Bueh, ya estoy otra vez aquí. Antes de nada, me gustaría comentar con esta historia ¡he batido el récord de favoritos que tenía con mis otros fics! GRACIAS A TODOS POR HACERLO POSIBLE, se os quiere con cariño (L) Por cierto, el capítulo anterior tiene casi quince mil palabras, así que menos mal que se me ocurrió partirlo en dos, me habríais matado si lo hubierais leído todo seguido XD Y este capítulo es especial para mí, más abajo pondré por qué, espero que os guste.

Nos leemos abajo.


Capítulo seis: Tiempo

El tiempo. Ese reloj infinito que parece vigilarnos de cerca. Movimiento confuso al que estamos atados inevitablemente. Forma de cuantificar el pasado, vivir el presente y soñar con el futuro. El tiempo es, en definitiva, quien nos marca el camino. El tiempo nos envuelve, nos guía, nos despierta y nos adormece. El tiempo siempre ha sido así, invisible, intransigente y limitado. Pesado y lento en algunas ocasiones, difuso como un rápido parpadeo en otras. Relativo como sólo él puede llegar a serlo.

El tiempo es esa puerta por la que pasamos todos. Compartimos el mismo tiempo, los mismos instantes sin darnos cuenta. Minutos antes de desatarse el infierno, se podía ver en la fortaleza múltiples historias desarrollándose simultáneamente. Connie trataba de abrocharse el arnés ya que siempre le costaba enganchar el último broche, Sasha se reía de él bromeando desde su cama y contando los segundos que tardaba en ponerse el uniforme. Mikasa tomaba un té plácidamente en el comedor junto con Sarah Willson, novata que la admiraba desde que había conocido sus hazañas un año atrás, sin escuchar la discusión que se llevaba a cabo entre Eren y Rivaille dos pasillos más allá, de camino al campo de entrenamiento. («Maldita sea, Eren, tienes que descansar de vez en cuando.» «Descansando no se matan titanes.» «Estúpido mocoso arrogante.») El Capitán intentaba controlar a los novatos que solían esconderse en el techo de la fortaleza; Mikel Navette, cortar la hemorragia de su nariz, y Jean, calmar a una chica que había estado a punto de morir.

Mientras todo esto sucedía, Armin se mojaba la cara en los lavabos de la planta baja.

Seguía cansado, pero al menos el agua tibia le había despejado algo la cabeza. Parpadeó repetidamente sujetándose al mármol blanco hasta que sus nudillos se pusieron del mismo color. Respiró con lentitud, concentrándose en el aire que le llegaba a los pulmones, reteniéndolo un momento y expulsándolo por la boca lo más despacio que pudo. Tras cuatro repeticiones, pensando única y exclusivamente en ello, notó cómo su corazón había vuelto a adquirir una velocidad más o menos normal.

Se quitó las pocas gotas de su barbilla y suspiró. Armin no era un chico que solía gustarle el contacto humano, su abuelo lo había educado para tratar a las personas con calidez y cortesía, pero manteniendo un espacio imprescindible entre el cliente y él para conseguir una buena compra. Conocer a Eren y probar de primera mano esa cercanía que le había sido vedada durante años, había tenido mucho peso a la hora de desarrollar esos sentimientos por él. Al principio Armin se había sentido abrumado por la cantidad de gestos afectuosos que le daba a lo largo del día, pero él era tan cercano y cálido que se dio cuenta que no era nada malo. Se sentía querido cuando estaba con él y, aunque no era de la forma que le gustaría, adoraba sentirse así.

La clave de todo este asunto era que Armin siempre era quien recibía los abrazos, nunca los pedía ni, por supuesto, jamás los daba. Así que el tener un sueño tan vívido sobre acostarse en el regazo de Jean había sido tan abrumador que lo había dejado sin palabras. Y todo se había puesto peor cuando se encontró a sí mismo deseandoestar ahí, encima de él, dejándose acariciar y abrazar por Jean, durante al menos un momento. Quizá algún tiempo más.

Armin se restregó las manos por la cara con más fuerza. Había sido un sueño muy extraño, pero un sueño al fin y al cabo. Perteneciente a la fantasía y no a la realidad. De hecho, podía imaginar perfectamente la cara que pondría Jean si se dejara caer en su regazo y se durmiera encima de él. Sería una mezcla de sorpresa y horror, y luego habría salido corriendo de la habitación lo más rápido posible. No le miraría a la cara en meses.

Armin suspiró cerrando el grifo. Pero, al hacerlo, siguió escuchando el agua correr a sus espaldas. Y, a través del espejo, se fijó que había alguien en las duchas, oculto de su vista tras unos casilleros. Una espalda desnuda y mojada se apareció en su reflejo pero apartó la vista antes de que pudiera ver algo más.

Míralo.

