Capítulo 37 – Lo que pasa en la Tierra…
El auditorio de la Universidad que apenas hacia unos instantes había resonado con la alegría y la dicha de las más animadas canciones y los más calurosos aplausos, se encontraba sumido ahora en el más sepulcral y tenso de los silencios.
Sobre el escenario, donde momentos atrás, los bronis de la Universidad habían brillado mostrando a todos la Magia de la Amistad que en sus corazones ardía, ahora había siete sillas plegables que los asaltantes armados habían sacado para amarrar a ellas a sus víctimas.
Siete sillas, siete bronis atados.
Minutos atrás, cuando todo el mundo comenzó a huir aterrado por los disparos en el auditorio, sabiendo que venían por él, Álvarez había encargado a David y a Alfonso el cuidado del resto de los chicos, pidiéndole que los escoltara por la salida de emergencia trasera.
Así lo hicieron. Los miembros del musical, músicos, coristas y asistentes fueron saliendo mientras, el joven director del musical permanecía sabiendo que si el no intentaba escapar los demás estarían a salvo. O eso pensó.
Sus seis amigas se quedaron ahí, de pie en el escenario junto a él, como valientes soldados guardando el terreno. No se moverían. No huirían. Por defender a su amigo podrían dar su vida y aunque él les insistió, ninguna decidió escapar.
Y prestaron pelea. Cuando el desalmado líder del trio encapuchado había descendido hacia la tarima con su revolver en mano, las seis chicas habían formado un circulo en torno a Mails, a quien venían buscando los malhechores.
―Por favor, niñas. No me hagan esto más difícil, sería una lástima que me obligaran a matarlas el día de su gran estreno ―dijo con descaro el hombre calvo encañonando a una decidida Alicia que se negaba a moverse y exponer a Natanael al poder de aquel delincuente.
Preocupado por sus amigas, Mails salió del circulo y se entregó, pensando que con eso las dejarían ir a ellas.
―Temo que el momento de salir ha terminado. Empezado el espectáculo, nadie puede entrar ni salir del teatro ―fue la respuesta del barbado líder, y en ese momento sus dos cómplices enmascarados procedieron a atar a los siete chicos colocándoles las manos amarradas tras el respaldo de las sillas y, como medida de seguridad, a bloquear la salida trasera con tantos cacharros y pesados muebles como encontraron tras el escenario.
―Y bien, Mails, ¿podrías cuando menos decirnos cómo fue que hiciste enojar tanto a los Anónimos como para que vinieran a buscarte autorizando el uso de fuerza letal? ―indagó Moni en voz baja, reconociendo las pálidas y sonrientes mascaras que los agresores usaban. La habían colocado junto al chico quien del otro lado tenía a una angustiada Dulce.
―Ellos piensan que yo sé el secreto de cómo llegar a Equestria ―fue la respuesta del joven. No apartaba su vista de los invasores y sus armas que en ese momento se encontraban ocupados conectado un ordenador portátil al proyector del auditorio.
―¿Llegar a Equestria? ¿Te refieres a…? ―añadió confundida Dulce.
―Exacto. Al Mundo Poni. ―aclaró imperturbable Mails, como un profesor que da clases ―estos Anónimos están tras el secreto para romper las limitaciones físicas de esta dimensión y trasportarse corpóreamente al mundo de My Little Pony.
―Mails… ―suspiró Moni desesperada. ―Tu sabes que te quiero mucho, pero no puedes esperar que crea lo que me estás diciendo.
―¿Por qué no?
―¡Porque es una locura! ¿Estás diciéndome que un trio de pistoleros nos mataran hoy porque quieren ir a Equestria a saludar a Twilight Sparkle? ―la normalmente silenciosa y fría Moni estaba por alzar la voz al grado de gritar.
