Estoy empezando a sufrir una manía por querer seguir subiendo capítulos jajaja. Este es uno de mis favoritos aunque fue el que más me costó escribir: creo que lo rehice unas 5 veces antes de encontrarlo satisfactorio (sin contar algunas correcciones por aquí y por allá).

Por esto, espero que lo disfruten :D

Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo.


Cuatro vidas más

Capítulo VI — Goodbye, halcyon days

Ichigo estaba molesto de que Inoue le haya cerrado la puerta en sus narices, pero no llamó para quejarse, sólo bufó resignado y se fue. Miró al cielo, muy pocas veces se lo podía admirar con la pureza con la que se podía esa noche. Todo era gracias a que las luces artificiales de la calle y las casas no contaminaban el firmamento y dejaban ver mejor la luz de la luna y las estrellas.

—Kurosaki Ichigo, ¿verdad?

El nombrado se giró repentinamente hacia donde creyó que provenía esa voz, pero no encontró nada. Pensó que se podría tratar de esas típicas emboscadas que le hacían delincuentes de otras escuelas hacia él, pero estaba muy silencioso como para que se tratara de un grupo entero de personas. Faltaba mucho para que Ichigo se sintiera realmente intimidado, pero por reflejo apretó sus puños con fuerza en caso que llegara a utilizarlos.

—Sí, soy yo ¿Tienes algún problema conmigo? —preguntó, prácticamente escupiendo las palabras.

—Creo que es al revés —dijo la voz, que se escuchaba más distante.

Tratando de ver de dónde provenía, buscó con la mirada algún indicio de que alguien andaba por ahí escondido entre las sombras, pero era más difícil siendo que no había luces artificiales en las calles y que las de las casas apenas ayudaban a distinguir algo entre todo lo que parecía un abismo tan negro como urbano.

—Aquí arriba, Kurosaki Ichigo.

En efecto, estaba a cierta altura. Se trataba de un solo hombre, que con total seguridad se apoyaba en la cornisa de un techo, sin ningún miedo de caer. Parecía llevar puesto un saco desabrochado o un haori, que ondeaba al compás del leve viento de la noche. Ichigo apenas podía distinguir su figura, no llegaba a ver su rostro que era lo que más le interesaba. Necesitaba saber quién era. No era común, la gente común no se para y hace preguntas desde el techo de una casa; sin embargo, recordó que él solía obtener muy buena vista desde ese tipo de lugares cuando era un shinigami sustituto y, generalmente, los shinigamis solían elegir lugares altos como ese para pararse; Rukia, Renji, Byakuya, Urahara, todos lo hacían.

Ese tipo debía ser un shinigami. Debía ser el misterioso shinigami que se alojaba en casa de Inoue.

—¿Eres el shinigami que está en casa de Inoue? ¡Contesta! —clamó furioso.

—Dime, ¿Qué te hace pensar…—comenzó a decir en tono burlón, desapareciendo en un instante del círculo visual de Ichigo para aparecer a sus espaldas— que soy un shinigami?

Ichigo permaneció atónito, sin moverse ya que tenía la espada de ese tipo rozando su cuello. ¿Qué había sido eso? ¿Shunpo, Hyrenkyaku, Sonido? No, los Quincys llevaban extintos hace unos 200 años y el único que quedaba era Ishida… y Sonido, eso lo usaban los arrancar, los hollows. Pero él no podía ver a los hollows… tampoco podía ver shinigamis que no estuviesen dentro de un gigai.

Sin tan sólo tuviese sus poderes, sería capaz de reconocer su reiatsu…

El hombre pudo haberlo atacado, pero se retractó y en vez de eso sólo se movió con una rapidez imperceptible hasta un callejón a pocos metros de donde Ichigo había quedado estático de la sorpresa ingrata de saber que aquel desconocido, simplemente no era humano.

