Disclaimer: Harry Potter es de mi propiedad. Soy JKR, rubia, yanqui y multimillonaria. Escribo anónimamente para que no me comparen negativamente conmigo misma. Todo lo que dije antes es falso.

Advertencia: Spoilers de Deathly Hallows. Si has decidido que mi fic es más interesante –o barato-, puedes seguir adelante y olvidarte todo después. Cuando termines DH, vuelve a leer mi fic para recuperar lo olvidado.


Escapes y más fuego

Cuando Severus Snape se apareció siguiendo el llamado de su Marca Tenebrosa, el panorama no era lo que esperaba. Lo usual eran cementerios, pasillos oscuros cerca de aldeas muggles, la casa de algún miembro caído en desgracia u honrado por la presencia de su Lord, eso nunca terminaba de quedar claro. Pero esto era un tórrido incendio mágico. Vio de refilón las facciones horrorizadas de Lucius al contemplar su túnica, otrora impoluta, ahora plagada de cenizas. Del techo caían vigas encendidas. Una rata gris muy delgada se le metió en el bolsillo. A un encapuchado trataba de contener la sangre que brotaba de su pierna, una madera lo tenía atrapado, supuso que era Selwyn. Bellatrix parecía ser la única que hacía algo sensato –y ahí Snape se preguntó si sería él quién hubiese perdido la chaveta-, lanzando un Aguamenti tras otro. Sin embargo, era en vano, las llamas parecían únicamente más enfadadas ante sus intentos.

Snape sacó un frasquito azulado de su bolsillo y se lo tragó de un saque. Sabía a hielo quebrado y si un mortífago le preguntara, diría que era el único que tenía, total, dudaba que Lucius no tuviera una forma segura de salir de allí. No iba a desperdiciar valiosas dosis en la loca ni en la rata… desafortunadamente la poción afectaba su ropa, y Pettigrew estaría a buen recaudo. Qué pesadilla que siguiera incordiándolo.

Mientras daba zancadas atravesando las llamas –que ignoraron su carne en detrimento de los muebles y otras antigüedades-, pasando de cuarto en cuarto cada cual en diversos estados de derrumbe, evaluó de quién era la brillante idea de convocarlos para quemarlos. No veía al Dark Lord en ninguna parte. ¿Habría sido su idea? ¿Destruir a sus reclutas de la manera rápida para… a)comenzar una nueva vida como modelo de súpervillano para Marvel b)entregarse seguidamente al director a cambio de tener al mocoso de esclavo c)quería que sólo a "los más fuertes" sobrevivieran para estar en su armada (Peter y él, claro, encajaban perfectamente, y yo me hago Gryffindor) d)era una forma estratégica de librarse de Bellatrix (al principio le agradaba, ya le era insoportable, pero como era un ejemplo de lealtad… ¿qué le haría eso a su imagen? ¿Acaso prefería a los traidores?).

La visión de la esquelética figura tumbada inconsciente en el suelo, con las llamas bailoteándole alrededor, frenó sus divagaciones. El Dark Lord no había sido el causante del ataque, después de todo.

El alivio porque el Lord no hubiese decidido prescindir de sus servicios se detuvo para dejar paso a…

No sabía qué hacer, y ¡oh!, era una sensación tan familiar… El asesino de su amada Lily tendido en medio del fuego. Podía salir de allí, y decir que había escapado de las llamas, dejándolo morir.

El director no estaría complacido. Severus había propuesto en una ocasión prenderle fuego al Señor de las Tinieblas y él había dicho que eso sólo lo enfurecería -¿qué importaba? Era difícil que el Lord estuviera más furioso que lo de las últimas semanas-. Que era verdad que era inmortal. Por qué se dedicaban a patrullar en parejas en vez de desinmortalizar al enemigo, Severus no lo sabía.

Pero por otro lado… Era el Dark Lord, el heredero de Slytherin, quién había hecho tantas cosas grandiosas… No debería morir en la placidez de los sueños, atacado por la espalda por cualquier cobarde, sino con la vara en la mano, apretando los dientes de rabia, sabiendo que él no era suyo, sino de Lily por siempre.

Y Wormtail estaba en su bolsillo y viviría. Y podría contar. Así que actuaría como el excelente mortífago que era.

