Disclaimer: Todo lo que reconozcan, no es mío.
Capitulo 7: Soy una isla.
Saber lo que necesitas, no implica que sepas cómo conseguirlo.
(Megan Hart)
Emmett llegó a su casa en un taxi y se quedó dormido sobre el felpudo del salón. Cuando despertó, pensó que había muerto e ido al infierno. Uno muy extravagante con olor a sudor, alcohol rancio y a colillas de cigarro. Y además, con un persistente y molesto ruido que no lo dejaba concentrarse, parecía que una maldita taladradora se le hubiera instalado en el cerebro…
El ruido volvió con más fuerza haciendo que se llevara los dedos a las sienes y presionara entre gemidos de dolor.
—Dios—Murmuró con los ojos anegados en lágrimas.
Sentía que de un momento a otro se le saldría el cerebro por los oídos.
Tambaleándose, consiguió ponerse en pie. Su equilibrio era tan precario que tuvo que recostar la espalda contra la puerta de la calle. Sintió la lengua pastosa y fétida dentro de la boca, los ojos embotados y el estomago revuelto, hizo una mueca de asco y observó el largo y oscuro pasillo que lo llevaría hacía su habitación.
Normalmente ese tramo de su casa se le hacia razonable, a veces, incluso pequeño. ¿Hoy? Estaba seguro de que no podría llegar al baño; y menos aún a la habitación.
Armándose de un valor que no sentía fue a dar el primer paso, cuando sintió cómo la madera que sostenía la mayor parte de su cuerpo vibraba. Permaneció quieto y en absoluto silencio mientras escuchaba atentamente el chasqueo metálico de quien fuera que estuviera tratando de forzar la cerradura.
¡Genial! Lo único que le faltaba era que intentaran entrarle a robar.
Caminó lo más delicadamente que pudo hacía la cocina, agarró el bate de béisbol que escondía bajo el fregadero y volvió al hall. Esperó hasta que el forcejeo con la cerradura exterior volvió a reiniciarse, y entonces alargó la mano, soltó el candado y levantó la improvisada arma dispuesto a romper cabezas.
—¡Ah!—Rosalie Hale jadeó cuando tuvo la inmensa mole de músculo que era McCarty delante de ella. Además de que lucía como un psicópata con el cabello todo despeinado, los ojos rojos y la piel cenicienta, parecía dispuesto a matarla de un solo golpe. Se tambaleó hacía atrás con el corazón en la garganta, aterrada.
—¿Tu?—Emmett observó atónito aquel rostro delicado y femenino que conocía tan bien—¿Qué demonios haces aquí?—Inquirió venenoso, sin darse ni cuenta de que aún sostenía el bate.
La rubia también se olvidó de la presencia del arma de madera. Y no le gustó nada el tono de él, así que entrecerró los ojos, se apartó el cabello de los hombros e irguió la espalda orgullosamente.
Como toda una dama del hielo.
—Vine porque necesito hablar contigo—Soltó impasible.
—Yo no tengo nada que decirte.
—Entonces me escucharás—Insistió la rubia.
Emmett supo que en su actual estado no podría competir con una mujer como Rosalie, así que encogió los hombros, se dio la vuelta y entró en la casa. Mientras caminaba hacía el baño arrojó el bate al suelo y se arrepintió instantáneamente cuando el tintineo que emitió al impactar con el mármol le taladró el cráneo.
Los tacones de ella resonaron en el hall por lo que él supuso que había entrado y se dirigiría a su modesto salón. Y evitó con esfuerzo que su imaginación se desbocara; el saber que tenía ese maravilloso cuerpo recostado contra su suave y mullido sofá, que esa cascada de cabello dorado estaría desparramado en la cabecera…
¡Para! Se gritó a si mismo. Pues se estaba poniendo enfermo y ésta vez la resaca no tenía la culpa.
Abrió el grifo del agua caliente y dejó que el baño se llenara de vapor húmedo. Vertió una considerable porción de dentífrico directamente sobre su lengua, humedeció el cepillo de dientes y comenzó a lavarse con afán. Sentía la piel del cuello tirante, la espalda tensa y el estomago tan pequeño como un garbanzo.
