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CAPITULO 7. SORPRESAS.
Gates había sopesado todas las posibilidades. Todas. Desde la vuelta anticipada de su mejor detective y que todo quedase cómo estaba, pasando por admitir el traslado de un detective de otra comisaria para hacerse cargo del trabajo de Beckett, hasta dar mas responsabilidad a Javier Esposito y añadir un tercer miembro a su equipo.
Finalmente Gates optó por la última opción. Después de haber estudiado los informes del detective de Queens, había algo en ellos que no terminaba de convencerla. Gates era buena en eso. De hecho su experiencia en asuntos internos la precedía. La foto de ese detective… sus ojos… trasmitían algo que no le gustaba, no le parecía sincero, y no iba a permitir que sus chicos pasasen por el calvario de soportar a un sustituto que no le llegase ni a la suela de los zapatos a Katherine Beckett. No lo merecían, por muchos informes favorables que le llegasen.
Sabía que Esposito tenía mucho que aprender. Realmente el hispano era bueno, pero era muy descuidado en los informes y también se dejaba llevar más por su corazón más que por la razón, aunque ponerse siempre del lado de Beckett le había ayudado bastante a ser algo más racional y escéptico que su compañero Ryan.
Tampoco conseguía los resultados de Beckett en los interrogatorios, pero por otro lado, solía hacer caso a su instinto de soldado y las primeras impresiones que se formaba al interrogar a un sospechoso iban casi siempre bien encaminadas.
Era curioso que se hubiese decidido por Esposito después de haberle sancionado junto a Beckett por ocultarle información y actuar por su cuenta, pero, precisamente eso también le daba valor al detective. Se tomaba en serio su trabajo, quería atrapar culpables a toda costa.
Lo que ya no tenía tan claro es quién debería trabajar junto a ellos. Desde hacía un par de meses, un oficial especializado en sistemas informáticos, se estaba abriendo paso poco a poco en su comisaría. Era una mujer, joven y con ganas, Moira Campbell. Por el momento, la chica tan sólo había hecho trabajos de investigación y no estaba asignada a ningún equipo. Gates valoraba su trabajo, era muy rápida y eficaz cuando se trataba de investigaciones que requerían el manejo de cualquier tecnología y desde su incorporación a la doce, habían mejorado los tiempos en obtener datos, al no tener que recurrir a los técnicos que aunque eran igualmente eficaces, no entendían muchas de las necesidades de la policía.
Asignaría a Moira, sí. Lo tenía decidido. Tendría que promocionarla a detective y que pasase su periodo obligatorio de prácticas, mientras que a Esposito tendría que elevarle el grado, pasaría de detective de tercer grado a segundo grado. De momento, Gates no se atrevía a darle el rango de primer grado… quizá con el tiempo si mejoraba en sus defectos…
La capitana se quitó las gafas y las dejó sobre su escritorio, ordenando los informes que acababa de revisar. Miró su teléfono y por un momento dudó, pero finalmente lo cogió y marcó.
- Beckett – contestaron al otro lado.
- ¿Katherine? – preguntó Gates sonriendo – soy Victoria Gates.
- ¡Señor! – contestó la agente – ¡Vaya sorpresa!
- Señor es mi marido – contestó Gates – ya no soy tu superior y no es una llamada de trabajo, así que llámame Victoria por favor.
- Eso me resultará muy raro se… Victoria – se corrigió.
- Lo entiendo – aseguró la capitana – pero cuando decidiste marcharte, finalizó nuestra relación laboral y aunque reconozco que me lo pusiste difícil cuando me asignaron a la doce, te ganaste mi respeto y admiración, y me gustaría saber que tu nuevo trabajo cubre todas tus expectativas. ¿Es así?
- Tengo que reconocer que los medios de los que dispongo para resolver los casos – comenzó ella – son casi ilimitados. Pero también tengo que reconocer que por el momento, los casos que he llevado no me han convencido.
- Seguridad Nacional querida – dijo Victoria – política y dinero a partes iguales, secretos y mentiras.
