Disclaimer: Axis Powers Hetalia no me pertenece. Así como (casi) ninguno de los personajes que salen en esta historia.
Advertencia: Hay personajes inventados (OC) más o menos relevantes en la historia. Lo voy a cambiar a M en el siguiente capítulo.
Nota de autor: Perdón por la tardanza. A algunos problemas personales se le agregó que fue un capítulo extrañamente difícil de escribir. No sé si lo había aclarado o si es realmente necesario, pero lo que está en cursiva es pasado. Espero que les guste! (El user es xcolorido y la playlist es The journey)
El diario.
La luz fría de la mañana la sacó de su sueño. Se desperezó lentamente, la noche anterior había sido agitada. Con pereza se levantó de la cama y se dirigió a su escritorio; sacó el pequeño cuaderno forrado en cuero y con perfecta caligrafía escribió en él.
Diario de Erzsebét Bathory Nádasdy, Septiembre 1609.
La rubia se apresuró escaleras abajo y a través del castillo rumbo a los establos, salteándose por completo su cena. El nudo en la boca del estómago le había quitado enteramente el apetito. No fue difícil encontrar a Blaz entre los caballos y las pilas de heno y, antes de siquiera pensarlo, lo abrazó. Él devolvió el gesto de forma protectora y, cuando la muchacha estuvo lista para aflojar el agarre, la invitó a sentarse con él. El anciano la miró por un largo instante mas no dijo nada. Helga posó nerviosa las manos en su regazo y jugueteó con la tela de su delantal. Arrugó la nariz; desde pequeña el pelo de los caballos le provocaba alergias.
Desde el momento en que su madre murió, años atrás, su tío se había hecho cargo de su cuidado. Eventualmente la llevó a trabajar con él en aquel palacio en el medio de Viena. La joven se sentía dichosa de tener a alguien como Blaz cuidando de ella. Necesitaba su bendición. Ahora se encontraba frente a él y le sudaban las manos. Lentamente fue ordenando las palabras en su mente antes de poder hablar. Superando el nudo que subía por su garganta, le contó la historia completa de cómo, una vez que llegaran a Polonia, iba a casarse. El hombre la observó atento y en silencio hasta que terminó. Se aclaró la garganta, tomó sus manos entre las suyas y besó su frente. Así dio su bendición a su joven sobrina.
—¿Esperarás hasta mañana para darle al joven Alphonse tu respuesta? —indagó pensativo. El caballo del soldado relinchó a lo lejos y Helga se levantó de un salto.
—Después de que la señorita Elizabeta se vaya a dormir. —murmuró, y agregó luego de una breve pausa—. ¿Podrías decirle que lo veré aquí mismo esta noche? —
El mayor asintió con una leve sonrisa en el rostro. Luego de despedirse hasta el otro día la vio marchar rumbo al castillo.
La habitación de Elizabeta estaba apenas iluminada por el fuego de la chimenea. Helga avivó las llamas con un poco de leña y prendió un par de velas que distribuyó cuidadosamente por la habitación. El vestido color crema aguardaba pacientemente sobre la cama. Un escalofrío recorrió de pronto su espalda y la muchacha se volvió impaciente. Atravesó la habitación con prisa y trabó la puerta en caso de que alguna otra criada quisiera husmear antes de la llegada de la húngara. Tomó asiento frente al fuego y observó casi hipnotizada a las llamas danzar; sus manos acariciando el fino bordado de la tela.
Soltó un suspiro mientras se despabilaba y desató su cabello. Se puso de pie y, vestido en mano, se aproximó al pequeño tocador para observar su reflejo en el espejo. Desenlazó las tiras de su delantal dejándolo caer al suelo. Luego desabotonó el sobrio uniforme dándole el mismo destino que a la prenda anterior. El corsé lucía perfectamente.
No había terminado de colocarse el vestido cuando escuchó el ruido de la puerta intentando abrirse. Una gota de sudor recorrió su espalda y la sangre se agolpó en sus mejillas.
—¿Helga? —Elizabeta hizo un nuevo intento por entrar a la habitación, sin éxito.
La austriaca se apresuró a la puerta para dejarla ingresar, sin importarle volver a vestir el uniforme. Pegó la vista al suelo, avergonzada. Deseaba poder desaparecer inmediatamente a través de las paredes.
Pasaron unos instantes hasta que pudo percatarse de la sonrisa en el rostro de la castaña. Era tan dulce que le recordaba a la sonrisa de su propia madre, y una calidez abrumadora invadió su pecho. La húngara se acercó lentamente sin dejar de sonreírle, la acompañó a sentarse frente al tocador y con cautela peinó el rubio cabello.
Secó el sudor de sus manos en su ropa repetidas veces antes de darse por vencido. Su caballo comía a su lado, sin prestarle un mínimo de atención a los nervios de su dueño. Alphonse apoyó la espalda en uno de los bajos muros de madera y clavó los ojos en la entrada. Todos debían haberse ido a dormir ya hacia tiempo, aún así la muchacha no aparecía. Acarició amorosamente al animal, dándose al fin por vencido y dispuesto a irse.
