Ya sé que he tardado mucho, pero es que hasta junio voy a estar con exámenes, lo siento de verdad! Gracias por vuestros comentarios que me animan mucho.

Corre el año 1937 durante Guerra Civil española. Bella quedó huérfana de pequeña y ahora vive con toda su familia de alta sociedad en una casa de campo para refugiarse de la guerra. Allí es tratada de la peor manera posible, pero un día llega a la mansión Edward, un prestigioso médico atormentado y con fantasmas internos. ¿Podrá la dulzura de Bella derretir su duro corazón? ¿Podrá él salvarla del infierno?

Capítulo 7

Después de que mi familia me echara vilmente de aquella casa, me volví a esconder en las caballerizas, como aquel día de lluvia en el que no pude entrar en casa. Sé que sonará a estúpido, pero estar cerca de aquel blanco animal me daba calor, como cuando Edward me abrazaba. Además, era muy tarde y no sabía dónde ir. Se me ocurrió ir a casa de Ángela, pero era demasiado tarde como para molestar a la familia a aquellas horas, aparte, para llegar al pueblo tenía que andar un buen trozo en medio de la noche, y eso me asustaba un poco.

Pero nada más que empezó a salir el sol me puse en marcha a casa de mi amiga, no podía quedarme mucho más rato allí si no quería ser descubierta por alguno de los trabajadores y que luego avisaran a mi familia. Ángela me recibió con los brazos abiertos, al igual que su marido Ben, que me dijo que podía quedarme todo el tiempo que quisiera. Pero yo sabía que su situación económica no era la mejor del mundo y que no me podría quedar por mucho tiempo, por eso les prometí que buscaría un trabajo para no ser una mantenida.

Por eso me había dedicado toda la tarde a buscar un trabajo, pero la mayoría necesitaban a alguien mayor y con experiencia, o si no eran trabajos forzosos y era evidente que no les servía una coja. Ya había oscurecido y prácticamente no había nadie en la calle, seguramente todo el mundo estaría en sus casas cenando, así que decidí que era hora de volver a casa de Ángela y probar suerte al día siguiente. Mientras volvía pensé en Edward y me pregunté si ya habría vuelto a casa. Estaba muy triste, porque seguramente ahora que no estaba ya no tendría que volver a preocuparse por mí, que al no estar en aquel infierno de casa, ya no tendría que mirar por mi bienestar solo porque su naturaleza bondadosa no pudiera evitarlo. Estaba convencida que no lo volvería a ver nunca más, pero en el fondo de mi ser tenía la pequeña esperanza que no fuera así.

Cuando entraba justo al jardín de casa de los Webber, algo hizo que me detuviera. Alguien salía de la casa a toda velocidad, pero cuando me vio allí parada, la persona también se detuvo. Y allí estaba él, mirándome cara a cara, como si hubiera encontrado algo que estuviera buscando con mucha ansia. Los hermosos ojos verdes de Edward dejaron la expresión de angustia que me había parecido ver por un segundo y se volvieron suaves, como siempre que me miraba a mí, solo a mí. Eché a correr.

– ¡Edward! – No podía creer que estuviera allí, había venido a buscarme. No lo pensé dos veces y me lance a sus brazos, me sentía en casa de verdad. Edward me sujeto la cabeza por detrás con una mano, y con la otra envolvió mi cintura. Me apretaba con fuerza contra su cuerpo, como si quisiera que no me escapara, como si quisiera fundir nuestros cuerpos. Yo quería gritarle que lo amaba, que lo amaba con todas las fuerzas de mi alma.

– Nunca más vuelvas a asustarme de esta manera – me dijo con la voz medio rota, su aliento estaba rozando mi cuello, lo que hizo que me estremeciera – no volveré a dejarte sola – dijo – te lo prometo – volvió a respirar sobre mi cuello – además no me gusta que andes sola a estas horas por la calle, es peligroso, sobretodo en tiempo de guerra.

– ¡Qué hombre tan desesperado! mira que le he dicho que no ibas a tardar en volver – Dijo la voz de Ángela. Me giré como pude porque Edward en ningún momento me permitió separarme de sus fuertes brazos. Ni me había dado cuenta que Ángela y Ben habían salido detrás de él, porque yo solo tenía ojos para Edward.