- Exacto – confirmó Katherine manifestando su desacuerdo.
- Somos una gran nación – dijo la capitana – y para que lo sigamos siendo es necesario que los mejores veléis por nuestra seguridad, aunque sea manteniendo secretos y defendiendo posturas políticas.
- Esperaba poder ocuparme de delitos menos… políticos – aseguró ella.
- No me pareces muy conforme ¿quieres tu antiguo puesto? – le ofreció Victoria no perdiendo la oportunidad.
Katherine se echó a reír.
- No podría aunque quisiera – afirmó.
- Tienes contrato blindado – dijo Victoria – pensaba que lo sabías antes de tomar la decisión de marcharte.
- Bueno, ya llevo aquí más de un mes. Y supongo que llegaré a entender y aceptar la importancia de este trabajo… o eso espero – dijo resignada.
- Lo harás – replicó Victoria – al igual que lo hiciste al resolver tantos casos dejando el que de verdad te importaba a un lado.
- Supongo que lo haré – dijo ella suspirando – he renunciado a mi vida por este trabajo…
- Katherine, me ha alegrado mucho poder hablar contigo – le dijo.
- Y a mí señor…
- Victoria – corrigió.
- Victoria – repitió ella.
- No creo que pueda ayudarte en nada, pero… si crees que puedo hacerlo, jamás dudes en llamarme – se ofreció.
- Gracias – dijo ella sorprendida por la reacción de su antigua jefa.
- Tengo que colgar – informó Victoria – tengo un par de niños traviesos ganduleando en la sala de descansó – le dijo sonriendo.
Katherine sonrió ante la ocurrencia de la capitana. Sin duda se refería a los que habían sido sus mejores compañeros.
- No sea muy dura con ellos… son buenos chicos.
- Ya… - admitió – adiós Katherine, cuídate.
- Adiós y muchas gracias por llamarme…
Gates colgó con una leve sonrisa. Entendía la situación de su antigua detective, aunque también sabía que tarde o temprano comprendería la importancia de su nuevo trabajo, y aunque eso le alegraba por ella, pues se aprovecharía su gran potencial, por otro lado la noticia de que su trabajo no la llenase por completo le alegraba incluso más… ¿Cabría la posibilidad que ella volviese a su antiguo puesto? Se preguntó cuanto duraría su contrato obligatorio…
Gates volvió a sonreír. Esposito detective de segundo grado y Moira en prácticas, por el momento… y si Beckett decidía volver, tendría un bonito equipo de cuatro detectives.
Firmó los informes necesarios para ascender a su personal y se marchó a comer.
/../
Richard se despertó cubierto de sudor. Miró su reloj, eran las dos de la tarde. Demasiado calor y humedad para seguir durmiendo. Llevaba cinco días en aquel lugar y se había pasado las noches en la playa, emocionado con el gran despliegue que ante sus ojos, le mostraba la naturaleza al permitir que cientos de pequeñas tortuguitas emergieran por si solas de entre la arena de la playa y se abriesen camino hasta el agua.
Se levantó rápido de la cama y se encaminó hasta la ducha. Estaba sólo en la casa, Miguel y Leo apenas dormían, atareados en las labores del parque. Si se daba prisa, encontraría a Rox en su pequeña clínica-laboratorio, tomando medidas y evaluando los huevos que las tortugas verdes habían comenzado a depositar en la playa y que tanto ella como los voluntarios y personal del parque se encargaban de recuperar y poner a buen recaudo, a salvo de depredadores y del peor enemigo que podían tener: los furtivos. Cada año era lo mismo, una lucha constante contra los elementos, los depredadores naturales y los cazadores furtivos que expoliaban los nidos vendiendo los huevos como producto afrodisiaco y obteniendo varios miles de dólares por cada nido robado.
