Pues aquí va un capítulo más, Kykyo.


Emma (Flashback)

Se me había asignado un trabajo que era un honor para todo caballero. Como elegida por la espada maestra, me sentía honrada, pero eso no era comparable a la responsabilidad que suponía guardar las espaldas de la princesa Regina, la mujer que, según todos los que la habían visto, era la más hermosa de todo Hyrule, y quizá parte del extranjero. Estaba nerviosa mientras me dirigía a sus aposentos en el castillo. Cuál sería mi sorpresa al encontrarme la habitación vacía.

_ Disculpe._ Dije, mirando a una criada, que en ese momento ahuecaba la almohada de Regina._ ¿Dónde se encuentra la princesa?

_ Ha salido._ Me dijo._ Algo sobre investigar los antiguos restos que hay alrededor de nuestro castillo.

_ ¿Sin escolta?_ Pregunté, nerviosa.

_ Dijo que no quería que la retrasaran.

_ Comprendo._ Dije._ Si me disculpa.

Me despedí con educación, y me dirigí a las murallas. No me habían descrito a la princesa, pero sólo había una persona junto a uno de los oxidados guardianes que rodeaban el palacio. Negué con la cabeza, incrédula a su temeridad. Pero no tardé en llegar hasta su posición. Ni se percató de que estaba allí. Cualquier bandido podría haberla secuestrado sin que ella hubiera sido consciente siquiera.

_ Princesa._ No respondió._ Princesa… ¡Princesa!

_ ¿Acaso no ves que estoy ocupada?_ Dijo, sin mirarme siquiera._ Este estudio es muy delicado.

_ Francamente, me resulta desesperante que se nos presente así._ Dije, molesta.

_ Impa, ¿De qué estás…?_ Se giró y me miró, dándose cuenta de quién era yo en realidad.

Me estudió con la mirada, de arriba abajo, colocando sus gafas, que se habían caído ligeramente. Pareció entretenerse mirando el mango de la espada maestra durante un par de segundos.

_ Usted debe ser Emma._ Dijo, poniéndose en pie.

_ Y usted es la princesa Regina._ Le dije, cruzándome de brazos.

A decir verdad, estaba claro que empezábamos con mal pie. No me sentía bien recibida en aquel lugar, y mucho menos parecía que Regina fuese a caerme bien. Después de todo, en lo poco que hacía desde que la conocía, había faltado a nuestra cita, se había puesto en peligro, y me había ignorado.

Emma Swan

Escalar la montaña podía parecer un desafío, pero no era nada comparado con enfrentarse a la bestia que la sobrevolaba. Ni tan siquiera podía llegar hasta ella, que rondaba, amenazadora, rodeando al peñasco. No dejaba de pensar en Revali y en cómo se reiría en esa situación. Siempre fanfarroneaba de sus alas. Y yo no tenía alas.

_ Bueno… ¿Te llevo?

Por suerte, Anzu las tenía, al menos por el momento. Y yo quería ir, aunque admito que sentía algo de vértigo. No tendría el control de la situación, ni tampoco la capacidad para escoger el ángulo. Me serené un poco, aferré el arco y asentí lentamente. Anzu se colocó a mi espalda y nos elevamos. La bestia pareció darse cuenta, porque un escudo de energía se formó a su alrededor, y los cañones se pusieron en marcha.

Sabía lo que tenía que hacer, destruir los cañones y así forzarla a levantar el escudo. Pero no iba a ser fácil. Podía sentir la electricidad. El cañón se puso en marcha y Anzu giró. Pero las balas llegaban demasiado rápido. Y antes de querer darme cuenta, le acertaron a Anzu en un ala, y me soltó.

Sentía que caía, y veía la tierra cada vez más cerca. Y entonces, la vi. La bola de cañón, lanzándose en mi dirección. La esquivé y sentí, cuando me creía al borde de la muerte, aquel cosquilleo una vez más. La magia relampagueaba entre mis dedos, y lancé mi hechizo sobre la bola.

No sabía que iba a pasar, pero reaccioné a tiempo. Caí sobre la bola, que se había parado en el aire. La golpeé por abajo, y cuando la bola pareció recuperar la inercia, lo hizo en sentido contrario. Me elevé, presa de la fuerza que mi golpe le había dado, magnificada. Pude ver cómo el cañón era destruido. Y saqué mi paravela, que me elevó gracias a una corriente de aire caliente.