– Cariño – dijo Ben abrazando a Ángela por detrás – Porque no entramos dentro y les dejamos a ellos que hablen tranquilamente – luego se dirigió a nosotros – Nosotros empezaremos a cenar, cuando queráis podéis entra y comer algo, ya sabe que esta es su casa doctor Cullen.

Ellos dos se retiraron y yo volví a mirar a Edward que me beso la frente tiernamente, yo coloqué mis manos en su pecho, pero eso hizo que toda su atención dejara de estar puesta en mis ojos para estar puesta en mis manos. Se separó de mí, solo un poco, para poder observar la mano que tenia lastimada. No era nada grave, pero estaba toda arañada, me lo había hecho cuando me echaron de casa a la fuerza y me habían empujado contra el suelo.

-¿Quién ha sido? – pregunto furioso, pero yo no le quise responder – Bella no sigas encubriendo todas las canalladas que te hacen, dímelo por favor – no tuve más remedio que decirle que quien me había empujado era el marido de Emily.

Luego lo que hizo fue separarse de mi para ir hacía su caballo. ¿Desde cuándo estaba allí? No lo había visto antes. Cogió su famoso maletín de médico y luego se volvió a acercar a mí y me agarro con dulzura la mano que no tenía herida. Nos dirigimos hacía el porche de la casa y nos sentamos en las escaleras, luego empezó a desinfectarme la herida. Edward parecía estar muy concentrado mientras trabajaba, lo único que podía oírse en aquel momento eran los grillos cantar. A lo mejor no estaba concentrado, sino enfadado, era verdad que mi familia no se había comportado de la mejor manera conmigo, pero yo tampoco me había portado bien, había saltado encima de Tanya sin mirar las consecuencias. Así que no tarde en dejarle ver mi preocupación.

– ¿Estas enfadado? – No soportaría una cosa así, pero sabía que mi comportamiento no había sido el mejor y que tenía todo el derecho del mundo.

– ¿Por qué tendría que estarlo? – Dijo parando de trabajar en este mismo momento – que yo sepa tú no has hecho nada malo ¿no?

– Si que lo he hecho – repliqué – no me comporte bien cuando fui a pegar a Tanya.

– Isabella – la manera en la que casi susurró mi nombre hizo que me estremeciera, nunca mi nombre completo había sonado tan hermoso y sensual en otros labios – yo jamás podría enfadarme contigo – lo último lo dijo colocándome un rebelde mechón detrás de la oreja con una ternura infinita. Había oído muchas veces que era una persona fría y sin sentimientos, que era incapaz de amar a nadie, que en sus ojos solo había amargura. Pero a mí en no me lo parecía en aquel momento, ni me lo había parecido nunca en el pasado; quizás nunca me amara a mí, pero era la mejor persona que había conocido en toda mi vida a parte de mis padres. En sus ojos no había amargura, sino anhelo, podía ver a una persona que esperaba ser liberada – Ella rompió las fotos expresamente, porque sabía que era lo único que podría hacerte saltar, ella es muy astuta y sabe bien lo que se hace, quería echarte de allí y lo ha conseguido.

Luego de eso volvió a su trabajo, y cuando acabó de vendarme la mano la beso con infinita delicadeza. Mi corazón martilleaba con fuerza, y sin ser consciente de lo que hacía fui acercándome a él, habían pasado dos días desde la última vez que no habíamos besado, y me parecía una eternidad. Él pareció ver mis intenciones y mi vacilación a la hora de acercarme a él, por miedo a que me rechazará porque acortó las distancias y me besó. Era un beso lento cargado de ternura y de palabras que querían ser dichas, que luchaban por ser liberadas. Cuando nos faltó el aire, fue él el que se separo y unió nuestras frentes.

– ¿Qué vamos a hacer ahora? – Pregunté cuando recuperé el aliento – ¿Vamos a volver a casa?

