Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephanie Meyer. Solo la trama me pertenece.

Muchísimas gracias por los reviews, los alertas y favoritos.

Soundtrack: Tú no tienes alma, de Alejandro Sanz, w w w . youtube watch?v=wTEOBFzoLTE

"Tú no tienes alma,
yo no tengo valor para ver cómo te marchas,
como si no pasara nada.
Tú no tienes ganas y yo me muero por darte las fuerzas que hagan falta.
Tú no tienes derecho a decirnos adiós
y yo no tengo el derecho a decirte que no,
si no tienes ganas, yo no tengo nada...
…Tú no tienes alma,
te abandonas cansada a un destino que te marca,
tú no tienes la vida más tiempo que yo
y yo no tengo la llave que cierra el dolor,
si no tienes alma, yo no tengo nada…"


Bella observó a su madre por un momento antes de retomar la lectura, lo hacía en voz baja, aunque a veces subía el tono de voz cuando en las sesiones de quimioterapia estaba también la señora Michigan, que sufría de cáncer en el pulmón, ya que se sentaba en el medio de ambas para entretenerlas. La señora Michigan siempre hacia su sesión sola, porque su hija, Anne, trabajaba en el turno de mañana, por lo que generalmente la dejaba en el hospital y la iba a buscar en su descanso del mediodía, pero ese día ella no había ido.

Observó alrededor y le sonrió a Carol, otra acompañante, ella estaba con su esposo, que tenía un tumor en el cerebro, había parecido que lo tenía controlado pero había vuelto a aparecer, aunque eso sucedía normalmente, esta vez parecía peor.

Era mucho lo que había aprendido en el año que habían pasado desde que le diagnosticaron a Renée Leucemia linfoblastica aguda. Habían tenido sesiones de quimioterapia continuas desde prácticamente un mes después que le comunicaran los resultados, y la habían puesto en lista de espera para un trasplante de médula ósea, ella no había sido recomendada como potencial donante porque no era totalmente compatible, según la doctora habían más posibilidades de éxito si era un padre cercano o un hermano gemelo, en este caso no tenían ninguno de los dos casos, Renée fue hija única y había sido el resultado de un embarazo de personas mayores, su madre iba a cumplir casi cincuenta años, y su padre ya tenía cincuenta y cinco. Sus abuelos habían muerto más de diez años atrás. Ese era el motivo por el que estaban intentando con la lista de donantes, aunque todavía no habían encontrado a un candidato compatible, cada día que pasaba las oportunidades de mejorar para Renée disminuían.

Sigue… —le pidió Renée y ella asintió mientras retomaba la lectura que al parecer se había detenido en algún momento, por lo que continuó casi como una autómata.

Bella… —Ella alzó la mirada y se encontró con la mirada amable de una de las enfermeras del departamento de Oncología. Eran muy amables, pero siempre sentía que parte de esas miradas era de compasión.

Hola, Paty —le saludó con el mismo tono, pasaban tanto tiempo allí que conocía el nombre de la mayoría de ellas.

La doctora Anderson me pidió que fueras a su oficina… —le comentó y Bella asintió, vio a su madre para encontrar que se había quedado dormida y se levantó despacio.

Dejó el tomo sobre el asiento y caminó hacia el ascensor, el despacho de la oncóloga y hematóloga estaba en el piso octavo. Mientras subía cerró los ojos sintiéndose agotada, no había conseguido dormir mucho ese día, tal vez una hora, el tiempo que pasó desde que llegara a su casa hasta que se hizo la hora para arreglar todo y llevar a su madre a su sesión.

Actualmente contaba con dos empleos. Trabajaba en las tardes en un café que quedaba en la esquina de la casa, hasta las nueve de la noche, allí pasaba a un local nocturno de mala muerte, donde también servía tragos y a veces funcionaba como cantinera. Era un trabajo de porquería, le pagaban menos que a todos porque aún era menor de edad y cada vez que había un pitazo de algo parecido a una redada debía salir corriendo sin esperanzas del pago de ese día, ese había sido el acuerdo con el dueño y agradecidamente solo había sucedido una vez en ese tiempo. Sin embargo, eso no era lo peor del trabajo, lo peor era cuando llevaba los tragos a una mesa donde habían solo hombres, siempre querían hacerse los graciosos y le metían mano, pero las propinas hacían que todo valiera la pena, necesitaba el dinero, y estaba agradecida por haber conseguido cualquier trabajo, mucho más dos, porque no había contado con ninguna experiencia.

Había organizado un duro horario, que nunca cumplía a cabalidad. Trabajaba de cuatro a nueve en el café, de allí volaba hasta el local nocturno, ya que entraba a las diez, allí cumplía turno hasta las cuatro de la mañana, a veces cinco, y después iba a casa.

