Buenas, gracias por todos los reviews que he recibido, son pocos pero cada uno maravilloso y sobre todo me dio gusto ver quienes fueron los que me escribieron porque entre ellos se encuentran grandes escritores y personas ^^Ellas saben de quien hablo.

Cualquier crítica es bien recibida porque me ayudan a mejorar. Me gustaría poder publicar algún día o ser guionista y las opiniones que tengan son muy importantes para determinar lo que hago mal.

Brofist.


Capítulo 6: Bollos Milkchoc

Al quedarnos los dos solos avanzamos más rápido.

John me enseñó a disparar, a armar y desarmar el arma, limpiarla y cargarla. Practicaba siempre que podía pero no nos sobraban las balas y únicamente teníamos una pistola con silenciador. Nos turnábamos para cazar y rastreábamos las huellas de grandes mamíferos como ciervos, pero siempre que los encontrábamos habían sido atacados por zombis. Nos alimentábamos sobre todo de aves y peces, y de hierbas que encontrábamos.

Siempre que tenía tiempo lo dedicaba a estudiar el libro de medicina de mi padre. Intentaba memorizarlo todo porque era muy pesado para estar llevándolo a todos lados. Conocía algunos de los procedimientos, sobre todo los de heridas menores porque había ayudado a mi padre en ocasiones en la clínica, solo a aquellas personas que accedieron, claro.

También aprendí las diferentes raíces medicinales que había en el bosque y para que funcionaban. Normalmente atrapábamos una rata de campo y la obligábamos a comer las hierbas antes de probarlas nosotros. Veía de primera mano lo que podía causar una hoja venenosa o un hongo alucinógeno. Me di cuenta de que empezaba a disfrutar con esos experimentos. ¿Me estaba volviendo sádica? ¿Disfrutaba con el dolor ajeno? La idea me repugnaba y quise que dejáramos de hacer aquello. John se empeñó en enseñarme a destripar un animal, cosa que no me agradaba para nada. Se reía de las caras que ponía y le dediqué la mueca más desagradable que pude.

Nos encontramos un par de veces más con grandes grupos de caminantes y los esquivamos, evitando que nos vieran. Desde el ataque cogimos la costumbre de dormir en los árboles, así no nos tomarían por sorpresa.

La calle estaba abarrotada de mordedores. Eché un último vistazo.

- Hay como quince, son demasiados – dije a John.

- ¿Y qué hacemos? Se nos acabó el agua potable hace dos días, no aguantaremos mucho tiempo. Tenemos que asaltar ese supermercado.

Me asomé sobre la valla. Estábamos frente a una bifurcación de dos calles. A la izquierda, varios metros más adelante, se encontraba el supermercado con los escaparates hechos añicos debido a la locura que desató la epidemia. Los coches estaban aparcados desordenadamente y había habido un accidente al final de la calle. Me fijé en la farola que había junto a las casas.

- Quizás podríamos escalar por esa farola y pasar por los tejados – le señalé el camino – Deberíamos encontrar alguna escalera por la que bajar en las casas junto al supermercado.

- Está bien, pero yo iré primero.

Echó una ojeada antes de salir. Me apoyé sobre el coche con un rifle en el hombro. Miré por la mirilla, apuntando hacia un coche en la calle contraria, disparé y el sonido del arma se disipó por la alarma del coche. El ruido llamó la atención de los caminantes mordedores y todos fueron en esa dirección. Aprovechamos la distracción para llegar a la farola y escalar. Dos de ellos, se dieron cuenta del movimiento y vinieron a por nosotros. Apremié a John a que subiera, los latidos del corazón me golpeaban la sien por la adrenalina. Me agarré al frío metal y escalé. Era más alta de lo que había pensado y tardé mucho en subir. Salté de la farola al tejado y durante el salto me di cuenta de que varios muertos se habían reunido al pie de la farola. Apoyé los pies en la pared de la casa y me impulsé para subir. Caí rodando sobre el suelo del tejado. John ya iba por delante.

