La historia NO ES MIA, es una adaptación de Lisa Kleypas.

Los personajes por supuesto son de la fantástica S.M.

Historia dedicada a la linda Vane, que fue quien me hizo leer el libro y enamorarme *_* espero que les guste tanto como a mí.

También quiero agradecer a las chicas de The twilight zone que siempre están en mi corazón.


En cuanto los ojos de Isabella conectaron con la atónita mirada de Edward, no pudo apartados de él. Parecía una de esas pesadillas de las que uno siempre se despierta con una sensación de alivio al saber que algo tan espantoso no ocurrirá jamás. De no haberse encontrado en una situación tan desfavorecedora, podría haberse divertido al observar a un Edward Cullen totalmente estupefacto. En un principio, su rostro no traslucía expresión alguna, como si encontrara extremadamente difícil asimilar el hecho de que ella estuviese ante él tan sólo con la enagua, el corsé y los calzones. La mirada del hombre se deslizó sobre su cuerpo muy despacio hasta que llegó a su ruborizado rostro.

Tras unos instantes de abochornado silencio, Edward tragó saliva con fuerza antes de decir en un tono ahogado:

-Probablemente no debería preguntar, pero ¿qué demonios están haciendo?

Esas palabras sacaron a Isabella de su parálisis. Desde luego, no podía quedarse allí de pie y conversar con él vestida tan sólo con la ropa interior. Sin embargo, su dignidad -o lo que quedaba de ella le exigía que no emitiera un chillido estúpido antes de correr a por su ropa tal y como habían hecho Angy y Rosalie. Satisfecha con esa idea caminó con rapidez hacia su abandonado vestido y lo Sostuvo frente a ella mientras se giraba para enfrentarse a Edward Masen una vez más.

-Estábamos jugando al rounders -explicó, aunque su voz sonó bastante más aguda que de costumbre.

Edward echó un vistazo a su alrededor antes de clavar la vista en ella una vez más.

-¿ Y por qué...?

-No se puede correr de forma adecuada con faldas -lo interrumpió Isabella -. Cualquiera diría que es algo obvio.

Al escuchar el comentario, Edward apartó la mirada con premura pero no antes de que ella pudiese atisbar el súbito destello de su sonrisa.

-Puesto que nunca lo he intentado, tendré que aceptar su palabra al respecto.

Por detrás de ella, Isabella escuchó cómo Rosalie le recriminaba a Alice:

-¡Creí que habías dicho que nadie venía jamás a este prado!

-Eso fue lo que me dijeron -replicó Rosalie con voz apagada al tiempo que se introducía en el círculo de su vestido y se inclinaba para subirlo de un tirón.

El conde, que había permanecido callado hasta ese momento, dijo unas palabras con la mirada deliberadamente fija en el horizonte.

-Su información era correcta, señorita Cullen -dijo de forma controlada-. Este terreno es, por lo general, poco frecuentado.

-Muy bien, ¿entonces por qué están ustedes aquí? -quiso saber Alice con un tono tan acusador que hizo parecer que ella, y no Whitlock, era la dueña de la propiedad.

La pregunta consiguió que la cabeza del conde se girara con asombrosa velocidad. Le dedicó a la chica americana una mirada de incredulidad antes de apartar la vista una vez más.

-Nuestra presencia aquí es producto de una simple casualidad dijo con frialdad-. Hoy deseaba echar un vistazo a la parte norte de mi propiedad. -Le dio a la palabra «mi» un énfasis sutil pero inconfundible-. Fue cuando el señor Masen y yo recorríamos el camino que las oímos gritar. Creímos que lo mejor sería investigar lo que sucedía y nos acercamos con la intención de ofrecer ayuda si era necesario. No teníamos ni la más remota idea de que ustedes estarían utilizando este prado para... para...

-Jugar al rounders en pololos -terminó Alice al tiempo que metía los brazos en las mangas del vestido.

El conde, al parecer, fue incapaz de repetir aquella ridícula frase. Se giró con su caballo y dijo de forma cortante por encima del hombro:

-Planeo sufrir de amnesia en los próximos cinco minutos. Antes de que lo haga, les sugeriría que en el futuro se abstuvieran de llevar a cabo actividades que supongan andar en cueros fuera de sus aposentos, ya que puede que el siguiente transeúnte que las descubra no se muestre tan indiferente como el señor Masen o yo mismo.