Los días buenos podía dormir tres horas y su madre hacía la comida o atendía la casa. Los malos, sea por el dolor o por los efectos de la quimioterapia, o por alguna cita en el médico, se levantaba a las siete. Ese había sido un día malo. Agradecía que desde hacia un tiempo no necesitaba dormir más que unas horas al día.

Salió del ascensor y se encaminó hasta la oficina de la doctora, tocó dos veces y entró. La mujer pelirroja le sonrió y alzó una mano para permitirle la entrada.

Hola, Bella, ¿cómo te sientes esta mañana?

Bien —le respondió tomando asiento frente al escritorio—, ¿qué sucede? ¿Pasó algo? —Su corazón se aceleró ante la idea de que algo peor sucediera, como que de ninguna forma su madre pudiera tener el trasplante o…

No, al contrario, hemos conseguido el donante… —comentó sonriendo ampliamente y cortando la línea de sus pensamientos.

Bella la miró aturdida, ¿habían conseguido un donante? ¿Después de un año? Dios santo…

Sabes que no podíamos hacer el autotransplante porque tiene tantas células cancerígenas que la médula esta totalmente comprometida, pero estoy más que segura que ese donante es el indicado, tiene un noventa por ciento de compatibilidad… —Bella asintió rogándole a Dios que así fuera, que su madre pudiera recibir el trasplante y entrar en remisión—. Así que empezaremos con la cuenta regresiva… —le informó sonriendo—. El día de hoy lo llamaremos el día -90, empezaremos con las pruebas del donante, tu madre iniciara con sesiones de quimioterapia más intensas ya que debemos tratar de eliminar el mayor de células cancerígenas que podamos, para que cuando se aplique el injerto, las células de este tenga menos posibilidad de mutar…. Y lo venceremos muy pronto.

Bella se mordió el labio con fuerza mientras asentía, más sesiones de quimioterapia significaban más días malos, esperaba poder conseguir más permisos en el café y en el local sin que la despidieran, ya que generalmente con las reacciones secundarias su madre pasaba toda la noche vomitando.

Te recomiendo que contrates una enfermera o la hospitalices, sobre todo cuando comencemos a incrementar las sesiones de quimioterapia, no puede quedarse sola, es muy importante la compañía, y no solamente para atenderla, sino porque necesitará ayuda y apoyo, controlar la depresión que pudiera acarrear las terapias…

Bella asintió de nuevo y observó como la doctora revisaba su historia.

Sé que no tienen seguro medico…

Yo podré costearlo —se apresuró a explicar—, tengo dinero reunido.

Entonces búscale una enfermera que te auxilie desde este momento, Bella, es muy difícil llevar esto sola, sobre todo cuando trabajas de noche.

Asintió pero giró la mirada, analizando cómo acomodar su presupuesto para introducir ese nuevo gasto, sabía que lo que tenía guardado era suficiente para las sesiones de quimioterapia y las operaciones o por lo menos así le había dicho el departamento de cobranza que le dio el presupuesto estimado, además que ya había gastado bastante en ese pasado año. Los dos trabajos le ayudaban a llevar los costos del hogar y seguir reuniendo por cualquier eventualidad.

Ese mes había incluso llamado a su padre para pedirle dinero, pero únicamente le había respondido que Renée ya no era su responsabilidad, que se lo pidiera al hombre con el que había estado "puteando". Bella no sabía si se había enterado de Bill o si solo se estaba lanzando un farol, pero sea cual fuera había quedado igual que antes. Incluso pensó en ir a buscar a Bill, aunque se arrepintió casi inmediatamente, él estaba con su familia, tendría su nueva hija, si el embarazo de alto riesgo no hubiese sido interrumpido para ese entonces, así que no podía pedirle más, ya suficiente le había dado con lo que tenía.

Lo haré… —le prometió.

Hablaron unos minutos sobre cuáles eran los pasos a seguir y después salió caminando hasta donde estaba su madre.

La encontró aún dormida sobre la silla, sobre su cabeza estaba un pañuelo naranja la cubría ya que no tenía cabello, se le había comenzado a caer cuando empezaron con las quimio y a la tercera le había rogado a Bella que se lo rapara. Ella lo había hecho sin pensar mucho en que una mujer tan hermosa como su madre ahora estaba hinchada, ojerosa y deprimida, sobre todo esa vez que había llorado como una niña, como si la estuviese matando al cortarle cada mechón y después afeitarlo.

Lamentablemente con la tristeza no conseguía ayudarla demasiado, la psicóloga de la planta hablaba con ella una vez por semana, pero creía que la enfermedad junto con la separación de Bill le había robado mucha fuerza. Bella intentaba tener fuerza por ambas, a pesar que muchas veces era tan difícil…

Se sentó en el asiento a su lado a esperar, descansando por fin.

.

Después de la quimioterapia manejaron hasta el apartamento en total silencio, cuando entraron por fin la acostó en la cama para que descansara.