Saltamos de tejado en tejado hasta las casas cercanas al supermercado. Miré hacia abajo asomándome por una de las barandillas. Los muertos no nos veían y andaban en distintas direcciones con sus andares cansinos. Bajamos por una escalera que daba al segundo piso de un dúplex. Saqué el cuchillo y cargué el rifle que llevaba para estar preparada para cualquier ataque. Un zombi miraba la pared en el pasillo, nos acercamos por la espalda pero no pareció darse cuenta de nuestra presencia. John hizo el amago de ir a por él pero yo le paré. Me miró confundido. Alguna vez debía aprender a protegerme por mí misma, y dejar de lado la conciencia que me decía que no debía matar a nadie. Agarré el cuchillo más fuerte, su hoja brilló como si supiera que se iba a derramar sangre. Me puse frente a su espalda y con un movimiento rápido, y sin pensar en lo que estaba haciendo, le clavé el cuchillo atravesándole la nuca. Se desplomó sin emitir ningún sonido. Volví a respirar al verle tendido en el suelo. John me llamó en susurros y fuimos hacia la salida. Agachados franqueamos la puerta. Protegidos por la verja caminamos hasta la pared que compartía la casa con el supermercado, se había caído en algún momento del pasado, y daba directamente en la sección de los congelados. Ladrillos y trozos de comida descongelados y podridos estaban esparcidos por el suelo. No nos entretuvimos y fuimos a la zona de las bebidas. Habían tapiado la parte delantera con vallas y palos de metal por lo que los caminantes no podían cruzarla. Abrí una botella de agua y bebí ansiosamente, John me imitaba a mi lado. Cogimos dos botellas cada uno y las echamos en las mochilas.

- Ojala pudiéramos llevarnos varias garrafas de agua, no sabemos cuándo volveremos a encontrarnos otro supermercado – deseó John.

- Sería imposible salir por el tejado con tantos litros.

Me dirigí hacia la salida pero algo llamó mi atención, sobre el estante de la panadería había un cartón promocionando unos bollos con chocolate en el interior. Recordé que mi madre me los compraba para comerlos en el fin de semana, y lo bueno que estaban mojados en leche. Cogí el cartón y me senté con él entre las piernas. Cogí uno de los envoltorios y lo abrí. John se me quedó mirando cuando apareció por uno de los pasillos.

- ¿Qué haces?

- Bollos Milkchoc. ¿Te acuerdas? - le tiré uno de ellos.

- Siempre los comía en tu casa.

Se sentó junto a mí, comiéndose su pastelito. Apoyé la cabeza en su hombro.

- Recuerdo la primera vez que entré en tu casa. Me ofreciste de estos bollos y tu madre nos regañó por comernos el paquete entero.

- Acababa de comprarlo y era para la fiesta de mi primo pequeño. Aunque creo que se enfadó más por enterarse de quien eras que por los bollos – mordí el envoltorio para abrirlo.

Recordé las peleas con mi madre cuando empecé a salir con John. Era cuatro años mayor que yo y mamá se escandalizó cuando le conté sobre él. Aún podía escuchar sus palabras resonando en mi mente "¡Solo tienes dieciséis años y él veinte! ¡Eres muy joven, no es una relación sana!" Ojala pudiera escuchar su voz de nuevo aunque fuera para regañarme.

- Siempre quise llegar al supermercado y poder comer todo lo que quisiera sin tener que pagarlo, pero ahora... preferiría que todo fuera como antes.

John me besó la frente.

El sonido del motor de un coche llamó nuestra atención. Nos levantamos y nos acercamos a la zona de los escaparates. El ruido se hacía cada vez más fuerte y más estruendoso. Por la esquina aparecieron varias furgonetas oscuras, dos de ellas llevaban incorporadas ametrallados en el techo y disparaban a los mordedores. Pararon frente al supermercado y se bajaron gritando instrucciones. Los de las ametralladoras no dejaban de disparar impidiendo que se acercaran los monstruos. John tiró de mí para salir por donde habíamos entrado. Cuando íbamos a cruzar el agujero de la pared, un hombre se apareció frente a nosotros. Nos miró sorprendido y gritó al recuperarse de la impresión.

