DISCLAIMER: Ningún personaje me pertenece. Todos son propiedad de Rick Riordan y J. K. Rowling, respectivamente. Yo sólo escribo con ánimo de entretener, sin buscar ningún fin de lucro.
ACLARACIÓN: Este fic contiene escenas de alto grado de violencia, abuso infantil y agresión, y Slash, es decir, relación entre dos hombres. Si no es de tu agrado, abandona la página, por favor. ¡Lee bajo tu propio riesgo!
La frontera de la cordura
Harry VI
—¡Márchate, Percy! ¡Aléjate de nosotros! Recuerda lo que te he dicho.
Le temblaron las piernas. Luego, observó fijamente a la mujer que le gritaba; de cabello oscuro y ojos claros; lo miraba con aprensión pero él no la conocía. Lucía tan cansada y desesperada, que le urgió el deseo ya existente e ignorado de ayudarla.
No quería hacerlo, pero ella estaba en lo cierto: era nuestra única oportunidad.
Él lo sabía. Pero, ¿oportunidad de qué?
Echó a correr hacia la izquierda, se volvió y vio a la criatura más impresionante abalanzarse sobre él. Los oscuros ojos le brillaban de odio. Apestaba a carne podrida. Agachó la cabeza y embistió, apuntando los cuernos afilados como navajas directamente a su pecho. Jamás había visto algo semejante. Podía contar infinidad de veces la cantidad de criaturas extrañas que había visto, pero aquella era desconocida.
O quizá no tanto, pero de cualquier forma era imposible.
El cuerpo de un hombre, fusionado al cuerpo de un toro. Como los mitos griegos, se recordó. Algo había visto en primaria, muy por sobre el tema, antes de que su mundo se voltease de cabeza.
El Minotauro.
Suspiró.
Qué estupidez.
Una oleada de pánico lo abordó. El miedo lo empujaba a salir corriendo, pero eso no funcionaría. Jamás lograría huir corriendo de aquella cosa. Se mantuvo en el sitio, sin poder moverse, hasta que, en el último momento, su cuerpo cayó hacia un lado, de pecho al suelo.
Sintió incluso el impacto del golpe. Como un dolor muy lejano y nada propio.
La criatura salió impulsada con una fuerza descomunal. Escuchó su aullido de frustración y alcanzó a ver cómo se volteaba. Esta vez no apuntaba en su dirección, lo cual era gratificante. Sin embargo, observó que miraba hacia la mujer de antes. La misma estaba depositando a otra persona en el suelo. Un muchacho, con piernas tan peludas como las de un animal. Sintió que la cabeza le iba a explotar, pero extrañamente la pulsación no se centraba en su cicatriz.
Su mirada pronto cayó en un valle, y las luces de lo que parecía una granja azotando la lluvia. Pensó que sería de mucha ayuda llegar allí, pero había más de doscientos metros de distancia y, bajo aquellas circunstancias, jamás lo conseguirían.
El monstruo gruñó. Miraba a la mujer que corría colina abajo con velocidad. Probablemente buscando centrar su atención en ella.
Aquella visión era tan extraña.
No se parecía en nada a las de…
—¡Corre, Percy! —gritó—. ¡Yo no puedo acompañarte! ¡Corre!
Percy…
¿Dónde había escuchado ese nombre?
Sentía que lo conocía.
Su cuerpo no se movía, incluso cuando observó cómo la criatura embestía contra la mujer. Observó atontado cómo ella intentó apartarse inútilmente, para ser apresada por el cuello por el monstruo. El Minotauro, pensó rápidamente.
¿El Minotauro?
La criatura la levantó del suelo, mientras ella pataleaba y lanzaba golpes por inercia.
Sintió por primera vez el impulso de su pecho. Inflándose de agitación y la preparación de su cuello, al igual que su lengua.
—¡Mamá!—se oyó a sí mismo gritar.
Su voz se escuchó tan diferente. Antagónica a la que él recordaba era su timbre de voz. Masculina, sin duda, pero más aguda y titubeante. Entonces notó que se sentía mucho más pequeño y su cuerpo entero temblaba.
¿Mamá?