¿Para qué te llamó la doctora? —le preguntó su madre que cada vez parecía como una niña, en vez de lo que había sido.

El problema era que siempre la había visto pequeña, con su padre, con Bill, y ahora con ella. Sintió resentimiento contra sí misma por pensar eso, su madre estaba enferma y ella quería atacarla de alguna manera. No tenía corazón.

Me dijo que tenemos un donante… —le susurró acariciando su mejilla y la sintió fría, siempre cuando salía de una quimioterapia su piel estaba más fría—. Así que falta poco… —le animó.

Renée miró hacia el techo y negó con la cabeza.

No hay razón por la que vivir… no hay nada más que este dolor —le contestó. Bella apretó los labios y suspiró hondo.

No digas eso… —le rogó—. Te prometo que funcionará, saldremos de esto y estarás otra vez bien…

Renée asintió y cerró los ojos.

¿Te quedarás conmigo? —le preguntó rogándole con voz rota.

Tengo que trabajar… —le susurró.

Sabes que esto me hace vomitar… que me duele… Te necesito aquí a mi lado, no tengo fuerza, Bells…

Bella acarició su mejilla.

Nery comprobará que estás bien… —Era la vecina, lo que más se asemejaba a lo que había contratado como enfermera. Eso se traducía sinceramente en una mujer que pasaba dos veces por la noche a ver si aún respiraba y le enviaba mensajes de texto. Cuando eran noches malas, tenía un trabajo adicional, ver si no se había ahogado en vomito.

Bella… —le pidió de nuevo.

Ya veremos… —le respondió y le rogó que se durmiera. Si lo hacia podría hacer un poco de sopa de almuerzo y dormir unas horas antes de irse de allí.

Una hora después comenzaron los efectos secundarios, y cuando escuchó el sonido de arqueo seco emitido de su madre supo que no iba a poder ir a trabajar.

Bella se encontraba sentada dentro del cuarto de producción observando como terminaban de acomodar el set, acababa de terminar la reunión del día con el personal creativo para buscar ideas sobre el programa de esa semana. Estaba totalmente agotada, concentrarse había sido una tarea astronómica, mucho más que de costumbre, y por ello una reunión que solamente hubiera durado un par de horas, se había alargado a casi cuatro. Si a alguno le pareció raro que le pidiera repetir lo mismo un par de veces o más, no habían dicho nada.

En el programa de esa mañana habían llevado dos perros que jugaban painball, era completamente ilógico y estaba segura que la sociedad protectora de animales iba a quejarse antes de terminar el día, sobre todo por el hecho que los perros usasen sus hocicos para tirar pintura hacia el otro. Pero había sido extremadamente gracioso, o por lo menos eso pudo ver de los demás que se habían reído con mucha fuerza. Ella únicamente había podido quedarse allí sin hacer o sentir nada. Era algo aterrorizante, o debería serlo, si le importara lo suficiente.

Cerró sus ojos por unos instantes apoyando su peso en el respaldo de la silla. El dolor en su cabeza iba a matarla, ya había pasado de un grado siete al diez y sentía que las venas de su sien palpitaban. No era algo agradable.

—Hasta mañana, jefa —se despidió el último de los operadores y ella asintió hacia la salida, casi sin abrir los ojos.

Cinco minutos después escuchó que abrían la puerta y giró su cabeza contra la silla para ver hasta ese punto. Rodó los ojos.

—Bill…

—¿Cómo te sientes? —le preguntó llegando a su lado, sentándose en la silla más cercana y tomando su mano.

—Estoy bien… —le repitió como había hecho ya hasta el cansancio.

—No te ves bien. Es suficiente, mañana asignaré otro productor…

—No hagas eso —le interrumpió negando con la cabeza—, no he hecho nada para descuidar el trabajo, no han bajado ni la calidad ni la audiencia… No puedes… Tú me dijiste que lo estaba haciendo bien… —comentó colocando su mano sobre su frente.

—No pienso en el programa, Bella… —le interrumpió entre dientes. Ella apartó la mirada.

—Dijimos que esperaríamos hasta saber bien cuál tipo de leucemia es…

—O si no es leucemia —le interrumpió y sonrió apretando el agarre. Le fascinaba ver que Bill quisiera tener ilusiones, ella ya no lo hacía, tenía mucho tiempo que había dejado de tener esperanza—. Igual, creo que debes descansar…

—No puedo estar sin hacer nada… —le susurró.

—Tienes que recuperar fuerzas. Bella, por favor… —le rogó.

—En un par de días me darán los resultados de los exámenes —le contestó y él asintió forzosamente, colocó su otra mano en el hombro y apretó el agarre—. Allí tendrás la excusa para botarme…

—Nunca podría botarte, Bella… —le comentó mirándola como si estuviera loca, ella en verdad no lo estaba, solamente tenía claro que todo podía ir mucho peor, sin duda. Sin embargo, el trabajo era el único sitio donde sentía que valía la pena, que significaba algo, que hacía algo para mejor.