– No dijo firmemente – Me entristecí, yo quería estar con él y con Elisabeth – No voy a dejar que vuelvas a allí, tal como están las cosas solo harían que hacerte la vida imposible – yo lo mire interrogante queriendo saber que haríamos entonces – Nos iremos del país, las cosas cada vez están peor para la república, Franco va a ganar y cuando lo haga… – parecía que le costaba admitir esa derrota – las cosas se van a poner muy feas, todos vamos a ser perseguidos, pero eso tenemos que marchar a América, allí tengo casas y negocios, es un lugar increíble, te lo prometo – estaba eufórica, me estaba diciendo que nos iríamos juntos, a un lugar fuera de tanto dolor – pero tenemos que esperar.

– ¿Por qué? – Pregunté – ¿cuánto tiempo? – deseaba que no fuera mucho, quería marcharme, tenía ansias de libertad, de hecho me hubiera ido con él a cualquier lado, pero se trataba del nuevo mundo, había oído miles de veces a la gente hablar sobre aquella tierra.

– Un mes, dos como máximo – podía esperar, aquello no era mucho tiempo – Tenemos que esperar por Elisabeth – dijo – me fui estos dos días porque necesitaba contactar con un compañero para enviar a Christopher a la guerra, necesito que se separe de ella para poder llevárnosla también – mi alegría en ese momento se hizo mayor, porque aquella mujer tan maternal se vendría con nosotros.

– ¿Y qué haré yo mientras tanto? – quise saber.

– Ya he hablado con los Webber antes – dijo – te quedarás con ellos. Son una familia agradable – ¿y dónde estaría él? – yo tengo que quedarme para que no le pase nada a Elisabeth, pero te prometo que vendré a verte todos los días.

– Vale – y no pude evitar el impulso de abrazarlo con fuerza, cosa que él no dudó ni un segundo en corresponder – pero los Webber no tienen mucho dinero – le dije para hacerle saber que no quería ser una carga para ellos.

– Lo sé – me acarició la cara – no serias tu si no te preocuparas por las personas – dijo besándome una mejilla, que se puso roja al instante – pero no tienes porque preocuparte, sabía que ellos no aceptarían dinero, por eso buscaré a un conocido que invierta en esos maravillosos trajes que hace Ben – no lo había dicho antes, pero el seños Webber era un sastre que hacía unos trajes para hombre increíbles, pero vendía poco porque era un hombre de baja alcurnia.

Edward me mantuvo abrazada a él durante un buen rato más, las noches en Galicia eran algo frescas, pero sus brazos eran tan cálidos que era imposible tener frio. Estaba feliz, todo estaba bien atado, o eso me lo pareció a mí.

–Bella – dijo algo tranquilamente. Él tenía apoyada su mejilla encima de mi cabeza – Hay algo que no te he dicho y que deberíamos aclarar.

– ¿Qué pasa? – dije algo alarmada y separándome de su cuerpo tanto como él me dejaba que no era mucho. No quería que nada se fuera al traste, y mucho menos ahora que las cosas parecían que podían ir mejor.

– Tu eres menor todavía – dijo – tu custodia está en manos de tu abuela, y por muy cruel que sean todos contigo, podrían llegar a tomar represalias en cualquier momento, y no dudes que nosotros tendríamos todas las que perder. – lo miré a los ojos temerosa, no quería quedarme allí, de hecho, me daba igual donde estar, pero no quería separarme de él – solo hay una cosa que podamos hacer para que tu custodia pase a mis manos y poder marchar libremente.

– ¿Qué es? – Dije – dímelo por favor, no me dejes aquí, llévame contigo – le supliqué, el me miro a los ojos profundamente y me dedicó la más hermosa de las sonrisas antes de decirme las palabras que menos me esperaba.

– Cásate conmigo.

Se que es un capítulo más corte que los otros, pero es que no he tenido más remedia que cortarlo, para dejaros con la intriga. Soy mala lo sé.

Me encanta Edward, pero muy a pesar de la petición que le ha hecho a Bella, le va a costar confesarle sus sentimientos, él sabe que los tiene pero ha sufrido mucho y le cuesta mostrar sus emociones, si se lo dijera todo ahora no seria él Edward que quiero crear. Pero para compensaros, he de deciros que se acercan épocas muy dulces para Bella y Edward.

Estoy de exámenes finales y no se cuando voy a poder volver a actualizar, pero espero hacerlo la semana que viene.

Por favor, por favor, por favor, por favor Comentad! No os cuesta nada y para mi significan mucho sus comentarios.