Ahora, si decidía ayudar… tampoco sabía que hacer al respecto. Las llamas no eran normales, se parecían al Fuego Demoníaco. Tenía que trasladarlo. Cuando los Ennervate se demostraron inservibles, se resignó y le lanzó un suave hechizo durmiente, así no lo cruciaba por despertarlo o alguna tontera por el estilo. Lo levitó y lo sacó del ardiente salón.

El problema, era que las llamas se acompasaron a la levitación. La figura blanquecina se veía enmarcada por el fuego oscuro. No obstante, su ropa seguía intacta. Y no mostraba que lo estuvieran afectando. Por las dudas, le puso un Casco Burbuja y uno idéntico para él. Para intoxicarse con vapores ya tenía las clases de pociones.

Salió del cuarto y recorrió las incandescentes habitaciones con el Lord levitando detrás. Casi todas estaban incendiadas, y aquellas que no, se prendieron fuego cuando el Dark Lord pasaba por allí. Snape no se dio cuenta porque apurado buscaba una salida. Volvió al punto de llamada, casi eran completas ruinas.

Lucius ya no estaba allí. Bella estaba casi irreconocible así cubierta de cenizas, pero todavía luchaba con ímpetu contra las flamas. También llevaba un Casco Burbuja. Había hecho un muro de piedra que la protegía, pero el fuego ocasionalmente creaba grietas. La mirada era más enloquecida de lo usual, y Snape decidió que era mejor no contar con su ayuda.

-¡Jodido ataque de mierda!

Snape nunca había estado tan feliz de ver a los Carrow. O lo estuvo, hasta que un hechizo lo golpeó y le hizo un corte en la mano, haciéndole soltar la varita que dirigía a su amo.


En un recóndito pub de Francia…

-¿Está esperando a alguien?

-Hace un momento sí, pero ahora creo que ya llegó –digo, y extiendo la silla hacia el recién llegado. Tendrá unos 30 años, una artificial pose campechana y fuerte acento galés.

-No quisiera importunarla.

-¿Y si yo sí quiero que me importune? –pestañeo. Parece abotagado. Oui oui, tendré que esperar. Para disimular que no sabe qué contestar, le hace señas al camarero hasta que viene y le pide 2 copas más de lo que yo esté tomando. ¿Y si yo bebía cianuro qué? Es sólo una idea peregrina.

-Soy Mr. Savage, señorita.

La gente cada vez es más evidente cuando se inventan nombres… podrían disimular un poquito, digo yo. Chasqueo mentalmente la lengua. Aunque la falsedad declarada tiene cierto encanto…

-Dicen que el nombre es el destino.

-Su destino sería brillante sin importar como se llamase, señorita.

Hala. ¡Qué forma elegante de indagar mi nombre! No estoy de humor como para mentir esta noche, Marie es demasiado monjil y poco imaginativo y Áspid demasiado rebuscado y extraño.

-Entonces no le importará que no le dé el mío. Así podrá decirme Desconocida –ajá. Te caché.

-Bella Desconocida le diré, Bella.

-Trataré de no pasear por un rosedal, así no llego a la guarida de la Bestia.

Parece confundido. Debe ser medio lelo…, bueno, quién me manda a lanzar alusiones literarias infantiles.

-Ahora que tiene como llamarme, puede tutearme si lo desea, Mr. Savage –vale, esta parte sí la entendió.

-Si te ataca algún monstruo, yo te protegeré, Bella mía.

¡No soy suya! Bueno, no es amable gritar cosas así. ¿Dije algo? ¿No? Pues qué bien. No voy a arruinar una velada por problemas de léxico.

-¿Y si me asusto y grito muy fuerte?

-Te cuidaría y llevaría a un lugar seguro.

-Tus brazos parecen seguros y fuertes… -¡mentira! Pareciera que no levantó un plato ni un día de su vida… Pero es divertido ver lo que los halagos le hacen a un hombre… ¿Cuánto tardará el muggle en abrazarme?


De regreso en la ardiente mansión oscura…

Severus Snape dio un salto desesperado y pudo sujetar la varita, evitando que el Dark Lord se cayera. Miró atónito a Alecto. ¿Acaso se habían cambiado de bando? ¿Creían que alguien aceptaría a unos sádicos inescrupulosos como ellos? Ok, Lucius era una porquería pero sabía jugar al juego del honesto. Ellos no podían evitar vanagloriarse de su propia inmundicia y, si bien ninguna de sus causas penales conllevaba algo más que una multa –maldición, el historial de Snape como mortífago indultado era más negro que el de ellos-, todos en la Orden, hasta el emocionable Diggle, desconfiarían de ellos.