El rechinar del portón al abrirse le hizo dar un vuelco al corazón. La escuchó avanzar insegura a través de la caballeriza y pronto estuvo frente a él. Alphonse contuvo el aliento, el aire no era suficiente para respirar. Helga esperó de pie fuera del corral, dudando si aproximarse más. Finalmente él acortó la distancia. La observó maravillado; el cabello rubio semi recogido, dejando solo unos mechones cayendo al costado sobre sus hombros. Su piel rosada, apenas más roja en sus mejillas y sus ojos celestes brillantes mirándolo con cuidado. No le llevó ningún esfuerzo imaginarla con un sencillo vestido claro y flores en el cabello.
—Vengo a dar mi respuesta. —declaró la rubia sacándolo de sus pensamientos. Él pasó saliva. Ambos corazones galopando tan rápidamente como cualquiera de los animales allí presentes.
La repentina posibilidad del rechazo le cerró la garganta e hizo que el sudor cayera por su nuca en gotas frías. De pronto prefería olvidar todo el asunto antes que escuchar un 'No' saliendo de sus labios. Notó sus manos temblar ligeramente y inspiró profundamente para infundirse tranquilidad. El 'Sí' tardó unos instantes en llegar a sus oídos. Su cerebro se tomó unos instantes más en decodificar su significado. Cuando finalmente la respuesta se asentó, la tomó entre sus brazos lo más firme que pudo.
Depositó el primer beso en su frente. El aroma a lavanda de su cabello inundando sus pulmones, los dedos temblorosos enredándose en el rubio cabello. La joven correspondió el abrazo en tímido silencio y luego de unos instantes, que al soldado parecieron eternos, levantó el rostro hacia él. El beso fue tímido, sutil al principio, pero pronto cobró confianza e intensidad. En poco tiempo sus lenguas se habían entrelazado y sus cuerpos se pegaban como magnetizados. La falta de aire los separó justo a tiempo.
El ruido del patio los tomó por sorpresa. Una risa y luego voces no lo suficientemente bajas como para pasar desapercibidas. Con un veloz reflejo Alphonse logró esconderlos en el pequeño corral de en frente. Cubrió la boca de la muchacha con su mano cuando oyó el portón cerrándose con estrépito. Las voces se volvieron murmullos. Contuvieron la respiración mientras las escuchaban avanzar por la caballeriza. Helga apoyó la cabeza en el pecho del muchacho. La respiración agitada y el corazón todavía a la carrera; ella misma sentía su corazón a punto de salirse.
—Podríamos deshacernos de todo esta misma noche. —La voz masculina habló con confianza. Ambos jóvenes agudizaron los oídos—. Aún no entiendo por qué es diferente de las dos nobles húngaras del mes pasado. —
—Porque, Ficzkó, la señorita es enviada del Rey. La condesa no quiere meterse en problemas.—Helga pudo escuchar el corazón de Alphonse detenerse. Había algo en la conversación que no podía entender del todo, pero reconoció la voz de la Sirvienta Dorotea. —De todas formas se irán mañana y podremos volver a nuestro trabajo. —sentenció. Los vieron pasar junto a ellos sin notarlos y desaparecer por la puerta que conectaba el pasillo.
El muchacho destapó su boca cuando escuchó la puerta cerrarse tras los sirvientes, y por primera vez desde que se habían ocultado Helga miró frente suyo. El heno colmaba el lugar como en los demás corrales. Se agolpaba en los rincones y a lo alto de las pequeñas paredes divisorias, frente a ellos no era la diferencia. Algo dorado llamó la atención de la rubia. Algo más fino y delicado que la paja pero casi de igual color. Se acercó a gatas. El muchacho miró sin entender mientras espiaba de vez en cuando hacia la puerta.
Se cubrió la boca con su mano. El horror era tal que llenó sus pulmones y escapó en forma de grito. Los oídos le zumbaron y la cabeza le dio vueltas; contra todo pronóstico, no se desmayó. Su mano izquierda todavía sostenía el dorado mechón de cabello, que se teñía de bordó llegando a las raíces. Los ojos color esmeralda sin vida la observaban fijo, hipnóticos. No había tal cosa como un cuerpo, solo el pálido y frío rostro con ojos abiertos que miraban serios sin poder ver.
—Tenemos que irnos. —decretó Alphonse mientras la arrastraba rumbo a la puerta—. Tú prepararas a la señorita Héderváry y yo las estaré esperando junto con Blaz. —ordenó. Helga lo miraba estupefacta, el cuerpo temblando de pies a cabeza. Él se detuvo, enfrentándola—. No puedes perder tiempo, debes hacer todo tan pronto... —El sonido metálico lo interrumpió, segundos después el joven se desplomó en el suelo.
La sangre brotó de su cabeza primero imperceptible, luego tiñendo el suelo a su alrededor. Las náuseas recorrieron el estómago de la rubia hasta el punto de lo insoportable. Calló de rodillas al suelo manchándose las manos con el líquido rojo. Intentó reponerse al mareo; sus rodillas le temblaban pero pensó que quizás todavía había tiempo para advertirles, tal vez todavía tenia fuerzas para huir.
Dorotea la miró con lástima y la ayudó a ponerse de pie. El cuerpo pesado, incontrolable, la mente en cualquier lugar lejos de allí. La sutil falta de oxígeno la trajo de nuevo al presente. La presión sobre su cuello cada vez mayor. Helga pataleó, revolvió sus brazos frenéticamente en vano para intentar liberarse. La desesperación la privaba más rápido del aire y sus movimientos comenzaron a apagarse de a poco, de la misma manera que la luz a su alrededor.
