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Capítulo VI

"Nagi"

Corría lo más rápido que sus piernas le permitían, estando a punto de tropezarse en más de una ocasión. Maldijo a sus zapatillas en voz baja mientras se deshacía de ellas y las dejaba en el suelo para seguir corriendo con los pies descalzos por el frio y mojado suelo de las calles. Aun podía percibir esa sensación de estar a punto de resbalarse, pero al menos esta vez menos frecuente; de nueva cuenta lanzó una pequeña maldición, pero esta vez a la lluvia que no dejaba de caer cual tormenta desde el cielo.

La poca gente que aun se dirigía a prisa hacia sus casas la miraban en una mezcla entre asombro y miedo. Recorriendo con mirada inescrutable aquel pequeño bulto que acurrucaba en sus brazos. Ella sólo los ignoraba y seguía con su camino lo más rápido que podía.

Al fin después de unos minutos logró llegar al lugar donde quería estar. Con extrema velocidad y procurando no mover mucho el pequeño cuerpo entre sus brazos, sacó la llave de la enorme rendija de acero abriéndola y siguió a paso apresurado por el pequeño jardín, hasta llegar a la puerta de aquella enorme mansión.


- ¿Pasa algo? - preguntó con voz preocupada a la vez que miraba al niño que se encontraba sin despegar la vista de la ventana de su despacho. No le gustaba la expresión que tenia y eso solo aumentaba aquel mal presentimiento que se había presentado en su mente.

El pequeño de cabellos castaños negó con la cabeza.

- Sólo que… - habló lentamente, meditando sus palabras - No me gusta la sensación que tengo - respondió el menor mientras abrazaba con fuerza un peluche de león, como si haciendo ese acto ese extraño escalofrió desapareciera - ¿Usted no siente lo mismo, Señor Giotto?

El mencionado asintió leve con la cabeza, sentía una extraña inseguridad parecida a cuando no podía hacer nada con respeto a ciertos asuntos. Había tratado de concentrarse en el trabajo que tenía enfrente de su escritorio, pero los esfuerzos habían sido inútiles.

- Algo - admitió de forma derrotada - Pero espero que-

La frase no pudo salir de su boca. Había sido interrumpido por el sonido de una puerta chirriando y azotando contra las paredes desde la planta de abajo. El castaño se estremeció a tal punto que cerró fuerte sus ojos y estrujó el doble de fuerte al pequeño león de peluche; el mayor se paró en seco de su escritorio atento a cualquier otro indicio que le aclarara que pasaba.

No habían pasado más que unos segundos antes de otro ruido se pudiera escuchar. Uno que lo hizo correr hacia la planta baja de la mansión.

"¡Ayuda!"


Había gritado con todo lo que sus pulmones le habían permitido. Su voz había sonado desesperada y gutural.

Llena de angustia y sintiendo como sus fuerzas la abandonaban se desplomo de rodillas al suelo, creando un charco de agua a su alrededor; agua que también tenía un escalofriante tono rojo carmesí. Sintió alivio cuando no habían pasado más que unos escasos segundos antes de que se escucharan el eco de pasos por el suelo.

Alzó la vista y entre sus cabellos rubios, pudo ver todos los rostros sorprendidos de sus amigos que no tardaron en acercarse hacia ella a paso veloz.

- ¡Elena! - era reconfortante escuchar esa voz, era la anestesia para su preocupación y dudas. Como si su cuerpo reaccionara ante la idea de que ahora estaba segura y no había nada que temer, se desplomó de espaldas frente a la gran puerta que aun seguía abierta de par en par.

Pero antes de tocar el suelo frio en un golpe duro, sintió como unas manos la rodeaban y evitaban que se estrellara. Si, en definitiva ahora estaba a salvo. Mientras estuviera con él no había nada que no pudiera superar.

- ¡Elena! ¡¿Qué demonios pasó?! - notó destellos de desesperación y preocupación en su voz; su corazón punzó de dolor, no quería causarle dolor a la persona que más quería en el mundo.

- Daemon… - susurró apenas logrando permanecer consiente, hubiera querido decirle muchas más palabras pero se sentía al borde de perder los pensamientos. Fue directo al asunto más importante - La niña, salva a la niña - le suplicó antes de caer desmayada.