Esa mujer no era su madre.
Ella lo miró a los ojos y su respuesta pudo haber sido tan inesperada como prevista.
—¡Huye!
El monstruo—El Minotauro, gritó un eco en su cabeza—apretó las manos alrededor del cuello de la mujer y ella se disolvió en el aire, convirtiéndose en luz, una forma resplandeciente y dorada, como una proyección holográfica.
La luz resplandeció enormemente, a tal punto de cegar su visión. Y cuando logró recomponerse, el monstruo—El Minotauro—continuaba allí, pero ella había desaparecido.
¿Mamá?
No. No era su madre.
Sintió que se clavaban mil estacas de puro acero en su pecho. El dolor fue tal que por un momento ignoró que había comenzado a llorar.
¿Cuándo había sido la última vez que había llorado?
No recordaba.
¿Mamá?
No.
¿Percy?
Recordaba ese nombre. ¿Dónde?
Mamá.
—¡Noooo!
No me dejes.
Harry abrió sus ojos rápidamente. El escozor de los mismos los hizo arder cuando su respiración movió el polvo, y sintió el frío de una lágrima deslizarse de su rabillo al lóbulo de su oreja. El pulso comenzó a tranquilizársele cuando inspiró y exhaló hondamente, y aguardó a escuchar un sonido en la oscuridad.
Una espesa negrura que poco a poco se iba aclarando de tonadas azules y verdes apenas visibles. La oscuridad consumía esa visión.
Una tenue brisa le heló la nuca. Se dio cuentas que estaba empapada en sudor y sus ojos quemaban. Se llevó una mano a sus ojos y observó las yemas de sus dedos húmedas. Harry se sorprendió al descubrir que lloraba, y su pecho dolía; quizá por el golpe físico o tal vez emocional.
Había tenido una pesadilla. Otra, pensó amargamente. Pero aquella había sido diferente, nueva. En ningún momento había aparecido él o alguno de sus patéticos seguidores. Y había visto aquella criatura y a aquella mujer, intentó rememorar. Cuando ella había desaparecido sintió tanto dolor. Había sido como hacerse con la idea de perder a la señora Weasley. Perturbador. Horrible. Lo había sentido tan cercano. Tan posible.
Se las apañó para sentarse. No halló nada en lo que respaldarse, por lo que se apoyó en sus brazos. Escuchaba un siseo repetitivo. Una respiración constante no muy lejos de su posición.
—¿Hol…a?
Como un detonador, un fuerte sonido secundó su voz, haciéndolo temblar. Distinguió apenas el presunto movimiento de algo en la oscuridad, algo que respiraba, algo que tosía y se acercaba a él. Dobló las rodillas y las juntó a su pecho, mientras se retraía hacia atrás. Su corazón había comenzado a latirle con tanta fuerza que sus oídos zumbaban y tuvo un ligero pantallazo de Aragog gritándole que el bombeo de su sangre había despertado a sus hijos, mientras cargaba con sus tétricas patas a polluelos de araña bebés, que sorbían y gemían agudamente de biberones muggles color rosa y azul.
La fugaz imagen casi le hace reír.
—¿Has despertado?—una voz preguntó, y tuvo el impulso veloz de rebuscar en la oscuridad. El tenue lucero le dejaba ver el contraste de un cuerpo que, en aquel momento, se encontraba sentado a escasos pies de distancia. Podía ver su postura, poco más grande que la propia, tambalease con el son de su respiración. Ante la falta de respuesta, volvió a hablar—. ¿Harry?
Tembló al escuchar su nombre.
—¿Quién eres?
Hubo una pausa, luego inspiró.
—Soy Percy, Percy Jackson. ¿Te has golpeado la cabeza?
¡Él conocía ese nombre! Rememoró estar siendo sujetado por un muchacho malherido, que le hablaba y gritaba a alguien más, mientras una enorme y descomunal fuerza tiraba de sus piernas hacia abajo, como si la gravedad se las hubiese apañado con él. También recordaba caer con él y, para su bochorno, ser en cierta medida sujetado por aquel que hablaba, Percy Jackson.