-¿Qué crees que hará nuestro Lord cuando los encuentre? –Snape aferró con fuerza su varita.

-Muy gracioso, Sevie Sevie. ¿Qué haces esparciendo Fuego Maldito? –Alecto.

-Seguro que Dumby le mandó quemar la base.

-¿Qué? ¡Pedazo de idiotas! ¿Creen que si hubiese sido el que prendió el fuego, me hubiera quedado aquí tan campante?

-¡No te atrevas a decirle idiota a mi hermana, narigón! ¡Tenés un pie en la tumba! –los ojos de Amycus parecían salirse de las órbitas. Normalmente ninguno de ellos supondría un reto para Snape, pero eran 2 y él tenía su varita ocupada.

Amycus lanzó un hechizo quitatendones que evitó con destreza.

-¡No encendí ningún fuego! ¡Estaba así cuando llegué! –Otro quitatendones, y un Cruciatus de Alecto.

-¡Miente, Sevie!

-¡Te conocemos, tunante!

-¡Esto te va a encantar!

-¡Ya dije que estaba así cuando llegué! Be…

Amycus lanzó una maldición rompehuesos al tiempo que le lanzaba una piedra, salida Merlín sabrá de dónde. Alecto, menos original, otro Crucio. Snape no estaba en el Círculo Interno solamente por sus pociones y espionaje, era uno de los mejores duelistas de la armada oscura. Esquivó todo. Lástima que de una estantería cerca del techo estallase una bola de cristal, de tanto calor. Un pedazo de vidrio rebanó la varita de pelo de unicornio de Severus Snape a la mitad…

-…llatrix puede confirmarlo.

Los Carrow bajaron sus varitas. La lealtad de Bella era tan incuestionable como la estupidez de Potter. A su lado, Lord Voldemort caía de bruces al suelo, y se despertó dando un grito de pavor.


La abuela de Diana era fan de telenovelas rosa en las que la gente hablaba con manierismos y se juraban y traicionaban amores eternos. Su mamá decía que la TV era una caja boba que arruinaba a las personas, pero eso no le impedía estar pegada viendo tal o cual sitcom de médicos y gente con horrendas enfermedades que pasaban a segundo plano para mostrarte que esa enfermera se hacía adicta a la morfina, o que el hijo del divorciado kinesiólogo se rateaba del colegio. Y terminaban inevitablemente juntos, claro. Y a Diana la movían las series de detectives, polis y fugas de prisiones.

No podía dejar de admirar como una borrega a aquellos genios que resolvían la vida como un rompecabezas y se estafaban unos a otros. Salían de situaciones imposibles.

Diana no se consideraba la más brillante, ella era popular… bueno, no tanto, pero tenía unas cuantas amigas. No era una nerd. Pero en la situación en la que se encontraba –atada y secuestrada por un par de delirantes místicos armados- precisaría toda su astucia y todos sus recuerdos televisivos.

Diana siempre llevaba su "cortapestañas" en el bolsillo trasero del jean. De acuerdo, no era lo más usual, pero si lo llevaba en su cartera, hacía que pesara más, y cuando revisaban su cartera al entrar a los boliches, los patovas se la requisaban. Así que cuando la tipa chiflada parecía demasiado ocupada gritándole, alcanzó su preciada arma y –era difícil porque tenía las muñecas juntas- comenzó a tratar de cortar las cuerdas. Sin embargo, sus ministraciones parecían no tener efecto, y cuando creía estar liberándose, las cuerdas parecían cobrar vida propia y volver a sujetarla.

Diana temía el castigo que podría recibir si la interrogadora descubría su estratagema –que mucha elaboración no tenía, dado que ignoraba que iba a hacer si se desataba. La mujer era rara, hablaba usando palabras y modismos extraños y eran de una secta. Creían en la brujería. Y tenía una especie de palo que lanzaba cuchillos transparentes. Se la debía de haber robado a la policía. O comprado. A lo mejor trataban blancas y todo esto era un truco para quebrarla.