El ilusionista que había sido el primero reaccionar acercándose rápidamente hacia su amada, apenas se percató de que tenía algo encunado en sus brazos. Posó su mirada en el bulto y la escena que vio lo dejo casi sin aliento.

Daemon soltó una maldición en voz alta.


¿Dónde estaba? ¿Qué estaba sucediendo? Podía escuchar palabras vagas que no entendía. La neblina blanca que estaba frente a ella no le ayudaba a aclarar las cosas.

- Ahora entiendo porque te pidió a ti que la salvaras Daemon.

¿Salvar? ¿Salvar a quién?

- ¿Realmente ha perdido parte de sus órganos, Knuckle?

Esa era la voz de otra persona. Entonces ¿había dos personas en ese momento junto a ella?

- Están totalmente destruidos, ni siquiera yo puedo hacer algo con eso.

Esperen, ¡¿Qué estaban diciendo?!

- No hay tiempo para hablar. Si pueden hacer algo ¡háganlo!

¿Otra voz? ¿Cuántas personas habían a su alrededor en esos momentos?

Entre la vasta neblina de color blanquezco, empezaba a reconocer dos siluetas borrosas. Le sorprendió a sobre manera. Hace unos minutos - o al menos esperaba que no hubiera sido mucho tiempo - se había encontrado en una especie de otro mundo y ahora lentamente, parecía estar volviendo al mundo que ella conocía.

Sintió una extraña sensación.

Como si su cuerpo se estuviera llenando. Si es que de esa forma se podía explicar las sensaciones de ese momento.

Recordaba haber sido atropellada por una carreta, el caballo exasperado había relinchado y alzado sus patas para dejarlas caer a golpe sobre lo que era su estomago. Sintió dolor. Al momento se percato de que un líquido caliente se resbalaba por su boca. Y ahí no había acabado. El animal, aún espantado, había vuelto a hacer la misma acción y apenas pudo alejarse de otra embestida. Para su desgracia, no se salvó de que el cuadrúpedo moviera agitado las pesuñas en el sueño y diera con ellas en su ojo derecho.

De nueva cuenta, ahí estaba el líquido rojizo resbalando.

Entre todo el tumulto pudo ver la razón por la que sucedió lo ocurrido. La carreta estaba persiguiendo a una mujer. A una hermosa mujer, por cierto. Ésta se encontraba recargada en una pared agarrándose un brazo que chorreaba sangre, y sus ojos se posaron en ella con una expresión que reflejaba lo aterrada que estaba por el accidente que hace unos minutos había tenido.

Ella sólo tuvo la mala suerte de estar presente en ese momento y de haber querido salvar a un gato que se hallaba entre el camino. Había sido un pequeño gato bebe que estaba solo y abandonado. Justo como ella misma.

La mujer se acercó espantada a su lado mientras rectificaba sus signos vitales. Al comprobar que seguía con vida la agarro rápidamente entre sus brazos y corrió hacia el lado contrario. Con el rabillo del ojo pudo divisar como unos hombres enfadados se bajaban de la carreta y después de tronarse los dedos de los puños empezaban a caminar a paso lento hacia ellas. Como si se estuvieran deleitando con lo que veían.

Al mismo tiempo el cielo se empezaba a teñir de gris y las nubes lo cubrieron totalmente. Unas pequeñas gotas de agua cayeron sobre su cara. Después perdió los sentidos.

Hubiera deseado no haberse despertado, pero el estrellarse contra un suelo ahora lleno de charcos y agua fría la había sacado de su ensoñación. Lo que pudo ver, aunque de forma algo borrosa fue como la mujer que la había recogido de la carretera era pateada en las costillas mientras se retorcía en el suelo.

Le enfureció volver a perder la conciencia en ese momento, y esta vez estaba segura de que seria para siempre.

Tal parece que se había equivocado.

Ahora se encontraba recobrando algo de su pensamiento, en un lugar que desconocía y personas que no conocía. Sin mencionar aquella extraña sensación que tenía como si de alguna forma su cuerpo se estuviera reparando. Como si le implantaran lo que habían destruido.