Dios, odiaba el rastro de putrefacto dramatismo que le acarreaba el alcohol. Sentirse una basura se estaba convirtiendo en una jodida costumbre. Intentó paliar las molestias de su cuerpo y se colocó directo bajo el chorro de agua, a la vez que entraba en el estado "soy-una-isla".
Mientras, Rosalie había enterrado la cabeza entre las manos y trataba de concentrarse en respirar con normalidad.
Sabía que el estado de McCarty tenía que ver con la nueva noticia sobre la fecha de su matrimonio, pues el rumor se había extendido como una plaga en la oficina. ¡Ni siquiera sabía quién demonios lo había contado!
Ella trataba de convencerse de que no tenía la culpa. De que Emmett había tenido conciencia de dónde se estaba metiendo cuando comenzaron aquel juego. Él sabía perfectamente que ella sería en breves una mujer casada. Una King.
Gimió.
¿Por qué de pronto convertirse en Rosalie King se le antojaba tan amargo?
—Soy todo oídos.
Rose respingó y se aclaró la garganta con los nervios a flor de piel.
—Supongo que ya sabes del cambio de fecha—Afirmó. No estaba dispuesta a darle vueltas al asunto. Quería soltarlo todo y marcharse, simplemente eso y nada más.
Nada. Más.
—Lo sé—Asintió Emmett conciso. No iba a ponérselo fácil y la rubia lo sabía.
—Quería que supieras que no tiene nada que ver contigo. Royce decidió adelantar la boda para que no coincida con su viaje a Italia—Explicó con un reborde de dolor. Incluso el día que se suponía sería el más feliz de su vida, tenía que acoplarse a la agenda de Royce. Le parecía humillante la razón por la que los preparativos habían tenido que adelantarse. Ultrajante la forma en la que se estaba convirtiendo en un mero punto del día para su futuro marido.
—Genial ¿Y?—Inquirió Emmett arrastrando las palabras. Le costaba hablar por entre sus dientes apretados y oír el nombre de ese tipo en su casa no le estaba mejorando el humor precisamente.
Rose bajó la mirada y jugó con la alianza que portaba en su dedo.
—Tienes que entender que lo…nuestro no puede continuar—Él bufó cortándola.
—¿Lo nuestro? ¿Qué nuestro? Tú y yo no tuvimos, tenemos ni tendremos nada. Lo único que pasó aquí…—Los señaló a ambos con los dedos tensos por la rabia—es que jugaste conmigo. Punto—Terminó cruzándose de brazos para evitar hacer alguna tontería. Como por ejemplo agitarla por los hombros hasta que ella anulara la boda y pateara el real trasero de Royce King.
El estomago de Rosalie saltó violentamente y ella se puso en pie debatiéndose entra la indignación y el sentido común. Por un lado sabía que Emmett tenía derecho a hablarle así, pero no estaba acostumbrada a ser vapuleada por nadie. Y menos aún por el único hombre que le había arrancado una verdadera carcajada en los últimos meses. Por otro, el juego que habían iniciado había significado mucho para ella, aunque jamás lo reconocería.
¿Cómo expresar todo lo que estaba sintiendo cuando se casaría en dos semanas?
—Muy bien. Que te vaya bien McCarty, te veré en la oficina.
Se puso en pie, se arregló la falda y recogió su bolso para después dirigirse hacía la salida.
—No. No lo harás—La voz de él la hizo detenerse. Se dio la vuelta confusa y ladeó la cabeza sutilmente.
—¿No haré qué?
—Verme—Explicó Emmett. Se encogió de hombros falsamente despreocupado y evitó que la punzada de dolor que le recorrió las sienes se reflejara en su rostro—Dimití esta mañana—Añadió.
Aunque no explicó que por eso decidió irse a emborrachar después de haber presentado su renuncia. Bueno, por eso y porque no podía sacársela de la cabeza.
—¿Has…dimitido…?—A Rose comenzó a faltarle el aire.
Dimitido, dimitido, dimitido.
La palabra se repetía una y otra vez en su mente, atormentándola. Porque para ella significaba mucho más que una carta de renuncia laboral simple. Significaba que él había dejado de luchar por lo que tenían. O lo que no tenían….Y aunque ella acababa de decirle exactamente eso, que su "juego" no podría continuar, oírlo de él dolió muchísimo.