En vez de atacarlo, el hombre (que por su voz, Ichigo dedujo rápidamente que era un hombre adulto) alzó una ceja ante la poca reacción por parte del adolescente y se lo quedó mirando con gesto despreocupado y una sonrisa mofa que sólo él mismo podía percibir. Ichigo rápidamente se dio cuenta de donde estaba y se colocó en frente, aunque aún no podía ver su cara, intentando hacer un análisis simple de cómo sería pelear con él, al igual que cuando era un shinigami sustituto. Aunque en la mayoría (por no decir todas) de sus peleas nunca usaba esa técnica: era tan impulsivo que sólo se abalanzaba y dejaba que la suerte y la fuerza decidieran quién sería ganador. Pero la precaución siempre estaba, además ese hombre parecía fuerte e Ichigo no tenía aún fundamentos realmente fuertes como para golpearlo. Siguió mirándolo fijamente, tratando de descubrir sus facciones, mientras que el otro reía burlonamente con la intención de irritarlo, lo cual estaba logrando.

—¿Qué es lo que quieres? ¿Por qué estás en Karakura y por qué puedo verte?

Yare…yare… ¡Me invades con preguntas!

El extraño rió, enfureciendo a Ichigo. No iba a permitir que siguiera burlándose. Colérico, se adentró en búsqueda del hombre, pero no veía absolutamente nada, estaba sumergido en una oscuridad poco común que lo estremecía. Hacía mucho tiempo que Ichigo no se enfrentaba a algo más emocionante o desesperante que una simple pelea callejera. Había sido estúpido, porque a duras penas y afinando su vista podía llegar a vislumbrar donde el extraño se encontraba.

—¡Da la cara, así puedo molértela a golpes! —exclamó Ichigo.

Sin embargo, nadie apareció.

—¿Te parece que estás en posición de amenazarme, muchacho? Ambos sabemos que eres débil ahora.

Débil. Esa palabra le hizo hervir hasta las entrañas. Quizá el ya no tenía poderes y no contaba con la misma fuerza que cuando liberaba su bankai, pero Kurosaki Ichigo no era débil.

No, no era débil, porque jamás se rendía, porque siempre se sacrificaba, porque aunque sabía que iba a perder, él aún quería ganar... porque cuando corría, no iba a dejar que nadie lo atrapara, cuando defendía, no dejaba que el de al lado suyo muriera y porque cuando atacaba lo hacía a matar. Porque había vivido muchas cosas y se había enfrentado a muchos enemigos, había sido herido muchas veces y otras tantas había sangrado, pero aun así no había abandonado la batalla.

—¿Eso crees? Cuando te deje en el suelo no vas a pensar lo mismo.

La amenaza de Ichigo había sido muy en serio, pero solo volvió a escuchar risas.

—Te lo repito, eres débil, Kurosaki. Sé más de ti de lo que piensas. Sé que eras, todo lo que hiciste, como perdiste tus poderes y lo mejor… cómo te sientes ahora.

Ichigo se tensó, ¿por qué ese hombre le estaba diciendo esas cosas? Por un momento quedó perplejo pero en seguida volvió en sí, no podía perder la guardia frente a alguien que ni siquiera lograba localizar. Miraba para todos lados, pero la voz no parecía venir por ningún ángulo, o por todos.

—¿Te sientes impotente, verdad? No quieres reconocerlo pero no dejas de murmurar que quieres volver a ser un shinigami. Sabes que eres débil y vulnerable, incapaz de proteger a nadie

Recibió de súbito una fuerte patada al estómago que lo postró en el suelo. La respiranción se le cortó por un momento, pero no dolía tanto como aquellas palabras recién dichas que lo abrumaban, lo hundían y oprimían dentro de la decepción de sí mismo. Ese miedo, de no poder ser capaz de proteger a alguien, Ichigo lo había estado sintiendo hacía tiempo. ¿Pero por qué ese hombre se lo decía como si fuese una verdad tan abierta? ¿Por qué estaba tan seguro que esas palabras iban a impactar en él?

Simplemente, ¿quién diablos era?

—Estás avisado —susurró el extraño—. Vuélvete a meter con lo que no te importa y te mataré.

—¿Qué eres?

Pero la pregunta del ex shinigami sustituto quedó prendida en el aire, pronto se dio cuenta que aquel hombre ya había desaparecido.


Orihime le pasó llave a la puerta. Estaba todo oscuro, así que dedujo que Daigoro no estaba allí. No se preocupó ya que le había entregado una copia de la llave hacía unos días, él solía ir a dar una vuelta y visitar dojos mientras ella estaba en la escuela, entonces esa llave le permitía moverse a su gusto. Enseguida prendió la luz de la sala y se dejó caer lentamente al piso. Esta vez, por voluntad propia.