La neblina empezaba a desaparecer y ahora podía ver más detalles de las siluetas a su alrededor. Y antes de sentir una extraña punzada en el cuerpo, logró ver la cara de un hombre, aquel que se encontraba más cerca de ella y al parecer era el responsable de aquel extraño sentimiento de que su cuerpo se estuviera "llenando". No supo si estaba soñando, si su vista la seguía engañando, pero aquel sujeto parecía crear una especie de llama azulada, de un azul oscuro. Sin duda alguna lo que le llamo más la atención en ese momento fueron sus ojos. Sus ojos eran casi imposibles de olvidar. En el ojo derecho podía verse brillar el signo de una pica.

De forma vaga, antes de que el dolor punzante que de seguro había provocado aquel garbo individuo la dejara inconsciente, pudo observar a un niño. Debería de tener unos años más que ella y sus facciones compartían una enorme igualdad con las del mayor. Eso incluía que él también, tenía un ojo diferente con un signo en éste. Después de eso, la neblina desapareció y fue reemplazada por oscuridad.


Mukuro alzó la mirada hacia el techo esférico de la enorme biblioteca de la familia. Tal vez esperando ver como un leve rayo de luz se colaba por los vitrales transparentes del lugar; pero en cambio solo recibió el áspero sonido de gotas de lluvia estrellándose en el cristal.

Trató de poner su vista y concentración al libro que tenía en sus manos.

Fue en vano, realmente no podía tratar de estudiar en esos momentos.

Su mirada bicolor se dirigió ahora al hombre que estaba sentado no muy lejos de su posición actual en un escritorio de madera y parecía ojear con atención un libro. Por lo que vio, parecía ser algo antiguo o uno que usaban muy seguido debido a que el forro se veía desgastado.

- ¿Señor Daemon?... - susurró con algo de duda. No tenía intenciones de interrumpir al mayor y menos en el estado de ánimo en el que se encontraba; pero la curiosidad lo estaba carcomiendo.

El mencionado lanzó un suspiro resignado mientras cerraba el libro enfrente de él y su mirada azulina se encontró con la curiosa del niño.

- ¿Qué pasa Mukuro? - las palabras salieron algo bruscas, pero sin tono de peligro. El menor se relajó al ver que pese a todo, su padre estaba siendo amable. O en lo que, refiriéndose al ilusionista se podría considerarse amabilidad.

- Me preguntaba, ¿qué es lo que buscaba en ese libro? - Daemon arqueó levemente una ceja al mismo tiempo que recargaba su espalda en el respaldo de la silla y cruzaba sus brazos.

- ¿Por qué quieres saberlo? - Mukuro parpadeó algo confundido.

- Bueno… Tal vez solo se me haga extraño verlo así - respondió dudoso - Además parece que no encontró lo que buscaba.

- Se podría decir que así fue - respondió con un tono de reproche - Esperaba encontrar cualquier cosa, menos lo que encontré - el de ojos bicolor ladeó la cabeza confundido. Daemon viendo la curiosidad en su rostro le indico con un movimiento de la mano que se acercara. Mukuro obedeció y jaló una silla hacia el escritorio colocándola al lado de la del mayor - Después de llevarlas a ambas a una zona donde Knuckles pudiera tratar sus heridas, me di cuenta de que la niña tenía un pequeño medallón colgado en el cuello - comenzó a hablar. El niño identificó de inmediato a que se refería cuando dijo ambas.

"La Señorita Elena y la niña" pensó

- La insignia que estaba grabad se me hacia conocida, pero en esos momentos no le di mucha importancia - el niño asintió en comprensión. Nunca había visto a Daemon tan preocupado como en esos momentos - Cuando su estado se estabilizo, un recuerdo apareció ante mí como un rayo que golpea un árbol. Fue algo instantáneo - antes de seguir le dedico una mirada al pequeño a su lado y el tono con lo que dijo las siguientes palabras logró estremecer a Mukuro - ¿Estás seguro de que quieres saber?

¿A qué venía esa pregunta? A pesar del extraño escalofrió que sintió, hizo un movimiento con la cabeza en señal de afirmación.

- Nufufu. Tendrás el honor de ser el primero en saberlo. O en dado de caso ser el primero en traumarte - le comunicó en su típico tono de burla socarrona y una sonrisa. El menor frunció leve el ceño y Daemon cambió su actitud a una seria - El patrón que tenía el medallón, concuerda con el antiguo símbolo utilizado por la misma familia que creemos es responsable de la masacres donde ustedes fueron los únicos sobrevivientes - la mirada se le oscureció y su rostro quedo sin expresión alguna.