Sintió que la cabeza comenzaba a darle vueltas, y la oscuridad no ayudaba demasiado a poder concentrarse, establecerse o siquiera intentar descubrir qué era lo que ocasionaba su mareo. ¿Se caería si repentinamente se levantaba? No lo dudaba. ¿Dónde estaban? La poca luz que veía era una sombra en la negrura, era el velo delgado disperso que le permitía visualizarse un poco a sí mismo, y al otro. Veía la luz asomar en el lado izquierdo de Percy Jackson, iluminando no mucho más que una de sus mejillas, un cabello que lucía gris y sucio, y la miserable imagen de la que creía era su silueta sentada de frente.
—¿Te encuentras bien?—la voz le hizo saltar y golpearse los muslos contra el suelo rocoso. Emitió una queja audible—. Ups—oyó suspirar y pronto sintió algo tirar de su brazo. Su extraño sexto sentido (aquel que siempre le hacía saber cuándo debía estar alerta) no gritó dentro suyo por mucho más tiempo—. Mantente cerca. No puedo estar seguro qué nos saltará en la cara dentro de poco.
"No fuiste hecho para tranquilizar a las personas, por lo que veo", pensó y se abstuvo de decir. Percy Jackson lo acomodó a tientas a su lado en la oscuridad, luego se limitó a mantenerse en silencio.
Harry podía decir fácilmente que estaba disgustado. No comprendía absolutamente nada de lo que estaba sucediendo, y esa era una de las cosas que más le molestaban. No saber. Actuar sin conocer. Avanzar sin prever qué esperar. Se reprimió de rodar los ojos cuando escuchó un suspiro cansino del otro, incapaz de tolerarlo.
—¿Dónde estamos?—preguntó, e ignoró que su voz hubiese sonado tan demandante.
—Vaya—oyó al otro decir, con un tono sarcástico que incrementó más su irritación—. ¿A dónde se fue la cara bonita con lengua amable?
—¿Dónde demonios estamos?—siseó iracundo. Sus sienes vibraban y unas ligeras pulsaciones en su frente le advertían que se estaba olvidando de algo. Sabía que un detalle se le escapaba entre los dedos, algo que había estado haciendo antes de caer. Que su cicatriz reaccionase nunca significaba nada bueno.
Percy Jackson respondió después de una pausa larga.
—Eres mortal… ¿no?
Dobló la mirada hacia donde suponía estaba el otro.
—Por supuesto—respondió, pero luego dudó—. Eso creo. ¿No se supone que todos lo somos?—no lograba comprender de dónde provenía aquella incógnita. Sintió y escuchó a Percy Jackson moverse a su derecha; un calor muy fuerte le infundía su cercanía, aliviando la soledad de aquella oscuridad. Entonces, cayó en cuenta—. ¿Por qué lo preguntas como si tú no lo fueras?
Evocando el recuerdo de todas las situaciones que vivió con sus mejores amigos, Ron Weasley y Hermione Granger, él acostumbra a ser el mediador. Harry sólo tenía que pensar en las discusiones y pleitos tontos entre sus amigos para entornar los ojos y suspirar con hastío. No obstante, si bien podía caracterizarse en la mayoría de las situaciones como alguien tranquilo y racional en cuanto a actuar (respirar, tranquilizarse, recapitular, observar, buscar una solución al problema e intentar salir vivo para asistir a su próximo cumpleaños), no encontraba la manera de no sentirse nervioso y sin herramientas.
¿Qué se suponía debía hacer, sin embargo? Estaba en un lugar que le ponía los pelos de punta, con Percy Jackson, una persona que no conocía y no sabía realmente si tenía algo que ver con su extravío. Rápidamente, respiró profundo e intentó ignorar la vocecita en su cabeza que gritaba en un eco zumbante: "¡Eh! ¡Sé más cortés! ¡Percy no tenía que arrojarse contigo aquí! Él podría haberte soltado, pero te acompañó". Sacudió la cabeza con fuerza. "¡Ay! ¡Cuidado!". Se sintió atontado y mareado, pero a pesar del amargo malestar, sabía que había algo de razón en todo aquello.