La cuestión era que tenía que ocultar que lo que estaba tratando de hacer. De modo que ocultó los sonidos que podía estar haciendo con chillidos estridentes y pedidos de socorro. Si tenía suerte, la oiría alguien y ese podría ser su héroe azul.

¡La mina le había drogado! ¡El descaro! ¡Y eran drogadictos! Oh, esto no podría ir peor. Y la cosa esa que le había dado la hacía sentir embotada y la obligaba a hablar. Debía de ser un prototipo de la CIA y estos se lo habrían robado, fijo.

Y entonces pasaron varias cosas que no entendió. Sus captores comenzaron a pelearse. El encapuchado –que le daba mucho miedo- parecía regodearse y burlarse de la mina. ¡La mina le pegó un cachetazo! ¡Y el tipo se esfumó en el aire! Capaz estaba demasiado oscuro, o la coca le estaba haciendo ver cosas.

-Maldita la suerte –refunfuñaba la loca-. Maldito Snape. Si sabías que era una simple muggle, ¿por qué no lo dijiste enseguida? ¿Y después le echas la culpa a Tonks? Claro, don Perfecto Espía debe callar información confidencial. Igualito a Dumbledore. Son tal para cual -. Resopló y se tapó los ojos, y Diana se dio cuenta de que ya no estaba atada. ¡Sí! –Más le vale no lanzarle indirectas a Kingsley. En el Departamento sería el hazmerreír, y Doña Bones me daría una reprimenda de Jesús y padrenuestro.

La chica no entendía las quejas de su ex captora. Se preguntaba quién era espía de quién. Y cómo iba a cruzar el salón hasta la puerta sin ser notada. Pero la suerte vino en su ayuda.

Un holograma brilloso surgió de la mesa y formó la silueta de una urraca, abrió un pico dorado y dijo:

-¡Incendio! ¡Pri…, digo, leonera! ¡Socorro! ¡No se ven máscaras!- y se disolvió.

Mientras Tonks permanecía consternada observando la mesa vacía, Diana corrió, rogando a Sherlock con todas sus fuerzas. ¡Estos espías-narcos sí que tenían infraestructura! ¡Qué emocionante! Cuando estuviera bien lejos, resolvería el misterio, aparecería como estrella en la televisión y Dudley le compraría un gran ramo de rosas rojas.

-¡Espera! ¡Quieta!

La mina le arrojó un dardo multicolor con su palo, pero el tropezar con la mesa –y caer, y probablemente torcerse un tobillo- hizo que no le diera. Diana llegó a la puerta y salió corriendo, medio agachada y virando de dirección por si la ametrallaban a la distancia.


Nagini estaba inquieta. Ella disfrutaba del calor, pero esto era excesivo. Si bien unas simples llamas no la destruirían –ella era especial, su amo siempre se lo decía-, podrían dolerle.

Trató de salir de la base, pero las enredaderas de espinas –mágicas, encantadas para ahogar y estrangular y desangrar intrusos-, que normalmente la saludaban con una cabezadita y le abrían el paso, habían enloquecido. De las espinas brotaban rayos, y trataban de atacarla viciosamente. Nagini decidió que no era su reto y que las enredaderas deberían meterse con alguien de su tamaño. No era justo.

Su amo estaba en llamas. Y tenía que pedir ayuda.

Trató de escupir la cosa esa pegajosa que invadía sus dientes para poder pronunciar bien la dirección de Flú. Pero no funcionó. Así que lanzó su magia y llegó al rellano de la casita de Áspid. Lástima que ella no estuviera allí. Siseó de frustración. Mala cría… aunque dijera eso, ni ella se lo creía. Nadie podía acusar a Áspid de ser una mala hija.

Las serpientes rara vez pueden hacer magia. Pero Nagini tenía un fragmento de un mago en su interior y era combinación de una serie de experimentos prohibidos. De modo que era muy poderosa. Si bien sus conocimientos eran acotados, era hábil y tenía recursos. No era la primera vez que no hallaba a la cría dónde tenía que estar. Estaba preparada para eso.

Nagini se enroscó alrededor de una cuchara de madera y siseó encanto tras otro, hasta que el utensilio despidió un brillo azulado y ambos desaparecieron, para reaparecer cayendo sobre la cabellera negra de una veinteañera que besaba profusamente a un galés. El galés gritó. Áspid pareció descompuesta.