Por supuesto que eso quería decir que tampoco lo tendría. No consiguió conservar a Edward, ni a su trabajo… ni su salud… ni a… Suspiró cerrando los ojos alejando esos pensamientos.

—Vámonos a casa, entonces —declaró Bill y ella lo miró fijamente.

—No puedes seguir haciendo esto —le indicó y él frunció el ceño.

—No empieces con ello… —intentó refutarle.

Rodó los ojos, durante la semana y media que había transcurrido desde que se había enterado de su situación la había acompañado a casa, le había hecho la cena o se la había comprado de alguna parte, a pesar que Bella no comía demasiado igual insistía, y la acompañaba hasta la medianoche, muchas veces más tarde, no tenía idea, solamente sabía que se iba después que se quedaba dormida. Cada mañana cuando se despertaba ya no estaba, haciéndolo todo un poco más ilógico, le recordaba demasiado al pasado, y no ansiaba eso de ninguna manera.

—No soy tu responsabilidad —le dijo como generalmente hacía y él la miró incrédulo y dolido.

—Bella…

—Bill. —Ambos se sobresaltaron y apartaron al escuchar una tercera voz, sobre todo porque habían creído que estaban completamente solos.

Bella frunció el ceño y miró hacia Jacob, que miraba fijamente a su padre.

Bill suspiró y se apartó aún más, soltando sus agarres.

—¿Qué sucede, hijo? —le preguntó exasperado. Jacob los miró por unos instantes sin decir nada.

—Vaya, padre, te pediré que no te acerques mucho a la Dominatriz, a su esposo no le gustaría, créeme, lo sé y estoy seguro que mamá no querrá quedarse sin esposo, así este ni lo merezca —dijo entrecerrando los ojos.

Era extraño escuchar el apelativo "padre" de los labios de Jacob, incluso creía que era la primera vez que se lo oía decir, imaginaba que evitaba hacerlo porque no quería que todos supieran que estaba allí por su causa. No que hubiese duda sobre ello, no solo por su parecido físico que lo relacionaba con el director del canal, sino porque efectivamente había comenzado a trabajar allí únicamente por su padre. Por lo menos al principio, después él demostró su valía, era un buen coanfitrión; ligero, gracioso, no opacaba a Alice, un dolor del trasero la mayoría del tiempo, pero esa era parte de su personalidad.

—¿Dominatriz? —cuestionó Bill enarcando una ceja. Jacob sonrió ligeramente, esta vez viendo fijamente a Bella.

—Un chiste privado… —se burló—, pero el resto es bastante cierto, además del hecho que has bajado a este estudio más veces esta última semana de lo que contaría en un año.

—Esto no es así… —contestó Bill molesto, y ella se tensó imaginándose que sacaría de nuevo el hecho de que era como su hija, lo cual no quería que ocurriera.

—¿Por qué…? —preguntó Jacob enarcando una ceja, con un gesto que le hizo ser tan parecido a su padre que la aturdió por un instante.

—Porque Edward y yo ya no estamos juntos… —le contestó levantándose de su asiento, con bastante esfuerzo. Miró hacia Jacob que la observaba con expresión incrédula—. Caballeros, me retiro.

—Bella… —le advirtió Bill.

—Nos vemos mañana —les dijo a ambos, dejándoles claro a ambos que no iba a volver a verlos ese día.

Salió de allí con las pocas fuerzas que le quedaban, manejó como una autómata deteniéndose en la farmacia para comprar algo para su dolor de cabeza y después se dirigió a su casa. Su sola y vacía casa. Allí se sirvió una pequeña sopa instantánea y se la tomó junto con una pastilla para aliviar el dolor, antes de tirarse en la cama.

Se quedó acostada por mucho tiempo, en un estado parecido a un sueño lucido, sin poder descansar, pero sin tener la voluntad de hacer algo. Hacer algo había significado un esfuerzo tan grande en esos últimos meses que solo se concentraba en quemar toda su fuerza en el trabajo. Después se drenaba completamente.

Por supuesto, allí era que había fallado con Edward, había dejado de darle lo más importante, por lo que quería estar a su lado, pero simplemente ya no podía hacerlo.

A veces había deseado ser suficiente, no esforzarse tanto para conseguir algo, sobre todo porque sabía que no podía conseguirlo al final, era como si toda su vida hubiese luchado, batallado para evitar que la dejaran, pero todos lo habían hecho igualmente. En cada punto de su vida había fallado, y ahora, al final de todo, incluso su cuerpo lo hacía, de nuevo.

Recordó la ansiedad que presentaba Bill y se acomodó sobre la almohada, frunciendo el ceño. Ella no estaba ansiosa, o aterrorizada, o asustada por el resultado de esas pruebas, era más bien algo que iba a suceder, ya lo tomaba como algo definitivo, incluso en esos días había pensado en la muerte muchas veces, como otra de esas cosas que se imaginaba desde niña, algo que era malo y cómo se sentiría llegar allí.