Con las mejillas encendidas negó la cabeza contra sus propios deseos. Ya se había percatado de que estar enamorado de su mejor amigo no le impedía mirar al resto de chicos, pero aquello era demasiado. Armin no era ningún pervertido siempre había preferido esperar pacientemente a la salida de los vestuarios con una excusa cada día diferente mientras el resto se cambiaba. No le gustaba meterse en problemas y sabía que a muchos de sus compañeros les incomodaba estar desnudos en el mismo lugar que él. Aunque, para qué negarlo, aquel chico estaba muy bien, con esa espada ancha y esos músculos tan bien formados y esa piel morena y…

Un escalofrío helado le nació desde el estómago y lo paralizó en la posición. Piel lisa. Por completo. Después de años de entrenamiento, no tiene manchas ni heridas o cicatrices. Es un titán. ¡Sal de ahí ahora! Pero antes de correr hasta la salida que apenas estaba a dos pasos a su izquierda, el shifter salió de la ducha y se cruzó con Armin.

El corazón le dio un vuelco al ver quién era.

Se tantearon con la mirada. El azul cristalino del primero contra el azul grisáceo del segundo, demasiado parecidos y completamente distintos. No hacía falta ser muy listo para darse cuenta de que lo sabía y que no dudaría en matarlo a la mínima oportunidad que tuviera. En un movimiento instintivo y poco calculado, Armin se llevó las manos al costado buscando sus cuchillas. Y el chico sonrió.

—No creas que con eso me harás mucho —indicó Declan ajustándose la toalla en la cintura y yendo hacia su casillero en busca de ropa limpia—. Te he visto luchar y no vales mucho.

—Lo suficiente —dijo Armin con la voz temblorosa. Debía haber escuchado a Jean, tenía que haber confiado en él y no dejarse engañar por la humildad que transmitía Declan, tan alegre y servicial, bromeando con el resto de novatos durante la cena y quedándose el último para recoger los materiales del entrenamiento. Bueno, ahora sabes por qué lo hacía.

—Oh, lo dudo mucho. —Se puso los pantalones con parsimonia, demasiado seguro de sí mismo—. Apenas podrás hacerme un pequeño corte y bueno, supongo que sabes qué pasará después.

Armin tuvo que darle la razón. Si la sangre manaba de su cuerpo, no dudaría en convertirse y su tamaño haría que el techo se cayera encima de Armin, quedando él casi ileso. En vez de eso, corrió hasta la salida y trató de abrirla para dar el grito de alarma. Pero se quedó congelado cuando vio que la puerta había desaparecido de repente. Sólo había una pared llena de azulejos de un blanco impoluto, como el resto del baño.

—¿Vas a algún sitio? —preguntó Declan quitándose una pequeña pelusa de la camiseta.

Es imposible.

Armin tocó aquella pared y buscó desesperadamente la salida, pero sólo consiguió que la cerámica helada le devolviera el saludo.

—¿Cómo…?

—Es sencillo. Tanto como hacerle creer a un viejo que soy su nieto. —Comenzó a ponerse el equipo tridimensional ajustando todos y cada uno de los pasadores con una lentitud pasmosa—. O engañar a tu amigo para hacerle creer que ya nos habíamos conocido.

No puede haber nada. Abriste la puerta hace unos minutos para entrar.

—Eren también puede hacerlo. Ya sabes, utilizar su mente para controlar a las personas o a los titanes, qué lástima que yo no pueda enseñarle más, habría sido un muy buen… Ah, ¿cómo lo llamáis vosotros? Shifter —continuó Declan poniéndose las botas y ajustándose las puntas.

Tiene que haber una puerta. Un tirador. Algo.

—En fin, ¿cómo quieres morir? ¿Saltando de un edificio, desangrado en el baño, ahogado, ahorcado…? Venga, te dejo elegir. Puedo tener mucha imaginación para hacer que parezca un suicidio.

Armin sitió el miedo galopando desde su estómago. Declan se estaba acercando a él, podía escuchar sus pasos cada vez más cercanos, era como un tic-tac de un reloj que contaba sus últimos segundos. Sin embargo, él seguía buscando desesperadamente la puerta que debía estar escondida tras la infranqueable pared.

No. Declan crea falsos recuerdos, con eso consiguió engañar al Mayor Tanner y a Jean. Esto sólo está en tu cabeza. La puerta la tienes ahí, aunque no la veas. Justo frente a ti. Agarra la manija, está a la altura de tu cadera, a tu izquierda. Puedes hacerlo. Abre la puerta. Ábrela. Sal. YA.

A pesar del miedo, Armin cerró los ojos e imaginó la puerta tal y como había visto al entrar, aunque su cerebro le dijera que ahí no había nada. De unos dos metros, madera de roble, sin adornos, con un reluciente picaporte de color grisáceo. Levantó la mano y quiso creer que podía sentir el frío metal. Lo giró como había hecho tantas veces y empujó.

