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Zinnia
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La flor que mantiene su palabra
Recostada sobre la suave cama acariciaba el vestido blanco. No quería usarlo, se resistía ello porque no terminaba de aceptar su participación como compañera y no como prisionera. Se había quedado dormida en algún momento y tan plácido fue el sueño que cuando empezó a despertar sintió que estaba en su propia casa, pero no la recibió la cálida luz del sol, sino la oscuridad y esa luna menguante a través de su pequeña ventana. Se preguntó entonces si el sol salía en Hueco Mundo, pero si así fuera no tendría sentido entonces que el palacio se llamara Las Noches.
Se giró sintiéndose cansada de hacer nada, todo lo que supondría ser la limpieza de la habitación era mínimo, quedaba solo ese inmenso vacío que la obligaba a pensar en su decisión y determinación.
—Mi cuerpo y mi alma existen con un único propósito, para Aizen-sama y sus deseos— susurró a la nada.
¿Pero qué podía ella hacer por él? Comparada con cualquiera de los Arrancar no era un rival consistente y no creía que sanar heridas graves fuese su principal tarea.
Pero estaba determinada a mantenerse firme en su palabra, porque quería que él también lo hiciera. Le gustaba creer que podía ser tan sencillo como eso aunque la posibilidad de que la traicionara eran demasiadas.
Sabía que había atravesado el pecho de la teniente Hinamori con su propia zanpakutō ¿Por qué no lo haría con ella?
Si la asesinaba ¿Qué sería de sus amigos?
No podía dejar de ser útil, ese era su desesperado deseo ¿Pero, para qué podía ser necesaria?
Se incorporó entre las penumbras con el corazón palpitando, sintió sus ojos llorosos y fue hacia la puerta, Aizen había ordenado a Ulquiorra que no cerrara con llave, jaló con fuerza pero aunque se apoyó con un pie apenas fue capaz de abrir una pequeña brecha. Tiró con más ímpetu por lo que le pareció un largo rato pero no cedía, así que debió conformarse con el pequeño hueco empujándose a través de el.
El pasillo era más lúgubre, su techo estaba más por encima que el que estaba en la habitación, casi como si fuera el cielo mismo, oscuro y sin estrellas. Recorrió el lugar por el camino que recordaba haber ido con su celador, aunque era un poco difícil pues apenas veía.
Nada le garantizaba que aunque llegara al salón él estuviera ahí, después de todo, la quietud y la oscuridad eran indicios de que quizás todos dormían.
—Debí esperar para concertar una cita— dijo al aire.
—No hay necesidad de formalidades.
La voz del Rey de Las Noches, un susurro tan estremecedor que paralizó su pensamiento.
—Lo siento… yo no… no pensaba escapar, lo juro…
El hombre emitió una risa educada, breve, y acercó su mano hacia ella obligándola a levantar el rostro que había bajado mansamente.
—No dije eso, no eres mi prisionera, eres libre de estar en cualquier parte de este palacio, especialmente ahora que los arrancar saben que eres mi invitada.
—Yo de verdad lo agradezco, pero…
Aizen acortó la distancia, la rodeo por el hombro con su brazo derecho y la incitó a tomar el camino contrario por el que iba. Fueron en silencio, él la conducía sin problema, acostumbrado a la oscuridad o tal vez era como si el palacio resplandeciese solo para sus ojos.
Ella podía ver su silueta en la penumbra, el perfil de su rostro con todas sus facciones rectas y maduras. No había conocido a muchos hombres adultos, no recordaba a su padre y su hermano nunca llegó a serlo con propiedad, había muerto demasiado joven. Los profesores del colegio quizás, pero eran en su mayoría como sombras grises, ninguno poseía esa magnificencia que se sentía tan solo estando a su lado.
Y ese pensamiento la espantó.
—Estas son mis habitaciones privadas— anunció abriendo la puerta.
Dentro, la luz estaba encendida y no le sorprendió que fuese blanco también. A comparación de su pieza, que le parecía innecesariamente grande, esta lo era aún más, aunque también contenía más elementos por lo que la sensación de vacío no se completaba.
En primera instancia había un recibidor, de ahí se separaban tres habitaciones, una de ellas tenía la puerta abierta y pudo ver un estudio; las paredes estaban recubiertas de libros y sobre la mesa se extendía un lienzo, pincel y tintero descansaban a su lado.
—Me gustaría decir que hay una biblioteca más grande, pero los Arrancar no son de hábitos lectores.
Le hizo continuar hasta la puerta del fondo que abrió con delicadeza. La vista de una amplia cama ocupaba la mayor parte del espacio, él se apartó de su lado un instante al escuchar que llamaban a la puerta, concedió el permiso y al girarse vio a Ulquiorra de pie, sin entrar a la habitación.
—Me disculpo por la intromisión, Aizen-sama, pero debo informar que…
No terminó de hablar en cuanto divisó la larga cabellera de la mujer, cuya ausencia en su habitación venia a hacer constar.
—¿Qué sucede?
—Según veo, un detalle intrascendente.
—Orihime no está confinada a su habitación— dijo al comprender los motivos del Espada —. Y solo ha decidido hacerme una visita ¿No es así?
Asintió quedamente sintiendo los ojos verdes fijos en ella, como si esperase descubrir alguna mentira para usar a su favor en el momento que considerara más oportuno.
—Yo solo deseaba ver a Aizen-sama para…
Respiró profundamente, no necesitaba sus temores e inseguridades en ese momento, tenía un propósito para el que se resumía toda su vida a partir del momento en que decidió seguir a Ulquiorra a través de la garganta que la condujo hasta ese palacio.
—Para conocer los deseos de Aizen-sama.
—Adorable ¿No lo crees? — dijo el rey sonriendo hacia su subordinado.
—Es lo que se espera de ella.
—No te atormentes, Inoue Orihime, conocerás mi deseos cuando sea necesario. Ulquiorra, sé tan amable de llevarla de regreso, es tarde y el camino es oscuro.
El Espada se inclinó levemente, la joven caminó hacia él tras haber cumplido el cometido de su pequeña fuga. Tras ello había hecho dos descubrimientos: el primero era que sí podía salir de la habitación por su cuenta, y el segundo era que todos los ojos estaban puestos sobre ella y no llegaría lejos a ningún lado.
Aizen la acompañó hasta la puerta, pero antes de que abandonara la habitación por completo, se inclinó para susurrar en su cuello.
—Eres bienvenida aquí, cuando desees.
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