Cuando la siguiente andanada llegó, pude parar otro de los disparos, apunté con el arco y lo desvié, directamente al cañón. Me arrojé a la superficie de la bestia, ya libre de su escudo de luz. No me encontré enemigo alguno a primera instancia, pero mis ojos no pudieron evitar converger sobre lo que parecía una llamarada… de fuego negro, lleno de reflejos malignos.

No lo pensé demasiado, quizá porque quería acabar con todo aquello, quizá porque había dos cañones que aún funcionaban y los oía apuntar hacia mí. Cuando atravesé la negrura, envuelta en aquel fuego que no me quemaba, sentí calor, un calor distinto.

Por un segundo, creí que se trataba del desierto de Gerudo. Pero la arena era mucho más blanca y, sin embargo, hacía más frío. No tuve demasiado tiempo para pensar donde podría encontrarme, pues el sol se vio eclipsado. Eclipsado por una criatura que hacía que la bestia divina palideciera. Era colosal, y se mantenía elevándose, apenas rozando la arena con sus aletas delanteras. Su vientre y sus extremidades parecían de roca. Y pude ver un gigantesco ojo naranja que parecía mirarme.

Me quedé congelada ante su enormidad, incapaz de reaccionar mientras se movía, sin prisas. Escuché un relincho y al girarme, vi a una yegua, negra, con una mancha sobre el rostro, que cabalgaba aterrada y sin control. No pude evitar identificarme. Me acerqué y la monté, tirando de las riendas. De algún modo, tuve claro lo que tenía que hacer.

Sólo había una zona que tocaba el suelo, las aletas delanteras, cabalgué en su dirección, espoleando a la yegua como jamás lo había hecho. Sentía la arena golpearme el rostro, pues se movía produciendo una tormenta tras de sí. Pero no me detuve, lo flanqueé, y me fijé en las hendiduras que presentaban las alas, que supuse que servirían para ofrecer una menor resistencia al aire.

Tampoco me lo pensé en exceso. Salté, y me aferré como pude, pues se movía, cambiando el ángulo. Con un giro de noventa grados, me pude incorporar sobre el ala y, tambaleándome, llegué hasta su cuerpo. Justo tras su cabeza. Había una gran burbuja, negra, que brillaba. Como una gigantesca pústula. Desenfundé mi espada, y golpeé con furia, haciéndola estallar. La onda expansiva me hizo trastabillar, y cuando quise darme cuenta, me vi cayendo una vez más.

_ ¡Despierta!

Abrí los ojos, lanzando un grito. Me encontraba sobre la bestia divina que, esa vez, se mostraba apacible. Ante mí, podía ver al espíritu de Revali. Allí estaba, envuelto en luz verde, y con esa mirada egocéntrica que le caracterizaba. Me puse en pie, temblorosa, y le miré.

_ Puede que no seas tan inútil, después de todo._ Me dijo, riendo entre picos._ Aunque si fuera Zelda no estaría muy preocupado.

_ Ah, cállate._ Le dije._ Si lo llego a saber te dejo atrapado y condenado para siempre.

Unas horas más tarde

Lo admito. Revali me caía fatal, pero si hacía su trabajo, poco más nos quedaría. Sólo faltaban tres elegidos más y podría enfrentarme a Zelda, liberar a Regina… tomarla entre mis brazos y no soltarla nunca. Sin embargo, el simple hecho de observar mi siguiente destino, me aterraba. La montaña de la muerte, enorme y colosal, escupía lava de forma constante. Y la bestia divina, como broma, se encontraba en la montaña, rugiendo.

Había intentado acercarme a la montaña, pero había sido inútil. El calor hacía que mi ropa entrase en combustión, y me había visto saltando de vuelta hasta encontrar un lago en el que bañarme. Y ahora estaba en la posada, curando mis heridas.

_ Te avisé, Emma._ Me dijo Anzu._ Como siempre, tengo que ocuparme de todo.

_ Si tú lo dices._ Le contesté, irónica.

_ Quédate a dormir… voy a buscarte un buen equipo. Seguiremos mañana._ Me dijo, con una sonrisa en los labios.

