Hola mis amores lamento mucho el retraso de este nuevo capítulo, pero mi beta no me lo pudo corregir hasta ahora. Este capítulo se lo dedico a todas y a todos por su gran apoyo.
Gracias a Kary por el beteo.
Que disfruten de la lectura.
Los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi
Capítulo 6
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Veintiséis años atrás, Myoga era un hombre mucho más estricto y engreído de lo que era ahora. Había educado a sus dos hijos como si fuese un militar dándoles órdenes estrictas a sus subordinados, lo que había hecho de ellos, personas de bien, amables y trabajadores. Sin embargo, también les había enseñado a odiar a sus vecinos japoneses, a tenerles rencor por algo que ellos ni siquiera habían vivido, algo que no estaba bien.
Pero jamás pensó que su hija, su niña, tras ir a estudiar a ese país, se enamoraría de un hombre que no era para ella, una persona que le haría daño por ser quien era: un japonés. Cuando Sara le dijo que se había enamorado de alguien de ese país, Myoga sintió como la sangre comenzaba a arder por todo su cuerpo, haciendo añicos su corazón. Él no permitiría esa relación, no iba a dejar que le hiciesen daño a la dulce mariposa de sus ojos, tal como se lo habían hecho a él.
Desde aquel día, intentó por todo los medios separarlos: comenzó buscándole otros hombres y no funcionó; la castigó, la golpeó, le prohibió volver a verlo, pero ella nunca le obedecía, provocando que su sangre hirviese como una olla a grandes temperaturas.
Muchas veces la esperaba y siempre era la misma discusión. Noche tras noche.
—¿Dónde has estado? —encendió las luces del pasillo, pudiendo ver a su hija con sus tacones en la mano para no hacer ruido a esas horas de la noche.
—Papá —suspiró, dejando su abrigo colgado en el pasamano, mirando a su padre como otras tantas veces, esperando por otra discusión.
—¡¿Has estado con ese malnacido, no es cierto?! ¡Después de que te lo prohibí!
Ella apretó los puños con fuerza, clavando sus uñas en las palmas de su mano, mientras lágrimas de desesperación corrían por su rostro.
—¡Sí, he estado con él! ¡Y ya no puedo más con esto! —alzó su voz con fuerza —. Sé que no te gusta, pero no lo entiendo papá… yo lo amo.
—¡No puedes amarlo, Sara! ¡Te prohíbo enamorarte de cualquier hombre que provenga de ese maldito país!
—¡No puedes impedirme amarlo! ¡No puedes! Yo lo amo y no comprendo porque odias a los japoneses. Sé que siempre nos enseñaste que eran malos, pero es todo lo contrario. Toda la gente que conocí me ha tratado bien.
—¡Todo es una maldita trampa de ellos! ¡Tú no puedes hacerme esto! ¡No puedes!
La morena tomó entre sus manos uno de los jarrones favoritos de su padre y lo tiró al suelo, haciéndolo añicos.
—¡Ya me harté papá! —dejó salir toda la furia de su cuerpo —. No iba a decírtelo, pero me voy casar con él y si no aceptas nuestra relación, olvídate que tienes una hija. Yo no lo dejaré sólo porque tú no estés a gusto.
Esa noticia le había caído como un balde de agua fría, por lo que reaccionó golpeando a su hija con tanta fuerza, que la lanzó al suelo haciendo que se cortase con unos de los trozos de jarrón que ella misma había roto.
—¡Si unes tu vida con la de ese hombre, olvídate que tienes una familia en Corea! —alzó la voz con tanta fuerza, que estaba seguro que había despertado a media mansión.
Sara se había incorporado, quedando sentada en el suelo, llevó su mano ensangrentada a la mejilla que había sido golpeada y lo miró con odio, con un odio que una hija no debería tener hacia su padre.
—Si eso es lo que quieres, ahora mismo te daré gusto —se levantó del suelo y clavó su mirada en él, una mirada que reflejaba solo rencor y dolor —. Le diré a Hitomiko que prepare mi equipaje en este momento —se dio la vuelta y se quedó quieta al escuchar su voz.
—Si sales de esta casa, recuerda que para mí, estarás muerta.
No hubo respuesta y desde aquel día, Sara había muerto para él. Cada vez que le preguntaban por ella, siempre evadía el tema o los miraba como ratas porque el dolor de la traición le dolía en el alma y lo que su hija le había hecho, no podía perdonárselo. Después de ese día, solo tenía un hijo, un hijo que no lo había traicionado.
Pero todo cambió aquel 24 de Diciembre de 1994, ese día de navidad en el que se encontraba cenando y disfrutando a lo grande en compañía de su familia, cantando algunos de los villancicos más populares. De repente, se sintió un ligero movimiento en la tierra y por un momento, todos se miraron extrañados unos a otros, por el pequeño temblor que se había producido. Myoga no pudo evitar tener una sensación de intranquilidad recorriendo todo su cuerpo, pensando que si el simple movimiento que había ocurrido hubiese sido más fuerte y perdía a alguno de sus familiares, se moriría por dentro, así como había perdido a uno de sus cuatro hermanos en el terremoto de Corea, ocurrido cincuenta y ocho años atrás. A pesar de que él no lo había conocido ya que apenas contaba con 2 años, su madre siempre le habló de él hasta el día en que fue asesinada vilmente, cuando tenía 6 años. Ese hecho acabó con su infancia, pues tuvo que aprender a vivir en penurias, cuidando de sus dos hermanas menores quienes, junto a su hermano mayor, unos pocos años después, tuvieron el mismo destino trágico que su madre.
Myoga agobiado por los recuerdos y el miedo en su interior, dejó la copa que tenía entre sus manos sobre la mesa del comedor y se dispuso a levantarse, y en los instantes que lo hizo, tuvo que agarrarse al respaldo de la silla porque sus piernas comenzaban a flaquear. Después de tranquilizar a su familia y decirles que estaba bien, caminó hacia el salón para saber lo que realmente estaba ocurriendo.
Una vez que entró, con manos temblorosas cogió el control remoto, encendió el televisor y puso el canal de noticias, esperando que no fuese nada malo y solo un pequeño sismo. Sin embargo, sus deseos no se hicieron realidad, porque en el momento en que miró a la pantalla sintió como si la casa se le cayese encima, como si su mundo se hubiera derrumbado; sentía que el destino lo estaba castigando por las crueles palabras empleadas hacia su hija, la última vez que la vio.