La tarde anterior, Richard había sido testigo de cómo los guardas forestales del parque habían atrapado a un muchacho de unos catorce años, que había llegado hasta la playa en una pequeña y maltrecha canoa. Le habían atrapado con noventa y cinco huevos. Sólo le había dado tiempo a localizar un nido. Las leyes locales estipulaban una multa de cien dólares por el primer huevo incautado, y sesenta por cada uno de los restantes… El muchacho se enfrentaba en total a una multa de casi seis mil dólares.
A Richard le sorprendió la entereza y su profunda y oscura mirada al verse atrapado. No podría pagar la multa y no diría quienes eran sus padres para no hacerles cargar con ese peso. Seguramente acabaría en cualquier internado del país y allí terminaría siendo un delincuente y no un chaval que robaba huevos de tortuga para sacar a su familia a flote.
Hablaría con Rox y Miguel para intentar hacer algo por el chico. Leo le había aconsejado que no se molestase. Si le soltaban sin denunciarle, volvería a intentarlo y quizás tuviese más suerte en la segunda ocasión. Leo le recordó que quizá uno de cada cien huevos llegaba a evolucionar hasta la edad adulta. Robar esos huevos era condenar a la extinción a una especie.
Richard tomó una taza y se sirvió aquel oscuro café al que se había acostumbrado y del que no sabría si podría sobrevivir. Sin duda ese lo había preparado Leo, casi podía masticarse. Salió de la casa de Miguel y se subió a la moto que este le dejaba para que se desplazase, poniendo rumbo al centro de coordinación y a la clínica de Rox.
- ¡Buenos días! – saludó al entrar.
- Hola Rick – contestó ella sonriéndole.
- ¿Qué estas haciendo? – preguntó curioso mirándola por encima del hombro y dándole un beso en la mejilla.
Rox le mostró una pequeña tortuga a la que estaba curando una de las aletas delanteras. En su carrera hasta el agua, había sido atrapada por una gaviota, que la soltó asustada por uno de los voluntarios. El pico de la gaviota le había hecho una herida que Rox cuidaría durante unos días y en cuanto estuviese lista, la soltaría junto a la primera nidada que eclosionase para que volviese a intentar su aventura de supervivencia.
La veterinaria dejó a la pequeña tortuga en el terrario individual y se giró hacia Richard.
- ¿Dispuesto a pasar calor Rick? – le preguntó quitándose la bata que utilizaba en su clínica.
- ¿Qué haremos hoy? – preguntó él.
- Prepara tu cámara – le dijo – hoy verás como preparan sus nidos las tortugas verdes.
- ¿Van a venir hoy más? – dijo él.
- Hoy vendrán muchas más – aseguró ella – los voluntarios que vigilan la costa han avisado que se acercan más de un centenar, hoy dejaremos los nidos para ocuparnos de las tortugas verdes que lleguen.
- ¿Vamos? – dijo él saliendo por la puerta.
- Espera Rick… - le gritó ella – ayúdame con todo esto.
La veterinaria le hizo cargar en la parte trasera de su pick-up varios recipientes plásticos de diferentes tamaños, material veterinario, un gran bidón con agua y una pequeña nevera que ella abrió enseñándole su contenido.
- ¿No habías pensado que hay que comer hoy? – le dijo riendo.
Richard se encogió de hombros sonriendo.
- La verdad es que estoy disfrutando tanto de esto, que no me doy cuenta de lo rápido que pasan las horas – le dijo abriendo la puerta del conductor para que ella entrase.
Se subió a su lado y la miró sonriendo. Se había dejado convencer por la veterinaria y por Miguel para quedarse más días allí, y no se estaba arrepintiendo en absoluto.
El trabajo de Rox le parecía fascinante. Se había pasado cinco años viendo cadáveres en una ciudad de cemento y cristal, aprendiendo de la necedad y el egoísmo humano. Y después de cinco días en la playa, luchando porque el mayor número de tortugas llegasen al agua, disfrutando del sol, el aire puro, la tranquilidad y los momentos compartidos junto a voluntarios y trabajadores que celebraban con aplausos cada nidada que llegaba al agua y obtenían como recompensa únicamente la satisfacción de sus propias risas, después de todo eso, descubría que la vida era increíble, que toda su existencia la había pasado sin apreciarla y sin valorar la magia de la naturaleza.