―Pero es cierto ―la interrumpió Diana que no paraba de mover sus manos atadas, inquieta ―son los mismos franceses sonrientes que nos encontramos anoche. Ellos robaron el secreto de la máquina de dimensiones y Mails lo arrojó en el fuego.
―¡¿Mails?! ―los ojos de Moni centelleaban al voltear a mirar de nuevo a su amigo.
―¿Qué fuego? ―inquirió Dulce.
―El fuego que le prendieron al edificio para destruir toda la evidencia en Ciudad Capital. Mails y yo pasamos toda la noche allá y volvimos apenas hoy temprano. ―añadió Diana sacudiendo los hombros como acomodándose en su asiento.
―¡¿MAILS?! ―los dientes de Moni casi rechinaban de lo enfurecida que estaba.
―Hey, no es así… bueno, si lo fue. Pero estábamos allá exclusivamente en una misión importante ―desviando por primera vez la vista hacia la chica, el joven broni se apresuró a explicar.
―¡Ah, menos mal! Temí que se hubieran en un viaje romántico ―estalló sarcástica Moni ―¡Incendiaste un edificio y robaste información clasificada! ¿Aun debo sorprenderme de que nos tomaran rehenes?
La respuesta tardó en llegar. Natanael bajó su mirada, serio y afligido y al volverla a levantar, la luz de uno de los reflectores iluminó su rostro, traspasando sus anteojos, pegando de lleno sus ojos oscuros, aclarándolos, haciéndolos parecer dorados.
―No quise involucrarlas… solo que no podía permitir que ese conocimiento callera en malas manos.
El rostro de Moni se suavizó entonces. Nunca había visto a su amigo con semejante decisión y resolución. Lo quería por su carácter amable y humor alegre, lo había compadecido por su corazón frágil y noble, lo apreciaba por su inteligencia y lealtad, pero en aquel momento había comenzado a admirarlo por su valor y determinación.
―¡Conexión segura establecida! ―anunció el anónimo operando la computadora.
El proyector se activó y mostró ocho ventanas en las que ocho siluetas oscuras observaban con frialdad. Una de ellas habló, y por su acento, denotaba que debía de ser de otro país y tener otro idioma por lenguaje materno.
―Agente Bromo, finalmente tenemos noticias de usted que no que necesitemos encubrir de los medios. ¿Su reporte?
El líder se colocó frente a la proyección, sabiendo que la webcam podría captarlo desde ahí y que sus superiores escucharían su reporte interesados. Se aclaró la garganta y se paró muy derecho como un pavorreal que esponja su plumaje.
―Hace poco más de un año, el miembro de nuestra organización conocido como Doctor Moria salió de nuestras filas con todo su sequito con la esperanza de aniquilar la Plaga Broni que se extendía por toda la red. El doctor estaba convencido de que había descubierto, en un foro olvidado de Internet, el secreto para trasportarse a otros mundos. Lamentablemente, hace ya casi seis meses, todos los integrantes de este "Equipo de Contingencia Anti-Broni" fueron declarados perdidos en acción y ningún rastro de su paradero ha sido encontrado.
»Mi búsqueda, y la de mi equipo, se ha concentrado desde entonces en recuperar el valioso conocimiento que Moria pudiera haber descubierto. Lamentablemente, todo rastro del doctor resulto sumamente evasivo hasta hace poco…
―Hasta que nuestros satélites le proveyeron de la ubicación exacta donde Doctor Moria construyó su supuesto artefacto dimensional… ―la segunda silueta tenía una voz maquinal, fría y electrónica, como salida de una computadora.
―Exacto. Desgraciadamente, la información así como el aparato, se perdieron anoche en un siniestro fuera de control… ―reportó el Agente Bromo dirigiendo una mirada de desprecio a Mails.
―¿Y entonces que pretende reportarnos? ―una tercera silueta habló. Su dominio del lenguaje no era tan malo como el del primero, pero debía ser un hablante nativo del hemisferio opuesto de la Tierra. ― ¿Acaso secuestró el auditorio de una Universidad, forzándonos a bloquear la transmisión del evento, esperando que la inepta y deficiente policía de ese país no caiga sobre usted en unos segundos, solo para informarnos de su fracaso?
