejando a Arthur con el ceño fruncido. Suspiro y se fue del lugar también, tenía un té y varios libros que le esperaban en su casa.

Alfred le regañaba por no haber utilizado el paraguas. Francis vagamente le escuchaba.

— ¡Si mi hermana no está aquí yo soy el encargado de vigilarte Idiota! —gritaba un poco. Francis rodó los ojos.

— ¿Desde cuándo es eso? ¿Eh? —dijo con burla. Alfred infló los mofletes al querer decir algo pero al saberse derrotado desvió la vista. Abrió y cerró varias veces la boca al creer que había encontrado una réplica para después resumir que sonaba muy estúpida y no tenía na da que ver con el tema que en esos momentos discutían.

—Yo… lo diré sólo una vez: Fuiste algo especial en la vida de mi hermana, lo menos que puedo hacer para honrar su memoria es ver para que no hagas nada estúpido. —Francis abrió los ojos sorprendido. Hubo un momento incómodo hasta que alguien tocó la puerta. El francés se apresuró a abrir y se encontró con Elizaveta intentando recuperar su ritmo normal de respiración. Seguía lloviendo, y ella tenía puesto un impermeable.

— ¿Eli? Qué suce-

Antes de que pudiese decir nada más Elizaveta entró en la casa, se quitó la capucha de la cabeza y de un bolsillo interno del impermeable transparente sacó un objeto pequeño con un papelito atado a este. Francis parpadeó un par de segundos antes de abrir sorprendido los ojos. ¡¿De dónde demonios lo había sacado?!

— ¿Quién…? —negó varias veces con la cabeza. Elizaveta, después de recuperar su respiración se lo entregó a Francis. ¡Era el anillo de Madeleine, el que le había entregado hace sólo un par de horas! Podía reconocerlo por la inscripción interna. A pesar de la muerte decía, en latín obviamente.

—Kiku. —al ver que Francis no le comprendía en lo absoluto, soltó un suspiro antes de volver a hablar—. Me lo encontré en el funeral y me entregó el anillo. Dijo que Madeleine se lo había entregado y… también el papelito.

El franco parpadeó rápidamente intentando encontrarle una explicación a todo eso. Suspiró, tomó el papel entre sus manos y se sorprendió al encontrar dos palabras escritas dentro de este.

«Acepto. Madeleine.»

Lo más sorprendente de todo, no sólo no parecía la letra del pequeño niño pelinegro, sino…

—Madeleine. —sus manos comenzaron a temblar irrefrenablemente, casi dejando caer el anillo. Alfred quiso saber qué era lo que decía pero Francis apartó y comenzó a tomar su saco.

— ¿A dónde vas? —quiso saber, el galo se quedó un par de minutos en su lugar antes de responder.

—Por respuestas.

Madeleine ahora veía por qué les cosía los ojos. Era una sensación horrible, la de estar dentro del ataúd y sentir cómo se te acababa el oxígeno. Aunque bueno… tampoco es que lo fuese a necesitar.

Hizo lo que pudo para sentirse cómoda. Le había entregado el anillo que Kiku le había entregado después de que el niño le susurrase al oído algo muy escalofriante.

—Tenga cuidado la próxima vez que vaya a manejar un cuchillo, señorita Williams. —le había pedido que se quedase un par de segundos y le pidió que le entregase su anillo a Francis. Y también una nota, a pesar de que la caligrafía era suya, la mano que la escribió era del niño pequeño pelinegro.

—Gracias. —le susurró antes de que el niño fuese arrastrado por su madre al tiempo que esta le decía algo parecido a: deja a los muertos descansar, cariño.

Observó su mano izquierda, la que aún tenía el anillo de compromiso y lo observó un par de minutos. Eso la ayudó a tranquilizarse. ¿Para qué temerle a la muerte si después de que ella legara, podría encontrarse con Francis cuando él fuese a buscarla?