Las imágenes que estaba viendo parecían de una película de ciencia ficción, nada parecía real. Un mega terremoto había azotado Japón con una intensidad de 9.1 en escala Richter y un posterior tsunami al suroeste del país, se estaba llevando casas, barcos, autos, gente y todo lo que estuviese a su paso, inundando las calles de Miyagi, Sendai, Fukushima y muchas otras zonas más que estaban siendo completamente arrasadas por la gran ola que parecía que se ensañaba con ese país.
Se sentó en el sofá llevándose una mano a, su ahora, adolorido corazón y comenzó a llorar con todas las fuerzas de su alma, implorando por la vida de su pequeña hija, ya que por mucho que la rechazase, era de su propia sangre y nunca habría querido que muriese, menos de esa forma. No pudo evitar recordar cuando nació y la primera vez que la tuvo entre sus brazos, viendo la pequeña pero profunda mirada llena de asombro; era tan pequeña y tan frágil que se prometió a sí mismo que la cuidaría y la protegería de cualquiera que le llegase a hacer daño. Pero le había fallado, él mismo había sido el causante del sufrimiento de su propia hija; aquel ser nacido del fruto de su amor, su pequeño tesoro, estaba ahora en las manos de Dios, en un país que estaba siendo arrasado por la propia naturaleza.
Después de aquel fatídico día, quiso viajar al país vecino, no obstante, le fue impedido por los guardias del aeropuerto quienes le habían explicado que no se podía entrar a Japón hasta dentro de quince días por las posibles replicas. Así pasaron los días, entre la desesperación, la agonía y una tristeza que se podía notar en su demacrado rostro.
Cuando la amenaza había desaparecido, llegó al país que más odiaba y al que había jurado nunca ir. Lo que nunca llegó a imaginar, es que debería entrar en él para encontrar a su hija entre los escombros de un país destrozado. La buscó por cada lugar y no la encontró, llamó buscando información y tampoco; solo una semana después, se contactaron para identificar un cuerpo que coincidía con la descripción de Sara. En el instante en que fue a aquel pabellón y sacaron la sábana blanca de aquel inerte cuerpo, sintió que había muerto en vida y que ahora ya nada tenía sentido. Dejó que las lágrimas comenzasen a salir y lloró con toda las fuerzas de su alma, mientras unos especialistas lo ayudaban a sobrellevar el dolor de la tragedia. Lloraba sobre aquella sábana que cubría nuevamente a su pequeña hija y, entre lágrimas, le había jurado encontrar a su nieta.
Luego de eso, se la llevó a enterrar en su país natal sin importarle no darle sepultura al lado de su esposo. Ella era su hija y su único consuelo era llevarle flores al cementerio. En su tumba le había jurado nuevamente que encontraría a su pequeña Natsuki, aquella niña que jamás fue encontrada por mucho que él contratase a los mejores detectives, pues jamás lograban dar con ella.
Había pasado tristezas y dolor. Se había sentido la peor escoria del mundo por jamás querer escuchar a su ex esposa e hija cada vez que lo llamaban o le mandaban fotos. Nunca le había importado el nacimiento de su nieta y las imágenes que le enviaban, siempre las guardaba en los cajones dejando que se llenen de polvo. Jamás pensó que algún día se iba a arrepentir de sus propios actos.
Desde que el destino lo golpeó cruelmente, mandó a ampliar la foto en donde salía su pequeña con ese hombre y su hija, colgando aquel cuadro en su despacho. Desde ese día, se pasaba horas mirando aquella imagen, mientras lágrimas resbalaban por sus mejillas y un "perdóname, hija" salía de sus labios.
Ahora, dieciocho años después, uno de sus deseos se estaba haciendo realidad. Su nieta estaba delante de él y no sabía si estaba vivo o muerto, no obstante, quería inclinarse por lo primero y pensar que su nieta sí estaba delante de él.
Lo primero que hizo cuando la vio, fue pestañear un par de veces para ver si desaparecía o seguiría en el mismo lugar, pero su imagen angelical no se iba del lado de Inuyasha. Para volver a cerciorarse de que no estaba soñando o estaba muerto, se pellizcó el brazo donde tenía la vena que pasaba el suero y sintió un pequeño ardor. Por fin, después de todo eso, se dio cuenta que lo que veía era real, aunque a su mente aún le costaba creerlo.
—Esto… esto es imposible ¿verdad? —miró hacia todo los presentes, ladeando su cabeza de un lado a otro —. Díganme que me dio el médico para ver alucinaciones —inquirió estupefacto, sin poder dar crédito de lo que veían sus ojos.
Todos se rieron. Excepto su nieta.
—Abuelo —la voz de su nieto se hizo presente —. No te dieron ningún medicamento que te haga ver alucinaciones, lo que estás viendo es real, ella es tu nieta —vio como Inuyasha apoyaba sus manos en ella y sonreía hacia él.
Lo que estaba escuchando, aún le parecía imposible. Su nieta, la niña que tanto tiempo estuvo buscando, estaba delante de él, y ya no era una niña sino una mujer hermosa, de una piel tan blanca como la porcelana que podía ser confundida con una muñeca. Llevaba puesto un conjunto otoño-invierno, que constaba de una blusa blanca de seda con encaje blanco, como formando perlas, con cuello azul marino y en los bordes de estos, unas pequeñas flores bordadas. Además, llevaba una falda negra ajustada al cuerpo que solo llegaba hacia el muslo, marcando perfectamente sus piernas y acompañadas por unas medias negras transparentes que se adherían a ella como una segunda piel. Por último, como complemento, unos botines de tacón alto que hacían que su figura femenina se estilizase más.
Después de recorrerla con la mirada, con su mano le pidió que se acercase para poder verla mejor ya que él, por todo lo que tenía en el cuerpo, no podía ir a abrazarla. Vio como ella se alejaba de su nieto y con una sonrisa se acercaba a su lado, apoyando las manos temblorosas encima de la camilla, al lado de su mano.