No necesitaba camisas caras, un Ferrari ni un loft en una privilegiada zona de Manhattan. No necesitaba fiestas ni amigos importantes. Cenar pescado recién capturado en la propia playa, acompañado de gente que valoraba su esfuerzo por no ser patoso y andar por la playa sin pisar huevos o tortugas, y que jamás había oído hablar de Richard Castle, porque sus conocimientos no pasaban por novelas policiacas absurdas, pero si por mirar el cielo y saber con exactitud cuando iba a levantarse la brisa, por subir a una palmera con presteza, abrir sabiamente un coco para evitar deshidratarse, por nadar bajo el agua con un palo afilado y emerger con un pez… gente que no derrochaba ni malgastaba recursos… personas a quien no les importaba el dinero, solo poder seguir viviendo como lo hacían… Quizá no necesitaba volver a Manhattan, quizá la vida le estaba diciendo que aprovechase y viviese de nuevo…
- ¿Me estas escuchando? – preguntó Rox riendo – Creo que estas a miles de kilómetros de aquí.
- ¿Cuándo decidiste quedarte aquí a vivir? – preguntó él.
- Nacer en San Diego y que tus padres trabajen en uno de los refugios de vida silvestre te marca – dijo ella – soy lo que soy por ellos. En cuanto acabé la carrera comencé a trabajar con ellos. Si lo unes a que en San Diego es fácil aprender español, y en la reserva comenzaron a hacer viajes de intercambio…
- ¿Hiciste un viaje de intercambio? – preguntó Richard curioso.
- Aprenden de nuestras leyes y como gestionar el parque y nosotros aprendemos de sus conocimientos ancestrales – afirmó – ellos comprenden a los animales.
- Y aquí puedes hacer más que en San Diego ¿verdad? – preguntó.
- Sí – afirmó ella – en la reserva nos preocupaba el bienestar de los animales y curarles cuando llegaban mal heridos, pero procurar que una especie no se extinga depende de muchos países, no sólo del nuestro.
- Así que, con tu español, tus conocimientos y tu experiencia…
- Me quedé aquí… -confesó.
- ¿Cuánto tiempo hace de eso? – preguntó.
- Casi diez años – dijo – aunque procuro pasar un par de meses al año en San Diego.
- ¿Echas de menos la ciudad? – preguntó.
- No, pero si a mis padres y mis sobrinos – aseguró –. Yo he nacido para esto Rick, vivía en San Diego, pero crecí en la reserva, entre pájaros y peces.
- Comprendo – dijo él asintiendo.
Richard volvió a quedarse en silencio.
- ¿Cuántos años tienes Rox? – preguntó al fin.
- Treinta y cinco – contestó – y si vas a decir que soy demasiado joven para hacerme cargo de esto, te diré…
- No – cortó él – en absoluto – le dijo pensando que Katherine y ella tenían la misma edad.
- ¿Y no hechas de menos tener una familia propia y no sólo tus sobrinos? – preguntó directo.
- Bueno… ya hice un intento y no funcionó – le dijo -. Nos conocíamos desde la universidad, cuando decidí quedarme aquí, él vino conmigo. Trabajamos juntos, pero siempre quiso volver a San Diego. Me divorcié hace seis años.
- Lo siento – dijo él.
- Yo no – afirmó – mi sitio está aquí. Mi vida está aquí y jamás renunciaré a esta vida por nadie.
Richard se quedó pensativo. Eso mismo había hecho Katherine, no renunciar a su vida por nadie. Y si lo pensaba fríamente, Meredith y Gina también habían elegido su trabajo antes que a él…
Intentó relajarse y hablar sobre cualquier tema. Pasaría el día junto a Rox, recorriendo las playas y supervisando los preparativos para el trabajo que comenzaría con el atardecer, que era el momento en el que las tortugas comenzaban a salir del agua evitando el exceso de calor, para depositar sus huevos. Rox era requerida en distintos lugares de la playa, cuando se detectaba algún animal herido o con marcas identificativas.