Al segundo siguiente, ya estaba fuera.

Armin corrió hasta el campo de entrenamiento, en el centro de la fortaleza, donde los soldados comenzaban a calentar para ejecutar los ejercicios de la tarde, Sistemas y maniobras individuales. Mientras corría, dio la voz de alarma gritando el nombre de Declan y ordenando a todos los que pasaban por ahí para ir al entrenamiento de la tarde que se prepararan para luchar.

—¡Es un shifter! —gritó señalando al chico que había ido tras él para detenerlo—. ¡Yo lo he visto, es un shifter!

Afortunadamente, Armin se había ganado una gran reputación a la hora de identificar titanes, así que nadie dudó de su palabra. Se prepararon para el ataque como pudieron, unos muertos de miedo y otros con una glacial determinación. Rodearon a Declan y empezaron a cerrar el círculo antes de que pudiera convertirse.

—¡ARMIN! —gritó Eren corriendo en su dirección.

Volvió la vista un segundo, no fue mucho más que eso. Sin embargo, cuando cruzó sus ojos con los de Eren, se dio cuenta de que no debía haber apartado la mirada. Al instante, sintió los brazos de Declan rodeándole, estrechándolo contra él en un abrazo mortal que le dejó sin respiración.

—Que nadie se mueva, o lo mato aquí mismo —siseó revisándolo todo a su alrededor. Su advertencia había funcionado, nadie movía un músculo, ni siquiera Eren ya que Rivaille lo tenía bien sujeto para que no hiciera ningún movimiento estúpido.

—¡Suéltale, maldito bastardo! —gritó Eren intentando quitarse al Sargento de encima.

Declan necesitó ser lo más rápido que pudo. Se puso el dedo pulgar en la boca y lo mordió con fuerza hasta sentir la sangre en sus labios. Un rugido de dolor salió de su garganta a medio transformar, pero a pesar del estado de semiinconsciencia en el que se refugiaba cada vez que su piel cambiaba y convulsionaba hasta ser cien veces más grande, pudo conseguir aferrar a Armin con su mano gigante. Él era su única garantía de salida.

Armin intentó escapar, trató de coger sus cuchillas y cortar su muñeca para escapar de aquel agarre asfixiante y aterrador, pero no consiguió cogerlas a tiempo. No podía respirar, el último aliento que alcanzó a inhalar fue insoportablemente caliente y le hizo toser. Al momento, el agarre se hizo más estrecho y opresivo. Abrió la boca para coger aire nuevamente, pero no pudo. Estaba atrapado y carecía de fuerzas para salir de ahí.

Jean llegó en el instante en que el titán de dieciocho metros se alzaba en la mitad del campo de entrenamiento. Con el estómago encogido de terror observó cómo los pocos veteranos que trataban acercarse a él con sus equipos, eran espantados como moscas y acababan arrojados hacia las paredes más cercanas. Pero nada fue peor que ver una cabellera rubia que conocía demasiado bien en la mano de aquel shifter que escapaba saltando por la pared de la fortaleza y huía campo a través.

Miedo, pánico, rabia, frustración, pánico de nuevo. Jean ya no sabía lo que sentir, ni sabía lo que hacer. Armin había desaparecido ante sus ojos y él no había podido evitarlo. Culpabilidad. Esa emoción fue abriéndose paso en su interior. Las rodillas le flaquearon un momento cuando por su mente pasó la imagen de Marco con el rostro destrozado, pero al instante se puso de pie. No podía caer en la desesperación, no cuando Armin lo necesitaba. No iba a perder a las dos personas que más le habían importado. Lo juraba por su vida.

Sin embargo, a pesar de su determinación, no era idiota. Había hecho falta sólo un momento para ver que el shifter era muy rápido, mucho más que Annie. Un simple humano con un caballo, o incluso con un equipo tridimensional, no lo podría alcanzar ni en un millón de años. Necesitaba algo más. Alguien más.

Jean corrió hasta Eren que parecía estar en shock. En su cabeza revivía la muerte de su madre y estaba tan paralizado que no podía ni hablar, y ni siquiera Rivaille conseguía despertarle ni con gritos, ni con golpes. Jean no se anduvo con rodeos, le pegó un puñetazo en la mandíbula ayudándose de la rabia que sentía al ver desaparecer a Armin ante sus ojos y consiguió hacerle reaccionar. Pero no se molestó en gritarle que había sido un imbécil por dejar que ocurriera, eso ya lo haría después cuando Armin estuviera a salvo y pudieran pensar en temas tan banales como de quién había sido la culpa de lo ocurrido. En ese momento, tenía algo mucho más importante de lo que ocuparse.

