Tres por uno
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 6
Cuando Candy cerró la puerta, se quedó en el mismo lugar un rato. Pensando en esa sensación que tenía cada vez que estaba con Terry. Le caía mal, la mayoría del tiempo, pero otras veces se mostraba amable, encantador, encantador... esa palabra le producía escalofríos. Se preguntó por qué sentía que se le cortaba el aire cuando él estaba cerca, por qué cuando se despidió juraba que iba a besarla y sobre todo, por qué ella estaba esperando que la besara. Bueno, él era un hombre guapo y lo que le despertaba era el deseo, ella era de carne y hueso y luego pensó que hacía mucho tiempo que no sentía deseo. El único hombre en su vida había sido Tom, con él había conocido el deseo y muchas sensaciones, pero con el paso de los años, esa llama se fue consumiendo y al final, hasta las cenizas se las había llevado el viento.
También analizó en lo enigmático que era Terrence Grandchester. Le hacía muchas preguntas sobre su vida personal, pero él no hablaba de la suya, no a detalle. Le había dicho que era soltero y sin hijos y ella se preguntó por qué... porque era verdad que era una piedra en el zapato cuando se lo proponía, pero también podía ser un encanto, era extremadamente atractivo y a su edad ya debía estar casado y tener al menos un hijo... Pero... él sólo dijo que no era casado, no que no tuviese una novia o alguna conquista... una de esas parejas con las que sólo compartes la cama... bueno y eso a ella qué más le daba. No podía olvidar la forma en que él había tratado cuando la interrogó por la muerte de Tom, se había lanzado sobre ella y le clavó los dientes como un tiburón. Pero luego llegó con un ramo de flores y se disculpó... habían conversado y él había halagado su tarta, la había alentado a abrir su propio negocio y se había indignado cuando se subestimaba a sí misma. También la había socorrido cuando su auto se averió, la llevó hasta la repostería y la esperó para dejarla en su casa con sus hijos, segura. Pero él era un policía, eso lo hubiera hecho por cualquier otra persona en necesidad... ¿o no? Pero la había invitado a cenar...
Cuando regresó al salón, los gemelos se habían quedado dormidos, ella los cargó hasta su cuarto y los acostó. Estaban pesados, crecían a pasos agigantados y muy pronto no podría con ellos, dejarían de ser sus bebés. Después de acostarlos los besó a cada uno y los contempló dormidos. Dentro de unos años, Taylor sería un chico guapísimo como su padre, Candy rezó para que tuviera mejor suerte en la vida y que Tom lo cuidara desde arriba. La dulce Camila le recordaba mucho a ella, sólo que Candy siempre se esforzó para que la niña sintiera que era amada y nunca fomentó el favoritismo ni la competencia entre ella y su hermano. A Taylor le gustaba el fútbol y las matemáticas, a Camila el baile y el maquillaje y cada uno era especial tal como era.
...
—Buenas tardes, ¿en qué le puedo servir?— Con su sonrisa amplia y amable, siempre optimista y positiva, Candy saludó a un grupo de doctores que visitaban la repostería.
—Me han dicho que aquí venden las mejores tartas... ¿será que tiene de moras?— Era una mujer, vestía su uniforme de médico, debía tener unos treinta años.
—¡Por supuesto! ¿Quiere una muestra?— Candy le dio un pedacito en un papelito de seda.
—Mmm... Deme dos pedazos para llevar... es más, deme una orden completa... mmm.— Aún se saboreaba.
—Yo me voy a lo clásico, a mí deme un pedazo de tarta de manzana y un café término, por favor.— Ese era un doctor, ya rondaba sus cuarenta.
—Claro. Patty, un café. Negro, por favor.— Le gritó, pero sin sonar estridente y sin quitar la atención de la clientela.
—¡Vaya! Que sorpresa, Candy... con que ahora estás de repostera...
—Buenas tardes, Annie. ¿Qué te sirvo?— Candy notó que su hermana no había cambiado nada, pero no le dio importancia a su comentario, total, ella estaba justo donde quería estar.