De pronto, se sintió muy culpable. Una emoción bastante conocida.
—Tal vez porque no lo soy—dijo Percy luego de un rato, capturando nuevamente su atención—. Bueno, no del todo. ¿Qué tanto sabes de dioses griegos?
Harry estuvo tentado a reír, pero pensó que sería muy grosero. Sonrió aún así.
—¿Te refieres a los dioses de la mitología?—pensó un momento—. Zeus… Hades… Atenea…
—Sí, ellos—cortó Percy, moviéndose nerviosamente. Harry podía sentir cómo se había tensado de repente—. Tal vez no debamos decir sus nombres tan libremente. No al menos en este lugar. Los nombres tienen poder, pero no sé qué causen aquí.
Un momento.
¿Él no podía realmente estar insinuando…?
—¿Qué está pasando?—preguntó con un tono más suave. Harry esperaba verdaderamente que Percy Jackson no fuese como los que acostumbraba a tratar, independientemente de quien fuese. Deseaba, al menos, obtener de él las respuestas más honestas y sinceras posibles. La esperanza jamás lo abandonaba.
Jackson dudó, luego habló.
—Ellos… los dioses griegos… son reales—guardó silencio, pero Harry no iba a hablar. Repentinamente, la revelación no había causado en él un impacto trascendental. Ante su falta de respuesta, Percy continuó—. Ellos… bueno… se enamoran de mortales o bajan a la tierra para relacionarse con mortales. No tienen permitido permanecer mucho tiempo, en realidad nada, pero, generalmente, siempre, tienen hijos. Semidioses, mitad dios, mitad mortal—volvió a silenciarse—. Sé que suena muy increíble pero-
—Te creo—le cortó Harry. Se obligaba a tomar las cosas con bastante calma. No obstante, no era realmente un inconveniente el hacerse con la idea de tal situación. Porque algo dentro suyo le decía que la existencia de dioses mitológicos no era nada a comparación de todo lo demás que iba a descubrir seguro.
—¿En serio?—Percy sonó incluso escéptico, aunque tranquilo—. Te lo has tomado demasiado bien—Harry sabía eso, pero no encontraba un motivo suficiente para alarmarse de tales descubrimientos cuando ni siquiera podía ver sus manos—. Como sea, ¿aún tienes problemas para respirar?
La pregunta lo tomó por sorpresa. Recordó cómo el oxígeno le hacía arder la nariz y había tenido que cubrirse al caminar. Le alarmaba que Percy lo recordase, cuando no rememoraba haberlo visto notar aquel detalle, pero al mismo tiempo lo agradecía. Había muchas personas que se preocupaban por Harry, pero que alguien que no lo conocía y aparentemente no sabía quién era (lo cual había desconcertado a Harry al comienzo) tuviese en cuenta eso, era nuevo.
No había tenido buenas experiencias en cuanto a confiar en la preocupación de las personas. No realmente, al menos, luego de lo de Barty Crouch Junior y el falso Alastor Moody.
Luego recordó que Moody había sido asesinado el año anterior, en el plan que habían ideado los de la Orden para sacarlo de Privet Drive a salvo.
—Estoy bien—dijo con seguridad.
No le gustaba que se preocupasen por él y molestasen con ello, y acostumbraba a minimizar su estado. Sin embargo, realmente se sentía mejor. Respiraba el aire húmedo y frío de… donde sea que estuviesen… que era especialmente puro.
Dejando el tema de lado, aún tenía muchas dudas por saciar.
—¿Por qué los… dioses son importantes en… esto? ¿Ellos lo causaron?—cuestionó Harry.
—No se puede estar seguro de nada cuando se habla de ellos—respondió Percy, suspirando en el silencio—. La mayoría goza de hacernos la vida un imposible, a los semidioses… y también mortales.
—Eres un semidiós—afirmó Harry, cruzando sus brazos sobre sus rodillas flexionadas.
—Sí—lo sintió moverse, probablemente asintiendo—. Hablo de experiencias. No tengo especial estima por la reina del Olimpo.
Harry intentó recordar algo de sus clases de primaria, pero no salió exitoso. Luego preguntaría al respecto.