A pesar de la mortificación, Isabella tuvo que reprimir un bufido de incredulidad ante el comentario del conde sobre la supuesta indiferencia de Edward, por no mencionar la suya propia. Desde luego, Edward había conseguido echarle un buen vistazo. Y si bien el escrutinio de Whitlock había sido más sutil, a Isabella no se le había pasado por alto que le había echado una buena mirada a Alice antes de girar su caballo. De cualquier modo, a la luz de su presente estado de desnudez, aquél no era el momento más adecuado para desinflar el comportamiento santurrón de Whitlock.

-Se lo agradezco, milord -dijo Isabella con una serenidad que la llenó de orgullo-. Y ahora, después de tan excelente consejo, le rogaría que nos permitiesen algo de privacidad para que podamos arreglarnos de forma conveniente.

-Será un placer -gruñó Whitlock.

Al parecer, Edward Masen no pudo reprimir las ganas de echar un vistazo a Isabella con el vestido sujeto por delante del pecho antes de partir. A pesar de su aparente compostura, a ella le pareció que se había ruborizado un poco... y la mirada abrasadora de sus ojos verdes no dejaba duda alguna. Isabella deseaba tener la presencia de ánimo suficiente como para poder devolverle la mirada con fría indiferencia pero, en cambio, se sentía abochornada, desarreglada y completamente desequilibrada. El hombre parecía a punto de decirle algo; sin embargo, se contuvo y murmuró algo en voz baja con una sonrisa de desprecio hacia sí mismo.

Su caballo pateó el suelo y resopló con desosiego, antes de girar con impaciencia cuando Edward lo apuró a partir al galope tras Whitlock, que ya se encontraba hacia la mitad del prado.

Avergonzada, Isabella se giró hacia Alice, que estaba ruborizada pero hacía gala de un admirable autodominio.

-De todos los hombres que podrían habernos descubierto de esta guisa -dijo Isabella con disgusto-, tenían que ser esos dos.

-Hay que admirar semejante arrogancia, no cabe duda -comentó Alice con sequedad-. Debe de llevar años conseguirla.

-¿A quién te refieres: al señor Masen o a lord Whitlock?

-A ambos. Aunque la arrogancia del conde podría dejar la del señor Masen a la altura del betún... Lo que, a mi parecer, es una hazaña asombrosa.

Se miraron todas con una expresión de desdén compartido hacia los visitantes y, de pronto, Isabella prorrumpió en unas irreprimibles carcajadas.

-Estaban sorprendidos, ¿no os parece?

-Pero no tanto como nosotras -contestó Alice-. Lo que importa ahora es cómo seremos capaces de volver a miradas a la cara.

-¿Cómo volverán a miramos ellos? -argumentó Isabella -. Nosotras estábamos ocupadas con nuestros propios asuntos... ¡Los intrusos eran ellos!

-Tienes mucha razón... -comenzó Alice, pero se detuvo al escuchar un sonido ahogado que procedía del lugar donde habían merendado.

Angy se retorcía sobre la manta mientras Rosalie, de pie, la miraba con los brazos en jarras.

Isabella corrió hacia la pareja y le preguntó consternada a Rosalie.

-¿Qué ocurre?

-La vergüenza ha sido demasiado para ella -dijo Alice-. Le ha dado un ataque.

Angy rodó sobre la manta con una servilleta a modo de escudo sobre el rostro, al tiempo que una de sus orejas adquiría el color de las remolachas en vinagre. Cuanto más trataba de contener las carcajadas peores se volvían éstas, hasta que empezó a jadear frenéticamente entre risas. De alguna manera, consiguió pronunciar algunas palabras.

-¡Vaya introducción ap-aplastante a los juegos de campo!-Y, después, volvió a resollar entre espasmos de risa mientras las demás la contemplaban.

Rosalie le dirigió a Isabella una mirada significativa. -Eso -le informó- es un telele.

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Edward y Jasper cabalgaron lejos del prado a todo galope y aminoraron el paso cuando entraron en el bosque para seguir el sendero que se abría paso a través de los árboles. Transcurrieron sus buenos dos minutos antes de que ninguno de ellos sintiese la inclinación –o fuese capaz, de hecho- de hablar. La cabeza de Edward estaba llena de imágenes de Isabella Swan, de sus increíbles curvas cubiertas por esa desgastada ropa interior que había encogido a causa de los continuos lavados. Era de agradecer que no se hubieran encontrado solos en semejantes circunstancias, ya que estaba seguro de que, no habría sido capaz de apartarse de ella sin cometer alguna atrocidad.