—¿Ustedes se conocen?—Preguntó sonriendo la que había comprado la tarta de moras. Annie se quedó callada, mirando a Candy con su acostumbrado desdén, pero Candy tampoco contestó nada.
—¿Qué le apetece hoy, doctora White?— Candy marcó la ironía en el título, haciendo énfasis en su título superior.
—Hola, tía Annie.
—¡Tía Annie!— Los niños la habían saludado al llegar de la escuela, Cookie los recogía siempre a las tres. La cara de Annie se desfiguró y todos los ojos de sus compañeros la miraban intrigados.
—¿Son tus sobrinos, Ann?— Le preguntó el doctor cuarentón.
—Sí. Ella y mamá son hermanas.— Se apresuró Camila. Annie seguía sin hablar.
—¡Genial! Déjeme decirle que el talento y la belleza lo llevan en los genes. Tienen unas manos benditas.— Las halagó a ambas, pues Annie era cirujana plástica y las manos de Candy hacían verdaderas delicias.
—Gracias. ¿Ya te decidiste, Annie?
—Sí. Un brownie sin nueces, por favor— Mientras Candy despachaba la orden, los demás compañeros de Annie se habían ubicado en una mesa.
—¿Deseas algo para tomar?
—Un cappuccino estaría bien. Supe lo de Tom, lo siento mucho.— Comentó sólo por decir algo.
—Sí. Fue algo inesperado... ¿Cómo están mamá y papá?
—Pues... supongo que bien... ¿cuánto te debo?
—No te preocupes. Va por la casa.
—¡Oh! Gracias...— Guardó nuevamente el billete de diez dólares y se fue a la mesa con sus compañeros. Luego de que comieron, Annie se marchó con ellos y ni siquiera le dirigió otra mirada a Candy.
A las siete y treinta, la respostería cerraba para el público. Candy dejó a Patty y a Cookie marcharse y realizó el corte de caja, agradeciendo a Dios que el negocio se estuviera manteniendo a flote. Cerró la repostería y con sus niños se montó en el auto que había rentado, pues el suyo se encontraba en el taller. Se fue a casa a prepararse ella y sus niños para la cena que tendría con Terrence.
—Mami, con éste vestido no me veo guapa...— Se quejó Camila luego de que Candy se hubiera esmerado arreglándola.
—No es el vestido, es que tú eres fea.
—¡Cállate, Taylor!
—¡Hey! No quiero discusiones y por favor, quiero que se comporten cuando estemos en casa ajena, ¿entendido?
—Sí, mami.
—¡Muy bien!— Dijo con firmeza y le acomodó la camisa de cuadros y botones a Taylor.
El niño se fue a ver televisión mientras Candy se arreglaba, en cambio Camila siguió a Candy a su habitación.
—¿Cuál de los dos?— Le mostró a la niña dos vestidos y ella estaba aún en ropa interior.
—Ninguno de los dos.— Respondió Camila y Candy puso gesto de asombro.
—¿Ninguno? Pero... son nuevos...
—Deberías ponerte un jean, la tía Eliza dice que te hacen un trasero de infarto...
—Tú tía Eliza no sabe lo que dice y voy a hablar con ella seriamente...
—Pero ella siempre luce muy guapa...
—Bueno, sí... tienes razón. Pero es que... ¿un jean? Todo el tiempo estoy en jeans...
Candy hablaba para sí misma. Buscó en el armario un jean azúl oscuro, uno nuevo que la entallaba perfecto. Ahora sólo quedaba combinarlo de una forma que no se viera demasiado informal. Siguió escarbando en el armario. Dio con una blusa color aqua, era de poliester, con una cubierta de encaje blanco, sin mangas y entallada en la cintura, caía sobre sus caderas en un corte redondo y ondulado. Se puso un collar de perlas blancas con sus aretes a juego y unos zapatos de tacón de punta también en color aqua, no recordaba la última vez que había usado tacones y había olvidado la sensación de estrenar ropa nueva.