Se sentía mal, estaba triste. Silenciosamente, siempre había sufrido por no tener una familia, cada vez que miraba el cuadro con la foto de Sora, sentía como su corazón se le encogía. No había razón por la cual recordárselo, y menos a gritos como lo había hecho Ichigo. Pero tampoco iba a culparlo, él nunca supo lo que es estar realmente solo, "la familia de Kurosaki-kun es tan agradable, todos se llevan muy bien" se dijo Orihime, como si fuese un consuelo o como si la alegría de la familia Kurosaki fuese la suya.

Al fin y al cabo, eso era lo que había hecho siempre: ya que ella no podía ser feliz por sí misma, basaba su felicidad en la de los otros. Si las otras personas estaban felices, ella también lo estaría por ellos.

Se tapó la cara con las manos y se apoyó sobre sus rodillas flexionadas. Y no lo pudo evitar: después de un sollozo, las lágrimas empezaron a caer como cataratas y no sabía por cuál de todas las razones: si por lo que le había gritado Ichigo, por como ella había reaccionado —casi ni aceptando sus disculpas—, o por la desconfianza que ahora tenía hacía su tío. Después de todo lo que habían hablado, inconscientemente había comenzado a poner en tela de juicio a Daigoro, porque en parte Ichigo tenía razón: él había sabido ver lagunas en la historia de su tío y en su comportamiento; o tal vez, había sido el único que se animó a planteárselo en la cara a ella. Pero lo peor era que ella no quería desconfiar de él, ella quería seguir creyendo en Daigoro. ¿Por qué la vez que finalmente conseguía lo que siempre había deseado, una familia, todo tenía que ponerse tan feo? ¿Qué era lo que mandaba a arruinar su propia felicidad?

Se limpió sus ojos y la nariz. Tenía que ser fuerte, igual que lo había sido en Hueco Mundo, por eso no podía llorar. Y no iba a volver a hacerlo. Miró su departamento vacío, ella aún seguía sentada en el suelo y sabía que le iba a costar mucho levantarse. Se sentía con poca fuerza, pesada y débil como nunca se había sentido antes. Era extraño, quizás estaba anémica, o al menos eso había deducido los últimos días cuando comenzó a ser más notable su falta de fuerza. Se ayudó con el picaporte de la puerta.

Hasta ese momento, no se había percatado del raspón que llevaba en su rodilla desde que se cayó afuera, frente a la puerta de entrada.

—Souten Kisshun, lo rechazo —dijo enseguida, apuntando con sus dos manos hacía la zona del raspón.

Ayame y Shun'o volaron rápidamente hasta donde estaba la lastimadura de Orihime para curarla, y una de cada lado crearon el escudo de rechazo. Orihime quedó estática por la sorpresa. Nunca había ocurrido eso antes: los dos Rikka parecían esforzarse mucho para crear el óvalo sanador y la vez que lo consiguieron, se lo notaba débil y en momentos desaparecía, como una lámpara incandescente a punto de quemarse.

—¿Ayame-chan, Shun'o-chan, que sucede? —preguntó preocupada la dueña de las horquillas celestes.

—Lo sentimos, Orihime —le respondió Shun'o, la voz de los Shun Shun Rikka— Debemos regresar.

Ayame cerró sus ojos y también se disculpó. En seguida volvieron a materializarse en dos pétalos celestes enganchados junto con los demás en la ropa de Orihime. La chica, asustada, se sacó ambas hebillas y las miró preocupada.

—¿Ayame, Shun'o, Tsubaki? Respóndanme chicos, ¿Lily, Baigon, Hinagiku?

Pero ninguno se materializaba ni le respondía, ni siquiera el escandaloso Tsubaki. Era como si su poder se hubiera desvanecido. Y allí, al fondo de la sala, sintió que algo parecía emanar reiatsu, su reiatsu. Se acercó a ver, ya no le importaba lo frágil que se sentía. Pero solo estaban reposadas las espadas de Daigoro, y que una espada emitiera reiatsu era absurdo, ¿verdad? Sólo los shinigamis y las personas con poderes especiales emitían reiatsu, pero Daigoro era un ser humano normal, ya que nunca había emitido reiatsu en su presencia, ¿verdad?