Daemon lo miró atentamente.

- Si mal no recuerdo, hace algunos años antes de que se creara Vongola cierta familia poderosa había cambiado de líder. El nuevo y joven heredero le hizo un cambio radical. Pasaron de ser mansos y sumisos a ser unos completos luchadores y asesinos, poco a poco su nombre se iba escuchando cada vez más y rápidamente se coló entre los nombres de las familias más aguerridas. Incluso se llegaron a aliar con los Vindiche - la mención de los carceleros hizo que una extraño escalofrió recurriera el cuerpo de ojibicolor. Cualquiera que estuviera aliados con esos seres, no era nadie que se pudiera considerar "bueno", incluso cuerdo - Eso paso hace años, al fin y al cabo, en ese entonces yo tenía diez.

- Kufufu, entonces en realidad fue hace tiempo - citó Mukuro con aquel tono que le había copiado al mayor. Daemon le lanzó una mirada fulminante antes de continuar - Y eso incluyo unas modificaciones al símbolo de su familia. El libro que revisaba - comentó mientras pasaba sus dedos por el lomo del libro - es uno que recopila los logotipos de las 50 familias más poderosas de la mafia. Fue hecho hace tiempo por un amigo de mi anterior… llamémosle, "familia".

- ¿Y qué hacia esa chica con ese medallón? ¿Es uno de ellos? - la voz del menor sonó extrañamente tranquila, pero se era capaz de percibir un toque macabro en ella - Para hacerle ver el infierno cuando despierte, ya sabe. Kufufu

- Aun te falta para lograr hacer eso Mukuro - Daemon sonrió son superioridad - No, no era de la niña. Se lo han de haber puesto mientras… - interrumpió sus palabras a la vez que su mirada se oscurecía y el aura que se percibía cambiaba. Cualquiera que entrara a la biblioteca en esos momentos sentiría un extraño aire que helaba la piel y una señal roja de peligro se presentaría de inmediato en su mente - Mientras se entretenían con Elena - puntualizó fríamente y un relámpago de ira centelleo en sus ojos.

- Oia, oia ¿cómo sabe que es eso?

- Alaude se encargó del medallón - admitió de mala gana mientras fruncía el ceño - La alondra puede ser hartante en todos sentidos, pero al menos hace bien algo.

La mente de Daemon pasó de nuevo a estar en la sala de reuniones donde hace no más de media hora habían estado todos los guardianes.


- ¡Esto fue una completa declaración de guerra! - gruñó G al tiempo que azotaba las manos en la mesa.

- ¿No me digas? ¿Tú crees eso? - comentó el ilusionista con sarcasmo en su voz. La tormenta lo miró de mala gana - Esos malditos van a conocer el mismísimo averno, me encargare de ello.

- No eres el único que deseas eso Daemon - la voz de Giotto resonó en el salón. Recargaba sus codos en la mesa entrelazando los dedos de sus manos a la altura de su barbilla. Su rostro no expresaba ninguna emoción, cosa que era realmente rara en él y solo significaba lo serio que era el asunto. Daemon chasqueó la lengua pero no dijo nada más.

El líder Vongola estaba enojado, se podía ver de inmediato. Sin embargo trataba de contenerse y lucia calmado mientras analizaba la situación. Ese era el don del cielo, a su lado los demás guardianes parecían controlarse más.

- Alaude, ¿qué fue lo que encontrarse en el medallón? - el rubio dirigió su mirada y palabras a su guardián de la nube que parecía emitir un aura asesina.

- E questo è solo l'inizio. Preparatevi a cadere *- recitó la frase que estaba grabada en el lado opuesto donde se encontraba el logotipo. Los demás guardianes se tensaron de la furia.

- Veo que son directos - Lampo refunfuñó.

- Debieron haber supuesto que la niña llegaría de algún modo a nosotros y por eso le colocaron eso - Asari dijo cerrando los ojos un momento para luego suspirar de forma pesada - Ella sólo fue el "modo de envió" del mensaje.


Sus ojos se abrieron lentamente.

