Capitulo 7

Comenzaba a amanecer, cuando Miroku abrió sus ojos. Admiro a la joven que se encontraba dormida a su lado. Se sonrió complacido pensando que la suerte que tantas otras veces se había mostrado esquiva, ahora le permitiera ser el destinatario de los afectos de aquella maravillosa mujer que se hallaba entre sus brazos.

Le dio un ligero beso en la mejilla. Se incorporó con desgana y por un momento observó el rosario de su mano, el cual mantenía sellado el poder de su infortunio. Lo colocó bien, pues al parecer durante la noche se había movido. Salio del saco intentando no causar ninguna molestia a la dueña de su corazón. La volvió a arropar amorosamente para que no tuviera frío.

Se sentía dichoso. Tenía una estupenda mujer a su lado que llenaba su existencia completamente. Le entendía y lo apoyaba a cada paso del camino. Había centrado sus atenciones en ella y no se arrepentiría nunca. No había nadie más. Ella había conseguido hacerle más llevaderas sus incertidumbres con respecto al futuro. Todo saldría bien. Lo presentía. Vencerían a Naraku y le harían desaparecer y con él la maldición que amenazaba cada día con borrarle de la faz de la tierra. Y si moría? Moriría feliz de haber encontrado el amor verdadero.

De pronto, sintió que algo no estaba bien en aquella estampa matutina. Miro alrededor intentando dilucidar que era lo que no encajaba. Y en un instante se le hizo la luz. Volvió a observar los alrededores, esta vez buscando la presencia que echaba en falta.

¿Dónde estaba Inuyasha?

Donde demonios se habría ido ese estúpido siendo humano. Sus posibilidades de sobrevivir si algún youkai le atacaba eran nulas. Aún así, ese baka se había alejado del campamento en plena noche, poniéndose en peligro y a todos con él. Si algún demonio les hubiera atacado les habría pillado completamente desprevenidos.

Cuando se encontrara con ese estúpido le iba a dar su merecido por ser tan descuidado. Marcharse de esa forma, sin avisar. Creía que el hanyou había madurado pero al parecer estaba equivocado.

Y él. ¿Tan profundamente dormía que no se había percatado de su marcha?

Claro que no se había percatado de su marcha. Con Sango en sus brazos dormía como nunca antes lo había hecho, y ya podría haberse derrumbado el cielo que no se hubiera dado ni cuenta.

Miró a su prometida que ajena a sus pensamientos seguía durmiendo. Llevo sus ojos al otro saco cerca de ya una extinta fogata. Al parecer ni siquiera la miko, de la que no veía ni un solo cabello, se había dado cuenta de la marcha de Inuyasha.

¿Y Kirara? ¿Dónde estaba y porqué no les había avisado?

La gatita aún permanecía en el mismo lugar que había ocupado la noche anterior, alerta a cualquier movimiento sospechoso en los limites del claro. Observó al monje mientras este se levantaba y comenzaba a inspeccionar por los contornos. Se mantuvo en su sitio sin moverse. Inuyasha le había asignado la misión de proteger a todos cuando se marchó tras Kagome.

El bonzo se acercó al lugar donde descansaba su prometida. Se agachó y comenzó a llamarla suavemente para que despertara.

- Seño... -se calló divertido ante lo que estuvo a punto de decir-Sango preciosa despierta, ya está amaneciendo- y añadió al ver que ella no le hacía caso-vamos perezosa que ya casi es de día.

La exterminadora abrió al fin sus ojos perezosamente y le lanzó una mirada mortal por llamarla perezosa, pero al ver el rostro preocupado de Miroku, enseguida se dio cuenta de que algo ocurría. Dio un respingo y se incorporó del saco que había sido su lecho durante esa noche.

- ¿Qué pasa Miroku?- le reclamó inmediatamente- ocurre algo, ¿verdad?- añadió al ver la expresión de él.

- Inuyasha no está.

- ¡¿Cómo que no está?!-exclamó ella-¡pero si aún está oscuro, será humano todavía!

La joven miro a todos lados esperando que el bonzo se hubiera equivocado, después de todo Inuyasha ya no acostumbraba a dar paseos solitarios desde que Kikyou había muerto, y menos cuando era humano. Dirigió su mirada por instinto al saco donde, supuestamente su amiga descansaba. Era extraño que ni Kagome se hubiera dado cuenta de la falta del hanyou, siendo ella la que mayor atención le prestaba.