En toda su vida, Edward jamás había experimentado un deseo tan poderoso como el que había sentido al ver a Isabella medio desnuda en el prado. Todo su cuerpo se había visto inundado por el impulso de desmontar de su caballo, cogerla entre sus brazos y llevarla hasta la zona de pasto suave más cercana que pudiese encontrar. No podía imaginarse una tentación más poderosa que la imagen de su voluptuoso cuerpo, la visión de toda esa piel sedosa con una mezcla de tonos crema y rosado, y ese cabello castaño con hebras doradas por el sol. Quería arrancarle esa harapienta ropa interior con los dientes y los dedos y, después, besarla de la cabeza en los pies, saborear esos lugares dulces y suaves que...

-No -murmuró Edward al sentir que se le calentaba la sangre hasta escaldar el interior de sus venas.

No podía permitirse seguir esa línea de pensamiento, o el pétreo deseo que latía en su entrepierna haría que el resto del viaje a caballo resultara de lo más incómodo. Cuando tuvo la lujuria bajo control, echó un vistazo a Whitlock, que parecía ensimismado. Aquello era algo inusual en el conde, que no era de los se quedaban ensimismados en absoluto.

Ambos eran amigos desde hacía alrededor de cinco años; se habían conocido en una cena organizada por un político progresista al que ambos conocían. El autocrático padre de Whitlock acababa de morir, a resultas de lo cual Jasper, el nuevo conde, se encontraba al cargo de todos los negocios familiares. Había descubierto que las finanzas de la familia estaban saneadas en la superficie, pero enfermas en el fondo, de forma muy parecida a un paciente que hubiese contraído una enfermedad terminal pero aún pareciera saludable. Alarmado por las pérdidas continuas que reflejaban los libros de cuentas, el nuevo conde de Whitlock había llegado a la conclusión de que debía llevar a cabo cambios drásticos. Había resuelto evitar el destino de otros nobles que se pasaban la vida administrando una siempre menguante fortuna familiar.

A diferencia de las novelas de moda victorianas, que describían a los incontables nobles que habían perdido su riqueza en las mesas de juego, la realidad era que los aristócratas modernos no se mostraban, por lo general, tan temerarios como ineptos a la hora de dirigir sus finanzas.

Inversiones conservadoras, puntos de vista anticuados y desatinadas leyes fiscales estaban erosionando poco a poco la riqueza de la aristocracia y haciendo posible que una nueva y próspera clase social de hombres dedicados al comercio se colara en los más altos niveles de la sociedad. Cualquier individuo que eligiera no tener en cuenta la influencia de las ciencias y los avances de la industria en la economía emergente estaba sin duda destinado a hundirse en esa agitada estela... y Whitlock no sentía deseo alguno de acabar incluido en esa categoría.

Cuando Edward y Jasper empezaron a relacionarse, no cabía duda de que cada uno de ellos utilizaba al otro para conseguir algo a cambio: Whitlock quería el instinto financiero de Edward, mientras que éste deseaba, tener acceso al mundo de la clase privilegiada. Sin embargo, a medida que fueron conociéndose mejor, se hizo evidente que eran muy parecidos en muchas cosas. Ambos eran jinetes y cazadores agresivos que necesitaban de una frecuente actividad física intensa como medio para descargar el exceso de energía. Y ambos eran escrupulosamente honrados, si bien Jasper poseía los modales apropiados como para conseguir que su sinceridad resultara más aceptable. Ninguno pertenecía al tipo de hombre que se sentaba durante horas para charlar sobre poesía y asuntos sentimentales. Preferían tratar de temas y hechos tangibles y, por supuesto, discutían sobre los riesgos de los negocios presentes y futuros con absoluto deleite.