Las playas eran divididas en sectores y cada trabajador se ocupaba de una zona, tomando datos del animal y recuperando las puestas de todas las tortugas que llegasen hasta allí. Para ello, dejaban que la tortuga hiciese su nido y lo tapase y acto seguido y cuando el animal regresaba al mar, recuperaban los huevos, que eran recogidos por los trabajadores que patrullaban el lugar y llevados al enorme nido cerca de la clínica de Rox, donde eran depositados en cuadrantes marcados con el día de la puesta, número de huevos y los datos que se tomaban de la madre, tamaño, peso, edad aproximada...
Ambos bajaron del coche cuando uno de los voluntarios requirió su presencia por señas al pasar cerca.
- Mira eso Rick – le dijo Rox señalando una tortuga que se desplazaba despacio sobre la playa.
- Es una baula – dijo él entusiasmado que ya era capaz de distinguir esa especie de la tortuga verde al contemplar su aspecto.
- Es un ejemplar tardío – le dijo – vamos, te explicaré como lo hace, ve con cuidado que no nos vea hasta que haya empezado la puesta o volverá al mar sin hacerlo.
Richard la siguió. Cuando el animal llegó al punto que consideró oportuno, libre de la marea más alta, comenzó a realizar una especie de cama rotando su cuerpo para finalmente comenzar a cavar con sus aletas traseras.
- Ven – le dijo Rox – mira como lo hace… ve con cuidado, es raro que pare su puesta pero no conviene molestarla.
Ambos se arrodillaron detrás del animal que les ignoraba, y comenzaron a ver como la tortuga movía alternativamente sus aletas traseras, arrastrando la arena hasta hacer un hueco profundo.
- Mira – dijo Rox – esos primeros huevos de la puesta, son estériles ¿Ves? Son pequeños y redondos. Suelen poner entre treinta y cuarenta.
- ¿Por qué son estériles? – preguntó el escritor.
- Tienen una misión muy importante – dijo Rox – hacen de amortiguadores para el resto de la puesta, asegurando que los fértiles no se rompen. Esto sólo lo hace la tortuga Baula Rick.
El escritor no paraba de tomar fotografías.
- Mira Rick – le dijo Rox – esos huevos más alargados y grandes son los fértiles.
- ¿Cuántos pondrá? – preguntó él.
- Entre sesenta y setenta – le dijo ella que comenzó a tomar medidas del animal – ven, quiero enseñarte otra cosa, le dijo señalando la cabeza del animal.
- ¿Qué ocurre?
- Mira sus ojos – le dijo Rox.
- ¿Llora? – dijo él impresionado.
- Da esa impresión, pero no son lágrimas y no lo hace por dolor, lo hace para eliminar la sal del agua que ingiere al comer.
Cuando la tortuga acabó la puesta, volvió a mover sus aletas traseras arrastrando la arena sobre los huevos tapándolo e intentando disimular el lugar con balanceos de su cuerpo. Rox colocó una pequeña banderita sobre el nido y la siguió para continuar con la toma de datos. Richard continuó haciendo fotos hasta que el animal desapareció en el agua.
- ¿Qué te ha parecido? – preguntó Rox acercándose a él y cerrando su cuaderno
El escritor tenía una gran sonrisa de oreja a oreja y revisaba su cámara.
- Es impresionante – contestó él y ella comenzó a reír – gracias por dejar que lo viese.
- Es un placer – le dijo ella mirándole fijamente sin dejar de sonreírle.
- Gracias – dijo el escritor acercándose lo suficiente a sus labios y comenzando a besarla.
/../
Después de volver de Menphis, Katherine había ido directa a las oficinas del FBI para entregar los informes que había redactado durante el vuelo. Aaron intentó convencerla para que ella también se fuese a casa, habían llegado pasadas las seis de la tarde, pero ella no quiso.
- Hola hijita – dijo Amanda en cuanto la vio aparecer.
