Capítulo 6.- Hammam
Madrid, siglo X.
Pasillos y cocinas del alcázar.
"The Garmabeh (garm, "warm") + (âb, "water") is heated by circulating hot air
and water throughout the building.
The Vorodi (the entrance) of the hammam is comprised of a portico,
an old structure laid down underneath
the new layers and the entrance stairway,
with eleven steps that connect it to the corridor."
The Restoration and Revitalization of Tehran's Qibla Hammam
Simin Soleymani
Sin saber muy bien qué hacer ante su petición, dos lindas moras acabaron por llevar a Isabel al patio; allí, entre antorchas y oscuridad, el mayordomo se recuperaba del culatazo en la cabeza. Un soldado de guardia andaba con él, platicando cosas árabes.
Isabel le reconoció como el güey que la había acompañado al harén con Flores.
Pinche pequeño alcázar. Mejor.
- Teneos -ordenó al verla llegar.
Isabel apoyó una mano en la cadera sin bajar la mirada. Luego empinó el codo con su jarrita de aguardiente. Apagó, gracias a aquel licor dulzón y mentolado, las ganas de volver a las cocinas y quitarse de rifas: tocaba ser pinche Chavela, concluyó, y la pinche Chavela no andaba escondida; mejor ser cabrona, en resumen, antes de que los pendejones la traten a una como esclava.
Y aquello además, tuvo que admitir, era rechingada de divertido.
- ¿Pues qué? Acá el pinche siervo me sirvió mal -aclaró desafiante-. ¿Soy invitada o no?
El guarda se la quedó mirando, sin saber qué hacer; el güey había estado presente durante la entrega de esclavas y aunque era mujer, supuso Chavela, la hospitalidad del cadí era la hospitalidad del cadí.
- Lo sos -aceptó finalmente a regañadientes.
- ¡Pues déjeme platicar con él, compadre! -sonrió-. ¡Acá paz y después gloria! ¡Hubo malentendido, no más! Hablo con el güey para calmarnos y todos felices, ¿sí?
El soldado torció la boca, pero acabó por aceptar regresándose a su puesto. Chavela puso sus ojos en el pinche milhombres coge chavas, aturdido aun por el golpe pero con ojos de querer verla morir estrangulada.
- ¡Ay, ya bájale güey! -sonrió-. Mira que si me haces algo, yo no soy esclava. ¿Qué dirá el cadí cuando se entere de que la pinche emisaria del duque del Yucatán ha sido ofendida por un sirviente?
- ¡Non fablo con muyeres!
- ¡Pero sí que te las coges sin su permiso, putito! ¡Non fabla con muyeres! -imitó burlona-. Pues es una pena porque por aquí -sonrió Chavela sacándose la pistola de la espalda y empuñándola como un martillo-, solo estás tú, yo y el pinche señor Walther. ¿Quieres que fable el pinche señor Walther, putito?
El otro, se sacudió el agua de la cabeza al negarse, sin levantarse aun del suelo.
- Disme muyer -aceptó, vencido, rehuyendo sus ojos.
Chavela sonrió.
- Un hombre que busca esclavas -continuó cómplice-, es hombre con... Apetitos... Un hombre con apetitos, y listo como parece usted, es hombre que encuentra caminos para las puertas cerradas.
El otro hizo ademán de no entender.
- ¡Ay! -suspiró Chavela-. ¡Pinches machos! ¡Ya todo hay que explicarlo! -Enarboló la pistola con la culata por delante y trató de sonar amenazadora sin elevar demasiado la voz-. ¡El harén, pendejo! ¡Me vas a decir ahora mismo por dónde espías a las morras del cadí para meneártela o te juro por Alá que te muelo a culatazos!
Pepa comprendió la tranquilidad de las esposas del cadí al olisquear la boquilla de una de las cachimbas de barro; reconoció el fuerte y mareante aroma que durante algún que otro recital había podido percibir en camerinos y entre bambalinas; nunca entonces se había atrevido a fumar hachís y, para ser franca, aquel no parecía el mejor momento para empezar.
Porque tenía que encontrar una manera de salir.