Como Edward había resultado ser un huésped habitual en Stony Cross Park y un visitante frecuente en la casa londinense de Whitlock, Marsden Terrace, las amistades del conde habían llegado admitirlo dentro de su círculo. Había sido una agradable sorpresa para Edward descubrir que no era el único plebeyo entre aquellos a los Whitlock consideraba amigos íntimos. Al parecer, el conde prefería compañía de hombres cuya perspectiva del mundo había sido adquirida fuera de los muros de sus aristocráticas propiedades. De hecho en algunas ocasiones, f afirmaba que le habría gustado renunciar a su título si eso fuera posible, ya que no aprobaba la idea de una aristocracia hereditaria. A Edward no le cabía duda de que las afirmaciones de Jasper eran sinceras, pero, según parecía, al conde jamás se le había pasado por la cabeza que los privilegios de la aristocracia, con todo el poder y las responsabilidades que los acompañaban, eran una parte innata en él. Como beneficiario del más antiguo y respetado condado de Inglaterra, Marcus, lord Jasper; había nacido para cumplir las exigencias del deber y la tradición. Mantenía su vida bien organizada y estrictamente programada, y era uno de los hombres con mayor auto control que Edward había conocido jamás.

En aquel momento, la habitual cabeza fría del conde parecía más perturbada de lo que la situación exigía.

-Maldición -exclamó finalmente Whitlock-. Hago negocios ocasionales con su padre. ¿Cómo se supone que voy a enfrentarme ahora a Carlise Cullen sin recordar que he visto a su hija en interior?

-A sus hijas -lo corrigió Edward-. Estaban las dos.

-Yo sólo me fijé en la baja.

-¿Alice?

-Sí, ésa -dijo Jasper frunciendo aún más el ceño-. Por el amor de Dios, ¡no me extraña que sigan todas solteras! Son unas pervertidas, incluso para las normas americanas. Y en el modo en que me habló como si fuera yo quien debiera sentirse avergonzado por interrumpir su depravada diversión...

-Jasper hablas como un mojigato -lo interrumpió Simón, que encontraba muy divertida la vehemencia del conde-. Unas cuantas chicas inocentes en un prado no es lo que se llama el fin de civilización tal y como la conocemos.

Si hubiesen sido mozas pueblo, no habrías pensado nada de eso. Diablos, es muy probable que te hubieses unido a ellas. Te he visto hacer cosas con tus amiguitas en las fiestas y los bailes que...

-Bueno, pero ellas no son mozas del pueblo, ¿no es cierto? Son jóvenes damas..., o, al menos, se supone que lo son. ¿Por qué, en el nombre de Dios, un grupo de «floreros» como ellas se comporta forma semejante?

Edward sonrió al escuchar el tono agraviado de su amigo.

-Me da la impresión de que se han aliado a causa de su estado de soltería. Durante la mayor parte de la pasada temporada se sentaron juntas sin dirigirse la palabra entre ellas, pero parece que últimamente han entablado una amistad.

-¿Con qué propósito? -preguntó el conde con una profunda sospecha.

-Tal vez lo único que quieren es divertirse -sugirió Edward, interesado por el grado de objeción que Jasper presentaba ante el comportamiento de las chicas.

Alice, en particular, parecía haberlo molestado sobremanera. Y eso era algo poco habitual en el conde, que siempre trataba a las mujeres con amabilidad. Hasta donde Edward sabía, a pesar del gran número de mujeres que lo perseguían dentro y fuera de la cama, Whitlock jamás había perdido su indiferencia. Hasta aquel momento.

-En ese caso, deberían estar bordando, o lo que sea que hagan las mujeres para divertirse como es debido -gruñó el conde-. Al menos, deberían encontrar alguna, afición que no implique correr desnudas por el campo.

-No estaban desnudas -señaló Edward-. Por desgracia.

-Ese comentario me impulsa a decir algo -comentó Jasper. Como bien sabes, no soy muy dado a obsequiar consejos cuando no me los han pedido...

Edward lo interrumpió con una carcajada.

-Jasper dudo mucho que haya pasado un solo día de tu vida sin que le hayas dado un consejo alguien sobre algo.

-Sólo ofrezco consejo cuando resulta obvio que se necesita -replicó el conde con el ceño fruncido.

Edward le dedicó una mirada irónica.

-Ilumíname, pues, con tus sabias palabras, ya que parece que voy a tener que escucharlas lo quiera o no.

