La idea había pasado leve, casi inconcebible pero persistente. Hakuryuu se pregunto porque no se lo imagino antes, no era algo con un fundamento los suficientemente fuerte, pero, pero.. dioses, ese pero…

Judar era difícil de tratar.

Discusiones, una tras otra, constantes y casi siempre cuando hablaban; y quizá el problema fuese el de que hablaban. Corrección, de lo que Hakuryuu parecía hablar inconscientemente sin llegar a proponérselo.

Había mencionado a Aladdin y también a Ali Baba y a Morgiana.

Y los ocelos carmesí del magi habían parecido brillar en una muestra de desaprobación, de rabia mal contenida y una frustración que Hakuryuu pocas veces solia verle, al menos, en esa magnitud.

Los reclamos de Judar no se hicieron esperar, algunos breves, otros silenciosos, sometiéndolo a un juicio que desconocía por completo, ignorante a los pensamientos del mayor.

Solo fueron palabras; no es que Judar ignorase de su enamoramiento por Morgiana desde antes, sin embargo, esta vez, algo había cambiado, lo entendió cuando este le acusó de tener un enamoramiento con el blondo que alguna vez fue su amigo.

Su guerra interna lo había dejado callado, en silencio, sin saber que responder.

Al parecer ese silencio termino provocando también una guerra en el propio Judar, algo que, para bien o mal, culminaba en el magi ignorándolo por dos semanas.

Hakuryuu estaba seguro que lo que sea que estuviesen haciendo, no era lo común entre dos personas que formaron una alianza para ir, en simples palabras, contra el mundo.

Y apareció tras la conversación con aquella mujer que Judar trajo en un día indeterminado.

Oh, es que al Sumo Sacerdote, no le gusta compartir –fuese la sonrisa o el tono de voz de aquella chica a la que le desconocía el rostro, lo que le hizo pensar- Es muy posesivo ¿No lo sabía, Emperador?

La idea, la idea. La idea y el pensamiento desde cuándo es que ella parecía saber de los encuentro que Judar y él tenían en la oscuridad de la habitación.

¿Celoso? ¿Judar? ¿Se podía combinar al magi con esa palabra?

Maldijo cuando unió ese factor a todos los cabos sueltos de la actitud del engreído Judar, atando más de lo que hubiese querido desear. Maldijo cuando demasiadas cosas empezaron a cobrar sentido.

Ahora, la pregunta principal era el porqué. El motivo, la causa ¿Por qué Judar en el pleno uso de sus facultades se pondría celoso?

Piensa, se dijo.

La respuesta llego a él durante la cena, cuando aquella mujer había puesto su pie para que tropiece, y él no la había visto a tiempo, porque al segundo siguiente, también arrastro a Judar al piso.

Quizás, existían muchas mas cosas que empezaron a cobrar sentido; incluidas entre ellas, la insistencia de todos esos años por parte del magi para llevarlo a conquistar una celda y adquirir el poder de un djinn.

Su candidato a rey.

Comprendía un poco más de ello.

El ligero temblor en las manos de Judar y su expresión de sorpresa era eso que, sin saberlo, hace ya un lejano tiempo deseaba observar. También le gustaba ese ligero rubor que se extendía en sus pálidas mejillas.

Quizás solo tenía que ser más observador.

La mujer se asomó desde atrás, con una sonrisa que Judar desde su posición estaba empezando a odiar ¡Maldita fuera!

Él no lo había planeado, era cosa de ella, pero habían conseguido desequilibrar al magi.

Por eso el segundo paso fue dado en la noche, era la rutina, la incertidumbre de lo que podía ocurrir si continuaba lo que había provocado a Hakuryuu el seguir adelante en los pasos que se hubo propuesto. Por eso no debió de sorprenderle que durante la noche, cuando acorralo a Judar en su habitación, lo hubiese pillado totalmente, dejado sin la escapatoria que siempre tenia guardada como un as bajo los brazaletes.

También pensó en que cada discusión se podía interpretar como un medio de escape, algo lo suficientemente bueno como para que el magi pudiese marcharse y que Hakuryuu no tuviese la voluntad de seguirle.

Por eso, cuando consiguió tenerlo debajo suyo, se vio en la necesidad de recordar cuál fue el último día en que sus labios rozaron los del magi con suavidad, no con la desesperación de tenerlo debajo suyo en segundos.

Aun si el ritmo de Judar no fuese el lento, Hakuryuu pensó en que podrían cambiar eso un par de veces para variar.

Serbia para observarlo con más atención y concentrarse (en medio de las maldiciones que el mayor profería hacia su persona) y besarlo, robarle un quejido y hacerlo relajarse, dejándolo en un estado que Hakuryuu muy pocas veces conseguía poder verlo.

¿Qué buscaba Judar en él?

Podía descubrirlo a su tiempo, el magi era en la mayoría de tiempo alguien de por si demasiado incomprensible.

Los dedos tocaban la piel, recorriendo, reconociendo y grabando detalle, Judar no se quedaba atrás, como si comprendiese que lo que ocurría allí era algo nuevo para ambos, uno de esos terrenos que siempre habían tenido al alcance de las manos pero que no se permitían explorar por el escalofrió y la corriente eléctrica que los azotaba al intentarlo.

Y allí estaban, arriesgándose, midiendo hasta donde todo eso podía llegar a alcanzar.

El magi jadeo sobre el cuello de su candidato, lamiendo con la punta de la lengua la marca de la cicatriz que siempre se mantenía oculta bajo los ropajes reales.

Era un juego que Hakuryuu había empezado y en el que se había perdido al igual que su acompañante. Segundos como esos, que se volvían tortuosos, los convertían en dos animales que ansiosos aguardaban por cada nuevo movimiento.

Y por eso cuando las caricias continuaban, cuando parar se volvía tan imposible, al grado de ser comparado con la necesidad del ser humano por el oxígeno…

Sabían que estaban perdidos.

Y allí estaba, lo tenía debajo de él, con los parpados entrecerrados, con los ocelos carmesí resplandeciendo como nunca antes le vio, el cabello se esparcía en el lecho desordenado, a Judar le temblaban los labios.. Expectante.

Las piernas se encontraban abiertas, sumisas. Empujo y el rostro del magi adquirió un gesto de dolor y placer, suspirando, temblando por segundos extensos.

Y no existía vuelta atrás, ya no; lo que hubiese empezando desde ese instante, jamás conocería la marcha atrás.

Embistió, el otro gimió y se le aferro con fuerza.

Simplemente, poseyó y marco.