Lo vivió con la muerte de sus animales, con el engaño del amor de su vida, el abandono de… No, ya eso no tenía que temerlo, lo había experimentado muchas veces.

Sin embargo, estúpidamente, había creído que Edward seria quién nunca le dejaría, no sabía porqué lo pensaría, era más que obvio que lo haría al final.

Cerró los ojos y pensó en la muerte de nuevo. No en la pregunta de dónde iríamos después, o si existiría algo después de ello, sino más bien en cómo sería si el dolor de cabeza ya no estuviera, si ya nada importara y que nadie la dejaría sino que ella sería la que se iría esa vez, para siempre, sin luchar o esforzarse. Dios… descansaría, ¿no sería eso maravilloso? Ella sería… libre. Sin dolores, preocupaciones, necesidades, y sin que nadie sufriera ni se preocupara por sentir la obligación de cuidarla.

Involuntariamente, esa idea le hizo emitir una especie de sonrisa, la cual mató inmediatamente reclamándose en que eso no era algo muy bueno en que pensar. Aunque la verdad no le importaba.

Jadeó cuando sintió una pulsada en su cabeza que la hizo golpearse contra la almohada, era como si le hubiesen clavado más de diez mil cuchilladas contra el cráneo. Nunca había sentido una migraña, pero así deberían sentirse mil migrañas en una. Jadeó aún más cuando otra cuchillada la atravesó y se preguntó si eso era lo que experimentaba su madre cuando había gritado algunas veces. Percibió que algo se corría y llevó su mano a su cara por un segundo, sintiendo en verdad que algo húmedo la recorría.

Apartó su mano para que entrara en su visión y descubrió que estaba totalmente cubierta de sangre, miró el color aturdida y paralizada por unos instantes, antes de mover su cabeza y notar cómo caía por su ropa. Salió corriendo dejando por donde pasaba una línea de sangre parecida a la que dejaba un grifo de agua abierto o una manguera tirada en el suelo. Llegó al lavamanos del cuarto de baño y abrió los ojos desmesuradamente al ver su cara, la mitad de ella estaba llena de sangre y casi no podía respirar porque el líquido hacia que se ahogara.

Tosió con furia tirando la sangre en el lavamanos y el piso, parecía que salía por todos lados. Abrió el grifo y el agua y la sangre se confundían; sin embargo, comenzó a lavarse salvajemente, subiendo la nariz para que dejara de sangrar, ahogándose aún más cuando se tragaba la sangre que corría por su garganta.

Treinta minutos después por fin había parado de sangrar totalmente.

Bella llevaba una hora debajo de la regadera, tirada en el suelo, con todo y su ropa, restregándola como si al quitar cualquier resto rojo de su vestuario pudiera borrar lo que acababa de suceder. Aún respiraba superficialmente y sus manos temblaban, aunque no sabía si era por la impresión, la debilidad o una mezcla de ambas.

Cuando por fin considero que estaba lo suficientemente limpia, sin sangre, se apoyó de los azulejos blancos de la ducha, y se levantó a pesar que resbaló dos veces contra el suelo y casi cayó al suelo, cerró el agua, se quitó la ropa mojada y la tiró en el piso, antes de tomar una toalla y envolverse en ella.

Salió del baño sin mirar el lavamanos, sus pies pisaban la sangre que aunque estaba seca, se volvía a humedecer por el agua que destilaba, lo ignoró, así como también hizo con la cama y salió de la habitación, bajó las escaleras prácticamente abrazada del reposa manos y buscó el teléfono celular que estaba sobre la mesilla al lado de la puerta, junto con sus llaves.

Marcó el número y esperó prácticamente tirándose al sofá.

—Rosalie Hale —le respondieron en el segundo repique.

—Rose… —susurró en medio de un jadeo tembloroso, de nuevo, la debilidad no ayudaba a que hablara normalmente.

—¿Bella? ¿Qué sucedió?

Ella cerró los ojos y le relató todo, como había tenido dolor de cabeza desde el día anterior, sin mejora, y después estaba desangrándose.

—Eso pudo resultar ser una hemoptisis leve por el dolor de cabeza tan profuso… —le explicó Rosalie.

—Es la leucemia… —respondió tercamente, no comprendía porqué Rose era tan terca en negar la enfermedad hasta el final.

—Bella, no es normal que en las leucemias haya sangrado…

—Mi madre lo tuvo… —le reconvino.

—Eso difícilmente demuestra algo, yo soy la medico aquí, no tú, sé que la espera está matándote, y en este instante nos estamos basando en puros diagnósticos presuntivos, pero dentro de tres días ya tendremos los resultados de las pruebas anticuerpos y del test de coombs y tendremos la seguridad, sabremos los pasos a seguir… ¿vale?

