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Una forastera en Marylebone

Durante el vuelo no pudo dormir un solo momento. En cuanto aterrizó en Marruecos y descendió del avión tuvo la vaga sensación de que había olvidado algo, sin embargo, se dio cuenta de que no era otra cosa más que el sentimiento de haber dejado a su hija en un sitio desconocido.

Por supuesto que había enseñado a Anaís a valerse por sí misma desde que era un bebé. En la escuela era la niña más independiente de su grado, lo suficientemente inteligente como discernir las cosas buenas de las malas. Thérèse se sentía bendecida con una hija así, pues desde el momento en que supo que estaba embarazada de un hombre del que apenas sabía el apellido, tuvo muchos temores.

Mycroft y Thérèse se conocieron en París, cuando ella cursaba el octavo semestre de la universidad y Mycroft ya servía a la Corona británica. Él nunca le confesó cuál era su trabajo exactamente, pero a ella no le había importado demasiado. Su encuentro fue casual en la librería más famosa de París: Shakespeare and Company. Ella buscaba un ejemplar de la poesía de Lord Byron y él sólo curioseaba, con un libro de Anaïs Nin en las manos.

A Thérèse le atrajo ese aire misterioso que él tenía todo el tiempo, su acento (demasiado inglés), su mirada perspicaz que parecía descifrar todo, incluso sus propios pensamientos. Después de una charla fortuita e improvisada en medio de los libros, Mycroft le invitó una taza de café que se prolongó hasta la cena. Quedaron de verse en varias ocasiones, mientras él seguía haciendo su trabajo en París y ella estudiaba para los exámenes más rigurosos del semestre. Por supuesto que se había enamorado de Mycroft y se sentía ridícula, infantil y nerviosa cada vez que se veían. Solía pensar en él las veinticuatro horas del día y no podía evitar la profunda intriga que le causaba. Había una diferencia de edad que no significaba nada, cuatro años solamente, pero para ella Mycroft era un mundo completamente distinto: ella desconocía de dónde se había graduado, dudaba incluso si había estudiado algo de políticas o sociales, en realidad dudaba de muchas cosas de él, lo único que sabía era que se trataba de un hombre fascinante, enigmático y celoso de sí mismo. Thérèse no era ingenua, a sus veintidós años supo muy bien que no había posibilidad de entablar ninguna relación seria o firme con Mycroft. De hecho, él había sido claro, estaría en París sólo unos meses y luego tendría que regresar a su servicio con la Corona británica. A Thérèse todo aquello le parecía una aventura: solían recorrer las calles de París a cualquier hora del día, por las mañanas visitaban los bazares callejeros, ella con algún vestido de mangas largas para el otoño y una chalina alrededor del cuello, él con pantalones de mezclilla y camisas de cuadros, a veces un chaleco, pero nada parecido a los ataviados trajes que ahora usaba. Recorrían las calles adoquinadas, tomados de la mano; Mycroft le regaló algunos libros que encontraban en las librerías viejas y solía subrayarle algunos párrafos que para él significaban algo. A Thérèse aquello le encantaba y estaba segura que fueron esos mínimos detalles los que la enamoraron. Intercambiaron algunas cosas de sus vidas, pero siempre bajo imprecisión. Por increíble que pareciera, alguna vez Mycroft habló de sus padres, los cuales vivían en los suburbios de Londres, y de su hermano menor, Sherlock, quien en ese entonces pasaba por un momento difícil y libraba una batalla contra su adicción, aunque Mycroft se había referido a él como un genio potencial. Thérèse también había contado sobre la ríspida relación con sus padres, quienes pagaban la universidad con tal de que ella fuese una mujer exitosa, pero los propios deseos de la muchacha estaban muy lejos de eso. Decidió estudiar Literatura Inglesa porque quería ser escritora y alguna vez mostró a Mycroft algunas cosas que había escrito, y otras que había escrito también para él. Mycroft se maravilló de sus capacidades e incluso le recomendó una agencia literaria, pero ella creía que eso no era posible, no al menos en ese momento. Algunas noches salían a pasear, el encanto de París de noche los cobijaba. Mycroft era discreto, la invitaba a sitios extraordinarios, pero nunca muy ostentosos. Después se dirigían al piso que Thérèse compartía con su compañera de cuarto quien normalmente no estaba, así que disfrutaban el uno del otro en completa soledad. A Thérèse le gustaba que él fuese delicado, un hombre muy distinto a los que solía tratar. Mycroft distaba mucho de los franceses empeñados en conquistar mujeres de una sola noche, por el contrario, a Thérèse le pareció que había algo en sus ojos que decía que él sentía lo mismo que ella.