Regina Mills

Había evitado a Zelda durante los últimos días. Parecía haber enloquecido. Y yo temía las consecuencias que eso pudiese tener. Fue, sin embargo, imposible evitarla indefinidamente. Pero cuando entré en mi habitación, no esperaba encontrarla como la encontré. Ella lloraba, sentada sobre la cama. Me miraba a los ojos, mostrándome los suyos, azules como el cielo, empapados de lágrimas.

Distaba mucho de lo que había visto aquellos días, en los que había destruido gran parte de lo que consideraba aún como mi castillo. No parecía la misma persona en absoluto, y eso me espantaba. Sus ojos mostraban compasión. Y cuando me senté con ella se abrazó a mí y lloró sobre mi hombro. Yo me mantuve en silencio.

_ Urbosa vive…_ Dijo, en un susurro.

_ Eso es una buna noticia, Zelda._ La tomé del mentón._ Sé que aún la quieres. Siempre lo he sabido.

Ella, sin embargo, negó con la cabeza y se acurrucó contra mí, temblando cada vez más. Nunca la había visto asustada de esa manera tan abrumadora.

_ No lo entiendes, Regina… la mataré. No podré evitar matarla… Por mucho que la quiera.

_ ¿Qué es lo que no me cuentas, Zelda?_ Le pregunté. Ella se estremeció.

Y repentinamente me dio un empujón, y lanzó una risotada, cruel. Se movió ágil y me tomó del cuello, estampándome contra la pared.

_ ¿Estás celosa, Regina?_ Me miró, con sus enfermizos ojos amarillos, y lamió mi rostro, me giré, asqueada._ No te preocupes… me quedaré con las dos. No tengo por qué elegir.

_ Ninguna de las dos querrá estar contigo mientras te comportes como un monstruo._ Le exclamé, dándole una patada.

_ Vuestra opinión no importa.

Pero ella no me soltó. No se quejó, siquiera, mientras me empujaba sobre la cama. Noté un horrible tirón cuando me arrancó el corpiño. Y supe que el día que tanto había temido, estaba llegando. Zelda iba a violarme. Iba a destrozar mi cuerpo hasta que mi mente se convirtiera en una masa informe que pudiese deformar a su antojo.

O al menos… eso creí. Eso creí hasta que noté que su mano temblaba. La volví a mirar, y la vi aterrada. Tenía intención de hablar, pero ella no me lo permitió. Salió corriendo, a un ritmo frenético, como si, al igual que había hecho yo aquellos días, intentase huir de mí y tratase de poner todo el castillo de las dos.

Por un segundo no quise moverme, ni tan siquiera me atreví a respirar. Mis ojos permanecieron abiertos hasta que sentí que se me secaban. Pero después de respirar, rápidamente, cerré la puerta y volví a vestirme. Entrecerré los dedos y recé, como pocas cosas había hecho.

Supliqué a las diosas que dieran fuerzas a Emma. Fuerzas para que pudiese terminar su misión y liberarme. Durante cien años había temido aquel encuentro que había estado a punto de producirse, pero Zelda nunca había estado tan alterada, y nunca había sentido tanto miedo.

_ Emma… creo en ti… pero necesito que te des prisa. Mi vida está en juego, ahora más que nunca.

Emma Swan

Aún no me había terminado de creer lo que veía. Anzu me había traído una armadura, una enorme lata mal formada, con una serie de rejillas sobre el rostro. Y lo cierto es que, por increíble que pueda parecer, era fresca. Había algo en sus capas que mantenía la temperatura. Y aunque sonaba como una máquina mientras me movía, no estallé en llamas. Anzu tenía… otros planes.

Se había transformado, una vez más. Su piel era de roca, y su cabello, blanco. Conocía a la raza de los Goron, pero lo cierto es que nunca había visto uno que fuese una mujer, de hecho, dudaba que fuese posible, siquiera. Pero eso le permitía andar por la montaña, y por eso no hice demasiadas preguntas.

Había lava por todas partes. El terreno era inhóspito, y, en pocas palabras, era cruel. Dudaba que nadie pudiese vivir allí si su piel no era de piedra. Me hubiese gustado trepar hasta lo alto de la montaña, pero lo cierto es que no podía con el gigantesco peso de dicha armadura.

Y entonces, como retándonos, la montaña rugió, y rocas salieron despedidas hacia nosotras.