La miró alucinado con una sonrisa en el rostro. No dejaba de contemplarla, era hermosa, su rostro estaba limpio sin ninguna marca de nacimiento, su cabello era castaño en forma de rizos que caían en cascada hasta debajo de sus hombros; sus cejas eran delgadas y finas dándole un toque sofisticado, sus pestañas no eran largas ni cortas haciendo que el color de sus ojos con la máscara de pestañas le diese un toque único. Seguía recorriéndola con la mirada, pudiendo fijarse perfectamente en el color de sus ojos. Eran azules con un intenso brillo y eso fue lo que lo dejó congelado ¿Azules? ¿Sus ojos no eran café oscuro?
—Tus… tus ojos. Estoy seguro que eran… —sus palabras fueron interrumpidas por una voz conocida y que adoraba.
—Son lentillas de color, abuelo —la voz de su nieto interrumpió aquella pregunta que lo tenía desconcertado.
Pasó de Inuyasha y miró a Natsuki
—¿Por qué las usas?
—Me gusta más como me queda este color, que el color natural de mis ojos —le sonrió y ante esas palabras, le pareció que hablaba nerviosa pero supuso que había sido por ser la primera vez que lo veía.
—Me alegro tanto de tenerte a mi lado —cogió su mano entre las suyas, sintiendo el calor que le transmitía —. Te busqué por tanto tiempo y ahora estás a mi lado, mi pequeña Natsuki. Perdóname por todo lo que pasó.
La castaña le dedicó una de sus dulces sonrisas que a él le había derretido el corazón.
—No te guardo rencor, abuelo… Aún me cuesta llamarte así —se rio —. No sé bien lo que ocurrió, pero eso quedó en el pasado y el destino nos volvió a unir. Solo te pido que ahora me llames Kagome. Me acostumbré a que me llamaran así, desde que me adoptaron.
—Te lo prometo —respondió feliz, sintiendo una paz interior, como si su corazón quisiera salirse de su sitio y saltar de felicidad.
—También quiero que me prometas otra cosa más.
La miró atentamente, esperando. No sabía lo que le iba a pedir, pero por su nieta haría lo que fuese, le cumpliría lo que hiciese falta aunque tuviese que ir a buscarlo hasta el fin del mundo. Remediaría con ella, el error que cometió con Sara.
—Prométeme que vas a luchar por tu vida —sintió como acariciaba su rostro con sus finos dedos.
—Te lo prometo —le sonrió, mientras ella se arrojaba a sus brazos y lo abrazaba, apoyando la cabeza en su hombro.
Le prometió que lucharía por su vida porque ahora tenía un motivo para hacerlo, algo por que vivir y lo cumpliría con tal de pasar más tiempo a su lado, de conocerla más, saber quién la había adoptado y como había sido su infancia. Quería saberlo completamente todo de ella y por eso, tenía que salir de ese hospital.
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La luz del amanecer comenzaba a filtrarse por las persianas de la habitación del hospital, iluminando con todo su esplendor el rostro de un incómodo peli plata. Había pasado la noche con su abuelo, velando por su bienestar, hasta que el sueño lo venció y Myoga lo mandó a dormir al lado de su nieta, pues Kagome tampoco quiso dejarlo solo. Él no quería dormir junto con ella, sin embargo, su abuelo lo convenció al decirle que no tenía nada de malo dormir juntos si eran primos.
Pero lo que él no sabía es que realmente sí había algo malo: Kagome no era su prima sino una estafadora que estaba usurpando el lugar de la verdadera Natsuki.
Se volvió a mover incómodamente en el sofá esperando poder dormir más, pero resultó imposible. Abrió los ojos y se estiró completamente sintiendo los pies de Kagome debajo de los de él. Habían dormido uno enfrente del otro en cada lado del sofá por lo que le había dejado un espacio para que estuviese algo más cómoda. No obstante, durante el transcurso de la noche, no sabía cómo los pies de Kagome fueron a pasar de su espalda a sus partes bajas haciéndolo que pasase una noche horrible, deseando enviarla de vuelta a Japón o a cualquier lugar para que dejase de molestarlo.
Se fue incorporando poco a poco, fijándose en que él estaba completamente tapado mientras que ella solo tenía esos malditos pies cubiertos, esos pies que le hicieron pasar la peor noche de todas. Dio un suspiro y se levantó de donde estaba sentado y la cubrió con la manta, recordándose que sólo lo hacía por su abuelo, porque sabía perfectamente que si la veía descubierta iba a discutir y con tal de no escucharlo, decidió hacer una buena obra.
—Maldita diablilla —dijo aquello mientras que con sus manos la cubría hasta arriba de su cuello —. Hasta durmiendo eres un demonio, pero quiero que sepas que sólo hago esto por mi abuelo —volvió a mirarla con desprecio, mientras ella solo se daba la vuelta sin siquiera hablarle, como si ni siquiera hubiese escuchado su voz.
Después de cubrirla, la dejó sola mientras se acercaba a la cama en donde dormía su abuelo. Se cercioró de que todo estuviese bien y lo miró, su rostro tenía la apariencia de un ángel, a pesar de que sus facciones ya tuviesen arrugas. Aun así, a sus 80 años, nadie podía negar que su abuelo, de joven, había sido todo un rompe corazones. Según su difunto padre, que le había enseñado unas fotos, él era la viva imagen de Myoga cuando era más joven.
Acarició la mano arrugada de su abuelo y le ofreció una de las sonrisas más dulces que tenía guardadas en su corazón. Aunque no pudiese verlo, quería transmitirle lo que su corazón estaba sintiendo.
Estaba contento al saber que su abuelo ahora tenía una sonrisa en el rostro y podía irse al cielo con alegría. Ayer había estado nervioso por cómo iba ser su reacción o cómo iba a tomar aquella noticia después de dieciocho años de búsqueda, pero ahora sabía que lo había hecho el hombre más feliz con una mentira que todos creían, era verdad.
Una mentira que duraría sólo hasta que su abuelo partiese de este mundo pero, no había pensado en qué hacer después que ese día llegase ¿Cómo iba a decirles a todos que Kagome no era su prima y que todo había sido una mentira? ¿Cómo pudo haber sido tan idiota y no haber pensado en ese pequeño detalle? No obstante, eso ahora no importaba. Lo único importante por el momento, era su abuelo y su felicidad.