El barbado hombre se echó hacia atrás sorprendido de saber cuan bien informados estaban sus superiores de todos sus movimientos. Volteo a ver a su secuaz técnico, quien no supo responderle.
―No puede esconderse de nosotros, Bromo, así se refugie detrás de siete proxys ―la cuarta silueta parecía pertenecer a una mujer de voz dura y acento áspero.
―Somos anónimos, somos legión, no perdonamos, no olvidamos. Espérenos ―recitaron a coro los ocho.
―Sé que costará el despliegue de muchos de nuestros mejores elementos para mantener esto fuera del conocimiento del público, pero les aseguro que valdrá la pena. Aun en contra de todos los pronósticos, he tenido éxito en mi misión… ―atajó entonces Bromo apuntando con arma hacia los bronis maniatados.
―¿Qué hará, sacrificara a esos chicos en una ceremonia para abrir un portal hacia el mundo de los ponis de colores? ―se rio la quinta silueta. Siseaba de manera extraña y su micrófono amplificaba dicho efecto. ―Su misión, como usted la llama, jamás fue un objetivo real de los Anónimos. Esperábamos que lograra descubrir el paradero de Moria ya que era un científico brillante y un elemento valioso a nuestra organización. A diferencia de usted, que solo comparte con el Doctor esta locura por los viajes dimensionales y los secretos que no existen.
―Pero… ¿no lo ven? ¡Es real! ―desesperando, Bromo sujetó a Mails de los cabellos y apoyó el cañón de su pistola sobre la sien del chico ―todo está en la mente de este freak. Solo debemos…
―Lo que usted debe hacer, Agente Bromo, es idear una ruta de escape propia. A partir de este momento, los Anónimos le retiramos nuestro apoyo. No le encubriremos más. ―la sexta silueta parecía un joven educado aunque en su voz parecía disfrutar ser cruel con el acorralado hombre ―Su expediente, así como el del Doctor Moria se dan por cerrados a partir de ahora…
―Y en cuanto a aquel foro de donde dice usted haber sacado la información ―la voz de la séptima silueta era la de un anciano, severa y grave ―nos encargaremos de que todo registro de su existencia sea borrado de la memoria colectiva de Internet. No quedará vestigio de su existencia y los servidores que lo contuvieron serán hechos baldíos de manera que página alguna podrá ser almacenada ahí en décadas. Así nadie más será afectado por esa locura que le aqueja.
―¡No! ―espetó el hombre desgarrándose la calva con las manos ―¡No pueden, no ahora!
―El consejo ha tomado una decisión. Hasta nunca, Agente Bromo. Que tenga suerte, la policía estará ahí en dos punto cuatro minutos. ―la octava voz sonaba distorsionada, estridente, confusa e indistinguible. No parecía humana.
Las ventanas se cerraron y el proyector ya no mostró imagen alguna. Bromo miró al suelo respirando agitadamente. Se sentía vulnerable, se sentía expuesto, como si de nuevo fuera responsable de todos los abusos y crímenes que había cometido, ya que los Anónimos le habían retirado su protección.
―Se-señor… ¿qué hacemos ahora? ―atemorizado, el pistolero que no operaba la computadora se acercó a él.
―Seguiremos con el plan… así no nos apoye el consejo… sacaremos provecho a nuestro botín y esos idiotas se arrepentirán de habernos desechado como…
Pero se quedó mudo. Al mirar hacia atrás, la mueca barbada del hombre se desfiguró en un gesto de horror y furia indescriptible.
Sobre el escenario, siete sillas vacías y siete cuerdas sueltas descansaban en silencio donde siete bronis solían estar atados.