—Vamos a por él —ordenó con la voz trémula de la rabia y miedo—. ¡Ahora Jaeger!

—Dijo… que lo mataría… si nos acercábamos —comentó Eren parpadeando las lágrimas de dolor.

—¡Lo matará igualmente! —Jean lo cogió de las solapas de la camiseta y lo zarandeó para que volviera en sí. Cada segundo Armin se alejaba de él un poco más y en su corazón aparecía una nueva fisura—. ¡Transfórmate, joder! ¡Eres el único que puede ayudarle!

A Eren no le costó decidirse. La indecisión momentánea había desaparecido por completo, ahora sólo sentía una cólera profunda. Odio. Puro odio espeso como el alquitrán y profundo como la misma tierra. Era puro fuego que le ardía desde dentro. Cada músculo, cada hueso, cada gota de sangre de su cuerpo gritaba el nombre de Armin con una ferocidad abrasadora. «Nunca más. Nadie más.» Se llevó la mano a la boca y no pensó nada más que en Armin mientras su cuerpo sufría la metamorfosis a la que ya debía estar acostumbrado. Pero no lo estaba.

Cuando Jean vio a Eren transformado, enganchó su equipo a la piel de su brazo y se agarró a él. No vio las tres figuras que se unieron a ellos, primero Mikasa, luego Sasha y por último Connie; ni sintió el tirón que sufrió sus brazos cuando Eren salió corriendo detrás del titán que se había llevado a su mejor amigo. Lo único que le interesaba era volver a Armin lo antes posible. Riendo cuando Jean le susurraba al oído, sermoneándole sobre las peleas estúpidas mientras le curaba las heridas con cuidado, sonriendo cuando el primer rayo de sol le acariciaba la cara tras días de lluvia intensa. Vivo y a salvo.

«Ya voy a por ti, Armin —pensó buscando la poca estabilidad que le daba los cables enganchados en el cuerpo de Eren—, así que no te atrevas a morirte, ni se te ocurra. ¡No te mueras, maldita sea!»

A medio kilómetro, dirección norte, Armin trataba mantenerse consciente como podía. El abrazo era asfixiante, el calor que transmitía la piel le hacía sudar a mares pero el peor problema era respirar. Cuando tenía once años había jugado con Eren a ver quién podía aguantar la respiración durante más tiempo, pero aquello no era nada comparado con lo que estaba viviendo. No había imaginado que podía doler tanto dejar de respirar, mucho más que el fuerte agarre de Declan que ni siquiera lo dejaba moverse. Tenía la garganta seca y le dolían las sienes, los latidos de su corazón eran fuertes pero arrítmicos y su cerebro parecía que fuera a explotar de un momento a otro, el pitido de sus oídos así se lo advertía. Aprovechaba las pocas veces que Declan amoldaba su mano mientras corría, para inhalar un poco más de ese aire caliente y aguantar unos pocos segundos más despierto. Tenía que seguir con los ojos abiertos porque en cualquier momento querría deshacerse de él y tendría que defenderse como pudiera.

Vio el campo volverse borroso y el verde de la hierba confundirse con el amarillo del cielo. Amarillo y rojo y negro. El agarre se hizo más estrecho, a lo mejor Declan había olvidado de que él estaba ahí ya que ni siquiera lo miraba, pero sabía que era una esperanza bastante pobre. Escuchó un crack y poco después lo sintió en su pecho. Un hueso roto, quizá dos. En ese momento abrió los ojos de nuevo sin poder recordar cuándo los había cerrado.

Hubo un momento en que pudo inhalar oxígeno tres veces seguidas temiendo que sus pulmones fueran perforados por las costillas rotas, pero no pudo seguir el hilo de sus pensamientos porque nuevo Declan cerró su mano y ya no pudo pensar en nada más. Creyó ver un pueblo de fantasmas a lo lejos, luego se desvaneció entre volutas de humo. El pitido de sus oídos se hizo más intenso y luego más débil, y aún más después de unos segundos. Escuchaba crujidos insistentes, aullidos lejanos y voces altisonantes en su cabeza. Y el último pensamiento racional que tuvo fue desesperado.

«No quiero morir aquí».

Pero todo cambió de repente. El movimiento repetitivo de la larga carrera se interrumpió cuando fue lanzado hacia un lado de cualquier forma. Un nuevo crujido, otro hueso roto. Sin embargo, su urgente necesidad de respirar se impuso sobre cualquier otra cosa. Dio varias bocanadas de aire afanosas, tosió y volvió a intentarlo. Su piel temblaba, sentía calambres en cada una de las articulaciones de su cuerpo y lágrimas de miedo surcaban por sus mejillas. Vio sangre en el suelo y se tocó la cabeza para descubrir que tenía una nueva brecha, algo más grande que la anterior. Entonces escuchó el terrible rugido y vio dos masas de carne y músculo luchando a su derecha.