Seguía pensando en cómo iba hacer el día que esta mentira finalizase, cuando se escuchó el sonido de la puerta abrirse. Se giró y vio a su madre con una bolsa de papel con el logo de Starbucks en las manos, y supuso que le había traído el desayuno.
—Buenos días, cariño —besó su mejilla —. Te traigo el desayuno ¿Qué tal pasó tu abuelo la noche? —preguntó con un deje de preocupación en su voz, a la vez que dejaba la bolsa de comida en la mesita.
—Bien, mamá —sonrió —. Gracias por el desayuno —miró a su madre con una bella sonrisa. Hoy ya tenía otro semblante en el rostro, se veía mucho más brillante y refrescante. Ayer, cuando la había visto, estaba ojerosa y pálida, por lo que había decidido que fuera a descansar a casa mientras él y Kagome cuidaban de Myoga.
—No hay de qué, mi vida. Soy tu madre —con pasos silencios se acercó hacia él, susurrándole al oído —. Me gustaría hablar contigo sobre Kagome.
En los instantes que escuchó de su voz, el nombre de ese demonio disfrazado de ángel, intentó no tragar saliva ni ponerse nervioso. ¿Por qué su madre quería hablar sobre ella? ¿Habría descubierto todo y su plan se iría por la borda? Necesitaba salir de esto y no sabía cómo, necesitaba darle una buena excusa y no tenía ninguna a la mano. Aquellas palabras lo habían agarrado de improviso, haciendo que la voz se atorara en su garganta como si alguien se la estuviese estrujando con fuerza y dejándolo completamente sin respiración.
Estaba suplicando a los cielos para que algo ocurriese y su madre dejase de verlo tan fijamente como si estuviera buscando algo en su mirada, en sus facciones, o en algún movimiento que pudiera delatarlo. Después de cinco segundos, sus deseos se hicieron realidad al escuchar la voz de su abuelo que ya había despertado.
—Lo siento, mamá —le sonrió con dulzura mientras que en su interior estaba saltando de alegría por la intromisión de su abuelo —. Ahora no es el momento, más tarde hablaremos de lo que quieras —besó su mejilla y se acercó hacia la cama en donde yacía Myoga, agradeciendo a los dioses por no tener que dar explicaciones sobre esa diablilla.
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En las dos semanas siguientes, había logrado esquivar las preguntas de su madre, siempre diciendo que tenía que cuidar de su abuelo, que tenía mucho trabajo o que en la empresa había ocurrido algo. Sin embargo, temía que su madre se hubiese enterado de todo y estuviera desilusionada de él. No quería dar explicaciones de cómo había conocido a Kagome y el motivo por el que la había traído a Corea.
Como las noches anteriores se encontraba durmiendo en aquel sofá blanco que había presenciado sus sueños y pesadillas. Se había acostado bastante tarde por estar contemplando el rostro de Myoga, durmiendo tranquilo y feliz, porque desde que Kagome había aparecido en Corea, Myoga volvía a sonreír. A pesar de que Inuyasha no durmiese buscando excusas para darle a su madre, su abuelo era inmensamente feliz y eso era lo más importante.
Inuyasha comenzó a moverse en el sofá mientras sus ojos se iban abriendo lentamente acostumbrándose a la luz de la habitación, pestañeó un par de veces mientras metía una de sus manos en el bolsillo del pantalón, buscando su teléfono móvil sin encontrarlo. Pensando que quizás se habría caído por el sofá, miró el reloj pulsera de su muñeca, dándose cuenta que eran las dos de la tarde. Lentamente, se fue incorporando hasta ponerse de pie y comenzó a buscar sus cosas por el sofá, pero un carraspeo lo hizo voltearse.
—¿Perdiste algo, hijo?
Se puso nervioso, ya que la mirada fija y misteriosa de su madre lo estaba asustando. Parecía una bruja a punto de echarle un hechizo.
—No encuentro mi teléfono por si alguien me llama del trabajo —sabía perfectamente que no lo iban a llamar a menos que sea una emergencia, ya que él había dejado a cargo de todo a Miroku, a pesar que aún no habían hecho las paces.
—Oh, dudo que te llamen hoy —respondió en tono de burla, como si estuviese hablando con un niño pequeño que acababa de hacer una travesura.
Inuyasha la miró desconcertado y poco a poco comenzó a sospechar que su madre tenía algo que ver en la desaparición de su teléfono móvil.
—¿A qué te refieres con eso? —cruzó los brazos y arqueó una de sus cejas, mientras pensaba en cómo hacerle la pregunta que desde hace unos segundos rondaba por su mente —¿Tuviste algo que ver? ¿Verdad? —frunció su ceño.
Izayoi comenzó a reírse.
—¡Por supuesto que sí! ¿Crees que las cosas desaparecen como por arte de magia?
Por primera vez, en sus treinta años, se había molestado por el acto infantil de su madre, uno que jamás habría esperado de ella. Es cierto que cuando era un adolescente lleno de hormonas, habían tenido sus discusiones como un joven normal, pero ahora se sentía intimidado por lo que su madre había hecho ¿Cómo no sintió la mano de su madre, sacándole las cosas? No pudo evitar gritarle por tratarlo como a un niño, pero ella respondió que si quería que lo tratase como un adulto, que lo demostrase y dejase de escapar.
Quería patalear como un niño, tratar a su madre como trataba a los demás que no eran de su entorno, pero no podía hacerlo por mucho que se molestase con ella, pues no podía guardarle rencor.
Le pidió disculpas por gritarle y ella solo sonrió. Después de eso ambos, salieron de la habitación del abuelo, cerrando la puerta suavemente y quedando al lado de ella por si ocurría cualquier emergencia. Inuyasha apoyó su espalda en la pared mientras cruzaba los brazos, fijándose en la mirada inquisitiva de su madre que lo miraba como si quisiese indagar en su interior, como queriendo buscar la verdad oculta sobre la aparición de su prima Natsuki.
—¿Cómo la encontraste? —soltó sin más, apartando un mechón de su cabello detrás de su oreja —¿Cómo lograste dar con ella, cuando tu abuelo y tu padre jamás lo hicieron? —volvió a preguntar sin importarle que alguien los escuchase.