—¿Y dónde estamos?—continuó indagando.
Jackson volvió a moverse, antes de responder.
—Caímos… a Tártaro—Harry lo volteó a ver en la oscuridad. Su reflejo de luz manteniéndose impasible—. ¿Sabes qué es?
—Sí…—¿cómo no saber? Él había sido criado por muggles, y aún manteniéndose relacionado con ellos, había aprendido un poco de algunas culturas e historias. Grecia era respirar. Todo mundo había escuchado alguna vez aunque sea un pequeño dato de la historia griega. Sus dioses, su mitología. Sus héroes... sus monstruos y su representación del infierno—. Sí… sí, claro.
—¿Asustado?
—No realmente.
Pero Voldemort continuaba siendo su único infierno. Aquel que vivía cada noche de pesadillas, donde debía sentirlo vagar en su cabeza, mediante la conexión que remotamente estaban destinados a tener, y verlo asesinar y torturar, sintiendo él mismo el dolor. El vértigo a la muerte ajena. El sufrimiento de los demás.
Tártaro sólo le había retenido el aliento y sumergido en la oscuridad. Además de casi ahogarlo en un río que se lamenta en los oídos de los miserables.
Voldemort le había robado la vida al año de edad. Harry no creía que nada pudiese compararse con ese castigo.
Percy resopló una risa, pero a Harry no le molestó.
—Es bueno saberlo—comentó aireado el semidiós—. Aunque está bien tener miedo. Es un signo de que somos humanos.
Harry ya sabía eso, pero le había agradado que alguien más se lo recordase. Aún en la oscuridad y a la deriva, podía sentir la sangre nadar por sus venas y los pálpitos de su corazón explotar en su pecho y hacer temblar su cuerpo entero.
Eran muy pocas veces las que se sentía tan vivo.
—¿Y tu padre o… madre? El dios, quiero decir… No me has dicho quién es—notó.
—Mi padre es Poseidón—respondió, y la sorpresa de Harry se vio disuelta en la oscuridad. Por un momento pensó que tenía sentido, dada la extraña actitud del río de los lamentos, donde el agua actuaba en torno a ellos.
—Es… bastante impresionante—admitió.
—Me ha causado muchos problemas—rebatió Percy—. Hubo un pacto entre los tres grandes hace algunos años. No iban a tener más hijos con mortales, debido a todo lo que sus primogénitos habían causado. La Segunda Guerra Mundial fue el más grande ejemplo. Sólo dos de ellos cumplieron.
Harry parpadeó.
—Creí que la Segunda Guerra Mundial había sido influenciada por Grindelwald.
—¿Quién?—cuestionó la desconcertada voz de Percy.
—Gellert Grindelwald—siguió Harry, dudoso—. Un gran mago oscuro, con ideologías esclavistas hacia los sangre pura y la gente… no mágica.
Percy guardó silencio.
—¿Hablas… de un mago real, un hijo de la diosa de la magia?
Harry no podía estar seguro. Había descubierto que existían los dioses que la mitología griega siempre planteada, y que, además, había, quizá, millones de hijos de aquellos dioses por el mundo. ¡Incluso había una diosa de la magia! "Hécate", sopló una voz en su cabeza. Sentía que había escuchado de ella antes, en algún lugar.
—¿Quién eres, Harry?—volvió a hablar Percy, tranquilamente—. ¿Por qué los dioses querrían algo de ti?
Él lo sabía.
Por algún motivo conocido para su persona, todo el mundo había buscado algo de él a lo largo de su corta pero exuberante vida.
—Podría explicarte… pero tomaría tiempo—murmuró.
—Nos sobra tiempo—rebatió Percy—. Al menos, hasta que descubramos cómo salir de aquí. Aunque probablemente sí debamos esperar un poco, comienzo a sentirme somnoliento. Es este lugar—explicó, pareciendo leer en la negrura la incógnita en la mirada de Harry—. No sé exactamente dónde nos encontramos, o cómo salir. Pero ya he caído dormido unas dos veces. He soñado cosas muy extrañas. Sobre una motocicleta voladora y un hombre enorme.
El pulso de Harry tembló.