Sólo esperaba que él viviese una vida plena y llena de alegría. Que siguiese dándole lecciones de cocina a Kiku porque el niño era simplemente encantador, a pesar de que a la mayoría de las personas les daba miedo su seriedad y timidez, a ella le recordaba un poco a sí misma de infanta. Recordaba que hablaba con pocas personas, su hermano, sus padres, Carlos y un par de amigos de Alfred (que no le caían muy bien, habría que agregar).

Ahora, había aceptado la muerte hace ya casi cinco días. ¿Por qué la muerte no venía por ella? ¿Qué es lo que necesitaba realizar antes de que ella decidiese tomarla entre sus brazos? No estaba muerta, es cierto. Pero tampoco viva. Resignada a su situación y al hecho de que no volvería jamás a hablar con nadie más que con aquél singular forense, ella había pasado su última semana acompañada de aquél hombre. Cuando llegó a conocerle bien, observó que, después de todo, era una buena persona.

A pesar de todo, comenzaba a creer que era claustrofóbica. Hubiese querido dejar en su testamento el no ser enterrada. Si la hubieran incinerado, todo habría sido más rápido y no necesitaría estar dentro de un ataúd, tres metros bajo tierra y menos impacientándose esperando a la llegada de las parcas. Con una de sus manos, intentó empujar la puerta del féretro, pero la masa encima de él era tanta que con sus brazos y su inexistente fuerza bruta podría abrirlo.

Resignándose nuevamente, posicionó su mano en su pecho e intentó dormirse. Esperanzada de no volver a despertar, justo como la mayoría espera lo contrario. Dormir y despertarse con el sol de otro día.

Comenzaba relajarse cuando escuchó un ruido que perturbó el silencio de su tranquilidad. Asustada, abrió los ojos. Comenzó a hiperventilar. ¿Desde cuándo sus pulmones necesitaban aíre si no estaba viva? ¿Por qué sentía su corazón latir rápidamente?

No estaba viva. Eso lo supo al comprobar que su corazón no emitía ninguna clase de movimiento. Probablemente, la presión que había sentido en su pecho debió ser simplemente el susto que le provocó al escuchar a algo cerca. El sonido y lo aterrador había desaparecido por un par de segundos hasta que…

¡Clack! ¡Clack!

…Una pala. Y comenzaba escarbar. Haciendo el mismo ruido molesto y comenzando a asustarla más de lo que había sido el primer impacto. Su respiración volvió a ser necesaria cuando sintió que había avanzado ya casi un metro con la excavación, la persona cualesquiera que estuviese cavando su tumba.

Repentinamente se acordó de las personas que saqueaban tumbas. ¿Será aquella persona que cavaba la tierra que escondía su féretro una de esas personas? ¿Intentaría robarse su cuerpo? ¿T-tendría alguno de esos fetiches extraños? Recordaba haber leído sobre la necrofilia, además de lo que discutía con Arthur cada momento.

Al volver a pensar en Arthur, la tranquilidad la invadió durante un par de minutos. Intentó relajarse, no escuchar los palazos que había encima de ella y descansar en paz, justo como decía su lápida. Volvió a suspirar, e intentó dormir. De todas formas, no podrían tocarla. Estaba segura de que no podrían.

Algo colisionó contra el ataúd. Quiso ignorarlo. Cerró los ojos fingiendo lo que se supone era: un cadáver.

— ¡Madeleine! —hasta que escuchó su voz. Se sentó de abrupto y comenzó a toser como si estuviese ahogándose. Abrió los ojos y lo observó. Sus ojos tan azules como el océano y su cabello rubio tan sedoso. Se dejó atrapar por sus brazos y comenzó a hipar un poco, al no poder sollozar adecuadamente.

—Francis… —logró decir. Estaba alegre de que él estuviese ahí. Sin embargo, ¿por qué lo dejaba ver?

No le importó. Ahora él estaba con ella y eso era lo importante.

Una luz iridiscente la hizo encontrar la muerte que había estado esperando todo el día. Por fin, había muerto después de una semana sin estar viva.