Quedaban pocos días para que Mycroft regresara a Londes cuando ella supo que estaba embarazada. Sin saber bien por qué, no se sintió sorprendida aunque sí asustada y comprendió que él probablemente también lo estaría. Lo citó en Drouant, el famoso café parisino y esperó nerviosa. Cuando finalmente llegó Mycroft, ella no pudo decirle nada. Sintió que debía guardar el secreto, pues al revelarlo perdería todo aquello: la sonrisa de él, sus caricias delicadas, sus abrazos y no estaba dispuesta a que eso pasara tan pronto. Así que disfrutaron de los últimos días juntos.

Cuando llegó el momento de despedida, Thérèse entregó una carta a Mycroft con la condición de que la abriera una vez que estuviera en Londres. Él aceptó y se despidieron con un beso que duró muchos minutos.

No hubo pactos entonces. Mycroft no prometió regresar, ella no prometió visitarlo, no intercambiaron domicilios, sólo existió ese largo beso. Días después, Thérèse recibió la llamada: él estaba enterado.

No reconoció a primera vista la mano de Arthur que se agitaba vigorosamente entre la multitud del aeropuerto, él tuvo que acercarse a ella para atraer su atención.

─Parece que has viajado a la luna ─dijo él, con una sonrisa fresca─. ¿Qué tal el vuelo?

─Oh, espantoso ─respondió Thérèse, quitándose las gafas de sol─. El clima de Londres es horrible.

─No sé por qué pienso que no sólo te refieres al clima ─dijo Arthur, caminando a su lado─. ¿Qué tal le fue a Anaís?, ¿conocer a su padre resultó?

─Pues… la verdad es que no lo sé ─respondió Thérèse─. Parecía contenta cuando la dejé, pero creo que esperaba otra cosa. No sé… No me hagas caso.

Arthur sonrió y se llevó las manos a los bolsillos de los pantalones, despreocupado. Se dirigieron a la banda por las maletas y caminaron en silencio hasta la salida del aeropuerto, donde un chofer esperaba. Abordaron sin decir una sola palabra. El chofer los llevaría al hotel, al día siguiente Thérèse daría una conferencia en una editorial importante que recientemente había traducido sus libros.

─Arthur…

─¿Sí?

─¿Tú crees que hice bien?

─¿En qué?

─En dejar a mi hija ahí.

─Pues… es su padre, ¿por qué no?

Sin embargo, por primera vez en la vida, Thérèse se sentía una madre demasiado preocupada.


─¿Estás seguro de que Mycroft dijo que podías traer a su hija?

─Al parecer todavía no lo conoces bien, John.

Sherlock y Watson caminaban por el barrio de West End mientras Anaís andaba delante de ellos, con la mochila cruzada, aparentemente ajena a su conversación.

─¿Tú crees que sea hija de Mycroft?

─¿Qué…? ¡Sherlock! ¿Cómo? ─replicó Watson, aturdido, en un susurro─. ¿Acaso lo dudas?

─Mycroft lo duda.

─¿Qué? ─volvió a exclamar Watson.

Anaís caminaba completamente desatendida de ellos.

─No lo ha admitido como tal, pero es evidente que tiene sus dudas ─respondió Sherlock, con la vista sobre el cielo─. Viste a Thérèse, ¿cierto?

─Sí, claro.

─¿Pudiste notar la clase de mujer que es?

─Yo… bueno, es guapa.

─Vaya, John, eso es muy deductivo ─dijo Sherlock, sarcástico.

─Bueno, parece una mujer con mucha clase, independiente… no sé.

─Lo es ─asintió Sherlock─. Una mujer así no tendría por qué mentir respecto a la paternidad de su hija. Mucho menos involucrarse con un hombre que tiene más secretos que la misma Corona.