El estruendo de la puerta la asustó. Alguien la estaba golpeando desde afuera con mucha fuerza. En seguida escuchó los gritos de Kurosaki Ichigo, la estaba llamando para que le abriera. Orihime se acercó preocupada de que le hubiese pasado algo malo. Sacó el cerrojo y lo dejó pasar. Él se veía un poco agitado y respiraba entrecortado, además parecía arrollado por un frenesí que Inoue desconocía.

Entró sin más al departamento de Inoue, sin pedir permiso ni nada. La agarró por los hombros y puso su cabeza a la altura de la de ella. La miró profundamente, registrando cada sección de su cuerpo.

—Estás bien, Inoue —dijo con lo que pareció una sonrisa.

Orihime asintió, confundida.

—¿Dónde está? —preguntó soltándole los hombros con cuidado, pero con el mismo tono brusco de voz que había usado para recordarle que era huérfana.

Ella se quedó callada.

—Inoue… ¿Dónde está ese shinigami? —volvió a preguntar con tono amenazante.

—Daigoro-san no está en casa .

Orihime tardó en hablar y su respuesta fue apenas un murmullo. Quiso aclarar que Daigoro no era ningún shinigami, pero era más sensato responder concretamente la pregunta de Ichigo. Él por su parte alivió su severa mirada, sabía que Orihime no le mentiría.

Se armó un silencio incómodo entre los dos. Ichigo había llegado de nuevo hasta lo de Inoue corriendo y sin pensar en ninguna excusa, se imaginó que Daigoro ya estaría allí y no sería momento para dar explicaciones. A su vez, sintió que lo mejor era no decirle a Inoue qué era lo que había ocurrido recién. No supo por qué, pero decidió que era lo mejor. Estaba noventa por ciento seguro que debía tratarse de él con quien se encontró, pero lamentablemente no le había visto la cara.

—Inoue, ¿Qué te pasó en la pierna?

—¡Ah esto! No es nada. Fue cuando me caí ahí afuera —contestó con una risita nerviosa.

—¿Y aún no te la sanaste?

—No… etto… yo —Orihime no supo que excusa poner, no quería contarle a Kurosaki que era lo que había sucedido con sus Shun Shun Rikka.

Sin saberlo, ambos se estaban escondiendo cosas importantes el uno al otro. Orihime se sentía mal por eso, ella podía confiar en Kurosaki-kun, no importa dónde ni dijese lo que le dijese él a ella. Pero tenía que ver con eso que Ichigo ya no tenía, y no es que lo considerara inútil, pero estaban en la misma posición. ¿En qué podía ayudarla con sus Rikka si ni siquiera podía sentirlos? Sería sólo una molestia para él. Y Orihime ya estaba cansada de ser una molestia para Ichigo.

—¿Tienes vendajes?

—En el baño… Eh, Kurosaki-kun, no hace falta… —Orihime no terminó de hablar que Ichigo ya traía en sus manos las vendas.

—Siéntate —le pidió.

Orihime hizo caso y con fascinación observó como, paciente y dedicado, Ichigo se arrodillaba ante ella y le rodeaba la rodilla con el vendaje hasta que la sangre cesó de esparcirse por la tela. La seriedad con la que lo hacía sorprendió a Orihime y le hizo olvidar todo lo que había ocurrido en el transcurso del día y hasta ese momento. Se olvidó de las palabras de Ichigo, de su respuesta, de las acusaciones y una sonrisa inocente apareció en los labios de los dos.

—Estamos al revés, yo soy la que te cura a ti.

—Ya lo haz hecho muchas veces, por esta vez cambiaremos los roles.

Ichigo terminó su tarea y miró fijamente a Orihime. Ya no había tristeza ni enojo en ella.

—Perdoname Inoue. Lo que te dije… no lo pensé bien, no quería hacerte sentir mal.

Orihime se tomó su tiempo para contestar. Pensó que con ese gesto de vendarle la herida él había querido mostrar su disculpa, no esperó que también lo dijese en palabras. El tono indeciso, que dejaba entrever el extremo cuidado con el que las palabras fueron elegidas le hizo saber a Orihime que él lo sentía de verdad. Y se trataba de Kurosaki-kun, lo quería demasiado como para perdonarle lo que sea.

—Si de verdad lo lamentas está bien Kurosaki-kun, te perdono. Olvidémoslo, ¿sí?