-Odio el chicle. No puedo creer que te hayas vuelto adicta, prima.


Dudley se aferraba a las sábanas. No que hiciera frío. Todo el barrio sudaba, agobiado por el despiadado clima. Hoy era un poco peor de lo habitual.

No podía creer que su primo se había ido para siempre. No que fueran cercanos. Tampoco extrañaba a su punching-ball, aunque le traía buenos recuerdos. Pero de alguna manera, aun siendo un fenómeno, Harry siempre había estado allí, trayendo problemas, creando cosas raras, siendo castigado por cosas que hacía él, llevando el correo, cocinando…

Y lo había salvado de las cosas esas feas.

Que chupaban el alma besando, pervertidos.

Le debía una. Lo sabía. Y Harry nunca lo sabría.

Había tratado de hacer su punto este verano. Le había dejado platos de galletas y tazas de té en la puerta del escuálido cuando no había bajado a merendar. Y había encontrado las galletas en la basura, y la taza de té quebrada. Su primo era idiota, no cabía duda, o quizá estaba enfadado con él. Cierto, no se había portado de lo mejor, pero no era para tanto ¿cierto? Eran familia. Y ya no le pegaba.

(¿Cómo iba a hacerlo? Mirá si aparecía el loco ese asesino de la tele y lo convertía en chancho y lo rostizaba como jamón).

Y su última acción había sido chantajearlo con respecto a Daiana. Estaba jodido.

Era raro ser un asesino. Se debería sentir poderoso, pero Dud sólo estaba angustiado. Y triste. Y desangelado.

De repente, lo golpeó la certeza de que sólo él lloraría al cuatro ojos. Su mamá frunciría los labios y se pondría gotas de agua en las mejillas. Y su papá… estaría aliviado de no tener que soportar ya al monstruo. Él había creído que era un chiste, que no lo decía en serio, pero lo había escuchado a escondidas una vez en las que tramaba con su tía cómo envenenar a Harry. Le habían echado veneno para ratas en el desayuno. Él estaba tan asustado… pero Harry cuando bajó, se limitó a remover la comida y Dudley, harto de tener el corazón palpitando tan rápido, le había tirado una cucaracha encima, y luego se había burlado diciéndole que era un sucio. Le había salvado la vida, y su primo no lo sabía ¡desagradecido! y se había enojado con él.

Y ahora lo había matado.

Tal vez era justo que te matara alguien que te había salvado la vida y no le habías agradecido.

Ahí sonó el teléfono. ¿A esa hora?

-¡Dudley, gracias a Sherlock! ¡No sabés lo que me pasó hoy, Duds!

-¿Mi caramelo! ¿Qué te pasó? Me dijo Ha… Harry que viniste y que te fuiste.

-Sí, Harry es estupendo. No, no me fui, Duds, ¡me secuestraron!

-¿Qué? ¿Estás bien? ¿Precisás ayuda?

-¡Oh! ¡Mi Watson acude en mi ayuda! ¡El gran salvador de la pobre Diana! Sí, aunque me torturaron, fue horrible, eran unos narcos espías con palos y lanzaban dardos y no sé dónde estoy, encontré un teléfono público y buscá por favor en la agenda el número alguna agencia de taxis. No sé dónde me llevaron pero me solté y me escapé…

-Eres genial, Dai… Y cuando encuentre a esos cabrones les voy a mostrar quién es Big D y por qué no hay que tocar a su pastelito.

Dudley estaba preocupado. ¿Quién habría torturado a su pobre Dai? Por lo menos está contenta y no furiosa por escapar de su cita… punto para Big D. Al buscar la agenda ¿dónde la ponía su madre? Él antes siempre sabía dónde estaba, para encargar pizza a escondidas, pero por eso ella la escondía lejos de su vista. Mientras la buscaba, vio como salían gruesas llamas del primer piso.

Privet Drive número 4 ardía.


¿Qué les pareció? ¿Les gustó el escape de Diana? El pobre Dud sigue confundiendo su nombre… Y parece que todo se quema… ¿Qué dicen de la simbología de la urraca? A ellas les gustan los objetos brillantes y se los llevan a sus nidos…

Un review por favor por favor por favor por favor! Aunque sea un crucio… XD

¡Gracias por leer!