Anaís fotografiaba con la cámara del teléfono móvil todas las cosas que le parecían interesantes. Pensaba ya en lo que escribiría en su blog sobre el viaje, aunque también tuvo en cuenta los datos que omitiría. Por ejemplo, el hecho de conocer a su padre, que hasta ahora era la decepción más grande de todas. Mycroft ni siquiera se había molestado en llegar puntual a la cena de la noche anterior ni se había presentado en el desayuno de esa mañana. Thérèse le había advertido que su padre era un hombre muy ocupado e incluso misterioso, pero Anaís albergaba esperanzas, sin saber muy bien por qué, de que con ella fuese distinto. Sin embargo, la compañía de Sherlock la animaba, pese a que se trataba de un tipo igual o peor de extraño que su padre.

─¿Y bien?, ¿cuál es el caso? ─preguntó Watson.

─No hay ningún caso ─dijo Sherlock, cruzándose de brazos.

─Pero tú dijiste…

─Mycroft nos engañó.

─¿Qué?, ¿cómo…?

─Él no piensa aparecerse por aquí ─dijo Sherlock, revisando el celular─. Ninguna llamada, ningún mensaje. No se interesa por la chica.

─No puede ser cierto, tú dijiste que él…

─Sí, se encarga de mantenerla, pero eso no lo obliga a quererla, ¿o sí?

Watson no tuvo respuesta inmediata ante el argumento de Sherlock. Después de todo, el detective conocía mejor que nadie a su hermano, pero le parecía increíble que fuese cierto. Anaís era una muchacha buena, ¿cuál era el problema de Mycroft? Quizá tuviese que ver con esa especie de incapacidad emocional que padecían los Holmes, pero luego recordó lo de las Torres Gemelas que, según palabras de Sherlock, había puesto a Mycroft tan pálido como una vela.

─Entonces, ella es tu caso ─dijo Watson, deteniendo el paso de pronto.

─Sí ─respondió Sherlock, mirando el teléfono móvil─. ¿Será buena hora para almorzar?

─Espera, no ─dijo Watson de pronto─. No estoy seguro de querer participar en esto, Sherlock.

─¿De qué hablas? ─preguntó Sherlock, sin prestar mucha atención a John, deslizando el dedo pulgar sobre la pantalla táctil.

─No voy a colaborar en esta búsqueda sospechosa de si es o no la hija de tu hermano.

─¿Por qué no? Tengo esto ─Sherlock sacó una bolsa de plástico donde claramente se distinguían algunos cabellos rubios dentro─. Molly hará las pruebas.

─¿Estás loco? Esto es privacidad, ¿lo sabías? ─inquirió Watson─. ¿Acaso no puedes ver que es una chica completamente normal y…?

─¿Y qué?

─Espera, ¿dónde está?

Watson y Sherlock miraron hacia todas partes. Anaís no estaba donde se supone que debía estar.


Desde hacía rato que había dejado de escuchar las voces de los ahí reunidos. Ahora eran lo más parecido a un murmullo. Mycroft tenía la vista perdida sobre la ventana. Recargado sobre su propia mano, con un dedo sobre la sien, comenzó a hacerse muchas preguntas. Estaba seguro que lo último sucedido con Thérèse no había sido nada, tan seguro que intentaba convencerse de ello por todos los medios posibles. Se sentía abrumado y esa mañana pensó que quizá el encuentro no había sido lo mejor. Se repitió una y otra vez que el pasado debía quedarse donde le correspondía, sin inmiscuirse en su presente. La presencia de su hija lo desequilibraba y esa era una de las cosas que menos le gustaban. No sabía muy bien qué le había pedido hacer a Sherlock: ¿investigar a la chica?, ¿hacerle preguntas? Ahora que lo pensaba mejor creía que era realmente una tontería. ¿Por qué Thérèse le inventaría algo así? Claro, tenía su lógica si se pensaba que gracias a su paternidad la chica había tenido una educación inigualable toda la vida, además de un futuro casi resuelto. Pero Thérèse no era esa clase de mujer, no podía serlo. La había conocido sólo unos meses, pero fue el tiempo suficiente como para comprender muchas cosas de ella. En aquel momento no había necesitado utilizar ni la lógica ni la suspicacia de su mente aguda, no, todo lo contrario: le había bastado mirarla a los ojos en aquellos días en los que solían pasear por las calles de París; sus gestos y facciones decían más de lo que ella misma creía. La forma almendrada de sus ojos que iluminaban cualquier lugar donde se encontrara lo habían enganchado. De hecho, había sido así como la vio en aquella librería de París. Ese gesto pensativo lo había atraído mucho más que el centenar de libros que había alrededor. La vio detrás del ventanal del local y entró sólo porque quería conocerla, tomó cualquier libro de la estantería para tener un pretexto oportuno y así hablar con ella. Por supuesto que recordaba qué libro era, por supuesto que había sonreído cuando Thérèse le dijo que había nombrado a su hija Anaís, como una variación de Anaïs Nin.