Orihime sonrió, ese asunto estaba saldado por el momento.

—¿Puedes pararte?

Ichigo le tendió la mano y Orihime se confió en ella. Quedaron los dos frente a frente, Ichigo se olvidó o no quiso soltarla, solo la contemplaba. Admiraba como los cabellos reposaban al costado de su rostro de manera tan armónica que nunca cambiaban de posición. Ese peinado le quedaba muy bien, le gustaba más que cuando usaba un flequillo recto. La hacía ver menos infantil, aunque sus demás rasgos hacían todo lo contrario, dándole a ella un aire de constante curiosidad, como si cada cosa en el mundo fuese nueva para ella; y también el entusiasmo de descubrir algo que no se conocía y a partir de ahí querer descubrir mucho más. Ichigo sintió que volvía a ser hipnotizado, volvía a sumergirse en una especie de extraña y agradable quimera donde solo veía a Inoue y nada más. Veía sus labios, y se preguntaba si besarlos se sentiría tan bien como se lo imaginaba. Todo en ella parecía de porcelana, tán frágil y delicado, con una belleza que no dejaba de atrarle, y no quería romper por nada del mundo esa fina pieza.

—Te prometo… que no volveré a lastimarte.

—No hace falta, nunca dejé de confiar en Kurosaki-kun.

La mano izquierda de Ichigo se elevó tímidamente hasta la altura de las mejillas de Inoue, ella observó el movimiento de reojo y sintió el suave roce. La tenue luz que llegaba de la cocina era tapada por la imponente espalda de Ichigo, por lo que ella no podía distinguir con nitidez el rostro de él. Solo cerró los ojos, y con la misma timidez y delicadeza con la que sentía la caricia, sintió el rostro de Ichigo más cerca, casi tan cerca como la vez en que ella se despidió para ir a Hueco Mundo.

Pero al igual que aquella vez, lo único que realmente sucedidió fue ese acercamiento. Alguien abrió la puerta y se dispuso a entrar al departamento. Instintivamente Ichigo dio un paso adelante para proteger a Inoue por si algo llegaba a pasar. Escapó de la hipnosis y volvió a la realidad, dentro del departamente de Inoue. Se puso en posición, completamente serio; de haber tenido a Zangetsu, ya la habría desenvainado. Y como era de esperarse apareció el que se hacía llamar como Inoue Daigoro. Con dos bolsas de supermercado en cada mano.

Ichigo no salió de su asombro. Era… simplemente ridículo.

—¡Qué bueno que ya hayas vuelto Orihime-chan! —dijo con una amplia sonrisa— Traje ramen instantáneo, ¿Te quedas a comer, muchacho?

Ichigo no contestó e Inoue tampoco. Ambos le dieron una mirada glacial. Por su parte, Daigoro parecía no entender el por qué de una bienvenida tan inhóspita y se los quedó mirando unos segundos, con cara de incomprendido.

—Hazte a un lado, Inoue —masculló Ichigo.

Ella tardó un momento hasta que por fin lentamente dio un paso al costado mirando con ojos insondables a su tío: —Kurosaki-kun… —susurró.

—¿Se puede saber que está pasan…?

—Eras tú, ¿verdad? —interrumpió Ichigo— El del callejón.

Daigoro, lejos de molestarse por la actitud y el tono amenazante del chico, dejó las bolsas en el piso y lo miró aún más curioso: —¿De qué estás hablando? —preguntó moviendo los brazos— Yo recién vengo de traer las cosas para la cena, ¿te pareció haberme visto en la calle?

La fingida inocencia y la estúpida sonrisa de ese hombre lo estaban sacando de quicio. Inoue permanecía inmóvil e insensible.

—¡No juegues conmigo! No te vi, pero sé que eras tú, ¿vas a negarlo?

—Lo siento, no te he visto.

Al terminar de decir eso, Daigoro sonrió con malicia. Era divertido ver la cara de furia de Ichigo.

—¡No me jodas! —gritó— Alguien me golpeó a tres cuadras de aquí. ¡Reconozco su voz y sé que fuiste tú!