―¿Que increíble Diana, cómo pudiste desatarte sola? ―corriendo a toda prisa detrás del escenario, Mails y las chicas decidieron que sería más seguro tratar de salir por las trampillas que llevaban al techo, siendo que la puerta trasera estaba bloqueada por toda clase de objetos.
―No fue nada, tan solo eran nudos dobles. Un par de gemelitos que suelo cuidar me atan mucho más fuerte que eso ―sonrió la chica cuyo cabello aun lucía un rosa chicle después de la función.
―Escuchen. ―Les alertó Sarah en la retaguardia del grupo. ―Ya vienen. Adelántense ustedes, Amanda y yo les bloquearemos el paso.
―Pero chicas… ―Las miró el joven Álvarez preocupado.
―Está bien, Mails. ―Respondió la mirada la chica asiática, alta y delgada, su vestido de Twilight la hacía lucir como una princesa de cuento. ―estaremos bien. No sabría de qué otra forma agradecerte lo que hiciste por mí.
Sarah le aplicó un beso en la mejilla. Sin esperar más y con gesto de enfado, Moni lo obligó a seguir corriendo tirando de la mano del chico.
Llegaron a las escaleras de servicio muy pronto, mientras Sarah y Amanda derribaban una pesada pila de butacas almacenadas tras bambalinas creando una pesada barrera, justo cuando uno de los exanónimos intentaba apresarlas. Las bancas cayeron sobre el hombre dejándolo momentáneamente fuera de combate.
Su compañero, rodeo por el otro flanco, llegando a la puerta de la escalera y al abrirla, fue recibido con un doloroso golpe. Moni se había escondido tras la puerta y al entrar el pistolero, ella pateo la puerta forzándolo a retroceder. Lo próximo que el maleante vería, sería el respaldo de una silla plegable que Dulce le aplicaría con fuerza sobre la cara para dejarlo inconsciente.
―Cuiden bien de Mails… por favor… ―susurró Moni para sí, y escuchándola, Dulce pensó que el joven se encontraba ya en las mejores manos.
Diana, Alicia y Mails llegaron al pasillo superior del auditorio. Angosto, colgante y hecho de madera, la estructura tenía como objetivo sostener a quienes controlaban las luces del escenario. Del otro lado del pasillo, se abría al aire frio de la noche la única ruta de escape de los chicos, al final de una escalerilla de mano.
Alicia titubeo un instante, al ver la altura de la que colgaba el pasillo.
―No me digas que le temes a las alturas ―le sonrió Mails, confortándola al poner su mano en el hombro de la chica.
Ella le devolvió la mirada y una sonrisa tímida apareció entre sus labios pintados de rojo. Recordando la rosa que descansaba quita y resguardada en los dobleces de su vestido, Alicia cobró valor, y con un valor digno de Rainbow Dash, cruzó primero el pasillo colgante sin ningún problema.
―Vamos chicos, estamos casi afuera ―les animó ella desde el otro lado.
Pero una puerta se abrió de golpe a su lado y con enfado, un brazo apartó a la pequeña y rubia Alicia de su camino.
Bromo había llegado y con su pistola en ristre apuntaba a Diana y a Mails del otro lado del escenario.
―No te equivoques, broni, si crees que no dispararé por temor a matarte que no mataré a tu amiga a sangre fría, no tienes ni idea. No hay a donde huir de mí, así te escondas en el fin del mundo…―su socarrón sentido del humor había desaparecido y en su lugar, su rostro se había llenado de arrugas de angustia y lo hacía parecer mucho más viejo que antes.
Mails se quedó pensando un instante, dándose cuenta cuan estrechas eran sus opciones. Si se tratase solo de él, se arriesgaría sin dudar a enfrentar cara a cara Bromo en aquel vacilante puente de madera, pero el miedo a que sus amigas sufrieran más por su causa lo mantenía paralizado e inseguro.