No comprendía lo que ocurría. Estaba mareado y seguía viendo espejismos porque, poco después, vio a una copia de sí mismo acercándose y tocándole la herida de la cabeza. Auch. El nuevo Armin abrió y cerró los labios repetidamente, pronunciando palabras que no alcanzó a comprender porque cada vez se sentía más débil por la pérdida masiva de sangre. Por fortuna, su clon se la vendó con telas roídas y manos expertas, y después dijo algo más que él siguió sin entender. La cabeza comenzaba a darle vueltas y la sensación de mareo se fue haciendo paulatinamente más intensa. El chico frente a él se giró de repente y gritó algo antes de salir corriendo.

Y después, vino el silencio. Tan claro y definido como una hoja meciéndose en el aire hasta caer al suelo. El cuerpo del titán hervía como si estuviera dorándose al sol y Declan había desaparecido entre el follaje, tambaleándose por lo débil que le había dejado la pelea. Sentía que la somnolencia estaba ganando la batalla, pero no podía quedarse dormido, ese sería su fin. Tenía que levantarse e ir hacia la fortaleza donde podrían curarlo apropiadamente, pero seguía sin poder moverse. Estaba tan agotado que ya el esfuerzo de seguir respirando se le hizo cuesta arriba. Trató de levantarse una vez más. No pudo.

Entonces escuchó las pisadas.

Eran tan fuertes que parecían venir del núcleo de la tierra así que, durante un momento, pensó que era Declan que se había vuelto a convertir y volvía por él. Obligó a sus manos temblorosas a coger al menos una de las cuchillas y el desmedido esfuerzo lo dejó más exhausto de lo que estaba, pero lo consiguió. Las pisadas se pararon. Escuchó gritos cada vez más agudos y entonces alguien le tocó la cara y el cuello con unos dedos muy fríos, y luego lo cogió cuidadosamente en brazos. Armin abrió los ojos y sonrió cuando se encontró con la mirada castaña y enrojecida de Jean. Suspiró aliviado.

—¿Armin? —escuchó que le decía. Él apenas pudo parpadear—. Joder, joder, joder. Armin…

Oyó gritos y preguntas a su alrededor, pero él sólo tenía ojos para Jean. Buscó alguna pista que le indicara de que estaba herido; no encontró alguna, estaba bien sólo parecía muy alterado. Se sintió más aliviado y confuso que nunca, pero protegido y a salvo. Jean lo llevó con pasos rápidos hasta lo que parecía una montaña coronada de pelo oscuro y lo subió a la cima gracias a su equipo tridimensional. El dolor de cabeza se hizo más intenso con el movimiento y le restó sus últimas fuerzas.

—Estarás bien, te lo prometo —dijo Jean estrechándolo contra él cuidadosamente.

Armin farfulló algo que no consiguió comprender ni él mismo y se abandonó finalmente a la fatiga y al sueño. Sabía que ya no había nada que temer, estaba con Jean y él no… dejaría que… Jean no haría…

Jean…

(…)

Jean no se apartó de su lado en ningún momento. Podía entrever al enfermero ir y venir con trapos teñidos de carmesí y pomadas de olor penetrante, pero su vista estaba fija en la figura menuda y malherida que se encontraba en la cama. El resto de la enfermaría estaban los pocos que habían tenido la valentía (locura) necesaria para enfrentarse a Declan cuando se se transformó. Fuera, los soldados se habían puesto en acción, la mayor prioridad era encontrarlo cuanto antes, así que se estaban preparando para una búsqueda exhaustiva. No iban a dejar que un titán anduviese por las murallas como le viniera en gana. El rey había entrado en razón y había firmado el Decreto Cero. Nadie entraría o saldría de las ciudades durante cinco días y los turnos en la muralla Rose se doblarían para mayor seguridad. Aquello seguramente podría crear una revolución así que debían ser rápidos para atrapar a Declan.

La mano en su hombro lo sobresaltó y se puso de pie de inmediato cuando vio que era Eren con una cara de genuina preocupación.

—Creía que estabas durmiendo —dijo Jean apartándose de su contacto. Eren se había desmayado en cuanto hubo salido del titán. Normalmente duraba dos transformaciones al menos antes de perder el sentido, pero aquella vez el cansancio y el sueño acumulado habían hecho mella en su salud.

—¿Cómo está? —preguntó mirando hacia la cama.

—No lo sé… —Trató de decirlo sin que su voz se quebrara, sin mucho éxito—. Sólo duerme. No sé si está inconsciente o… o yo qué sé.

—Se pondrá bien —aseguró Eren con los dientes apretados—. Va a ponerse bien. Armin es muy fuerte.