- Hola Amanda – contestó sonriéndola.
- ¿Todo bien en Memphis? – preguntó disculpándose por no haber podido encontrar un hotel con habitaciones libres.
- ¡Oh! Sí no te preocupes – le dijo – todo bien.
- Freedman ha dejado recado para que mañana fueses a primera hora a su despacho – le dijo – aún no se ha marchado.
- Gracias… iré ahora mismo.
Entró a su despacho y dejó la bolsa de su equipaje y el portátil, conectó este e imprimió los informes, firmándolos y entregándoselos a Amanda. Después se dirigió al despacho de su jefe.
- ¿Señor? – dijo llamando levemente con los nudillos – Me han dicho que quería verme.
- ¡Beckett!… pase – contestó señalándola una silla para que se sentase – se supone que no tenía que estar aquí hasta mañana.
- Si señor, pero he preferido venir a entregar mis informes – contestó ella.
- ¿Hollman? – preguntó extrañado - ¿También ha venido?
- No señor, ha ido a descansar.
- Usted también debería haberlo hecho – le dijo y ella asintió -. Bien… pues ya que está aquí… Le dijimos que sus tres primeros meses aquí, acompañaría a otros agentes en sus casos.
- Así es – afirmó ella.
- Pues bien…– dijo Freedman – a partir de mañana dejará de estar acompañada, ya ha demostrado su capacidad y necesito que esté disponible.
Ella le miró con cara de sorpresa. Se había habituado a la compañía de Aaron.
- Gracias señor – dijo alagada por la confianza que depositaba en ella.
- Seguridad Nacional requiere a Hollman lo antes posible – dijo – así que no podemos retenerle más tiempo, y usted ya esta lo suficientemente preparada como para ir sola a resolver cualquier caso.
- Sí señor – contestó ella sin saber qué decir.
- Ahora vaya a descansar de inmediato – le dijo – y la próxima vez deje los informes para el día siguiente.
- Sí señor.
Salió del despacho de Freedman algo enfadada. Aaron no le había dicho que iba a trabajar en Seguridad Nacional. Recogió sus cosas y después de despedirse de Amanda se fue a su casa.
Su pequeño apartamento no estaba muy lejos de la agencia. Lo había comprado por su cercanía al trabajo, por el momento no tenía intención de comprar un coche y prefería ir dando un pequeño paseo todos los días de su casa al trabajo y viceversa. Si seguía allí, ya pensaría en cambiar de barrio y comprar un coche.
Entró en su casa y deshizo su pequeña bolsa, afortunadamente aunque su apartamento no era muy grande, disponía de lavadora y secadora. Llevo toda la ropa y la puso en funcionamiento. Cogió su móvil y llamó a su compañero.
- Hollman – contestó él.
- Soy yo, Beckett – le dijo.
- ¿Ocurre algo?
- Freedman ha hablado conmigo – le dijo – me ha dicho que irás a Seguridad Nacional.
- Así es – confirmó él – me ofrecieron el puesto y…
- Gracias por informarme – le dijo ella algo molesta.
- ¿Tenía que hacerlo? – preguntó él.
- No, pero hubiese sido un detalle, soy tu compañera – le reprochó.
- Ya no estás en una comisaría de barrio, Katherine – le dijo – no dependes de ningún compañero, y ningún compañero depende de ti.
- ¿Cuándo te irás? – preguntó directa.
- Ha sido mi último caso en el FBI – le dijo – mañana me despediré de todos.
- Romperás el corazón de Amanda – le dijo.
- Prefería rompértelo a ti – contestó de inmediato riendo.
- Aaron...
Ambos hicieron un silencio. En el fondo ella sabía que se sentía atraída por su compañero, quizá por intentar olvidar a Castle, quizá no.
- ¿Dejarás Washington? – preguntó al fin ella.
- No – aseguró – y me verás más de lo que piensas.
- De momento nos veremos mañana – dijo ella intentando acabar la conversación.
- ¿Me dejas invitarte mañana a cenar como disculpa por no haberte informado? – se atrevió a preguntar.