Ante las apáticas miradas de las demás concubinas registró el harén levantando cortinas, cojines y lienzos... Alfombras, tapices y jofainas... Varias veces. La única salida, además de la puerta, resultaron ser cuatro ventanucos con rejas de forja; tras ellos tres pisos hasta el patio que parecían seis. Aunque la irregular pared quizás era practicable, del patio la verían seguro; y aun tenía que lograr atravesar las rejas.
Luego, al encontrar agujeros en la pared de mampostería ocultos tras telas, creyó haberse topado con una trampilla; resultó no ser así. Tras aquellos respiraderos, aunque parecía existir un corredor, la pared era impenetrable.
Y desde luego, no eran salidas.
Quizás, pensó con un escalofrío, se trataba de algún tipo de escondrijo de mirones.
Respiró hondo, al notar los nervios en el vientre: aquel harén era una celda.
Una celda bien pensada.
¡Calma!, se ordenó.
Recordó la semana en la finca del niño Josele y lo que había podido aprender.
Siempre se había sentido mal por pedirle favores al pobre Josele, con lo que siempre había sentido por ella; pero con respecto a armas, no conocía a nadie mejor que pudiera enseñarla y después de la última experiencia en el Ministerio, encontraba que aprender podía ser buena idea. Además, no sólo había cogido soltura en dar tiros, sino que había podido aprender algunos trucos útiles también: ser consciente de su entorno, encontrar salidas, identificar peligros, saber encontrar calma o nervio según la situación requiriese. Un miércoles había aparecido por allí un amigo de Josele, el Portugués, que les estuvo contando historias de Angola y enseñándoles aquellos trucos, como si fueran juegos.
Y se lo habían pasado pipa. El pasado y las penas detrás. Vivos y libres de pronto.
El problema de estar encerrada en aquel harén del siglo X, era que de repente se sentía demasiado viva y muy poco libre, y ninguno de los trucos que había podido aprender de Josele o del Portugués parecían servir de repente para algo.
La sacó de sus pensamientos una olorosa jofaina que le acercó una muchacha mozárabe, tan hermosa como ausente; la jofaina rebosaba un aceite con aroma a jazmín y junto a los lienzos traía doblada una túnica velada que, decir que jugaba con transparencias era quedarse muy corta, al parecer tenía que ponerse... Sin... Sin nada más debajo.
Pepa tras unos momentos tuvo que aceptar. Lo último que necesitaba era llamar la atención, así que se desnudó delante de la cortesana y se aplicó el aceite por el cuerpo siguiendo sus indicaciones.
- Muy fermosa sos -susurró la otra-. El cadí quedará placido al tomarte.
- Él no... Querrá elegir a otra, ¿verdad? -pensó en voz alta Pepa.
La otra sonrió, hipnotizada.
- Ninguna es más bella que tú. Ninguna le fue ofrecida hoy -explicó la muchacha, su tono adormecido-. A veces toma a varias, tras el vino. Alá nos bendice con su fortaleza. Si le places, puede que hasta repita contigo. Es un gran honor.
Pepa asintió, sin poder evitar pensar que se iba a cagar en los muertos de la negra Fatima y en toda su puta estampa. Hija de la gran puta. Malnacida. Malaje. Si salía de aquella iba a hacerle algo peor que descarmenarla. ¡Por la Virgen de la Victoria que le iba a sacar los ojos!
La esposa sonrió al ver su envaro y la llevó de la mano a una cachimba, invitando a que chupara. Pepa fingió tragar el humo ante las risas de las demás, mientras trataba de pensar. Quitando el asunto de querer llegar como debía al día de su boda, ponerse en los brazos del viejo tampoco entraba en sus planes.
Pero, ¿qué opciones tenía?
Aun en el caso de que pudiera resistirse, que una esclava le cruzara la cara al cadí en su cumpleaños, además de complicar la misión la pondría en un aprieto aun mayor. Por otro, la única escapatoria era la puerta y dudaba de poder escabullirse por ella cuando se volviera a abrir.
Con un estremecimiento oyó entonces el portón del harén y, a la mierda tó, sin pensarlo dos veces se lanzó para allá a la carrera todo lo deprisa que pudo.