—El enfermero ha dicho… que ha perdido mucha sangre y… —Jean cerró los ojos y se tiró del pelo de la nuca para mantenerse sereno, pero había estado muchas horas en la misma posición, haciéndose las mismas preguntas y reprendiéndose una y otra vez que ahora debía estallar como fuera—. Y yo le dicho que cogiera la mía, pero él ha hablado algo de los tipos de sangre y que era muy peligroso y yo… ¡yo no he podido hacer nada por él, joder!

—Jean —de nuevo la mano en su hombro le hizo saltar. Eren lo miró con una seriedad impropia de él—, se va a poner bien.

—Lo sé, lo sé —dijo pasando sus manos por la cara—. Pero es difícil mantener la calma cuando está así.

Eren asintió mirando de nuevo su cabeza cubierta con un turbante bien prieto y su cara golpeada. Parecía que se iba a romper en cualquier momento. Tuvo que apartar la mirada porque si no, acabaría tirando y destrozando todos los objetos de la habitación.

—¿Se sabe de dónde salió? —preguntó Eren señalando los trozos de tela que Armin llevaba en la cabeza y que había impedido una hemorragia más significativa.

—No, ni idea. Supongo se aplicaría él mismo los primeros auxilios, no me extrañaría lo más mínimo.

—A mí tampoco —rio Eren de acuerdo con él—. ¿Y al final vienes a la expedición?

—No, he podido convencer a Hanji —admitió Jean. Y no mintió, siempre que "convencer" significara amenazar a la mujer contando minuciosamente cómo tenía pensado destrozar a Declan con sus propias manos antes de que ella pudiera hacer sus experimentos en él. Hanji se había puesto lívida y poco después, Rivaille le había dado la orden de quedarse en la fortaleza con el resto de novatos—. Prefiero estar con Armin.

—A mí también me gustaría quedarme —aseguró Eren asintiendo lentamente para que las cervicales volvieran a su lugar—. Pero seré más útil en la expedición. Además, tengo ganas de atrapar a ese cabrón.

—Rómpele los dientes de mi parte —pidió él con una media sonrisa.

—Lo haré —aseguró Eren apretando su hombro por tercera vez—. Voy a ver si Mikasa necesita ayuda. Avísame si se despierta.

Jean asintió intentando recordar el momento en que la chica salió de la enfermería cuando había estado al lado de Eren prácticamente todo el tiempo, pero no pudo. Debía haber estado tan ensimismado mirando a Armin que no se había percatado de nada más durante horas.

Se tocó el hombro preguntándose desde cuándo Eren era tan afectivo con él. Quizá eso significaba que habían enterrado el hacha que llevaban portando desde hacía más de cuatro años o quizá todo fueran imaginaciones suyas. Armin le habría aclarado de esa duda. Armin le habría felicitado por conseguir la amistad de Eren después de tanto tiempo intentándolo. «Yo no estaba tratando de ser su amigo, Armin». «Sí, eso decías siempre».

Jean gruñó y negó con la cabeza varias veces. Sólo tenía que esperar un poco más a que Armin despertara y se riera de él con falso disimulo.

Pero "un poco más" se convirtió en toda la tarde. El equipo de expedición se marchó al atardecer con apenas diez veteranos y Armin aún no había despertado. Las estrellas empezaron a aparecer en el cielo y Armin seguía durmiendo. El estómago de Jean rugió por hambre y sus músculos empezaron a temblar al estar tanto tiempo en la misma posición, pero Armin no le pidió que fuera a cenar y a dormir. No despertaba. No lo hacía. Y Jean comenzaba a sudar frío ante la perspectiva de no verlo más.

«No te voy a mentir —le había dicho el enfermero—, con su tamaño y la cantidad de sangre que ha perdido, es probable que…»

«No. No va a morir. Armin no va a morir».

—¿Verdad que no? —susurró acercándose más a él. La luna llena había empezado a menguar, pero todavía podía ver sus rasgos—. Me lo prometiste, dijiste que nadie iba a morir, así que no te mueras. No me hagas eso. No me hagas lo mismo que Marco, no puedo pasar por todo otra vez. No te mueras, Armin. Tú me conoces, no soy tan fuerte. Hazlo por mí, ¿vale? No voy a poder seguir adelante si te mueres. No… te… mueras…

Pero Armin no pudo contestar. Se había quedado ahí, pálido como la primera nevada de enero, respirando lenta y plácidamente.

