VII. Dolor
Un latigazo, seco, firme, duro y doloroso. Me retuerzo en mi lecho entre las sábanas empapadas de sudor, lleva horas atormentándome pero el ejército de píldoras no parece lo suficiente fuerte esta vez para vencer al malvado que se esconde en mi pierna derecha. Es demasiado tarde o tal vez desmesuradamente pronto, no sé si es el Sol quien sale o la luna quien se esconde, por culpa del fuego que arde sin medida dentro de mi muslo. He tenido que recurrir a un remedio más drástico, pero la morfina está tardando en hacer efecto. Se aminora la agonía que estoy atravesando y recupero el ritmo normal de los latidos de mi musculo cardiaco y, mientras tanto, trato de recordar momentos más dolorosos que este para entretenerme y comprender que se pasa.
El abandono de Stacy, la agonía después de la operación, los baños de hielo en pleno invierno… tantas opciones para elegir… Pero me quedo con la primera vez que sentí algo similar a un desgarro en el pecho. Sus palabras herían como vidrios atravesando mi piel, la primera vez que confié de verdad y al despertar un trozo de mí quedaba medio muerto y dolorido al conocer toda la verdad. Mentiras, embustes, y más engaños que tenían el dulce sabor a la frambuesa de su boca.
A pesar de que era mediodía cuando salí de apartamento, el cielo continuaba encapotado y de un color grisáceo, que no auguraba nada bueno. No estaba seguro de la razón, pero sentía una gran fatiga en el pecho y las fuerzas me estaban abandonando. Busqué un banco cercano y decidí descansar. Nauseas, mareo, agudo dolor en el pecho, vista nublada, dificultad respiratoria, confusión… todo eso podía describir perfectamente como me sentía, y por lo que había aprendido sería sencillo diagnosticar un amago de infarto. Sin embargo el brazo derecho no me molestaba, y habían pasado unos minutos y todavía seguía vivo. ¿Qué me estaba pasando?
Al despertar esa mañana y ver la cama vacía me sentí engañado por miles de besos y centenares de caricias que habían sido tan sólo producto de un delirio transitorio. ¿Cómo pudo huir después de algo así? Ella había escapado, se había escondido, y tal vez, lo peor fuera que sabía que dentro de ella se arrepentía. No esperaba una reacción así por su parte. La noche anterior había sido la mejor de mi vida sin duda alguna. Y para Lisa tan sólo era algo que olvidar lo más rápido posible. No concebía que ella antepusiera a alguien, que aunque no conocía, estaba seguro que no podía haberle dado ni la mitad de lo que yo le entregué, porque yo me di como nunca, pero eso tampoco parecía importar. De nuevo mis pulmones se rendían y el aire se espesaba al entrar por mis vías respiratorias. Si pensaba en ella todo empeoraba.
Golpeé el banco de madera, tan fuerte que a los segundos los nudillos me comenzaron a sangrar. ¡Joder! Con esto pretendía distraer a mi cerebro del "otro" dolor, pero por lo que parecía, aunque me llenara el cuerpo de clavos ardiendo, cristales y alguien tirara de mi pellejo hasta arrancarlo por completo, el dolor que sentía por sus palabras, su preferencia por el otro, y su recién descubierto desprecio hacia mí, no iba a desaparecer.
De pronto, algo, un rayo de sol posiblemente, me respondió las dudas, ante algo que no estaba seguro de querer asumir. Tal vez el daño era porque me había implicado demasiado. Quizás ella me hubiera hecho caer en eso que los tontos infelices llamaban amor. Yo no estaba preparado para sentir algo así, y menos si ella iba a esconder en un cajón bien oculto todo lo ocurrido con un simple: "Hay un paleto de mi pueblo que me quiere y yo llegaré virgen al matrimonio." ¡Joder! Acto seguido le di una patada al banco con la punta de mi zapatilla. La rabia se iba uniendo, creciendo como la marea dentro de mi torrente sanguíneo, cada vez en mayor medida, a mis ya numerosos síntomas.