Candy se aplicó una base facial para eliminar el brillo, se maquilló los ojos con sombra del mismo color de la blusa, se los delineó con un lápiz negro y se puso rimel, luego se aplicó un labial rosa brillante en los labios. Se soltó su hermosa melena y la imagen que le devolvió el espejo era capaz de sacar a cualquier mujer de la depresión.
—Ahora sí le vas a gustar a Terrence...— La niña lo dijo con emoción y un vivo orgullo. Pero ese comentario tuvo una reacción negativa en Candy.
—Camila, no me puse guapa para Terrence. Es sólo un... un amigo que nos ha ayudado y...
—¿No te gusta el Agente Grandchester?
—¡No!— No fue su intención gritar ni exhaltarse, pero le preocupó la idea de que sus hijos malinterpretaran las cosas.
—Pero tú sí le gustas a él...— Candy parpadeó.
—Él... ¿él te dijo eso?
—Dijo que eras una buena persona y que eras linda.
—Ah... fue sólo un cumplido.
—Pero yo creo que sí le gustas...
Candy sintió pánico en ese momento. No le agradaba el entusiasmo de Camila, incluso Taylor se refería a él con admiración. No podía dejar que esas ideas siguieran fluyendo en la cabeza de sus hijos. Tampoco quería que Terrence malinterpretara las cosas. Ella había aceptado su invitación por agradecimiento y amabilidad, pero si él estaba pensando que necesitaba un hombre y que estaba desesperada por encontrar un nuevo padre para sus hijos, estaba muy equivocado. Tomó el teléfono. Lo llamaría para cancelarle, miró la hora mientras marcaba el número, aún faltaban diez para las nueve... con un poco de suerte...
—¡Mamá! ¡Llegó el agente Grandchester!— Gritó Taylor y su plan de escape quedó frustrado.
Camila fue corriendo a recibirlo, Candy caminaba lentamente hacia ellos, estaba nerviosa y tensa.
—Buenas noches, Candy... — Terry la saludó con una sonrisa que ella nunca le había visto antes, luego se quedó mudo mirándola, como si no la hubiese visto nunca.
—Buenas noches...— Lo dijo en un tono tan serio y seco que a ella misma le sorprendió. Pero se fijó bien en él. Tenía una camisa de vestir negra, manga corta y un jean azúl oscuro, zapatos de vestir también negros. Se veía guapísimo, ella pudo apreciar bien sus brazos musculosos, hasta le pareció más joven.
—Te ves... si me permites el cumplido, te ves muy guapa.
—Gracias.— Le sonrió con las mejillas naturalmente ruborizadas.
—Mi mami se puso muy linda para que usted...
—Camila, ve por tu abrigo.— Candy la interrumpió antes de que la niña saltara con alguna barbaridad.
Dado que los niños estaban muy entusiasmados, Candy trató de serenarse, era solo una cena, ¿qué podría salir mal? Además, no tendría por qué volver a ver a Terry después de eso... Ya estaban saliendo de la casa para abordar la camioneta de Terry.
—¿No se te olvida algo?— Terry le sonrió con travesura, esa sonrisa que le restaba varios años a su edad y levantó una ceja, ese gesto arrogante era su marca oficial.
—No... yo... ¡la tarta!— Giró en sus talones, pero por torpeza olvidó que llevaba tacones y por poco se cae.
...
—Mamá, ya llegamos.— Se anunció Terry tan pronto como entró, Candy se quedó detrás de él, aún con los tacones que tenía, podía ocultarse perfectamente a sus espaldas.
—¡Terry!— Su madre lo recibió llenándolo de besos, aún tenía el delantal puesto.
—Mamá, basta...— Fue gracioso ver a Terry avergonzarse. Camila y Taylor se reían a escondidas.
—Lo siento. Buenas noches.— Con una sonrisa afectiva, la señora posó su mirada en Candy.
—Mamá, ella es Candy White.
—Mucho gusto, señora...
—Eleanor. Bienvenida, querida.— para su sorpresa, la señora le dio un beso en la mejilla. Candy se ruborizó, no estaba acostumbrada a ese tipo de afecto tan repentino y espontáneo.
—Y estos son sus hijos, Taylor y Camila.