Desesperado, Jean salió a paso rápido de la enfermería. Estuvo escondido en su habitación pasándose las manos por la cara cada vez que notaba que le brotaba una nueva lágrima. Recorrió los cuatro pasos de su cuarto más veces de las que pudo contar y se obligó a tranquilizarse aunque tuviera que golpearse para conseguirlo. No iba a presentarse como un crío llorica cuando Armin se despertara. Porque iba a despertar, dijera el enfermero lo que dijera. ¿Él qué sabía? No tenía ni idea lo fuerte que podía ser su compañero. No sabía por lo que habían pasado juntos, planeando estrategias, luchando codo con codo, dibujando los Sistemas, riendo a altas horas de la madrugada, reconfortándose el uno al otro cuando perdían a alguien más. Armin no podía morir después de todo lo que había vivido, apenas había salido de las murallas, no había visto el mundo exterior y tampoco había conocido las maravillas que tanto hablaba. Ni siquiera había visto ese lejano mar azul que, en los sueños de Jean, era del mismo color que sus ojos.

—Armin estará bien —se recordó cogiendo el pomo de la puerta y apretándolo con fuerza—. No le ocurrirá nada.

Sin embargo, aún no se sentía preparado para volver. Le paralizaba imaginar volver a la enfermería y encontrarse su cama vacía y que el enfermero le diera el pésame. «Al menos murió sin dolor». Y Jean querría replicar que eso era una gran mierda, que la muerte siempre dolía. Pero no pronunciaría ni una maldita palabra porque el mundo se le habría caído encima por segunda vez en un año. Primero, Marco. Después, Armin. Y, un poco más tarde, él.

Pero no era momento para imaginar posibles escenarios. Intentando sentirse más seguro, fue a la cama de Armin y cogió el libro que había estado leyendo toda la semana y avanzó con grandes zancadas a la enfermería de la planta baja.

Se obligó a dejar de temblar cuando vio que Armin seguía en la misma posición que cuando lo había dejado. «Está bien, está bien».

—Hola, Armin —le saludó sentándose de nuevo en la silla que tenía justo al lado de la cama—. He salido un momento a traerte un regalo. Mira: "Los tres mosqueteros". ¿No es este el libro que estabas leyendo? Parece ser un pelmazo. Tendrás que despertar para contarme la historia y así yo fingiré que no te oigo. Pero en realidad siempre te escucho, Armin. Siempre.

Jean dejó el libro a un lado y miró por la ventaba. Empezaba a clarear. En verano las noches duraban mucho menos, pero aquella se le había hecho especialmente larga.

—Me dijiste que te gustaban los amaneceres —comentó al ver los primeros rayos de sol filtrándose por la ventana—. Supongo que sé por qué. Un nuevo día, una nueva esperanza, una nueva razón para seguir viviendo. Sueños que encontrar y por los que luchar, ¿no es así?

Jean esperó. Nada, ni un murmullo. Intentó no frustrarse por no conseguir respuesta, si seguía hablando la encontraría seguro. Sólo tenía que seguir intentándolo.

—A mí me gustan los atardeceres —añadió Jean en voz baja—. No te voy a aburrir hablándote de cromatismos entre colores cálidos y fríos, sé que te ríes de mí cada vez que te comento algo así. Bueno, no, no te ríes, eres demasiado educado para hacerlo… —Se quedó callado perdido en su propia angustia—. Realmente me gustan los atardeceres —repitió clavando el codo en la rodilla y apoyando el mentón en su puño—. Dan paso a una noche sin titanes y sin preocupaciones. Si quisiéramos, podríamos salir a ese mundo que tanto deseas ver y no pasaría nada. Podemos ir los dos cuando te despiertes, tenemos que coger dos caballos rápidos y… seguro que ambos podríamos despistar a los inútiles de las Tropas Estacionarias. Pero tendrías que despertar, porque no puedo llevarte dormido. Así que despierta de una vez, joder, despierta ya.

Esa vez sí lo escuchó. Un gemido. Muy suave y ahogado, pero era la primera señal de vida que había tenido en, al menos, dieciocho horas.

—¿Armin? —preguntó levantándose de golpe. Parecía que le habían dado una patada a su corazón y ahora latía a toda velocidad.

—…si.

—¿Qué dices?

—Eres un cursi —gimió Armin con una sonrisa abriendo los ojos lentamente.

Jean reprimió la necesidad acuciante de besarlo hasta hacerle perder la consciencia de nuevo.

—Y tú un gilipollas —bromeó cerrando los ojos para que no viera las lágrimas que estaban a punto de salir—. ¿A quién se le ocurre estar inconsciente durante todo el día?

—Sólo a mí —bromeó con otro gemido de dolor—. ¿Qué… pasó? ¿Estamos en… la enfermería?

A Jean se le hizo un nudo en la garganta. Había podido evitar ese asunto durante todo el día porque había estado más preocupado por Armin que por aquella estupidez, pero ahora el recuerdo volvía a él como una avalancha de remordimientos y culpabilidad.

—¿Qué es lo que recuerdas? —preguntó para no andarse con más rodeos.

—Pues… Creo que estaba en el baño… ¡Ah, Declan es el titán!