Marieta hizo varios viajes de las cocinas al banquete, trayendo agua, uvas, muslos de perdiz y vino; revisó uno a uno a los asistentes a la fiesta sin que viera en ninguno de ellos la descripción de Vargas. En el último viaje, maldita fuera, descubrió que había un sitio libre al lado de los músicos.
Maslama ya no estaba, comprendió.
Y el cadí, tampoco.
De vuelta a las cocinas se acabó un cuenco de vino a medio llenar para ver si el dolor del ojo y la quemazón le bajaban. ¡Vaya una chapuza de misión! ¿Por qué no le había parado los pies a Salvador y a Pepa? ¡Todo estaba del revés! ¡Pepa de esclava, Vargas era una borracha y a ella habían estado a punto de forzarla! ¡Eso si no la acababan forzando y azotando igual porque, técnicamente gracias al estúpido plan de la condenada Fatima, seguía siendo una esclava!
Bajó de nuevo a las cocinas y buscó a Vargas, sintiendo que le faltaba el aire. El jaleo de siervos entrando y saliendo seguía sin decaer, por lo que no le costó pasar desapercibida fingiendo un mandado y acabó por encontrarla en un corredor, al lado de una de las salidas de las cocinas.
- ¡Maslama no está! -informó Marieta-. ¡Y el cadí tampoco!
- ¿Cómo que no está? ¡Es su fiesta! ¿Dónde carajo fue el condena...?
El silencio de la mexicana contestó la pregunta para ambas. Vargas asintió, tensando el gesto.
- Creo que recién me enteré de una forma de llegar al harén -susurró-. Agarre una bandeja y sígame.
Pepa se lanzó a toda velocidad contra la puerta abierta, con la mala suerte de que cuando llegó a ella tropezó con el cuerpo del orondo cadí; a decir verdad, juzgó rápidamente, con él en la puerta tampoco quedaba mucho sitio para nada más que para tropezar; sus enormes brazos la atraparon antes de que atontada por el golpe pudiera siquiera tratar de escabullirse.
La sorpresa en el rostro de su amo se expresó en unas palabras en árabe que arrancaron pícaras risitas de las demás esaborías del harén. Al ver que no entendía, el cadí se dignó en repetirlas con su acento altanero y suave.
- Mucho me desea mía nueva esposa que se lanza a mis brazos -tradujo agradado-. Pronto debe aprendere llengua del profeta. Por ahora, aprenderás... Otras habilidades.
Pepa comprendió que no podía hacer otra cosa, (los eunucos asomaron la cabeza con los ojos entrecerrados llenos de sospecha) y acabó por corresponder con una sonrisa y un sumiso abrazo acabado en palmadas en el lomo.
- Mucho deseo... Placer a mi amo... En esta -tardó en encontrar las palabras para luego arrepentirse inmediatamente al pronunciarlas-... Noche de bodas.
El cadí asintió complacido y señaló con la cabeza para que se pusiera en fila con las demás.
Marieta siguió a Vargas como una esclava dócil hasta una trampilla de forja en la segunda planta. Al abrirla le mostró el angosto pasillo de piedra que perforaba la pared, con unas estrechísimas escaleras al fondo.
- Putito explicó que el anterior cadí quería hammam propio, pero la obra le quedó a mitad -explicó Vargas.
- ¿Un baño turco? ¿En la tercera planta? ¿Estaba loco?
- Crearon un primer conducto para correr el calor -continuó-, pero se debieron cansar. Supongo que algún güey vio que subir agua tres pisos no era práctico -opinó-. El nuevo cadí eligió la habitación para su harem. Y a nuestro putito... En fin, también le gusta mirar.
Marieta asintió.
Llegados al lugar, pensó con asco, sería mejor no tocar las paredes.
Subieron con sólo la luz de una lámpara de aceite acompañándolas. Al comenzar a oír los sonidos del harén tuvieron que apagarla y se dirigieron a la luz que se filtraba por los orificios en la pared.
Mientras el cadí era desnudado dentro, Marieta comprendió con horror que excepto mirar, no podrían hacer mucho más por la pobre Pepa.
Desde aquel pasadizo, sólo agujeros en la pared sin trampilla, no había entrada posible al harén.
