Nota de la autora:

Carlisle y Esme.


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"Didn't I tell you
What I believe
Did somebody say that
A love like that won't last"

-Sade, No Ordinary Love

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La primera vez que Esme lo ve, Carlisle está tumbado de espaldas en una cama, sonrosado y húmedo por todas partes mientras, con éxito parcial, intenta satisfacer su celo utilizando sólo sus manos. Su piel es blanca, casi traslúcida, como si le hiciera falta pasar tiempo bajo el sol, y tiene manchas violáceas en los muslos, las caderas y los brazos; señales de forcejeo, de lucha constante e incansable contra una fila de Alfas que entraron con la intensión de comérselo vivo y salieron con heridas sangrantes por doquier.

Esme se toma un momento para apreciar la dulzura y calidez que flotan en el aire. No es ajena al aroma que los Omegas despiden durante sus ciclos, y tampoco lo es a la cualidad tentadora de un largo y bonito cuello sin marca en él, pero siendo parte de una familia como los Evenson, con su padre insistiendo es que tome diferentes Omegas en cada celo por el que pasa, Esme es muy buena controlando sus impulsos, por lo que simplemente se acerca a la cama y mira con detenimiento el cuerpo del Omega, que no ha dejado de insertar sus dedos dentro de sí mismo, y que incluso gruñe por lo bajo cuando Esme toma asiento junto a él.

—Tócame —dice en una voz suave y ronca que hace vibrar los oídos de Esme; pero su tono es inusual, amenazando y no haciendo súplicas desesperadas—y te arrancaré un puto dedo con mis dientes. Te lo juro.

Entonces gime, delicioso y profundo en su pecho, espalda arqueándose ligeramente, sus dedos trabajando con más fuerza dentro de su ardiente y empapado canal. Esme, que estaba por soltar una pequeña risa ante las intimidantes palabras del Omega, se encuentra con que, de repente, la cercanía está afectándola. Su boca se seca, su piel se eriza y su entrepierna se siente un poco apretada. El Omega, por otro lado, no le presta atención alguna, muy ocupado en empujar contra sus dedos para llevarse al límite y proferir una maldición al caer por la cúspide de su orgasmo.

Respira lento y hondo varias veces, su piel más roja y resbaladiza que hace unos minutos, y luego aleja sus dedos de sus órganos sensibles e hinchados. Esme puede ver claramente desde su posición. Parece que al Omega lo prepararon de forma consciente para unirlo a un Alfa, lo que no es inesperado, pues eso es justo lo que el padre del muchacho quiere. Unirlo a un Alfa que le dé dinero por el Omega y no tener que preocuparse por él el resto de su vida.

—Tengo que admitir —murmura el Omega incorporándose en la cama— que una mujer es algo nuevo. Quizá mi padre no es tan cabeza hueca como he pensado toda mi vida.

Esme ve con ojos entrecerrados al Omega poniéndose de pie y yendo al baño adjunto a la habitación. Escucha un grifo abriéndose, la voz fastidiada del Omega diciendo pestes sobre los celos y su padre Alfa, y, luego de unos minutos, el muchacho sale del baño. No regresa a la cama. Sigue estando gloriosamente desnudo y sonrosado, y la sugestiva hinchazón en sus genitales parece haber aumentado en lugar de disminuir.

—Dentro de un rato —dice el Omega cruzándose de brazos— no voy a tener mente para algo que no sea estar lleno de lo que sea para aliviar la fiebre. ¿Te quedarás hasta entonces para tratar de marcarme?

Tratar...

—No —sonríe Esme—. Y, de hecho, tú tampoco vas a estar aquí para entonces.

El Omega alza una ceja.

—Eres mío ahora —explica ella poniéndose de pie. El Omega, por instinto, da un paso hacia atrás y luce, por primera vez, consciente de su enorme vulnerabilidad frente a un Alfa que no tiene la mente revuelta por un celo—. Necesito que te vistas y tomes lo que quieras llevar de tu casa.

—¿Me vendió? —pregunta el muchacho con furia contenida—. ¿Ese maldito ya me vendió? ¿A ti? ¿Aunque no tenga una marca?

Esme no menciona el hecho de que entró a la habitación por curiosidad. El padre del Omega tiene una deuda con su familia, y esa es la razón por la que está aquí, pero el otro Alfa (y su deuda) es demasiado insignificante como para que los Evenson perdonen el retraso con una promesa de pagar pronto, tan pronto como tenga el dinero en mis manos, se lo aseguro. Para cuando Esme se haya ido, el padre del Omega no volverá a cometer la estupidez de pedir cantidades exorbitantes de dinero que no puede pagar para comprar cosas que no necesita.

—Me debe dinero —dice Esme—, pero ya que no va a pagarnos, tendré que llevarme lo único que valga la pena de esta casa.

—¿Los Omegas? —exhala el muchacho—. ¿A mí y a mi madre? ¿Qué harán con mis hermanos?