- ¡Supervivientes, están saqueando nuestro supermercado!

Corrimos en dirección contraria y los recién llegados nos persiguieron. Recorrimos los pasillos intentando encontrar una puerta de salida pero no parecía haber ninguna. Nos rodearon y quedamos atrapados entre estanterías. Me lancé contra una de ellas e intenté escalarla pero dos hombres me cogieron de los pies y tiraron de mí hacia abajo. John luchaba contra otros dos que le agarraban de los brazos mientras llegó un tercero y le golpeó, dejándole inconsciente.

- Soltadnos, capullos. Soltadnos – luché contra mis opresores inútilmente.

- ¿Pero qué tenemos aquí? Una parejita de supervivientes.

Apareció el líder del grupo, vestido de oscuro e igual de grande que un armario, su rostro no era nada agradable y una cicatriz le recorría el cuello y terminaba bajo su camiseta.

Se acercó lentamente evaluando la escena.

- ¿Qué hacéis por aquí?

- Nos quedamos sin agua y vinimos a coger un par de botellas. No hemos cogido nada más – expliqué.

- Hay un problema y es que todo lo que entra en mis dominios pasa a ser de mi propiedad – me cogió la barbilla y note en su mirada un brillo enfermizo – Y últimamente me encuentro muy solo.

Su aliento olía fatal, una mezcla de tabaco y cebolla. Me recorrió el cuerpo con una mirada y me sentí en peligro inmediato. John estaba detrás, todavía sujeto por dos tipos e inconsciente.

Desde el exterior llegaron gritos y el sonido de una explosión.

- ¡Jefe, nos están cercando! ¡Han llegado más zombis y no podemos hacerles frente, nos escasea la munición, tenemos que salir de aquí en seguida!

- ¡Coged todo lo que podamos llevar en los coches! - ordenó.

- ¿Qué hacemos con ellos? - preguntó uno de los subordinados. El líder se quedó pensándolo un momento y recé porque nos dejase a nuestra suerte.

- ¿Cuánto tiempo podéis contenerlos? – el alma se me cayó a los pies.

- Máximo quince minutos – dijo alguien.

- Bien, nos vamos en quince minutos, tenedlo todo preparado.

Me agarró del brazo y me arrastró por el pasillo hasta la puerta de un almacén trasero. La abrió de una patada y me arrojó al interior. Cerró la puerta al entrar y me miró con una mueca lasciva y asquerosa. Repté por el suelo sin darle la espalda y buscando una salida.

- Ven aquí zorrita.

Se abalanzó sobre mí e intenté salir corriendo. Le golpeé en la mandíbula con el codo, como me había enseñado John, así el golpe era más duro y te hacías menos daño. Se llevó las manos a la boca dolorido. Me arrastré por el suelo hacia la puerta, me cogió del pie y tiró de nuevo para quedar encima de mí. Grité el nombre de John, con el corazón encogido del miedo.

- Bestia, suéltame – dije con voz quebrada.

Le clavé las uñas en el brazo y le arañé dejándole marcas. Me golpeó en la cara con la mano abierta, todo se puso borroso y me mareé. Levantó la mano de nuevo y me abofeteó. Miré a los lados buscando algo con lo que golpearle, al alcance de mi mano había trozos de una ventana rota. Cogí un cristal y se lo clavé en el costado. Gritó de dolor y tuvo que soltarme, le golpeé en el esternón y cayó a mi lado retorciéndose de dolor. Corrí hasta la puerta pero me la encontré cerrada con llave, me volteó tirándome contra la pared. Tenía una barra de metal en la mano, el costado le sangraba abundantemente y se estaba poniéndose pálido. Descargó la barra contra mí, intenté esquivarla pero me dio en la espalda. Grité y caí al suelo. El dolor me recorrió todo el cuerpo y a cada movimiento que hacía parecía darme de nuevo con la barra.