Notó de pronto que algo no encajaba en la imagen.

¿Kagome había encogido de pronto?

El bulto en el saco era demasiado corto. Kagome era ya casi tan alta como ella y la forma que veía no superaba el metro. Un pensamiento fugaz cruzó su mente, haciendo que se levantara de improviso, sospechando que tampoco encontraría a kagome descansando. Cuando llegó al pie del saco, retiro cuidadosamente la cubierta para encontrarse con la solitaria figura del pequeño kitsuke que roncaba sonoramente, despatarrado cuan grande era.

Una leve sonrisa acudió a sus labios al comprender que seguramente aquellos dos seres que faltaban, sin duda, se encontraban juntos y a salvo en algún lugar del bosque. Y a saber lo que estaban haciendo.

Su gesto se torció cuando supo hacia donde se encaminaban sus pensamientos.

¡Maldito Miroku!

Sus obscenas ideas se le habían colado en su mente y no podía permitir que el se percatara de lo que su mente había estado a punto de imaginar.

Respiró un par de veces ahuyentando las emergentes imágenes que empezaban a dibujarse en su cabeza. Compuso el gesto y se volvió hacia el chico al tiempo que se encogía de hombros.

- ¿Qué ocurre?- preguntó el chico desde el suelo

- No te preocupes algo me dice que Inuyasha está bien

Miroku, que se había caído de culo cuando ella se levantó, sorprendiéndolo, se frotaba el trasero, ya en pie. La miró extrañado, no sabiendo muy bien a que se refería.

-¿Qué quieres decir con que está bien?

- Pues que sino estoy equivocada y no creo estarlo él no está sólo, perdido por ahí- aseveró convencida.

- No me digas que esos dos... - insinuó asomándose al hombro de la taijina para cerciorarse él mismo de lo que comenzaba a sospechar- ¿crees que esos dos estarán... ya sabes... compenetrándose?- sugirió, alzando una ceja para acentuar su última palabra aludiendo a un tema sexual.

- ¡No seas pervertido!-le gritó, poniéndose colorada, porque ella había pensado en los mismos términos.

Su grito despertó al pequeño youkai que se hallaba a sus rodillas.

-¿Ya nos vamos?-preguntó el niño somnoliento- tengo hambre.

-Tenemos que esperar a que Inuyasha y la señorita Kagome vuelvan- le explicó el bonzo.

- ¿Dónde han ido, Miroku?- demandó el pequeño, inocente de las fantasías que en esos momentos pasaban por la cabeza de los dos adultos presentes.

- Pues...

Una imagen acudió a su mente a la cuestión del pequeño youkai. El Hanyou con ambas manos perdidas debajo de la faldita de una sonrojada miko. Él acariciaba su trasero lascivamente, mientras ella se arqueaba con evidente gesto de estar disfrutando de aquel contacto en sus posaderas.

La taijina que le notó en la cara lo que pensaba sintió una pequeña contractura en un ojo, ante la sonrisa picara que el bonzo presentaba en sus labios. La misma que unos minutos atrás llevaba ella cuando descubrió la desaparición de su amiga. Avergonzada, se incorporó lentamente y se volvió ya con gesto apacible golpeándolo repentinamente con lo único que podía en esos momentos. Le cruzó la cara con una bofetada, más por que él le había contagiado sus malos pensamientos que por otra razón.

- ¡Maldito bonzo reprimido!- le espetó-¡ni se te ocurra decirle lo que imaginas! ¡No es más que un crío!

Shippo se sobresaltó cuando oyó el sopapo de Sango. Miraba a uno y a otro sin saber a ciencia acierta de que estaban hablando, pensando que los mayores eran muuy raros. No pudo evitar sonreír cuando Miroku se llevo la mano a su mejilla donde comenzaban a apreciarse claramente las huellas de la palma de la chica.

- Pero... querida... sino he dicho nada- le oyó decir para defenderse de la acusación de su novia.

- Seguro que estabas pensando en algo sucio, pedazo de... de... ¡GUARRO!-terminó ella- vamos a hacer el desayuno y esperemos a ver que nos dicen cuando vuelvan, hasta entonces, nada de pensamientos obscenos- añadió más para si misma que para el chico- seguro que hay una explicación razonable para que no estén aquí.