Mycroft adoró muchas cosas de Thérèse, su sagacidad, su aparente rebeldía por algunas normas sociales, su inteligencia nata, cosa que él admiraba mucho pues esa mujer no necesitaba que nadie reconociera que era inteligente, simple y sencillamente lo era; le gustaba el tono de su voz y quizá era eso lo que más extrañaba cuando solía pensar en Thérèse a través de los años. Se había enamorado de ella, pero nunca se lo dijo.

Cuando se enteró del embarazo tuvo miedo de que todo colapsara, pero Thérèse, incluso en eso, se había mostrado mucho más lista que él. Aceptó el acuerdo de mantenerse al margen pues no supo qué más hacer. Casi logró guardar el secreto, hasta que Sherlock lo adivinó. Sin embargo, él quiso que así fuera: necesitaba decírselo, al menos, a alguien.

Habría sido bueno tener una familia, haberle propuesto matrimonio a Thérèse y criar juntos a su hija, como alguna vez lo pensó. Sin embargo, la realidad era muy diferente a lo que él deseaba. Le había tomado mucho tiempo construir su estatus y su vida alrededor de lo que tenía. Incluso, en ese momento de su juventud, ya era un hombre reconocido y su firma valía más que la de cualquier individuo de Londres. Tener una familia habría sido como desbaratar una madeja de hilos con nudos imposibles. Además, también hubiese resultado la debilidad perfecta, su talón de Aquiles. Prefería aparentar ser un hombre egoísta, sin emociones, que permitirse dejar por ellas y vivir con miedo todo el tiempo. Ese miedo inevitable a perderlas. Era mejor así: no poseer nada, no tener a nadie más que a sí mismo; al menos las contingencias se reducían.

Había visto en la mirada de Anaís muchas cosas que, al igual que su madre, no necesitaban deducirse.

El teléfono móvil comenzó a sonar dentro de su bolsillo. Las miradas de los congresistas se posaron sobre él. Mycroft se disculpó al ver el número de Sherlock marcado en la pantalla. Se levantó de su lugar y se dirigió hacia un rincón apartado de la sala.

─Estoy en una junta ─respondió Mycroft, fastidiado.

─Perdí a Anaís.

La voz de Sherlock había sonado clara al otro lado del auricular. Mycroft apretó la quijada y colgó el teléfono.


─Seguro que no está muy lejos… a dos cuadras hay una librería, puede estar ahí. Dijiste que le gustaba leer, ¿no? ¡Las tiendas de música! ¿Por qué no vamos hacia allá? ─decía Watson, nervioso, ante la respuesta inamovible de Sherlock de permanecer en el mismo sitio donde había desaparecido la chica.

─Relájate, John ─decía Sherlock, mirando hacia ambos lados de la calle.

─¿Cómo puedes decir eso? ¡Esa chica es una extraña perdida en Marylebone! Mycroft ha sido muy irresponsable a dejarla a tu cargo.

Sherlock parecía no inmutarse. Miró el reloj de su muñeca atentamente.

─3… 2… 1…

De pronto, tres automóviles negros con vidrios polarizados atravesaron la calle a una velocidad mayor de la permitida. Dos se desplegaron hacia las calles paralelas y uno más cerró el paso de la calle. En minutos todo un dispositivo de seguridad había rodeado las aceras. Watson alzó la vista con los ojos entrecerrados al ver un helicóptero sobrevolando a una altura muy baja.

Sherlock se guardó el celular en el bolsillo e hizo una seña a Watson para que lo siguiera.

─Más rápido que en Nueva York ─dijo el detective con una sonrisa mordaz.