Se imaginó llegando a la planta dos y caminando como siempre hacía su oficina. Imaginó el escritorio siempre desordenado de Emmett vacío, e instantáneamente se le llenaron los ojos de lágrimas.
—En realidad recibí otra oferta. Una mucho mejor—Él suavizó el tono al darse cuenta de que ella había cambiado completamente de expresión. Y lucía algo más que triste.
Rose tensó la mandíbula y asintió aunque no pudo evitar que una de las lágrimas que acumulaba con esfuerzo se derramara por su rostro.
—Aja—Musitó ronca.
—Será mejor para los dos—Emmett dio un paso adelante, con la necesidad de borrar la humedad salada de esa carita. Perro no llegó muy lejos. Ella cuadró los hombros y volvió a adoptar esa pose fría e impersonal que lo hacía sentir observado por una leona hambrienta.
—Tengo que irme—Dijo y prácticamente huyó del-ahora-asfixiante salón.
McCarty volvió a quedarse sólo con su resaca. De pronto sentía, además del dolor latente que había cargado sobre sus hombros durante semanas, una especie de gélido vacío. Era como si con su marcha, Rosalie se hubiera llevado la calidez del hogar.
No quería sentirse así, es más, no podía sentirse así.
Más por necesidad que por decisión, corrió detrás de la rubia. Atravesó la puerta aún abierta y la encontró forcejeando con la cerradura de su coche. Las manos de Rosalie temblaban tan violentamente, que las llaves tintineaban estruendosas. Tenía la vista borrosa y rogaba a todo lo sobrenatural por poder llegar a casa antes de derrumbarse. No quería que nadie la viera así. Es más, no quería estar así.
Cuando el seguro por fin cedió, una mano mucho más grande y cálida que la suya la detuvo. Parpadeó aturdida por un segundo y después se giró lentamente.
—No quiero que te vayas así—Susurró Emmett. Acarició con ternura el rostro femenino y se detuvo cuando su pulgar rozó la comisura de los carnosos labios de ella.
—Estoy bien—Espetó Rose aunque la debilidad de su tono la delató.
Emmett, incapaz de mantenerse a distancia, se acercó un paso más y la miró directo a ese par de orbes azules que tan loco lo podían volver.
—¿No puedes ser, por un momento, sólo Rose? Sin máscaras, sin muros. Sólo la Rosalie Hale con la que llevo soñando desde que te conocí…Mi Rose…—La voz de él, la suavidad y el cariño que ostentó en esa simple frase, terminó por derrumbarla. Con un gemido rompió a llorar. Escondió la cara en el amplio pecho de su joven amante y aspiró con fuerza—Vamos—Musitó Emmett. Y sin esperar respuesta pasó un brazo por debajo de las rodillas de ella y la levantó del suelo. Sin dejar de acunarla, la llevó a la casa, le preparó un té cargado y la abrazó durante un tiempo indefinido.
Ambos se sentían protegidos. El silencio que los rodeaba era la calma que necesitaban. El único sonido, proveniente de las agujas del reloj de pared, acompasaba los latidos de la pareja.
Emmett la amaba. Estaba seguro de ello. La amaba como nunca podría amar a nadie más. Y Rosalie había encontrado su salvavidas. Un puerto seguro al que acudir.
¿Cómo podrían separarse ahora?
¿Cómo podría ella olvidarse del tacto de la piel de él y entregarse a los brazos de otro?
¿Cómo podrían olvidarse, si apenas habían comenzado?
La respuesta era única y rotunda.
No podían.
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N/a: En fin, no hay mal que por bien no venga. Eso dicen. Espero que les haya gustado. Pronto el nuevo chap Alice/Jasper.
PD: Hace unos meses comenté algo sobre un fic de humor que tenía pensado escribir. Pero bueno, la verdad es que tuve otro "ataque" de inspiración con algo más "dark" digamos. Vampiros/humanos. Guerras, sangre y lujuria en dosis industriales.
Pronto verán a qué me refiero. ¡Un besito!