Inuyasha se quedó en silencio por unos segundos, alejando la vista de su madre y fijándose en el suelo, como buscando escapatoria ¿Qué iba a decirle? No podía contarle la verdad y decirle que era una ladrona y una estafadora, que le había robado, no solo a él sino que también intentó hacerlo en la ONG de su abuelo.
Levantó su rostro y se fijó en los orbes azules de su progenitora, aquella mujer que le había dado la vida, que había estado con él cuando estaba enfermo y a la que jamás engañaría, pero hoy no tenía otra opción.
—Hice mis investigaciones, mamá —cerró los ojos y volvió abrirlos a los pocos segundos —. Contraté a los mejores detectives de Japón.
—Inu Taisho y Myoga también lo hicieron, hijo. Contrataron a los mejores y en dieciocho años, jamás encontraron rastros de ella —insistió, como si fuese una detective en busca de la de la verdad y haciendo que a Inuyasha, poco a poco, le costase su pose firme.
La tensión podía palparse en aquel ambiente frio. Inuyasha respiró por unos segundos, tratando de calmarse y de que no se notase su nerviosismo ante las palabras de su madre.
—Como ya te he dicho, hice mis investigaciones, pasando noches enteras sin dormir para lograr dar con ella.
—¿Cómo lo lograste en tan poco tiempo? —inquirió nuevamente, a la vez que golpeaba suavemente su zapato contra el suelo, esperando respuesta —. Dime ¿dónde la encontraste?
—Mamá… —sus palabras quedaron en el aire al escuchar una voz alegre viniendo hacia ellos.
—¡Inuyasha! ¡Izayoi!
Inuyasha miró al dueño de aquella voz que había gritado unos metros más atrás como si estuviese en alguna plaza y no en un hospital en donde se debía guardar silencio. En otras circunstancias, se habría molestado con él por no tener respeto, pero hoy se lo agradecía con toda su alma, porque gracias a su intervención, las preguntas finalizarían por el día de hoy.
Una vez que se acercó, los saludó.
—¡Izayoi! Esta tan guapa como siempre—besó su mano y le dio una vuelta como si fuese un diseñador inspeccionando a una de sus modelos —. Es una pena que no tenga menos años.
—Miroku, tú nunca cambias ¿verdad? —se rio —. Yo podría ser tu madre.
Había escuchado perfectamente los elogios de Miroku hacia su progenitora y aunque no le gustaba que lo hiciera, sabía que Miroku la veía como una segunda madre.
—Miro —interrumpió aquella conversación, poniéndose en medio de él y su mamá —¿Qué te trae por aquí?
El castaño hizo una mueca.
—Vengo a visitar a Myoga y de paso me gustaría hablar contigo a solas.
Por un segundo, lo miró desconcertado ¿De qué querría hablar con él? Pues desde que regresaron a Corea no habían hablado más que por asuntos de negocios y sobre la salud del abuelo. Para Miroku, Myoga era otro miembro más de su familia ya que él lo había consolado cuando lloró por Sunny, mientras que Inuyasha lo miraba escondido detrás de la puerta, sintiéndose culpable por la próxima boda de su hermana y sin poder hacer nada por ayudar a su desolado amigo. Desde aquel día, Myoga se había convertido en un abuelo adoptivo para Miroku.
Ahora, luego de varios días en los que Miroku lo había evitado, lo tenía frente a él. Luego de despedirse de su madre, se quedaron fin a solas, cara a cara, como si fuesen dos enemigos a punto de enfrentarse.
Durante el camino a la cafetería ninguno de los dos habló. Tenían mucho que decirse pero ninguno se atrevía a dar el primer paso. Inuyasha aún se sentía culpable por no haber apoyado a su amigo a que conquistase a Sunny, contribuyendo a que ella se casase con el hermano de este y causando el sufrimiento de Miroku al verla unida con alguien de su misma sangre.
Una vez que llegaron a su destino, pidieron unos cafés y se sentaron en una de las mesas que se encontraba libre. Ninguno de dos habló por unos cuantos segundos hasta que Inuyasha, después de darle un sorbo a su café, decidió hablar.
—¿De qué querías hablarme? —su voz se escuchó un poco áspera.
Hubo un silencio sepulcral en aquel instante, como si tan solo quedasen ellos dos, hasta que por fin se escuchó una respuesta.
—Ni yo mismo lo sé. Bueno, realmente si lo sé —se corrigió, clavando su mirada en la de él —. Estuve pensándolo por un tiempo y llegué a la conclusión de que no podemos estar así por algo que ya pasó. Eres como mi hermano, Inuyasha.
—¿Por qué ese cambio? —sentía que Miroku no le decía la verdad, como si estuviese ocultándole algo.
—Porque no quiero seguir enfadado —el peli plata hizo una mueca —. Quizás te guarde algo de rencor por lo sucedido con Sunny pero, quiero recuperar a mi amigo.
—Miroku…
—Déjame terminar —lo interrumpió —. Sabes que lo de tu hermana me va costar olvidarlo, porque aquel dolor estará siempre presente, pero quiero que volvamos ser los amigos de antes, más bien los hermanos que éramos.
El peli plata lo miró por unos segundos. Él también lo quería recuperar, tener nuevamente aquella amistad que había permanecido unida a pesar de las adversidades.
—Lo siento —se disculpó sin ser capaz de mirarlo a los ojos, clavando su vista en el líquido oscuro de su taza —. Lamento haberte hecho daño —aquellas sinceras palabras salieron desde lo más profundo de su corazón, recordando que todo lo había hecho debido a la promesa que había realizado hace unos años atrás —. Sabes que lo hice por protegerla.
—¿Qué? ¿Querías protegerla de mí? —lo miró desconcertado —. No lo comprendo. Yo jamás le hubiese hecho daño ¿No pudiste confiar en mí? Yo la amaba ¡Maldita sea! ¡Yo la amaba! —dio un pequeño golpe en la mesa, sin importarle que lo vieran.
—¡No podía confiar en ti! ¿Cómo iba hacerlo, Miroku? Si desde lo ocurrido aquel día en la universidad, te volviste un idiota mujeriego. Desapareció por completo el amigo que había conocido, para convertirse en el hombre que eres ahora.
Hubo un largo silencio, como si ambos estuviesen recordando aquellos tiempos.