—Hola.— Le sonrieron los niños con algo de timidez.
—¡Hola! ¿Quieren dulces?
—¡Sí!
—Mamá, ¿no es mejor que cenemos primero?
—Terry, como se ve que has olvidado lo que es ser un niño.
—Ojalá ella lo hubiera recordado en mis tiempos.— Le secreteó a Candy.
—Escuché eso...— Gritó Eleanor desde la cocina donde se había marchado con los niños.
Candy y Terry se quedaron en el recibidor. No esperó esa cálida acogida. Pensó en su madre, en las pocas ocasiones que había visitado su casa con los niños, tenían que quitarse los zapatos en la alfombra, no se podían sentar en los sofás nuevos del salón, tenían prohibido tocar el televisor y por nada del mundo se les podía ocurrir ir a molestar a Annie en su cuarto, ya que estaba "estudiando".
—Otra vez desconectada del mundo...
—¡Oh! Lo siento... tengo ese defecto...
—¿Te sientes cómoda?
—Sí... ¿por qué?
—Te he notado muy tensa.— Su mirada penetrante la estudiaba.
—No estoy acostumbrada a estar en casa ajena...
—Entiendo, pero no te preocupes, no te vamos a comer.— Ella se tuvo que reir.
Conversando, caminaron del recibidor hasta el salón. Candy comenzó a observar todo. El salón era acogedor, los sofás mullidos, pinturas en las pardes y una gran estantería llena de fotos.
—Es mi padre.— Su voz la sorprendió por la espalda.
—Oh... te pareces mucho a él... solo tus ojos son como los de tu madre...— Ella se volteó para decirle eso y se quedó como siempre, prendida de esos mismos ojos y se puso más nerviosa aún porque no sabía que él se encontraba tan cerca de ella.
—¿Este eres tú?— Tomó una fotografía en la que debía tener unos tres años.
—Sí. ¿A que estaba guapo?— Bromeó.
—En aquél entonces sí.— Le respondió con el mismo tono jocoso, él enarcó su ceja. Ella siguió curioseando por las fotografías y dio con una en particular. Era de Terry, en sus dieciocho o veinte, sentado sobre la hierba, con una chica de su edad de cabello rojizo y ojos verdes, muy parecidos a los de Candy. En ese entonces, su semblante era puro e inocente, en sus ojos se reflejaba amor. Una fotografía podía hablar demasiado.
—¿Es tu novia?— No pudo aguantarse las ganas de preguntar.
—Era.— Respondió contundente, el tono de su voz cambió.
—Oh... ¿aún la quieres?
—Eh...
—Disculpa, creo que me pasé de la raya...
—Ella murió.
—¡Oh! Lo siento...— Se avergonzó profundamente.
—No te preocupes. Fue hace muchos años ya.
—Chicos, la cena está servida.— Se apareció Eleanor y salvó ese incómodo momento.
...
—Y tuvimos que despedir al pobre payaso porque Terry estaba a punto de morir de pánico...— Eleanor contaba anécdotas de la niñez de Terry y aunque Candy se divertía, eran los niños los que más gozaban.
—¿Y también mojaba la cama?
—¡Taylor!— Lo reprendió Candy desde el otro extremo de la mesa.
—¡Uf! ¡Que si mojaba la cama! Tuve que amenazarlo con contratar a otro payaso para que dejara de hacerlo.
— Y todavía mi madre se pregunta por qué sigo soltero.— Terry suspiró y bajó la cabeza.
—Y tú, Candy, ¿a qué le tenías miedo de niña?
—Yo... bueno, cuando era niña, no podía tener la puerta del armario abierto durante la noche... pensaba que ahí se metían los fantasmas o muertos... de hecho, todavía no lo supero...
—Bueno... la oscuridad siempre ha sido terrorífica.
De vez en cuando, Candy se perdía en su mente, jamás tuvo en su propia familia una cena tan amena, ni siquiera en la famosa cena de acción de gracias que hacía su madre cada año. Tomaron el postre y continuaron hablando.