Pero no necesitó deliberar más. Un codazo en el estómago, una patada sobre la rótula de la rodilla y un manotazo bajo la quijada obligaron al calvo pistolero a retroceder cayendo de espaldas, de vuelta tras la puerta en que había aparecido.
Boquiabierto, Álvarez contemplo la silueta pequeña y sonriente de Alicia que, después de hacer gala de una técnica bien pulida de artes marciales, había neutralizado a su oponente.
―Pero… ¿cómo?... ¿Dónde? ―le dijo el chico una vez que él y Diana cruzaron en pasillo.
―¿Qué cosa? ¿Eso? ―respondió Alicia. El empujón que el hombre le había dado por sorpresa le había dejado una leve marca en el rostro ―no es nada. Tomé clases de Tae Kwon Do desde que era muy chica. Uno debe saber defenderse.
―Eres toda una Rainbow ―aplaudió Diana contenta.
Pero la alegría les duró poco. Un más enfadado y desesperado Bromo se ponía ya de pie tallándose el golpe de la cara. Alicia no perdió tiempo y cerrando la puerta le echó el cerrojo y se apoyó sobre ella para evitar que se abriera.
―Pronto, la escalera… ―les dijo ella.
Natanael la miró con pesar. No quería dejarla. Le pesaba dejar a cada uno de sus amigas, de verlas en peligro por ayudarlo. No creía merecer todo eso, pero no era tiempo para demoras. Diana apresuró a su amigo, y ambos bronis subieron pronto al techo y el viento helado de la noche en la Universidad que les revolvía el cabello les obligó a cubrirse la cara.
Era un espacio muy amplio sin más a la vista que las luces de la ciudad a la distancia y algunos árboles muy altos del campus que lograban destacar sus copas por sobre los edificios de la institución. Arriba, el cielo limpio salpicado de estrellas observaba en silencio.
―¿Y ahora qué? ―se preguntó Mails, no sabiendo si aquella era de verdad una ruta de escape o un callejón sin salida.
Diana contemplo un momento alrededor, como escuchando, muy cerca de borde de espaldas al chico. Al darse la vuelta, sus ojos brillantes seguían llenos de esa energía de siempre, pero al hablarle a Mails parecía resuelta y decidida…
―Ya es hora… ―le dijo.
Mientras, Bromo había resuelto el problema de su encierro. Después de dispararle con su revolver al cerrojo, aprovechó su pesado cuerpo para empujar la puerta, derribando a Alicia. Se vio libre y se dispuso a correr tras sus presas, no sin antes sujetar por el cuello a la chica rubia que había caído al suelo y apuntarle con el frio cañón de su pistola.
Ambos intercambiaron miradas desafiantes pero ninguno se amilanó en ningún momento, hasta que la chica rubia habló, no en su conocida vocecita tímida, sino en una retadora y desafiante voz de mujer adulta:
―¿No se te hace tarde para llegar a la cárcel…?
El hombre la soltó, dejándola en el suelo y subió a todo correr por la escalerilla de mano con la mente abrumada por todo lo que había pasado aquella noche. Sin duda, lo que más le había impresionado había sido la mirada de Alicia, que jamás titubeo, y su valor que jamás mermó aun con un arma apuntándole a la cara, como si su temple fuera incapaz de doblegarse, aun encarando la muerte misma.
Sin duda, pensó, los bronis son algo fuera de este mundo.
Por su parte, a Alicia se quedó temblado y al sacar la mano de su bolsillo se dio cuenta de que le sangraba: había apretado tan fuerte el tallo de su rosa que se había encajado las espinas.
―¿De qué hablas, Diana? ¿Es hora de qué? ―el viento rugía cada vez más en el techo y Nat se preocupó de ver a su amiga tan cerca del borde.