—Por Sunny, estaba haciendo el esfuerzo de cambiar, por mucho que tú no lo notases —replicó —. Ella era el único motivo por el cual, quería cambiar nuevamente. Era lo único que iba a traer de vuelta al antiguo Miroku. Ahora no habrá jamás una mujer que me haga cambiar de opinión.
Por milésima vez, volvió a sentirse culpable, culpable de causar el sufrimiento de Miroku. Si lo hubiese dejado conquistar a su hermana ¿Seguirían juntos? Aquella pregunta no dejaba de torturarlo, pero ahora jamás lo sabría pues él nunca aceptó que su mejor amigo estuviese enamorado de su pequeña Sunny.
—Inuyasha —lo llamó unas cuantas veces hasta que le prestó atención —. Olvidémonos de lo ocurrido. Vine aquí a arreglar las cosas y hacer las paces. No quiero volver a discutir —el peli plata asintió —. Sólo te pido que olvides aquella promesa que hiciste. Ella ya es mayor y no necesita la protección que tú quieres darle. Ahora mi hermano está a su lado —esas últimas palabras, se habían escuchado con dolor, melancolía y también con algo de reproche, por mucho que el castaño intentase ocultarlo —. Deja de tratarla como tu hermana y trátala como…
Después de aquellas palabras, Inuyasha había dejado de escucharlo. Se había perdido en los recuerdos de un pasado que había cambiado la vida de todos, otra tragedia que había destruido algunas vidas, al ensañarse nuevamente con su familia.
Era un otoño que jamás olvidarían, tras aquella llamada que les destruyó nuevamente la vida. Un vuelo procedente de Hawai a Corea del Sur se había estrellado antes de tocar la pista de aterrizaje, cobrándose la vida de cien personas y dejando sólo unos pocos sobrevivientes. Aquel trágico suceso, había dejado huérfana de padres a su prima de tan solo diez años, y sin un hermano menor, a su madre.
El día del entierro, vio como los ataúdes eran puestos en una rejilla antes de ser enterrados en sus respectivos nichos, en medio de sollozos y lamentos. Todo el cielo estaba teñido de gris y la gente vestía ropa negra, lo que combinaba a la perfección con la tristeza que ese día reflejaba.
Miró a su madre que se encontraba llorando en los brazos de su padre, aun sin poder creer como su hermano y cuñada habían muerto. Esa escena le destruía más el alma. Luego de dejar de prestarle atención a su mamá, miró a la niña que tenía abrazada en un lamentable sollozo.
La abrazó más a él y le dijo que todo estaría bien, pero ella lloraba desconsolada, mojándole la ropa con sus lágrimas, sin embargo, eso a él no le importaba, solo quería que se tranquilizara.
Con lágrimas en los ojos, escucharon las últimas palabras del cura, pidiendo por las almas de aquellos dos seres que habían abandonado este mundo. A paso lento se acercaron hacia los ataúdes, pudiendo escuchar el crujir del viento a su alrededor, como si este también estuviese llorando.
Una vez que llegaron al lado de los dos féretros, vio cómo su prima se tiraba al ataúd de su madre, pidiéndole que se la llevase con ella, que no la dejase sola.
La escena que estaba presenciando lo estaba matando por dentro y no pudo evitar llorar nuevamente, al presenciar tan desgarradora escena. Se acercó a su prima y la agarró por la espalda intentando alejarla de aquella caja que contenía el cuerpo inerte de su tía. Su intento le resultó imposible y no porque no pudiese, sino por miedo a lastimarla, pues ella era muy frágil. Había escuchado el grito de sus padres, llamándola por su nombre real, mientras era sacada por ellos dos, viendo luego a Izayoi, abrazarla para dejarla llorar en sus brazos.
Después de aquella escena tan dolorosa, llegó la hora del verdadero adiós. Todo el mundo comenzó a tirar flores blancas en los ataúdes antes de ser enterrados y sólo quedase todo como un recuerdo. Antes de que todo terminara, Inuyasha volvió a mirar a su familia: a su pequeña Sunny llorando, a su madre cayendo el suelo por el dolor que la estaba matando y a su padre, intentando ser el soporte tanto de Izayoi como de la pequeña, que a tan corta edad se había quedado huérfana.
Se acercó un paso más, viendo como ahora sólo se podían ver las flores y coronas, donde antes habían estado los ataúdes, mirando la nueva tumba de su tía y luego la de su tío que estaba al lado. Había dejado que una lágrima resbalase por su mejilla, antes de pronunciar unas palabras.
—Les prometo que cuidaré de su hija, se los prometo. A partir de hoy, dejaré de ser su primo para ser su hermano mayor y les juro que no dejaré que nadie le haga daño. Si alguien la hace llorar, lo mataré —se secó las lágrimas que resbalaban por su mejilla y tocó la corona de flores blancas y rojas que su familia había mandado a preparar —. Haré que ella sea feliz. Es una promesa, tíos. Descansen en paz.
Aquellas palabras, las había pronunciado con tan solo catorce años de edad y ahora con treinta, seguía protegiendo a Sunny como si fuese una niña de diez años y no una mujer de veintiséis a la que ya no le hacía falta su protección. Pero ¿cómo iba el romper aquella promesa? No podía fallarles a sus tíos y sin embargo, le había fallado a su mejor amigo.
—Inuyasha… Inuyasha —Miroku lo llamó por enésima vez, pasando la mano por delante de sus ojos, como buscando alguna reacción —¿Me estás escuchando?
El peli plata tosió y volvió a mirarlo.
—Lo siento —respondió, algo cabizbajo al recordar aquel fatídico día —. No puedo romper aquella promesa, Miroku. Sunny sufrió mucho desde la muerte de sus padres y nos costó mucho que volviese a ser una niña alegre. No me siento capaz de dejar de protegerla. No puedo romper la promesa que les hice a mis tíos.
—Debes hacerlo Inu, hiciste esa promesa hace dieciséis años. Sabes que yo siempre he tratado a Sunny como tu hermana, pero si necesito dejar de hacerlo y tratarla como tu prima, lo haré, con tal de hacerte entender que ella ya no es una niña que necesita protección —habló con tanta firmeza, que no parecía aquel amigo al que le gustaba hacer bromas a cada segundo, sino un hombre al que no le gustaban los juegos.