—Vale… —le respondió suspirando hondo.

—¿Cómo sigue el dolor de cabeza? —le preguntó. Bella pensó sobre ello y frunció el ceño.

—Mejor… —comentó.

—Bien… Sube la cabeza para que no empieces a sangrar de nuevo y cualquier cosa vuelves a llamarme inmediatamente.

Bella asintió, se despidió y se acomodó en el sofá cerrando los ojos, ahora que no tenía tanto dolor de cabeza pudo conseguir un poco de descanso, finalmente.

Aprovechó que su madre estaba dormida y abrió su correo electrónico, frunció el ceño al encontrar un mensaje privado de Edward.

¿Edward escribiéndole?

Tenia más de un año que no sabía nada de él, aún pensaba en él, sobre todo porque evidentemente no había tenido su cabeza despejada para que le interesara alguien más. Suspiró hondo recordando sus labios, sus ojos, y la forma en como él actuaba ante el mundo, despreocupado y feliz. Ella le envidiaba eso, a veces no comprendía cómo podían existir personas que fueran de esa forma, ¿cómo podrían ser así cuando la vida era tan distinta? Se preguntaba si ellos sentían distinto a ella o si ella era un bicho raro porque no podía actuar de la misma manera. Quizás fuera por eso y no por su madre que todo había acabado.

Negó con la cabeza y comenzó a leer el mensaje:

Perdóname, actué como un imbécil, más que un imbécil, no tengo ni siquiera cara para llamarte, sé que no debes querer nada de mí. ¿Cómo pude actuar tan egoísta?
Cuando mamá me dijo que tu madre tenía cáncer, que tú la estabas cuidando, allí
entendí todo, debí preguntarte, debiste decírmelo… ¿Por qué no lo hice? ¿Cómo está todo?
En lo que pueda ayudarte… Bella, lo que necesites… Si pudiera estar allí, lo haría… ¿Lo sabes, verdad?
¿Qué puedo hacer? Por favor…
—¡Bella! —Ella se sobresaltó al escuchar el grito de su madre y abandonó la computadora para salir corriendo hacia el cuarto, encontrándola sangrando profusamente por la nariz.

—¡Mamá! —gritó con pánico, tratando de tomarla.

—¡Me estoy muriendo! —le decía desesperada mientras corría alrededor, evitando que la atrapara.

—¡Para, para, por favor! —Le pedía Bella antes de tomarla por fin y tratar de detener la hemorragia—. Cálmate…

—Llévame a la clínica… ¡me desangraré! —decía desvariando, escupiendo un poco del líquido en el proceso.

—Lo haré… vamos, por favor… —le pidió tomando una sábana y tapándole la nariz, haciendo que subiera la cara.

—Me voy a morir… —le lloraba su madre contra la sábana y Bella negaba con la cabeza. No podía morirse, no podía hacerlo. No lo permitiría, no sabía que haría, pero ella no la perdería.

Trató de controlar la sangre mientras le hablaba para tranquilizarla.

—En menos de un mes haremos la operación, mamá, en un mes tendremos el trasplante y todo será mejor, todo lo será… —le prometió abrazándola y llevándola abrazada hasta el vehículo.

Bella abrió los ojos y giró su cabeza aturdida por su sueño, había olvidado eso, o tal vez no, solo se había entrenado demasiado bien para bloquearlo, odiaba ahora recordarlo y no poder controlarlo.

Miró hacia la ventana de la sala, al parecer se había quedado dormida en el sofá, con la toalla, que estaba desparramada en el suelo. Observó como había comenzado a amanecer y frunció el ceño, había dormido varias horas. Y el dolor de cabeza había vuelto, con mayor intensidad que antes. Se levantó tropezando hasta llegar a la mesa de la cocina donde había dejado el pote de pastillas y tomó una, deseando con todas las fuerzas que el dolor remitiera.

Después caminó hasta la sala, tomó su teléfono celular y subió las escaleras totalmente desnuda, llegó al cuarto y tiró el aparato en la cama mientras se dirigía al cuarto de baño. La sangre seguía allí pero ella solo pudo verse en el espejo.

Estaba ojerosa y pálida, más delgada que antes, desde que Edward la había dejado había adelgazado más, pero no le interesaba. Su cabello estaba más ondulado porque había dormido con este húmedo, y pesaba como quinientos kilos, quizás más; tal vez fuera más el dolor en la cabeza que otra cosa, pero así se sentía. Únicamente lo tocó y pensó en Edward. En las horas que se había encargado de cuidarlo para él y en cómo no había servido de nada.