―De volver, desde luego, tontito ―sonrió ella. El cabello esponjado se le movía sobre la cara, batido por el viento. ―Ya hemos hecho lo que vinimos a hacer aquí, y las chicas podrían notar nuestra ausencia en cualquier momento…
Ella le extendió la mano y Mails la tomó esperando jalarla hacia el centro del techo, fuera del peligro, pero fue ella quien lo jaló, y el chico sintió vértigo de ver tan cerca una caída de más de tres pisos de altura.
La quijada de Álvarez tembló, de frio y de temor, cuando al mirar de nuevo a Diana, sus ojos se hallaban cerrados en un gesto tan característico en ella que de alguna manera le infundió valor al broni.
―No tengas miedo ―le dijo ella ―terminara todo en un segundo. Antes de darte cuenta, estaremos todos comiendo muffins de chocolate y chispas. Anda, yo invito…
La respiración del chico se agitó y no pudo pronunciar palabra alguna. ¿De qué estaba hablando ella? ¿Lo trataba de convencer de saltar? La mente del chico estaba tan entumida como sus manos que, heladas temblaban nerviosamente en las manos de Diana que con toda calma las sujetaba.
Sus pies estaban justo sobre el borde y de moverse un centímetro más caerían a su muerte sin remedio…
Entonces, al abrir sus ojos y al reconocer el miedo y la confusión en la cara de Mails, la chica pronunció estas simples palabras que causaron una revolución en el cerebro de él:
―Muy alto o muy profundo… ¿Qué acaso ya lo olvidaste, Burns?
El corazón le dio un vuelco, y sus ojos velados por gafas se abrieron mucho. Estaba pensando tantas cosas en un momento tan corto y quería decir y preguntar tantas cosas que simplemente no pudo decidirse por cual.
Pero ella no lo dejó. El tiempo se les había acabado una vez más y, de nuevo, tendría que darle un pequeño empujón. Álvarez atinó a decir una sola palabra, antes de que la chica lo silenciara acercándose a él y dándole un delicado y dulce beso en los labios:
―…¿Pinkie…?
Una cegadora luz los envolvió obligando al chico a cerrar los ojos y la sensación de caída libre se prolongó indefinidamente. A Mails, le pareció que, al tiempo que desaparecía del mundo y abandonaba su nombre, esta vez, para siempre, escuchaba una alegre voz diciéndole:
―Pero no olvides… lo que pasa en la Tierra…
¡BUM!
El sonido de un disparo rasgó el aire de la noche, pero Bromo no pudo asegurar si pudo dar en el blanco. Una deslumbrante luz le impidió apuntar en el último segundo cuando pensó que tenía a ambos chicos, de pie en el techo, justo en la mira y estaba determinado a poner un alto a su carrera de escape.
Cuando abrió los ojos, escuchó una voz que, a través de un megáfono le ordenaba.
―Baje el arma y salga con las manos donde podamos verlas…
Tanto la voz, como esa intensa luz que lo cegó provenían de un helicóptero de la policía local que, alertado por un denunciante, había arribado justo a tiempo para poner bajo arresto a un trio de delincuentes derrotados y rescatar a cinco rehenes que ya estaban en libertad.
La noticia fue muy sonada en los periódicos. La policía se adjudicó el rescate, pero quienes tuvieron contacto directo con el acontecimiento aseguraron que antes de entrar los oficiales en el edificio, cuatro de las chicas ya habían salido ilesas.
Muchos rumores raros corrieron también, como aquellos que dijeron que habían escuchado al líder del grupo de secuestradores vociferar como un demente al ser subido a la patrulla que estaba seguro que los chicos solo habían logrado escapar porque encontraron la manera de transportarse a Otro Mundo.
Algunos otros prestaron declaración a la policía de que vieron claramente a dos chicos caer del techo del auditorio. El perímetro se registró a conciencia pero no se encontró ni a los jóvenes ni sus cuerpos, así que se descartó esa posibilidad, aunque, un grupo de chicas miraron con sospecha cuando su compañera Dulce, buscando entre los arbustos junto al edificio, rescató un par de gafas de armazón redondeado. Ella no quiso hacer comentario alguno al respecto.