Inuyasha conocía bastante bien a Miroku y sabía que cuando le hablaba de ese modo, significaba que ya se había hartado de que le salga con mismo cuento de siempre. Muchas veces le había dicho que se olvidase de aquella promesa, pero él no podía dejar de cuidarla, de mimarla, de adorarla, no se sentía capaz de dejarla volar libremente. Le había costado aceptar que se casase con otro y lo que no sabía su amigo, es que había mandado a investigar a su hermano para poder darle el visto bueno. Recién cuando comprobó que era un hombre intachable, fiel, con buenos negocios y que no había cometido ningún delito, aceptó aquella boda; aunque jamás pudo dejarla ir del todo, pues siempre la investigó en secreto y aún lo seguía haciendo a escondidas de todos.
No podía dejarla sola, no podía defraudar a sus tíos.
—No puedo, Mi…— sus palabras quedaron en el aire por la intromisión de Izayoi.
—¡Inuyasha! —vio cómo su madre corría hacia él —¡Tu abuelo!
Al escuchar esas palabras, se asustó enormemente ¿Algo le había pasado a su abuelo? ¿Acaso se puso peor? Se levantó con rapidez de la silla, haciendo que esta cayera al suelo; se acercó a su madre y la agarró con suavidad por los hombros mientras intentaba calmarse, sintiendo la mano de su amigo golpeándolo con suavidad en la espalda, dándole su apoyo incondicional.
—¿Qué le ocurrió a mi abuelo? Comenzó a ver como la expresión del rostro de su mamá cambiaba a una de gran felicidad ¿Cómo podía sonreír en una situación así? —. Habla, por favor.
—Hoy le dan a tu abuelo el alta. Es un milagro que se haya recuperado —saltó de alegría —¿No estás feliz?
Aquella noticia lo tomó por sorpresa, pero la pregunta de su madre le dolió en el alma. ¿Cómo no iba estar feliz? Por supuesto que estaba feliz de que se recuperara. No obstante, todavía quedaba un pequeño problema: Kagome ¿Qué iba a hacer con ella? No podía deshacerse de su supuesta prima como si fuese un mueble viejo.
Sólo le quedaba una opción y no le parecía nada agradable: compartir el mismo techo con esa mujer hasta convencer a su abuelo de enviarla a estudiar a algún lugar.
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Ya habían pasado dos semanas desde que había conocido a su nieta y la alegría había vuelto a su vida. Había querido cumplirle la promesa de luchar por su vida, por lo que comía mejor y aceptaba los medicamentos que le habían recetado. Kagome era su alegría, su luz. Ella lo cuidaba, lo cubría con las mantas, le daba de comer y le contaba chistes. Lo trataba como él tanto se lo había imaginado.
Cuando le llegó la noticia de que su condición estaba mejorando, le hizo prometer a Izayoi que no le diría nada a Inuyasha, pues quería darle una sorpresa al nieto que le había cumplido su deseo; aunque sabía perfectamente que al peli plata no le iba a gustar que le ocultasen algo tan delicado.
En el instante en que lo vio entrar en su habitación, sintió como sus brazos lo rodeaban por detrás de su cuello, pudiendo oler la fragancia que siempre utilizaba.
—¿Por qué me lo ocultaste, abuelo? —deshizo el abrazo y clavó sus ojos en los de él.
—Quería darte una sorpresa y ver tu cara de alegría. Aunque te siento algo extraño ¿No estás feliz?
—No digas tonterías, abuelo. Me alegro de que vuelvas a casa.
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En las últimas dos semanas, nuevamente había vuelto a sentir aquel calor familiar que tanto necesitaba, sin embargo, extrañaba a Jakotsu que era como un hermano para ella, y quien en estos instantes, todavía debía estar molesto por su mentira.
Myoga la trataba bastante bien, y era normal que lo hiciera porque creía que ella era su nieta ¿Pero qué ocurriría si descubría la verdad? ¿La odiaría? ¿La despreciaría?
Por ahora, no quería pensar en eso. Sólo quería verlo feliz y sonriendo, y ella lo había logrado.
Cuando se enteró que le darían el alta, por una parte se sintió feliz de que el hombre que la trababa como toda una reina, no muriese, pero por otra, las dudas de lo que sucedería a partir de ahora, le carcomían el alma ¿Qué iba a pasar ahora?
Luego de que Inuyasha abrazara efusivamente a su abuelo, este, con un gesto de su mano, le indicó que saliera de la habitación y juntos, se dirigieron a la sala de máquinas expendedoras.
Una vez allí, ella se fijó en su mirada, en las acciones de su cuerpo y le pareció como si tuviese intención abrazarla o algo, pero eso no pasó, así que pensó que había sido producto de su imaginación.
—Gracias. Has hecho un buen trabajo —aquellas palabras la tomaron por sorpresa.
—Repítelo —respondió con una pizca de picardía, aún sin poder creer lo que estaba escuchando. Era la segunda vez que le daba las gracias.
—No quiero. Si te llamé, es para hablar sobre un nuevo cambio.
Aquellas palabras la dejaron helada, ¿Acaso iba a enviarla a la cárcel después de todo lo que había hecho? Ella no quería ir a la cárcel, encerrada entre cuatro paredes.
—¿De qué quieres hablar, entonces? —respondió, con un deje de nerviosismo.
—De que las cosas cambiarán a partir de ahora.
—Eso ya lo sé —respondió como si nada, intentando calmar su voz nerviosa.
—A partir de hoy… —vio como Inuyasha se acercaba a ella, pudiendo oler su perfume varonil mientras le susurraba al oído —… viviremos bajo el mismo techo, hasta que pueda convencer a mi abuelo de mandarte a algún lugar a estudiar. Por ahora dejaré que disfrute de su "nieta".
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Desde aquella conversación, no volvió ver a Inuyasha hasta la hora de partir a su nueva casa o mejor dicho, a la mansión donde viviría desde ahora. No sabía lo que le depararía el futuro, pero intentaría vivir su vida tranquila y ayudar en todo lo posible a Myoga. Darle el cariño de la nieta de la que no se sabía si algún día aparecería.
Una vez que llegaron a su destino y las rejas se abrieron, volvió a quedar maravillada. Aunque ya había venido algunas veces a dormir cuando Myoga estaba en el hospital, hoy podía apreciarla mejor.