-Se trata de la señorita Swan. Si fueras inteligente, te desharías de toda idea acerca de ella. No es más que una cosita superficial y más engreída que cualquier criatura que haya conocido jamás. La fachada es bella, debo reconocerlo..., pero, a mi parecer, no hay nada bajo ella que sea recomendable. No me cabe duda de que estás pensando tomarla como amante si fracasa en su conquista de Black. Mi consejo es que no lo hagas. Hay mujeres que tienen muchísimo más que ofrecerte.

Edward dejó pasar un instante antes de contestar. Los sentimientos que le provocaba Isabella Swan eran desagradablemente complejos. Admiraba a Isabella, le caía bien, y Dios sabía que no tenía derecho a juzgarla con dureza por haberse convertido en amante de otro hombre. Sin embargo, y a pesar de todo, la más que probable posibilidad de que hubiese metido en su cama a James, le provocaba una mezcla de celos y furia que lo dejaba atónito.

Después de escuchar el rumor que lord Riley había estado esparciendo, según el cual Isabella se había convertido en la amante secreta de lord Hodgeham, Edward no había sido capaz de dejar de investigar semejante afirmación. Le había preguntado a su padre que mantenía los libros de cuentas en escrupuloso orden, si alguien le había dado dinero para pagar las deudas de los Swan en la carnicería.

Sin dejar lugar a dudas, su padre le confirmó que Lord Hodgeham había abonado de forma ocasional la cuenta de los Swan. Aunque aquello no podía ser considerado una prueba concluyente, era cierto que daba más peso a la posibilidad de que Isabella se hubiera convertido en la querida de James. Y el tono evasivo de la muchacha durante la conversación que habían mantenido la mañana anterior había servido de bien poco para contradecir el rumor.

Estaba claro que la situación de la familia Swan era desesperada... pero la razón por la que Isabella había recurrido a un charlatán viejo y gordo como James en busca de ayuda le resultaba un misterio. No obstante, había muchas decisiones en la vida, tanto buenas como malas, que se tomaban en función del momento. Quizás James había logrado aparecer en un instante en el que las defensas de A Isabella se encontraban en su momento más bajo y ella se había dejado convencer para entregarle a ese viejo cabrón lo que quería a cambio del dinero que tanto necesitaba.

No tenía botas de paseo. ¡Por Dios! La generosidad de James debía de ser bastante miserable si daba para unos cuantos vestidos nuevos, pero no para calzado decente y le permitía llevar ropa interior que estaba muy cerca de convertirse en harapos. Si Isabella tenía que ser la amante de alguien..., por todos los diablos, bien podía ser la suya y recibir al menos la recompensa adecuada por sus favores.

Resultaba evidente que era demasiado pronto para plantearle la cuestión a ella. Tendría que esperar con paciencia mientras Isabella trataba de arrancar una proposición matrimonial a lord Black. Y no tenía la menor intención de hacer algo que estropeara sus posibilidades de conseguirlo.

Pero si fracasaba con Jacob, tenía la intención de acercarse a ella con una oferta muchísimo mejor que la de su actual e insignificante acuerdo con James.

Al imaginarse a Isabella tumbada desnuda en su cama, Edward notó que su lujuria se reavivaba y luchó por retomar el hilo de la conversación.

-¿Por qué tienes la impresión de que siento algún interés por la señorita Swan? -preguntó con tono indiferente.

-Por el hecho de que estuviste a punto de caerte del caballo cuando la viste en enaguas.

Eso arrancó una sonrisa renuente a Edward.

-Con una fachada como ésa, me importa un comino lo que haya debajo.

-Pues debería importarte -dijo el conde con énfasis-. La señorita Swan es la mujer más egoísta que he conocido nunca.

-Jasper -dijo Edward de forma amigable- ¿se te ha ocurrido alguna vez que es posible que en ocasiones estés equivocado en alguna cosa?

El conde pareció perplejo ante semejante pregunta.

-En realidad, no.

Edward sacudió la cabeza con una sonrisa de incredulidad y espoleó a su caballo para que avivara el paso.


Hola pequeñas :D hahahaha no soy tan mala para dejarlas así en el otro capítulo2 y no actualizar rápido lol

¿les gusto? creo que la Edwaad tiene una versión equivocada sobre quien es la amante de James…. Veremos qué pasa.

Gracias por leer, por los alertas, favoritos y reviews son hermosas y hacen a esta chica feliz!

Un abrazo grande… nos leemos pronto.

¿review?