¿Dónde estaba y qué había sucedido? Todo borroso, al menos hasta que su vista se acostumbro a la luz del ambiente y pudo ver claramente un techo blanco. Estaba acostada en una cama.

Trato de levantarse rápidamente y su cuerpo se entumeció un poco.

- No creo que debas levantarte tan aprisa. Ya sabes, Knuckles te curó pero eso no quita el hecho de que sientas un poco de contracción - dirigió su vista hacia la puerta para ser recibida por la sonrisa amable de Giotto.

- ¿La Señorita Elena se encuentra bien? - preguntó una vocecita.

- Estoy bien Tsuna - Elena bajó un poco la vista para ver al menor agarrando a Giotto por la tela de los pantalones mientras asomaba su carita y la miraba con aquellos enormes ojos marrones. Sonrió de forma tranquilizadora y el niño le devolvió el gesto mientras soltaba una risa de felicidad.

- A tu lado. Se quedo dormida mientras te miraba - el rubio movió la cabeza hacia el lado derecho señalándole donde tenía que observar. Elena abrió los ojos de la sorpresa al ver a la misma niña que había llevado a la mansión con la cabeza recargada en la orilla de la cama y sentada en una silla que estaba al costado de ésta.

Estaba dormida con los brazos alrededor de su cara y vestía un pequeño vestido blanco libre de rastros de sangre. Sintió una oleada de felicidad llevando sus manos a su boca para evitar gritar.

- El bruto de Daemon logró salvarla - sonó una nueva voz en el cuarto y Elena volteó su vista de nueva cuenta a la puerta para ver el rostro de G que parecía tranquilo mientras fumaba un cigarro.

- Oye G, no fumes aquí. Knuckles te va a volver a regañar - Giotto le mencionó a su amigo en forma de broma y éste solo soltó un sonido de reproche mientras se giraba y exhalaba el humo del cigarro.

- Bien, bien - refunfuñó un poco - Igual no me iba a quedar mucho, iré a avisarle a la fruta que Elena ya despertó. Vamos devuelta para arriba mocoso - dijo G mientras caminaba hacia adelante al tiempo que sonaba de una voz infantil un "¡¿Entonces para que bajamos?!" de mala gana. A lo lejos se pudo escuchar un "Cállate y camina Hayato" .

- Tsuna - ante la mención de su nombre el pequeño volteo su mirada para arriba y se encontró con unos gentiles ojos que lo miraban.

- ¿Si, Señor Giotto?

- Ve con G y Hayato a buscar a Daemon y Mukuro, ¿quieres? - Tsuna sintió un pequeño escalofrió mientras una expresión de terror se formaba en su rostro. Giotto trató de no reír con la carita que ponía el niño, su boca se hacia un poco más grande y temblaba mientras sus cachetes se le inflaban. Era de alguna forma tierno.

- P- pero señor Giotto - tartamudeó. No es que no quisiera al par de ilusionistas, eran su familia al fin y al cabo; pero si le ponía la piel de gallina el aura que en ocasiones emanaban o de lo que hablaban.

- Anda ve. Estarás con G, ¿no hay problema con eso cierto? - el menor negó con la cabeza. En el tiempo que había estado le había agarrado un enorme cariño al guardián de la tormenta y al peliplateado que estaba bajo el cargo de éste - Entonces ve rápido, antes de que no los puedas alcanzar y tener que ir solo con Daemon y Mukuro.

Ante esas palabras el castaño no tardó en salir corriendo del lugar a trompicones.

- ¡Pero ten cuidado! ¡No te vayas a caer! - exclamó el rubio algo preocupado mientras volteaba su vista hacia el pasillo.

Elena no pudo evitar ahogar una pequeña risa, una que se disolvió al instante en el que vio la expresión de Giotto cuando volteo al verla. Sus ojos no mostraban la calidez de siempre, si no que ahora parecían resplandecer con un extraño brillo de furia, y a pesar de que sabía que ese sentimiento no era dirigido hacia ella no pudo evitar sentir un extraño escalofrió recorrer su espalda.