—¿Por qué no van al jardín? Hace una brisa deliciosa. Yo me quedo con los chicos. ¿Quieren ver mis peces?
—¡Sí!— Y como por arte de magia, los niños desaparecieron con Eleanor.
—Es muy agradable tu madre.
—Sí... pero no le des mucha cuerda, puede enloquecerte en cinco minutos.— Conversaban hasta llegar al jardín.
—¡Ay!— Los tacones de Candy se clavaban en la húmeda tierra del jardín.
—Cuidado...— Terry la sujetó de la mano. Fue algo inexplicable lo que sintió. La mano de él la sostenía firme, era grande, fuerte y cálida, no importa que tuviera que maniobrar con sus pies, su agarre la hacía sentir segura.
—No debí ponerme estos zapatos...— Se quejó porque a penas podía caminar y no podía disfrutar del hermoso y cuidado jardín a plenitud.
—Ya sé qué haremos. Siéntate aquí. Le señaló un banco que había en medio de dos gardenias.
—¿Qué haces?
—Te ayudo a que puedas caminar.
—¡No me quedaré descalza!
—No pasa nada. Sólo será un rato.— Terry le sacó los zapatos, sin importar sus protestas. Descubrió unos pies suaves y menudos, los deditos delgaditos y las uñas cortaditas y cuidadas, sin pintura, pero bonitas.
Se puso de pie otra vez y junto a él siguió recorriendo el jardín. Disfrutó de una bonita variedad de plantas y rosas. También había una fuente. Candy movió las manos para ver su reflejo en el agua.
—¡Ñiauuu!— Algo cayó de pronto al agua, salpicándola y asustándola.
—¡Pelusa! ¿Qué haces aquí?— El gato debió haberse asustado y cayó en la fuente. Seguro se asustó por alguna lechuza.
—¿Estás bien?
—Sí...— No le quedó más remedio que reirse.
Cansados de recorrer el jardín, volvieron al banco y se sentaron. Candy aún reía por el susto y el salpicón y también por lo furioso que había quedado el gato por haberse mojado.
—Cuando sonríes, te ves muy linda, pero lo haces tan poco...— Terry se lo dijo con total honestidad, mirándola fijo, pero la sonrisa de ella desapareció en ese instante, dándole paso a los nervios y a la inseguridad.
—A veces no hay motivos para sonreir.
—Entonces me alegro que hayas encontrado uno esta noche.
—Sin embargo, no veo que tú tampoco te rías a menudo...
—Será que yo tampoco tengo motivos frecuentes para reir.
Un auto había pasado cerca de la casa con las luces encendidas, iluminando de pronto el rostro de Candy, dándole un aspecto mágico. Terry notó que tenía un pétalo de rosa pegado a la mejilla, debió pegársele luego del salpicón.
—Tienes algo aquí...—Dijo con cuidado, para que no fuera a espantarse, y poco a poco se fue acercando a ella para retirar el pétalo. Lo hizo con delicadeza, sintiendo su tensión y la forma en que ella cerró los ojos y otra vez apretó los labios, como si le costara un mundo soportar ese contacto. Después ella abrió los ojos, que se achocaron con los suyos. Él retiró la mano de su rostro, pero ella se la tomó. Comenzó a examinarla con la suya, se fijó en su palma, en sus dedos y con su dedo índice le acarició la palma. Terry la observaba con curiosidad y se dejó hacer, luego ella lo dejó sin aire cuando le levantó la mano y comenzó a acariciarse el rostro con ella, pero mientras lo hacía, sus ojos cedieron a las lágrimas, rompiéndole el corazón a Terry y despertándole un deseo enorme por protegerla, quería abrazarla fuerte, se moría por darle un beso. Era inexplicable, pero le había surgido una necesidad enorme de probar esos labios. Le tomó el rostro con ambas manos...
Continuará...
¡Hola! Como mañana es un día ajetreado, les dejo el capi ahora de noche. Gracias a todas por sus comentarios, son todos bien recibidos. Hoy seré breve, recuerden el consejo que les di en el primer capítulo.
Buenas noches y que sueñen con Terry!
Wendy