—Sí. Te llevó con él —comentó temblando de rabia.

—Eso también me acuerdo. Hacía mucho calor y no podía respirar. Después… creo que me soltó de repente. Y luchó con Eren, ¿no?

—No, cuando nosotros llegamos ya estabas en el suelo y Declan había desaparecido. ¿Aparte de eso, qué más recuerdas? —insistió Jean.

—Pues… a ti. Salvándome. —Armin levantarse y quiso agradecérselo de alguna forma, pero no pudo moverse de la cama. Le dolía todo el cuerpo y todavía le ardía la garganta y los pulmones. Su cabeza latía de dolor con cada parpadeo—. Gracias, Jean. Me has salvado la vida.

—Tú hiciste lo mismo por mí —comentó sin darle ninguna importancia. Ambos sabían que Jean iría tras su búsqueda las veces que hiciera falta. Y que él también haría lo mismo—. ¿Nada más?

Armin suspiró intentando hacer memoria, pero aquel era un esfuerzo que le costaba una energía que no tenía.

—Pues que me subiste a… ¿Eren? —Jean asintió cada vez más nervioso—, y luego te dije algo. No recuerdo qué fue.

—Me dijiste que al final la princesa ibas a ser tú. —A pesar de su agitación, Jean pudo sonreír—. Ya sabes, por lo de ser salvado y eso.

—¿Sí? No recuerdo nada más —admitió Armin intentando acomodarse en su cama para mirar a Jean mejor—. ¿Hubo algo más? ¿Hice alguna tontería?

«No. Te dije que aguantaras y luego te besé. Después te supliqué que no me dejaras y te besé dos veces más. Y te agradecí que siguieras vivo, que siguieras conmigo, que no te hubieras ido a un lugar donde no puedo alcanzarte. Pude besarte una docena de veces antes de que nadie me descubriera, ¿sabes? Y quiero volver a hacerlo aquí mismo, en este instante, besarte de nuevo y comprobar por mí mismo que tus labios no son tan fríos como ayer y que no tienen sabor a miedo y a sangre».

—No —dijo Jean con la voz algo ronca—. No, no hubo nada más.

Armin pudo aguantar unos pocos minutos más antes de caer rendido de nuevo. El enfermero le había dicho que necesitaba descansar mucho para recuperarse, así que Jean no se preocupó. Al menos, no demasiado.

Fue a las cocinas a paso rápido, pasó hacia los almacenes adjuntos y, entre los víveres, encontró la botella de whisky que había escondido para ocasiones como aquella. Era perfecto, justo lo que necesitaba para que desapareciera de su mente todos lo sucedido el día anterior.

—¿No es un poco temprano para beber? —preguntó Lisa detrás de él. En sus manos llevaba una taza de café recién hecho con dos gotas de leche de cabra. Las marcas en su cuello eran más oscuras y empeoraban cada hora que pasaba.

—No he dormido, así que para mí sigue siendo de noche. —Jean le mostró la botella en vez de preguntarle si seguía doliéndole la herida y de pedirle perdón por haberla dejado en el suelo antes de salir corriendo hacia el campo de entrenamiento—. ¿Un trago a cambio de tu silencio?

—Hace varios años que no bebo. —Pero a pesar de todo le quitó el whisky y sirvió dos vasos grandes—. Lo echaba de menos.

—¿El qué, beber? —preguntó Jean cogiendo su vaso y vaciándolo de un trago.

—Eso también —aceptó ella.

Jean no tenía ganas de conversación, así que dejó de hacer preguntas y se sentó en el suelo sirviéndose un nuevo vaso de whisky. Ella lo acompañó en silencio, intercalando el sabor del alcohol con el de café. Y él agradeció ese mutismo. Sólo quería beber para olvidar las últimas horas. Volver atrás en el tiempo y haber matado a Declan cuando había tenido la oportunidad para que Armin estuviera a salvo. Además, muy en el fondo, quería no haber descubierto nunca que besarlo había sido la mayor locura que había cometido nunca, una gran estupidez y un riesgo a un mayor. No pensaba cometer de nuevo ese error.

Pero que, por encima de todo, deseaba volver a hacerlo.


¿Os acordáis que os dije al principio del fic que iba a tener sólo tres capítulos? Pues esta es la escena que había pensado para finalizarlo, Jean junto a la cama de Armin y ocultándole el hecho de que lo había besando, pensando ingenuamente que lo hacía por su propio bien. Claro que iban a pasar varias cosas al mismo momento, (cosas que me estoy guardando muajajaja), y que darían al fic un tinte de drama, pero bueno, sigo escribiendo así que he cambiado un poco (bastante) los sucesos que están a punto de ocurrir. Gracias de nuevo por seguir leyendo, gracias por seguir apoyándome, gracias por los reviews, of cours XD

Duckisses,

KJ*