- ¿Quién te hizo eso? - habló con un firme tono el líder Vongola, sin despegar su mirada de la mujer enfrente de él. Elena bajó la vista mientras apretaba leve sus puños, ¿acaso eso significaba que sin duda alguna habría una guerra? Giotto suspiró al notar su reacción mientras se pasaba una mano por los cabellos y cerraba los ojos - Ya sabes, me tengo que enterar tarde o temprano. Y mejor que el primero en enterarse sea yo en vez de un Daemon capaz de invocar al infierno ¿no? - dijo lo último con un leve tono de burla.


Empezaba a escuchar voces. No tenían sentido para ella, pero cada vez se le hicieron más claras a medida que despertaba de su sueño.

- Entonces tenían llamas.

- Sí. Pero no las habían mostrado si no hasta el final - la voz sin duda alguna femenina parecía algo frustrada - Bueno, al fin y al cabo es lógico ¿no? Yo no tengo ninguna capacidad de batalla - y también sonaba algo triste.

Como una tempestad los recuerdos de lo que pasó volvieron a su mente a una velocidad impresionante. Se sintió tan perturbada que incluso se hizo hacia atrás y cayó junto con la silla hacia el suelo en un ruido sordo. Un pequeño "duele" salió de su boca mientras abría los ojos y miraba los rostros preocupados de los adultos que estaban en la habitación.

Se quedo quieta sin mover un solo musculo, sin saber cómo reaccionar. Empezaba a temblar hasta que sintió una cálida mano posarse en su hombro.

Volteó lentamente y vio el rostro de la misma mujer que la había llevado a cuestas hasta ahí. Era hasta ese momento que podía apreciar bien sus rasgos, no cavia duda de que era una persona bella por donde se le viera.

Sin saber qué hacer, bajó la mirada con un leve sonrojo en la cara.

- ¿Estás bien? - le preguntó Elena en el tono más amable que pudo, inclinándose más para poder verla a la cara. Aunque no sirvió de nada, la niña parecía evitar su mirada. Aún así, la menor asintió levemente y la mujer lanzo un pequeño suspiro de alivio.

- ¿Te despertamos? - la menor volvió a negar la cabeza. Realmente ella sola se fue despertando poco a poco.

- ¿Eres muda? - habló la tormenta con los brazos cruzados con su típica expresión entre sereno y enojado recargado en el marco de la puerta.

- G, se mas amable - se quejó Giotto mientras le hacia una mueca infantil a su compañero. El mencionado alzo los hombros en señal de no darle importancia.

La niña no sabía qué hacer. ¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado? Y la pregunta más importante: ¿cómo es que seguía viva?

- ¿Por qué no morí?

Sin darse cuenta había dicho esa última pregunta en voz alta. Casi de inmediato puso sus manos en su boca para evitar que más palabras salieran.

- Eso mi querida, es porque yo estuve implicado.

En acto de reflejo la pequeña volteó la cara hacia la dirección donde había escuchado la voz. No tardo en darse cuenta de quién era el dueño de ésta.

El mismo hombre que recordaba haber visto antes de desmayarse, no había forma de olvidarse de alguien así. Estaba sentado en la orilla de la cama donde seguramente había estado la mujer, o al menos eso creía. Era tal y como su mente lo recordaba pese a estar en un estado confuso, con su porte elegante y burlón a la vez. Inconscientemente miró a sus ojos sintiéndose algo confundida al ver los dos iguales, ¿acaso cuando vio la pica en uno de ellos había sido producto de su imaginación?

- Nufufu, ¿sorprendida? - preguntó en su normal tono de burla y alegría Daemon mientras sonreía abiertamente.

- Ahora la fruta se va a poner a alardear - comentó Alaude en el acento molesto que siempre usaba para dirigirse a Daemon Spade lo miró de forma asesina antes de volver su mirada a la menor.

- Daemon Spade - la pequeña ladeó la cabeza antes de darse cuenta de que se estaba presentando. Y por su mirada parecía que quería que ella hiciera lo mismo.

Tragó un poco de saliva antes de que las palabras le salieran de forma algo ronca de su boca.

- N - nagi… - tartamudeó nerviosa, tratando de fijar su mirada en otra parte. El ilusionista sonrió satisfecho.

- Bien Nagi. Hay mucho de lo que tenemos que hablar.


E questo è solo l'inizio. Preparatevi a cadere* Significa "Este solo es el principio. Prepárense para caer"

Re editado por ElenaMisaScarlet el 31 de Agosto de 2015