- ¡Jefe, no podemos aguantar más!

Alguien había abierto la puerta, no le pude ver porque le daba la espalda. Me mareé por el dolor y tenía enormes ganas de vomitar. Además, la zona que había sido golpeada me dolía como si alguien se estuviera entreteniendo en ponerme un hierro al rojo vivo.

- Vámonos, esta no merece la pena.

- Jefe, está sangrando.

Oí sus pisadas alejarse y cerrar la puerta. Intenté levantarme pero el dolor me hizo volver a tumbarme. Esperé unos minutos y me levanté con mucho esfuerzo y agarrándome la espalda. Llegué a la puerta y salí del almacén. Habían abandonado el supermercado, toda la comida estaba tirada y habían desaparecido un montón de bolsas. John estaba tirado en el suelo. Me acerqué con cuidado, observé por encima de las barricadas de los escaparates. Los zombis iban hacia el lugar por el que habían desaparecido los vehículos, a un lado de la calle había una furgoneta ardiendo, el fuego se estaba expandiendo al jardín de una casa vecina.

Teníamos que salir de allí antes de que notaran nuestra presencia. Me arrodillé junto a John e intenté despertarle.

- Venga, levántate, tenemos que irnos o vendrán a por nosotros – la espalda me dio una punzada de dolor y cerré los ojos conteniendo un gemido.

El suelo empezó a mancharse de sangre y temí que le hubieran herido de gravedad o lo hubieran matado. Rebusqué por si tenían alguna herida pero no encontré nada. El suelo se manchaba cada vez más y más. Me llevé las manos a la cara cansada, cuando las retiré me las encontré manchadas. Ese animal me había roto la nariz. Cogí a John de los brazos y lo arrastré hasta el hueco por el que habíamos entrado. Miré esta vez si había otros matones cerca y después salimos. Iba a necesitar un milagro para subir las escaleras cargando con John.

Mojé el trapo en el agua clara del lago. Me lo pasé por la cara para limpiarme el resto de sangre. El agua se tiñó de rojo. Rellené la cantimplora con agua y volví a donde estaba John, se la vacié sobre la cara y se despertó sobresaltado.

- ¿Qué ha pasado? ¿Y los asaltadores? ¿Dónde estamos? ¿Qué te ha pasado? - me miró confundido.

- Te golpearon y te quedaste inconsciente. Se fueron cuando empezaron a llegar más mordedores. Estamos a las afueras de la ciudad, tuve que sacarte de allí a rastras. Un capullo me golpeó.

Pareció asimilar todo lo que acababa de decirle. Se frotó los ojos cansado se secó la cara con la camiseta. Suspiró abatido.

Me senté en el suelo frente a él. Ahora me daba cuenta del peligro en el que habíamos estado, rodeados de muertos y con los asaltadores a punto de matarnos. Me parecía un poco surrealista que teniendo un enemigo común aún nos peleásemos entre nosotros, de verdad que somos el animal más estúpido del planeta.

John se acercó y me abrazó.

- Hoy has sido muy valiente, si no llega a ser por ti ahora mismo estaría muerto. Quiero que me prometas una cosa.

- Claro, lo que sea – contesté.

- Si me pasa algo y te quedas sola, prométeme que serás egoísta y no dejarás que nada te distraiga de tu camino hasta Atlanta.

- John, llegaremos juntos.

- Solo prométemelo. No intentes hacer nada que te ponga en peligro. Sé egoísta y cuida de ti misma.

Me dio un mal presentimiento que me dijera aquello pero asentí torpemente. Me abrazó más fuerte. Cerré los ojos y contuve las ganas de llorar.