—Son Betas —Esme se alza de hombros—. No puedo ocuparlos para nada. Mientras no abran la boca respecto a lo que vieron (y sabré si lo hacen) no veo por qué no podrían tener una vida tranquila.

El Omega la mira durante varios segundos, pensativo y desconfiado como cualquier persona cuerda debería estar, y después, con los efectos de su celo apenas visibles en la forma firme en que se mueve, va al armario, se viste y comienza a guardar ropa en una mochila negra.

—Si matan a mi padre, mi madre va a ponerse muy enferma. Tiene su marca —dice sonando un poco distante—. ¿Qué planeas hacer conmigo? ¿Prostituirme? ¿Si trabajo para ti de esa forma, sin negarme, seré capaz de conseguirle medicamento?

—¿Prostitución? —repite Esme ligeramente divertida—. No. Nunca hemos trabajado en eso. Los Omegas son más útiles haciendo trabajo manual que complaciendo a los Alfas.

El muchacho no se ve aliviado o suspicaz, sólo asiente, se cuelga la mochila al hombro y se dirige a la puerta. Esme lo sigue, intrigada y entretenida, y lo guía con una mano en la espalda baja cuando llegan a la primera planta, donde su padre Alfa está siendo apuntado a la cabeza por uno de los trabajadores de Esme. El Omega ni siquiera mira a su padre al pasar cerca de él. Lo único que hace es preguntar por su madre, buscarla y tomarle la mano para salir de la casa. La mujer, tan bonita como su hijo, ve hacia atrás durante un segundo, y después acepta entrar en el automóvil.

Antes de que el muchacho en celo entre detrás de su madre, Esme le pregunta:

—¿Por qué lo tomas todo tan tranquilamente?

El Omega se encoge un poco, sin duda debido al celo que vuelve a surgir con toda su fuerza, pero no duda al responder:

—¿Qué otra cosa puedo hacer? No puedo huir. No puedo negociar. Es inevitable, así que mejor me mantengo calmado y cuido de mi madre tan bien como se me permita —un temblor le recorre el cuerpo—. Tanto como sea posible.

Esme pone una mano en la mejilla del Omega, cuya respiración se agita y cuya piel vuelve a sonrojarse con toda su fuerza. La cantidad de hormonas que su cuerpo está secretando llama la atención de los Alfas al mando de Esme, y el Omega se aleja con una mirada furtiva hacia todos los posibles atacantes que lo rodean. Esme no se preocupa. Sus Alfas saben bien que no pueden actuar fuera de sus órdenes.

—¿Cuál es tu nombre?

El Omega frunce el ceño y comienza a introducirse en el auto.

—Carlisle —dice cuando está sentado junto a su madre, tomándole la mano y sosteniendo la mirada de Esme sin parpadear—. ¿Y tú? ¿Cuál es tu nombre?

Uno de los Alfas avisa que es hora de irse. No hay testigos, pero sí un cuerpo, y Esme no puede permitirse que su equipo sea detectado por nadie.

—Esme —dice recargándose en el marco de la puerta—. Ningún Alfa va a tocarte durante tu celo, Carlisle —el Omega está temblando con mucha más fuerza que hace unos momentos; Esme no está segura si la presencia de su madre va a evitar que busque un poco de alivio—. Vamos a darles supresores de celo y olor a ambos, y después se les asignarán sus deberes —toma el borde de la puerta en una de sus manos—. Espero no escuchar quejas —advierte antes de atrancar la puerta y caminar hacia su propio auto.

Siobhan, una de las Alfas más habilidosas y letales en su equipo, hace de su copiloto. Se conocen desde hace más de diez años y, por lo mismo, Siobhan no tiene problemas en hacer preguntas que otros alrededor de Esme no se atreverían.

—Te gustó, ¿no es cierto?

Esme no deja de mirar al frente, aunque el auto en el que transportan al Omega pueda verse a través del retrovisor.

—No dejó de penetrarse a sí mismo cuando entré —cuenta— y amenazó con arrancarme un dedo con los dientes si me atrevía a tocarlo —se ríe—. ¿Cómo no va a gustarme un Omega así?

—Oh, claro —Siobhan sonríe y le da un golpecillo en el hombro—. Hay que recordar que eres la clase de Alfas que adora obedecer los deseos de su Omega. ¿Y de un Omega que exige? Ni se diga. Vas a estar en la palma de su mano más rápido de lo que te imaginas.

Pero Siobhan lo dice como una broma y es, por mucho, una de las más sorprendidas cuando, dos años después, tras la muerte de los padres de Esme, Patrick y Fátima Evenson, Carlisle da a luz a un niño con los ojos verdes de Patrick, la piel blanca de Fátima, la pose regia de Esme y su propia sonrisa sagaz.

Es un niño precioso y con él llegan cambios importantes a la organización Evenson.

La primera de todas es que ese apellido se olvida.

Desde entonces, y como si Patrick y Fátima nunca hubiese existido, Esme, Carlisle y su pequeño bebé son Cullen, y nadie con un poco de inteligencia hace preguntas al respecto.