Pensó en su madre, en cómo había muerto, en cómo la había matado también, fracasando en cada promesa que había hecho en su vida. Su mente era un revoltijo y ella pensaba una y otra vez en cómo no podía aguantarlo más, en que todo le pesaba. Recordó a su madre, en lo que había llorado cuando le cortó su cabello, su crisis cuando tuvo el sangrado y necesitaba hacer algo para reafirmarse que no sería así con ella. Que tenía que acabar con todo...

Parpadeó y abrió el cajón de madera debajo del lavamanos, buscó una tijera y comenzó a cortar su cabello, necesitando como respirar que el dolor de cabeza se fuera, que dejara de pesarle, tenía que liberarse. Cortó mechón por mechón, por un tiempo, hasta que estaba a la altura del cuello, y algunos lados desiguales, no le importaba, nunca le había gustado su cabello largo, solo lo había usado por él y él ya no estaba.

Llevaba tiempo en ello cuando escuchó que el teléfono sonaba, tenía idea que ese escandalo había resonado desde antes, pero no le había molestado hasta ahora. Soltó la tijera sobre el lavamanos y caminó hacia la cama. Contestó la llamada.

—Hola —contestó sin mirar a ninguna parte.

—¡Bella, por Dios bendito! ¿Dónde demonios estabas? —Ella frunció el ceño al escuchar la voz de Bill—. ¡Tengo más de media hora llamándote!

—Estoy aquí… —respondió parpadeando repetidas veces.

—¿Cómo estás? ¿Cómo amaneciste? —insistió pero allí ella giró y observó su habitación. Su cama estaba llena de sangre, junto con el piso, todo era un desastre.

Miró hacia el baño y jadeó, el suelo era una mezcla de sangre y cabello.

—¿Bella? ¿Qué sucede? ¡Ya voy para allá!

—No… —susurró horrorizada, pasó una mano por su cabeza para descubrir que su cabello largo se había ido—. Ya me voy a arreglar para ir a trabajar.

—Bella…

—Adiós —dijo con tono ligeramente muerto.

Dio la vuelta hacia el armario, se vistió y salió de la casa rumbo al trabajo, montándose en su vehículo.

Al arrancar se vio en el espejo retrovisor y respiró hondo, su cabello estaba vuelto un desastre. Pero su cabeza ya no dolía. Se colocó una coleta, aunque varios mechones caían por su cuello y mejillas, mientras continuaba manejando.

Llevaba diez minutos cuando cada una de sus extremidades comenzaron a volverse más y más pesadas, además que sus ojos comenzaron a cerrarse.

"No… yo dormí… yo dormí…", se repitió un par de veces, pero después no pudo hacer nada más, cayó en la inconsciencia detrás del volante, girando hacia la izquierda.

Si hubiese podido sentir algo, sería sorpresa, ya que en vez de pánico, una voz muy escondida de su cerebro le susurró… "Por fin…"

.

Abrió los ojos sintiendo un profundo dolor y desorientación. Total desorientación. Había una luz blanca y se preguntó si esa seria la muerte, lo cual era más que correcto, ya que en vez de libertad había dolor.

—Está volviendo en sí… —escuchó que alguien decía y arrugó la cara ya que un dolor profundo perforaba en su parte posterior—. Señora Masen… ¿qué tomó? ¿Qué tomó? —le preguntó un hombre vestido en azul pero ella no podía hablar.

—Señora Masen, necesitamos saber qué fue lo que ingirió… —le decía otro con una bata blanca. "¿Médicos? ¿Estaría Edward allí?"

—No reacciona… —dijo el primero y Bella volvió a cerrar los ojos, aunque abrió los labios cuando sintió de nuevo dolor.

—¡Isabella! —Volvieron a gritar y ella abrió los ojos—. ¿A quién llamamos? ¿Tienes alguien a quién pudiéramos llamar? —insistieron tampoco pudo contestar.

—Su número de contacto no contesta, aparece desconectado —escuchó que decían.

—¿Tenía algo con ella? ¿Un celular?

—Sí —contestó otro—. Lo trajeron los bomberos.

—Marca el último número que recibió…

Allí volvió a caer en la inconsciencia.

.

Escuchó algo parecido a sollozos y comenzó a abrir los ojos, se removió un poco pero parecía que estaba contenida, su pierna izquierda estaba fija a la cama. Su estómago se sentía como un yunque y experimentaba nauseas, además del dolor de cabeza.

Por supuesto, el dolor de cabeza no se iba a ir nunca.

Forzó a sus ojos a abrirse y giró la cabeza para encontrarse a Bill frente a ella sentado en un sillón de terciopelo, tenía las manos sobre sus ojos y era quién estaba sollozando.

Abrió sus labios para hablar, pero su boca estaba demasiado seca, tragó varias veces intentando lubricar su garganta para volver a intentarlo.

—Bill… —susurró y su voz surgió ronca y rota.

Él apartó las manos de su cara y suspiró profundamente.

—Gracias a Dios… —murmuró levantándose del asiento casi desesperado y llegando a su lado.