—Yo también he soñado… con un… el Mino…—se calló. Recordó lo que dijo Percy sobre el poder de los nombres. Suponía que esa criatura era oscura, ¿acaso causaría problemas si lo mencionaba? Optó por no arriesgarse—. Soñé con una mujer, un chico con piernas de animal y… un monstruo.
—Sí, esa cosa—afirmó Percy. Harry pudo notar que también estaba siendo cuidadoso con las identidades—. Ella es mi madre, él es mi amigo, Grover, un sátiro. Eran mis memorias.
—Uh…—Harry balbuceó, sin saber qué decir. Percy se escuchaba muy tranquilo. Quizá no tan impresionado.
—Lamento haber visto tus recuerdos. Supongo que es lo que este lugar hace. Impregnarnos tormentos ajenos—guardó silencio, luego habló—. Me sentí muy solo. Era como haber perdido todo lo que tenía, y saberlo.
Harry sintió cómo su garganta se anudaba arduamente. ¿Qué se supone debería decir? Por un lado, se sentía perturbado. Sus memorias estaban siendo profanadas y reveladas sin su consentimiento y aquello le molestaba. Se sentía desnudo sin poder manejar su propia cabeza. Ya era suficiente con Voldemort. Pero, por otro lado, él también había visto un recuerdo de Percy (lo había confirmado y estaba seguro), lo cual igualmente lo culpabilizaba de haber irrumpido la privacidad del otro.
Tal vez debería disculparse.
—Lo siento.
Cerró a boca, parpadeando.
—¿Por qué?—indagó él, desconcertado.
—Sentí tu sufrimiento. Eras sólo un bebé, ¿no es así?—Percy volvió a moverse—. Mi madre solía decirme que los más pequeños tienen un sexto sentido que pierden con el tiempo. Ellos saben lo que sucede a su alrededor aunque los crean ignorantes. Ellos puedes sentir tanto daño como alguien mayor, o incluso más. Comprenden y sufren. Al igual que tú sabías que algo malo había sucedido, y te había causado tanto dolor.
Una fuerte brisa fría sopló y Harry sintió sus párpados pesar.
—Quiero decir, vi todo muy claro. Aún no sé qué es lo que sucedió, pero supongo que me enteraré pronto—siguió Percy; su voz algo cautelosa—. No quiero sentir que continúo violando tu privacidad. ¿Tal vez prefieras decírmelo tú antes de… verlo?
—No—negó rápidamente él. Sintió la boca seca y de humedeció los labios—. No me gusta hablar de eso. Tampoco me molesta que lo veas… después de todo, yo también veré sobre ti… supongo.
—Cierto—soltó el semidiós; Harry lo sintió tensarse—. Comienzo a tener sueño otra vez. ¿Cuánto ha pasado? ¿Una hora?
—Eso creo.
Harry se movió hacia atrás, pero no hubo superficie en la cual apoyarse. Se sentía tan desorientado… y cansado…
Podría dormir en ese mismo lugar en aquel momento…
—Puede que… veas cosas que no te agraden—interrumpió Percy. La poca claridad del reflejo de luz le dejaba ver cómo se acomodaba en el suelo para dormir. Su voz sonaba extremadamente perezosa, antagónica a la que había escuchado dirigirse a él antes.
Vaya.
—Debo decir lo mismo—contestó Harry. De pronto, se sintió alarmado. A su mente llegó el pantallazo del cementerio en Little Hangleton y la maldición Cruciatus golpeándole el cuerpo. Recordó el dolor y las ansias de gritar a todo pulmón. También el shock que había sido ver y presenciar la muerte de Cedric. Se apoyó en sus brazos y levantó la cabeza—. Oye…
Pero Percy había vuelto a dormirse.
NOTA: ¡Finalmente! Tardé un poco más de lo que creí pero lo he traído. Espero no haberlo hecho muy OOC, realmente. ¡Harry al fin!
Pronto subiré otros fics que me he puesto a escribir sobre estos dos. Planeaba esperar pero me sentí más obligada a actualizar. ¡Espero les haya gustado!
Nos leemos,
RebDell'O.-