- Aaron…
- Katherine… hemos cenado juntos otras veces – le dijo.
- Ya… no me lo recuerdes – dijo ella acordándose de cómo acabó unos días antes en Memphis.
- Prometo no besarte siempre que tú evites desnudarte delante de mí – le dijo.
- Eso será poco probable.
- ¿No podrás evitar desnudarte delante de mí? – preguntó divertido.
- No seas bobo – dijo riendo.
- ¿Aceptas cenar conmigo? – insistió.
- Está bien – aceptó ella – pero volveré a mi casa pronto, el sábado tengo que ir a comprar algunas cosas para mi casa.
Colgó sonriendo. Le molestaba saber que no podría contar con él en el futuro. Desde que había llegado al FBI era el único compañero con el que había simpatizado. Bien era cierto que apenas había tenido contacto con el resto, pero eran mayores que ella y la única mujer del equipo le había parecido una estirada que la había mirado con aire de superioridad cuando se la presentaron.
Mientras se duchaba volvió a pensar en Richard y en lo desafortunada que fue su última conversación. Debería devolverle la llamada. Quería a Richard. Es más, estaba segura que era al único hombre al que había amado de verdad. Recordó de nuevo el momento en el que él se arrodillo y como no supo acertar y darle una respuesta. Si pudiese volver a ese momento la situación sería muy diferente.
Se metió en la cama y se decidió a llamarle. Era la primera vez que él tenía el teléfono apagado. Marcó el fijo de su casa, pero nadie contestó. Lo volvió a intentar de nuevo al móvil con el mismo resultado y pensando que volvería a intentarlo al día siguiente, se quedó dormida con el teléfono en la mano.
Aaron fue a buscarla en cuanto llegó a la oficina para que le acompañase a tomar un café, y ella aceptó sonriendo mientras oía a Amanda decirle que le echaría mucho de menos.
Durante la mañana intentó ponerse en contacto con Richard en varias ocasiones con el mismo resultado. Móvil apagado y nadie contestaba en casa.
No pudo evitar la curiosidad y haciendo uso de sus ventajas como agente del FBI rastreó su móvil. Sus cejas se enarcaron al descubrir que el escritor estaba en la zona noreste de Costa Rica. ¿Le habría pasado algo a Alexis? Preocupada rastreó el móvil de la joven, descubriendo que el de ella estaba localizado en la zona opuesta del país. Buscó los movimientos de ambos teléfonos desde el día en el que Alexis se había ido de viaje, abriendo dos pantallas diferentes para compararlos.
Se había equivocado en la fecha y por la situación, Alexis había salido un día después de lo que ella pensaba. Sonrió al comprobar que el escritor había seguido a su hija desde el primer día. Se movía por el país de norte a sur y de este a oeste, coincidiendo con la chica cada dos o tres días… hasta esa semana… él no se había movido en la última semana y encendía su móvil únicamente unos minutos al día, por la noche muy tarde y al medio día… No pudo evitar su curiosidad y revisó las llamadas del escritor. Únicamente llamaba a su casa y a teléfonos locales. Había un teléfono local que se repetía y comprobó que se trataba del centro de estudios dónde estaba Alexis. Sin darse cuenta volvió a la pantalla en la que aparecía su situación y su boca se abrió sorprendida. Él había estado en el aeropuerto la tarde que ella se había marchado.
- Te recuerdo que has quedado a cenar conmigo – la interrumpió Aaron señalando la hora.
- Sí – dijo ella cerrando todas las pantallas y apagando el sistema – ya me marcho.
- Te acompañaré hasta la puerta para estar seguro – le dijo riendo.
- No me perdería por nada del mundo tu despedida de Amanda – dijo ella riendo.
Efectivamente la despedida de Amanda hacía su compañero fue exagerada y provocó las sonrisitas del resto cuando pudieron comprobar como a la mujer se le escaparon un par de lágrimas cuando Aaron se despidió finalmente de ella con un suave beso sobre sus labios. A Katherine le vino a la mente una escena de una película de 007.