Se podía ver claramente, un hermoso jardín con flores de todo tipo: margaritas, camelias, tulipanes y algunas que ella no conocía. Había un camino para los coches muy bien cuidado y en el medio de la mansión, una fuente grande con dos sirenas que echaban agua.
Siempre que veía la mansión, le parecía algo irreal, Era lo suficientemente grande para poder hacer un concierto para miles de personas. La fachada principal estaba pintada de un tono blanco, con balcones de cristal en cada una de las ventanas del segundo piso. En la parte baja, se apreciaban varias ventanas bien cuidadas. Había una rampa para poder entrar a la casa y que supuso, sería para la mejor movilidad de Myoga, y al lado de ella, unas escalinatas de piedra con un pasamano también revestido en el mismo material.
Una vez adentro, fueron saludados por la servidumbre. Kagome les sonrió y entró con Myoga por el pasillo, sintiéndose perdida en ese lugar. Esa casa era peor que un laberinto.
—Mi niña —escuchó la voz de Myoga mientras ella se había detenido para ver los adornos, cuadros y todo lo que encontrase a su alrededor —. Ven, te quiero enseñar algo.
La ahora castaña, lo miró detenidamente, pensando por unos segundos qué sería lo que quería enseñarle. Estaba a punto de empujar la silla de ruedas, cuando Myoga la puso a andar presionando un botón.
Una vez que llegaron al despacho, vio que estaba muy bien adornado y limpio. Quería seguir contemplando cada cosa que veía, pero la mano de Myoga tomándole la suya, hizo que perdiese toda la atención en los objetos, para enfocarse en su mirada.
—Te enseñaré algo —le señaló un cuadro que había colgado en una pared —. Esa mujer tan hermosa… —era una joven abrazando a quien parecía su esposo —… es mi hija. Ella es tu madre.
Kagome se quedó un poco aturdida a ver aquella imagen. No creía parecerse a esa mujer, aunque tal vez con el cabello castaño tenían cierto parecido, pero no tanto como lo había creído. Se fijó en un hermoso colgante que colgaba de su cuello. Era tan precioso como ella.
—Que hermoso colgante —dijo con voz baja, pero no tanto como lo había imaginado.
—Ese colgante es único —respondió con tristeza y ella no pudo evitar darse media vuelta y ver como contenía las ganas de llorar —. Yo mismo lo mandé hacer especialmente para su cumpleaños número diecisiete. Ese colgante jamás apareció después de lo sucedido.
—Lo siento, abuelo —se acercó hacia él y lo abrazó, dándole un beso en la frente —. Ahora me tienes a mí —sintiéndose mal al decirle eso, pues ella no era nada de él.
Después de ese momento de debilidad de Myoga, volvió acercarse al cuadro y se quedó observándolo por unos segundos más, contemplando cada detalle. Luego de mirar a Sara, clavó su mirada en la del hombre que supuso, debería ser su esposo. Era un hombre guapo, japonés y parecía de buena clase. Bajó un poco la mirada y deseó no haberlo hecho: la imagen de una niña de cabellos castaños y una bella sonrisa, se reflejaba delante de ella y parecía como si la estuviese llamando. Por unos segundos, no supo lo que estaba sucediendo a su alrededor, hasta que una serie de imágenes llegaron a ella.
—¡Amiga, amiga! —una pequeña sombra de color negro corría hacia ella, llamándola con alegría —. Mira, la señora Tashimura nos dio estos dulces para las dos.
En esos instantes, comenzó a dolerle la cabeza ¿Qué le estaba pasando?
—Seremos amigas por siempre —aquella sombra desconocida volvió a hablarle, produciéndole aún más confusión.
No sabía quién era ella, estaba perdida. Aquellas secuencias se mezclaban en su cabeza, que la sentía como si se hubiese subido a una montaña rusa, donde todo comenzaba a dar vueltas.
—Por siempre
—Nada nos separara. Te lo prometo.
En esos instantes comenzó a sentirse peor. Llevó las dos manos a su cabeza ¿Qué eran aquellas secuencias? ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué al ver a esa niña, le estaba pasando esto? No lo comprendía.
Su dolor de cabeza se intensificó por todas las imágenes confusas que se le estaban presentando, hasta que todo se tiñó de negro y no supo que más le pasó.
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Continuará…
Hola mis queridos lectores y lectoras lamento mucho el retraso, Kary estuvo muy ocupada y no me pudo corregir hasta ahora. También quiero decirles que no sé cuándo tendrá el nuevo capítulo ya que ella también les corrige a dos chicas más. Quiero agradecerles el haberse preocupado por mi familiar, todo está bien y se cogió a tiempo. Me gustaría anunciarles que este capítulo va dedicado a todos y a todas que me animaron y esperaron. Quiero agradecer nuevamente a Kary por aceptar ser mi beta. No sé cuándo pueda tener el capítulo, en Facebook les iré avisando.
Muchas gracias por todo su apoyo, las alertas a favoritos, a los lectores fantasmas y sus comentarios, que siempre me dan una gran alegría y me dan ánimos a seguir adelante y no abandonar.
Espero les haya gustado este nuevo capítulo.
¿Qué les pareció el capítulo?
¿Qué le ocurrió a Kagome, para ponerse en ese estado?
Los comentarios que tienen cuenta ya los respondí por privado los que no tienen cuenta lo haré por aquí. Muchas gracias a;
Icoshimy: Hola linda bienvenida a mi historia. Muchas gracias por leerme y por su comentario. Lamento el retraso del capítulo pero mi beta no me pudo corregir hasta ahora, me hace muy feliz sus palabras. Espero te siga gustando la historia. Gracias por lo de original me hace saltar de alegría. Besitos y abrazos.
Mary Barrientos: Hola amiga muchas gracias por leerme y por tu comentario. Amiga muchas gracias por tus palabras y me hace sentir muy feliz que sea una de tus autoras favoritas, intentaré dar todo de mí. Te quiero mucho. Besos y abrazos.
Muchas gracias por vuestro apoyo y sus lindos comentarios.
Besos y abrazos.
Si desean pueden agregarme a: Naiara Tomohisa. Les aceptaré encantada.