Acarició su frente y tocó su mano libre, la otra tenía una mariposa y Bella frunció el ceño al ver que estaban haciéndole una transfusión de sangre.

—¿Qué sucedió? —preguntó sintiéndose confundida y desorientada.

Bill la miró por unos instantes, como si estuviese incrédulo de esa pregunta.

—Tuviste un accidente… —respondió por fin—. Al parecer… te quedaste dormida frente al volante…

Bella alzó las cejas y miró hacia los lados confundida.

—¿Hubo… más heridos…? —preguntó temblando.

—No… colisionaste contra un árbol… —le respondió y ella asintió forzosamente—. Te fracturaste la pierna izquierda, y está enyesada, recibiste una herida profunda también a la altura del muslo por lo que perdiste mucha sangre… Por eso tuvieron que hacerte la trasfusión.

Bella asintió apartando la mirada, agradeciendo no haberle hecho daño a nadie.

—¿Por qué lo hiciste? —le preguntó Bill y ella frunció el ceño confundida.

Giró la cabeza para mirarlo confundida y notó que observaba su cabello cortado, subió su mano libre para cubrirlo por un instante, a pesar que le llevó mucho esfuerzo, ya que todo su cuerpo dolía a la vez que parecía de gelatina.

—Me pesaba demasiado… —intentó explicar aunque en verdad ahora no comprendía bien porqué en ese momento había sido una buena idea—. Me dolía mucho la cabeza.

Bill negó con la cabeza y acarició su cabello haciendo que bajara la mano. Ella volvió a observar como sus ojos se humedecían.

—¿Estás solo aquí? ¿En qué hospital estoy? —preguntó.

—En el Northwest —respondió y ella asintió, no era el de Edward—, y sí, estoy solo…

Ella asintió de nuevo y bajó la mirada.

—¿Edward lo sabe…? —preguntó acariciando la sabana que la cubría en todo menos la pierna enyesada—. ¿No le interesó?

—No lo sabe, no lo lograron localizarle y cuando me llamaron a mí les dije que me ocuparía. Tuve que ir a tu casa —le comentó con voz rota, la cual se quebró aún más al final, confundiéndola—. ¿Qué sucedió? ¿Por qué había tanta sangre alrededor? ¿Por qué cortaste tu cabello? ¿Por qué no me llamaste, Bella? Sabías que yo estaba allí para ti; si estabas sola, si te sentías mal, debiste buscarme… Sabes que te amo y que no quiero que te hagas daño ni que sufras… Lo sabes…

—Solo fue un poco de sangrado por la nariz… —intentó justificarse.

—¿No entiendes que yo te hubiera perdido? Aquí hay gente que te ama y que te necesita… ¡Tienes que luchar por nosotros y por ti! ¡No rendirte! ¿Por qué no me llamaste si sentiste que querías rendirte?

—¿Bill? —preguntó enredada, no entendía qué quería decir con ello.

—¿Por qué lo hiciste, Bella? —Le insistió y antes que se diera cuenta Bill se había arrodillado y había tomado su mano libre con fuerza—. No lo vuelvas a intentar… No vuelvas a hacerlo.

—No entiendo… —contestó confundida.

—¿Por qué intentaste suicidarte? No importa lo que suceda eso no debes intentarlo, no sabemos qué tienes, y yo te amo, no estás sola… no lo estás —le declaró entre lágrimas.

Bella lo miró con toda su mente en blanco por unos segundos. No comprendía qué quería decir con eso. Ella no se había… Ella no…

—¿Qué? —Preguntó por fin—. Yo no hice tal cosa…

Lo declaró con toda sinceridad y Bill la miró aturdido.

—¿De verdad no lo sabes? ¿Estás hablando en serio? —le preguntó incrédulo.

—¿De qué estás hablando, Bill? —le inquirió.

—Tuvieron que hacerte un lavado… Habías tomado todo un pote de pastillas para el dolor de cabeza…

Bella negó con la cabeza repetidas veces.

—No, solamente una, solo tome una…

Bill negó con la cabeza y Bella lo miró horrorizada, ¿cómo había hecho eso y por qué no lo recordaba?


Gracias a Gine y Gise por ayudarme con este capítulo que no fue nada sencillo; y un muy especial agradecimiento a Pao, mi asesora medica, Dios, yo creo que ya debía querer matarme porque prácticamente todo el capitulo lo escribí con una conversación abierta de ella al lado, ya que a cada paso surgía una pregunta.

Gracias por soportarme.

PD: Muchísimas gracias a todos los anónimos por sus comentarios. Si quieren que les responda déjenme el correo, háganlo sin el arroba —que yo lo entiendo— y en espacios, o colóquenlo en el titulo del review así, betzacosta gmail . com. (RECUERDEN LOS ESPACIOS PORQUE FF LOS BORRA)

Gracias por leer. Si les gusto o no dejen reviews :D