Unas horas más tarde, ambos agentes disfrutaban de su postre. Aaron le contaba cómo se habían puesto en contacto con él para ofrecerle el puesto y como formaría parte de un grupo enlace entre el FBI y la NSA y posiblemente sus caminos se cruzarían en la resolución de casos.
- ¡Vamos! Acepta tomar un par de copas – le dijo Aaron.
- De verdad que no – dijo ella – mañana alquilaré un coche a primera hora e iré a hacer compras para mi casa – le dijo.
- ¿Y no puede esperar un poco?
- Te hará gracia pero no tengo ni vasos en casa – le dijo.
- ¿Y si me ofrezco para llevarte yo aceptarías? – preguntó sincero – No me mires así, te lo digo en serio. Además conozco un par de sitios interesantes…
- Criticarías los colores de mis toallas y mis sábanas – dijo ella riendo.
- No creo – contestó – pero tú seguro que sí criticarías las mías.
- Está bien – aceptó ella a la que no le apetecía ir sola de compras.
Después de varias copas e intercambio de risas al contar anécdotas de sus antiguos trabajos, decidieron dar por finalizada la noche. Estaban muy cerca del apartamento de ella y Aaron la acompañó paseando.
Cuando llegaron al portal y entre sonrisas, Aaron se acercó a ella acorralándola contra la puerta.
- Creo que deberías dejarme comprobar que colores de toalla deberías elegir mañana…
- Aaron…
- Dijiste que no querías comprometer tu trabajo – dijo él besándola en la mejilla – pero yo ya no soy tu compañero y estás deseando que te bese tanto como yo – le dijo acercándose sobre sus labios y besándola.
Katherine lo había sabido unos días antes. Si Aaron volvía a besarla no iba a ser capaz de pararlo, dio un paso atrás entrando al portal con él pegado a sus labios.
/../
Alexis bajó de la lancha rápida algo mareada pero entusiasmada por haber llegado hasta allí. Michelle le puso una mano sobre el hombro queriendo asegurarse que la pelirroja estaba bien. Ella asintió con una leve sonrisa.
Aún les quedaba una pequeña caminata hasta el centro de coordinación dónde deberían identificarse y les asignarían alojamiento y el programa de trabajo. La chica se colgó su bolsa al hombro y comenzó a caminar junto al resto del grupo.
Brian le dio una botella de agua y ella tomó un largo trago sonriéndole.
Alexis dejó la bolsa sobre la cama superior de una de las literas. Compartirían habitación con otras dos estudiantes.
- ¿Te encuentras bien? – preguntó Michelle mientras dejaba sus cosas en la cama inferior.
- Sí – contestó ella contenta – los barcos siempre me han producido mareo.
- Pues hemos elegido el lugar apropiado para que no pares de marearte – dijo su compañera refiriéndose a los canales y playas.
- ¡Chicas! – les dijo su profesora asomándose a la puerta – nos esperan en media hora.
- Ya casi estamos – contestó Michelle apremiando a Alexis para que pusiese ropa cómoda.
Salieron del centro y su profesora guio al grupo hasta la clínica laboratorio del parque.
- Nos pondremos a las órdenes del coordinador – les informó – Miguel nos asignará el trabajo y nos presentará a la veterinaria jefa, que os dará una pequeña charla de bienvenida.
Miguel les informó de las tareas que les había asignado y miró su reloj.
- Rox tiene que estar a punto de llegar – les dijo mirando a su alrededor - ¡Ah! Ya está aquí les dijo señalando una pareja que se hacían carantoñas junto a un todoterreno.
Alexis les miró entrecerrando los ojos. Aunque el hombre estaba de espaldas, había algo familiar en él.
- ¡Rox! – llamó Miguel.
La veterinaria miró al grupo mientras que su acompañante se giraba para comprobar quien la llamaba.
En ese instante los ojos de Richard se abrieron como platos.
- ¿Papá? – dijo Alexis.
- ¿Alexis? – balbuceó él.
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