El rubio abrió los ojos de par en par al igual que Orihime. Ichigo no era de mentir, si él lo decía, entonces realmente eso era lo que había sucedido. Pero era imposible que Daigoro hubiese hecho eso. Él era una persona pacífica, él le había dicho que la quería varias veces y hasta esa tarde no había conocido a Ichigo, no había motivos. "Es imposible" pensó, "Daigoro-san nunca sería capaz de algo como eso"

—¿Te das cuenta de lo que estás diciendo, Kurosaki? ¡Es estúpido! —exclamó serio— Estas confundido, tú mismo lo dijiste: no me viste ahí.

Ichigo se quedó en silencio. Se sintió tonto, si no hubiese nombrado ese detalle, él no tendría fundamento sobre el que apoyarse. Pero como siempre, él nunca pensaba antes de hablar. Y menos en un momento como ese.

—Mira… —retomó Daigoro, luego de un suspiro— Si lo que dices es cierto, entonces es algo grave. Habla con la policía o algo, pero no me culpes a mí. Yo no tengo nada que ver con esto.

—Maldito mentiroso.

En ese instante Ichigo ya estaba tomando del cuello a Daigoro.

—¡Ya basta, Kurosaki-kun! —exclamó Orihime, poniéndose entre medio de los dos para evitar que empezaran a golpearse —Por favor, dejen de pelear… seguro es un malentendido, esto puede resolverse de alguna otra manera.

Orihime lo miró con ojos suplicantes tanto a él como a su tío, haciendo que volviera la paz entre los dos o que al menos se disipara un poco la tensión. Daigoro volvió a suspirar. Ichigo y Orihime se miraron profundamente, ya que ambos parecían transparentes y ella, más allá de preocuparse por la amenaza que había recibido, también podía distinguir lo que pasaba por la mente de Ichigo, de repente le parecía muy transparente. Podía leer sus sentimientos con facilidad.

—Inoue…

—Orihime tiene razón, Kurosaki —dijo Daigoro, aunque no mostró signos de querer hablar en lo más mínimo, sino que se encaminó hacia la cocina.

—Vete a casa, Kurosaki-kun. No pasará nada, estaré bien —Orihime susurró.

—Inoue… —repitió él, no sabía exactamente qué decir. En un segundo sintió como si todos sus argumentos se le hubiesen roto en pedazos. Algo no estaba bien, pero Orihime no quería enterarse, nadie quería enterarse. ¿Qué podía hacer? Se sentía inútil, sin recursos y sin poder como para hacer algo al respecto de esa amenaza que había recibido y que, al fin y al cabo, no era más importante que el bienestar de Inoue.

En menos de un instante, Ichigo se encontró en la puerta del departamento de Orihime.

—Kurosaki-kun, de verdad, estaré bien. Lo prometo.

—¿Por qué no vienes a mi casa, o mejor vas a la de Tatsuki? No puedes pasar la noche ahí dentro.

—Si que puedo, es mi casa. Ya te dije, además, que creo en Daigoro-san.

Ichigo no supo que decir. No quería volver a lastimarla de nuevo diciéndole que así no eran las cosas.

—Entonces prométeme que vas a tener cuidado Inoue, así nadie podrá lastimarte cuando no esté cerca para protegerte.

—Sí, lo tendré. Gracias Kurosaki-kun.

Sus palabras sonaron cargadas con el inmeso peso de responsabilidad que orgulloso cargaba Ichigo todos los días. Se despidió de ella solo alzando su mano para luego meterla en el bolsillo de su pantalón. Orihime no entró a su departamento hasta verlo desaparecer por completo.

Después de que Ichigo hubiese bajado las escaleras y hubiese doblado por la calle perpendicular a la suya Orihime cerró la puerta y se quedó mirándola, reflexionanando.

—¿Ya se fue? —preguntó desde la cocina el rubio, casi con desprecio.

—Sí. Lo siento mucho. Kurosaki-kun no suele ser así.

—No es nada, sé que lo que dijo ese chico no fue culpa tuya. Pero no lo quiero cerca —sentenció con firmeza, dándole fin al asunto.

Orihime no respondió, fue a su habitación y se quedó allí, junto a Sora, preguntándose qué debería hacer a continuación. Sintió el olor a ramen que se colaba por la puerta del cuarto y supo que no podía demorar la cena, se sentía hambrienta y débil, por eso pensó que lo mejor sería comer abundantemente para recobrar fuerzas. Al llegar a la cocina, estaba Daigoro terminando de calentar el plato. Le sonrió, intentando ocultar toda la desconfianza que ahora le tenía. Recalcó en su mente la última mirada que le había dirigido Ichigo expresando, posiblemente, preocupación. Le había dicho que se cuidara y ella además de agradecerlo se lo había prometido. No le podía fallar a Kurosaki-kun.