Lo que si podía ser dado por cierto, es que la Universidad no volvería a ser jamás la misma. Después de aquella noche, un aire distinto se respiraba en el campus, un aire de aceptación, amistad y tolerancia. Los bronis no se ocultaban más, ni negaban su afición por My Little Pony. Estudiantes andaban por los edificios y jardines cantando las canciones de la serie y usan playeras y otras prendas estampadas con imágenes de sus personajes.
No había más burlas, no había más inseguridad, no había más miedo ni más discriminación.
Y quienes más habían cambiado, eran los bronis, quienes habían decidido organizar reuniones periódicas para planear nuevos eventos, salidas o simplemente para convivir y platicar juntos:
Sarah no dejó de asistir a ninguna y llegó a ser presidenta del club de fans de M Pequeño Poni de la ciudad. Moni estuvo presente en varias de ellas hasta que acabó la carrera y se mudó a otra ciudad. Dulce participo mucho con sus bronis y empezó un negocio de venta de prendas originales y distribución de productos oficiales de la serie, mientras que Amanda se dedicó a hacer y lucir sus mejores disfraces en cada reunión, disfrazándose no solo de Applejack sino de otros personajes de la serie.
Finalmente, el mundo había cambiado completamente para Alicia. En sus nuevas amigas había encontrado el valor para confiar en sí misma, superar sus miedos y mostrarle a los demás cuan capaz era. Caminaba por el campus sonriendo, escuchando y cantando canciones de MLP y a veces, de vez en cuando, cuando por casualidad pasaba por aquel salón en el segundo piso, se asomaba esperando ver sentado frente al escritorio a un chico de lentes tras una computadora portátil…
No dejó de ser ella, de ser reservada y tranquila pero descubrió que tenía lo necesario para ser decidida y emprendedora y el cambió se hizo notar a su alrededor de inmediato.
Y cuando las cosas se ponían difíciles, cuando su inseguridad se esforzaba por vencerla de nuevo y sentía una vez más esos deseos de esconderse dentro de sí misma y huir, sacaba su celular, encendía la pantalla y la fotografía de la rosa que había puesto como fondo le devolvía el ánimo y el valor perdido.
Y si le preguntáramos a ella, nos diría que en los días más oscuros, la rosa parecía irradiar una peculiar luz de seis hermosos colores que no parecían de este mundo.
"Querida Princesa Celestia:
Disculpa la demora de esta carta. Te he enviado un panqué para compensarlo, pero si no lo recibes con la carta es porque talvez no pudo transportase por el fuego de Spike y tuve que comerlo a tu salud.
Estuve fuera un tiempo, pero te aseguro que lo que aprendí sobre amistad en mi ausencia compensa mucho lo largo del viaje. ¿Sabías que aun en los rincones más lejanos, aun donde la magia es un cuento de hadas y nadie cree más en los amigos verdaderos, la Amistad aun es Magia?
En este tiempo, he visto un mundo transformarse gracias a la música del amor y la amistad sinceras, he visto lazos de amistad crecer y florecer en corazones solitarios y duros, y a quienes, siendo tímidos e inseguros, se volvieron valientes y decididos al grado de poner su vida por salvar a sus amigos. Y, al final de cuentas, ¿no es eso la amistad verdadera? Aun en un mundo sin magia, el apoyo incondicional de quienes de verdad te quieren puede obrar milagros delante de nuestros ojos.
¿Y sabes qué? Eso no solo pasa en el corazón de los ponis, sino también Más Allá donde brillan otras estrellas y existen Otros Colores. Claro, suponiendo que tu creas en esas cosas, jeje.
PD. Disculpa las manchas de panqué.
La alegre poni repostera.
Pinkie Pie."
-Fin del Segundo Acto-