Como un borrón la culpable de la dolencia apareció ante mis ojos. No sé si por la velocidad a la que la vi salir de residencia o porque el sufrimiento y el frio empañaban mi vista. Parado, como si no hubiera nada más, sin tan siquiera intentar disimular que la estaba mirando mientras se acercaba, me quedé sobre mis pies sin aguantarme del todo en postura vertical. Ella tan sólo se había puesto unos vaqueros y cualquiera chaqueta que había encontrado, era encantador verla despeinada sin que le preocupara lo más mínimo. Odiaba que a pesar de todo fuera capaz de engatusarme con esos pequeños detalles sin ni siquiera darse cuenta.
Cuddy: Lo siento.- escuché cuando pasó ante mi, de camino a sentarse sobre el respaldo del banco.
House: Ya te he dicho que no tienes por qué disculparte. – respondí seco e indiferente.
Cuddy: Estás sangrando. – tomó mi mano inspeccionándola. Rebuscó en sus bolsillos y halló un paquete de pañuelos de papel con los que limpió de sangre las heridas. Deberías desinfectártelo.
House: Yo también estudio medicina. – dije apartando bruscamente mi mano, aunque al perder su calor me sintiera sin nada.
Cuddy: Puedes dejar de comportarte como si esto no te importara.
House: Es que realmente no me importa.
Cuddy: Claro, por eso nada más salir te has sentado en este banco, lo has golpeado y aún no te has marchado. Porque no te importo lo más mínimo. – afirmó con ironía. ¿Cómo sabía ella eso? Pareció leer el mi rostro, porque continuó hablando.- Te he observado desde mi ventana.
House: Parece que a ti sí te importa.
Cuddy: Sino no estaría aquí, helándome de frío con el resfriado que tengo, ¿No crees?
House: ¿Y que piensas hacer con él?- pregunté tras unos segundos.
Ella se levantó y se colocó frente a mí con las manos dentro de los bolsillos traseros de sus vaqueros. Se detuvo unos segundos mirando mi rostro con detenimiento y como la mona lisa sin una expresión en su rostro que revelara algo favorable para mí, esperé su sentencia. Libertad completa o cadena perpetua, todo estaba en sus manos.
Cuddy: No le voy a dejar.- agachó la cabeza mientras yo la levantaba, ambos huyendo de las agua marina del otro. - Pero no quiero renunciar a ti. Lo nuestro no sería una relación, tú lo has dicho: no te va eso. Podemos ser amigos…
House: ¿Con derecho a sexo?- insinué juguetón, ocultando mi molestia.
Cuddy: Podría ser… - susurro.
House: ¿Por qué piensas que voy a aceptar eso?
Cuddy: Porque es o eso o nada.
House: ¿Sabes como te llamaría cualquiera por aquí? p….- no me dio tiempo a terminar la frase porque giró sobre sus pies y anduvo decidida de nuevo hacia su residencia.
Tuve que acelerar el paso para alcanzarla y aún así estaba cerca de la puerta cuando conseguí detenerla y agarrar con fuerza su brazo. Mis dedos hacia presión sobre su bíceps haciendo que al fin ella se girara para que pudiera descubrir en su rostro una sonrisa maliciosa.
House: ¿Por qué no le dejas?- pregunté sincero.
Cuddy: Porque no puedo. – respondió igual. O eso o nada. – repitió esta vez mordiéndose el labio inferior.
No tuve tiempo para pensarlo porque mi propio instinto me condujo hasta su boca que ya echaba en falta la mía, junto al calor de sus labios que dieron asilo gustoso a los míos, y de nuevo a sus caricias que conseguían dibujar un mundo nuevo sobre mi piel. El inverno no existía para nosotros que hallábamos calor en el otro besándonos en medio de la nada sin otro propósito que dedicarnos todo el tiempo que necesitáramos para nosotros.
El dolor es así, intenso, agudo, penetrante… parece insoportable cuando lo padecemos. Pero una vez ha pasado de largo es inexistente, no recordamos con precisión las sensaciones que ha despertado en nuestro propio cuerpo, ni el caos que desata en nuestra mente. Puedes sentir en segundos la agonía mayor por el dolor físico, o un eterno desgaste interno por la desdicha interior. Pero una vez que aparece la vicodina que nos calma, ya no existe ni un solo resto de el dolor que nos amargaba, y la calma regresa a nosotros, deteniendo todos los síntomas del sufrimiento. La morfina surtía efecto y el dolor ya quedaba en otro lugar cuando mis parpados se cerraban despacio evocando bellos recuerdos.