Cenaron en silencio, Orihime no quería mirarlo a los ojos, y cada vez que él intentaba sacar un tema de conversación, ella solo respondía de manera concisa, para terminarlo efectivamente.

—Orihime-chan, ¿paso algo más que deba saber?

—¿A… a que te refieres? —pregunto nerviosa.

Daigoro se aproximó un poco más a ella y la miró con detenimiento.

—Hoy no tenías esa benda en a rodilla. ¿Qué te hizo ese muchacho?

—¡No! —carraspeó nerviosa— ¡No pasó nada! Es que me caí y bueno, yo… Kurosaki-kun fue el que me vendó. Hoy se comportó muy extraño, pero es muy bueno. Siempre cuida a todos y se preocupa por los demás.

—¿No confías en mí, verdad?

La pregunta la tomó por sorpresa. Inoue se quedó helada e instintivamente esquivó la mirada, dirigiéndola hacia el piso. Daigoro dejó su plato sobre la bandeja y suspiró.

—Créeme, aunque me encantaría que me cuentes todo, entiendo que desconfíes de mi —empezó diciendo con toda la calma del mundo—. Es verdad que yo aparecí de la nada, que estoy desempleado y que ni me recuerdas de niña, pero Dios sabe que no miento.

—Yo… —titubeó, parándose para irse de la sala y no escuchar lo que tenía que decir— ya terminé de comer, voy a lavar mi plato.

—Espera —pidió suavemente, tomándola de un brazo—. No terminé de hablar, déjame terminar, ¿sí? —Orihime asintió, nerviosa, otra vez la estaba mirando con ojos compasivos pero que casi no parecían humanos—. No voy a pedirte que confíes en mí ni que me des la razón. Pero confía en ti misma: tú me aceptase el primer día que aparecí, ¿sabes por qué? —ella negó con la cabeza—. Por esto, porque dentro tuyo supiste quien era y me reconociste.

Daigoro posó la yema de sus dedos por encima de los pechos de Orihime y continuó diciendo: —Te parecerá ridículo, pero tu corazón sabía que yo no estaba mintiendo, porque somos familia y lo que nos une son lazos de sangre. Y esos lazos no se rompen jamás, ni aunque los machaquemos y los machaquemos. Esos lazos hacen que la gente se quiera y sea unida, sobre todo la familia. Y eso somos nosotros, ¿verdad? Por eso yo siento ese lazo que tengo contigo y quiero ayudarte en lo que sea posible, para que seas feliz y nada malo te pase, Orihime-chan.

Ella lo miró con un deje triste, casi al borde de las lágrimas. Él aún sostenía el suave agarré sobre la muñeca de Orihime y no tenía intención de soltarla. Sonrió, y a ella se le formó un nudo en la garganta.

Ahora lo sentía. Era eso, había algo que los unía, Daigoro tenía razón. Tenían un lazo que no se podía romper, ella nunca había empezado a desconfiar del todo de él, porque su corazón se lo impedía. Era su corazón al que debía de seguir.

—Lo siento…—repetía Orihime mientras lo abrazaba con fuerza— lo siento mucho.

—Yo también, pero todo está bien ahora.

Mientras se dejaba abrazar por el rubio, sabía que todo era como él decía. Todo estaba bien, pero primero ella tenía que estar bien. No tenía que dejar que nadie la hiriese. Ya vería la forma de hacer volver a los Shun Shun Rikka, hablaría con Yoruichi-san y entrenaría para que vuelvan. Se alimentaría más para poder recuperar fuerzas y sobrepasar la anemia. Afrontaría cualquier cosa que se le presentara y confiaría en Daigoro-san. Orihime entendía todo ahora, era como una ley ya escrita, ellos dos eran familia, como lo había sido con Sora. Era el lazo de sangre el que los unía. No eran muy parecidos físicamente, pero en el fondo sabían que pertenecían a un solo linaje.

Sus dudas se disiparon rápidamente, ella confiaría en Daigoro-san, porque confiaba en su corazón y en el cariño que le tenía.